La perpetuación de los Directores en sus cargos, raíz del problema del Opus Dei

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Por Doserra, 31 de mayo de 2006


Es frecuente leer en esta Web una pregunta que, formulada de distintas maneras, se interroga sobre cómo el Opus Dei, tan novedoso y rompedor en el momento de su nacimiento, generalmente incomprendido por lo avanzado de sus presupuestos, se fue escorando en sus patologías humanas hasta convertirse gradualmente en una institución cada vez más esclerotizada, que ha ido integrando costumbres cada vez más reaccionarias: ¿cómo es posible que lo que nació como un ímpetu de transformación de la sociedad en general, y de la Iglesia en particular, haya acabado siendo estandarte de lo más reaccionario de ésta?

A mi entender, la clave de esta deletérea involución, que ha convertido a la Obra en una rémora para la renovación eclesial, está en la falta de fidelidad a las directrices relativas a la función de gobierno en la Obra, contenidas en los escritos fundacionales, que ya empezó a producirse en vida del Fundador. Pues, en una institución concebida para ser fermento cristiano en los ambientes seculares, ¿cómo van a ser motor unas autoridades que han desconectado de la vida de la calle? Imposible. Nadie da lo que no tiene...

Una manifestación de esta involución fue el hecho de que l@s Numerari@s, que tienen el peso principal en la formación de los demás miembros de la Obra, dejaran de ser la vanguardia del apostolado secular del Opus Dei, y sin previo aviso fueran recluidos en los ambientes internos de la institución, según comenté el 24 de mayo pasado. Y así en los últimos meses han ido llegando a los Centros abundantes notas necrológicas de aquella generación de Numerarios profesionalmente prestigiosos que, con sus aciertos y errores, fueron un referente ilustrativo de una espiritualidad secular: notas que han puesto en evidencia esa falta de secularidad de tantos Numerari@s actuales, que les incapacita para el apostolado de igual a igual y que ha tenido en l@s Supernumerari@s las repercusiones que tan plásticamente nos ha descrito EscriBa.

Pero si esa reclusión de l@s Numerari@s supone un cáncer para la secularidad del Opus Dei, la perpetuación de los Directores en sus cargos es ya una metástasis insalvable: pues les priva del contacto con la vida corriente, disminuyendo su capacidad de iniciativa en ese ámbito; y les despoja de autonomía económica y profesional -como explicó Trinity el pasado 7 de abril-, robándoles la libertad de poder oponerse sin grave perjuicio a posibles directrices menos rectas de las instancias superiores. Además, al convertirse en miembros de una nomenclatura, se encuentran necesitados de presentar ante la superioridad una cuenta de resultados aceptable, con lo que se ven permanentemente impelidos a realizar un proselitismo sectario, nada sobrenatural, así como a condenar a la institución a morir de éxito: los Directores de la Prelatura jamás pueden rectificar o reconocer sus errores, ya que se arriesgarían a ser destituidos, encontrándose sin empleo civil, y a perder sus privilegios.

El Fundador lo había avizorado y, para prevenirlo, reunió en Molinoviejo a los primeros Inscritos[1] a fin de que se comprometieran a vivir desprendidos de sus cargos (cf. Instrucción para los Directores, 31.V.1936, n. 6 y glosa de Álvaro del Portillo en Nota 5), pidiéndoles que demostraran esa disposición formando a otros para que pudieran sustituirles (cf. ibidem, n. 12 y glosa de Álvaro del Portillo en Nota 11). Además, ya en el orden práctico, dispuso que los cargos internos fueran sólo para un tiempo y que su ejercicio se compatibilizara, en la medida de lo posible, con la propia profesión:

“La necesidad de cubrir cargos internos (…), la necesidad de dirigir la obras corporativas, etc., lleva a algunos Numerarios a renunciar gustosamente, por algún tiempo, al ejercicio humilde o brillante de la propia profesión, para servir a toda la Obra desde las labores internas (…). Siempre es posible, sin embargo, que los miembros de la Obra no abandonen del todo el ejercicio de su propia profesión, mientras se ocupan en las tareas internas, o, al menos, que preparen sin prisas trabajos, estudios de investigación, etc., y que así no pierdan el contacto con su ambiente” (Carta Multum usum, 29.IX.1957, n. 9).'

Pero nada de esto se vive ahora en el Opus Dei (razón por la cual supongo que habrán “secuestrado” los escritos fundacionales): desde hace varias décadas, los Directores de la Obra son siempre los mismos y muchas de las nuevas incorporaciones son personas que nunca han trabajado en la calle. La misma figura de su actual Prelado es paradigma de esta generación de personas que, con independencia de sus buenos deseos, se están demostrando incapaces de dinamizar una institución que debería realizar un apostolado secular. Basta examinar el currículo que aparece en las solapas de los libros que se ha apresurado a publicar últimamente, para advertirlo:

“Javier Echevarría nace en Madrid en 1932. Colabora estrechamente con san Josemaría Escrivá desde 1953 hasta el 26 de junio de 1975, fecha en que fallece el fundador del Opus Dei [un “hombre del partido”, que nunca ha hecho nada relevante fuera. Incluso se omite toda referencia a una titulación civil]. Ha vivido en Roma momentos decisivos de la historia de la Iglesia, como los años del Concilio Vaticano II, y ha sido testigo de los pontificados de Pío XII, el beato Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II [como todo el mundo de esa edad]. Prelado del Opus Dei desde abril de 1994, tras el fallecimiento de Álvaro del Portillo, es ordenado obispo por Juan Pablo II en enero de 1995 [por haber sido designado Prelado, no por méritos propios]. Profundo [eso habría que demostrarlo] conocedor de los problemas de los cristianos en el mundo actual y de [lo que sus bases le informan sobre] la situación de la Iglesia en numerosos países del mundo, ha realizado viajes pastorales por los cinco continentes, entablando un diálogo ecuménico [esto me parece demasiado decir] con personas de muy diferentes credos y culturas” (obviamente, los corchetes son míos).

Otro gallo empezaría a cantarle a la Obra con el mero hecho de que sus Directores empezaran a vivir efectivamente la temporalidad y el desprendimiento de sus cargos. Y, mientras no se decidan a ello, no podrán atajar la crisis a que han conducido a la institución, pues el Fundador ya les advirtió de que, de la fidelidad a este aspecto, dependería la rectitud y eficacia de toda la labor apostólica:

“De este modo [con este desprendimiento del cargo] la eficacia de la labor será muy grande, y mantendremos vivo en el corazón el propósito que nos trajo a la Obra: servir a Dios, entregárselo todo, hacer siempre lo que su Voluntad Santísima quiera en cada momento para cada uno de nosotros, sin que un celo mal entendido o un razonamiento nacido del orgullo empañe jamás la rectitud de intención que debemos tener” (Instrucción para los Directores, cit., n. 13. El corchete es aclaración mía).




  1. En las Constituciones de 1950, se llamaban Inscritos a los miembros destinados establemente para los cargos de dirección de Instituto: cf. n. 16 & 3. En los Estatutos de 1982 desaparece esta figura de directivo estable pero, paradójicamente, desde entonces es cuando más se ha extendido en el Opus Dei la figura del director perpetuo.


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