El mundo secreto del Opus Dei/Catolicismo sectario

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CATOLICISMO SECTARIO

En el índice de la versión inglesa de Camino no hay ninguna entrada entre PROFESIONAL, FORMACIÓN y PRUDENCIA. (Véase Formación profesional.) Pero en la edición española se encuentra una: PROSELITISMO. Un examen mas detenido muestra que el texto inglés prefiere APÓSTOLES, GANANDO NUEVOS. El texto, evidentemente, ha sido expurgado por todas partes. "Proselitismo. Es la señal cierta del celo verdadero" se ha convertido en "La búsqueda de compañeros apóstoles. Es la señal inequívoca del celo verdadero" (máxima 793), mientras que "La oración es el medio más eficaz de proselitismo" ha sido traducido por "La oración es el medio más eficaz de ganar nuevos apóstoles" (máxima 800).

"Crónica", por otra parte, no muestra tal delicadez en el uso de la palabra "proselitismo".

"Proselitismo en la obra es precisamente la ruta, el camino para llegar a la santidad... Ninguno puede ser dispensado de hacerlo, bajo ninguna circunstancia. Ni siquiera los enfermos pueden ser dispensados, porque sería tanto como dispensarles de ser santos... Únicamente si somos proselitistas viviremos totalmente nuestra vocación. Cuando una persona no tiene celo para ganar a otros es porque su corazón no late. Está muerta y podemos aplicarle aquellas palabras de la Escritura: "Iam foetet, quadriduanus est enim" (Juan, 11-39). "Ya se des compone [literalmente, apesta] porque ya lleva muerto cuatro días." Esas almas, aunque estuvieran en la Obra, estarían muertas, descompuestas, "iam foetent". Y yo, dice el Padre, no voy a ninguna parte con cadáveres. Yo entierro a los cadáveres."

El hecho de traducir proselitismo por "ganar apóstoles" da una impresión absolutamente equivocada. Los apóstoles son predicadores del Evangelio. El fin primordial del proselitismo del Opus Dei, por otra parte, es ganar reclutas para si: "Para promover en el mundo el mayor número posible de almas dedicadas a Dios en el Opus Dei para el servicio de la Iglesia católica y para el bien de las almas." El Opus Dei va delante.

Buscar adeptos es una obligación primordial, es algo que debe exponerse cada semana en los círculos: hasta dónde ha cumplido un individuo su tarea de "pesca", la palabra del Opus, de nuevos miembros. "Es el momento de contar. ¿Cuántas vocaciones has traído?" "Nuestro apostolado personal, prosigue "Crónica"? se dirige en primer lugar a preparar a nuestros amigos en el trabajo de san Rafael." El apostolado de san Rafael es el término que usa el Opus Dei para la búsqueda de miembros jóvenes ("Yo no digo, concluye el Padre, que no podamos encontrar vocaciones entre la gente mayor, pero eso... es algo difícil") que podrían después, si son adecuados, ser reclutados para ser miembros plenos y célibes (el apostolado de san Miguel), o formados como padres de familia (el apostolado de san Gabriel). ""Qué de buena gana te reíste cuando te aconsejé poner tus años jóvenes bajo la protección de san Rafael para que él te guiara, como lo hizo con el joven Tobías, hasta un santo matrimonio, con una chica que sea buena, bonita y rica", [Escrivá] añadió en broma."

Los que tienen amigos entre los miembros del Opus pueden sentirse molestos de saber que su amistad se considera un medio para atraer a nuevos adeptos. Una vez ganados, los profesionales los remplazan para seguir con los procedimientos de la organización.

"El mismo Padre nos ha enseñado el camino exacto para construir el edificio espiritual de los más jóvenes. Y nos ha dado normas bien definidas para los cursos de formación, que "son la esencia de la obra de san Rafael", y que son, por tanto, inalterables, idénticas para todas las circunstancias de lugar y de tiempo. "

Los en otro tiempo amigos, siguen con ulteriores excepciones de "pesca".

El lugar preferido para "pescar" es la buena escuela católica, con o sin el estímulo de las autoridades escolares. Un distinguido corresponsal extranjero de un periódico británico se quejaba de que su director benedictino le instaba a que confraternizara con el Opus; sus miembros siguieron importunándole mucho después de haber dejado claro que no estaba interesado en la organización. En una escuela de chicas no lejos de Londres, la directora prohibió al Opus en su establecimiento después de descubrir que las alumnas recién llegadas de España eran invitadas a citas no autorizadas en el césped a las cinco de la tarde con sacerdotes del Opus.

Una vez se ha pescado a un joven, el siguiente paso es el club de jóvenes. Ninguna casa del Opus que sea bastante grande está completa sin uno, o dos. El club para chicas "Tamezin", por ejemplo, opera desde "Dawliffe Hall" en el Chelsea Enbankment de Londres. Hay centros similares tanto con propósitos recreativos como de estudio en varias de las propiedades londinenses mencionadas anteriormente. Hay conferencias, grupos de lectura, guía para el trabajo escolar (tienen "alguno de los muchachos más avanzados que aclaran los puntos más oscuros a los más jóvenes"), excursiones, etc. Los que asisten no son conscientes de que están siendo cuidadosamente investigados:

"Antes de que un joven tome parte en la clase semanal, incluso mejor antes de que pueda asistir a la clase de formación, el director tiene que preguntarle a él en solitario... En esa conversación privada con el joven que quiere asistir a los cursos debe hacerle ver, indica el Padre, que nuestra casa no es un lugar de recreo (no tenemos, ni tendremos, ni siquiera una mesa de billar). Es más bien un lugar desagradable, donde a menudo te preguntan si rezas, etc..., si eres bueno con tus padres..., si estudias."

El "club" del Opus Dei se convierte en un segundo hogar: "Los muchachos no van a un club o a una sociedad de amigos. Vienen a su casa." El apartar a los hijos de sus familias va de la mano con la creación de dependencia del Opus:

"Para dirigir este crecimiento está la charla con el sacerdote y la conversación que cada joven tiene con quien esté trabajando con él, para decir, con la confianza de hermanos menores, sus pequeños secretos y preocupaciones de todo tipo. Al comienzo es difícil para ellos. Después, lo necesitan."

La recompensa para los miembros más leales de los clubes y grupos de estudio, para los que han descubierto sus almas a los sacerdotes y al director, para los que son más maleables, es la peregrinación anual de Pascua a Roma. Ésta es una aventura llena de camaradería, celo religioso y sentimiento cuidadosamente fomentado de pertenecer a un grupo de elite. "Cuando has ido a la peregrinación de Pascua, estás comenzando a unirte", dijo un ex miembro desilusionado al semanario de Liverpool The Catholic Pictorial ("Catholic Pictoria, 29 de noviembre de 1981). Y entonces es cuando comienzan los problemas.

En una carta al "Daily Mail", Andrew Byrne, un sacerdote del Opus, admitía: "En algunos casos, cuando un joven dice que quiere unirse a nosotros, le aconsejamos que no se lo diga a sus padres. Esto es debido a que los padres no nos comprenden." A un joven que estudiaba Económicas en la Universidad de Manchester y vivía en una residencia universitaria perteneciente al Opus Dei (suprimida de la lista de residencias reconocidas tras una investigación de las autoridades universitarias al recibir quejas de algunos estudiantes) le ofreció su amistad un miembro del Opus. La amistad siguió el curso normal y fue abordado como posible candidato. Cuando dijo que primero lo hablaría con sus padres, su amigo le contestó que no lo hiciese porque, como el padre Byrne decía, podrían no comprender. "Yo no se lo dije a mis padres hasta después de haber ingresado, añadió el "amigo",; al principio se enfadaron, pero se han ido convenciendo gradualmente" (Conversación privada, 14 de noviembre de 1987. El joven en cuestión se hizo finalmente de la Compañía de Jesús).

Los relatos de hijos apartados de sus familias son mucho menos frecuentes que las historias de hijas, probablemente debido a la mayor libertad que el Opus Dei permite a sus varones. Estos relatos siguen pautas bastante familiares para cualquiera que se haya encontrado con las acusaciones dirigidas con regularidad a los nuevos movimientos religiosos, o "cultos", como ahora se conocen más popularmente. "Vi que su conducta cambiaba, decía una madre de su hija, que había ido a "Lakefield", el colegio de pupilaje del Opus Dei en Hampstead, Londres, después de una charla sobre carreras en la escuela. Era una maravilla de hija, y ahora se ha vuelto reservada e introvertida" (Señora Sylvia Loffler de Poolo, Dorset, relatado en "The Universe", 18 de mayo de 1984).

Las restricciones sobre las chicas parecen estar basadas en el miedo de que, si estuviesen expuestas a acontecimientos familiares, los lazos de afecto se restablecerían rápidamente. La asistencia a bautizos o a bodas se considera especialmente peligrosa. Al menos dos antiguas miembros del Opus en Inglaterra han explicado que su decisión de dejarlo se manifestó por la negativa del Opus a permitirles hacer de damas de honor en las bodas de sus hermanas. Las visitas al hogar son muy escasas, y están estrictamente reglamentadas: un par de noches al año es todo lo que está permitido. En una ocasión un padre, conductor de camión, se encontró con su hija en Londres, ella decidió de improviso volver a casa con él para hacer una visita. Un superior del Opus llamó a la casa y acusó al padre de haber secuestrado a su propia hija.

Aunque tales historias pueden multiplicarse, deben tratarse con cierta prudencia. El Opus Dei es nuevo y relativamente desconocido. Algunos padres han dicho que no hubieran puesto objeciones ?o no tantas? si sus hijas hubieran escogido unirse a una de las congregaciones conocidas. En muchos casos la perplejidad es mayor porque los hijos no solo se han unido al Opus sin decírselo a sus padres, sino que primero se han convertido al catolicismo a partir de alguna otra secta o de ninguna, después de haber trabajado o estudiado en la atmósfera de invernadero de una de las residencias del Opus.

La oposición paterna a que los hijos se unan a comunidades religiosas, con incluso secuestros o intentos de desheredarlos, no son nada nuevo en la historia de la Iglesia. Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII se encontró con la oposición de su familia cuando se quiso unir a la nueva Orden de santo Domingo, fue hecho prisionero por su hermano y, según la leyenda, sometido a tentaciones para persuadirle a adoptar otra clase de vida. En el siglo XVI, Estanislao de Kostka fue obligado a huir de su hermano y se expuso a la considerable cólera de su padre contra la Compañía de Jesús en Polonia por ingresar los jesuitas. El Opus podría muy bien reclamar, con este ejemplo al menos, que se encuentra en una tradición venerable.

Pero las prácticas tradicionales han cambiado. Ahora sería impensable para cualquiera de las principales congregaciones religiosas, de varones o de mujeres, aceptar a un candidato, al menos a uno menor de veintiún años, que no tuviese la aprobación paterna para ingresar. Ni tampoco ninguna congregación reclutaría como miembro a alguien menor de dieciocho años o cercano a ellos, porque consideran que la gente joven raramente alcanza la madurez suficiente como para tomar la clase de compromiso que normalmente requiere la adhesión a la vida religiosa.

Estas consideraciones preocuparon claramente al cardenal Hume, arzobispo de Westminster, después de que el "Times" de Londres publicara en enero de 1981 un artículo a toda página muy crítico sobre el Opus, basado principalmente en las experiencias del doctor John Roche. "Por lo que atañe a lo que está establecido en la diócesis de Westminster, declaraba, tengo la responsabilidad, como obispo, de asegurar el bienestar de toda la Iglesia local, así como los mejores intereses del mismo Opus Dei." Y proseguía:

"He hecho saber a los responsables del Opus Dei en este país lo que considero que son las debidas recomendaciones para la futura actividad de sus miembros dentro de la diócesis de Westminster. Ahora quiero hacer públicas estas cuatro recomendaciones. Cada una de ellas emerge de un principio fundamental: que los procedimientos y actividades de un movimiento internacional, presentes en una diócesis particular, pueden muy bien tener que ser modificados con prudencia a la luz de las diferencias culturales y costumbres locales legítimas y normas de la sociedad en la que dicha corporación internacional pretende trabajar.

"Estas consideraciones no deben ser tomadas como una crítica a la integridad de los miembros del Opus Dei, ni de su celo al promover su apostolado. Las estoy haciendo públicas para salir al paso de inquietudes comprensibles y para fomentar la práctica ortodoxa de la diócesis.

"Las cuatro recomendaciones son las que siguen:

"1. Ninguna persona de menos de dieciocho años debería ser autorizada a tomar ningún voto ni obligación a largo plazo con el Opus Dei.

"2. Es esencial que los jóvenes que quieran unirse al Opus Dei traten primero el asunto con sus padres o tutores legales. Si excepcionalmente hay buenas razones para no dirigirse a sus familias, estas razones deberían, en cada caso, ser discutidas con el obispo local o con su delegado.

"3. Aunque se admite que los que se unen al Opus Dei aceptan los deberes y responsabilidades propios de los miembros, se debe poner cuidado en respetar la libertad del individuo: primero la libertad del individuo para unirse o para dejar la organización sin que sea ejercida una presión indebida; segunda, la libertad del individuo en cualquier etapa para escoger a su director espiritual, tanto si el director es miembro del Opus Dei como si no.

" 4. Las iniciativas y actividades del Opus Dei dentro de la diócesis de Westminster, deberán llevar una clara indicación de su patrocinio y dirección.

Estas "Pautas para el Opus Dei dentro de la diócesis de Westminster", como se titulaban, llevaban fecha del 2 de diciembre de 1981. Aunque en el párrafo final el cardenal afirmaba "confiar en que estas cuatro pautas no obstacularizarán en modo alguno la obra apostólica a la que el Opus Dei se ha comprometido, sino que le ayudarán a adaptarse a la espiritualidad tradicional y a los impulsos de nuestro pueblo", los lectores a estas alturas del libro serán conscientes lo contrarias que son a las actitudes y a las prácticas del Opus. Por lo tanto, es cuestionable hasta qué punto son observadas.

Un joven que ingresó en el Opus a los diecisiete años (he leído una entrevista extensa, no publicada, con este antiguo numerario, pero yo no le he conocido. El texto me llegó a través del entrevistador, en quien tengo total confianza. De modo que, aunque creo en las afirmaciones hechas en la trascripción, no estoy en posición de mencionar a la persona de la que se trata), afirmó después que, cuando planteó la cuestión de la declaración del cardenal, se le dijo que eran simplemente pautas, no reglas, y que por tanto el Opus no estaba obligado a seguirlas. Por otra parte, dos mujeres numerarias auxiliares reiteraron que, aunque puede no ser una buena idea el decírselo a los padres, a nadie se le admitía hasta no tener más de dieciocho años. Eso podría ser técnicamente cierto, si bien el reclutamiento comienza antes de dicha edad. La cuarta recomendación exige "indicación clara" de las actividades del Opus dentro de la diócesis de Westminster. En su largo informe anual, que finaliza el 30 de septiembre de 1986, la "Netherhall Educational Association" no menciona en ningún momento que esta sociedad limitada controla no solamente el " Netherhall", sino también "Ashwell House" (el informe de 1986 indica que esta propiedad debe ser entregada "a un instituto de beneficencia asociado, Dawliffe May Education Foundation Lixnited, en octubre de 1986"), en el oeste de Londres y "Grandpont" en Oxford, como residencias internacionales para estudiantes; "Lakefield Housecraft and Educational Centre", Elmore (en Orme Court), "Westpark" en el suroeste y "Kelston" (un club y centro de estudios para escolares masculinos) en el sur de Londres; el "Wickenden Manor Conference Centre" en Sussex y "Dunreath" en Glasgow tiene una junta directiva formada exclusivamente por miembros del Opus, que dan como dirección suya casas del Opus Dei en Londres o en Manchester, y ninguno de los cuales recibe remuneración por sus servicios. El informe manifiesta que: "Los propósitos principales de la asociación son la mejora de la educación y la formación de carácter según los principios e ideales cristianos." En ninguno de ellos se menciona que el Opus esté de algún modo implicado, un descuido notable, pensará alguien, a la luz de los deseos del cardenal sobre cuestión. Pero surgen incluso problemas mayores con otro aspecto de la tercera recomendación, la libertad de dejar la organización.

María Angustias Moreno fue durante mucho tiempo miembro del Opus en España y, después de su renuncia, escribió sobre sus experiencias. Su relato provocó muchas cartas de otros antiguos miembros: veinte firmaron una carta pública de apoyo. A todos les visitaron dos sacerdotes del Opus. El primer contacto para algunos desde que se fueron muchos años antes. Se les dijo que Maria Angustias había sido una lesbiana y una lesbiana practicante durante su época en el Opus Dei, y que ésa era la razón por la que se la había despedido. No presentaron ninguna prueba, afirma en su libro "La otra cara del Opus Dei", más que la de uno de los sacerdotes que tocó su sotana para indicar que, como clérigo, debía ser digno de crédito. María, a quien previamente el Opus advirtió que utilizarían contra ella cosas conocidas, sin especificar qué era lo que se conocía, sintió que no tenía más alternativa que buscar una reparación legal. Finalmente le ofrecieron una disculpa completa ante su abogado por las cosas dichas en su contra, pero ella quería que las disculpas se repitieran en audiencia pública. En esto fracasó una y otra vez por razones técnicas, debido claramente, en su opinión, a las maquinaciones del Opus.

El relato de María Angustias Moreno parece rayar a veces en la paranoia. Es difícil creer que una organización religiosa cuyos miembros se dedican a la búsqueda de la santidad se comporten del modo que ella describe. Pero María del Carmen Tapia también tuvo problemas. Poco después de haber dejado el Opus decidió ir a una Universidad de Estados Unidos. Por supuesto, había estudiado mientras era miembro de la Obra pero nunca le habían dado certificado ni diploma alguno. Cuando la Universidad norteamericana solicitó un certificado de asistencia a dichos cursos, el Opus respondió que nunca los había hecho. Tapia se dirigió al Vaticano para pedir ayuda. Le dijeron que había otras personas esperando, como ella, un certificado de los estudios hechos mientras estaban en el Opus Dei. Finalmente, el Opus envió al Vaticano una declaración de que "a menos que los miembros aprueben una reválida de sus estudios, el Opus Dei no guarda nunca un registro de los estudios hechos".

No hubo ningún intento para evitar que Tapia dejase el Opus. Al contrario. Fue, como ella dice, "despedida personalmente por el fundador", pero en circunstancias muy notables.

En 1965 fue llamada a la sede de Roma, donde la pusieron virtualmente bajo arresto domiciliario durante ocho meses. No se le permitió comunicarse con el mundo exterior, ni por teléfono ni por carta. Un comprensivo numerario de Venezuela abrió un apartado de Correos, pero fue descubierto y el numerario fue severamente castigado. La negativa de Tapia a revelar el número de su apartado de Correos fue calificada por una mujer, oficial de la Dirección Central del Opus, como pecado mortal. Se le informó de que a cualquiera que preguntase por ella se le diría que estaba enferma o ausente. En un período de tres meses su cabello se volvió blanco. Preguntó si podía volver con su familia a España, y el permiso se lo negaron.

Siendo directora de la sección de mujeres en Venezuela, Tapia había sido una de las superioras más liberales del Opus Dei, luchando por iguales oportunidades que los hombres para las mujeres a su cargo, dándoles permiso para que fueran a confesarse con el sacerdote (del Opus) de su elección, algo que el Opus no aprueba, y quejándose de la cantidad de instrucciones que acostumbraban a recibir de Roma. Por estos pretendidos "delitos" fue acusada de perjudicar a la unidad de la organización. Al no admitir su culpabilidad y no dar señales de arrepentimiento, el fundador le exigió que dimitiera, pero le advirtió que no mencionara nunca en Roma lo que había sucedido. Además del pasaporte, el Opus le guardó todos los documentos personales. Al marcharse fue obligada a confesarse. Un sacerdote del Opus Dei le advirtió que no importaba la penitencia que hiciera por sus diversos "delitos", era poco posible que se salvara. En su relato en el "National Catholic Reporter", describe el tratamiento maleducado e insultante que recibió de manos del fundador. Concluye: "Mi asombro es infinito cuando oigo ahora que monseñor Escrivá está en proceso de beatificación"

Sucesos igualmente extraños rodearon la marcha de mundo Pániker. Cuando ya no se encontraba feliz con vida dentro del Opus, en lugar de dispensarle de sus obligaciones, sus superiores le enviaron a la India. (Su padre era indio.) Se le dijo que podía ser eximido de la obligación de pobreza, podía encontrar un obispo en cuya diócesis pudiera trabajar, y que mientras escribiese al Opus de vez en cuando, no surgirían problemas. Sólo había una condición: no podía volver a Europa sin permiso.

Pániker se atuvo a esta condición, incluso cuando se estableció un instituto intereclesiástico en Tantur, en Israel, y fue nombrado por el Papa Pablo VI como uno de los miembros católicos fundadores. El mismo Pániker, consciente de que no podía volver a Europa sin permiso, dijo que no podía asistir a la primera reunión de esta junta de gobierno. No obstante, le dieron permiso para ir a la segunda De camino organizó un encuentro con una mujer francesa, a petición de ésta, en Zürich: el Opus pretendió que tenía una aventura con ella.

Mientras estuvo en Europa, accedió a ir a Bonn con el cardenal Alfrink, arzobispo de Utrecht, a dar una conferencia. Estando allí, le convencieron de que volviese a Roma en avión porque monseñor Escrivá de Balaguer quería verle. En cuanto llegó a Italia, salieron a su encuentro dos sacerdotes del Opus que le dijeron que le llevaban a ver al fundador, pero una vez en el coche cambiaron su relato. Escrivá estaba muy cansado en aquel momento; le llevarían a otra parte y vería al fundador al día siguiente. Efectivamente, al día siguiente le llevaron ante Escrivá, pero sólo para comenzar una especie de juicio ante un jurado, que le acusó de toda clase de ofensas. Se negó a responder y a firmar ningún papel. Presentó un informe a la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares bajo la cual todavía se hallaba el Opus, era en 1966, pero fue rechazado y ridiculizado. Se había fijado una audiencia con el Papa a la que no le fue permitido asistir. Su madre telefoneó desde Barcelona; se le dijo que no estaba en Roma. Finalmente le expulsaron del Opus, le pusieron en un vuelo directo a Nueva Delhi y le dijeron que fuera a encontrar un obispo benévolo. Se convirtió en sacerdote de la diócesis de Benarés y más tarde en profesor de Estudios Religiosos en la Universidad de California, en Santa Bárbara.

Estas son personas que fueron expulsadas del Opus en circunstancias curiosas. Una experiencia más común, parece ser, es la de la gente que encuentra difícil marcharse. Un jesuita colombiano informó de suicidios. Y también John Roche, que dice saber de forma directa de un suicidio en el Opus Dei de Kenia y que ha oído de dos más de mujeres en Londres, una de las cuales se arrojó del cuarto piso de una casa del Opus (John Roche, "Rhe Inner World of Opus Dei"). El caso de Michael Richards, anteriormente mencionado como el primer adepto inglés y más tarde sacerdote del Opus Dei, es especialmente extraño. Como sacerdote fue capellán de los estudiantes universitarios de Bangor, en el Norte de Gales. Poco después pareció haber perdido todo interés en sí mismo y en la vida. Según otro capellán, necesitaba tomar medicamentos constantemente, pero no lo hacía. Padecía de insomnio y permanecía en vela durante largas horas, y a veces durante toda la noche. Se consumió. Finalmente fue encontrado muerto en la casa de su hermana en la playa, aparentemente por causas naturales, aunque parece haberse destruido a sí mismo por negligencia.

Sean las que fueren las dificultades que puedan ponerse en el camino de alguien que quiera dejar el Opus, éstas no son quizás el problema real. "Cuando te vas te conviertes en una no persona, y a ningún miembro se le permite ayudarte, dice María del Carmen Tapia. Cuando una persona deja el Opus, se encuentra en la calle, financiera, espiritual y psicológicamente." Esta fue la experiencia de John Roche, cuya propia hermana, miembro del Opus todavía, no quería tener nada que ver con él, aunque esto cambió recientemente. Intentó presentar demanda contra la organización para que le devolvieran el dinero que había puesto en ella, pero fracasó por un tecnicismo. Las Constituciones del Opus no mencionan en ningún caso de forma específica que la gente intente que le devuelvan su dinero. Lo excluyen.

Pero los problemas reales son espirituales y psicológicos. Tapia recuerda al fundador diciendo que "ninguna persona que haya pertenecido al Opus querrá pertenecer a ninguna otra institución". No es difícil entender por qué. Está todo en "Crónica" Esta claro, por ejemplo:

"El espíritu [del Opus Dei] está por encima de todas las fronteras geográficas, históricas, sociales o culturales. Trasciende también el desarrollo evolutivo a través de las épocas... Como resultante, mientras existan hombres en la Tierra, habrá Opus Dei... [nuestra ley interna] por voluntad divina contiene todo lo necesario para nuestra santificación y nuestra efectividad. Por eso es santa, inalterable y eterna... Dios nos ha confiado este tesoro. Nuestra primera obligación, pues, es guardarla y defenderla exactamente como la hemos recibido... Nunca llegará un tiempo, ni ahora ni en los siglos venideros, en que las circunstancias nos aconsejen abandonar constantemente alguna parte de nuestra ley interna."

"Ni, añadió el fundador dirigiéndose a sus "hijos", tendremos que ir nunca tras el progreso humano."

En esta visión, dominante en la ideología del Opus Dei, la organización es perfecta, como Dios es inmutable (aunque haya habido, por supuesto, varios cambios en su estatuto legal, acompañados todos por una nueva Constitución, y ofrece a todos, sin consideraciones de tiempo ni de lugar, la esperanza cierta de la salvación por el trabajo). Pániker recuerda que a comienzos de los cuarenta, cuando se unió a él, el Opus Dei era una forma de "contracultura", una seria aceptación de las exigencias del cristianismo en contraste con la práctica conformista de catolicismo que Escrivá de Balaguer y los primeros miembros creían ver a su alrededor. Sin embargo, se ha convertido, no simplemente en un compromiso serio para el seguimiento de Cristo, sino en el único camino verdadero en el que las enseñanzas de Cristo pueden entenderse. Al igual que la cristiandad, que hasta tiempos relativamente crecientes no ha aceptado que los no creyentes pudieran ser "salvados" y les alcanzasen la felicidad eterna en el cielo, a los miembros del Opus se les enseña a pensar lo mismo de su organización. Es la única esperanza segura de salvación. De ahí la enorme insistencia en ganar conversos o en hacer proselitismo, en animar a la gente a "pitar", como dice la jerga del Opus. Según John Roche, se supone que cada miembro tiene al menos quince amigos aptos para ser reclutados, de los cuales a un tercio se le trata de persuadir para que "pite" en cualquier momento. "Ninguno de mis hijos puede descansar satisfecho si no gana cuatro o cinco vocaciones fieles cada año", dice el fundador en "Crónica".

Raimundo Pániker describió a la Obra como "el último remanente de aquel mesianismo militante que es endémico en las religiones abrahámicas" Las religiones abrahámicas (judaísmo, Cristiandad e Islam) están todas por afirmaciones de que son la única fe verdadera. Cada una de ellas periódicamente debe sufrir accesos de los grupos fundamentalistas dentro de las mismas que intentan hacer volver a los descarriados a lo que ellos consideran la fe primitiva y verdadera. En el caso de la Cristiandad, al menos, tales grupos predican su mensaje en el contexto de una (para ellos) sociedad decadente que consideran el preludio de los últimos tiempos.

El Opus, dice Pániker, quiere salvar al mundo de sí mismo en nombre de Dios, pero según sus propias condiciones. Las condiciones del Opus, por supuesto, son idénticas a las de su fundador. Toda gracia que conduce a la salvación llega a los miembros del Opus Dei a través de su fundador. A través de la gracia del fundador eres lo que eres. De ahí los traumas que sufren los que se salen. Demasiado a menudo creen, y los miembros del Opus Dei lo piensan así, que al separarse de esta fuente de gracia se ponen a sí mismos fuera de esta institución de inspiración divina e inalterablemente perfecta, y están destinados a condenarse eternamente. "El demonio actúa rápidamente, le dijo Janet Gould a su madre cuando le explicaba por qué no podía abandonar por un corto período la residencia del Opus para ir a casa de visita, y lo hará si me marcho de aquí" (Citado en el "Catholic Pictorial", 13 de setiembre de 1981. La señorita Gould ya ha dejado el Opus.).

El impacto sobre los miembros del Opus es predecible. Se les separa tempranamente de su familia natural. Se les enseña a creer que la salvación es imposible, ahora que son miembros del Opus, sino a través de la organización ingresado. Suple su vida familiar, su medio ambiente, al menos en cuanto a todo lo que no sea actividad profesional y, en muchos casos, especialmente para las mujeres, también ésta. Cuando están desengañados, por tanto, el impacto emocional es aplastante. Los que quieren marcharse no tienen a nadie a quien recurrir, nadie, fuera del Opus, con quien establecer una relación lo suficientemente estrecha como para que puedan confiar en ellos. Y también han sido educados en la creencia de que al romper sus lazos están cometiendo el pecado más infame. La salvación es transmitida a través del Opus. Sin el Opus el antiguo numerario está condenado.

Las similitudes entre el Opus y algunos de los nuevos movimientos religiosos son sorprendentes. No es difícil hacer comparaciones reveladoras entre organizaciones tale como la Iglesia de la Unificación, la secta Moon, y el Opus. Sin embargo, tales comparaciones no siempre funcionan: el Opus durante toda su vida ha buscado, y finalmente ha recibido, la aprobación de la Santa Sede. A pesar de sus muchos detractores, sigue siendo una parte aceptada del catolicismo, con entradas en el Libro del Año del Vaticano y en los directorios de las iglesias católicas de todo el mundo. A primera vista, pensar que el Opus pudiera ser clasificado como un nuevo movimiento religioso o secta que opera dentro del catolicismo, parecería paradójico y muy improbable. Paradójica o no, la pregunta debe hacerse: ¿Es el Opus Dei una parte intachable del catolicismo, o es una secta en desacuerdo con la Iglesia que le dio el ser? Carol Coulter, una periodista irlandesa, incluye un capítulo sobre el Opus en su libro "¿Son peligrosos los cultos religiosos? (Carol Coulter, Are Religious Cults Dangerous? Dublín, Mercier Press, 1984, pág. 43), y concluye diciendo: "Debe quedar la sospecha de que la Iglesia Católica tiene su propio culto, protegido hasta ahora por los más altos rangos en la misma Iglesia" . Así pues, ¿está la Iglesia católica dividida a su pesar? ¿Está el monolito ?aunque realmente la Iglesia haya parecido un monolito únicamente a quienes estaban fuera de sus brazos, a punto de desmoronarse? Porque el problema está más extendido. No es sólo el Opus.

No hace demasiado tiempo, la Santa Sede expresaba su preocupación por el crecimiento en América Latina de sectas protestantes, especialmente de una variedad evangélica. Tiene buenas razones para alarmarse, como muestra incluso una breve visita a los barrios más pobres de las grandes ciudades. La expansión de estas sectas, casi invariablemente de una clase teológica claramente conservadora, ha sido tema de estudio repetidas veces. Mucha menos atención se ha presentado, no obstante, a un desarrollo igualmente alarmante dentro del mismo catolicismo: la aparición de agrupaciones de derechas.

Algunas de éstas, Comunión y Liberación, por ejemplo, se conocen en Europa bajo un nombre equivalente. Otras, como Fiducia en Chile o la peruana Sodalitium Vitae, son productos de cultivo casero. Tienen idénticas características. Sin duda, existen similitudes entre las sectas protestantes y católicas que los sociólogos podrían rápidamente apuntar. Mucho más sorprendentes son, sin embargo, los contrastes.

Las sectas protestantes atraen a los pobres y a los desposeídos; las católicas, a los ricos y a los privilegiados. Los primeros rechazan enérgicamente a Roma en nombre de la Reforma; los últimos muestran una lealtad incuestionable, si bien a los de su propia clase. Los primeros evitan la política y, de este modo, como dijo una vez un distinguido teólogo de la liberación, Jon Sobrino, separan a sus conversos de sus responsabilidades históricas. Los últimos hacen exactamente lo contrario, considerando a la Iglesia como puntal del Estado y esperando que el Estado sea, a cambio, el protector de la Iglesia. Los primeros son con frecuencia de Pentecostés, buscando consuelo de la casi insoportable carga de la lucha diaria por la existencia en las lagunas creadas por la impredecible llegada del espíritu. Los últimos se refugian en la seguridad de un sistema de valores bien probado: en la tradición, la familia y la propiedad. Este es, de hecho, el nombre de uno de tales grupos, Tradición, Familia y Propiedad, activo en varias zonas de América Latina.

Sin embargo, a pesar de estas diferencias, el éxito de sectas anti católicas como protestantes parece tener el mismo origen: el papel cambiante de la Iglesia oficial dentro de las estructuras políticas.

Para que las estructuras políticas puedan siquiera funcionar, tiene que haber un grado de consenso entre los que trabajan dentro de las mismas y los que son gobernados por ellas. Cuando ese consenso nacional se rompe, un país se vuelve ingobernable. El modo más obvio, aunque el menos atractivo, de restaurar una apariencia de orden en tales circunstancias es a través de una dictadura militar. Pero, mientras sea posible imponer orden, no será posible imponer consenso, crear un nuevo sistema de valores, ni ganar la aceptación por la fuerza de una estructura social que no refleja las necesidades y las aspiraciones de la mayoría de la gente.

En el pasado, la Iglesia católica formó parte de ese consenso nacional en muchos países, especialmente en América Latina. Estuvo estrechamente comprometida con el Estado, pareciendo darle autoridad divina sobre aquellos a quienes gobernaba. La presencia en un país de un nuncio papal, su asistencia y la de otros prelados, en acontecimientos estatales; el reconocimiento por parte del Estado de fiestas religiosas..., éstos y muchos otros signos han demostrado que el Estado tiene la bendición de la Iglesia y que la Iglesia legitima al Estado.

Pero es exactamente ese papel el que la Iglesia católica ya ha dejado de hacer, o al menos ya no está tan segura de él. Su retirada ha dejado un vacío en el que las sectas católicas se han precipitado.

Es necesario, por supuesto, que haya un grado de consenso dentro del Estado. También es propio que los cristianos participen en la formación de ese consenso, pero con la llegada de la teología de la liberación en los años sesenta, el método de hacerlo se ha transformado radicalmente. La Iglesia estaba acostumbrada a actuar como si el Estado y sus ciudadanos, el Estado y la sociedad, fuesen idénticos, y no lo son. Se ha dirigido a los gobernantes más que a los gobernados. Los teólogos de la liberación, por el contrario. han desviado la atención del Estado y la han dirigido hacia el pueblo, hacia la sociedad.

Esta diferencia de perspectiva entre la Iglesia oficial y los teólogos de la liberación puede ser una razón más de por qué le ha costado tanto a Roma llegar a un acuerdo con este nuevo fenómeno teológico. También puede explicar por qué la enseñanza social católica, y con la que se aparenta estar de acuerdo, ha causado tan poco impacto sobre la vida de la gente. En toda su enseñanza social la Iglesia se ha dirigido hasta ahora al Estado. Para tomar un ejemplo reciente, la encíclica del Papa Juan Pablo II, de septiembre de 1981 a toda la Iglesia, conocida como "Laborem Exercens", aunque pueda ser admirable en lo que dice sobre la dignidad del trabajo humano, tiene poco consuelo para los parados. Trata con el Estado y con su política de empleo, no con la gente y sus problemas.

Nadie podría decir lo mismo de la teología de la liberación. Indudablemente, nadie podría decirlo después de asistir a una catequesis en un barrio de Santiago de Chile, o después de haber escuchado canciones de libertad cantadas en las iglesias de la ciudad de chabolas de los alrededores de Lima, o arriba en los cerros por encima de Bogotá. Y de la teología de la liberación el Opus es, como se ha visto (páginas 134-136), enemigo implacable.

El Opus es el decano de los movimientos neoconservadores dentro de la Iglesia católica. Es el más poderoso, con miembros en altos cargos en Gobiernos de países católicos en todo el mundo, y en puestos influyentes en los medios de comunicación y en los negocios. Como prelatura personal, es el único capaz de dar a sus devotos un servicio desde la cuna hasta la sepultura, no sólo sacramentalmente en la Iglesia, sino también en muchos lugares para la educación, aunque en escuelas claramente conservadoras, e inevitablemente de un solo sexo. Presta servicio de alguna forma a todas las escalas de la sociedad, pero su clientela preferida es la elite profesional, como deja claro su Constitución. Los católicos de esta clase que tenían, en muchos países, un acceso privilegiado a los órganos del Estado a través de la Iglesia, han sido "privados de privilegios" por la "opción por los pobres" abrazada por las jerarquías de muchos países del Tercer Mundo. Como un medio alternativo de acceso se han vuelto hacia estos nuevos movimientos, y particularmente hacia el Opus Dei.

Las razones del éxito del Opus Dei están bastante claras y han sido gráficamente descritas por el teólogo brasileño Bernardo Boff. Al principio de su controvertido libro "Iglesia, Carisma y Poder", Boff habla de varios "modelos" de Iglesia, de distintas clases de modos de actuación. En uno de estos modelos describe a la Iglesia como "madre y maestra", o, en latín, "Mater et Magistra", utilizando las famosas palabras de apertura de una de las encíclicas del Papa Juan XXIII sobre problemas sociales.

Es típico de este modelo de Iglesia, dice Boff, y se debe recalcar que no tiene en mente al Opus aquí, que "la Iglesia se alía con las clases dominantes que controlan el Estado, organizando sus proyectos alrededor de estas clases, dando origen a colegios, Universidades, partidos políticos cristianos y demás". Sin embargo, no descuida a los pobres. Al contrario, ellos ocupan un lugar importante en su lista de prioridades, como en el Opus, que puede afirmar, con toda justicia, que dirige escuelas agrícolas e industriales, escuelas de formación de servicio doméstico para mujeres, etc. "Se establece una vasta red de programas de ayuda, llevando a la Iglesia a ser una Iglesia para los pobres más que una Iglesia "con" o "de" pobres." Boff sigue después con una descripción de la actitud teológica de esta clase de Iglesia, que encaja perfectamente con el Opus dentro de la Iglesia:

"En un plano doctrinal, la Iglesia es conservadora y ortodoxa. Está recelosa de cualquier innovación. El dogma es rígido y la visión, legalista, confinada a aquellos en puestos de poder dentro de la Iglesia, la jerarquía. Está el siempre presente recurso a la autoridad, especialmente a la del Papa ["se podría añadir, en el contexto del Opus, del fundador"]; el predicador es sacerdotal y falto de testimonio profético. El depósito de la fe ["un término católico y romano para la revelación definitiva de Dios en Jesucristo"] es presentado como completo y perfecto; nada se le puede añadir y nada se le puede quitar. Todas las prácticas sociales deben derivarse del mismo. La Iglesia surge, fundamentalmente, como "mater et magistra", madre y maestra: tiene una respuesta para cada pregunta, sacada del depósito de la fe, formada por la Escritura, la tradición, las enseñanzas magistrales ["es decir, de la jerarquía"], y una comprensión específica de la ley natural."

Según su modelo, prosigue Boff, hay una relación directa entre la Iglesia y el Estado, como si fuera entre dos fuerzas, la Iglesia entendiéndose a sí misma, como lo hace el Estado, en términos de ley y de poder. Es un modelo de Iglesia que atrae al Estado porque, aunque todavía permite a la Iglesia tener voz en cuestiones políticas en tanto tengan implicaciones morales, limita el espacio de la Iglesia a una intervención más directa en la arena política, y en cualquier caso compromete a la Iglesia por sus estrechos lazos con los poderes políticos existentes. Aunque el mismo Boff no utiliza esta clase de lenguaje, es otra formulación de la descripción del siglo XIX de la Iglesia y del Estado como dos "sociedades perfectas", cada una de ellas autónoma en su propia esfera, si bien vinculadas, porque ambas tienen en común el pueblo sometido a su poder. Es con esta teoría con la que muchas generaciones de sacerdotes han sido educados, y eso incluye al nuevo Papa. Una explicación de la actitud aparentemente ambigua de Juan Pablo II ante la acción política por parte de hombres y mujeres de la Iglesia, apoyándola en Polonia y pareciendo condenarla en América Latina, podría muy bien ser que en el primer ejemplo la Iglesia está intentando volver al modelo de las antiguas "dos sociedades perfectas", mientras que los teólogos de la liberación de América Latina rechazan tal formulación, y toman partido por el pueblo, por la sociedad, más que por el Estado.

El que el Opus Dei comparta con el Papa la misma actitud ante la acción política manifiesta, mientras deja a sus miembros en libertad para actuar políticamente como quieran, es decir, con carácter generalmente conservador, encaja exactamente con esta estructura de la Iglesia como "madre y maestra", descrita por Boff. En su libro "Jesus and Politics: A Scriptural Study of Messianism", el sacerdote del Opus Dei (aunque, por supuesto, en ningún lugar se le describe como tal), José María Casciaro acaba su ensayo con un pasaje que podría haber sido escrito para confirmarla descripción de Boff:

"La Iglesia, en cuanto cuerpo de Cristo, está, como su Señor, por encima de ideologías, regímenes políticos, movimientos sociales, grupos de presión, partidos, corporaciones nacionales y profesionales, etc., aunque siga estando profundamente interesada y preocupada por estos asuntos humanos, si bien desde una perspectiva dominante. Pero todas estas cosas, todos estos asuntos humanos, nobles muy a menudo, son todavía efímeros y variables. Lo que en un momento se consideró como la etapa final de un largo proceso, pasa a ser totalmente una cosa del pasado. Todo esto es, pues, inestable y cambiante. Cristo, la Iglesia, son, por otra parte, eternos, al igual que su misión es eterna"

La concurrencia de ideologías entre el Papa y el Opus, junto con sus similares puntos de vista sobre el lugar de trabajo como el centro de la vida, pueden ayudar a explicar la aparente simpatía de Juan Pablo II por el Opus Dei. Un observador Vaticano experimentado, sin embargo, ha observado que la influencia del Opus en el actual pontificado ha tocado techo (Peter Hebblethwaite, el corresponsal vaticano para el semanario norteamericano "National Catholic Reporter", en conversación privada.) Acontecimientos ocurridos en el Sínodo de Obispos en Roma, en octubre de 1987, pueden hacer pensar en una razón.

Durante el Sínodo se habló mucho de "movimientos", palabra por la que los presentes se referían a organizaciones como "Comunión y Liberación", en la práctica más conocido en su ropaje italiano como "Communione e Liberazione". Los obispos con diócesis no estaban contentos con estos movimientos porque estaban fuera de su control, y a menudo mostraban, como el Opus Dei, rasgos fuertemente conservadores. No obstante, el Opus se mantuvo orgullosamente al margen de estos debates. Como prelatura personal ya no era un movimiento; había conseguido una independencia jurídica a la que otros movimientos aspiraban todavía.

Por otra parte, el propio Vaticano ha favorecido estos movimientos. Puede que haya razones internas dentro de la Iglesia para ello: los movimientos son centralistas, y el Vaticano, que también lo es, anda alarmado por la creciente independencia revelada por las Conferencias Episcopales en todo el mundo. Pero hay otra razón, quizá más significativa. Los movimientos pueden ser movilizados y utilizados por los poderes romanos existentes; el Opus insiste en que no actúa colectivamente, en que sus miembros pueden ser activos, pero únicamente como individuos. Como se ha visto, ésta es la réplica constante del Opus a los críticos que le acusan de interferencia política en beneficio de los conservadores. Pero ante un papado cada vez más intervencionista, esa actitud del Opus puede disminuir su valor para el Vaticano, y por tanto disminuir también el interés del Vaticano por el desarrollo futuro del Opus.

No obstante, como ha demostrado este estudio, las autoridades centrales de la Iglesia católica han tenido gran interés por el Opus durante sus sesenta años de existencia, y este interés hace difícil concebir a la Obra como un culto o movimiento religioso nuevo, o como secta. A primera vista parece ser parte integrante de una Iglesia universal, reconocido como tal por las autoridades eclesiásticas.

Las sectas religiosas han sido objeto de considerable estudio en últimos años como movimientos individuales y como concepto bastante más general (uno de los mejores: "The Making of a Moonie", Eileen Barker. Exford, Basil Blackwell, 1984). Como concepto general, el análisis de las características de las sectas se asocia especialmente el doctor Bryan Wilson, del "All Souls College", de Oxford. En su artículo "La sociología de las sectas", apunta que "secta" se utiliza como palabra peyorativa en un contexto religioso, aplicada a "un movimiento entregado a una creencia herética y a menudo a actos y prácticas rituales que se apartan de los procedimientos religiosos ortodoxos". Luego continúa describiendo las distintas características que presentan las sectas. Éstas tienden: 1) a ser exclusivas; 2) a mantener un monopolio sobre la completa verdad religiosa; 3) a ser laicas, aunque pueden desarrollar un cuerpo de organizadores profesionales; 4) a negar "la virtuosidad religiosa especial" a todo el mundo excepto, quizás, a sus propios fundadores y a sus líderes; 5) son voluntarios, es el individuo el que elige ser miembro; 6) se preocupan por mantener las pautas, sancionando a los incapaces y a los díscolos, y 7) exigen lealtad total. También añade, 8) que las sectas son grupos de protesta, o contra la Iglesia, aunque cree que esto se da menos en lo que considera como un estado debilitado de la Iglesia, o contra la sociedad seglar. En otra parte, el doctor Wilson comenta que:

"Las sectas tienen un dominio totalitario más que parcial sobre sus miembros: dictan la orientación ideológica del miembro en la sociedad secular, o especifican de forma rigurosa las pautas necesarias de rectitud moral, o fuerzan el compromiso del miembro en actividades de grupo"

En la mayoría de las categorías arriba expresadas el Opus Dei encaja con gran facilidad. Es exclusivo: 1) en varios niveles, como se ha visto: en su reclutamiento selectivo y en el secreto del que se rodea. Sería incierto decir que afirma tener un monopolio de la verdad religiosa 2), pero sus miembros están completamente convencidos de que la interpretación de la fe católica a la que se adhieren es la única versión ortodoxa: lo confirma la exhortación de monseñor Escrivá de Balaguer a sus fieles después del Vaticano II. El que sea una organización "laica" es uno de sus más orgullosos alardes 3), aunque técnicamente sea un Instituto Secular dentro de la Iglesia y esté sin duda dominado por el clero. Es también una de sus características el depender casi enteramente de los escritos de su fundador y está enteramente moldeado por su espiritualidad. Por tanto, se acomoda limpiamente con la característica 4), tal como la enuncia el doctor Wilson. Los procedimientos de reclutamiento, la disciplina interna del Opus y el compromiso total exigido a sus miembros, coinciden con los puntos 5) y 7). Que el Opus pudiera ser descrito como un "grupo de protesta" es, quizá, bastante más problemático, aunque, como Pánniker señalaba, comenzó con un carácter "contracultural".

En años más recientes ha mostrado una marcada renuencia a amoldarse a los cambios que siguieron como resultado del Vaticano II, y es un adversario declarado de la teología de la liberación, a la que se adhieren muchos hombres de la Iglesia en todo el mundo. Si la comparación hecha más arriba entre el modelo de la Iglesia "Mater et Magistra" de Boff y el Opus es válida, entonces seguramente se daría el caso de que el Opus está vinculado a un punto de vista teológico que, por mucho que sea atractivo para los altos cargos de la Iglesia, ha bajado mucho en popularidad en la Iglesia en general desde el Vaticano II.

El peligro de los argumentos presentados anteriormente para demostrar que el Opus presenta muchas de las características de una secta es que podrían probar demasiado. Dentro de la Iglesia católica y, en distintas formas, en otras religiones cristianas, existen órdenes religiosas. Son grupos de tamaño variable, que van desde menos de cien hasta muchos miles de hombres o mujeres (los grupos son casi todos de un mismo sexo), que se dedican a Dios bajo una norma de vida particular y, generalmente, aunque no siempre, comparten una vida común en monasterios o conventos. Incluyen corporaciones tan conocidas dentro del catolicismo como la Compañía de Jesús (los jesuitas), la Orden de Predicadores (dominicos) o los franciscanos en sus distintas formas. Si los argumentos presentados para demostrar que el Opus es una secta fueran también aplicables a las órdenes religiosas, entonces dichos argumentos no tendrían sentido: sería tonto argumentar que corporaciones tan consolidadas como los jesuitas, los franciscanos o los dominicos eran sectarias cuando han hecho tanto por fomentar el bienestar de la Iglesia católica en su totalidad.

La sociología de los órdenes religiosas no ha atraído tanto interés como la de las sectas: uno de los pocos libros importantes sobre el tema es el de Michael Hill, "The Religious Order" (La orden religiosa), que en su mayor parte es un estudio del resurgimiento de esta clase de instituciones en la Iglesia de Inglaterra, más que una investigación del fenómeno en toda su escala. Sin embargo, proporciona una definición para órdenes que las distingue de las sectas. "La orden religiosa, escribe, es una agrupación de virtuosos religiosos con una interpretación intransigente de la ética del Evangelio sancionada por la Iglesia, pero que no se propone como necesaria para todos", una definición que encaja limpiamente en las categorías teológicas católicas.

Dentro de este pensamiento teológico hay una distinción (aunque debe decirse que ya no tiene mucha aceptación) entre preceptos y consejos. Los preceptos son aquellas interpretaciones de la ética del Evangelio obligatorias para todos; los consejos son aquellos que sólo abrazan los entusiastas religiosos (o, en palabras de Hill, "virtuosos") y son reconocidos como no obligatorios para todos. En la práctica, a estas interpretaciones se las concreta en la forma de los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.

Con este criterio, sin embargo, el Opus se encuentra en la clase sectaria más que en la orden religiosa. No cree que su propia interpretación del Evangelio sea únicamente una entre las muchas versiones que se presentan.

"Somos los vestigios del pueblo de Israel. Somos los únicos que, habiendo permanecido fieles a Dios, podemos aún salvar hoy a la Iglesia. Dado el estado actual de Iglesia, parece como si hubiera sido abandonada por el Espíritu Santo. Somos los que podemos salvar a la Iglesia por nuestra fidelidad al Padre" (José Casanova, "The First Secular Institute").

Ésta es una expresión perfecta de una clase de pensamiento sectario llamado por Wilson una secta "Arca de la Alianza", los únicos que se mantienen firmes en la fe verdadera. Russell Shaw, antes portavoz de los obispos católicos norteamericanos, compara la Iglesia norteamericana con la Iglesia católica. Los miembros de esta última "toman la iniciativa en cuestiones de carácter espiritual y moral en su mayor parte del catolicismo ortodoxo enunciado por Juan Pablo II", dice. Identifica al Opus con este grupo. La Iglesia norteamericana, por otra parte, dirigida por los obispos que fueron durante un buen número de años sus patronos, se han apartado de dicha ortodoxia. (Russell Shaw, "Judged by Opus Dei").

Para los miembros del Opus, su norma y su vida espiritual, al ser aplicable a parejas casadas, gente soltera e, incluso, a gente joven, es el modo en que todos los cristianos vivirían y rendirían culto, con sólo que fueran conscientes de ello. La esencia del "proselitismo" en el Opus Dei es precisamente la convicción de que todo el mundo debe ser convertido a la interpretación de Escrivá del mensaje del Evangelio.

El Opus, pues, muestra muchas de las características que los sociólogos descubren cuando analizan las sectas religiosas y el comportamiento sectario. Lo más fundamental para una secta en el sentido tradicional es, sin embargo, como apuntó Bryan Wlilson, que es "un movimiento entregado a una creencia herética y a menudo a actos y prácticas rituales que se apartan de los procedimientos religiosos ortodoxos". Sin embargo "lo que ha caracterizado al Opus Dei incluso después del Concilio Vaticano II ha sido su extremada ortodoxia" Esta es la opinión de José Casanova, pero luego continúa arrojando dudas sobre la catolicidad fundamental del Opus. "Escrivá reitera básicamente los principales temas de Lutero y de Calvino, ideas que fueron analizadas por Max Weber como determinantes de la ética protestante", dice. Y luego prosigue separando tres elementos. La enseñanza de Escrivá, afirma 1) pone fin a la "estructuración jerárquica tanto de éste como del otro mundo"; 2) insiste en que la salvación se ha de encontrar en actividades mundanas, y 3) proclama una llamada universal a la perfección.

Si éstas son las señales de la "protestantización", como afirma Casanova, entonces toda la Iglesia católica se está volviendo protestante, al menos desde el Vaticano II. Y ninguna Iglesia cuyo fundador predicase "Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial" (Mateo, 5, 48) va a negar una llamada universal a la perfección. Los criterios de Casanova exigen matizar algo más.

Tomemos este último punto sobre la llamada a la perfección, por ejemplo. Algunos grupos protestantes lo han desarrollado más. Creen que hay un número reducido de "elegidos" predestinados que irán al cielo y que el resto de la Humanidad está condenado. Éste es un punto de vista que ha sido terminantemente rechazado por la Iglesia católica. Según sus enseñanzas, nadie puede estar seguro de su salvación. Pero no es así, sin embargo, para los miembros del Opus. Su salvación está garantizada por el padre/fundador:

"Cuando los años pasen, no creeréis lo que habéis vivido. Os parecerá que habéis estado soñando. ¡Cuántas cosas buenas y grandes y maravillosas vais a ver...! Puedo aseguraros que seréis fieles, aunque a veces tendréis que sufrir. Además, os prometo el cielo" ("Crónica", 1971/1).

En cuanto que evita los evidentes peligros de la doctrina de la predestinación, Escrivá de Balaguer consigue asegurar a sus seguidores que no son simplemente una elite espiritual, sino unos elegidos religiosos. Esto parece escasamente compatible con la doctrina ortodoxa católica.

Por otra parte, ningún católico podría negar que la inmensa mayoría de seres humanos tiene que llegar a su salvación en medio del "mundo", aunque muchos de ellos hoy en día se sentirían incómodos con la interpretación "del mundo" tan despectiva que se encuentra en mucha devoción tradicional. Por otra parte, es un concepto calvinista, más que católico, el que recalca tanto el éxito profesional que este éxito llega a ser considerado como una señal del favor divino. Unas veces les acusan de heterodoxos. Otras se les acusa, por ejemplo, de caer en el error del pelagianismo creyendo que, con la guía de la sabiduría del fundador, pueden alcanzar la santidad por sus propios esfuerzos.

Todas las grandes herejías tienen su origen en una determinación a persistir en formulaciones anticuadas, y el mayor error del Opus está en su constante conservadurismo. "Estamos entre los más entregados defensores de la noción de que la verdad indiscutible existe. La doctrina no es discutible", dijo el padre Rolf Thomas, un miembro del Consejo General de la organización (El padre Rolf Thomas es citado en Time, 11 de junio de 1984, págs. 74-75).

El Opus se ha quedado donde estaba a comienzos de los cuarenta, y eso significa para la teología católica, intelectualmente en los primeros años del siglo, cuando Pío X lanzaba su encarnizado ataque contra el saber histórico aplicado a las ciencias religiosas. Antonio Fuentes enseña Historia Sagrada en la Universidad de Navarra. En 1987 la "Four Courts Press" de Dublín publicó su "Guide to the Bible" ("Guía de la Biblia"), un trabajo muy notable. En él sostiene la opinión de que Moisés escribió los primeros cinco libros de la Biblia y que el autor del Libro de Isaías es un solo individuo. Al hacerlo menciona la autoridad de las declaraciones del Vaticano de la primera década este siglo. Estas opiniones, y muchas otras en su "Guía", contradicen categóricamente la docta opinión tanto de dentro de la Iglesia católica, como de fuera de ella. Muy a menudo sobre la autoría de las cartas de Pablo, por ejemplo, Fuentes ni siquiera permite a sus lectores que sepan que opiniones distintas a la suya propia son ampliamente mantenidas. Ésta es la tendencia intelectual del catolicismo de la primera mitad del siglo XX, totalmente convencido de que sólo él poseía la verdad, sin importarle lo grotesca que era su línea oficial.

La Iglesia católica ha seguido caminando, y lo ha hecho deprisa desde entonces, y especialmente después del Vaticano II, que tanto desagradaba a Escrivá. No obstante, el Opus, en el traje de sus clérigos, en el estilo de adoración en sus capillas, en su asesoramiento espiritual obligado por una regla, o en la enseñanza de sus facultades teológicas y, aparentemente, en sus departamentos de Historia Sagrada, es un anacronismo. No hay razón para dudar de la sinceridad de la creencia de sus miembros de que ellos guardan la fe verdadera. La amplia mayoría de los restantes ochocientos cincuenta millones de miembros de la Iglesia se atienen a una ortodoxia bastante distinta.

El fundador del cristianismo advirtió que: "Todo reino en sí dividido será desolado y toda ciudad o casa en si dividida no subsistirá" (Mateo, 12, 25). Una secta que se atenga a creencias heterodoxas hace eso precisamente: divide a la Iglesia contra sí misma. Naturalmente, los miembros del Opus niegan que ellos dividan a la Iglesia. Su respuesta, fácil de predecir, como siempre, es alegar la aprobación de los Papas y de muchos obispos. Como este libro ha apuntado, tal apoyo jerárquico es difícil de comprobar. De los Papas anteriores al actual difícilmente puede decirse que hayan sido entusiastas en su apoyo al Opus, y por cada obispo que les acoge con beneplácito en su diócesis está claro que hay muchos que, o no les aceptan, o no están contentos de encontrarles instalados en su jurisdicción cuando ocupan sus sedes.

Es una táctica corriente del Opus apelar a la Historia para silenciar a sus críticos, en particular a la formación de la Compañía de Jesús a mediados del siglo XVI. Es cierto que la fundación de los jesuitas estuvo acompañada de controversia, un poco porque se había tomado la decisión de que no se permitieran más órdenes religiosas, pero más porque la Compañía constituía una nueva forma de vida dentro de la Iglesia, como hoy en día el Opus Dei. Debido a la similitud de las obras que emprenden y a la rapidez de su crecimiento, la comparación entre el Opus y la Compañía es inevitable. Pero en sus primeros sesenta años los jesuitas habían dado cuatro santos reconocidos, habían proporcionado teólogos a los Papas y enviado misioneros a la India, Japón y China para penetrar lo más posible en la cultura de los pueblos que iban a evangelizar. Eran, en su mayor parte, hombres tolerantes, de abiertos puntos de vista, y fue por esa razón por la que entraron en conflicto con los miembros más tradicionales de la Iglesia.

En el caso del Opus Dei, es exactamente lo contrario. Es con los liberales con los que entran en conflicto. Como misioneros no penetran en la cultura de los pueblos entre los que trabajan, sino que consideran labor suya el moldear la cultura de sus neófitos en el modelo tradicional de cristianismo que ellos mismos han aprendido. De sus santos sería impropio hablar; después de todo, se tardó bastante en canonizar incluso una figura tan ampliamente popular como Francisco Javier. En vida de Escrivá, el Opus presentó la causa del "ingeniero de Dios" (ver pág. 43). Ésa ha sido pospuesta ahora mientras se promueve la canonización de suma importancia del mismo Escrivá de Balaguer.

Si esto sucediera, a pesar de los enormes esfuerzos en contra de algunos ex miembros del Opus que trabajaron estrechamente con el fundador, sería saludado como un triunfo para la Obra. Sería considerado por ellos como el espaldarazo de aprobación final de la Iglesia sobre la fundación de Escrivá. No obstante, la canonización en sí es simplemente una declaración de la Iglesia de que la persona así honrada está en el cielo y es digna de que se le muestre pública veneración. Y de que sus promotores tienen la riqueza necesaria para pagar lo que es claramente un proceso costoso.

El Opus, por otra parte, argumentará que las autoridades del Vaticano no seguirían adelante con tal empresa si no la apoyaran por completo, porque únicamente tienen presente el bien de toda la Iglesia. Eso no es muy convincente, particularmente si es cierto que el "Banco Vaticano", a través de su implicación con el "Banco Ambrosiano", proporcionaba ayuda económica a regímenes despóticos de América Latina que se dedicaban a perseguir sacerdotes y monjas que trabajaban con los pobres y los oprimidos. El escándalo del "Banco Ambrosiano", el desarrollo del Opus y demás organizaciones igualmente sectarias dentro del catolicismo romano, son evidencias de una Iglesia que hoy está dividida contra sí misma.

Como me dijo María del Carmen Tapia en agosto de 1984, hablando desde el otro lado de una mesa llena de tazas de café en el "Barbizon Plaza Hotel", de Nueva York: "Dentro de cien o de cincuenta años la Iglesia dirá que nos equivocamos al aprobar al Opus Dei."



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