Me han vuelto las ganas de vivir
Por Chuflaibailas, 21/02/2025
No tenía pensado escribir sobre esto, pero a raíz de la serie-documental de “el minuto heroico”, algo se me ha removido muy fuerte.
En el verano de 2002 pité como agregada en el Opus Dei y 19 años después, sin tener muy claro cómo, me salí de la Obra tras repetidos intentos de suicidio. Tras varios años de terapia, nunca supe averiguar cuál fue el motivo que me llevó a querer desaparecer. Me sentía totalmente prescindible, y el futuro me agobiaba muchísimo, y a la vez no recordaba lo que me decían mis hermanas: que cuando yo era pequeña, ¡¡era la payasa de la casa!! ¿En qué momento llegué a ese extremo?...
Hasta ayer mismo, nunca pensé en mi paso por el Opus Dei como un posible motivo de mi estado. Es más, estaba convencida de que no había “funcionado” porque yo era una persona egoísta que solo buscaba caso por parte de la gente. Después de ver uno de los últimos capítulos del documental, he empezado a atar cabos. Mi cabeza, ahora un poco más lúcida debido a que llevo ya meses con la medicación bastante baja, me ha hecho darme cuenta de que mi caso no era aislado, que lo que yo pasé es la tónica de lo que le ha pasado a mucha gente. ¡Me he visto tan identificada!
Pité joven (con 16 años), y como dicen, justo antes, todo era maravilloso. Me hacían mucho caso, me sacaban de viaje todos los fines de semana (algo que en mi familia numerosa no nos podíamos permitir), me sacaba dinero para esos viajes pintando en el club, haciendo “portería” y si te soy sincera, nunca supe muy bien cómo pité, no recuerdo sentir especial inquietud, solo que la numeraria que más admiraba me hizo caso y me lo dijo y yo, sin plantearme grandes cosas lo hice. Total, ¡ahí yo era súper feliz!
Para entonces se lo oculté a mi madre porque sabía que me iba a poner pegas, y me fui a mi primer curso anual simulando que era un campamento del club. Cuando se enteró, varios meses después, fue la primera vez que la vi llorar..
Al poco de pitar, ya empezaron a presionar con el apostolado y yo pasé a un segundo plano para convertirme en alguien que traía gente al club para que acabara hablando con las numerarias. Reconozco que a mí nunca me convenció el proselitismo, no me sentía con el derecho de hacer el papel de Dios para ver quién tenía o no vocación, ¡eso era demasiado grande! Así que poco a poco me dejaron de decir que fuera a las convivencias de las niñas. Me dejaban los niveles de las más pequeñas. Todo porque no planteaba la vocación a las adolescentes. Mi discurso siempre intenté que fuera el de ayudar a la gente a conocer a Dios, a actuar en conciencia (rezar si realmente quería, ir a Misa si realmente le encontraba un sentido) y a que fueran buenas personas. A mí, eso sí que me parecía importante.
Siempre llevé muy mal el tema de las “amistades particulares”. ¿Por qué no podía ser amiga de otra persona de la Obra? Pues porque te quitaba tiempo para hacer apostolado y tristemente, me di cuenta cuando una niña me dijo que le caía muy bien, pero que solo le llamaba para invitarle a cosas, no para interesarme por ella. Eso me marcó bastante, y desde ese momento intenté volcarme al máximo en interesarme de verdad por las niñas. Con eso, poco a poco acabé siendo lo que yo llamaba para mí, la de las causas perdidas. Los viernes me dedicaba a estar con las que no parecían pitables, las que nadie quería invertir tiempo porque no parecía que fueran por buen camino (eso de que “de 100 almas nos interesan las 100”, ya te digo que no es muy cierto..).
Con el tiempo, esa forma de actuar me separaba de la gente de la Obra, me ponía muy nerviosa la falta de coherencia de algunas personas, y me volví bastante callada y cerrada de cara a las demás. Sé que lloré muchísimo porque me sentía muy incomprendida. Yo me daba al máximo, y nunca era suficiente. Trabajaba, llevaba niveles de 25-30 niñas yo sola, gestionaba varias actividades del club y ya mi explosión fue cuando me dijeron que después de trabajar, sobre las 8 de la tarde, me tenía que ir a un pueblo a 45 minutos en coche para hablar y darle el círculo a una pitable.
Un día, volviendo a casa, se me cruzó un pensamiento en la carretera: “¿Y si me cruzo a la otra vía? ¿Que cambiaría?” ¡Y me asusté porque realmente quería hacerlo! Y lo que me lo impidió en ese momento, fue pensar que la persona con la que me chocaría, no tenía culpa de nada, que iba a pagar por algo mío.
A la semana siguiente lo comenté en la charla, y me ofrecieron ir a una psicóloga (supernumeraria). Y ahí empezó mi medicación. No recuerdo (ni quiero) lo que me tomaba, pero a partir de ahí empiezan mis verdaderas lagunas en mi memoria. En vez de mejorar, empezaron los intentos reales de suicidio a través de sobreingestas de pastillas. Hasta con la carta de despido a mi familia hecha. También me pasaron a un psiquiatra (supernumerario) a ver si me frenaba un poco. Todo inútil.
La gente que no ha pasado por una depresión (en mi caso me diagnosticaron TLP), no puede entender la desesperanza que lo envuelve todo. La falta de motivación para cualquier cosa y lo peor de todo es que me sentía súper egoísta y culpable de no poder querer a mis padres y hermanos, que me daba igual que si moría, ellos lo pasarían mal. No me creía realmente que fuera a cambiar la vida de nadie!
Empecé a tener problemas con la comida, y al poco, me “invitaron” a cambiarme de centro. Pasé de un club de San Rafael a uno de supernumerarias, donde pasé de 100 a 0 de la noche a la mañana. En mi cabeza era el castigo que me ponían por quejarme de tener demasiados encargos.
Esa época para mí está muy velada, no recuerdo prácticamente nada, solo que de vez en cuando me tocaba ir a urgencias por otra sobreingesta. Nunca lo he dicho pero siempre que salía tenía sentimientos encontrados (ninguno bueno). Estaba enfadada porque no lo había conseguido otra vez, y a la vez triste porque me gustaba estar ingresada. Era el único lugar en el que sentía que era una desconocida, y que las enfermeras me miraban a la cara y al leer mi historial me miraban con ternura.
Y de repente dejé de ser de la Obra. No recuerdo para nada cómo fue pero supongo que vista la trayectoria, no me pusieron muchas pegas.
Al salir me sentí bastante sola. Todas mis amistades y conocidas estaban relacionadas con la Obra y mi familia no sabía muy bien cómo tratarme. Yo no lo ponía nada fácil..
Hice muchas tonterías durante un tiempo con mis ansias de sentir algo y podría haber acabado muy muy mal si no fuera porque uno de esos intentos fue con el que actualmente es mi marido.
Todavía no entiendo qué vio en mí siendo como era en ese momento. La paciencia que tuvo conmigo para frenarme y mantenerse siempre cerca. Con el tiempo he conseguido ver al fin lo que mi familia tuvo que pasar y me arrepiento muchísimo. Ellos siempre han estado ahí, aunque yo los echaba de mi lado.
Ahora soy feliz, tengo mis días mejores y peores, pero lo más bonito es que hago planes de futuro ¡y me apetecen!
Si de algo sí que me arrepiento mucho y no sé cómo remediarlo, es darme cuenta de que esos años en el club, pude haber hecho pasar a alguna niña por lo que yo pasé, de “utilizarla” para que me valoraran las de Casa y no sé cómo pedir perdón, porque con los sentimientos no se debería de jugar. Original