Recuerdos de hace más de cincuenta años
Por Ramón Rosal, 29/05/2024
Os envío las propuestas que en 1971 (ahora tengo 91 años) envié para el congreso del Opus Dei que se iba a celebrar. También os enviaré las que ese mismo año expuse a un directivo de la Delegación de Barcelona. Mientras tanto me acabo de enterar –por una numeraria hermana de una amiga mía- que el Opus Dei ha pedido a sus miembros que soliciten opiniones y propuestas a sus familiares y amigos ajenos a la Obra, sobre cambios que vean convenientes en la Praxis de la exprelatura, de cara a la celebración del centenario de la misma.
Propuestas presentadas para el Congreso General
Del libro Naufragio y rescate de un proyecto vital, pp. 226-230.
1. Libertad de pensamiento
Tomar medidas para que haya verdadera libertad de pensamiento respecto a una serie de tesis sobre cuestiones doctrinales que no atacan la doctrina obligatoria del Magisterio, aunque no sea la más segura.
2. Libertad de pensamiento: opiniones personales del Padre
Estudiar la forma de evitar que el pensamiento que el Padre exprese a título de opinión personal, sea considerado en el mismo orden que el que expresa como portador del mensaje del 2 de octubre.
3. Libertad de pensamiento y expresión para los intelectuales de izquierdas
Estudiar la forma de que los intelectuales de izquierdas no se sientan inhibidos para opinar y para escribir, a causa de las normas establecidas para defender la seguridad doctrinal.
4. Cargos directivos: formación psicológica y pedagógica
Estudiar la forma de que los directores reciban cierta formación psicológica y pedagógica, para perfeccionarse, con sentido profesional, en su tarea de directivos y de formadores. Podría utilizarse el asesoramiento de servicios como el ICE, el DOPP (Departamento de Orientación Psicopedagógica), etc.
5. Cumplimiento de las normas: evitar cierto “legalismo”
Puesto que siempre convendrá continuar insistiendo en la importancia de cumplir todas las normas para poder santificarse, tener vida contemplativa, y perseverar en ello, parece conveniente estudiar la forma de evitar el peligro de que se caiga en una actitud legalista por la que se constituyen las normas más en fin que en medio, y no se busca ante todo la realidad de una vida interior que debe traducirse principalmente en frutos de amor a Dios y a los demás, hasta el sacrificio.
6. Vida de familia: tertulias
Estudiar la forma de que las tertulias, al mismo tiempo que constituyen un medio de formación para todos los de la casa, y una ocasión de darse los unos a los otros, no adquieran el aire rígido, organizado, de un acto común, sino que sean verdaderamente la desorganizada organización de una reunión de familia.
7. Formación doctrinal religiosa: Doctrina Social de la Iglesia
Teniendo en cuenta las sucesivas advertencias llegadas de Roma para proteger la seguridad doctrinal de los de Casa, y la conveniencia de acentuar la atención en aquellas cuestiones de las que aparezcan más desviaciones en el ambiente que nos movemos en cada ciudad, región, etc., creo que conviene tener en cuenta la presencia de una mentalidad liberal-capitalista en algunas personas de Casa y en muchos cooperadores, chicos de San Rafael, etc., por la influencia del ambiente.
De hecho ocurre que de cuando en cuando personas de la Obra, sin ninguna mala fe, pero con falta de formación doctrinal en esas cuestiones, desedifican a personas que les rodean por criterios y costumbres no compatibles con la doctrina social de la Iglesia, que aplican en su vida profesional. De ahí que sugiero la conveniencia de estudiar los medios para que todos los de Casa –de acuerdo con la capacidad de cada uno– posea un serio conocimiento de la doctrina social de la Iglesia.
8. Formación doctrinal religiosa de los sacerdotes: las colaciones
Sugiero que se estudie la posibilidad de ampliar notablemente el tiempo dedicado a las colaciones mensuales de los sacerdotes numerarios.
Por una parte, la nota que toca este tema da indicaciones de la seria preparación que debe hacerse por parte de los que exponen los temas; dice que aparte de buenos tratados generales hay que estudiar monografías sobre los temas correspondientes; recuerda la altura científica que deben tener las ponencias, etc.
Por otra parte en mi experiencia personal he podido observar, muchas veces, que la brevedad del tiempo asignado a la exposición de los temas se presta a improvisaciones, exposiciones sin matiz, omisión de las cuestiones más problemáticas, etc. Con frecuencia, cuando uno ha preparado a fondo el tema, se ve obligado a una exposición a un ritmo veloz y muy pendiente del reloj, con lo cual el tema resulta mucho más pesado e indigesto para los oyentes.
Sugiero la posibilidad de que se dedique toda una mañana, a tres cuartos de hora o media hora por tema, con cuarto de hora de intervalo, etc.; comiendo luego juntos para cambiar impresiones sobre experiencias pastorales, etc.
9. Formación doctrinal religiosa de los sacerdotes: bibliotecas
He podido comprobar, en los últimos años, que se tiende a producir una despreocupación en el cuidado de que en todas las casas haya una buena biblioteca de sacerdote. Y de haberla, la tendencia quede reducida a un bloque de obras –siempre las mismas– de Parente, Prümmer, etc., y la ausencia de obras más recientes y, sobre todo, de obras que toquen las cuestiones de última actualidad en materias teológicas, pastorales, y afines.
De hecho creo que las indicaciones sobre las precauciones a tener en cuenta en las lecturas motiva, aunque no debiera ser así, una inhibición de los sacerdotes a proponer nuevas compras, y una propensión en los directores a hacer aplazar la gestión, con el consiguiente estancamiento de este asunto.
10. Formación pastoral de los sacerdotes: la predicación
A propósito de las dificultades con que a veces se tropieza para llevar gente a los cursos de retiro –y también a los retiros mensuales– pienso que puede contribuir a ello la falta de suficiente calidad y preparación en la forma de predicar a veces los sacerdotes numerarios. Quizá pueda afirmarse que ha descendido el prestigio profesional de los sacerdotes en comparación con el que existía tiempos atrás.
Creo que habría que estudiar la forma de evitar un sobrenaturalismo, en esta tarea, con la tendencia a abandonar el empleo de todos los medios humanos previos.
11. Liturgia: lengua vernácula para supernumerarios, agregados y numerarias auxiliares
Propongo que se estudie la posible conveniencia de que todos los que en Casa no entiendan nada el latín –especialmente entre agregados y supernumerarios– tengan la Misa en lengua vernácula, para no entorpecer su participación inteligente en las oraciones y textos.
12. “Trasplantes” de diverso género: cuidados análogos
Habría que tener en cuenta que hay cambios de situación que pueden producir crisis semejantes a las que se producen a veces al cambiar de país y que, por lo tanto, exigen cuidados similares a los previstos en la carta del Padre sobre los “trasplantes”. Entre otros casos pueden citarse: los cambios de región o ciudad en un país, los cambios de persona encargada de las confidencias o charlas fraternas –y más si simultáneamente se cambia al confesor ordinario–, los cambios de encargo apostólico concreto, los cambios de trabajo profesional por razones internas, etc.
13. Posibilidad de una metodología más activa en los medios de formación
Habría que elaborar y aplicar cuanto antes una renovación de métodos en los medios formativos de las labores de San Gabriel y San Rafael, sin que hayan de suprimirse los medios tradicionales. Entre los medios nuevos –ya fomentados en otras ocasiones– debería ofrecerse una metodología más activa, con más participación, etc.
14. Vivir la caridad con los que se desvinculan
Habría que establecer unas normas para vivir mejor el espíritu de caridad fraterna con aquellos que se desvinculan de la Obra, particularmente cuando llevaban ya bastantes años, con la fidelidad ya hecha, etc. Evitar situaciones de dificultad económica injusta.
15. Dirección espiritual –confidencias o charlas fraternas– evitar los cambios excesivos
Los cambios excesivamente frecuentes de las personas que llevan la charla fraterna, y del confesor ordinario, como también del consejo local, motivan crisis y depresiones que se podrían evitar. Habría que estudiar la aplicación de criterios semejantes a “los trasplantes” a los que se refiere una carta del Padre.
16. Numerarias profesionales en crisis
La mayoría de las pocas profesionales numerarias que he conocido, o de las que me han llegado informes dignos de crédito, se encuentran en una situación de crisis. Me refiero a las que no tienen como trabajo profesional la atención de las administraciones, tareas internas de gobierno, o trabajos en alguna obra corporativa.
Mi experiencia comprueba que estas crisis, y bastantes defecciones, se deben más a un exceso de medidas preventivas –en nombre de la prudencia– que a su defecto. Esto las lleva habitualmente a no sentirse “gente corriente”, de la calle, como sus compañeras.
17. Vida de familia: peligro de convivencia con personas muy distintas
La experiencia demuestra que la convivencia en la vida de familia entre personas excesivamente distintas, como se da más en la sección femenina, dada la enorme distancia de mentalidad entre la mujer tradicional, casera, y la mujer moderna, muchas veces universitaria, y muy ilusionada en la vida profesional, presenta dificultades a veces graves, que pueden suponer una sensación de asfixia. Esto queda agravado cuando todo el consejo local participa de una mentalidad conservadora.
Los roces y tensiones entre madres e hijas presentan al menos, para éstas, las perspectivas de que a partir de cierta edad se independizarán; pero esta salida, como es lógico no se da en Casa.
18. Numerarias profesionales: flexibilidad de horario
Ver la forma de lograr que las numerarias que ejercen un trabajo profesional fuera de las administraciones, obras corporativas, y tareas de gobierno, se encuentren con la suficiente flexibilidad en los horarios de la casa, reuniones de familia, etc., para que esto no les resulte habitualmente un problema agobiante.
19. Ambiente de confianza: “escándalos”
Observo de cuando en cuando que, contra lo que siempre se ha dicho en Casa, las directoras “se escandalizan” cuando una numeraria, en la charla fraterna expresa con sinceridad salvaje algunas dificultades de su vida interior.
Esto le ocurre especialmente a este tipo de mujeres de la “vieja ola” que tendían a ser asépticas a las inclinaciones sexuales, y les choca no sólo una caída sino incluso una tentación.
Esto ha dado pie a veces a clasificar como en situación de peligro a gente que no lo estaba en absoluto, rodeándola de un clima desconfiado y sobreprotector que ha complicado gravemente su situación interior.
20. Confesor ordinario: libertad para acudir a cualquier sacerdote
Quizá habría que dejar más claro que las directoras no pueden dar pie a que una asociada que necesite tener una charla –o confesión– sobre asuntos de vida interior con un sacerdote de Casa distinto de su confesor ordinario, se sienta inhibida por notar que al hacerlo con naturalidad –sin preocuparse de que no lo noten– se producen manifestaciones de desagrado en dichas directoras.
Esperanzas
1. ¿Será posible que se renuncie definitivamente a hacer proselitismo con adolescentes, suprimiendo la figura del “aspirante” –que puede dar lugar a prematuros sentimientos de compromiso vocacional –aplicando, no sólo en Gran Bretaña, sino en todos los países, las sabias directrices que en su día estableció el cardenal Hume?
2. ¿Será posible que desaparezca definitivamente la sensación predominante en los jóvenes que solicitan la admisión, de que dudar de permanecer sería siempre una tentación de infidelidad a la voluntad divina? ¿Será posible que todos ellos tengan claro que solamente están experimentando un “tiempo de prueba” –sin ningún compromiso firme– para comprobar si pueden encajar bien en este camino? ¿Se logrará con ello mantener el respeto al tiempo de prueba que desde siempre ha exigido la Iglesia?
3. ¿Será posible que en dicha etapa de prueba, o incluso antes de pedir la admisión, los candidatos a vincularse puedan leer el contenido del Ius Peculiare Operis Dei, y sean informados –por la lectura o la vía oral– de los compromisos que adquirirán vinculándose, es decir, de sus futuros deberes y derechos?
Discrepancias entre la teoría y la praxis
Preocupaciones que trasladé en una entrevista a un directivo de la delegación de Cataluña en 1971. (Naufragio y rescate de un proyecto vital, vid. pp. 223-226).
1. Siempre se ha dicho que somos “cofundadores”. De ser cierto significaría ejercitar entre todos una responsabilidad creadora que habilite para completar la fundación, aportando todos algo según sus carismas.
Sin embargo, hay una ausencia total de participación en el Gobierno, ausencia de diálogo auténtico. Y limitaciones respecto a las “comunicaciones” en vistas a un Congreso General...
2. Colegialidad significa complementarse en el ejercicio prudente del gobierno gracias al enriquecimiento de un equipo directivo integrado por tipos humanos variados.
Pero predomina claramente una gran homogeneidad entre los directores, en cuanto a su mentalidad, ideología, etc. Escasez de intelectuales de verdad. Enfoque totalmente antidemocrático. Todo ello al margen de nuevas aportaciones democratizadoras del magisterio del Concilio Vaticano II: consejos de pastoral, consejo de presbíteros, fórmulas nuevas de elección y de colegialidad.
3. Se propaga que nuestro estilo es de “espontaneidad apostólica” y de poca planificación desde la cúspide.
La realidad es que, por ejemplo en el caso de los sacerdotes, se da una planificación integral del tiempo de nuestra actividad. Se forma en vistas a la docilidad, no para el espíritu creador. Los estilos de personalidad pasiva son los que se encuentran más cómodos. Lo máximo es ser buenos ejecutivos. No se valoran ni protegen iniciativas personales de la mayoría.
4. Se supone que los directores deben respetar los carismas de los miembros, en la línea de lo indicado en la doctrina del Concilio Vaticano II.
La realidad es que normalmente los valores intelectuales de miembros de la Obra quedan marginados y malogrados. Se antepone el ejecutar, por encima de todo, lo programado. Se fomenta la actitud de ejecutivo con una disciplina de estilo militar.
5. Se supone que la Obra tiene como finalidad contribuir a la santificación del trabajo entre personas de todas las clases sociales “principalmente intelectuales”.
La realidad es que en ella hay crisis de los intelectuales no integristas. Alejamiento apostólico de ambientes de intelectuales y, en general, de personas creativas: pensadores, escritores, líderes del mundo del trabajo, etc. Dificultades prácticas entre los miembros de la Obra más idóneos para moverse en estos campos.
6. Se supone que se vive con esmero la fidelidad al magisterio de la Iglesia.
Sin embargo se trata de una fidelidad discriminatoria. Hay aportaciones del magisterio que se silencia y de las que no se ofrece formación, por ejemplo sobre la Doctrina Social de la Iglesia, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, etc.
7. Se supone que se vive una actitud de respeto a la jerarquía de la Iglesia.
Sin embargo es frecuente la crítica arbitraria y superficial respecto a actuaciones de la Jerarquía en diversos niveles, y al clero secular y religioso. Oí afirmaciones del Padre sobre Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, y el Concilio Vaticano II, que no constituyen precisamente un ejemplo de respeto a la Jerarquía.
8. Se subraya constantemente la importancia en la Obra del amor a la libertad.
Sin embargo, en los criterios para la protección respecto a los peligros de desviación en lo doctrinal, en escritos, conferencias, etc., se aplica un rigorismo muy limitador. Ni siquiera vale la pena la interpretación probabiliorista (que se contrapone a la probabilista).
En la práctica pasa como si casi todos los libros estuviesen en el Índice de libros prohibidos (suprimido por Pablo VI), en especial los teológicos.
Acentuada actitud de recelo respecto a las novedades eclesiales: aportaciones de los nuevos teólogos, catecismos, asambleas eclesiales, etc.
Dificultades prácticas para escribir, publicar, o dar conferencias, sobre cuestiones opinables. Estilo de pensamiento integrista.
9. Se afirma que los estudios internos sobre la formación filosófica y teológica se realizarán siempre “despacio, sin prisas”.
Mi experiencia real no se corresponde para nada con esto. El cuatrienio teológico lo hice en menos de dos años, y disponiendo de muy poco tiempo para el estudio.
Frecuentemente nos encargan ser profesores de materias en las que no mereceríamos ni un aprobado ajustado. Constituye una arbitrariedad que la calificación tenga que ser siempre la Magna' cum laude o Summa cum laude.
10. Se sostiene que una característica importante de nuestra espiritualidad es la “humildad colectiva”.
Sin embargo se practica con ligereza el enjuiciamiento de otras instituciones y personas de la Iglesia. Comentarios despectivos sobre las defecciones entre el clero, silenciando totalmente las que se producen en la Obra.
11. El Padre insiste en afirmar que “somos gente de la calle”.
Sin embargo, aparte de no poder nunca asistir a espectáculos públicos, conciertos, etc., con amigos, existen una serie de normas limitadoras de nuestra secularidad, acentuadas especialmente en el caso de las numerarias profesionales.
12. Se afirma que nosotros no somos “antinada”.
Sin embargo se respira un clima de anti de muchas cosas. Anti-Vaticano II (respecto a sus aportaciones más renovadoras: Ecumenismo, Colegialidad episcopal, Libertad religiosa, Diálogo con el Mundo, Diálogo interreligioso, Renovación y Reforma litúrgica.
13. Según afirma el Padre, por salvar un alma iremos, cuando sea preciso, “hasta las puertas del infierno”.
Aparte de que la expresión “salvar un alma” suena a lenguaje preconciliar, la realidad es que se ha producido un creciente alejamiento respecto a las posibles relaciones y convivencia de gente digamos “de izquierdas”, de los ambientes de artistas, del mundo del cine y del teatro, de la colaboración con agnósticos y ateos. El exceso de medidas preventivas y sobreprotectoras ha malogrado muchas posibilidades.
14. Se insiste en que no tenemos una teología propia.
Si se quiere afirmar que no se ha producido por los teólogos de la Obra –muy pocos– alguna aportación original, es cierto. Pero si se pretende que entre nosotros puede haber pluralismo teológico, es falso.
Por ejemplo, hay una teología sobre la gracia de estado de los directores, sobre la obediencia, sobre el sacerdocio ministerial, sobre lo válido y lo inválido en la liturgia. Campaña contra innovaciones del Vaticano II: concelebraciones, utilización de las lenguas vernáculas, altar cara a los fieles, restauración del rito del saludo de la paz, pluralidad de “plegarias eucarísticas”. Menosprecio de la teología implicada en los nuevos catecismos y campaña a favor de los catecismos para niños de Astete o Ripalda, obligando algún año a aprenderlo de memoria los numerarios y agregados adultos. Campañas contra la teología de la colegialidad episcopal, la teología del diálogo entre Iglesia y Mundo, etc.
15. Se afirmaba, al menos en el pasado, que en nuestro caso no ocurriría lo que pasaba a muchos curas al salir del seminario: todos iguales, sin personalidad propia. Al principio no, pero con el pasar de los años, ahora que de los seminarios ya no salen iguales, los de la Obra presentan una uniformidad llamativa. No me refiero al espíritu, sino a las formas. Uniformidad en cuestiones doctrinales opinables, en la preferencia por la sotana, en la forma de predicar, condicionados por múltiples ideas y textos que han de repetir, en las celebraciones litúrgicas.
16. Se insiste mucho en la grave obligación de proteger la unidad de la Obra. ¿Significa acaso unidad la presencia de una praxis –con multiplicación de normas concretas– que contradice en muchos puntos ideas madres de la espiritualidad de la Obra?
17. Una afirmación típica del Padre es que confía más en uno de nosotros que en la firma de cien notarios.
¿Cómo se conjuga esto con la dificultad de los miembros para tener acceso a buena parte de los documentos de la praxis, del Ius peculiare, e incluso del Catecismo de la Obra?
¿Cómo se compagina con el excesivo control de la vida íntima de los miembros?
¿Cómo se compagina con la norma de que las numerarias que van al Colegio Romano entreguen el pasaporte a las directoras, al llegar, y cuando tengan que ir a renovarlo, vayan acompañadas por otra numeraria? Y así tantos ejemplos más de desconfianza.
La dirección del Opus Dei acogió con notable recelo, frialdad, silencio y malestar la gran mayoría de estos cambios
(Naufragio y rescate de un proyecto vital, vid. pp. 238-240)
Por supuesto que este recelo no se refería al reconocimiento –formulado por primera vez de forma clara en la historia de los concilios– del potencial espiritual y evangelizador del laicado en la Iglesia, y del interés intrínseco de sus actividades en el mundo (no sólo en la Iglesia: catequesis, liturgia, etc.) para su contribución humanizadora y cristianizadora. Tampoco se refería al reconocimiento conciliar de la libertad de asociación de los fieles, en la Iglesia, y a la llamada de atención a los representantes de la jerarquía para que respetasen los carismas que puedan ir surgiendo a partir de algunos de sus fieles…
Tampoco se refería a la introducción, en los documentos conciliares, de la posibilidad futura de una estructuración de los grandes colectivos eclesiales no exclusivamente en base a criterios territoriales –como las parroquias y las diócesis– sino en base también a vínculos interpersonales entre los fieles, como sería en el caso de las denominadas prelaturas o diócesis personales. Y esto no reservado sólo a los miembros de órdenes y congregaciones religiosas, sino a los colectivos de fieles en general. Estas innovaciones, claro está, eran muy bien acogidas por el Opus Dei.
Sin embargo no ocurrió así con otros muchos aspectos renovadores, parte de los cuales implicaban un reconocimiento oficial por parte del episcopado mundial de reflexiones y propuestas formuladas años antes por teólogos representantes de corrientes innovadoras, algunos de los cuales habían sido amonestados –en tiempos de Pío XII– por las autoridades vaticanas encargadas de proteger la ortodoxia católica. Así ocurría, por ejemplo, con las aportaciones del Vaticano II sobre: Ecumenismo, Libertad religiosa, Colegialidad Episcopal, y algunos aspectos de la reforma litúrgica. Lo más sorprendente para mí era que también el contenido de la Constitución sobre la Iglesia en el mundo (la Gaudium et Spes) suscitase claras descalificaciones por parte de Escrivá y de sus principales colaboradores. Muchos apartados de este documento me resultaban, a mi parecer, paradigmáticos para este colectivo de cristianos laicos implicados de forma radical en una vocación evangelizadora en el mundo.
Las reticencias y temores experimentados por Escrivá a partir de la libertad de pensamiento y de expresión que se manifestaron en las sesiones conciliares le llevaron incluso a declarar su confianza de que el Espíritu Santo se encargase de abreviar la vida del papa Juan XXIII, que con sus imprudentes actuaciones habría acarreado la pérdida del sentido de autoridad en la Iglesia. Cuando Juan XXIII moría a los pocos años de su pontificado, representantes de la dirección del Opus Dei dejaban entrever –aunque veladamente– que se habían cumplido sus pronósticos. Posteriormente, sin embargo, la forma como su sucesor, Pablo VI, asumió la continuación y orientación del Concilio siguió inquietando notablemente al padre Escrivá. Cuando años después se cumplían muchos de sus temores en la etapa post-conciliar –retirada masiva de religiosos y sacerdotes, aplicaciones descontroladas y superficiales de la reforma litúrgica, etc.– todo ello lo interpretaba, seguramente, como una confirmación a favor de sus hipótesis de línea conservadora-integrista. Para mí fueron motivo de preocupación las frivolidades de un sector del clero en la aplicación de la doctrina conciliar. ¿Acaso no se tenía capacidad de administrar la felizmente ampliada zona de libertad? Percibía como una actitud de mentalidad adolescente la excesiva frustración por el hecho de que no se hubiese logrado con el concilio la totalidad de los cambios deseados.
Encontrándome yo en Córdoba, durante los años del Concilio, esperaba con especial interés la llegada semanal de la revista Ecclesia, en la que se resumía, de forma bastante completa, el contenido de las propuestas de los obispos en la sala conciliar. Se apreciaba una indudable libertad de expresión en ellos, y un pluralismo de sensibilidades. Mientras tanto yo podía notar una actitud de desinterés y de silencio respecto a la marcha del concilio, por parte de los directores y, en consecuencia, de la gran mayoría de los numerarios con los que conviví en mi casa o en los cursos de verano. De vez en cuando no faltaban breves comentarios que daban a conocer el claro malestar del padre Escrivá respecto a este acontecimiento. Y de forma especial, tras la aprobación de sucesivos documentos. Respecto a la declaración sobre la libertad religiosa, a varios directores de la Obra de alto nivel escuché lamentaciones con las que debían de transmitir los sentimientos de Escrivá. A éste yo le había oído algún comentario despectivo sobre la Constitución Gaudium et Spes –para mí el más alentador de los documentos– calificándolo de “cajón de sastre”.
Ante esta comprobación de mi acentuada sensación de distanciamiento respecto a la mentalidad del fundador y de sus más fieles colaboradores, se veía venir la imposibilidad, por mi parte, de cumplir el eslogan que ya se empezó entonces a formular: “Si no estás identificado con la mente y el corazón del padre, es preferible que te vayas”.
Actitud integrista en la formación teológica y en la liturgia
(Naufragio y rescate de un proyecto vital, vid. pp. 240-243).
Cuando nos encontrábamos ya en la etapa postconciliar, la obstaculización que el padre Escrivá impuso a la aplicación, en los actos litúrgicos dirigidos a los miembros de la Obra, de buena parte de las reformas conciliares, cuando no eran obligatorias, fue otro aspecto que acentuó mi malestar. Ciertamente que si se lee el texto conciliar, se puede comprobar, por ejemplo, que la utilización de lenguas vernáculas en sustitución del latín no era algo obligatorio, sino una opción dependiente de lo que estableciesen los obispos para sus diócesis…
- 1. Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.
- 2. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, en las lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes.
- 3. Supuesto el cumplimiento de estas normas, será de incumbencia de la competente autoridad eclesiástica territorial, de la que se habla en el artículo 22, 2, determinar si ha de usarse la lengua vernácula y en qué extensión; si hiciera falta se consultará a los Obispos de las regiones limítrofes de la misma lengua. Estas decisiones tienen que ser aceptadas, es decir, confirmadas por la Sede Apostólica (Concilio Vaticano II: Constitución “Sacrosantum Concilium” sobre la Sagrada Liturgia, 36).
- En las Misas celebradas con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido a la lengua vernácula, principalmente en las lecturas y en la «oración común» y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que corresponden al pueblo, a tenor del artículo 36 de esta Constitución.
- Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde (Ibidem, 54).
La interpretación del padre Escrivá fue la más restrictiva posible respecto a la posibilidad de prescindir del latín en las liturgias, lo mismo respecto a otras reformas litúrgicas incluidas en los documentos conciliares. En concreto:
a) En todas las casas y centros en los que se celebrase la Eucaristía –u otros sacramentos– a miembros de la Obra, sólo se utilizaría la lengua latina.
b) Se prescindiría de utilizar, sin embargo, el Misal latino Romano renovado durante el pontificado de Pablo VI. Por lo visto la dirección de la Obra, y sobre todo el padre Escrivá, consideraban que algunas de las modificaciones realizadas en este nuevo misal, a partir de la doctrina de la Constitución Sacrosantum Concilium del Vaticano II, implicaban alguna desviación de la ortodoxia. Se mantendría, por lo tanto, la utilización exclusiva y para miembros de la Obra, del Misal de Pío V.
c) Tampoco se admitió la utilización del altar cara a los fieles, de acuerdo con la práctica que se generalizó, para la celebración de la Eucaristía, a partir de documentos del correspondiente organismo Vaticano, como una aplicación del espíritu del concilio. Recuerdo que recién estrenada esta modificación, se aplicó precipitadamente en no pocos templos, a base de colocar mesas demasiado rústicas, delante de artísticos altares. En aquellos meses se estaba concluyendo en Sevilla la construcción y decoración de un nuevo Colegio Universitario a cargo de Lorenzo Martín, numerario arquitecto. Se pudo prever a tiempo cuál debía de ser el espacio necesario en el presbiterio par la instalación adecuada de un digno altar cara a los fieles. Cuando todo ello estaba ya concluido, llegó una nota de Roma informando de que “al padre no le gustan los altares cara a los fieles”. Inmediatamente, con la disciplina militar característica de la Obra, se tuvo que hacer el estropicio arquitectónico de perjudicar claramente el diseño cuidadoso del presbiterio de ese oratorio.
d) El artículo 57 de la Constitución correspondiente sobre la liturgia había establecido que se ampliase –ya no para circunstancias extraordinarias– la práctica de la concelebración “en la cual se manifiesta apropiadamente la unidad del sacerdocio”. En el Opus Dei se mantuvo la prohibición de esta práctica. De esta forma, si coincidíamos veinte o treinta sacerdotes numerarios en alguna convivencia o curso especial, debíamos celebrar cada uno individualmente en los múltiples altares previstos para estas circunstancias.
El boicot de la normativa de Escrivá a estas reformas litúrgicas fue de una rigidez difícil de tolerar. Recuerdo la primera vez que, recién concluido el concilio, yo iba a iniciar unos ejercicios espirituales para supernumerarios andaluces. Imagino que éstos, con mayor razón teniendo presente el estilo extrovertido y cordial del alma andaluza, debían de haber recibido con gran satisfacción estas innovaciones litúrgicas. En ocasión de ir a celebrar la Eucaristía del primer día de retiro espiritual, yo daba por supuesto que la mayoría de esos treinta miembros supernumerarios no debían de haber recibido todavía información sobre el boicot de la Obra a esas innovaciones. Lo pasé mal en la sacristía cuando iba a salir al altar. Pensé: ¿Y qué pasará ahora por sus mentes cuando vean que no hay altar cara a los fieles, que sigo colocándome a sus espaldas, que pronuncio en latín todas las oraciones, que no les digo en un castellano con algo de acento andaluz: “Er señó esté con vosotros”, sino “Dominus vobiscum”, etc., etc.? Concluida la misa llegó el momento de tener que justificar de alguna forma esta praxis. Esto, en casi todos los casos sólo se llevó a cabo en entrevista individual, dada la severa prohibición en el Opus Dei de cualquier comentario que pueda significar una crítica o queja respecto a la Obra. Otra ocasión en que lo pasé igual de mal fue celebrando una Misa en un centro de formación de numerarias auxiliares (empleadas de hogar en las casas de la Obra). Si mal no recuerdo era en Jerez a mujeres andaluzas.
Respecto al control de lecturas y de bibliotecas por parte de la dirección de la Obra, pienso que se agravó todavía más después del Concilio y, sobre todo, después de que el papa Pablo VI decidiese la supresión del Índice de Libros Prohibidos. Se estableció en la Obra, por orden de Escrivá, algo incomparablemente más limitador que aquel índice de origen medieval. Perduraba la prohibición general –sólo dispensada en casos especiales– de leer a buena parte de los teólogos más reconocidos, a pesar de que muchos de ellos (como ya he indicado antes) habían sido convocados como asesores de las diferentes Comisiones redactoras de los documentos conciliares. Seguían sin poderse leer libremente teólogos como: Rahner, Von Balthasar, Congar, Schillebeeckx, Chenú, Lubac, o Danielou, entre otros.
Entre los momentos más gratificantes que he vivido estos últimos años –una vez que he logrado descargarme de una parte de mis trabajos en el Instituto Erich Fromm– han sido los que he dedicado a la lectura de las valiosas aportaciones de estos representantes de lo que considero el Siglo de Oro de la Teología. Los he tenido muy en cuenta a la hora de elaborar los tres volúmenes de mis libros Mis convicciones sobre el Cristianismo explicadas a mis amigos no cristianos. Pero son otros muchos teólogos más los que han enriquecido mi fe cristiana intelectual y espiritualmente, por ejemplo: H. Von Baltasar, L. Boff, A. Dulles, J. Dupuis, C. Duquoc, J.A. Estrada, C. Floristan, H. Fries, O. Gonzalez de Cardedal, R. Guardini, G. Gutierrez, H. Küng, R. Laurentin, J. Martín Velasco, J.P. Meier, J. Moltmann, J. Mouroux, Pannenberg. Panikkar, J. Ratzinger, J.A.T. Robinson, J.M. Rovira Belloso, J.L. Ruiz de la Peña, E. Schillebeeck, M. Schmauss, A. Torres Queiruga, C. Tresmontant, E. Vilanova
Pero quiero destacar separadamente, ya que la sola inicial del nombre no indicaría su carácter de mujer, a las siguientes teólogas a cuya producción estoy actualmente atento, en especial: Dolores Aleixandre, María José Arana, Elisabeth Johnson, Mercedes Navarro, Rosemary Radford Ruether, y Elisabeth Schüssler Fiorenza. De todas ellas la que me ha sorprendido más por su reflexión teológica sobre la Trinidad divina es Elisabeth Johnson, en su libro La que es. El misterio de Dios en el discurso teológico feminista (1994).
Yo iba comprobando con claridad creciente, a medida que iban pasando los años del Concilio, las contradicciones entre la mentalidad de línea crecientemente integrista que lideraba el padre Escrivá, juntamente con sus fieles colaboradores en la dirección del Instituto, y mi irrenunciable derecho a la libertad de pensamiento y a la lectura atenta del pluralismo teológico actual. Mi conclusión fue, finalmente, que era evidente que había una acusada incompatibilidad de caracteres entre la mente de Escrivá y la fidelidad a mí mismo en mi vocación personal.
Implicaciones psicológicas que percibí respecto a mi permanencia en la Obra
(Naufragio y rescate de un proyecto vital. Vid. pp. 258-260)
Peligro de padecer un trastorno psicológico
Llevo algo más de treinta años implicado en la psicoterapia como fundador y director del Instituto Erich Fromm, en el que han sido atendidos unos 2.500 pacientes [actualmente ya son más de 3.000], y han pasado por nuestra formación de postgrado unos 300 [actualmente más de 400] licenciados en Psicología. Mi actual formación psicológica me permite reconocer como válida aquella intuición que tuve en los años 1970-1973 de que si permanecía en la Obra, peligraba mi salud mental. De los diversos síndromes psicopatológicos clasificados en el DSM-IV-TR, Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, que es el libro oficial de la American Psychiatric Association, considero que un miembro de la Obra que padezca de forma permanente y acentuada frustraciones debidas a la praxis de la institución, será principalmente proclive a algunas de las variantes de los denominados trastornos adaptativos. Se trata de trastornos que pueden llegar a padecer personas básicamente sanas, sin necesidad de un historial que, a partir de vivencias gravemente conflictivas de la infancia, le pudiesen predisponer a trastornos de ansiedad, o de estados de ánimo, o de personalidad...
El desencadenante acostumbra a ser un conjunto continuado de tensiones, frustraciones o conflictos experimentados de forma continuada en su entorno social, que dan lugar a un “estrés psicosocial” que sobrepasa el nivel de tolerancia a la frustración del sujeto. El DSM sostiene que acostumbra a iniciarse el trastorno a los tres meses de experimentarse el estrés, aunque si el desencadenante es un acontecimiento relevante pude producirse a los pocos días. Si la situación estresante se prolonga, el trastorno puede perdurar hasta que se consiga un nuevo nivel de adaptación o una desvinculación de esa situación. Su carácter de trastorno psicológico se manifiesta en sus consecuencias de incapacitación para la actividad social o laboral, y en el carácter excesivo de los síntomas respecto a lo que sería una reacción normal frente a determinada situación estresante. Hay variedad de tipos de trastornos de ansiedad según que la manifestación predominante sea la ansiedad, la depresión, los síntomas físicos, los cambios de comportamiento, aislamiento social, laboral o académico u otro tipo, o la combinación de varios de esos síntomas.
Omito aquí extenderme en describir el trastorno desde el punto de vista y el lenguaje del modelo terapéutico creado en nuestro Instituto: la Psicoterapia Integradora Humanista. Pienso que para los fines de este apartado basta el resumen de la descripción del mismo según el DSM. Mi conclusión es que, de haberme esforzado por permanecer en la institución, lo más probable habría sido llegar a padecer este trastorno. Considero que con ello hubiese actuado en contra de la prescripción bíblica que dice: “Amarás al prójimo como a ti mismo”, ya que con esta permanencia habría colaborado en maltratarme a mí mismo. Una consecuencia hubiese sido mi incapacitación para ayudar a otros. Hubiese podido llegar un momento en el que ya me sintiese sin fuerzas para desvincularme y reiniciar una nueva etapa de mi vida, a pesar de que esta desvinculación sería la principal vía para superar las depresiones o ansiedades correspondientes a un trastorno de adaptación.
Freno del crecimiento personal
En la concepción psicológico-humanista en la que me encuentro implicado, por considerarla la que me inspira más confianza, tras treinta años de comprobar sus frutos, el objetivo de la salud mental no se limita a la superación de los posibles trastornos psicológicos. Si una persona tiene la suerte de no estar padeciendo ninguno de los diferentes tipos de trastornos de la personalidad –sean graves o leves–, y ninguno de los síndromes psicopatológicos: trastornos de estado de ánimo, de ansiedad, somatoformes, etc., etc., ¿ha cumplido con ello plenamente la meta de la salud mental? En Psicología Humanista respondemos que no, porque la meta es el proceso de “crecimiento personal” (o “autorrealización”, etc.), que nunca hay que considerar acabado del todo, teniendo en cuenta que en la vida se va pasando por sucesivas edades, circunstancias afectivas, laborales, socio-económicas, espirituales –con la presencia de posibles frustraciones y conflictos–, que requieren mantener el cuidado del propio potencial psicológico, como ayuda para desenvolverse airosamente en las dificultades de la vida.
En otro lugar presenté esta propuesta de definición de crecimiento personal.
Entiendo por crecimiento personal el proceso por el que se va logrando de forma singular e irrepetible el desarrollo armonioso del conjunto de potencialidades de todo ser humano, y el ejercicio jerarquizado y también armonioso de la pluralidad de tendencias y aspiraciones que animan su existencia, todo ello en coherencia con un proyecto existencial flexible (adaptado a las diferentes circunstancias y edades de la vida), elegido de forma lúcida, libre y nutricia (respecto a uno mismo y a los otros), en concordancia con los valores nucleares de la persona, y abierto a la posibilidad de una realidad transindividual o transpersonal (Rosal, 2003, p. 15).
No me voy a detener aquí en aclarar cada uno de los conceptos incluidos en esta definición descriptiva. Sólo quiero recordar que viene a ser un axioma de la teología cristiana, ya desde la Edad Media, el que dice: “La gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona” (gratia non tollit naturam, sed perficit). Para los lectores no versados en el concepto religioso de “gracia sobrenatural”, podemos expresar la frase en otros términos: “La influencia del espíritu divino (o Espíritu Santo) sobre el ser humano no perjudica su naturaleza –no le deshumaniza– sino que la acrecienta y fortalece”.
Por consiguiente una ascética empobrecedora del potencial psicológico humano no parece válida como ascética cristiana auténtica. El cristiano que quiere profundizar en su espiritualidad para compenetrarse con Jesucristo y colaborar en la construcción de la “Nueva Humanidad”, puede estar dispuesto a vivir renuncias, y en algún caso a arriesgar incluso su vida física –como ocurrió con su Maestro– pero esto sólo es válido si resulta ser un requisito para su fecundidad evangelizadora, o una consecuencia de la fidelidad a su ideal. Una ascética que obliga al cristiano a renuncias empobrecedoras de su personalidad humana sólo para adaptarse a la praxis de una institución, cuya fecundidad evangelizadora resulta ambigua por su excesivo centramiento en reclutar nuevos prosélitos, pero con escasa influencia en la transformación de las estructuras sociales deshumanizadoras y, por consiguiente, anticristianas, no es una ascética cristiana, sino masoquista. En este caso, la supuesta “gracia de la vocación” resulta ser empobrecedora de la naturaleza humana, cuando no mutiladora.
Omito aquí la descripción, que ya ofrecí anteriormente, de ocho actitudes humanas potenciadoras del crecimiento personal, o expresión de un buen desarrollo, que veo difícilmente compatibles con la vida de una persona rigurosamente fiel a la praxis del Opus Dei. Con ello estoy mostrando que este miembro de la Obra se encuentra situado en un contexto comunitario que obstaculiza, en vez de favorecer, el desarrollo de estas actitudes y, con ello, el de su salud mental o crecimiento personal. Me limitaré a enumerar una lista de ellas:
a) La fidelidad a uno mismo en la experiencia de la espiritualidad y de la actividad evangelizadora
b) La libertad de pensamiento
c) La apertura a la experiencia
d) La actitud creadora
e) Aceptación de los límites
f) La intimidad afectiva interpersonal
g) La inteligencia emocional
h) La sensibilidad social y actuaciones solidarias