Caminar a contrapelo

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Por CRNUMEROBAJO, 30/05/2025


Todos recordaréis cómo, cuando alguien atravesaba una dificultad particular, se decía que también a "Nuestro Padre" le había pasado lo mismo. El mismo Escrivá, en distintas formas y momentos, habló de cuánto tiempo vivió “haciendo las cosas a contrapelo”. Que era algo propio de cualquier camino y, generalmente, era algo duradero y resistente. Pocas veces, en cambio, habló de consuelos. Y muchas veces le vimos sostenido, en diversas formas, para no caer en esas cosas de... “su falta de carácter”…

Con ello quería decir que lo normal era luchar, poner voluntad. Empeñarse incluso cuando no se quería no se podía o no se sentía, para cumplir los deberes vocacionales. Tal deber, áspero y exigente, demandaba que la voluntad, con la cabeza y el corazón, se doblegara hacia su cumplimiento, ya fuera este normativo o apostólico, impuesto o ficticiamente internalizado “libremente” como parte de la vocación.

Es cierto que no es ajena al ser humano la experiencia de hacer –o incluso de ser– lo que sea en una dirección contraria a los deseos del corazón, a los sueños de la razón, o a los sentimientos más sutiles. Sabemos que algunos fines últimos, u otros distantes, requieren a veces ese esfuerzo que, en ocasiones, se puede acabar aceptando o incluso amando. Las más de las veces simplemente se sobrellevan mejor o peor. En gran medida, el cristianismo va de eso, dicho sea, un tanto superficialmente: abnegación, sacrificio… imitación del camino del calvario. Pero también sabemos –y lo sabemos cada vez mejor– que ese doblegar el entendimiento y el sentimiento en nombre del deber o de una llamada externa no solo produce dolor, sino que, no pocas veces, conlleva una ruptura personal.

La psiquiatría ha mostrado cómo en el origen de muchas depresiones y de otras patologías, como diversas manías obsesivas, está precisamente ese forzar la voluntad contra lo que la cabeza o el corazón, o ambos, decían. Esa cuerda de resiliencia, que parece fuerte, que incluso puede haberse templado con la práctica tenaz, puede romperse. De hecho, se quiebra en muchas ocasiones. Basta, entonces, con un detalle mínimo –esa gota que colma el vaso– para que se quiebre todo. Así ha ocurrido a tantas personas cuando una aparente cosa trivial –que venía tras años de otras cosas no tan nimias, aceptadas a regañadientes, como sin creérselas– acabó convirtiéndose en el "hasta aquí hemos llegado", en el ¡ya basta!

No quiero ni pensar en cuántas patologías médicas de tipo físico, no en principio psicológico, tienen como causa traumas de este tipo: enfermedades de la piel, músculo- esqueléticas, enfermedades auto-inmunes con causa no expresada, afecciones respiratorias, úlceras y temas de biota intestinal, problemas de corazón... incluso cánceres... ¡Cuántas de ellas -dicen los buenos médicos- se evitarían o se sanarían con una consciencia equilibrada del ser y del hacer de cada persona! Y, por tanto, cuántas de esas afecciones que vi padecer a numerarios/as -como a otras personas, claro está- tienen como causa esas disonancias y desdoblamientos impuestos a la naturaleza propia. ¿De verdad es eso lo que quiere Dios de cada uno/a?

Otras veces esa perseverancia "resistida" deviene en manías y comportamientos de auto protección anormales, incluso patologías en forma de “vicios” que no serían tales, o no se producirían, si no se comprenden bajo la óptica de que son los inevitables aguaderos que una mente y/o un corazón enfermos necesitan para sobrevivir. El mismo cumplimiento exacerbado de las normas y el celo apostólico enloquecido, cuando no rígido e intransigente con uno/a mismo y con los demás, eran la prueba de ese escudo ordenancista que se vierte en esas formas obsesivas. Con un malsano ánimo correctivo hacia los demás o, también, ya con una desesperanza humana total. Así lo pude comprobar en no pocas ocasiones, con una moralidad escrupulosa basada en grados de cumplimiento puntillistas que no eran sino el puro escudo de una vida vaciada.

Muchos aspectos del ascetismo y del apostolado en el Opus Dei exigían caminar así: a contrapelo de deseos y realidades, propias y ajenas. Se imponía un esfuerzo ascético continuo, a menudo tedioso, y siempre disciplinado y exigente. Ese era el camino; el único camino. En él, los sentimientos no contaban, no entraban en la ecuación vital. Si acaso se valoraban los afectos solo era para fundirlos -cuando no despreciarlos- imponiendo a la propia mente y corazón una idea equivocada de sí misma… que también pasaba factura.

Las frases de Escrivá al respecto son tantas que citarlas resulta innecesario. El famoso “enamórate y no le dejarás”/“no le dejes y te enamorarás” del binomio Del Portillo-Echevarría es un magnífico resumen conclusivo de esa voluntad-pelagiana que pasa por encima del corazón, la cabeza y el cuerpo entero. Que muestra cómo la voluntad, expresada a través de un ese tramposo enlace verbal imperativo, envía del cerebro a todo el cuerpo un impulso hetero-impuesto sobre cómo comportarse. Ir a contrapelo era, así, un lema imprescindible. La ascesis consistía, sobre todo, en hacer lo que había que hacer, convirtiendo la naturaleza propia en algo dócil hasta hacerlo maleable, de modo que acabara haciendo todo sin rechistar (sin “chinchorrerías”).

Durante muchos años como numerario escuché incontables charlas de personas de dentro y de fuera. Casi todas con un denominador demasiado común: hacían su oración, cuando no todo el plan de vida, “a contrapelo”. No sentían nada. Esos tiempos eran, por tanto, de lucha contra el sueño, las notificaciones electrónicas, las diversiones ambientales, los recuerdos, la dispersión mental, el tedio y el cansancio. Escrutando racionalmente, no afectivamente, unos textos manidos que, pese al empeño, no les interpelaban más. Leyendo unas tediosas cartas del Padre que eran un pedaleo voluntarista… Agobiados por los libros recomendados, las predicas reiteradas que tan solo añadían ruido al necesario silencio interior que resulta ser la base de la oración.

Acababan, así con frecuencia, practicando una oración formalista, de oficio burocratizado o de mera petición mecánica, recorriendo temas sin afecto y sin efecto. Se entretenían, así, con otras cosas de índole intelectual o meramente volitiva, pasando tenazmente las horas en oratorios varios de los que acababan conociendo sus menores detalles. Cuando alguien buscaba ayuda, el consuelo emocional que se le ofrecía era escaso, casi inexistente. Encontré personas que decían no haber hecho nunca, o casi nunca, una oración sentida, contemplativa, afectiva, gozosa y mínimamente satisfactoria. Seguramente por agotamiento concluían, con dolor, que ya no sabían o no podían hacer oración.

Me cuento entre ellos. Aunque encontré, en momentos inesperados y lejos del formalismo oracional del Opus, cierto gozo, cierta sintonía con lo divino. Normalmente en circunstancias externas más o menos inesperadas que, por ser así, no eran las propias del camino (dejando a salvo los días de poder rezar ante el Belén).

No puedo ofrecer suficiente experiencia comparada. Pero hay otras formas de orar y meditar de otras tradiciones o contextos que ofrecen un consuelo y una vinculación con lo divino que no conocí entonces. He sentido mucho más, ahora, en otros espacios y con esas otras místicas y ascéticas, algunas de ellas recogidas y practicadas también en el cristianismo: en la naturaleza, en la contemplación silenciosa, en iglesias vacías, ante una divinidad –real o creída. Con otros alientos morales y ascéticos, físicos y espirituales. No los intuí, ni conocí, ni practiqué, ni vislumbre o recibí en varios decenios en el opus.

Siendo la oración el corazón de la vida interior, esto suponía convertir la caldera de la vida interior en una olla a presión. Ir a contrapelo en la oración era, así, causa y consecuencia, epitome y columna vertebral, de todo ese desvarío vocacional que refería.

Ese ir a contrapelo constante, justamente en lo que debía ser la base del cuidado vocacional, termina por destruir almas y cuerpos. Poco a poco, va sembrando el terreno para perder la esperanza y la fe, sosteniéndose solo una caridad formal, disciplinada, si acaso. Y eso lleva, inevitablemente, a rupturas más o menos profundas en toda la vida (como las descritas en Denominador común, numerador diversísimo).

De esto no se podía hablar, en la institución, abiertamente, porque se vivía como una realidad individual y colectiva oculta, vergonzante. ¿Cuántas crisis de vocación lejos de la acusación de "falta de vida interior" o nula capacidad de rezar tenían como causa la incompetencia institucional para crear, fomentar y fundar esa necesaria vida sobrenatural? ¿No ha sido, por tanto, esa debilidad la fórmula institucionalmente buscada -o, al menos, consentida- para crear, precisamente personas maleables y dependientes... en vez de conscientes (y por tanto que libremente habrían seguido su camino de cristianos en medio del mundo sin dependencias vocacional-institucionalizadas como la pertenencia al opus)?

No digo que no haya personas dentro que hayan alcanzado una experiencia mística, en algún grado. No las he visto ni escuchado, aunque he intuido que así ha sido en algún caso. Ahora me entristece encontrar aún a personas que, habiendo salido, o sin pertenecer ya formalmente, siguen recorriendo ese mismo camino pelagiano espiritual, esforzándose aún por hacerlo “a contrapelo”. Me nace decirles lo que nos compartimos quienes nos hemos alejado de aquel sendero hacia lugares más profundos: “Dejad esas cosas que achican el corazón…”


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