El numerario como nuevo estado de perfección

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Por E.B.E., 24 de marzo de 2014


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Nuevo estado de perfección

Tengo la impresión de que a Escrivá nunca le interesaron los laicos, como tales, sino el numerario, esa creatura que cristalizó en el nuevo estado de perfección, aprobado hacia 1947 en el Decretum Laudis.

Si bien al principio Escrivá había pensado solamente en personas universitarias célibes, con el paso del tiempo fue incorporando a otros tipos de miembros dentro de esa misma vocación: agregados y supernumerarios (adaptando esa misma vocación de numerario a diferentes circunstancias, dando como resultado una misma vocación con distintos nombres y modos de vivirla, al menos en teoría, sin entrar en mayores discusiones).

Al hablar de laicos en el Opus Dei, Escrivá no se refería a simples cristianos corrientes sino a esa nueva categoría de cristiano, “el numerario”, definida como un “nuevo estado de perfección”. Los cristianos corrientes, como tales, existían desde tiempos remotos y muchos formaban parte de diversas asociaciones, como la Acción Católica, donde no tenían necesidad profesar ningún “estado de perfección”.

El objetivo de Escrivá apuntaba a una cosa muy concreta: hacer que esos cristianos corrientes profesaran un “nuevo estado de perfección”, una nueva forma de profesar los consejos evangélicos, que es la esencia de la vida de los religiosos.

La imagen que ello me produce es la de unos laicos convertidos en superlaicos: laicos con la apariencia de siempre, pero interiormente viviendo una vida religiosa mucho más intensa que la de cualquier cristiano corriente.

Para más precisión, veamos qué decía Escrivá en esa conocida conferencia de 1948:

«Surge ahora en la Casa del Padre, “en donde hay muchas mansiones” (Ioan. 14, 2), una nueva forma de vida de perfección, en la que sus miembros no son religiosos, y que no se apartan, por tanto, del mundo, llegando a cumplir en el siglo los consejos evangélicos» (Cfr. Escrivá, J.M., “La constitución apostólica “Provida mater eclessia” y el Opus Dei”, conferencia dada en Madrid, el 17 de diciembre de 1948.)
«A la luz de esta doctrina sancionada por los documentos pontificios, podemos ya comprender las peculiaridades que -en el orden ascético y jurídico- ofrece el Opus Dei, primer Instituto secular de Derecho pontificio aprobado según las normas de la Constitución Próvida Mater, y que ha sido puesto como modelo de este nuevo tipo de vida de perfección por el Santo Padre Pío XII en el Decretum Laudis, concedido al Opus Dei el 24 de febrero de 1947» (ibídem).

Ese nuevo modo de vida tiene una característica muy concreta: la vida de perfección se manifiesta en el fuero interno, mientras que en el fuero externo, las personas que así la viven, siguen siendo laicos como los demás (lo cual me recuerda al artículo de Haenobarbo, «Religiosos disfrazados»). Evitan que esa vida religiosa interior se manifieste públicamente, como ocurre con los religiosos tradicionales, quienes públicamente profesan los consejos evangélicos y lo manifiestan en su porte externo.

Veamos un texto de A. Del Portillo, hablando del estado de perfección, propuesto por Escrivá, como un asunto de “fuero interno”, de tal manera, que dicha vocación era para vivir en forma reservada y, por lo tanto, aisladamente, sin llamar la atención ni proclamarla a los cuatro vientos:

«En un papel antiguo del Padre he leído que si estado es stabilis vivendi modus, buscar la perfección cristiana siguiendo unas normas determinadas, y de modo estable, es estado de perfección: pero quería que esa situación permaneciera en el fuero interno», (Álvaro del Portillo, comentando a: Escrivá, J.M., “Instrucción”, 1934, nro. 14, nota 15).

Mejor definido, imposible. ¿Acaso no es la vocación al Opus Dei un buscar la perfección siguiendo unas normas determinadas y de modo estable? La gran diferencia es que toda aquella búsqueda de perfección debía permanecer en el fuero interno.

Algo semejante sucedía con la cuestión de los votos (aunque fueran históricamente transitorios, en ese caso):

«Esos votos privadísimos, jamás recibidos por los Directores de la Obra, nada quitaban a nuestra secularidad, y dieron a mis hijos en aquellos momentos, en los que yo no quería ni emplear la palabra vocación, un arma psicológica, como os decía antes, interna, para desechar los malos consejos que recibían» (Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, nn. 84 y 180, citada en el Itinerario Jurídico; ver además Haenobarbo, “Votos o compromisos en el pensamiento del fundador”).

Más tarde, Escrivá llegó a negar explícitamente el vínculo entre vocación al Opus Dei y consejos evangélicos:

«Me interesa insistir en que la vocación al Opus Dei no es otro modo de profesar los consejos evangélicos» (Carta de 1951, citada en el Itinerario Jurídico).

Sin embargo, la vocación fue aprobada como un nuevo estado de perfección hacia 1947, y por los elogios del propio Escrivá en 1948, no parece haber sido algo transitorio para el propio fundador.

El cambio vino después, el gran giro copernicano, por el cual públicamente Escrivá no reconocería más al nuevo estado de perfección como centro de la vocación.

Sin embargo, la vocación sigue siendo la misma del principio, se vive de la misma manera, y se “profesa” de la misma manera: los miembros del Opus Dei, en cualquiera de sus variantes, mediante las fórmulas de incorporación temporal o definitiva, ingresan a un “estado de perfección” igual que antes. De hecho, para salir, necesitan dispensa, algo que no se necesitaría si fueran fieles corrientes.

No deja de ser llamativa la contradicción, manifiesta en un comentario posterior, del mismo A. del Portillo hacia 1967, al glosar la Instrucción de 1934, en oposición a lo que el mismo Escrivá afirmó en 1948, alabando el nuevo estado de perfección, del cual el Opus Dei era modelo:

«Por aquellos primeros años, no faltaron personas que decían, admiradas, al Padre: pero ¿quiere Vd. crear un estado canónico nuevo? La respuesta del Padre era siempre que no, porque lo que quería era que cada uno se santificara en medio del mundo y en su propio estado» (Álvaro del Portillo, comentando a: Escrivá, J.M., “Instrucción”, 1934, nro. 14, nota 15).

Problemas de fechas

Es muy fácil encontrar textos posteriores a 1947 y 1950 que rechacen los consejos evangélicos y el nuevo estado de perfección, pero es casi imposible hallar las mismas afirmaciones en textos anteriores a 1950 y 1947. Aquí está el punto débil de la demostración del Opus Dei para explicar que nunca quisieron los consejos ni el nuevo estado de perfección.

Incluso, alguna carta de 1947 resulta inverosímil en su datación, porque se contradice con las alabanzas del propio Escrivá, en su conferencia de 1948, en relación con el nuevo estado de perfección:

«Nunca hemos pensado en pertenecer al estado de perfección. Todo lo contrario: siempre hemos predicado y tratado de practicar que cada uno ha de buscar la perfección cristiana, en medio del mundo y en el estado que le es propio» (“Carta”, 29‐XII‐1947, citada en el Itinerario Jurídico).

El Itinerario Jurídico, a su vez, no cita la conferencia de 1948 en sus puntos más interesantes y conflictivos. En concreto, no cita la parte donde Escrivá dice que su Opus Dei:

«ha sido puesto como modelo de este nuevo tipo de vida de perfección por el Santo Padre Pío XII en el Decretum Laudis, concedido al Opus Dei el 24 de febrero de 1947»

Ni tampoco cuando Escrivá afirma:

«[el nuevo estado]es el término en la evolución de las formas de vida de perfección en la Iglesia.»

En cambio, los autores de ese libro citan una carta de Escrivá, supuestamente anterior a esa conferencia, donde el fundador aceptaría condicionalmente dicha aprobación:

«El estatuto jurídico que se ha obtenido con la Provida Mater Ecclesia, documento que es el resultado de una situación de emergencia, en la que se daban factores muy diversos y situaciones opuestas, ha hecho que se llegara a una fórmula de compromiso» (“Carta”, 29‐XII‐1947, citada en el Itinerario Jurídico).

Pues esa afirmación de Escrivá no parece ser de 1947 sino posterior a 1950, pues de otra forma, ¿cómo, el mismo Escrivá, diría lo contrario en 1948?

De ser una “fórmula de compromiso” (1947), Escrivá pasa a decir que el Opus Dei es “modelo de ese nuevo tipo de vida de perfección” (1948), para más tarde, en 1958, volver a la posición de 1947 y rechazar los consejos evangélicos diciendo que “no deseamos para nosotros el estado de perfección” (Carta “Non Ignoratis”, 1958).

Aquí hay algo que no encaja para nada.

O bien Escrivá estaba simulando una aceptación inexistente, o bien esa carta de 1947 es posterior a 1950, por lo menos.

Pero en caso de que Escrivá simulara, otro tanto habrían hecho A. del Portillo, Canals y otros al participar con el mismo entusiasmo del Congreso Nacional de Perfección y Apostolado de 1956, cosa que nos hace pensar que hasta 1956 la satisfacción de 1948 seguía intacta, y recién en 1958 surge oficialmente el rechazo de la figura del Instituto Secular con la carta Non Ignoratis (recomendable es leer a Estruch y su capítulo X). Entonces la carta de 1951, más arriba citada, tampoco podría ser de 1951 sino posterior a 1956, al menos. ¿Han manipulado, en el Opus Dei, las fechas de las cartas?

Por su parte, J. Herranz afirma que:

«el Fundador del Opus Dei, Mons. Escrivá de Balaguer, al ver cómo iba cambiando el concepto primitivo de Instituto Secular, presentó, desde 1948, respetuosas protestas ante las Sagradas Congregaciones Romanas, para defender en toda su integridad esa figura jurídica» (J. HERRANZ, “La evolución de los institutos seculares”, en Jus canonicum 4 (1964) 303-33).

Lo extraño es que esa carta, supuestamente de la misma época de la conferencia de 1948, no es citada en “El Itinerario Jurídico” (al menos, yo no pude dar con ella de ninguna manera a lo largo del libro) y tampoco ha sido citado su texto en ese artículo de Herranz, como bien lamenta Rocca. ¿Se pudo haber equivocado de fecha Herranz?

Hasta ahora el Opus Dei, a pesar de los esfuerzos puestos en la elaboración del libro sobre su itinerario jurídico, no ha podido demostrar que nunca quiso el nuevo estado de perfección.

¿Continuidad o ruptura?

Según ese nuevo estado de perfección, alabado por Escrivá hacia 1948, “el numerario” (en la medida en que la vocación es única, incluyo aquí a todos, numerarios, agregados y supernumerarios, pues todos se comprometen mediante el vínculo de la oblación o la fidelidad, cada cual según un modo específico) era un religioso que ocultaba su condición, la cual debía vivir únicamente en su conciencia. Esto era lo novedoso de Escrivá (cfr. Gervasio, “Llamada a la santidad y llamada a comportarse cual fraile”).

Pero desde el momento en que Escrivá renegó del nuevo estado de perfección, lo nuevo se transformó en lo raro (lo negó pero lo siguió practicando ocultamente, de ahí lo raro).

Y no es precisamente, como decía Escrivá, “lo raro de no ser raros” (o sea, ser como los demás), sino lo raro de ser muy raros (religiosos disfrazados), y en algún punto, avergonzados, porque se vivía ocultando lo que sucedía en el interior (del alma y de la institución) de una manera realmente extraña, como si algo no estuviera bien.

¿Por qué había que vivir la vocación con la conciencia de estar escondiendo algo? Bueno, porque en realidad uno sí estaba escondiendo algo, simplemente no sabía qué era y por qué lo escondía.




Escrivá creía estar inaugurando una nueva época, o al menos así lo daba a entender:

«Las consecuencias de esta nueva vida de perfección [de la cual el Opus Dei se presentaba como modelo] todavía no pueden preverse. Es el término en la evolución de las formas de vida de perfección en la Iglesia» (Cfr. Escrivá, J.M., “La Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia” y el Opus Dei”, conferencia dada en Madrid, el 17 de diciembre de 1948.)

Escrivá tenía razón al afirmar que su organización suponía el último eslabón en la evolución de las formas de vida de perfección, porque después de los Institutos Seculares, vinieron los llamados “Movimientos”, cuyos miembros si son realmente laicos, sin “estados de perfección” ocultos o escondidos.

Sin embargo, más tarde diría lo contrario, negando toda relación de la vocación con los estados de perfección y calificando al Opus Dei como una nueva manifestación del Espíritu Santo, “de otra evolución” (superior y superadora), como lo dio a saber en una carta de 1961 (Cfr. Lucas, “Introducción a las cartas…”):

«La Obra, hijos míos, no es un eslabón al final de esta cadena. No ha venido a ser un nuevo estadio de la vida religiosa o de perfección. Es un eslabón de otra evolución: la que el Espíritu Santo vivificador ha ido infundiendo en el laicado» (Carta, 25-1-1961, n. 9).

En ese momento, e incluso desde 1958, Escrivá quiso despegarse de los Institutos Seculares y, por lo tanto, de toda relación evidente o explícita con lo que fuera estados de perfección. ¿Quiso acaso saltar de un tren en marcha (estados de perfección) a otro tren (teología del laicado) que recién arrancaba? (Cfr. Josef Knecht, “Teología del laicado y naturaleza jurídica de las prelaturas personales”).

A pesar de ello y de sus declaraciones, los católicos que cooperan con el Opus Dei (usualmente llamados “miembros”) siguieron viviendo en su fuero interno según los parámetros de la vida de perfección, incluso después de aprobarse la prelatura, hasta el día de hoy, no por inercia sino por directivas expresas de su fundador.

Mas evidente es aun hoy, cuando a la prelatura no pueden pertenecer fieles laicos. Los así llamados “miembros” se siguen adhiriendo al Opus Dei mediante unas formulas que inequívocamente son votos que conllevan la profesión de los consejos evangélicos, que cada uno vivirá de acuerdo a la “clase” a la que pertenezcan.

Con la prelatura de 1982 quisieron hacer lo mismo que con el instituto secular: que los laicos, pertenecientes al viejo instituto de 1950, siguieran siendo especiales: fueran laicos, pero sobre todo religiosos en su fuero interno.

Antes de continuar, vale aclarar para ser precisos que, si bien aquí hablo de numerario como sinónimo de vocación al Opus Dei (donde incluyo a todas las categorías de miembros), en realidad el mismo régimen jurídico del Instituto Secular de 1950 considera miembros plenos solamente a los célibes, mientras que los casados (supernumerarios) quedan en una segunda categoría (Cfr. Rocca, Cap. III).

Pasar a la clandestinidad

Podríamos decir que, a partir de 1958, el nuevo estado de perfección pasó a la clandestinidad, y a partir de 1982 algo semejante sucedió con el instituto secular del Opus Dei que, hasta el día de hoy, sobrevive clandestino dentro de la estructura de la prelatura.

Esto es muy importante para entender muchas cosas del peculiar funcionamiento institucional (“secretismo”) y de la disfuncionalidad de la vocación (muy pocos se adaptan a ella y la mayoría la abandona). Esa clandestinidad podría explicar, también, el sentido de la simulación tratado en otro artículo.

No sabemos exactamente en qué momento Escrivá tomó esa decisión, o cuál fue el motivo puntual, la gota que hizo rebalsar el vaso. Lo claro es que hubo un cambio de ciento ochenta grados (al menos en un sentido simulado).

Es un hecho comprobado que, a partir de un momento, alrededor de 1958, Escrivá comenzó a eliminar todo rastro del “nuevo estado de perfección” (algo así como “reescribir la historia”) y a reemplazarlo por una predicación en contra de todo lo que significara consejos evangélicos o tuviera relación con los estados de perfección. Como bien dice Gervasio,

«se hicieron desaparecer, se ocultaron o se corrigieron los documentos del Opus Dei en los que aparecían las expresiones “consejos evangélicos” y “perfección cristiana” (…) a diferencia de lo que acontece en los estatutos de 1982 que suprimen avergonzados semejante expresión y sólo se refieren a la “perfección” en contextos tales como el de la “perfección en el trabajo”, la “perfección” en las tareas cotidianas y cosas de este género».

Pero, al mismo tiempo, Escrivá no movió un dedo para modificar nada del modo de vida de los socios del Instituto Secular, cosa que bien podría haber hecho, preparando así el terreno para cuando se aprobara la prelatura personal. Pues tampoco: el cambio de figura jurídica no supuso ningún cambio, salvo de disfraz.

Recuerdo que hacia 1982 los directores nos decían, como para tranquilizarnos, que «no habría ningún cambio», que todo seguiría siendo igual y que la vocación seguiría siendo la misma. Qué confusión, pues lo que nos debería poner nerviosos, en realidad, nos daba calma. La prelatura era una cuestión de “batallas jurídicas” y nada más, que nos tenía que alegrar pero tampoco importar mucho más.

La prelatura debía haber sido un gran cambio y en realidad no pasó de ser “poco y nada” (Cfr. Idiota, “El Opus Dei no se atreve a ser Prelatura”).

Pues bien, la raíz de la clandestinidad es esta: desde el discurso Escrivá renunció al Instituto secular y se declaró enemigo de todo lo que tuviera relación con las prácticas conventuales (un liberador en “la guerra por la secularidad”), pero por otro lado, mantuvo intacto el nuevo estado de perfección, por la vía de los hechos.

El cambio de ciento ochenta grados, en realidad, fue simulado. No existió ningún cambio, salvo el hecho de pasar a la clandestinidad la esencia misma de la vocación al Opus Dei.

El anuncio del cambio fue, en realidad, una suerte de “maniobra de distracción”, para por otro lado, seguir haciendo exactamente lo mismo.

En algún aspecto fue lógica su decisión de no cambiar nada, pues ¿cómo iba a renunciar o modificar la esencia de la vocación al Opus Dei creada por él, esto es, el estado de perfección vivido exclusivamente en el fuero interno? Sería lo mismo que un cambio de carisma.

Sin duda, hay un grave problema de honestidad institucional en todo ello. El asunto es por qué Escrivá decidió tomar esa decisión. ¿Por qué no tomó otro camino?

No sabemos por qué tomó esa decisión, pero sí sabemos lo más importante: que decidió cambiar el rumbo explícitamente y pasar a la clandestinidad todo lo relacionado con los estados de perfección.

También es cierto que, al pasar a la clandestinidad, Escrivá logró una suerte de “soberanía espiritual” (por la vía de los hechos) sobre todas esas personas que vivirían el estado de perfección –rechazado públicamente, pero aceptado clandestinamente- se pondrían bajo la dirección de Escrivá como su superior espiritual, sin que la Iglesia supervisara lo que sucedía entre la institución y los miembros de esa institución, pues todo ello era clandestino.

Y más aún después de 1982, pues el Opus Dei obtuvo una aprobación jurídica que no se corresponde con lo que el Opus Dei es en la práctica, pero esa aprobación, en los hechos y no por razones jurídicas, le sirve para circular públicamente, dejando el ordenamiento interno en manos exclusivamente del Prelado, sin que ni la Congregación de Religioso ni la de Obispos pueda intervenir para nada (para ampliar sobre el tema recomiendo: Gervasio, “La intencionísima”).

¿No fue acaso ésa la idea de la Prelatura cum proprio populo? ¿No es acaso lo que sucede actualmente, por la vía de los hechos, sin que exista siquiera la figura jurídica de la prelatura cum proprio populo? La prelatura personal no tiene pueblo propio, pero clandestinamente el Opus Dei sí lo tiene.

Lo que estructura y sostiene al Opus Dei no es la figura de la prelatura personal sino el gobierno de las conciencias (Cfr. Exhausto. “El nuevo Catecismo del Opus Dei”), es decir, el vínculo oculto entre los laicos que cooperan con la prelatura y las autoridades de la prelatura.

Si la Santa Sede lleva a adelante la incorporación de la libertad de dirección espiritual dentro del Opus Dei, será el fin de la clandestinidad y de la institución como la hemos conocido desde siempre, o al menos desde 1958.

No estoy señalando una teoría: intento atenerme a hechos fácilmente comprobables, a tal punto, que ese mismo estado de perfección de 1947 es el mismo que se vive hoy dentro del Opus Dei, en 2014.




El cambio sucedió aproximadamente entre 1956 (Congreso de Perfección) y 1958 (Non Ignoratis). Escrivá quería laicos que fueran religiosos sin ser llamados religiosos (cfr. Camino, nro. 848), y para ello, escondidos dentro del “uniforme de laicos”. Pensó que con los Institutos Seculares podría muy bien cumplir esa misión, y de ahí su conferencia de 1948. Recordemos la definición de 1941, donde se plantea la figura de esos “laicos-religiosos”:

«Los socios del Opus Dei no son religiosos, pero tienen un modo de vivir -entregados a Jesús Cristo- que, en lo esencial, no es distinto de la vida religiosa» (Reglamento de la Pía Unión Opus Dei, Ap. V, nro. 1, 1941).

Todo venía bien, hasta que en un momento las cosas cambiaron demasiado, al menos para Escrivá. En ese momento, el fundador tomó la decisión de girar el rumbo, cuyo testimonio quedó plasmado en la carta de 1958.

Al parecer, los institutos seculares fueron incorporando legislaciones o normativas que limitaban a los laicos (como la prohibición de ejercer el comercio, cfr. Rocca, cap. VII), por lo cual el Opus Dei se veía obligado a solicitar excepciones. Sin embargo, el propio Rocca se pregunta:

«¿qué profesiones estaban prohibidas a los miembros del Opus Dei? No se conocen limitaciones de ningún tipo, al menos oficialmente.»

También, se iban incorporando grupos que simpatizaban con la vida religiosa más que con la secular y por lo tanto ponían en evidencia que todo aquello no era más que religiosos disfrazados (desde luego, todo esto habría que matizarlo con datos históricos más precisos). Y el Opus Dei no quería ser asociado para nada con esos grupos:

«el Opus Dei, por lo tanto, se distingue netamente, porque, entre otras características —como la fundamental de la secularidad—, ni es asociación secreta, ni sus miembros viven ad instar religiosorum, a semejanza de los religiosos» (J. HERRANZ, “La evolución de los institutos seculares”, en Jus canonicum 4 (1964) 303-33.).

¿Habrá leído Herranz los Reglamentos de 1941, donde claramente Escrivá dice sus miembros que, en lo esencial, no se distinguen de los religiosos?

Escrivá había aceptado el nuevo estado de perfección, pero a la luz de las palabras de Del Portillo, también quería que el nuevo estado de perfección se viviera en el fuero interno, “sin levantar la perdiz”. Con respaldo jurídico, pero sin manifestaciones públicas: religiosos disfrazados.

La esencia del Opus Dei era “pasar ocultos”, viviendo los consejos evangélicos en el fuero interno, y los nuevos institutos que se iban incorporando parecían arruinar todo aquello por lo cual Escrivá había luchado.

Esto hace pensar que por ello Escrivá reaccionó con el rechazo frontal, con un “no os reconozco” y le cerró la puerta a toda aquella iniciativa de los institutos seculares. No sólo eso, sino también, aparentemente, llegó a “reelaborar” la propia historia del Opus Dei, dando a entender que nunca habían aceptado con gran entusiasmo la figura del instituto secular. Empezó a desdecirse y a reinventar la historia (debía despegarse de los institutos seculares y lo hacía reelaborando la historia).

«Nunca quisimos -con conocimiento de la Santa Sede- formar parte de las federaciones de religiosos, o asistir a los congresos o asambleas de los que se dice que están en estado de perfección» (Escrivá, J.M., carta “Non Ignoratis”, 2‐X‐1958, nro. 12).

A pesar de ello, anteriormente en 1956 varios socios del Opus Dei (de ambas secciones) habían asistido al Congreso Nacional de Perfección en Madrid, hablando acerca de las bondades de los institutos seculares.

Oblación, fidelidad y consejos evangélicos

«Lo que constituye estado de perfección es el hecho de asumir libremente una obligación permanente y estable en orden a la adquisición de la perfección, sirviéndose para ello, como medio obligatorio, de los consejos evangélicos» (Salvador Canals “Institutos Seculares y Estado de Perfección”, Rialp, 1961, cap. IV).

Esto no ha cambiado para nada luego de 1982 con la prelatura, salvo una sola cosa: los consejos evangélicos se practican igual pero sin profesarlos explícitamente, o de manera consciente, lo cual, lejos de alivianar los hechos, los agrava, porque los laicos de la prelatura no saben que están viviendo esos consejos y que los viven sin haber hecho profesión consciente de ellos.

Implícitamente los consejos evangélicos están incorporados en las fórmulas de la Oblación y la Fidelidad, por medio de las cuales el miembro numerario y el agregado se comprometen a vivir el celibato (castidad), entregar su vida entera (pobreza) y someterse a la autoridad de su superior (obediencia). Lo mismo sucede con los miembros supernumerarios, que se comprometen a vivir los consejos evangélicos dentro de sus circunstancias (la castidad en el matrimonio, la pobreza y la obediencia según lo determine la autoridad del prelado, quien en realidad no tiene competencia para ello dentro de una prelatura, pero sí dentro de un instituto secular).

El otro problema aquí (además de ser profesados de manera oculta), es a quién se ligan los que profesan los consejos evangélicos. ¿A la prelatura? Eso es jurídicamente imposible (no es una asociación de fieles y por tanto no tiene miembros propiamente). Es una profesión de consejos “en el aire”, que no vincula jurídicamente con nada, aparentemente.

Nuevamente valdría decir que el vínculo jurídico es menos importante, desde esta situación, que el vínculo de conciencia, que se crea en el fuero interno, con la institución.

El aspecto fraudulento de la vocación

Escrivá decidió pasar la vocación al Opus Dei a la clandestinidad. ¿Pero dio aviso de ello a las futuras vocaciones y a las presentes?

No tenemos noticias de cómo fue “la transición”, entre los cruciales años de 1956 y 1958. Es probable que el cambio de paradigma o de consignas (nuevo estado de perfección versus perfección en el propio estado) no haya provocado ninguna revolución interna, pero habría que ver si existen testimonios de miembros que se hayan marchado frente al gran cambio.

La obediencia implícita en la práctica de los consejos, incluidos en el nuevo estado de perfección, debe haber influido, sin dudas, en la aceptación del cambio sin grandes inconvenientes: si el fundador ahora decía que el Opus Dei no era más un instituto secular, es inimaginable que alguien se lo discutiera (salvo entre las altas esferas del instituto). Basta ver lo que sucedió con la prelatura en 1982: si bien hubo un cambio jurídico muy grande, en los hechos no se percibió su real dimensión, porque la obediencia se anteponía a cualquier juicio o consideración individual.




Así como en 1982 no se dio aviso de las consecuencias jurídicas del cambio institucional (más bien se dejó a un lado la cuestión de “los cooperadores orgánicos”), da la impresión de que en 1958 tampoco se explicó el nuevo giro que tomaría la vocación, pasando a ser, por la vía de los hechos, una cuestión de conciencia, entre los socios y sus superiores, sin un marco regulatorio aprobado (el del instituto secular fue dejado a un lado). Cuando Escrivá dice “ya no somos un instituto secular” se está apartando, de facto, del marco regulatorio aprobado.

Antes de 1958, el Opus Dei tenía su marco jurídico claro y los estados de perfección estaban a la vista de todo el mundo, con la diferencia de que el Opus Dei pretendía que ese tipo de vida permaneciera en el fuero interno.

¿Cómo podría ser ellos posible, sin ninguna manifestación externa?

Es decir, si la práctica de los consejos se mantenía sólo a nivel del fuero interno, no tendría ninguna manifestación externa como las que viven los actuales cooperadores orgánicos del Opus Dei (léase “miembros”), ya sea por las prácticas colectivas (llamados “medios de formación”, como el Círculo o Capítulo conventual) como así también por los horarios y reuniones comunitarias (tiempo de la tarde, tiempo de la noche, “vida en familia” o en comunidad) o prácticas ascéticas exteriores (como parte de la pobreza, la entrega del sueldo, etc.).

¿Qué entendía Escrivá cuando decía que el estado de perfección debía permanecer en el fuero interno?

Llevado a su extremo, resulta algo absurdo o imposible de cumplir, porque, a menos que vivieran como estilitas, los socios del Opus Dei en 1958 hacían vida social, por lo cual era imposible que ese estado de perfección permaneciera exclusivamente en el fuero interno.

Posiblemente Escrivá no planteaba este absurdo sino otra cosa: una suerte de «fuero interno colectivo», de cada uno consigo mismo y cada uno con la institución. Muy extraño, desde luego.




Escrivá se presentó como el paladín de la secularidad, y por otro lado, siguió impulsando subterráneamente el nuevo estado de perfección, ahora presentado bajo la etiqueta de “perfección en el propio estado” (Cfr. Lucas, “Introducción a las cartas…”).

El razonamiento de Escrivá parecía ser: ¿por qué sería necesario que las nuevas vocaciones supieran del nuevo estado de perfección? Lo fundamental era que lo vivieran, por la vía de los hechos, sin entrar a dar explicaciones que –por las experiencias de 1947 a 1958- terminarían arruinando el nuevo fenómeno vocacional.

Si el invento daba resultado, no habría nada que explicar. Todos vivirían de manera natural la nueva vocación sin cuestionarse nada. Impulsar la naturalización de la vocación por la vía de los hechos, hacer natural la vocación de religiosos disfrazados.

El asunto era si no resultaba: entonces habría muchas cosas que explicar.

El resultado está a la vista: un completo fracaso. Miles de vocaciones perdidas y miles de personas con diversos niveles de daños. La decisión de Escrivá, de tomar la vía de los hechos y pasar a la clandestinidad, tuvo consecuencias muy negativas.




Quienes adhieren al Opus Dei no son conscientes de este aspecto particular de su vocación, es decir, de la dualidad entre fuero interno y externo.

Saben que deben ocultar cosas por diversas razones, generalmente de supuesta prudencia o discreción, pero no intuyen bien por qué.

No saben que es esencial a su vocación el carácter clandestino del estado de perfección que practican o viven. Tan clandestino que ni siquiera ellos mismos saben que vive según los parámetros del estado de perfección.

El Opus Dei les ha contado que deben ser discretos por muchas razones pero no la principal.

El numerario se ve a sí mismo como un laico íntegro, sin divisiones, cuando en realidad una cosa es lo que vive en su conciencia (“normas determinadas y de modo estable”) y otra cosa es lo que muestra hacia afuera, como alguien que, en apariencia, no está atado a ningún estado de perfección.

No sólo no saben que en su fuero interno viven según los parámetros del estado de perfección, sino que ni siquiera saber reconocer tantos elementos visibles y palpables, propios de la vida consagrada, con los cuales viven y se rodean cotidianamente (cfr. Gato por liebre).

En ello influye un factor importante: la ignorancia en relación a todo lo que sea la vida religiosa, pues de lo contrario se reconocerían en ella como en un espejo.

No menos importante es la insistencia de Escrivá en negar que su organización tuviera relación alguna con la vida religiosa y que él mismo jamás aceptó los estados de perfección. Esto, sencillamente, es toda una gran falsedad, tanto en lo que hace a la historia como a la vida actual dentro de la prelatura.




La esencia de la vocación al Opus Dei es definida como la santificación mediante el trabajo profesional, pero, si ello fuera todo, no sería necesario exigir a nivel de fuero interno la incorporación del estado de perfección creado por Escrivá y definido en su conferencia de 1948.

El aspecto fraudulento puede señalarse presente en toda aquellas prácticas religioso conventuales inoculadas sin advertencia plena de los laicos, es decir, sin aclarar su origen religioso; y también en el hecho de no advertirles que, la práctica de la vida de perfección en el fuero interno, implica vivir como religiosos en medio del mundo (cfr. Gervasio, “Llamada a la santidad y llamada a comportarse cual fraile”).

Este aspecto contradictorio es el que poner de manifiesto la incoherencia interna del Opus Dei, a menos que el mismo fundador hubiera señalado explícitamente esa dualidad como característica esencial al carisma de su obra y, además, la hubiera presentado como tal.

No advertir de ello a las nuevas vocaciones implica una forma de engaño y provoca previsibles problemas de perseverancia en dicha vocación a futuro.




Hacia 1962 Escrivá afirmó todo lo contrario de lo que venía diciendo hasta pocos años antes:

«Lo que a nosotros el Señor nos pide, no es que cambiemos nuestro estado de simples fieles, de clérigos o laicos seculares, por el status perfeccionis, sino que —con la ayuda de Dios repetiremos estas mismas ideas cuantas veces sea necesario— cada uno de nosotros busque la perfección cristiana dentro precisamente de su propio estado y condición de vida» (Carta, 25-V-1962)

Ciertamente no había cambio de estado pero, de todas maneras, el estado de perfección sí se incorporaba en el fuero interno.

Breve digresión. Recordemos que el Opus Dei no suele mentir abiertamente, lo que suele hacer es no decir la verdad, algo que muchas veces se parece a la mentira. A veces llega a nivele irrisorios con tal de no admitir la obviedad. Veamos un texto de Del Portillo, interpretando un pasaje de una Instrucción cuando Escrivá dice «hemos de ser realmente como un instituto religioso —con todas sus consecuencias—, que ha de durar hasta el fin»:

«En este pasaje no dice nuestro Fundador que hemos de ser un instituto religioso: intercala el adverbio como, y añade con todas sus consecuencias, precisamente para que quede bien claro que no hemos de ser un instituto religioso —como no significa igual a—, sino una institución que requiere una entrega, una dedicación total: éste es el significado de las palabras: con todas sus consecuencias» (Álvaro del Portillo, comentando a: Escrivá, J.M., “Instrucción”, 1934, nro. 14, nota 15, las cursivas son del original).

Realmente parece una broma esa explicación, o un cuento para niños. Ese texto de Escrivá requeriría una explicación más profunda y por eso mismo más comprometedora. El “como” hace referencia a dos cosas: una diferencia (laicos en el fuero externo) y una equivalencia (religiosos en el fuero interno).

Volviendo a nuestro tema, lo mismo sucede con el cambio de estado y los estados de perfección: Escrivá los confunde de tal manera que pareciera estar diciendo la verdad y toda la verdad.

En realidad, confunde cambio de estado con estado de perfección (Cfr. Lucas, “Introducción a las cartas…”, Gervasio “Eso de los estados” y también “Estados y santidad”) con el fin de negar que haya “estado de perfección” porque no hay “cambio de estado” y, en realidad, una cosa no tiene necesariamente que ver con la otra. Estas confusiones forman parte del engaño general en el cual la mayoría cae (salvo los doctos en derecho canónico).

Podría interpretarse que no hay ningún cambio de estado, jurídicamente hablando, pero ello no impide que, a nivel de fuero interno, las vocaciones vivan según los principios del estado de perfección.

El juego entre “estado de perfección” y “perfección en el propio estado” no resuelve la falta de claridad con la cual es presentada la vocación al Opus Dei sino contribuye a la confusión, en beneficio del Opus Dei.

Como vimos en el apartado anterior, el Opus Dei nunca rechazó definitivamente ni la figura jurídica del Instituto Secular ni los estados de perfección: ambas cuestiones sobreviven intactas, aunque ocultas, dentro de la Prelatura.

Esto es lo que da lugar a hablar de aspectos fraudulentos de la vocación, porque mientras el Opus Dei fue Instituto Secular, todo estaba a la vista, tanto su fisonomía jurídica como la vocación en cuanto estado de perfección (aunque tampoco del todo, porque las Constituciones de 1950 que regían el instituto no se traducían, estaban en latín, y por lo tanto muy pocas personas tenían acceso a su contenido).

El rechazo, tanto de la figura jurídica como del estado de perfección, aparentemente fue una simulación. Aquí está el problema.

A causa de esa simulación, muchos cayeron y siguen cayendo en la trampa, y el Opus Dei se beneficia.

Conclusiones

La impresión que me da todo esto es que Escrivá quiso crear algo contradictorio, como es el estado de perfección vivido exclusivamente en el fuero interno (habría que relacionarlo, a su vez, con el gobierno de las conciencias, con el cual encaja perfectamente, siempre en un marcado nivel de clandestinidad).

Como no consiguió de la Iglesia lo que él quería (el Instituto Secular parecía adecuarse a los nuevos religiosos disfrazados, hasta que se fue marcando el carácter religioso de sus miembros), tomó la decisión de implementar él mismo la solución por la vía de los hechos, llevando a cabo, por sus propios medios, la implantación de ese nuevo estado de perfección, sin reconocimiento oficial de la Santa Sede. Si esto fue así, es gravísimo.

El gobierno de las conciencias terminó siendo el instrumento necesario (a falta de un marco jurídico regulatorio) para tener control sobre todas aquellas personas (conciencias) dispuesta a vivir clandestinamente –aunque sin una conciencia clara de ello- el nuevo estado de perfección y, a su vez, darles una “jurisdicción” por la vía de los hechos, es decir, una autoridad de quién depender.

Quienes viven totalmente comprometidos ese modo de vida clandestino (no les avergüenza ni les incomoda, transformándose en otros Escrivá), tienen grandes posibilidades de ocupar cargos de responsabilidad y trasladar ese modo de vida a otras esferas, en concreto, la de gobierno y así terminan actuando de la misma manera: secretamente y por la vía de los hechos, al margen de la legalidad (que no existe para el nuevo estado de perfección, que se vive en el fuero interno y no tiene lugar dentro de la prelatura).

No es casual que ni las Constituciones ni los Estatutos estén traducidos, lo cual crea un marco de ilegalidad por la vía de los hechos, es decir, los miembros no conocen la ley que los protege ni pueden ampararse a ella. Pero tampoco les preocupa demasiado, creen que más importante es el vínculo moral entre sus conciencias y los superiores que, en sus dimensiones más profundas, se desarrolla al margen del marco jurídico aprobado (por ej., la cuenta de conciencia).

Los “miembros” han de confiar absolutamente en sus directores, hasta el punto de abrir sus conciencias de par en par, viviendo fielmente la vocación clandestina y jamás hablando de ese aspecto (sin tomar conciencia), pues a partir de ese momento, ese miembro se transformaría en alguien a desconfiar y marginar, llevándolo sus directores hacia la salida.

El experimento, finalmente, terminó en un gran fracaso, basta ver la gran cantidad de personas que abandonaron la vocación propuesta por Escrivá. Muchos hoy lo saben, mientras que otros se irán enterando con el paso del tiempo.



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