Programa de formación inicial (B-10), Roma, 1985/Apartado I 15

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APARTADO I Charla nº 15

Salve Regina (devoción a la Virgen)

Toda la Obra se goza rezando, al menos los sábados, la más popular de las oraciones a la Santísima Virgen, después del Ave María; la Salve. Su composición se remonta al siglo X. Es una ocasión estupenda de actualizar la comunión de los santos; de vivir cor unum et anima una con tantas generaciones de cristianos enamorados de la Madre de Dios, seguros de la protección de quien es Omnipotencia Suplicante.

La Virgen es Reina, y "el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la coronan como Emperatriz que es del Universo" (Santo Rosario, Coronación de la Virgen). "Si tú y yo hubiéramos tenido poder, la hubiéramos hecho también Reina y Señora de todo lo creado" (ibid.). Es Reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Apóstoles.; y de nuestro corazón. Pero Dios Nuestro Señor ha tenido la delicadeza de dejarnos la libertad de coronarla nosotros mismos en el corazón, con una voluntad de amoroso servicio, con tantas jaculatorias, miradas a sus imágenes, pequeñas mortificaciones, también con el rezo de la Salve, los sábados.

La Virgen es Reina no sólo de nombre, sino porque de verás rige con Cristo el Universo. Todo cuanto el Creador, Señor Nuestro, dispone para el bien de sus hijos, lleva el sello de María Santísima: mediadora de todas las gracias.

La mirada de nuestra Madre está llena de inmensa ternura, de inagotable misericordia: no le asustan nuestras miserias, mientras tengamos en ella nuestra confianza; las abrasa con el fuego de su amor, cuando la miramos tantas veces al día (cfr. en VIII-1974, Con la sonrisa de la Virgen).

Es Madre de Cristo, Vida nuestra. Madre de la vida sobrenatural, que ha de saltar hasta la eternidad, donde gozaremos en plenitud de lo que ahora sólo gozamos incoativamente, en medio de pequeñas cruces gementes et flentes- que, sin inventarlas ni exagerarlas, llevamos gustosamente in hac lacrimarum valle. Paladeamos ya la dulcedumbre del trato filial con la Virgen, vita, dulcedo, spes nostra.

La llamamos advocata nostra, nuestra Abogada; es Esposa del Paráclito (que significa Abogado). No sabe sino hablar cosas buenas de sus hijos.

"Esta oración culmina en la petición ‘muéstranos a Jesús. Es lo que María realiza constantemente, como queda plasmado en el gesto de tantas imágenes de la Virgen (...) Ella, con su Hijo en brazos, (...) nos lo muestra sin cesar como 'el camino, la verdad y la vida' (loh 14,6). A veces, con el Hijo muerto sobre sus rodillas, nos recuerda el valor infinito de la sangre del Cordero que ha sido derramada por nuestra salvación (cfr. 1 Pe 1,18 ss.; Eph 1,7). En otras ocasiones, su imagen al inclinarse hacia los hombres, acerca su Hijo a nosotros y nos hace sentir la

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cercanía de quien es revelación radical de la misericordia (...), manifestándose así. Ella misma, como Madre de la misericordia" (Juan Pablo II, Discurso en Zaragoza, 6-XI-1982).

Pobreza, desprendimiento

Cuando Dios decide venir al mundo, escoge libremente para su nacimiento, la indigencia total: una gruta, el calor de unos animales, un pobre pesebre, la luz de un candil y nada más. Permite la persecución de Heredes. La Sagrada Familia ha de abandonar su tierra; sin estar apegada a nada: ni pueblo, ni parientes, ni amigos, ni lengua... Nos quiere absolutamente disponibles: sólo Dios basta. Ya vendrá -cuando Dios quiera- el ciento por uno.

Vivimos una pobreza austera, pero natural, sin ostentaciones, adecuada al fin específico de nuestra vocación divina que ha de cumplirse en medio del mundo: "Tu, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará" (Mt 6,17-18).

Nuestro Padre nos ha enseñado que hemos de comportarnos como "padres (madres) de familia numerosa y pobre", y –entre otras- nos ha indicado como señales de verdadera pobreza:

No tener cosa alguna como propia. Todo es de Dios. Si vivimos unidos a Dios, en El lo tenemos todo. Los Numerarios y Agregados entregamos todo, incluso materialmente. Por ejemplo, los regalos que recibimos. Filioli, custodite vos a simulacris! (1 loh 5,21), guardaos de los ídolos, de esos ídolos que podrían ser los regalos o cualquier cosa material que usemos.

No tener cosa alguna superflua. No crearse necesidades. "Aquel tiene mas que necesita menos" (Camino, n. 630). Es preciso evitar que las costumbres del país, el elevado nivel de vida general o un determinado ambiente social, profesional, etc., sean pretexto para interpretar de un modo laxo el espíritu de pobreza que, desde el comienzo, se ha vivido siempre en la Obra. Para nosotros hay gastos y usos que -los pagara o no la Obra- siempre serían un lujo, o cosa superflua.

No quejarse cuando falta lo necesario. Filius autem hominis non habet, ubi caput reclinet (Mt.8,20) . Nos debe dar alegría, si el Señor permite una situación de extrema indigencia. En los comienzos "nos faltaba hasta lo necesario" (De nuestro Padre, Meditaciones III, n. 231).

Cuando se trate de elegir; lo más pobre, lo menos simpático. "No tienes espíritu de pobreza si, puestos a escoger de modo que la elección pase inadvertida, no escoges para ti lo peor" (Camino, n. 635). "No amas la pobreza si no amas lo que la pobreza lleva consigo" (Camino, n. 637).

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Consultar, para adquirir criterio. "Creo -decía nuestro Padre- que las medidas están bien tomadas para que se forme bien a los nuestros en la virtud de la pobreza. El Señor me ha puesto tanto cariño a vuestra santidad, que me ha dado este afán, que me ha llevado a escribir tantas cosas que hace imposible que los nuestros se descarrilen" (De nuestro Padre, cn X-1961, p. 12). En caso de duda, si no hay posibilidad de consultar, se actúa siempre con el criterio de un padre de familia numerosa y pobre.

Manifestación de nuestro espíritu de pobreza: para Numerarios y Agregados, la cuenta de gastos; para los Supernumerarios, la aportación mensual.