La conciencia después de la Obra/El lugar en la Iglesia

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El lugar en la Iglesia

Una vez abandonada la Obra, el tema es cómo sigue la relación con la Iglesia. Pues el paso por la Obra no fue simplemente una mala noche en una mala posada para luego despertar de la pesadilla sin más efectos: dejó consecuencias y en muchos casos afectó directamente a la fe y a la salud espiritual de las personas.

No pocos esperan aún la asistencia de la Iglesia, como una intervención directa del Vaticano, porque la Obra dependen sólo de él y ni un obispo ni un párroco pueden hacer nada al respecto, salvo cumplir sus funciones ordinarias.

Sin duda, los obispos podrían impedir el establecimiento de la Obra en sus diócesis, responsabilidad de la que no están exentos. Pero no pueden hacer nada con respecto a la Obra misma.

No sería mala idea ayudarles a tomar conciencia de lo que están permitiendo que suceda en sus diócesis. Pero si el Vaticano no sólo no dice nada sino que alienta el trabajo que hace la Obra, difícilmente un obispo disponga algo en contrario.




Para algunos, su lugar en la Iglesia ya ha sido solucionado, se han reacomodado. Para otros, en cambio, sigue siendo un problema. Especialmente porque no creo que la Iglesia vaya a legislar ningún tipo de excepción para quienes se encuentran en una situación irregular.

Otros creen que ya no tienen lugar en la Iglesia o que la Iglesia no tiene ya sentido en sus vidas.

¿Por qué se puede perder la fe? Porque se la invirtió entera –del todo y para siempre, usando el lenguaje institucional- en la Obra –porque tenía el respaldo de la Iglesia- y la Obra resultó ser como el vaciamiento de un banco cuando sus gerentes se llevan los depósitos y no dejan nada.

La Obra usó la firma del Evangelio («y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna» Mt 9,29) para emitir promesas sin fondos, que eran un verdadero engaño. Esto, particularmente desde el punto de vista de la fe, es dramático.

Para hablar de engaño y estafa hay que tener pruebas de que intencionalmente fue así y no un simple error o una convicción honesta aunque equivocada.
Una de las formas de poner seriamente en duda la posibilidad de error es la sistematización daño y la falta de rectificación durante largo tiempo. Especialmente la honestidad se ve comprometida cuando han existido advertencias reiteradas y no han sido tenidas en cuenta, ya sea por obsecuencia o por conveniencia.
La otra prueba se relaciona con cuán central es al sistema el supuesto error. Es decir, quién se beneficia con el daño supuestamente no querido. Si es esencial a la supervivencia del sistema, estamos frente a un claro conflicto de intereses, entre el sistema y la vida de las personas que alimentan al sistema. Si la Obra se diera a conocer tal cual es, muy pocos depositarían su confianza en ella. Pero para crecer institucionalmente como lo ha hecho, no quedaba otra que dar una impresión muy diferente a la que en realidad tiene. Muy probablemente también por ello Escrivá hablaba de la necesidad de la psicología del anuncio: fabricarse una imagen que venda, que de la desilusión ya se encarga la realidad. En el medio, quedan las ganancias para la Obra, de todo tipo.
Por último, la planificación. Una cosa es un error inconsciente o imprevisto. En un sistema tan planificado como el de la Obra, difícilmente se pueda explicar la extensa “cadena de errores” (que forman las personas damnificadas por la Obra) a lo largo de su vida institucional como imprevistos.

Hay personas que se recupera de semejante estafa y hay otras que no lo consiguen. No veo de qué manera el Vaticano pueda permanecer en silencio durante mucho tiempo más sin caer en una grave complicidad.

Es un desafío para la misma Iglesia encontrar la forma de desandar los desarreglos y daños provocados por la prelatura Opus Dei. Es responsabilidad directa de la Santa Sede, quien promovió e impulsó el funcionamiento de esa prelatura.

La Obra es responsable del punto de partida desde donde una persona reinicia su vida. Por eso pienso que no corresponde –como algunos creen- responder a estas situaciones con un discurso implícitamente condenatorio diciendo que la única posibilidad es “esperar en la misericordia de Dios” para aquellos casos que viven en la irregularidad, como quien da a entender que están condenados a menos que Dios lo impida.

Es todo lo contrario: para esa situación de necesidad de perdón habría que pensar, en primer lugar, en la Obra y en quienes han permitido y consentido su actuación, de efectos irreparables en muchos casos.


Ya se ha mencionado que en muchos casos, este tipo de problemas no se presenta porque se ha resuelto sin gran traumatismo la salida de la Obra. El tema son los otros casos, que no son pocos.

Me interesa encontrar respuestas a interrogantes vitales que son inéditos en muchos casos, pues la debacle de la Obra no la encuentro semejante a ningún otra institución.

No se trata de, por ejemplo, una congregación religiosa que no trató bien a uno de sus miembros y lo expulsó.

La Obra es una institución que lleva el fraude en sus entrañas (desde la vocación divina que inventan los directores hasta el carácter secular de la vida de sus miembros célibes (cfr. artículo de Haenobarbo) y la confusa pertenencia de los laicos a la prelatura). Este es el peor de los descubrimientos, porque no veo de qué forma pueda tener arreglo.

Después de haber intentado durante muchos años buscar la mejora personal (la santidad) es tremendamente desconcertante y a su vez un gran problema para la propia conciencia, encontrarse en una situación anómala, es decir, considerada como una infracción según los parámetros de la vida pasada (como miembro de la Obra).

En muchos casos, lo que uno ha vivido en la vida pasada ha sido un modelo de perfección que no incluía las complejidades de la vida corriente, y menos aún, las complejidades que resultan a partir de la ruptura con la Obra y el descubrimiento de sus anormalidades.

Lo paradójico es que en la irregularidad muchas veces uno se siente más normal que en la atmósfera de perfección presentada por la Obra.