Don Álvaro y la familiosis

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Por Stoner, 1/10/2021


Adjunto un texto de Don Álvaro sobre este episodio concreto que nos convocó, el de la muerte de su madre, del que extrae una enseñanza sobre la temible familiosis, de la que ¡Dios nos libre!

En la Navidad de 1981 contó:

“Hijos míos, hemos de querer muy sinceramente a las familias; pero primero está Dios, primero está la vocación. Hemos de rezar mucho por ellos, pero no hemos de permitir ¡nunca! que el diablo consiga que nosotros alteremos ese buen orden. No hay incompatibilidad entre la familia de sangre y la Obra porque, alrededor de esta gran familia sobrenatural, como un complemente, están las familias de todos nosotros, que forman como una especie de cuerpo único que ha de alabar a Dios para siempre. Pero, hijos míos, si en algún momento se presentase alguna incompatibilidad, hemos de elegir la Obra sin dudarlo, porque es elegir a Dios. Si no, actuaríamos de manera absurda, como personas que no tienen orden en la cabeza. Se pone enferma mamá, y tengo que ir. Y los demás hermanos que están casados y en otra nación, ¿qué hacen? No pueden acudir. Por ejemplo, a una hija mía de América, si tuviera una hermana en Francia, casada y con hijos, y su mamá enfermase, le escribiría una carta, porque en ese momento no puede dejar al marido, a los hijos, desatender la casa y, además, gastar dinero, ¿no es cierto?

¿Hay un sufrimiento especial en la familia? Voy a rezar mucho, voy a pedir oraciones; con serenidad, con paz, porque soy hijo de Dios, hija de Dios, como el resto de mi familia de sangre, y Dios nos protege a todos. Pero más, no: no puedo hacer lo que otros hermanos o hermanas mías no hacen, porque además no tienen dinero; la Obra tampoco lo tiene: se está extendiendo por todo el mundo, gracias a Dios, y todo el dinero –que nos manda Dios- hay que emplearlo en instrumentos de apostolado.

Hijos míos, quiero que ataquéis la familiosis –que puede producir mucho daño al alma y al apostolado, y causar gastos inútiles, como si no hubiera en la Obra necesidad de medios y de trabajo abundantísimos–, que os examinéis con mucha frecuencia del lugar que ocupa vuestra familia de sangre en vuestros afectos. ¿Dónde tenéis el corazón: en la familia de sangre o en la familia de la Obra? El primer lugar debe ocuparlo la Obra, y eso tiene una serie de consecuencias. Se ha muerto mamá y papá ha quedado solo: pobre… Y no hago más que preocuparme de él, y ofrecer todo por él… Eso sería sacar las cosas de quicio, porque mi papá es también hijo de Dios y, por lo tanto, no está solo; y le escribo, le encomiendo, etc., pero con serenidad. Llega un momento en que todos, gracias a Dios, tenemos que partir, y –aunque duela, y se llore un poco-, es una bendición: no es como la gente lo llama, una desgracia familiar. (…)

Haced el propósito firme de elegir siempre a Dios; de vivir en cualquier circunstancia como padres de familia numerosa y pobre; así, queriendo mucho a vuestra familia de sangre, la ayudaréis desde lejos con gran eficacia.

Uníos ahora a mi petición a Dios Nuestro Señor, para que nos ayude a todos en la Obra a no variar en nada lo que se vivió desde el principio; para que no aflojemos, para que no abramos la mano, para que seamos fieles al espíritu de nuestro Padre, aunque a veces cueste trabajo.”

A lo mejor el Quijote de la Pampa estaba presente en aquella tertulia... En cualquier caso, esta última frase de Don Álvaro sobre no cambiar lo que se vivió desde el principio, aunque cueste, me trajo a la memoria la conclusión del Quijote pampeano quien contrapuso a Fazio con los anteriores vicarios: “Años más tarde, Javi hizo otro tanto y se tragó el dolor de no poder acompañar a los suyos. Los vicarios ya no son como los de antes.”

En aquella tertulia, Don Álvaro ofreció su versión de los hechos, sobre los que escribieron Gervasio y Quijote. El Padre dijo entonces que en Casa siempre se había actuado así y que Dios nunca se ha dejado ganar en generosidad. Evocó el momento en que recibió el telegrama que le notificaba la muerte repentina de su madre:

“Nuestro Padre me dijo: haz lo que quieras. Pensé: lo único que puedo hacer es rezar; pues rezo desde aquí. Ese es el modo tradicional de vivir la entrega en la Obra. Quizás penséis: el Padre es muy duro… Y os contesto: a veces Dios es duro; pero después llena de alegría. Es buen pagador, y salimos todos ganando.

Cuando murió la madre de don Javier nos encontrábamos en Nápoles, y teníamos que ir hacia España. Pensó: mi misión es estar al lado del Padre, no debo ir. ¿Quién salió ganando con este sacrificio de no dar un beso a su madre antes de que la enterraran? ¡Su madre, evidentemente! Porque ese sacrificio lo recibe Dios.

No penséis que esto es algo excepcional; si tenemos visión sobrenatural, veremos que es cumpliendo con nuestra obligación como les ayudamos de verdad.” (Crónica, enero de 1982, pp. 71-72).


A sus hermanos, Álvaro les dio otra versión: que el Padre le dijo que viajara inmediatamente, pero que materialmente le resultaba imposible. Como digo, dependiendo para quién sea, la versión que se cuenta. A los cinco días de fallecer su madre, escribió una carta a sus hermanos. A lo mejor los llamó por teléfono antes, no lo sé... En la versión por carta les dijo que el queridísimo y paternal Padre le había indicado que debía viajar, pero que no le hubiera sido posible llegar hasta tres o cuatro días más tarde…y para eso, mejor no viajar: “Está claro que hubiera querido salir inmediatamente para Madrid, como me indicó el Padre. Pero no podía llegar allí hasta el domingo por la noche, y tuve que ofrecer a Dios la pena de no poder dar un último beso a nuestra madre, y a vosotros un abrazo.”

Hay otro detalle en esta historia, el momento en que le avisaron. Contó más tarde don Álvaro: “El 10 de marzo de 1955 llegó un telegrama con la noticia de la muerte de mi madre. Nuestro Padre lo leyó y, como era de noche, no quiso comunicarme la triste noticia, para que pudiera dormir tranquilo.” ¡Qué bonito cómo lo cuidaba san Josemaría! Lo mismo que hubiera hecho cualquier marido si fallecía la madre de su esposa (por más que fuera la suegra). Lo más natural es darle el beso de buenas noches, y avisarle a la mañana siguiente, para que pudiera dormir tranquila. ¡Más paternal no se puede ser! Hermoso.

De noche, estimo que serían por ejemplo las 9 o 10 de la noche, como máximo. Y, probablemente fuera incluso un poco antes. Es decir, el telegrama no habrá llegado a las 3 de la madrugada. A lo que voy: era evidente que Escrivá, al retrasar la comunicación de la noticia, retrasaría evidentemente el arribo de Álvaro a Madrid. En el caso extremo un “haz lo que quieras” comunicado después del entierro limitaba un tanto las opciones. En resumen: Álvaro entendió perfectamente que el Padre, al no comunicarle la noticia inmediatamente, no tenía mayor interés en que viajara, sino que, como le dijo, lo mejor sería ofrecer una misa. Encomendar, que es una palabra y una actitud muy de Casa.

Si Escrivá hubiera querido que Álvaro viajara, como en el caso de Paco Monzó, lo hubiera ayudado inmediatamente. Esa misma noche hubiera averiguado si partía algún avión a la mañana siguiente. O un autobús Roma-Madrid. O, lo más probable, hubiera puesto a disposición de su hijo Álvaro el potente Mercedes Benz del que disponían en el garaje de la suntuosa Villa romana. Y le hubiera proporcionado dos chóferes para que se fueran alternando, y pudieran viajar de continuo. Yo hubiera conducido y acompañado con mucho con gusto. Son de esos momentos que se valoran de por vida. A lo mejor no hubieran partido a las 22.00h del jueves 10, sino que hubieran descansado unas horas. El sábado de mañana, a más tardar, estarían en Madrid. Igual, no soy quién, y ya no es el momento, para organizar ese viaje. Simplemente que Escrivá no quería que Álvaro fuera, y Álvaro quiso lo que quería el Padre, y después dijo a sus hermanos (de sangre) una cosa, a los del Colegio Romano otra, y eventualmente el Padre daría una tercera versión utilizando ese doloroso momento con el fin que se requiriera para los intereses corporativos.

Álvaro tampoco había asistido al funeral de su hermano Pepe en 1948, quien falleció con solo 30 años, y mientras todavía vivía su madre, viuda. Tampoco acudiría cuando falleció su hermano Paco, en 1956, dejando esposa y dos hijos jóvenes (cfr. Medina Bayo). Todo esto hace sospechar que, probablemente, las dificultades de transporte, alegadas en la carta, para acudir al entierro de su madre fueran una excusa… En efecto, no viajar para funerales u otros eventos se había transformado en una “política” de la Obra, especialmente cuando implicaran desplazamientos largos. Y estaría escrita (¡grabadas en piedra!) en las Praxis de aquel entonces. Y Álvaro, que las habría redactado, sería el primero en cumplirlas, y así enseñó a todos a hacerlo. Por eso fue un hombre fiel.

Estas no son disquisiciones insustanciales. Tampoco es algo del pasado lejano. Ha tenido y sigue teniendo consecuencias gravísimas. Porque todo lo que se relaciona con la vida de nuestro Padre es la voluntad de Dios para nosotros. Por ejemplo, en el caso concreto de Lgracem, no pudo acompañar a su familia en dos oportunidades, y probablemente eso se deba a las decisiones que habían tomado Escrivá y Portillo en la década de 1950. Por tanto, no son simples anécdotas de si dijo o no dijo. Tienen consecuencias graves para personas de carne y hueso, todavía hoy.



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