El otro fraude vocacional del Opus Dei

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Por E.B.E., 9 de septiembre de 2022

«en tanto avanzarás en cuanto te hagas violencia a ti mismo» (De Spiritu, nro. 14)
«un camino seguro que se va abriendo con la suave violencia de las obras de Dios» (Escrivá, citado en Experiencias de las labores apostólicas 6-X-2003, anexo 3)


El fraude vocacional más conocido, llevado a cabo por el Opus Dei, es el de imponer una vocación propia de religiosos a cristianos corrientes que jamás pensaron en ser religiosos. Se les prometió que jamás lo serían y no solo eso, sino que además se les hacía prometer que ellos ingresarían al Opus Dei bajo esa condición.

Pero además hay otro fraude, también vocacional, que posiblemente pueda pasar más inadvertido que aquél y es el de imponer un régimen de vida militar a quienes jamás tuvieron vocación para la milicia. No se trata aquí de una metáfora sino de un verdadero régimen de vida y sobre todo imponer un código de conducta propio de la vida militar.

Posiblemente sea uno de los orígenes de la violencia que el Opus Dei ha venido ejerciendo sobre las conciencias desde tiempos fundacionales, para forzar unas conductas y reprimir otras, en vistas a la misión que Escrivá les iba a asignar...

«Dóciles, como el barro en la mano del alfarero hemos de ponernos en las manos de los Directores para que nos moldeen…» (Meditaciones I, pág. 338)

A uno lo preparaban para dejarse abusar, para otorgarle permiso a los directores a que ejercieran violencia sobre nuestra propia conciencia, que es otra forma de hacernos violencia a nosotros mismos.

Se os dijo…

El planteo vocacional original era el de una entrega a Dios, haciéndose santos con el propio trabajo profesional, dando testimonio cristiano en medio del mundo:

«Antes de admitiros en la Obra, también por razón de justicia, a cada uno de vosotros se os explicó bien —para que vuestra decisión fuera consciente y libre— que no ibais a ser religiosos ni personas equiparadas a los religiosos. Se os dijo que conservaríais en todo vuestra íntegra personalidad y vuestra condición de laicos corrientes...» Escrivá, “Carta”, 25-V-1962, n. 33
«¿Cómo podría yo ahora cometer la iniquidad de obligaros a seguir una vocación diversa? No, no podría exigiros eso de ninguna forma, y ni siquiera podría pediros —recurriendo a argumentos poco leales, que violenten la libertad de vuestras conciencias— que renovéis vuestro compromiso con la Obra, abrazando una vocación que no es la que hemos recibido de Dios.» Escrivá, “Carta”, 25-V-1962, n. 34

Eso es lo que Escrivá decía en 1962, hablando de respeto a las libertades y en contra de todo tipo de violencia hacia las conciencias.

Sin embargo, ya desde 1931 venía anunciando qué tipo de régimen impondría finalmente dentro de su organización. Curioso que lo revelara en documentos secretos, ya sea en sus Apuntes íntimos como en un Reglamento de 1941 que permaneció secreto hasta que Opuslibros lo hizo público en 2011.

Pero ya desde 1931 se os ordenó…

Contrariamente a lo prometido y sin que uno supiera bien cómo, al ingresar al Opus Dei se terminaba alistado en un ejército, donde se exigía sacrificio, obediencia y heroísmo. El cristiano corriente, que uno esperaba seguir siendo, quedaba en los muros exteriores del cuartel.

«la Obra de Dios será un ejército admirablemente disciplinado» (“Apuntes íntimos”, n. 42, 1931, citado por Fuenmayor, A. y otros, en El Iter jurídico.)
«La Obra [tiene] toda la eficacia combativa de la más severa disciplina militar» (Reglamentos de la Pía Unión”, 1941, ap. V, nro. 20)

Los aspectos doctrinales más extremistas de Escrivá posiblemente se entiendan mejor a la luz de la matriz militar que impuso en su organización: absoluto sacrificio en orden a "sacar la Obra adelante" (dentro de este planteo entra el "ejército de numerarias auxiliares" destinado a trabajar a destajo, sin descanso, como quien vive en un estado de excepción continuo y se le exige el sacrificio heroico de hacerlo sin cobrar sueldo, entregando cuerpo y alma a la tarea de mantener el Opus Dei en funcionamiento, limpiando, cocinando y manteniendo todo reluciente).

Como en un estado de guerra, existía la ley marcial para los desertores: Escrivá decretaba que" fuera de la barca" del Opus Dei, estaba la muerte, y que para conservar la vida había que someterse completamente a sus órdenes, rendir el juicio hasta hacerse holocausto. Incluso aconsejaba pedir a Dios la muerte antes que desertar (cfr.“Meditaciones”, V, pág. 404).

El secretismo y la clandestinidad eran otras características que Escrivá le dio a su organización, el uso del camuflaje, de la falta de transparencia, como necesaria para sobrevivir a los ataques y las persecuciones. Sin saber bien cómo, la vocación al Opus Dei suponía un estado de persecución que no se entendía bien por qué ni de dónde venían los ataques. Había enemigos por diversas partes.

Pero a diferencia de un ejército de cualquier nación, en el de Escrivá no existía la jubilación ni el retiro, solo la baja deshonrosa, pues se trataba de una guerra que no acabaría nunca. De ahí que los que se marcharan fueran estigmatizados como traidores, al igual que en un ejército en plena guerra.

Tampoco reconocía el sacrificio de quienes se marchaban, a diferencia de lo que sucede en un ejército regular, que compensa a quienes deciden retirarse. Este desagradecimiento, esta actitud miserable del Opus Dei ha sido uno de los elementos que ha causado -y aún causa- gran indignación entre quienes lo dejaron todo para ponerse a su servicio, sacrificándolo todo.

Escrivá necesitó imprimir disciplina militar en su organización para hacer posible el Opus Dei en poco tiempo, para su expansión (como campañas militares) para que él pudiera ver en vida resultados palpables: necesitó disciplina, sacrificio y obediencia indiscutida.

Sin que mediara consulta, fuimos usados para una misión que requería disciplina militar. Para ello, Escrivá usó, como excusa, la entrega total a Dios de cada uno, y la utilizó para imponernos un orden marcial. Resistir el régimen de disciplina militar era oponerse a la Voluntad Divina. Una verdadera extorsión moral.

Ese disciplinamiento implicó violentar a todos, especialmente a aquellos que no tenían vocación militar, del mismo modo que se violentaba a quienes se les imponía celibato no teniendo vocación para ello (sin embargo, quienes fueron a liceos militares usualmente se sintieron a gusto en el Opus Dei y muchas veces llegaron a ocupar cargos de dirección, incluso en el Consejo General).

No sólo se trató de un régimen de disciplina militar sino también de un viaje en el tiempo y cambio de lugar hacia un mundo casi apocalíptico (por el tono dramático que Escrivá le daba a sus palabras).

Amigos en tiempos de guerra

Repentinamente nos encontramos en medio de un ambiente de guerra, siendo soldados, con nuestro fusil en mano y nuestra vida anterior esfumada (a pesar de que nos habían prometido lo contrario).

«Con el corazón, también le diste a Jesús tu libertad, y tu fin personal ha pasado a ser algo muy secundario» (Escrivá, citado en Meditaciones IV, nro. 330).

En tiempos de guerra sólo es posible el honor o la deshonra: no hay términos medios.

«si quieres tener vida, y vida eterna, y honor eterno; si quieres la felicidad eterna, no puedes salir de la barca, y debes prescindir en muchos casos de tu fin personal. Yo no tengo otro fin que el corporativo: la obediencia» (Escrivá, citado en Meditaciones IV, nro. 330).

En una guerra todo es ganar o perder, útil o inútil. No existe la neutralidad, el desinterés, todo se hace de manera interesada, buscando utilidad, buscando un rédito, con la obsesión de la eficacia, en vistas a la victoria. En definitiva, con la idea de ganar.

En guerra se actúa sin revelar los verdaderos intereses, nunca, de forma tal que quien esté delante no sepa de los planes proselitistas, salvo que sea uno de los nuestros. Y aun así, no habían existir las confidencias entre nosotros, sino sólo con la línea de mando, los directores. Por razones de eficacia, de combate, la dirección espiritual debía someterse al gobierno, del mismo modo que cada uno debía hacer violencia a sí mismo para incorporar la disciplina militar.

En tiempos de batallas, el apostolado era fundamentalmente proselitismo (como el francotirador, que sólo dispara apuntando): el reclutamiento era esencial en medio de la guerra y la compulsión a que nuestros amigos formaran parte del ejército, una necesidad imperiosa.

«el apostolado personal se dirige en primer lugar a encajar a nuestros amigos lo antes posible en la obra de San Rafael o en la de San Gabriel; porque sabemos, además, que es el medio más seguro para que el Señor les dé la gracia de la vocación» (Cuadernos 3: Vivir en Cristo, 7. El fin de la vocación)
«El que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince. En la guerra como en la guerra» (Escrivá, A solas con Dios, nro. 266).

Esta es la razón fundamental por la cual uno se quedaba sin amigos, usualmente: si no se sumaban a «esta guerra de amor y paz» entonces no interesaban y además, en medio de la batalla, no teníamos tiempo que perder. Menos aún existía el tiempo libre.

«Como soldados de Cristo, hay que pelear las batallas de Dios. In hoc pulcherrimo caritatis bello! No hay más remedio que tomarse con empeño esta hermosísima guerra de amor, si de verdad queremos conseguir la paz interior, y la serenidad de Dios para la Iglesia y para las almas» (Escrivá, meditación Tiempos de reparar, 1972, citado en Meditaciones II, nro. 120)

En guerra, siempre habría persecuciones. Toda crítica provendría del enemigo. Sólo era posible la fidelidad o la traición.

«Hay otros que causan aún más pena: unos pocos que volvieron la cara atrás después de haber puesto la mano en el arado y han caído en la ceguera. También sucedió entre los primeros cristianos, como se advierte en las palabras de San Juan cuando habla de aquellos que de los nuestros proceden, pero que no eran de los nuestros, porque si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido con nosotros» (Del Portillo, Carta 19-III-1992, nro. 49).

En realidad no fueron unos pocos, pero en tiempos de guerra lo primero que desaparece es la verdad: está permitido engañar e incluso se debe ocultar la verdad, por ejemplo:

«…cuando el que pregunta no tiene derecho alguno a conocer la verdad y, en casos extremos, actúa como injusto agresor, perdiendo incluso el derecho a no ser engañado» ("Cuadernos 9: Virtudes Humanas", cap. Amar la verdad pág. 65)

El enemigo nunca debía saber la verdad, más aún si se trataba de bajas en nuestro ejército. Por eso el Opus Dei decía que había 60.000 soldados en 1975, aunque en realidad fueran 32.800 (y vaya uno a saber si esto era verdad, porque para el Opus Dei… ¡seguimos en tiempos de guerra aún hoy!, por lo tanto nunca hay que ir con la verdad en la mano).

Escrivá refleja tempranamente esa mentalidad de guerra en los Reglamentos de 1941, donde se respira un aire conspirativo constantemente. Es probable que Escrivá no se pudiera despegar de esa mentalidad porque sabía que el día que se acabara la guerra, se acabaría el sentido del Opus Dei, aunque en su Instrucción acerca del espíritu sobrenatural de la Obra de Dios hubiera dicho lo contrario, que el Opus Dei no venía a solucionar ningún problema del momento sino que duraría para siempre. Claro, siempre y cuando la guerra no terminara nunca.

Desaparece toda mención

Sin que se hiciera notar, la estrategia cambió, especialmente luego de la muerte del prelado Echevarría, aunque ya durante su gobierno hubo señales de este cambio.

Ahora en 2022 todo es amor: hemos pasado de la guerra a los tiempos del amor, de la milicia a los tiempos de la familia (Ocariz usa esa palabra unas 27 veces en su carta de octubre de 2020).

La guerra no se acabó, simplemente ha entrado en otra etapa.

Es que en el Opus Dei han empezado a perder la guerra (si es que no la han perdido ya) y para no pedir la paz levantando la bandera blanca de la humillación, es mejor mezclarse entre la gente de Iglesia, de forma tal que piensen que nosotros somos uno de ellos y que siempre fue así.

De repente, el Opus Dei se ha vuelto pacifista, no sabe nada de milicia ni de guerra ni de proselitismo…




Ya desde hace un tiempo, los prelados no hacen mención de la palabra milicia para aplicarla al Opus Dei. No aparece en cartas tan importantes como la de Echevarría, de octubre de 2011 ni en la de Ocariz de octubre de 2020, ambas dedicadas al tema de la vocación al Opus Dei, aunque desde distintas perspectivas. Sí en cambio mencionan mucho el término familia.

En 1998 hubo una publicación, Cuadernos 11, explícitamente dedicada a Familia y milicia, posiblemente de las últimas veces en las cuales se habló tan puntualmente del tema.

El término milicia –aplicado al Opus Dei- no aparece ni una vez en el reciente libro de Guillón y Coverdale titulado Historia del Opus Dei, con más de 800 páginas.

El Opus Dei ha dejado de ser milicia, ya no tiene atractivo ni tampoco pareciera conveniente hablar de ello, salvo de manera muy distante y muy metafórica.

Conclusiones

La guerra más importante que llevó a cabo el Opus Dei fue contra su propia tropa, fue la violencia contra las conciencias de todas aquellas personas que le entregaron sus mejores años e hicieron grandes sacrificios creyendo que el Opus Dei era algo realmente de Dios.

El objetivo de tanto sufrimiento fue la edificación del Opus Dei y para ello Escrivá convocó a una vocación engañosa, que terminó en un régimen de vida militar, de sacrificio, obediencia y total desprendimiento, hasta dar la vida por la institución.

No es casual que el Opus Dei se expandiera durante la guerra fría y se contrajera con el advenimiento de las democracias, tanto en España como en Latinoamérica, hacia finales de los años 80 y especialmente durante toda la década de los 90.

Además de que la guerra que libraba el Opus Dei se estaba diluyendo (el mundo estaba cambiando, especialmente luego del Concilio Vaticano II), se iban conociendo los maltratos y traiciones que los soldados habían venido sufriendo por parte de la cadena de mandos: la guerra espiritual era un medio para construir el Opus Dei y los soldados eran municiones. No se les reconocía el sacrificio que habían hecho porque se les consideraba un medio para un fin. La moral se fue viniendo abajo y en un ejército eso es un punto de no retorno.

«Honra, dinero, progreso profesional, aptitudes, posibilidades de influencia en el ambiente, lazos de sangre; en una palabra, todo lo que suele acompañar la carrera de un hombre en su madurez, todo ha de someterse -así, someterse- a un interés superior: la gloria de Dios y la salvación de las almas» (Escrivá, J.M., “Carta”, 14-II-1974, n. 3. )

Lejos de pacificarse, hacia el final de su vida Escrivá se radicalizó –especialmente frente al Vaticano II- y ese impulso le dio nueva vida al Opus Dei –mediando la gran ayuda de Juan Pablo II a partir de 1978, un papa que entendía de guerras y combates- hasta el año 2002, culminando con la canonización de su fundador, luego de la cual comenzaría el declive de su organización, en coincidencia con la muerte de ese papa, en 2005.




Sin ese régimen militar no hubiera sido posible construir el Opus Dei. Hoy parece destinado a ser desmantelado, por la vía de los hechos.

Primero porque al Opus Dei le ha sido imposible mantener la disciplina militar que regía hasta el año 2000 (por poner una fecha de referencia aproximada). Se fue yendo mucha gente e ingresando poca.

Segundo, porque resultaba inconveniente que ese régimen se pusiera de manifiesto públicamente y sobre todo se tomara conciencia de su existencia como tal, no ya como algo metafórico, poético o netamente espiritual sino como un régimen de obediencia para imponer disciplina.

Hoy resulta irrelevante que el Opus Dei salga a decir a cuatro vientos que es una familia y que sus cooperadores orgánicos gozan de plena libertad, incluidas las nuevas numerarias auxiliares (que de paso sea dicho, habrá que ver hasta dónde es verdad).

Lo que hay que revisar es el pasado del Opus Dei, porque es el que permite explicar cómo se construyó como institución y el porqué de tanto sufrimiento, del cual Opuslibros da cuenta sobradamente.


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