Y si a José María no le quitaron la diabetes sino la insulina?

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El otro día Javo habló de algo que siempre me ha llamado la atención: la rara mala salud del raro Escrivá.

Ya con dos años sufrió y se curó de algo (gravísimo, todo siempre gravísimo) que siempre se ha presentado como un milagro, no como un mal diagnóstico. Algún día habría que hablar del médico desalmado que sin querer nos pintan, ése que pregunta y pregunta “¿A qué hora se ha muerto el niño?” para que el Abuelo conteste y conteste “No sólo no se ha muerto sino que se ha curado”…

En Burgos, durante la Guerra Civil Española, sufrió (parece ser) el bacilo de Koch aunque pasó, según Javier Echevarría, “de médico en médico, sin lograr saber de qué se trataba, pero al fin, providencialmente, desaparecieron los vómitos”.

El caso es que si repasamos la historia clínica del fundador del Opus Dei ® vemos que nunca tuvo buena salud ni suerte con los médicos, cosa que a veces es lo mismo. En eso fue digno de compasión. Incontables graves enfermedades patentes y otra, además, insidiosa (la diabetes mellitus) mantuvieron en un ay su existencia...

De la diabetes se cuenta que se curó milagrosamente (pues es incurable) el 27 de abril de 1954, a la hora de almorzar, en concreto, para ser exactos.

Pero recordemos, con las palabras del propio Del Portillo, único testigo del prodigioso suceso que aconteció en aquel movidito almuerzo (Césare Cavalleri: Entrevista a Álvaro del Portillo sobre el fundador del Opus Dei. 1993):

“Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Álvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo..., y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en una fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción”.

Pero de este happy end (tan bien escrito, por cierto) se pueden sacar tres conclusiones intrascendentes y una fundamental pues cuestiona el milagro al cuestionar al facultativo, al testigo, o a los dos.

Vamos con las intrascendentes:

1- Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Es decir, que Álvaro hacía de practicante de José María (hoy en día a los diabéticos se les enseña a ser autosuficientes).

2- Reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Es decir, que Álvaro modificó la dosis de insulina de motu proprio (ojo, que igual acertó, quién sabe...).

3- Le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar. Es decir, que Álvaro, ¡estando José María inconsciente!, le hizo tragar azúcar y agua (como custode de José María sería un crack, pero de primeros auxilios estaba pez).

Y, ahora, con la fundamental:

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta.

Es decir, Álvaro no dice que Faelli, “fue descubriendo”, “fue comprobando”, o “al tiempo pudo confirmar”... sino que descubrió. Quiero decir que el carácter perfectivo del tiempo verbal empleado y la ausencia deliberada de referencia a plazos temporales (no “descubrió a los dos meses”, sino descubrió, a secas) implica la inmediatez del diagnóstico de curación respecto al colapso. En cambio, Álvaro sí indica que Maruga tardó trece minutos en llegar, no diez, quince, o un ratito, ¡sino trece! Pues bien, cualquier diabetólogo o endocrinólogo, médico en general, diabético, familiar de diabético, o persona con dos dedos de frente sabe que de un problema metabólico de estas características no se podría decir, al instante, que estuviera superado, y no porque sea incurable, que no es poco argumento, sino porque haría falta un plazo razonable (¿dos, tres días, una semana, dos meses...? Siento no poder especificar, pero no hay protocolos para los milagros) para afirmar la recuperación de la normoglucemia. Quiero decir que no valdría con una medición (análisis de la glucosa en sangre), ni con dos, ni con tres... Hoy en día para confirmar la curación (siguiendo con el descabellado supuesto) harían curvas de glucosa, niveles de insulinemia o, al tiempo, analizarían la hemoglobina glucosilada (prueba de laboratorio que indica cómo se ha controlado el paciente en las últimas semanas/meses).

En la Italia de 1954 los recursos para el diagnóstico clínico definitivo de la diabetes no eran, naturalmente los de hoy en día, pero, desde luego por clínico que tuviese el ojo Faelli sentenciar la curación al instante no podría haberlo hecho ni entonces ni ahora, por mucho que lo dijese, en 1993, el único testigo presencial de aquel colapso, Álvaro del Portillo.

Estas objeciones son tan evidentes que, en 1997, cuatro años después, Andrés Vázquez de Prada en su El fundador del Opus Dei, perfecciona la versión del único testigo para decir lo que Del Portillo no dijo: “La situación (escribe De Prada), desde entonces, se normalizó en poco tiempo, hasta la completa desaparición –el mismo año 1954- de los trastornos metabólicos característicos de la diabetes y, por consiguiente, la supresión total del tratamiento insulínico” (págs. 245-246). Lástima que el esfuerzo del hagiógrafo se agote en la urgencia de hacernos ver el carácter milagroso de lo que, en realidad, debió ser, simplemente, un lío de diagnóstico y otro lío de tratamiento. Lástima que no nos aclare si durante ese plazo (en ese “poco tiempo” del que nos habla) Escrivá dejó la insulina retardada; si volvió a la anterior; si le aumentaron o redujeron la dosis… Nada.

Los datos sustanciales nos los escamotean, en cambio son prolijos en los detalles anecdóticos hasta extremos graciosos y fantásticos. Es el caso del tornasolado colapso del santo-Bala. Veamos.

Dice Álvaro: “Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido”. (Césare Cavalleri: Entrevista a Álvaro del Portillo sobre el fundador del Opus Dei. 1993).

Dice Andrés que dice Álvaro: “Recuerdo que primero tomó como un color rojo púrpura, y después se quedó amarillo térreo. El cuerpo, como muy pequeño”. (Andrés Vázquez de Prada: El fundador del Opus Dei. 1997). Vemos aquí que Prada eleva el rojo encendido (que connota impropios estados pasionales) a púrpura (que recuerda dignidades cardenalicias que, aunque codiciadas, nunca llegaron y resulta, qué caramba, más biensonante).

Dice Pilar que decía Andrés de lo que dijo Álvaro: “Después de enrojecer y amoratarse, su rostro ha ido tomando un color terroso y cerúleo; todo el cuerpo se le ha contraído y, extrañamente, ha menguado de tamaño”. (Pilar Urbano: El hombre de Villa Tevere. 2004). Vemos ahora que Pilar descarta el púrpura prefiriendo su descomposición (rojo violado). En cambio, incorpora con generosa creatividad piadosa el cerúleo. Cerúleo… Es guay: cerúleo. Respecto al tamaño, Pilar pasa de adverbios de modo para afirmar, sin comos que estorben, que “extrañamente, ha menguado de tamaño”. ¿Extrañamente? ¡Y tan extrañamente, como que suena a que Del Portillo pudo dudar entre reanimar a Escrivá o hacerse un llavero con él!

En fin, de estos coloridos relatos, de esta jibarización camaleónica, yo saco una conclusión: a Escrivá se le puso mala cara. De acuerdo. Se puso pálido, se le rompió el color. Pero de ahí a ponerse azul y pequeñito… Es que apuran demasiado. Se pasan.

Pequeño y azul… o acaso en eso también Escrivá se adelantó a los tiempos ya que hasta cuatro años más (1958) tardaría Pierre Culliford, "Peyo", en presentar las aventuras de sus exitosos personajes en "La flauta de seis pitufos" (La flûte à six schtroumpfsno).

Pero volvamos a lo sustancial. Es imposible creer que Escrivá se curase de la diabetes si atendemos, precisamente a las propias palabras de otro testigo de excepción, el otro custode de José María, Javier Echevarría (Salvador Bernal: Entrevista a Javier Echevarría sobre el beato Josemaría Escrivá. 2002).

Aquí, el actual prelado del Opus Dei ® y el periodista se enzarzan en una apologética descripción del santo-Bala tan al unísono que resulta difícil saber cuando habla uno y cuando el otro. El caso, Javo, es que entresaco algunos párrafos para evidenciar la conclusión.

“A partir de entonces [dice el Prelado], dejó de tener las fortísimas cefaleas de años anteriores, pero comenzó a sufrir otro tipo de dolores de cabeza. (…). Nadie advertía esas grandes jaquecas, por su comportamiento lleno de actividad (…)”. Es decir, que tras la milagrosa curación “dejó de tener las fortísimas cefaleas de años anteriores” para pasar a tener “grandes jaquecas” (?).

“También [dice el Prelado] a partir de los años 1969-1970, como secuela de la diabetes, se manifestó una gran pérdida de calcio”.

“Como es sabido [dice el periodista], los diabéticos suelen padecer también dolencias en la boca.

Efectivamente [añade el Prelado], perdió toda la dentadura, salvo dos raíces, un colmillo, y una muela en el maxilar inferior derecho”.

“Por los regímenes de medicación y de comida señalados por los médicos [dice el Prelado], perdía peso de manera ostensible”. (Adelgazar de esa forma también es uno de los síntomas claros de diabetes).

“En los años 1970 y 1971 comenzaron a formarse unas fuertes cataratas. Perdió la visión casi de un día para otro [dice el prelado del Opus Dei ®]”. (La formación de cataratas es una consecuencia habitual del envejecimiento, pero se desarrollan antes y progresa más rápidamente en los sujetos con diabetes mal controlada).

“También por esos años [dice el periodista], comenzó a advertirse que la diabetes había causado una insuficiencia renal, con los consiguientes riesgos cardíacos y respiratorios”.

“A causa de la insuficiencia renal y cardíaca [habla el Prelado], durante largas temporadas a partir de 1969, padecía asimismo unos derrames sinoviales en los codos y en las rodillas”.

“En la noche del 1 al 2 de enero de 1975, tuvo un encharcamiento de los pulmones, pues la enfermedad renal le produjo una insuficiencia cardiaca [dice el Prelado]”.

Yo creo, Javo, (no sé, tú eres médico diabetólogo) que al retirarle a José María la insulina le libraron de las hipoglucemias (lo del shock anafiláctico bien podría ser una severa hipoglucemia sufrida por un sujeto histérico) pero quedaría expuesto a una hiperglucemia casi permanente que moderaría con dieta y su, a modo de ejercicio, agitada vida pero, los valores elevados de azúcar en sangre debieron cobrar cuerpo en su cuerpo en forma de las complicaciones de salud que describe el actual Prelado.

Porque, ¿alguien en su juicio podría argumentar que, en realidad, José María no se mantuvo diabético y que sus complicaciones de salud fueron secuelas de su década como diabético? Pero, entonces, ¡¿Dios para qué le curó?!

Es una tontería pensar que Dios quisiera curarle de la diabetes a cambio de un reuma gravísimo, derrames sinoviales gravísimos, descalcificación gravísima, infecciones varias gravísimas, cataratas gravísimas, dipoplía gravísima, insuficiencias renales, cardíacas y respiratorias gravísimas... Porque, ya lo dije antes, todo en él fue, según nos dicen, gravísimo.

Resulta estúpido creer que Dios le librase de la incurable diabetes pero NO de las consecuencias de padecer la incurable diabetes. Y es que casi todas las enfermedades anteriores, y otras que para no hacer más triste y aburrido este escrito me saltaré, se pueden derivar o agravar debido a la diabetes. Es decir, que lo más probable es que José María mantuviese, después de la milagrosa curación, su glucemia anormalmente alta. Por tanto, lo más probable es que Faelli (recordemos que eran otros tiempos) desaconsejara que se le siguiera poniendo insulina al ver que la hormona entraba y salía de su cuerpo sin fijarse en él sino de forma contraproducente.

Era otra época, eso es verdad. Cuando le diagnosticaron a José María la diabetes mellitus la insulina porcina o bovina apenas llevaba 20 años aplicándose a los pacientes; las teorías dietéticas para los diabéticos eran de lo más variadas, incluso contradictorias; aunque ya Súsruta (600 a. C.) describió la diabetes mellitus diferenciando la que se daba en los jóvenes y resultaba mortal de la que aparecía en personas de mayor edad, en 1944 faltaban 53 años para que se aceptara la clasificación del Expert Committee on the Diagnosis and Classification of Diabetes Mellitus. Es decir, Javo, como tú dices, José María debió padecer una diabetes mellitus tipo 2 (cuando debutó tenía 42 años, estaba talludito, vamos).

En fin, Javo, con tu pregunta y rastreo quizá acabas de establecer una especialidad médica nueva que podríamos llamarla arqueología clínica, tan próxima a la forense. Y ellos, con sus historietas explicativas, un nuevo género literario: la anticiencia ficción, tan útil para la propaganda.