El niño y el agua sucia

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Por RobertLee, 29.11.2010


Cuando escribí la carta, hace casi treinta años, nadie me presionó. Estaba entusiasmado con los ideales de santidad en el trabajo profesional y con hacer algo por la salvación de las almas. Tenía 17 años.

Las sucesivas incorporaciones me encontraron en un buen momento. Avanzando en una carrera que me gustaba -y donde me iba bien- , con la expectativa, pronto cumplida, de estar en un consejo local (¿en qué empresa vas a tener un cargo directivo con poco más de veinte años?), con la sensación de estar en primera fila y con horizontes de empezar la Obra en algún país remoto.

Cuando quise acordarme, tenía un anillo en el dedo y la fidelidad. “Del todo y para siempre”.

Pero poco a poco, algunas “sensaciones” (de las que yo me acusaba como “juicios críticos y malos pensamientos”) se fueron haciendo más patentes. No sé si con el paso de los años algo cambió o esto siempre fue así y yo no me enteraba, pero básicamente fueron cuatro los aspectos que me fueron desencantando:

Mi relación con Dios se desnaturalizó
conocer la Obra supuso para mí una conversión y en Casa aprendí a hacer oración. Cuando fui conociendo las exigencias del plan de vida me asusté un poco, pero a esa edad tienes unas energías notables, así que, con esfuerzo podía cumplir. Además, sólo estudiaba (y estaba en un consejo local). Pero cuando me recibí y comencé a trabajar profesionalmente, cada vez se me hizo más difícil completarlo. Y, furtivamente, el agobio ocupó el lugar del amor a Dios. La lectura en voz alta de los tomos de Meditaciones, cada mañana, muchas veces mal leída (porque el que lo hacía se equivocaba o tenía sueño, pero también porque son textos intrincados, complejos) me amargaba el día desde el inicio. Mis relaciones con Dios se empobrecieron y no encontré ayuda en la dirección espiritual: nadie se animó a aliviarme de esa carga: “son un peso, como las alas” (o como un collar de melones, que también pesa) así que cada vez que omitía alguna norma me sentía culpable. Como esto se hizo habitual, constantemente me sentía en falta y cuando lograba hacerlas solo experimentaba el alivio de haber cumplido una obligación onerosa. El amor se había licuado.
Mi relación con mis amigos se desnaturalizó
tengo un buen temperamento y nunca me faltaron amigos. Sin embargo, deje de darme a ellos para “tratarlos”. El plan apostólico diario reemplazó al cariño verdadero. Dejé de ver a mis amigos como personas estupendas que me hacían el favor de acompañarme en este mundo, para clasificarlos en selectos o no, pitables o no, etc. “Ampliar la base”, “continuidad en el trato”, “compelle intrare” y demás consignas empobrecieron todas mis relaciones de amistad. Hasta que me di cuenta de lo que estaba haciendo y sentí asco de mi mismo: funcionaba como un vendedor de seguros, presionado por sus jefes, tratando de colocarle una póliza a los demás.
Mi relación con mis “hermanos” se desnaturalizó
al poco tiempo de pitar (éramos una decena de amigos que fuimos entrando en el lapso de un par de años, una verdadera veta: hoy sólo quedamos dos) empecé a darme cuenta de que mis relaciones con ellos (uno era mi mejor amigo) eran diferentes. Se habían “sobrenaturalizado” y ahora no podíamos tener la confianza de antes. Durante años traté de hacerme al molde hasta que me di cuenta que me había convertido en un ser espantoso: servil con los directores mayores, hablando siempre y sólo de lo correcto, simulando que me interesaba lo que en realidad no me interesaba nada, incapaz de sentir un afecto humano auténtico sin experimentar al mismo tiempo una sospecha de ser poco sobrenatural y haber comenzado a transitar los oscuros caminos de “la amistad particular”. Cuando, uno a uno, mis amigos (y tantos otros) se marchaban de Casa, sentía una gran tristeza que no podía compartir abiertamente con nadie. Podía, sí, comentarlo en la charla, para que me dijeran lo que estaba dicho que me dijeran. Finalmente me volví un ermitaño, adicto al trabajo y a arreglármelas solo, evadido en la lectura o en el deporte individual.
Mi relación con San Josemaría se desnaturalizó
La figura de nuestro Padre me cautivó y también sus primeras biografías. Le pedía favores con gran confianza y me hizo varios. Pero poco a poco su figura se me fue desfigurando. Anécdotas espantosas, biografías inverosímiles, frases despiadadas me eran presentadas para “darme criterio y hacerlo como lo hubiera hecho él”. Al principio, lo acepté. No sabía nada y supuse que eso era ser santo y qué distinto ven todo ellos, que están tan metidos en Dios. Pero ya no pienso eso. No critico a San Josemaría (canonizado por la Iglesia) sino el modo en que se utiliza su figura. “Siempre” hizo “todo” “heroicamente” bien, y “día a día” lo hizo “mejor” hasta “el último instante”… ¡Quién puede imitar semejante trayectoria! Me dan más devoción otros santos, con defectos, con miserias, pero llenos de caridad. Estoy seguro de que San Josemaría no fue una figura tan antipáticamente perfecta como nos la presentan y lamento el flaco favor que se hace con esta manera, un poco ridícula, de “poner el listón alto”.

¿Qué repercusión causa en una persona la pérdida de tantos vínculos? Una piedad que llena de culpa, un guión inauténtico con los demás, una actitud defensiva en su “familia”, un paradigma inimitable y una dirección espiritual que refuerza todos los síntomas sólo puede llevar a una depresión aguda. Fue lo que me ocurrió.

Después de muchos psiquiatras y pastillas para recomponer el “gaudium cum pace”, finalmente abandoné toda medicación y consulta, y tomé decisiones.

No fue una de ellas irme de Casa. Creo que el llamado de Dios existió y que el Opus Dei tiene una misión en la tierra y yo formo parte de esa misión.

Mi decisión fue cambiar: me relajé con la piedad, ahora rezo mejor y para esquivar el implacable “libro de meditaciones”, la hago antes y llego más temprano al trabajo. Del plan de vida, hago lo que puedo, y en paz. Me juré (y lo estoy cumpliendo) querer y cuidar a mis amigos, disfrutando su compañía, sean o no “interesantes para la labor”. Son Mis Amigos (eliminé de mi vida el rubro: “gente para tratar”). En mi casa trato de querer mucho a los que viven conmigo y con los que se van (todos los años alguno) mantengo una comunicación afectuosa. Internet lo ha facilitado. Respecto a nuestro Padre, filtro aquello que el sentido común me señala como absurdo o inhumano. Él no era así, o la Iglesia no lo habría canonizado… y si era así, sería un defecto con el que trataría de luchar: por algo se confesaba con tanta frecuencia.

Intenté hacer ver esto a los directores. Que era necesaria una autocrítica, que ser fiel no es dejar todo igual porque los tiempos cambian. Que este planteo enferma a la gente y hay que cambiarlo. Que no es sano. Me escucharon sin demasiado interés y a la vuelta del curso anual me comunicaron que dejaría el cargo que tenía en el consejo local de san Gabriel.

Han pasado cinco años y nunca más he sido convocado por ningún director regional para nada ni se me ha asignado ningún encargo de formación. Es como si hubiera desaparecido del sistema.

No me importa. No soy un subversivo ni un creador de malos climas. Sigo en la mía. Hago la charla con un subdirector que cada tanto me dedica unos minutos para cubrir la formalidad. Supongo que él tampoco anda demasiado bien en su vida. Quiero servir a Dios y tengo donde hacerlo (mi trabajo, mis amigos) y con esto me alcanza.

Recientemente ha habido muchos cambios de personas en la comisión. Tal vez sea el momento de volver a hablar.

Mi vida espiritual se ha reconstruido, mis relaciones con Dios son de nuevo cálidas; he recuperado a muchos viejos amigos y me he hecho otros nuevos, algunos se han acercado a Dios y me alegro por ellos, pero no lo he comentado en la tertulia, es una alegría íntima; en Casa desconcierto un poco, he entrado en la categoría de “personaje” que da bastante oxígeno. Mi trabajo me gusta y llevo años allí. Estoy bastante feliz y no tomo ninguna pastilla.

Finalmente, la Obra. Que hacen falta vocaciones, no hay dudas. Yo rezo siempre (bueno, siempre tal vez no, pero sí que rezo) para que Dios las envíe pero estoy convencido de aquellas palabras que no sé si son de nuestro Padre o de algún otro: “Queremos ser más, seamos mejores”.

Es el camino adecuado: rezar y ser ejemplares, y las vocaciones vendrán. Creo que no lo estamos siguiendo y por eso pasa lo que pasa. Presionar a los colegios, hacer grandes montajes, tutorías desde bien pequeños, listas, reuniones, convivencias, tertulias de pitables, ¿para qué? ¡Si después entran, se enferman y se van! El primer proselitismo está muy descuidado, lo mismo que la dirección espiritual. Hace falta una autocrítica y una renovación profunda.

El Opus Dei es de Dios y en algún momento Dios tendrá que intervenir para que recupere el rumbo. Mientras tanto, los que estamos dentro (y para ellos escribo, aunque escriba aquí) tenemos el desafío de ser ese santo que soñamos ser cuando escribimos -¡tan jóvenes!- aquella carta.

A quienes se fueron y escriben en esta web, ¿qué les puedo decir?: he leído algunos escritos y hay muchas situaciones que se describen que son indignantes y vergonzosas. Sólo me animo a sugerir que a veces se corre el riesgo de tirar al niño con el agua sucia. Creo que la Obra es de Dios y que como ha ocurrido otras veces en instituciones de la Iglesia, está atravesando una crisis. Como ya dije antes, confío en que Dios acudirá en su ayuda, a través de Su misteriosa pero eficaz Providencia.

Y confío también que no dejará de ayudarnos a cada uno de nosotros.




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