Vamos a la playa?

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Por Mafalda, 23.06.2008


Esta mañana estuve en el mar.

Observaba el paisaje que rodeaba la cala donde me estaba bañando con nostalgia temprana. Dentro de unos meses edificarán y será imposible disfrutar de la maravilla que ahora mismo ofrece el paisaje virgen.

Disfrutando de eso me vino a la cabeza la primera vez que fui a la playa después de dejar el Opus Dei. Me metí en el agua y a medida que se iba mojando mi cuerpo, iba sintiendo la libertad y el disfrutar sin miedo a que acto seguido o al cabo de unas horas, me dijeran en corrección fraterna que está mal lo que estaba haciendo. Aquel primer baño para mi fue como un bautizo de libertad. Recuerdo que la felicidad no me dejaba parar de reir. Intentaba alejarme de los bañistas que transitaban aquella playa por miedo a que pensasen que estaba loca. Me salían gritos de felicidad, de libertad. Siempre me he sentido atraída por el mar. Nací en una isla, quizá por eso...

Recordé también una excursión que hicimos en un curso anual cinco numerarias. Para esa excursión se habían alquilado varios coches y a nosotras nos tocó uno. Las cinco que llenamos el coche decidimos recorrer la costa de Alicante, pues el curso anual lo hacíamos allí. La idea era ir “ a la aventura”, ninguna conocíamos bien el terreno y eso era fantástico. Cogimos la carretera que iba por la costa, y según veíamos una cala virgen (con poca gente por aquello de que las numerarias no puede bañarse en playas con gente por miedo a ....aaaaaa) parábamos el coche y nos dábamos un chapuzón.

Así hicimos hasta que llegamos a Alfaz del Pi. Allí el color del agua aquél día era como del Caribe. El sol estaba ni muy alto ni muy bajo, la brisa hacía que no hiciera ni mucho ni poco calor. ¿Dónde estaba el problema?, pues que en la playa había mucha gente. Por tanto (que dentro del Opus Dei tiene su lógica) había más posibilidades de “peligrrrrro”. Ninguna de las que estábamos allí entendía dónde podía haber peligro pero igualmente todas las que estábamos allí queríamos vivir el espíritu, pues por aquél mismo espíritu dormíamos en tabla, no íbamos al cine, no celebrábamos la Navidad con nuestra familia, etc. etc. y etc.

Mientras disfrutábamos de la visión del mar, hubo un momento de duda y una dijo algo así como...

- pues esta no es como las otras calas donde hemos estado, en esta hay más gente...
- ¿ves aquella gente que va en esas lanchas con pedales? ¿qué divertido debe ser, no creen? y si preguntamos sólo por curiosidad el precio, a ver si nos da con lo que tenemos.
- Sí, pero para preguntar el precio habrá que meterse en la playa ....
- Sí es verdad...
- Ah, pero si entramos por aquella parte, ¿ves?, sólo recorremos unos metros, y eso es como no haber estado, no pasamos entre la gente.
- Yo no lo veo mal...
- Yo tampoco....
- ...yo si que creo ...eeeeh yo creo que...
- vamos!!

El precio de la lancha de pedales no estaba mal, para alquilar sólo una, pero sólo podían ir tres personas. Antes de que diera tiempo a tomar la decisión, la que había preguntado le había dicho que sí al encargado y ya le estaba pagando. Algunas se quedaron con cara disconforme por la rapidez pero...

- Mirad, somos cinco y la lancha solo es para tres. Hacemos una cosa. Salimos tres montadas y las otras dos van nadando desde la orilla y se montan ya cuanto estemos un poco alejadas de la costa.
- Pero... es que tenemos que meternos en la playa y eso no podemos “nosotras”.
- No te preocupes. Por estar tres minutos en la playa, que es lo que vamos a tardar, eso no se puede considerar “estar en la playa”. Así que no tienes ni que decirlo en la charla (entiéndase charla por dirección espiritual con la directora espiritual asignada).

Pues allá que se fueron nuestras cinco protagonistas hacia el mar. No podían parar de reír, se ahogaban las que iban nadando y se tenían que coger a la lancha de tanta risa. Se alejaron de “ la gente” por aquello de no poder estar “en la playa con gente”. Desde alta mar (más o menos, jeje) nuestras chicas se tiraban de cabezas, en bomba, haciendo mil piruetas desde aquella maravillosa lancha. Los bocatas iban bien envueltos en plástico y a la hora de la comida hubo un almuerzo tutiplén en alta mar.

Cuando llegó la hora de devolver la lancha, volvieron unas nadando y otras pedaleando. Lo importante era no estar en la arena de la playa medio microsegundo para que ninguna se sintiera violentada en su conciencia por aquello de no estar obedeciendo el mandando de “no ir a la playa”.

De vuelta al lugar del curso anual no parábamos de cantar, bromear, mmm disfrutar.

Pasó una semana y volvía a tocar excursión semanal. Las mismas cinco protagonistas querían repetir en un coche para hacer otra aventura, hacía un día de calor brutal. Pero aquél día, aquella mañana, por alguna razón que muchos de los lectores de esta web conocen, los dioses particulares del Opus Dei necesitaban descargar su ira contra aquel disfrute que habían sentido aquellas cinco chicas. Se les prohibió ese día que coincidieran en un mismo coche las cinco. Esta vez no se podían hacer planes aislados, sino que todos los coches (menos alguno en el que iban algunas del consejo local) tenían que ir a subir una montaña, en la zona interior de Alicante.

Entre pitos y flautas (entiéndase misa, oración, desayuno en familia, limpieza habitaciones-baños-oratorio-comedor, lectura y visita delante del Sagrario por si luego la excursión se alargaba y siempre había que dejar el mínimo de normas para el final del día) nuestras chicas salieron a eso de las 12.30. Cuando llegaron a la base de la montaña que había que subir eran las 13.45 de un día de agosto.

Recuerdo una adscrita que se había apuntado ese día, porque le habían contado que la semana anterior nos lo habíamos pasado muy bien con los pedales, y ella se vino pensando que haríamos un plan parecido. Yo también lo pensaba hasta esa mañana. Cuando nos acercábamos a los coches nos dieron las indicaciones de no coincidir las cinco y de ir todos los coches a la montaña. La adscrita no hacía más que preguntarme que cómo no cogíamos entre unas cuantas un coche y nos íbamos a otro lado, al mar, que hacía mucho calor y nos podía dar una insolación.

La cinco fantásticas la mirábamos, nos mirábamos, y sin saber qué responderle y cómo explicarle la situación (que para nosotras no era necesario que nos explicasen con palabras) le decíamos, “pero ya verás cuando llegues arriba la satisfacción de haberlo conseguido”. Se podrán imaginar la cara que nos ponía la adscrita y la vergüenza que nos corroía por dentro.

De todo eso me acordé y volvía a reírme con los peces, hoy, mientras me pegaba un chapuzón en aquel mar transparente. Volviendo a disfrutar del mar como si fuese la primera vez que lo descubría. Eso de bueno tiene la cosa, que una vez fuera, estrenas la felicidad como si fueses una cría.



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