Cuando el sufrimiento nunca puede venir de la “vocación”
Por Prozacristan, 8/05/2026
En los últimos días se ha hablado mucho del tratamiento psicofarmacológico recibido por miembros del Opus Dei, en particular en entornos médicos cercanos a la institución, como la Clínica Universidad de Navarra. Es un tema delicado, porque toca a personas concretas, a médicos concretos, a pacientes concretos y a historias muy íntimas. Y precisamente por eso conviene no simplificarlo demasiado. A mi juicio, el problema más grave no es imaginar a psiquiatras malvados, miembros del Opus Dei o cercanos a él empeñados en hacer daño deliberadamente a otros miembros de la Obra. Eso sería terrible, desde luego. Pero no creo que sea ahí donde está el núcleo más profundo del problema.
Lo verdaderamente terrible es otra cosa…
Lo terrible es que, dentro del sistema mental y espiritual del Opus Dei, la llamada “vocación” no puede ser puesta en cuestión. No de verdad. No hasta el fondo. La vocación es presentada como voluntad de Dios. Y, además, Dios habla a través de los directores. Por tanto, si un miembro sufre, si se hunde, si se deprime, si somatiza, si pierde la alegría, si vive angustiado, si se siente roto por dentro, la causa nunca puede estar en la estructura misma en la que vive. Nunca puede estar en la obediencia ciega. Nunca puede estar en el abuso de conciencia. Nunca puede estar en la falta de libertad real. Nunca puede estar en la vigilancia, en la dirección espiritual invasiva, en la presión afectiva, en la culpa o en la imposibilidad práctica de decir “no”.
Nunca.
Nunca jamás.
Porque aceptar eso obligaría a formular una pregunta prohibida: ¿y si lo que me está destruyendo no es mi falta de entrega, sino precisamente, mi entrega a esta forma de vida que me han dicho que es la voluntad de Dios?
Dentro de ese marco, la medicación aparece casi como el camino natural. No necesariamente como una conspiración. No necesariamente como un plan perverso. Sino como la consecuencia lógica de un sistema que no puede permitirse mirar hacia el lugar correcto.
Si alguien sufre, se le ayuda a soportar. Si alguien se rompe, se le ayuda a recomponerse.
Si alguien no puede más, se busca que pueda un poco más.
Si alguien empieza a sospechar que el problema está en la “vocación”, se desplaza el foco hacia su carácter, su historia familiar, su inmadurez, su afectividad, su falta de humildad, su ansiedad, su depresión o su dificultad para entregarse. Porque Dios nunca se equivoca. Pero lo que no se plantea —o se plantea demasiado tarde, y casi siempre fuera— es que esa presunta vocación pueda ser la causa de una parte enorme de su sufrimiento.
Ahí está, para mí, el punto decisivo.
Una persona puede necesitar medicación. Por supuesto. Un antidepresivo puede ser necesario, útil e incluso salvador. La psiquiatría no es el enemigo. La medicación no es el enemigo. Sería injusto y peligroso presentar las cosas así. Hay sufrimientos psíquicos reales que requieren tratamiento médico, y muchas personas han recibido ayuda honesta de profesionales competentes.
El problema aparece cuando el tratamiento se inserta dentro de un universo cerrado donde una hipótesis está excluida de antemano: que el malestar sea una reacción sana ante una situación espiritualmente abusiva.
Porque entonces el medicamento puede convertirse, aunque nadie lo pretenda expresamente, en una herramienta de adaptación al sistema. No cura la causa; ayuda a soportarla. No abre una pregunta; la cierra. No acompaña una salida; permite seguir dentro.
Yo fui uno de esos numerarios que sufrió una depresión. Y me llevaron, de la mano, a uno de esos psiquiatras. Fui como iban tantos: confiando, obedeciendo, sin saber muy bien qué me pasaba y esperando que alguien pusiera nombre a aquel hundimiento interior.
Aquel médico me recibió con amabilidad. Y eso también es importante decirlo. No recuerdo una escena agresiva ni fría. No recuerdo maltrato. Recuerdo precisamente lo contrario: una conversación serena, cordial, humana. Me explicó, sin la presencia del director que me acompañaba y que dejó fuera de la consulta, que mi problema no era exactamente una depresión. Me dijo que mi problema era que yo todavía no había comenzado a escribir mi vida. Y que era mi decisión comenzar a hacerlo. Y me animaba a tomar decisiones vitales.
Me recetó un antidepresivo leve durante un periodo breve, unos tres meses. Para darme un empujoncito. Y creo que ese día, aunque yo entonces no podía saberlo, comenzó mi salida del Opus Dei. Una salida que tardaría diez años más en completarse.
Aquel psiquiatra, quizá sin pretenderlo, introdujo una grieta. No me dijo: “Tu problema es que no eres fiel”. No me dijo: “Tienes que obedecer más”. No me dijo: “Confía más en tus directores”. Me habló de mi vida. De escribir mi vida. De decidir. De empezar.
Esa frase quedó trabajando por dentro durante años. Y ese psiquiatra no estaba muy bien visto por los directores (me consta). Precisamente porque hizo lo que tenía que hacer: abrirme los ojos.
Hoy pienso que ahí está precisamente la cuestión que el Opus Dei no puede permitir que se abra del todo: la posibilidad de que una persona escriba su propia vida. No la vida dictada por los directores. No la vida interpretada como voluntad divina por otros. No la vida previamente entregada, clasificada, vigilada y corregida. La propia vida.
Por eso el debate sobre psiquiatría, psicofármacos y Opus Dei no debería reducirse a si tal médico fue bueno o malo, si tal receta fue adecuada o excesiva, si hubo más o menos mala intención. Habrá casos muy distintos, y cada historia merecerá ser escuchada con cuidado. Pero hay una pregunta anterior, más profunda y más incómoda:
¿Puede un miembro del Opus Dei acudir a un psiquiatra, dentro de un entorno institucional de la Obra, y plantear libremente que quizá su sufrimiento procede de la propia estructura vocacional en la que vive?
¿Puede decir, sin miedo y sin ser reconducido espiritualmente, que quizá no está enfermo por resistirse a Dios, sino por haber entregado su conciencia a otros?
¿Puede preguntarse si lo que le pasa no es una crisis de fidelidad, sino una reacción de supervivencia?
Mientras esa pregunta esté prohibida, silenciada o desactivada, el tratamiento psicológico o psiquiátrico correrá siempre el riesgo de servir al mantenimiento del sistema. Aunque el médico sea amable. Aunque la medicación sea suave. Aunque no exista una voluntad explícita de hacer daño.
Porque el daño mayor no siempre nace de la maldad personal. A veces nace de una premisa sagrada que nadie se atreve a tocar.
Y en el Opus Dei esa premisa es esta: si tienes vocación, Dios la quiere; si Dios la quiere, los directores la custodian; y si sufres dentro de ella, el problema está en ti, no en la vocación.
Ese es el mecanismo terrible. Al que Leon XIV debe hincarle el diente.
No hace falta imaginar monstruos para que haya víctimas. Basta con un sistema donde la conciencia individual queda subordinada a una supuesta voluntad divina administrada por otros. Basta con que el sufrimiento nunca pueda ser leído como señal de abuso. Basta con que la salida nunca sea considerada una posibilidad legítima, sino una infidelidad, una derrota o una tentación.
A veces, para empezar a sanar, no basta con tomar una pastilla.
A veces, hay que recuperar la pregunta que te habían prohibido hacer.
Y a veces, esa pregunta es muy sencilla:
¿Y si no era Dios quien me pedía esto?
Y es aquí donde empieza el abismo… y donde… también, empieza la Vida. Original