File:Coincidencias doctrinales sobre la vocación en Escrivá y Alfonso María de Ligorio.pdf

From Opus-Info
Jump to navigation Jump to search

Por Fendetestas, 11/02/2026

Tesis. El escrito documenta que la concepción de la vocación atribuida a José María Escrivá —entendida como llamada divina irrevocable, vinculada directamente a la salvación, que exige obediencia inmediata, secreto, ruptura con el entorno familiar, dirección estricta y perseverancia bajo amenaza de condenación— concuerda ampliamente con la doctrina sobre la vocación religiosa expuesta por san Alfonso María de Ligorio en el siglo XVIII, una doctrina hoy superada por la Iglesia tras el Concilio Vaticano II.


Mientras que las ideas sobre selección y proselitismo podrían tener antecedentes en los jesuitas, siendo las de José María Escrivá (JME) un desarrollo particular de ideas de san Ignacio de Loyola, las ideas de JME sobre la “vocación” concuerdan fácilmente con los escritos de Alfonso María de Ligorio, santo y doctor de la Iglesia.

Parece que Escrivá siguió, sobre todo en sus publicaciones para consumo interno, las enseñanzas de Ligorio expresadas en La vocación religiosa (obra publicada con diversos títulos y contenidos distintos, finalmente recopilados por sus seguidores), de mediados del siglo XVIII, que tenía en su biblioteca y citaba en el seminario.

Para Ligorio, la vocación es una llamada de Dios que es imperativo seguir para obtener la salvación y evitar la condenación eterna. Debe mantenerse en secreto y no comunicarse ni a los padres, ni a los amigos, ni a los parientes. Es irrenunciable. Desde los catorce años, con la pubertad, el llamado debe decidir por sí mismo, sin demora, sin consulta y sin mucha reflexión. Es una llamada de Dios desde toda la eternidad.

La vocación se conserva con la oración: una hora de meditación o, al menos, media hora en casa. Se rompen las relaciones con los parientes. Una vez adoptada, no cabe mirar atrás. Se debe descubrir la conciencia a los superiores. No se deben escribir cartas sin autorización de los superiores. El correo es leído por los superiores.

Quien abandone la vocación no solo se condena: será un desgraciado en esta vida y llevará una vida acibarada. Mejor es que pida a Dios su muerte antes que dejar su vocación. Se pondera la perseverancia y se concretan los requisitos para estar seguro de la propia vocación: acudir a la religión con buena fe, o tener algún estorbo que impida seguir la vocación —como falta de talento, mala salud o pobreza de los padres— y contar con la autorización de los superiores.

Ligorio refiere la vocación a una orden religiosa de estricta observancia (fundó los redentoristas). Da menos valor para la salvación al sacerdocio secular o a las órdenes relajadas. Admite la salvación de los laicos, pero con mayor dificultad. El estado de casado es solo un remedio para la concupiscencia. Cita a numerosos autores como refuerzo de autoridad de sus ideas.

Escrivá no cita a Ligorio, lo que es explicable teniendo en cuenta que la Obra de JME sería fruto de una iluminación divina, no de sus lecturas, y que Escrivá sostuvo que sus seguidores no eran religiosos.

Las ideas rigurosas de Ligorio sobre la vocación religiosa no son mantenidas por la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II.

Lo que sigue son transcripciones textuales de textos de Alfonso María de Ligorio, en la versión Kindle de su obra. Los pasajes seleccionados se han destacado con negrita añadida.

Seguir la vocación condición para la salvación. No seguirla lleva a la condenación.

Está fuera de duda que nuestra salvación eterna depende principalmente de la elección de estado. Por consiguiente, si queremos salvarnos, es necesario que, al tratar de elegir estado, sigamos las inspiraciones de Dios, porque solamente en aquel estado al que nos llama recibiremos los auxilios necesarios para alcanzar la salvación eterna.

A la vocación va unida la justificación, y de la justificación depende la glorificación, es decir, la gloria eterna. Quien trastorne este orden y rompa esta cadena de salvación, se perderá.

Por tanto, cuando el Señor llama a un alma a un estado de mayor perfección, si no quiere arriesgar su salvación eterna, debe obedecer, y obedecer sin demora. De lo contrario, se expone a oír las quejas y reproches que Jesucristo dirigió a aquel joven que, invitado a seguirle, respondió: «Yo te seguiré, Señor, pero déjame primero ir a despedirme de los de mi casa». A lo cual Jesús replicó: «Ninguno que, después de haber puesto la mano en el arado, vuelve los ojos atrás, es apto para el reino de los cielos».

Las luces que el Señor nos comunica son pasajeras y no permanentes; por eso nos aconseja santo Tomás que respondamos sin tardanza a los llamamientos divinos.

De los medios para conservar la vocación en el mundo

Del secreto. Padres, parientes y amigos. Desde los catorce años Ordinariamente hablando, debemos guardar secreto sobre nuestra vocación, de modo que nadie tenga conocimiento de ella, a excepción del director espiritual. De manera especial debe ocultarse la vocación a los parientes.

Es lícito que los hijos entren en religión sin licencia de sus padres, siempre que hayan superado los años de la pubertad. Dice así el décimo Concilio de Toledo:

«Los padres podrán negar su permiso a los hijos que desean hacerse religiosos hasta los catorce años; pasados los catorce años, podrán los hijos abrazar lícitamente el estado religioso, lo consientan o no los padres, ya sea por libre voluntad y elección de los hijos».

Algunos autores opinan que, cuando un hijo llamado por Dios al estado religioso puede fácilmente y sin obstáculo alguno obtener el consentimiento de sus padres, convendría que les pidiese su bendición y consentimiento. Este parecer, especulativamente hablando, podría sostenerse; pero en la práctica está ordinariamente rodeado de mil peligros. Conviene aclarar este punto para acabar con ciertos escándalos farisaicos. Es cierto que, en la elección de estado, no tenemos obligación de obedecer a los padres.

Cuando Dios llama a alguien a la vida religiosa, dice un autor grave, le exige que se olvide de sus padres, recordándole las palabras del salmista.

Por lo tanto, si es grave error pedir consejo a los padres para entrar en religión, mayor imprudencia sería pedir su consentimiento y esperar su licencia, porque esta petición no puede hacerse ordinariamente sin evidente peligro de perder la vocación, sobre todo cuando hay sospechas fundadas de que los padres pondrán obstáculos a tan noble determinación.

Por ello conviene también ocultar esta determinación a los amigos, los cuales no tendrán escrúpulo ni reparo, si no en aconsejar lo contrario, al menos en divulgar el secreto, llegando así los padres a conocer los designios que se meditan.

De la oración

En segundo lugar, hay que tener muy presente que la vocación religiosa solo se conserva con la oración; quien abandona la oración, ciertamente la perderá. Hay que rezar y rezar mucho. El alma que se siente llamada por Dios debe hacer por la mañana, al levantarse, una hora, o al menos media hora, de meditación en su propia casa; y si no puede hacerlo allí con sosiego, que la haga en la iglesia. Por la noche debe hacer otra media hora de oración mental.

Del recogimiento

En tercer lugar, es necesario guardar recogimiento, lo cual no se podrá conseguir sin evitar el trato y la conversación con el mundo. Una sola mónada basta para perder la vocación viviendo en el siglo. Bastará un día de diversión o recreo, la burla de un amigo, una pasión poco dominada, una afición desordenada, un temor vano o una tentación de desaliento: todo ello será suficiente para echar por tierra todas las resoluciones de consagrarse a Dios y retirarse.

De las comodidades de la vida

En estos casos es cuando se contrasta la virtud del religioso y cuando se ve si ama la pobreza con verdadero amor: cuando, viéndose privado incluso de las cosas necesarias —hábitos, vestidos, alimentos—, vive contento y no se turba. ¿Qué clase de pobreza sería aquella que no supiera privarse ni siquiera de lo necesario?

Desprendimiento de los parientes

Quien pretende entrar en religión debe, en segundo lugar, desprenderse y olvidarse de sus parientes. No podrá volver a la casa paterna sino en caso de enfermedad grave del padre o de la madre, o por otro motivo urgente y necesario, y siempre con licencia de los superiores.

Correspondencia

Debe saberse también que nadie puede escribir a sus parientes y amigos sin licencia del superior y sin que la correspondencia pase por sus manos.

Desprendimiento de la voluntad propia. Obediencia

Quien entra en religión debe renunciar totalmente a su propia voluntad, poniéndola en manos de la obediencia. Por tanto, quien quiera entrar en religión debe resolverse a despojarse por completo de su voluntad, de modo que solo quiera lo que le pida la obediencia.

Debe obedecer siempre ciegamente y sin detenerse a examinar lo que se le manda, ya que no es oficio suyo, sino del superior, examinar los asuntos y resolver las dudas.

Dirección espiritual. Descubrir la conciencia a los superiores

El segundo remedio, tan necesario y principal como el anterior para vencer en esta lucha, es descubrir al superior o al padre espiritual las tentaciones que lo asalten. Hay que convencerse de que las tentaciones más terribles que puede padecer un religioso son las contrarias a la vocación.

Morir antes que perder la vocación

El religioso debe pedir continuamente a Dios la gracia de morir antes que sufrir tamaña desgracia.

Perseverancia

La gracia de la vocación y la de la perseverancia en ella son dos gracias muy distintas. Muchos, después de haber recibido de Dios el insigne beneficio de la vocación, se han hecho indignos, por su culpa, de perseverar en ella.

Desde toda la eternidad

Él fue quien os eligió a vosotras y os eligió, como dice san Pablo, antes de la creación del mundo. Desde toda la eternidad se detuvo a miraros.

Desgracias de quien deja la vocación

Aun en el mundo, quien por su culpa ha perdido un gran bien o se ha causado voluntariamente un grave daño, experimenta tan gran pesadumbre que la vida se le hace insoportable.

No olvides que te expones a un gran peligro de condenarte si voluntariamente pierdes la vocación. Y tened por cierto que, en este mundo, llevaréis siempre una vida desgraciada, llena de inquietudes y continuamente acibarada por el remordimiento de haber abandonado a Dios para seguir vuestros antojos. Por esto os repito que pido a su divina Majestad que os envíe la muerte antes que permitir tan gran desgracia.

Del daño que la tibieza causa a los religiosos

Considera el estado miserable al que se ve reducido el religioso que, después de haber abandonado su patria, su familia y el mundo con todos sus placeres, y después de haberse entregado a Jesucristo consagrándole su libertad, su voluntad y todo cuanto tenía, se expone al peligro de condenarse por haber caído en una vida tibia y negligente.

Porque no está lejos de perderse el religioso tibio que había sido llamado a la casa de Dios para hacerse santo. El Señor amenaza a estas almas, si no se enmiendan, con vomitarlas de su boca y abandonarlas. «Y porque eres tibio — dice—, comenzaré a vomitarte de mi boca».

Dudas sobre la vocación. Condiciones de la vocación. Aceptación de los superiores

Para combatir esta tentación bastará saber cómo y cuándo puede uno estar seguro de su vocación. Una vocación bien fundada debe tener tres condiciones:

La primera, proponerse un buen fin, es decir, alejarse de los peligros del mundo, asegurar mejor la salvación del alma y unirse a Dios con un lazo de amor más estrecho.

La segunda, que no haya algún estorbo positivo que impida seguir la vocación, como falta de salud, de talento o pobreza de los padres. Una vez que el sujeto haya expuesto estas circunstancias a los superiores con sencillez y llaneza, debe permanecer tranquilo.

La tercera, que lo acepten los superiores. Ahora bien, concurriendo estas tres condiciones, el novicio debe tener por cierto que su vocación es verdadera.


Original

File history

Click on a date/time to view the file as it appeared at that time.

Date/TimeDimensionsUserComment
current16:36, 11 February 2026 (150 KB)Bruno (talk | contribs)Por Fendetestas, 11/02/2026 '''Tesis'''. El escrito documenta que la concepción de la vocación atribuida a José María Escrivá —entendida como llamada divina irrevocable, vinculada directamente a la salvación, que exige obediencia inmediata, secreto, ruptura con el entorno familiar, dirección estricta y perseverancia bajo amenaza de condenación— concuerda ampliamente con la doctrina sobre la vocación religiosa expuesta por san Alfonso María de Ligorio en el siglo XVIII, una doctrina h...