Cuadernos 8: En el camino del amor/Las consecuencias de la pobreza

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LAS CONSECUENCIAS DE LA POBREZA


La doctrina cristiana nos enseña que todos los bienes proceden del Creador. No sólo hemos recibido de Dios los bienes espirituales y celestiales -exclama San León Magno-, sino también nos han venido de su generosidad las riquezas terrenas y corporales (San León Magno, Homiliae 10, 1). Nuestro Fundador proclamó siempre que el mundo no es malo, porque ha salido de las manos de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr. Genes. 1, 7 ss) (Conversaciones, n. 114) (...).

Los bienes materiales son, pues, queridos positivamente por Dios, y nosotros hemos de utilizarlos como medio de santificación y de apostolado, para servir a Dios y a los hombres (1).

Sin embargo, el desorden introducido en el mundo por el pecado de origen, agravado luego por los pecados personales de cada uno, hace que en tantas ocasiones la criatura humana pierda su rectitud en el uso de los bienes materiales, hasta invertir y retorcer el orden establecido por Dios. Se llega así, en no pocas circunstancias, al absurdo de pretender convertir esos bienes en término y fin del destino humano, como si alcanzásemos aquí, abajo una morada permanente (cfr. Hebr. XIII, 14). Es necesario estar prevenidos contra esta tentación, hijas e hijos míos, que es capaz de sujetar en sus redes a muchas criaturas; también a quienes, por vocación divina, debe

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mos caminar y trabajar en medio del mundo, usando de los bienes terrenos con el fin de conducir a Dios todas las cosas (2).

El desprendimiento de los bienes temporales facilita una relación más estrecha y filial con nuestro Padre Dios, que en su Providencia amorosa cuida de quienes en El confían (3). El amor a la pobreza es distintivo de los discípulos de Cristo, quien -como afirma San Pablo- siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (4). El amor a la pobreza reafirma la confianza en Dios e impulsa a poner los ojos en los verdaderos bienes: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (5).

Mientras vivimos en la tierra, marcados por las heridas del pecado, mantener el corazón desprendido de los bienes terrenos requiere una atención constante. Tan importante es esta vigilancia, que por sí misma muestra la sinceridad del amor a Dios. Y así, cuando de verdad se ama a Nuestro Señor, se quiere también esa vigilia de sacrificio, que mantiene despierto el amor.

Por esto, amar la pobreza es amar sus consecuencias, el sacrificio diario por hacer realidad el ideal que nos mueve: no aspirar a otra cosa sino a Dios. Claramente lo dejó escrito nuestro Padre: no amas la pobreza si no amas lo que la pobreza lleva consigo (6).


Contents

Aprender a ser pobres

Hemos venido al Opus Dei dispuestos a vivir completamente desprendidos de los bienes materiales. Por eso, vivir la pobreza es mucho más que cuidar determinados criterios de conducta. Requiere desasimiento interior: en el deseo, en el pensamiento, en la imaginación; exige la identificación con un espíritu, el de Cristo, tal como El mismo, a través de nuestro Padre, nos lo ha señalado. Mirad -nos advirtió- que

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lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son sólo eso, medios (7).

Para ilustrar este criterio, nuestro Fundador nos contó, entre otros, un recuerdo de su vida que es muy claro. Hace muchos años -escribe en una de sus homilías- (...) iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba de un local grande, que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución, para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo, me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición y al terminar de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban: ¡es mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable, que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.

Conocía yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España (...). Residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género. A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo. ¿Me habéis entendido? (8).

No es posible vivir el espíritu de desprendimiento sin un amor real y práctico a las consecuencias de la pobreza, pues la naturaleza humana tiende a la comodidad, y ser pobre no resulta cómodo. Por eso, no basta querer ser pobre. Hay que aprender a ser pobre (9), dejándose formar y manteniendo un entrenamiento constante. También San Pablo sostuvo este mismo aprendizaje para vivir desprendido de todo, en cualquier circunstancia: he aprendido a vivir en pobreza; he aprendido a vivir en

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abundancia; estoy acostumbrado a todo y en todo, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta (10).

Las consecuencias de nuestra pobreza son la mejor escuela para aprender a vivir esta virtud, pues dan la medida exacta de la exigencia que el Señor nos pide. No sería propio de un alma verdaderamente enamorada, que ha dado todo por el Reino de los Cielos, echar en falta situaciones en las que las consecuencias de la pobreza no fueran tantas o tales. Nos lo advierte el Salmo, cuando pone en labios del justo estas palabras: estaban ya deslizándose mis pies, casi había resbalado. Porque miré con envidia a los impíos viendo la prosperidad de los malos (11). La verdadera pobreza cristiana es incompatible, no sólo con la ambición de bienes superfluos, sino con la inquieta solicitud de los necesarios. Si esto le ocurriera a una persona que, respondiendo a una vocación divina, ha dejado todas las cosas para seguir de cerca a Jesucristo, indicaría que su vida espiritual se está llenando de tibieza. Cuando el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior (12).

Por el contrario, la aceptación alegre de las privaciones e incomodidades que la pobreza lleva consigo, une estrechamente a Jesucristo y es señal del amor de predilección que el Señor ha tenido con su criatura.

Responsabilidad económica

Una consecuencia fundamental de la pobreza, vivida según el espíritu del Opus Dei, es la responsabilidad por ser autosuficientes económicamente: sostenernos con nuestro trabajo y colaborar al mantenimiento de las labores apostólicas. Cada uno de mis hijos -ha dicho nuestro Fundador- tiene muy claro el criterio: lo primero y más impor-

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tante es cumplir las Normas de vida, que son camino seguro de santidad; y al mismo tiempo -simultánea e inseparablemente- sostenerse, valerse por sí mismos en lo económico, y ayudar a sostener la casa en donde vive o el Centro a que pertenece (13).

Nuestro Padre ha sido tajante en este punto, con una claridad que trae los ecos de la doctrina y la actuación de San Pablo (14): sería un error -y un error grave, porque sus consecuencias también lo son- que, a alguno de mis hijos, se le permitiese hacerse gravoso a la Obra, con cualquiera de las formas del señoritismo. No hemos de ser señoritos, hemos de ser señores, con el señorío de los hijos de Dios. Conozco, hijos míos, vuestro buen espíritu. Sabéis muy bien que, en nuestra vida, lo divino y lo humano están muy íntimamente unidos -imitamos a Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre-, y lo mismo que el descuido de un simple detalle material bastaría para indicaros que hubo una falta de amor de Dios, también sabréis descubrir ese defecto en la raíz misma de algunos datos económicos deficitarios (15).

No somos personas que viven de limosna, ni empleados que se desentienden de los avatares de la empresa en que trabajan. El Opus Dei es nuestra familia; los Centros de la Obra son nuestro hogar. ¡Y qué buen punto de referencia es éste! A un honrado padre o madre de familia, ni se le ocurre la posibilidad de ser gravoso en el propio hogar; su preocupación constante está en sacarlo adelante con su trabajo y con su esfuerzo. Así hemos de comportarnos cada uno de los miembros de la Prelatura, teniendo vivo el deseo de sacar adelante las labores apos­tólicas que se nos encomiendan, con los frutos de nuestro trabajo profesional. Al mismo tiempo, hemos de estimular la generosidad de Cooperadores y amigos, para que -conscientes de la labor apostólica del Opus Dei, y agradecidos por los beneficios espirituales que reciben- aporten medios económicos para esos instrumentos de apostolado, al tiempo que ellos mismos se mejoran mediante el ejercicio de la generosidad.

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Como padres de familia numerosa y pobre

Otro aspecto importante de la responsabilidad económica que la pobreza lleva consigo lo determina el uso del dinero de que todos disponemos para gastos personales: profesión, viajes, relaciones sociales... El deseo de ser fieles al Señor y eficaces en el apostolado, nos lleva a usar de esos medios con medida y en lo justamente necesario. Por eso, en el caso de Numerarios y Agregados, los desembolsos extraordinarios -aunque veamos con evidencia su necesidad y aunque sean de poca monta- se consultan siempre, con el fin de sustraerlos al influjo de un juicio parcial, del capricho de un momento, del egoísmo. En lo ordinario, la decisión de gastar o no queda ordinariamente bajo la única guía del espíritu, de la finura interior de cada uno.

Todas las semanas se nos invita en el Círculo a examinar este aspecto del modo de vivir la pobreza. Hay cosas que son objetivamente lujosas, que desdicen de un apóstol de Jesucristo, aun cuando quizá resulten corrientes en el medio en que cada uno se mueve. Son objetos, comodidades, caprichos, que no entran en los gastos ni en el uso -aunque no suponga desembolso alguno- de quien desea seguir de cerca al Señor. Y no hay qué extrañarse si, prescindiendo de esas cosas, con naturalidad, nuestra conducta choca con el ambiente que nos rodea, como un estímulo que ayude a esas personas a salir del aburguesamiento. He aquí una consecuencia positiva de la pobreza, directamente apostólica, que manifiesta el amor a las almas y no a los medios en sí mismos.

El gasto caprichoso, por otra parte, es lo más opuesto al espíritu de mortificación y a un sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza y de amor a la Cruz. Ni sería tampoco auténtica la entrega si se satisficieran deseos y caprichos personales, por la sola razón de que no los pagamos nosotros ni la Obra: lujos financiados por la empresa, el Estado, la familia de sangre, la hospitalidad de algún amigo... No vivimos la pobreza sólo por motivos económicos, sino por motivos ascéticos, por amor a Jesucristo, en todas las circunstancias.

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Por otra parte, nunca la comodidad ha de guiar nuestros gastos: antes de hacerlos, hemos de pensar bien si son realmente necesarios, calcular, hacer un presupuesto, pedir consejo. Para valorar cualquier situación concreta en que podamos encontrarnos, tenemos el criterio seguro que nos dio nuestro Padre: de la pobreza te diré que cuando tú, en cualquier circunstancia, vaciles, y no tengas con quién consultar, porque no sabes si hacer así o asá, no olvides el criterio claro que te he dado: nosotros somos padres de familia numerosa y pobre. Y verás como aciertas (16).

Una consecuencia natural de este espíritu nuestro es que los Numerarios y Agregados demos cuenta de los gastos ordinarios, estando dispuestos, con humildad, a que nos corrijan. ¿Qué diríais de uno que guarda el dinero y no da cuenta, aunque no sean más que diez liras? Mal espíritu. Va mal esa criatura, va mal. Está corrompiendo la Obra, destruyendo la santidad corporativa; haciendo mal a todos sus hermanos, mientras se hace mal principalmente a sí mismo (...). Nuestra pobreza ha sido siempre verdadera, real, completa (17).

Señales de la verdadera pobreza

Nuestro Padre nos ha dejado criterios sencillos y prácticos, con los que medir la autenticidad de nuestro desprendimiento. Muchas veces nos los resumió así: señales de la verdadera pobreza: no tener cosa alguna como propia; no tener cosa alguna superflua; no quejarse cuando falta lo necesario (18).

En primer lugar, no tener cosa alguna como propia. No queremos disponer de nada como si fuera nuestro: sería empequeñecer el corazón con menudencias. Una vez que hemos abandonado todo por amor al Señor, ¿vamos a estar apegados a un relojico, a unos gemelos, a unas estam-

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pas o a unos papelucos? (19). Nos volveríamos ruines con esas cosas que tanto más achican el alma cuanto más menudas son.

Sin entorpecer la eficacia de nuestro trabajo y del apostolado, y sin faltar a la naturalidad, evitaremos considerarnos dueños de aquellos instrumentos que en cualquier familia pobre y unida son de uso común: automóvil, cámara fotográfica, máquina de escribir, ordenador, libros, magnetófono... Lo contrario, sería síntoma de evidente aburguesamiento, impropio del Opus Dei.

Hemos de vigilar, en efecto, con empeño decidido, para que no haya nunca entre los Numerarios y Agregados algo más o menos solapadamente parecido al peculio, esa especie de dotación personal consentida en muchas familias religiosas. ¿Os parecería bonito -pregunta nuestro Padre-, para vosotros, que habéis dejado lo vuestro y lo de vuestra familia, y las posibilidades que tenéis -porque venís jóvenes-, para entrar en la Obra, y luego tener esa cosa? Hijos míos, tened la seguridad de que lo necesario no os faltará. ¿No os parecería tonto que yo tuviera unos duros guardados para comprarme otros gemelos o unas gafas, o para tomar un café? (20).

Manifestaciones de ese voluntario expolio son evitar aun la apariencia de regalos entre nosotros, entregar al Director los objetos que nos regalen otras personas... Por la misma razón hemos de cuidar, para que duren, los objetos que usamos. Recuerdo haber conocido a determinada persona, a quien le gustaba vestir bien: gastaba una enormidad en trajes; pero cuando llegaba a su casa, tiraba las prendas por cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la ropa es para mí. Tú, hijo mío, debes pensar si a veces no te pasa un poco lo mismo. Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas, que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra santidad personal y para el apostolado (21).

Esta actitud requiere mortificación, un sacrificio pequeño pero constante -el mismo que pone un padre o una madre de familia nume-

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rosa y pobre- que, lejos de ver como una carga, hemos de amar como camino seguro de santidad: consecuencia de una pobreza real como la que vivió Nuestro Señor. Es posible comportarse de este modo si vigilamos para que el corazón no se apegue a los objetos de uso personal, tanto los necesarios para la propia subsistencia como los instrumentos de trabajo o de apostolado. Vivir desprendidos es, en primer término, mortificación en el uso y consumo de lo necesario, y saber prescindir de lo superfluo con señorío, con elegancia humana y sobrenatural.

Este es el segundo criterio que nos ha dado nuestro Fundador: no tener cosa alguna superflua. No se compagina con la pobreza la preocupación por disponer de repuestos innecesarios, en un intento más o menos disimulado -que puede incluso adquirir tonos ridículos- por asegurarse el futuro: sería, en el fondo, una injusta desconfianza en la Providencia amorosa de nuestro Padre Dios. Contemplad los lirios, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! (22).

Privarnos de lo superfluo supone también otra clara actitud, que hemos de ejercitar sobre todo con nuestros hermanos, en las mil incidencias de la vida en familia: cuando se trate de elegir, lo más pobre, lo menos simpático (23). Pero significa, sobre todo, no crearse necesidades. Hemos de exigirnos en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos muertos ni impedimentas que dificulten la marcha (24).

Este punto resulta particularmente interesante en nuestros días, cuando -en muchos países- el afán de consumo presenta como de primera necesidad aquello que -aun siendo útil y bueno- es sólo superfluo. Hay cosas que parecen indispensables, y no lo son. Recuerdo que

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hace años, cuando correteaba con toda mi ilusión de sacerdote joven por los barrios extremos de Madrid, me contaron de unas señoras -que ocupaban muchas horas del día en hacer una labor de caridad, con los pobres de aquellos barrios-, que en lo más crudo del invierno encontraron un niño, que no se podía decir que estaba mal vestido, porque más bien iba casi desnudo.

Decía una de aquellas buenas señoras, llena de cristiana compasión: Pero, hijo mío, ¿no tienes frío? Y el pequeño contestó: ¿tienen ustedes frío en la cara?, ¿no?: pues, para mí, todo es cara.

Con esta anécdota, yo os quiero recordar, para que no lo olvidéis jamás, que no debéis cargaros con pretensiones del todo artificiales, que a última hora no son más que comodidad (25).

No tener cosa alguna superflua significa aprender a contentarnos con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente (26), sin crearnos falsas necesidades, agradeciendo al Señor que ordinariamente nos permita disfrutar de los medios adecuados para el trabajo, para el apostolado, para el descanso, pero estando a la vez dispuestos a prescindir de ellos, si Dios así lo permite.

Y, finalmente, la tercera señal: no quejarse cuando falta lo necesario. Y cuando falte, ¿qué?, ¿llorar?: ¡no! ¿Reírnos? Quizá tampoco; pero estar alegres por dentro, muy alegres. Ahora es más difícil que nos falte lo necesario; antes hemos carecido de lo más imprescindible durante muchos años. Pero si un día llega de nuevo a faltar, estad contentos, hijos míos, felices; seguros de que, si os abandonáis en las manos de Dios, saldrán adelante todos los apostolados, y la santidad de vuestros hermanos y la vuestra (27).

No falta experiencia en la Obra de cómo premia Dios ese abandono. A lo largo de estos veintiséis años -decía nuestro Padre en 1955-, en muchas ocasiones me he encontrado sin nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ¡qué alegría!, porque bus-

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cando el reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadidura. Poniendo los medios para que no ,falte, ¡que estén alegres mis hijos si alguna vez les falta algo! (28).

Siempre con alegría

Nuestra pobreza, hijos míos, no ha de ser clamorosa pobretería; nuestra pobreza va oculta por una sonrisa (29): tiene siempre una forma discreta, llena de la naturalidad que caracteriza nuestra entrega. La nuestra es una pobreza, que no tiene voz para gritar "soy pobre"; se paladea con alegría. Da el Señor un gozo en aquel no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como en la enfermedad (30). Y no es esta alegría un sacrificio más que haya que añadir a lo que pueda costar vivir pobremente, sino algo profundo y sincero, que llena el espíritu; parte de ese ciento por uno que promete el Señor a quienes dejan por El todas las cosas.

No basta con llevar con buen ánimo la escasez, si llega. Hemos de perder el temor a la escasez y lanzarnos a promover continuamente nuevas iniciativas apostólicas. Os puedo asegurar -ha escrito nuestro Fundador- que ninguna iniciativa apostólica ha dejado de llevarse a cabo por falta de recursos materiales: en el momento preciso, de una forma o de otra, nuestro Padre Dios con su Providencia ordinaria nos facilitaba lo que era menester, para que viéramos que El es siempre buen pagador (31). Frenar la expansión de la labor por asegurar nuestro propio bienestar estaría tan lejos de la pobreza, como -y principalmente- de la caridad. Y además, esa hipotética escasez que se estaría dispuesto a sufrir, no pasaría de ser una idea teórica.

Sin embargo, no hemos de extrañarnos de que cueste vivir la pobreza, ni de que a veces resulte particularmente dura. Si en algún mo-

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mento experimentas en tu carne el peso de la indigencia, no te entristezcas ni te rebeles; pero, insisto, procura emplear todos los recursos nobles para superar esa situación, porque obrar de otra forma sería tentar a Dios. Y mientras luchas, acuérdate además de que omnia in bonum!, todo -también la escasez, la pobreza- coopera al bien de los que aman al Señor (cfr. Rom. VIII, 28); acostúmbrate, ya desde ahora, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades, el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no poder descansar como y cuando quisieras, el hambre, la soledad, la ingratitud, la incomprensión, la deshonra... (32).

Las incomodidades y carencias diarias pueden y deben acercarnos a Dios. Ordinariamente se trata de pequeñas limitaciones que, de un modo u otro, padece todo el mundo y que para nosotros han de tener además un sentido sobrenatural y positivo, que no comprometa la paz interior. Cuando cueste, habrá llegado el momento de ahondar, de interiorizar los criterios, de purificar nuestras disposiciones, acordándonos de aquellas palabras de Jesucristo, que no pueden fallar: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos (33).

Hasta llegar al abandono -nos anima nuestro Padre- hay un poquito de camino que recorrer. Si aún no lo has conseguido, no te preocupes: sigue esforzándote. Llegará el día en que no verás otro camino más que El -Jesús-, su Madre Santísima, y los medios sobrenaturales que nos ha dejado el Maestro (34).

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(1) Del Padre, Carta, 1-I-1989.

(2) Ibid.

(3) Cfr. Luc. XII, 22-28.

(4) II Cor. IX, 8.

(5) Matth. V, 3.

(6) Camino, n. 637.

(7) Amigos de Dios, n. 118.

(8) Amigos de Dios, n. 123.

(9) De nuestro Padre, n. 40.

(10) Philip. IV, 12-13.

(11) Ps. LXXII, 2-3.

(12) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(13) De nuestro Padre.

(14) Cfr. II Thes. III, 7-15.

(15) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 74.

(16) De nuestro Padre, Meditación, 8-II-1959.

(17) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(18) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(19) De nuestro Padre, Meditación, 4-IV-1955.

(20) De nuestro Padre, Meditación, 4-IV-1955.

(21) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(22) Luc. XXII, 27-28.

(23) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(24) Amigos de Dios, n. 125.

(25) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 25.

(26) Camino, n. 631.

(27) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(28) De nuestro Padre, Meditación, 4-IV-1955.

(29) De nuestro Padre, Carta, 11-III-1940, n. 28.

(30) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.

(31) Amigos de Dios, n. 117.

(32) Amigos de Dios, n. 119.

(33) Matth. V, 3.

(34) Vía Crucis, IV estación, punto 4.

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