A veces veo muertos

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Por Satur, 16.02.2007


Unamigo tiene razón cuando habla de los accidentes en la montaña, se pertenezca o no a la prelatura. Lo raro y milagroso es que no palmen más de la prelatura. Y no sólo por razones de falta de preparación – que algunos había muy preparados técnica y físicamente - , sino por exceso de temeridad, falta de sentido común, y un cierto providencialismo que lleva a pensar que estoy en manos de Dios, y Dios es mi Padre. Y así cualquiera, chínchate.

Muchísimas veces me he preguntado cómo he podido llegar a cumplir 50 tacos. Por centenares se cuentan las salidas que hice a la montaña y que por un ¡ay! no me haya matado. Para un numerario o agregado tipo “Montañero Cumbayá” la montaña es libertad, silencio, desahogo, soledad, desfogue. También belleza. Y da todos los sacrificios por bien empleados a cambio de unas horas allá arriba. Pero, claro, el problema –porque allí está el quid de la cuestión- es que hay que ir a Misa todos los días, y eso obliga en muchas ocasiones a hacer una ascensión en el día, cuando lo normal es hacerla en dos. Y, claro, pues pasan cosas...

Tiro de anéldota. Excursión en curso anual cerca de Barcelona. Tres jambos y el menda. Salida a las cuatro de la mañana, sin Misa (porque no había cura dispuesto a levantarse y celebrarnos una, el muy cabroncete). Coche con dos puertas malo es de guardar – tipo R-5. Hala, hasta el Valle de Pineta (270 km , según guía CAMPSA). Tira parriba hasta La Munia (3.200 metros). Ordeñamos una cabra y pabajo zingados para ir a Misa. No llegamos. Vuelta al curso anual. Corrección fraterna al día siguiente de un jambo que con sonrisa Netol me dice “si no hubiésemos ordeñado la cabra hubiésemos llegado a Misa”. ¡Qué listo!… y si te hubieses ordenado cuando fuiste a Roma me la celebras en medio del glaciar, Messmer, que eres un Messmer.

Regreso del Posets (3.300 metros) con supercoche prestado con tres filas de asientos repletos de chavales de quince años. En la cima me encuentro un exnumerata que alucina. Nos ha estado viendo subir a los ocho, pimba, pimba, llegamos, echamos cuatro gritos y pabajo. Me pregunta “¿a que tenéis que ir a Misa”. “Pues de sí”, le contesto con la mirada de Moisés al ver a su pueblo adorando el becerro de oro. Llegamos al coche. A Torreciudad zumbaos… y en un pueblo que se llama Las Ventas de Santa Lucía nos damos un meco contra el coche del alcalde. Salimos ilesos todos… y el coche siniestro total. El del alcalde lo mismo. Otro día sin Misa.

El Peric, con seis más. Nos perdemos en la niebla y aparecemos en un valle donde el viento da la vuelta. Nos busca la policía y nos encuentran a las doce de la noche como un frigodedo. Tampoco Misa, aunque en mi vida recé tanto rosario.

Puigmal, preciosa cumbre en el Valle de Nuria. Vamos de un curso anual. Nos pilla una tormenta que esculpe la piedra a rayos. Estamos en la cima y … ¡¡¡pabajo corriendo!!!. Rayos y más rayos y, en esto, se oye !!!!!traaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!. ¡Acertasteis!: un rayo atraviesa desde la cabeza a los pies a un cura. Lo deja como muerto. Mientras unos se quedan junto a él – rayo por aquí, rayo por allá, estampa por aquí, estampa por allá -, otros bajan a avisar a urgencias. Helicóptero incluido. Milagrosamente, salvó la vida… pero aún se pueden ver la señal zigzagueante del rayo en su piel. Nunca volvió a ser el mismo.

Bajada del Balaitús, vamos unos quince de un curso anual de Pamplona. Bajamos por un glaciar imposible, está helado. Un tuerto, ignoro su nombre, cae y se pega un zorrostio a cienes de metros de nosotros contra un piedro. Salvó, gracias Dios, el ojo bueno. De huesos mejor no hablemos.

Curso anual en el Pirineo. Es la hora de comer y uno no se presenta. Termina la tertulia y sigue sin presentarse. Salimos en su busca. Lo encontramos inconsciente y con una brecha en la cabeza de aspecto gigantesco (la brecha, no la cabeza). Puede ser intento de suicidio, pues está claro que se ha tirado desde un barranco. Viene el helicóptero. El jambo se reanima y balbucea “¡un lobo!, ¡un lobo!”. No hace más que repetir “un lobo, un lobo”… Caemos en la cuenta de todo. Mientras le estábamos buscando por la espesura, se nos apareció un pastor alemán, algo perdido y despistado, que al vernos corrió hacia nosotros alegre y saltarín… Está claro que nuestro hombre lo confundió por un lobo – hay que ser urbanita – y al verle correr hacia él pensó “¡piés pa que os quiero!” y se lanzó monte abajo, ciego e histérico, hasta encontrarse el barranco y caer… ante la mirada perpleja del pastor alemán y de las piedras que estaban abajo y no entendían a qué venían esos gritos y esa cara de emocionao.

Faja de las flores, subida por Carriata y descenso por clavijas de Cotatuero. Espectacular senda colgada a cienes de metros sobre el valle. Apuesta a que no se asoma uno a una isla de apenas un metro de superficie, se posa sobre ella y se le hace una afoto con guitarra incluida (se subió la guitarra). La guitarra había que tirársela al aire para que él la cogiera. La cogió, pero por una milésima de segundo no se fue a tomal pol saco él, la guitarra y el bocadillo de chóped que con tanto cariño prepararon nuestras hermanas. El que hubiese caído era yo…¡nueve segundos de caída libre!

La misma afoto en los Sestrales y en Mondoto. Corrección fraterna de uno que me dice que tiene pesadillas cuando piensa que me podía haber matado… ¡coño!, pues habérmelo dicho allí y no esperarte a la corrección fraterna.

Descenso del Comapedrosa. Niño juguetón esprinta por un canchal de piedras en un desnivel de lo menos 40% -¿por qué lo hizo?, lo ignoro: sería así de gilipollas- y se pega un galleto. Otro helicóptero. Seís días ingresado en Hospital de Andorra. Padre guardia civil con bigote fuma en pipa. Madre tiene pinta de llevar sujetador negro y bragas color carne con la goma rota. Quizás me equivoque. No me cayó una denuncia gracias al médico.

Lago de Marboré. Llegamos cuatro a pasar la noche en un refugio de piedra que hay antes del lago. Es una cueva excavada. Llueve, graniza, nos empapamos. Temblamos. No hay manera de hacer fuego porque aquello es lunar. La una de la madrugada y el dire dice “a bajar, si no aquí palmamos”. Bájate, de noche, sin linterna, lloviendo, desde allá arriba hasta el parador del Monte Perdido. Fue la primera vez que vi a Napoleón en minifalda cantando “la Madelón”…. también, creo, vi a Santa Margarita de Alaquoque tocando una gaita travesera.

Pico del Alba. Vamos tres numerarios y un agregado. Llevamos mogollón de latas de cervezas. Nos tumbamos en un glaciar. Latita por aquí, latita por allá… el sol y la nieve hicieron el resto. Todos con un colocón de aspecto gigantesco. El agregado está que se sale. Gilipolleando por el glaciar, haciendo eses en plan Fraga Iribarne, dando saltos imposibles. Igual que un mono. Y en esto, ¡pimba!, resbala y comienza un descenso vertiginoso hasta llegar hasta el final del glaciar donde un roco le placa sin consideración alguna. El tío no se mueve. Llegamos hasta él que, bendito, está dormido entre magulladuras, plastas de vacas y un diente menos.

Sí, amigos, lo raro es que no hayan muerto, hayamos muerto, más. El tiempo serena los ánimos y los afanes de aventura, aunque aún quedan numeratas infantiloides con cincuenta años y más que siguen haciendo las mismas tonterías que en su juventud. Y no toca.

A veces me vienen esos recuerdos en forma de pesadillas… a veces, veo muertos. Aunque, bueno, hay cosas más dolorosas en la vida.



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