Cuadernos 8: En el camino del amor/Introducción

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INTRODUCCIÓN


Nuestra vida en la Obra es un largo viaje, que dura lo que nuestros años sobre la tierra. Un camino comenzado por amor, que del amor se alimenta, y que alcanzará su término -si somos fieles- en el Amor que no tiene fin.

Ser caminantes hacia Dios es la verdad más profunda de nuestro ser y de nuestra existencia. Verdad que cada uno de nosotros ha sellado con un compromiso de amor, al responder a la llamada divina -veni, sequere me! (1), ven y sígueme- con la entrega que hicimos a Dios en el Opus Dei. Desde entonces, sin haber cambiado nada exteriormente, todo ha adquirido nueva luz y armonía en nuestra alma. El trabajo profesional, los lazos de familia y de amistad, las relaciones sociales y profesionales, son para nosotros, por mandato imperativo de Cristo, modo y camino de santidad, realidades santificables y santificadoras, como tantas veces nos enseñó nuestro queridísimo Padre.

Pero un camino, y más cuando el trayecto es largo, transcurre por parajes muy diversos. Junto a paisajes risueños y llenos de colorido, hay otros áridos y pedregosos. No es raro que la ilusión de los primeros momentos disminuya con el transcurrir del tiempo, que el cansancio haga notar su peso, que jornadas de sol se alternen con otras de niebla, que el frío arrecie o la nieve lo cubra todo.

Algo análogo puede suceder en nuestra marcha hacia Dios y conviene que estemos prevenidos, porque es ley de vida del caminante. Lo peor que podría sucedernos en esos casos sería aflojar la marcha, o incluso detenernos, dejando de lado tanta gracia divina, tantas horas de sacrificio y de esfuerzo, de fidelidad y de alegría, cuando nos encontramos mucho más cerca de la meta que al comenzar el viaje.

Para ayudarnos a caminar con garbo hacia el Señor, sin reducir el paso en las etapas más difíciles que puedan presentarse, se recogen en este número de CUADERNOS artículos antiguos de nuestras publicaciones internas, embebidos del espíritu y de las palabras de nuestro santo Fundador. Con su heroica correspondencia a la Voluntad de Dios, ha abierto para nosotros y para tantas almas un sendero divino en medio de los afanes humanos, y lo ha recorrido fielmente hasta el final, dejándonos un ejemplo que alumbra con luces seguras nuestro caminar.

A su intercesión acudimos, para que sus hijas y sus hijos del Opus Dei, y tantas otras personas que se alimentan de su mismo espíritu, recorramos hasta el final esta senda que al Amor conduce, llevando con nosotros una multitud de almas.

Cor Mariae dulcissimum, iter serva tutum!


(1) Matth. XIX, 21.