Gato por liebre: la historia del Opus Dei

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Por E.B.E., 3/02/2014


Ante todo, la buena fe

Como tantos otros que ingresaron al Opus Dei para dar su vida, parto de la buena fe en el Opus Dei y sus responsables. No conozco a nadie que hubiera entregado su vida -“del todo y para siempre”- al Opus Dei y lo hiciera desde la mínima sospecha hacia la organización. Justamente, porque no se sospecha nada, es que se entrega todo.

El problema es que me encuentro con algunas dificultades a la hora de seguir los rastros, de esa buena fe, en el camino que fue abriendo el Opus Dei a lo largo de su historia institucional.

Como ayuda para este análisis, me he servido de un texto de R. Panikkar (“Mito, Fe y Hermenéutica”, Herder, 2008), donde expresamente, entre otros temas, se refiere a la buena fe. Tiene conceptos muy claros y que me servirán de gran ayuda.

Una de las notas, de la buena fe, es la ignorancia. Al contrario, «la mala fe es rica en ciencia y conocimiento». Mientras la buena fe es ignorante y sencilla, la mala fe se demuestra experta y habilidosa.

«Cuando, dándose cuenta en un segundo momento de lo que ha sucedido, un hombre de buena fe se percata que ha realizado una acción buena o mala, descubre invariablemente que no sabía si su acción era buena o mala». Esto claramente se relación con Adán y Eva: el conocimiento les abrió los ojos, pero por ello mismo, perdieron la inocencia.

La buena fe del Opus Dei quedaría patente, por ejemplo, a causa de su desconocimiento de cualquier tipo de daño causado de manera sistemática, o por el desconocimiento de la vida religioso-conventual a la hora de argumentar a favor de la vida laical que, en teoría, deberían llevar sus miembros. Son dos temas que han sido muy desarrollados en Opuslibros.

Es más, si alguien «adujese alguna prueba demasiado convincente de su buena fe, sería esta misma prueba la que lo acusaría de mala fe». Debo reconocer que leer este texto de Panikkar me ha prestado una gran claridad a la hora de entender tantas cosas del Opus Dei. Bien, sigamos.

«Apenas la buena fe intenta justificarse inmediatamente empieza a desintegrase: si se intenta demostrar la propia ignorancia o defender la propia posición, cesa automáticamente de ser buena fe», dice Panikkar.

El “arsenal” defensivo, con el que cuenta el Opus Dei para argumentar sobre su inocencia, complica demasiado su buena fe. Ya sea cuando niega la posibilidad de daños como cuando se define a partir de negaciones: no somos religiosos, no tenemos secretos, no se coacciona a nadie, y más aún cuando hace afirmaciones tan “defensivamente determinantes” como esta: «en el Opus Dei no está coaccionado nadie» (Escrivá, citado en “Meditaciones” III, pág. 430), para terminar en el extremo:

«en asunto tan importante, como es el de la vocación, no admiten coacciones más que los débiles mentales. Y ésos no sirven para la Obra» (“Catecismo del Opus Dei”, Edición 7, nro. 298).

Todo su conocimiento experto, para demostrar la buena fe, está hablando de una buena fe preparada, no espontánea, a la defensiva, y por lo tanto, de una fe que no parece buena. Además, si para “demostrar” que no hay coacción, el Opus Dei necesita argumentar, poniendo por delante, como escudo humano, la figura del débil mental, pues la buena fe queda hecha pedazos.

El carácter netamente “no espontáneo” del Opus Dei, donde “todo ya ha sido estudiado” –como se dice usualmente dentro de la institución- habla de una imposibilidad de buena fe en muchos aspectos.




La negación rotunda, que Escrivá mantiene constantemente en sus escritos (posteriores a 1950, aproximadamente), acerca de la existencia de elementos religioso-conventuales dentro del Opus Dei, da a entender que él no conoce que exista ningún elemento religioso-conventual dentro del Opus Dei (aunque, extrañamente, en 1941 haya admitido la existencia de “similitudes esenciales”, como veremos luego).

Es decir, Escrivá dice que él es inocente acerca de toda posibilidad de vida conventual dentro del Opus Dei y que su inocencia queda manifiesta, además, por una suerte de “aversión” a ese tipo de vida (como si se tratara de una enfermedad, de forma que a sus seguidores no se les ocurriera siquiera acercarse a ella). Esto último comprometería su situación, porque dicha aversión implicaría el conocimiento de la vida religiosa, o de lo contario, se trataría de una reacción prejuiciosa, sin conocimiento alguno. Sigamos adelante.

Esa inocencia de Escrivá sería posible solamente de una forma: que no supiera, por ejemplo, cómo es la ceremonia de los votos temporales y de los votos perpetuos en las órdenes religiosas, y a su vez, que la oblación y la fidelidad hubieran sido producto de la casualidad, es decir, que sus semejanzas fuese completamente fortuitas. La buena fe de Escrivá exige su absoluta ignorancia de la vida religiosa. Aquí se empieza a complicar el camino.

La buena fe de Escrivá sería posible si tampoco supiera que en las órdenes religiosas es mandatorio -usualmente- hacer el propio testamento antes de los votos perpetuos, y por lo tanto, la obligación de hacer testamento (en los agregados y numerarios) fuera una simple coincidencia. Mención especial merece la ausencia de testamento en el caso particular de Escrivá: ¿cómo fue posible que él ordenar hacer testamento y él mismo no lo hiciera?

Sigamos. La ignorancia de Escrivá debería incluir también todo lo referido al Capítulo Conventual, pues se asemeja demasiado al “Círculo”, esa reunión comunitaria, semanal para los miembros célibes y quincenal para los miembros supernumerarios; también debería desconocer todo que decía el Código de Derecho Canónico de 1917 (versión vigente en vida de Escrivá) en relación a los religiosos, especialmente en relación a la pobreza, la entrega del sueldo, etc., pues sería otra coincidencia más que los miembros célibes tengan el deber de entregar todo lo que obtienen de su trabajo al igual que los religiosos, como así también la ausencia de vacaciones, como tampoco las tienen los religiosos, salvo motivo extraordinario.

Escrivá debería ser sumamente ignorante para conservar pura su buena fe y no saber tampoco que la Enmendatio se asemeja mucho al Capítulo de Culpas; que la necesidad de pedir dispensa para dejar el Opus Dei es similar a la dispensa que necesitan los religiosos, que las llamadas Semanas de Trabajo tienen su equivalente en el Capítulo Provincial de los religiosos, que las Comisiones de Servicio son como las Visitas Canónicas y Juicio de Residencia de los religiosos, que el Locutorio de los conventos se parece demasiado a las salas de visitas de los centros del Opus Dei, etc.

Escrivá podría haber dicho “los miembros del Opus Dei son laicos porque no son religiosos, y no son religiosos, entre otras cosas, porque no tenemos ni la menor idea de en qué consiste ser religiosos”. Esto hubiera significado buena fe, aun viviendo todos los miembros del Opus Dei como religiosos: la ignorancia de Escrivá habría manifestado su buena fe.

Es más, la ignorancia de los miembros, en lo que hace a la vida conventual, manifiesta su buena fe y por eso no son hipócritas ni mentirosos a la hora de afirmar que “se sienten, viven y actúan como laicos” porque “son laicos”.

Esa buena fe de los miembros, por cierto, pareciera significar la buena fe de toda la institución y especialmente de la cabeza. Pero también puede verse de otra manera: la ausencia de buena fe en otro sector, que los mantiene en la ignorancia: aquellos que sí deberían saber y han hecho como si no supieran nada. Los miembros son ignorantes, y por ello inocentes, pero los superiores son expertos y por ello pues, si no culpables, al menos no inocentes.

Escrivá era totalmente consciente de lo que significaba violentar la conciencia para imponer una vocación contraria a las capacidades y a los deseos de las personas:

«¿Cómo podría yo ahora cometer la iniquidad de obligaros a seguir una vocación diversa? No, no podría exigiros eso de ninguna forma, y ni siquiera podría pediros —recurriendo a argumentos poco leales, que violenten la libertad de vuestras conciencias— que renovéis vuestro compromiso con la Obra, abrazando una vocación que no es la que hemos recibido de Dios» (Carta, 25-V-1962, nro. 34)

Pero esa conciencia clarísima, sorprendentemente, Escrivá la utiliza como coartada, para defender su propia inocencia y su propia buena fe. En ese texto lo que “debe quedar claro” es que, si sucedió lo contrario, yo no tuve nada que ver, al contrario siempre luché porque sucediera lo opuesto. Incluso, para que se vea que es consciente de las consecuencias, agrega:

«Ni yo puedo hacer eso con vosotros, ni nadie puede hacer eso conmigo. (...) Eso —además de ser humanamente una villanía— sería una falta grave contra la moral cristiana, contra la ley divina positiva y aun contra la misma ley natural» (Ibidem).

Escrivá sabe actuar una defensa brillante de su conciencia, y paradójicamente, ¿esa misma claridad no le sirve para llevar a la práctica la vocación laical -que tanto promueve- sino su contrario, es decir, una vocación claramente religioso-conventual?

Recordemos un texto de Panikkar citado más arriba:

«[quien] adujese alguna prueba demasiado convincente de su buena fe, sería esta misma prueba la que lo acusaría de mala fe.»

La clara conciencia y la ciencia que Escrivá posee, para argumentar en su propia defensa, hacen que inevitablemente emerja la mala fe, es decir, la segunda intención. Si la primera intención es mostrar el sumo interés por la promoción de la vocación laical, la segunda intención es “la defensa de por qué el invento no va a resultar”, a pesar de todos los esfuerzo que dice haber hecho (aquí habría que entrar en toda la cuestión del narcisismo, pero no quiero abrir otro frente de análisis ahora; de momento, se puede señalar que la defensa que Escrivá hace de sí mismo tiene un refinamiento estético –una grandiosidad- que implica un goce en sí mismo altamente llamativo).

Lo que Escrivá está haciendo, al argumenta de esa forma, es poner la sospecha afuera: de manera que nadie sospeche que el mismo Opus Dei y el mismo Escrivá sean quienes pudieran promover un modo de vida religioso conventual. Además, de esta forma, crea confianza absoluta para todo lo que venga del propio Escrivá, haciendo imposible –aprovechándose de la buena fe de quienes se entregan al Opus Dei- creer que Escrivá pueda haber impuesto, contra sus deseos y capacidades, un modo de vida alienante (no por su naturaleza sino por la incapacidad de los candidatos).

No sé si el lector podrá verlo gráficamente, pero en ese texto Escrivá está “defendiendo y promoviendo el fracaso” mediante toda esa argumentación excusadora y exculpatoria. No sólo es una defensa de sí mismo de cara a la historia institucional, sino a su vez es la promoción activa de un naufragio predecible, porque, en los hechos, en lugar de promover la vocación laical, con toda la ciencia que Escrivá tiene para evitar ir directamente hacia el iceberg de una vocación conventual, Escrivá fue llenando esa vocación laical de pesos insoportables hasta ahogarla.

No sólo eso, también implica arruinarle la vida a muchos, que se subieron a ese bote con otra perspectiva y sin salvavidas (la buena fe impide pensar en recaudos): como capitán del barco, Escrivá es responsable del ahogo de tantas vocaciones. Este daño específico difícilmente se le pueda atribuir a otro que no sea el mismo Opus Dei, aunque enfoques paranoicos quieran proyectar responsabilidades en un enemigo externo, cuando no en los mismos miembros que abandonan el barco (históricamente Escrivá ha recurrido muchas veces a argumentos paranoicos para explicar diversos contratiempos: los problemas internos los proyectaba hacia enemigos externos que conspiraban contra el Opus Dei y nunca hizo una autocrítica seria de nada).

Para decirlo claro: la vocación laical del Opus Dei no la hundió nadie más que Escrivá mismo, aquél que decía ser su defensor más acérrimo. Mientras decía que sería una locura imponer una vocación religiosa, al mismo tiempo lo estaba haciendo. Es de una gran manipulación toda esa argumentación, se parece a una maniobra de distracción, para mientras tanto, ir hundiendo el barco. ¿Por qué quiso hundir la vocación laical? Más adelante lo veremos.

Lejos de servirle de defensa, su claridad lo condena. Como decíamos antes, si fuera un ignorante, Escrivá mantendría intacta su buena fe. Lo cual me recuerda a la parábola de los talentos:

«Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!". Pero el señor le respondió: "Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses» (Mt. 25, 24 y ss).

La clara conciencia, lejos de salvarlo y servirle de excusa, condena al protagonista de la historia. Y Escrivá lo sabe tan bien, que además cita esa misma parábola para su propia defensa:

«Yo no puedo enterrar el talento (Matth. XXV, 25), porque no quiero que el Señor me lo quite, con justa indignación: no puedo dejar que se ahogue, que se impida, el fruto apostólico de la Obra de Dios» (Carta, 25-V-1962, nro. 27).

No se puede decir, tan fácilmente, que haya habido buena fe, ni en Escrivá ni en A. del Portillo ni en, al menos, todo el círculo más cercano a Escrivá. El conocimiento experto en materia religioso-conventual está patente en el diseño de la vida comunitaria del Opus Dei, lo cual niega la ignorancia necesaria para dar lugar a la buena fe (recordemos que varios de ellos eran expertos pues... ¡formaron parte de la Congregación de Religiosos como consultores, asesorando a la Santa Sede!, como el mismo A. del Portillo y Salvador Canals, cfr. Estruch).




Lo mismo podríamos decir de otros aspectos institucionales, especialmente en todo lo que hace al daño padecido por tantos miembros, quienes terminan abandonando la institución. La buena fe del Opus Dei supondría la ignorancia de todo daño, o lo que es lo mismo, la sorpresa frente a su noticia, y en realidad, lo que sucede es la negación anticipada y el rechazo sistemático de toda posibilidad de daño, basados en el presupuesto de “la divinidad de la Obra”.

«… Notamos como un desgarrón en el alma si alguien no persevera en la vocación. Nos hace sufrir, pero no tambalear. El mismo Jesucristo experimentó la amargura de la traición de Judas» (A. del Portillo, Carta, 19-III-1992, nro. 41).

¿Qué buena fe puede expresar A. del Portillo al comparar a todo aquél que abandona el Opus Dei con Judas? Primero, habla de “alguien” como si fueran contados (con los dedos de una mano) los que abandonan la vocación. Con esto lo que dice es yo no sé que sea mucha la gente que abandona el Opus Dei, y al mismo tiempo, yo sé que los que lo abandonan son otros Judas, y por lo tanto la culpa es de ellos, no es nuestra. La pregunta es ¿cómo sabe que son traidores? ¿Cómo acusa de manera generalizada? Pues al decir “si alguien” es lo mismo que “quien sea”. A continuación, toda esa carta de 1992 es una defensa de la inocencia del Opus Dei, nuevamente. Si hubiera buena fe, reflexionarían sobre la posibilidad, siquiera remota, de ser responsables de las deserciones. Ausente totalmente esa autorreflexión. Esa ausencia no es de buena fe, no es espontánea ni fruto de la ignorancia, sino de la ciencia y la clara conciencia de su inconveniencia.

De esta manera, el Opus Dei dice que no conoce que existan daños causados por el Opus Dei. No sabe que exista la posibilidad más mínima de engaño alguno entre del modo de vida que proclama y el que finalmente impone. No tiene conciencia de que mienta descaradamente (¿será por eso que es importante proceder de manera ambigua, para no mentir, pero tampoco decir la verdad?). En el Opus Dei saben claramente que tienen el deber de no mentir, pero a su vez parecieran preguntarse: ¿tenemos el deber de decir la verdad?

Recordemos que Escrivá se jactaba de ser pillo y además recomendaba a sus hijos ser pillos. Desde luego, sus palabras se podrían interpretar de muchas formas benévolas, pero ninguna de ellas parecería contribuir con la buena fe. En todo caso, es la buena fe palpable de los miembros la que ampara y excusa la ausencia de buena fe “más arriba” de ellos.

Esto de “no saber” es muy importante para la inocencia, como vemos. Como los miembros no saben, defienden legítimamente con una inocencia inquebrantable e incuestionable a su Opus Dei y, a su vez, esa inocencia es la coartada perfecta para quienes están por encima de ellos y sí saben, o al menos, deberían saber. Esto es muy impactante. A su vez, los miembros que empiezan a sospechar algo, empiezan a perder su inocencia y a ser responsables de ese conocimiento. No son inocentes, entonces. Opuslibros ha supuesto una amenaza para la inocencia del Opus Dei, porque cada vez queda menos espacio para la ignorancia.

La coartada del Opus Dei es decir: yo no sé, yo no conozco, yo lo ignoro, y en última instancia, no tuve forma de saberlo (inocencia histórica). Por eso el Opus Dei está forzado a no saber, si quiere conservar su buena fe, y por todos los medios, “no enterarse”.

Por lo tanto, existe la tentación de “evitar saber”, para de esa manera seguir siendo inocentes. Es una forma pilla de mantener una inocencia superficial, pues en cuanto se profundiza, se acaba la coartada de la ignorancia.



Volvamos al modo en cómo Escrivá negaba que la vida de los miembros del Opus Dei tuviera relación alguna con la vida de los religiosos. No deja de ser llamativa la ambigüedad –o timidez- con la que presenta esa vida en 1941, como quien no se atreviera a negar (¿a mentir?) con rotundidad:

«Los socios del Opus Dei no son religiosos, pero tienen un modo de vivir -entregados a Jesús Cristo- que, en lo esencial, no es distinto de la vida religiosa» (Reglamento de la Pía Unión Opus Dei, Ap. V, nro. 1, 1941).

Pero luego, más tarde en 1966, afirma sin ninguna ambivalencia ni ruborizarse:

«Ni somos religiosos, ni nos parecemos a los religiosos, ni hay autoridad en el mundo que pueda obligarnos a serlo» (Conversaciones, nro. 43).

Me da la impresión que aquí hay un cambio sustancial. Se ha pasado de la tímida ambigüedad a la mentira (no lo digo juzgando la intención de Escrivá sino en referencia a la materialidad de dicha aseveración, en cuanto “afirmación abiertamente contraria a la verdad”). El único modo de afirmar de esa manera, algo que es mentira, es probablemente a través de algún tipo de restricción mental.

Para que entendamos quien era Escrivá, quien era A. del Portillo, próximamente a ser beatificado, seguramente nos deberían servir sus obras, y de manera particular, la gran obra: el Opus Dei, del cual A. del Portillo fue cofundador junto a Escrivá. Ambos son, se puede decir, los cerebros de dicha organización.

Siempre liebre, nunca gato

Si uno fuera a un restorán y pidiera liebre y le dieran gato, difícilmente se podría argumentar que se trata de una simple equivocación. Nunca he probado gato, pero tomando en cuenta que el dicho popular se basa en cierta sabiduría empírica, el gato debe ser bastante parecido a la liebre en algún aspecto, de tal manera que pueda pasar desapercibido para los ignorantes en materia culinaria.

Es muy fácil distinguir un gato de una liebre, no se necesita ciencia especial. Pero no es lo mismo distinguir carne de gato de carne de liebre (de ahí la frase popular). Pues bien, lo mismo se puede aplicar a lo que sucede en el Opus Dei, cuyos miembros, en algunos aspectos, carecen de la conocimiento suficiente para distinguir entre carne de gato y carne de liebre, entre lo religioso y lo secular. Lo único que saben es distinguir al animal visto con su piel, pero nada saben de su dimensión culinaria. De los religiosos saben que suelen usar hábito –o al menos solían usar-, y poco más. Como aderezo, tienen una imagen desprestigiada de todo lo que se pueda emparentar con lo religioso-conventual, aunque en realidad no conozcan nada. Es un prejuicio sembrado por el propio Escrivá, sin duda por alguna razón, especialmente estratégica: mantenerse bien lejos de los religiosos.

Lo que aprenden de chiquitos, los miembros del Opus Dei (célibes, particularmente), es que, si alguien les pregunta acerca de lo que están comiendo, deben responder prontamente y sin dudar: estamos comiendo liebre y no gato, jamás comeríamos gato, nunca lo hemos probado y si alguna vez comiéramos gato en el Opus Dei abandonaríamos al instante la institución; es más, una de las condiciones para ingresar al Opus Dei es que jamás comeríamos gato y de hecho el Defensor de la Comisión Regional (o su delegado), antes de la oblación y la fidelidad, siempre pregunta: ¿usted comería gato? A lo cual siempre se responde “lo mío es comer liebre, gato jamás, los queremos mucho pero no es lo nuestro”.

El mismo fundador dijo: “no hay autoridad en el mundo que nos pueda obligar a comer gato”:

«Ni somos religiosos, ni nos parecemos a los religiosos, ni hay autoridad en el mundo que pueda obligarnos a serlo» (Conversaciones, nro. 43)

Y para más seguridad el Catecismo de la prelatura dice: “nuestra liebre jamás podrá ser comparada con el gato, no se parece en nada y no existe la más mínima posibilidad de asemejarlos”.

«Los fieles del Opus Dei no son religiosos ni pueden ser equiparados a los religiosos desde ningún punto de vista.» (“Catecismo de la Obra”, 6 ed., pregunta 50)

«No somos religiosos ni podemos ser equiparados a los religiosos desde ningún punto de vista, y que ha venido a la Obra para entregarse a Dios, con esa condición expresa.» (“Vademecum del Gobierno Local”, 2002, cap. Adscripción).

Por lo cual, todos convencidos durante años de que comían liebre y de lo superior que era liebre en relación al gato y de lo bien que se preparaba la liebre dentro de la propia organización. Como complemento, el cultivo constante de una aversión a todo lo que oliera a gato.

Hay gato encerrado

Cuando alguien utiliza la frase “hay gato encerrado”, se quiere referir a una situación que no está clara, y por sobre todo, que oculta algo o algún manejo turbio. Pues, en lo que hace al Opus Dei, bien se puede decir que no hay liebre sino gato, y además, encerrado.

Ya nomás resulta extraño que el fundador dijera –o se le escapara la expresión- hacia 1941: “los socios del Opus Dei no comen gato sino un tipo de liebre que, en lo esencial, no se distingue del gato.”

«Los socios del Opus Dei no son religiosos, pero tienen un modo de vivir -entregados a Jesús Cristo- que, en lo esencial, no es distinto de la vida religiosa.» (Reglamento de la Pía Unión Opus Dei, Ap. V, nro. 1, 1941)

Lo cual fácilmente daría pie a plantarse la siguiente pregunta: esto que estoy comiendo, ¿es gato o es liebre? ¿Cómo es eso de que “en lo esencial no se distingue del gato”? ¿Qué es lo esencial, que no se distingue? ¿Y cómo me doy cuenta, entonces, de que no es gato, si en esencia es igual a la liebre? Me garantizaron que jamás comería gato, me hicieron jurar que jamás mi boca tocaría semejante bocado, ¿y ahora surge esta versión inquietante, nada menos que de boca del mismo creador y fundador del plato que todos aquí llamamos liebre?

Esa “confusión” fundacional “esencial”, lejos de lo esperado, nunca se aclaró, sino más bien se fue oscureciendo.

Pues, a pesar de todos los cambios jurídicos sufridos por el Opus Dei, desde 1941, pasando por 1950 y llegando a 1982, nunca los miembros célibes -especialmente ellos- vivieron realmente como laicos. La prelatura, incluso, fue presentada como la etapa final, la aprobación definitiva, el traje a medida, en fin, la estructura jurídica que permitiría la realización plena de la vocación como laicos. Sin embargo, todas las prácticas religioso-conventuales (salvo los votos, y tal vez algún aspecto más) siguen vigentes, las mismas que se hacían en 1941, en 1950 y ahora actualmente, desde 1982 (en este artículo hay una tabla comparativa).

¿Cuál puede ser la explicación? No parece tener sentido la versión oficial.

Más aún cuando se insiste, una y otra vez, en que la vocación fue laical “desde el principio” y que sólo en “algunos aspectos” hubo que ceder temporalmente, para luego recuperar plenamente el carácter laical de la vocación.

Sin embargo, son demasiados los ex miembros que se sienten estafados por el Opus Dei, porque esperaban vivir plenamente su vocación secular y sin embargo nunca terminaron de realizar ese sueño.

Veamos otro caso semejante. En 1948, dice Escrivá:

«A la luz de esta doctrina sancionada por los documentos pontificios, podemos ya comprender las peculiaridades que -en el orden ascético y jurídico- ofrece el Opus Dei, primer Instituto secular de Derecho pontificio aprobado según las normas de la Constitución Próvida Mater, y que ha sido puesto como modelo de este nuevo tipo de vida de perfección por el Santo Padre Pío XII en el Decretum Laudis, concedido al Opus Dei el 24 de febrero de 1947» (Cfr. Escrivá, J.M., “La Constitución Apostólica “Provida Mater Ecclesia” y el Opus Dei”, conferencia dada en Madrid, el 17 de diciembre de 1948).

Y en 1961 cambia completamente, contradiciéndose, dando un giro de 180 grados:

«La Obra, hijos míos, no es un eslabón al final de esta cadena. No ha venido a ser un nuevo estadio de la vida religiosa o de perfección» (Carta, 25-I-1961, n. 9).

Gracias a un texto anterior, de 1958, podemos llegar a intuir que la causa de ese cambio es nuevamente externa, es decir, no es que Escrivá hubiera cambiado para nada sino que el culpable es el contexto histórico (de nuevo el argumento paranoico):

«no somos un Instituto Secular, ni en lo sucesivo se nos puede aplicar ese nombre: el significado actual del término difiere mucho del sentido genuino, que se le atribuía cuando la Santa Sede usó esas palabras por primera vez, al concedernos el Decretum laudis en el año 1947» (Carta “Non Ignoratis”, 2-10-1958, nro. 9).

Entonces, tranquilamente el día de mañana, siguiendo el ejemplo de su fundador, los superiores del Opus Dei podrían decir: “ya no somos una prelatura, el significado actual del término difiere mucho del sentido genuino”.

Pasaron sólo ocho años, desde 1950 (aprobación del Instituto Secular por la Santa Sede, a pedido de Escrivá) hasta 1958 (desaprobación, por parte de Escrivá). ¿Y la razón es que “el significado actual difiere mucho”, sin explicar nada más?

¿Por qué no reconocer la razón concreta?

Por ejemplo, que Escrivá se equivocó de “tren”, al cual se subió aparentemente sin averiguar mucho, por querer ganar el primer puesto –ser el primer Instituto Secular-, y cuando vio hacia dónde le llevaba quiso bajarse con una urgencia desesperada. Así como se apuró a subir (1941 a 1947), así se apuró a bajar (1950 a 1958).

Por si quedaran dudas, pareciera echarle la culpa a la Iglesia de todo esto:

«Encarecidamente os pido que no tengáis ningún temor a que la Santa Madre Iglesia, contra nuestra voluntad, quiera hacernos religiosos o equiparamos de algún modo a los religiosos, no siendo ésta la vocación que Dios nos ha dado» (Carta “Non Ignoratis”, 2-10-1958, nro. 14).

Más sincero hubiera sido: “no tengáis ningún temor a que la Santa Madre Iglesia quiera haceros religiosos, porque de eso me encargaré yo”. Pero en realidad prefiere lo contrario: presentar a la Iglesia como la potencial causante.

Curiosamente, más tarde la prelatura será presentada como la tabla de salvación, la solución y sin embargo será un cambio de fachada, porque por dentro, no habrá cambiado nada. Y no precisamente por voluntad de la Iglesia sino por voluntad de Escrivá.

La Iglesia, más que imponer su voluntad, no hizo otra cosa que, dentro de lo razonable (salvo la prelatura cum proprio populo pues, que no era razonable), darle aprobación a la voluntad de Escrivá, desde la Pía Unión, pasando por el Instituto Secular hasta la Prelatura. La Iglesia jamás obligó a nadie del Opus Dei a ser religioso (incluso los votos fue algo impuesto por Escrivá ya en 1934, sin ninguna obligación por parte de la Iglesia sino, al parecer, debido a un cierto “complejo de inferioridad”, asumido por el propio Escrivá):

«Con el transcurrir del tiempo y el aumento de la labor, en torno a 1934, algunos de los que habían respondido a la llamada del Fundador fueron inquietados -como señalamos en su momento- por ciertas personas, que les vinieron a decir que su decisión de entrega carecía de valor y que su modo de vivir estaba falto de estabilidad. Las circunstancias, el ambiente, la intromisión de esas personas -algunas de ellas, sacerdotes-, llevaron a Mons. Escrivá a aceptar la conveniencia de que los miembros del Opus Dei hicieran votos privados, sin manifestación externa» (cfr. Fuenmayor, A. y otros, “El Itinerario Jurídico del Opus Dei”, Cap. VII.)

Fue Escrivá quien cambió su voluntad en relación a la figura del Instituto Secular y quien, a su vez, no cambió nunca su decisión de sostener un modo de vida religioso conventual dentro del Opus Dei. Eso de poner a la Iglesia como sospechosa de atentar contra la secularidad de la vocación al Opus Dei, pues no habla de buena fe.

Es claro que, en la historia que cuenta Escrivá, algo no cierra (especialmente cuando acude a argumentos persecutorios y paranoicos). Hay gato encerrado.

Un modo de vida

¿Qué sentido puede tener, en el caso del Opus Dei, entregar gato en lugar de liebre? Si se tratara de un restorán, diríamos que la razón sería económica, ya sea por la obtención de la materia prima como por el precio de venta del producto final.

En el caso de la vida religiosa, se podría pensar que la razón más evidente es que el proyecto de Escrivá era inviable con “laicos viviendo como laicos”, del mismo modo que es imposible domesticar liebres como sí se puede hacer con los gatos y tenerlos viviendo en una casa. Las liebres son salvajes y corren para todos lados. Los laicos lo mismo (no tanto por lo de salvajes como por lo de libres, pero bueno…). Por lo cual, pareciera que Escrivá habría querido obtener un producto hibrido, una mezcla entre liebre y gato, entre laicos y religiosos.

Si le diéramos un nombre a ello, podríamos denominarlo “laico consagrado”, para simplificar. Ahora bien, ¿por qué Escrivá no fue ´sencillo como una paloma´ y habló abiertamente a sus futuros seguidores haciendo un planteo honesto de la situación? ¿Para qué aparentar ser laicos si, al final, iba a ser imposible de sostener, por lo contradictorio? Si a Escrivá le parecía que “laico consagrado” era un engendro, al menos se trataría entonces de un engendro honesto y abiertamente presentado. En cambio, Escrivá optó por la vía del encubrimiento, de publicitar una cosa y de entregar otra opuesta.




A primera vista, no está clara la razón de por qué Escrivá procede de manera oculta o simulada.

Menos aún aclara la situación la negativa rotunda, cuando no se acepta que haya elemento religioso-conventual alguno dentro de las vidas de los miembros. Aquí es donde se puede empezar a sospechar de Escrivá y a empezar a desconfiar de su buena fe, o al menos, de sus capacidades cognitivas, si es que no queremos poner en tela de juicio su buena fe.

¿Para qué Escrivá puede haber inoculado la vida religioso conventual en los laicos, sin permiso ni consentimiento, sin que los laicos lo supieran? No sólo eso, sino que además él decía que nunca jamás lo haría.

Por un lado, Escrivá actuó de manera oculta, inoculando la vida religioso-conventual, y por otro lado, a plena luz del día negó rotundamente que algo así pudiera suceder y que él además lucharía hasta la muerte porque ello no sucediera.

Esto sería la demostración más cabal de mala fe, por más justificativos posteriores que se le busque.

Si hubo mala fe a la hora de inocular, esa mala fe se mantiene en la decisión de no aceptar la presencia de esas prácticas inoculadas. La situación del Opus Dei es realmente comprometida.




Ahora bien, avancemos un paso más.

Esa vida conventual inoculada, además de cambiar profundamente las conductas en las personas, tiene unas consecuencias que trascienden a los mismos miembros y apuntan directamente a la organización. Dicho de otra forma, si bien perjudica a los miembros (los aliena), beneficia netamente a la organización (es un ejército de voluntades sumamente obedientes al servicio de un gobierno y sus metas). Las personas se reciclan, la organización permanece.

¿Estará aquí la razón de por qué las prácticas se inoculan de manera oculta?

Entregar gato por liebre se convierte en un modo de vida, del cual vivir. Dicho de manera sencilla: someter a las conciencias para vivir de ellas.

¿No es acaso, este mismo, un enfoque paranoico? Desde luego, tranquilamente lo puede ser. El asunto es comprobar qué bases puede haber para dicha afirmación. Formulada así, de manera general, no sólo es paranoica sino abstracta. Pero veamos qué elementos concretos existen para formular semejante diagnóstico.

El Opus Dei es como una granja, que dice vender liebre pero entrega gato y en el intercambio el Opus Dei se beneficia y termina viviendo de eso. Si a esto le sumamos el reciclaje de miembros, está claro que al Opus Dei tampoco le interesa de manera primordial la conservación de sus miembros, sino en la medida en que sean consumidores de gato. En cuanto empiezan a exigir liebre, afuera, a la calle. Exigir las consecuencias de la prelatura, es exigir liebre y a eso tienen todo el derecho los miembros.

Puede ser una tesis equivocada, desde luego, pero por ahora me parece la más simple, y al mismo tiempo, la más satisfactoria para dar cuenta de la lógica con la que funciona el Opus Dei: inoculación oculta, negación rotunda, eliminación sin explicaciones.

No creo que sea necesario buscar razones más complicadas que aclaren por qué Escrivá podría haber actuado de esta manera. Es decir, se puede indagar en el asunto pero no sé a qué fuentes o elementos se podría recurrir para encontrar respuestas (salvo que, por ejemplo, hubiera estudios psiquiátricos o psicológicos que pudieran ampliar el conocimiento sobre la vida de Escrivá).

¿Pero todo el planteo grandioso de la santidad? Fue la liebre, muy bien presentada por Escrivá y A. del Portillo, entre otros. Lo que terminamos viviendo/consumiendo fue algo muy distinto, es decir, el gato.

Hay muchas más preguntas para hacerse (por ej. ¿acaso Escrivá no fue canonizado? ¿cómo puede haber dado gato por liebre?) pero no veo de qué forma contestarlas sin empezar a teorizar inútilmente.

Lo único que se pueden corroborar por ahora son datos muy concretos:

  1. Los miembros (célibes, sobre todo) viven vida religioso conventual, al menos desde 1941 y nunca ha habido un cambio copernicano en ello;
  2. Escrivá dijo que jamás vivirían vida conventual y que esa era una condición para el funcionamiento del Opus Dei;
  3. Escrivá introdujo incontables prácticas propias de religiosos a espaldas de los miembros, aprovechando la buena fe de ellos (y por tanto, la ignorancia de ellos);
  4. Escrivá se presentó constantemente como un luchador y defensor del carácter laical de la vocación al Opus Dei, contrariamente a lo que, por otro lado, hacía;
  5. El Opus Dei niega actualmente que existan, dentro de su organización, prácticas propias de los religiosos;
  6. Escrivá puso la sospecha sobre la Iglesia, a la hora de plantear la posibilidad de que los miembros del Opus Dei acabaran siendo religiosos;
  7. El Opus Dei no reconoce que haya daños sistemáticos, o al menos generalizados, entre sus miembros, daños originados en gran parte por un modo de vida contrario al laical;
  8. El Opus Dei no ayuda a quienes se han marchado o se marchan de su organización, pues sin duda esa ayuda, por un lado, no le supone ningún beneficio (siguiendo la lógica del criadero), y al contrario, por otro lado le puede significar el reconocimiento de la existencia de daños sistemáticos o generalizados;


Poniendo sobre la mesa los elementos con los que contamos actualmente, la tesis de la granja / restorán resulta muy convincente. Ciertamente no es grandiosa, es demasiado prosaica y le quita esplendor a toda la historia, ya sea porque no hay nada de sobrenatural como tampoco de gran conspiración. Reconozco, de todas formas, que la construcción de la granja y su mantenimiento supone grandes esfuerzos: no es tan simple vender gato por liebre durante décadas, y por lo tanto, sin ser descubierto. Implica todo un conocimiento experto.

Mecanismos: sustitución y alienación

El Opus Dei seduce con la liebre pero termina entregando e imponiendo el gato. No se trata sólo de una sustitución, de la liebre por el gato, sino que además el estricto modo de vida religioso conventual, al que obliga, tiene una función operativa, no sólo sustitutiva.

Es decir, no es un simple cambio de una cosa por otra (aspecto fraudulento), de algo lleno por algo vacío. Es, además, el cambio de algo bueno por algo nocivo (aspecto alienante), nocivo por su función, no por su naturaleza, desde luego.

Para que se entienda lo que implica esa violencia contra la conciencia (posiblemente el daño más grave, causado por el Opus Dei), acudamos a las lúcidas palabras de Escrivá, más arriba citadas:

«¿Cómo podría yo ahora cometer la iniquidad de obligaros a seguir una vocación diversa? No, no podría exigiros eso de ninguna forma, y ni siquiera podría pediros —recurriendo a argumentos poco leales, que violenten la libertad de vuestras conciencias— que renovéis vuestro compromiso con la Obra, abrazando una vocación que no es la que hemos recibido de Dios. Ni yo puedo hacer eso con vosotros, ni nadie puede hacer eso conmigo. (...) Eso —además de ser humanamente una villanía— sería una falta grave contra la moral cristiana, contra la ley divina positiva y aun contra la misma ley natural» (Carta, 25-V-1962, nro. 34).

A su vez, esa violencia lleva a un vaciamiento personal, en sus dos vertientes: por desgaste (físico, psicológico, moral) y por extracción (donaciones, testamentos, sueldos, etc.).

El Opus Dei es un matadero: miles de personas con vocación laical terminan sacrificando tanto esa vocación como sus vidas, para convertirse en alimento de una organización devoradora de recursos y que, propiamente, no produce nada.

El Opus Dei no es fuente de vida de nada, ni siquiera de alimentos para otros (produce sólo para sí mismo, para su propio beneficio). Es un buen promotor de liebre, que termina siendo un anzuelo para pescar, a gente de buena fe, inadvertidamente.

Al imponerse la vocación conventual, el vaciamiento personal es una consecuencia directa, no tanto porque la vocación conventual así lo sea sino por el modo en que se instrumentaliza dentro del Opus Dei, con el fin de terminar todos exprimidos como un limón.

Nunca hubo liebre, siempre fue gato

Escrivá fue canonizado, posiblemente, por lo bien que predicó acerca de la liebre, lo cual difícilmente se pueda criticar. El problema es la presencia del gato en todo esto.

Sin duda, Escrivá puede haber sido un maestro en la forma de predicar la santidad laical y difundir su atractiva imagen. Pero en su granja, lo que produjo y vendió, fue siempre gato.

A. del Portillo será beatificado (y sin dudas, también canonizado) por ser otro gran emprendedor en la promoción de cría de liebres, pero en la granja que administró, legado de Escrivá, allí sólo se criaban gatos.

No deja de ser sorprendente cómo tanto Escrivá, al igual que del Portillo, han sido expuestos como modelo de productores de liebres. Es decir, no sólo le vendieron gato, a todo un mercado consumidor de liebre, sino que además se ganaron la fama de grandes productores de liebres, por no decir, los mejores. Es un dato que, sin duda, pasará a la historia.

Incluso, es uno de los grandes argumentos difíciles de rebatir, sobre todo por ser argumento de autoridad: ¿cómo puede ser que un gran productor de liebres, que ha recibido el máximo galardón, se haya dedicado toda su vida a vender gato por liebre? Es ridículo e inverosímil.

También puede ser una pesadilla. No son pocos los que han pasado por esa experiencia angustiosa, hasta despertar.

Ciertamente, no tengo respuesta para aquella pregunta.

No dispongo de elementos para ello. Ni para la primera parte de la pregunta, que habla sobre el premio, ni para la segunda parte, que se refiere al aspecto fraudulento. Lo cual no quiere decir que no se pueda responder jamás. No se disponen de elementos aún, pero ya algún día se podrá explicar cómo fue posible la canonización de Escrivá y la de A. del Portillo (la cual doy como un hecho).

Tal vez la respuesta haya que buscarla por el mismo ángulo de este análisis: han sido tan buenos para vender gato por liebre a tantas personas de buena fe, que lo mismo han conseguido en otros niveles. Posiblemente no hay que complicarse la vida buscando respuestas rebuscadas. Si eran tan buenos convenciendo a unos, también pueden haber sido buenos convenciendo a otros, más allá de personajes en las altas esferas que hayan querido contribuir con la granja y beneficiarse de ella.



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