Rompecabezas religioso 4

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Por Paulino Quevedo, 21 de noviembre de 2011


Complejidad de la personalidad de Josemaría

Una de las dificultades con que uno se encuentra al tratar de meterse en la suela de los zapatos de Josemaría es lo complejo de su personalidad; lo cual no sucede, por ejemplo, al tratar de meterse en la suela de los zapatos de Dios. Así, de una parte, Josemaría se define a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo, y como un borrico sarnoso, y dice que en el desarrollo de la Obra él ha sido un estorbo. Además, en sus biografías oficiales se narra la forma en que él hablaba de su soberbia, de su pereza y cosas por el estilo. De otra parte, en la Obra ni se dice que él tuviera realmente esos pecados, ni se dice que los mencionara sólo para adornarse, sino que todo era una manifestación de su gran humildad, es decir, incluso sus defectos son considerados como virtudes. Todo lo referente a él se sublimiza y se santifica hasta el extremo. Tal forma de redactar no la encontramos ni siquiera en los Evangelios al narrar la vida de Jesús.

Josemaría nos decía que era un error narrar la vida de los santos de manera laudatoria, porque de esa manera no eran imitables a los ojos de los lectores o escuchas, sino que se debían narrar también sus defectos y sus caídas, sus luchas, etcétera. Y en contra de lo que él dijo, sus biógrafos oficiales narran su vida de manera súper-magni-híper-laudatoria de principio a fin –empalagan a las dos páginas de lectura--, y lo hacen ¡sin el menor pudor! En algunas tertulias él nos decía que no debíamos darle culto a su personalidad; era muy claro que él reconocía que eso era un error, pero también notábamos que le gustaba y que tenía que luchar con ello. Nos decía que no debíamos imitarlo a él, sino a Jesucristo. Luego, a partir de su muerte –del tránsito de nuestro Padre al Cielo--, Don Álvaro comenzó a darle rienda suelta al culto a su personalidad, a decir que debíamos imitarlo, y a decir que él seguía gobernando la Obra desde el Cielo. Y claro, esa manera de pensar se difundía hacia abajo por toda la Obra. En mi redacción personal escribo “el padre” con minúscula –sin segundas intenciones-- porque reservo la mayúscula para Dios Padre.

Don Álvaro decía que el padre estaba en el Cielo y que podíamos pedirle favores, pero que mientras no estuviera canonizado también debíamos pedir por él, como manifestación de nuestra piedad filial. Recuerdo que al dar yo una charla interna les recordé a mis escuchas que debíamos pedirle a Dios por nuestro padre, y hacerlo como él nos había enseñado a pedir, es decir, pidiéndoselo por su misericordia. Pues rápidamente me cayó encima la corrección fraterna: ¿cómo se me ocurría decir que había que pedir por el padre por la misericordia de Dios? Di las gracias por la corrección --¿qué otra cosa se podía hacer?-- y me quedé pensando para mis adentros: ¡Vaya! Ya hay alquien que no necesita de la misericordia de Dios.

Recordé que Josemaría decía que tenemos que ser santos de altar. Y también recordé que en una meditación el sacerdote dijo que tenemos que entrar al Cielo pisando fuerte. Y me quedé pensando si eso vendría del padre o si sería ocurrencia de ese sacerdote, dado que Cristo dijo que quien no se haga como un niño no entrará al Reino de los Cielos y... los niños no pisan fuerte. La frase, o era del padre, o surgía de algunos de sus hijos como resultado de la exagerada sublimación del espíritu de la Obra. Todo eso ha fomentado en muchos un fanatismo por la Obra y por Jesemaría, que en sus mentes se identifican.

Otra de las dificultades consiste en tratar de estimar qué tanto hayan influido en Josemaría, y en los directores de la Obra, todas las mañas que durante tres años se hicieron para salvar sus vida durante la guerra española (1936-1939). Vázquez de Prada narra que, de cierto documento mañosamente logrado, Josemaría mismo dijo que era más falso que Judas. Se podrá discutir la moralidad de todas esas mañas –ni Cristo ni los Apóstoles ni los macabeos echaron mano de ellas--, pero el hecho es que se usaron. Y no es que yo diga que la costumbre queda; sólo digo que el trabajo es la primera vez, y que ya después esas mañas --santas desvergüenzas, santas coacciones, pillerías, reservas mentales, medias verdades, documentos falsos-- no se ven como algo tan terrible ni como algo inmoral; y que entonces ya no hay mucho empacho en usarlas también con la Santa Sede –conceder sin ceder, con ánimo de recuperar-- para salvar la “auténtica” vida de la Obra. La realidad es que con esas mañas la están hundiendo.

Otra dificultad son las frases y gestos de efecto. Pienso que como recurso para educar a sus hijos Josemaría se ingeniaba en diseñar frases y gestos de efecto, de impacto, para que se grabaran en la mente y memoria de sus hijos y les ayudaran a vivir el espíritu de la Obra. Los gestos solían ser histriónicos, y me parece que eran desafortunados, ya que distraían y le restaban fuerza a la idea de fondo, como dentro de poco se verá. Las frases eran de dos tipos: unas afortunadas y simpáticas, pero otras desafortunadas e incluso peligrosas.

Entre las frases afortunadas, por ejemplo, estaba aquella de llegar a tiempo, estar de vuelta y saber trigonometría. Y también la de que no nos interesan los votos, ni las botas, ni los botines, ni los botones. Y otras por el estilo.

De las frases desafortunadas, la siguiente parece estar destinada a que los supernumerarios no controlen la natalidad. Aquí está: Si yo supiera que mis padres hubieran controlado la natalidad, iría a escupir en sus tumbas. Es sólo una frase de efecto. Desde luego que si él lo supiera, no iría a escupir en las tumbas de sus padres. Pero nada me extrañaría que alguno, en su fanatismo, haya ido a hacerlo.

La siguiente frase, que considero la más desafortunada de todas –en estricto rigor es herética--, pienso que tenía por objeto consolidar a sus hijos en la perseverancia. Aquí está: Del que se va de la Obra, no doy cuatro céntimos por su alma. Si digo que en estricto rigor es herética, es porque Cristo dio su vida también por ése. Es sólo otra frase de efecto. Estoy convencido de que si alguien le presentara una canastita a Josemaría, diciéndole: Echa aquí cuatro céntimos por el alma de Paulino, quien te canto la canción María Elena y fuiste con él a cantársela a la Virgen en la Villa de Guadalupe; ándale, Josemaría, anímate a echar aquí cuatro céntimos por el alma de Paulino... sin duda los habría echado. Y tampoco en esto faltaría algún fanático que se negara a echarlos.

Vuelvo a decir que no estoy dañado, y que ahora siento la responsabilidad de escribir estos artículos en Opuslibros; pero también debo reconocer que, a mis 71 años, escribir y revivir todo esto... me ha hecho llorar.

La personalidad de Josemaría era muy compleja porque era un vidente, un carismático, un canonista, un líder religioso, un hombre de empresa, un innovador, un conservador, un padre amoroso, un gobernante duro, un hijo de la Iglesia y en algunos aspectos un rebelde respecto a ciertas normas de la Iglesia. Y sobre todo quería iniciar un camino laico de santidad, a la vez que en sus entrañas llevaba la espiritualidad de los religiosos, como todos en su época, y aun hoy. El Concilio Vaticano II declaró la llamada universal a la santidad, pero nadie ha aportado la espiritualidad correspondiente. Que Josemaría llevaba en sus entrañas la espiritualidad de los religiosos es algo que se hace patente en lo que pensaba y exigía en lo referente al celibato y la dirección espiritual. Éstos son los principales temas que tendremos que comenzar a analizar.

El celibato en Josemaría

Josemaría exigía que en la Obra, sobre todo los numerarios y agregados, viviéramos el celibato con máxima delicadeza, y a rajatabla: Entre santa y santo, pared de cal y canto. Dio muchas instrucciones al respecto. Entre nuestras casas y la sección de la administración, que nos atendía, tenía que haber doble puerta con chapa ciega por cada lado, y por supuesto con doble llave. Tenía que haber un telefonillo interno que sólo el director, o quien lo supliera, podía usar para hablar con la administración. Todos debíamos estar en el oratorio cuando la administración pasaba a hacer la limpieza de la casa; y si cuando ellas entraban alguien todavía quedaba en la casa, por haberse retrasado en entrar al oratorio, ellas se regresaban y no hacían la limpieza. Sólo el director, o quien lo supliera, podía dirigirse a ellas en el comedor mientras atendían el servicio de la mesa. Un numerario o numeraria, agregado o agregada, no podía estar solo en la misma habitación con una persona del sexo opuesto, ni viajar en el mismo auto, etcétera, etcétera.

En algunas tertulias Josemaría nos aconsejaba que al hablar con una mujer procuráramos mirarla al entrecejo, para que no nos fueran a gustar sus ojos, o sus labios, o en general su cara, y así cuidar nuestra pureza de una manera más delicada; de su cuerpo ya ni hablemos. En una ocasión, al estar viendo con algunos de sus hijos una revista, al pasar la página había la foto de una mujer sexy, y entonces pasó la página con un fuerte manotazo. Ésos son los gestos que llamo histriónicos, y que a veces pueden llegar a tener un efecto contraproducente, pues uno puede llegar a pensar: Que sea menos; ya bájale; que no sea para tanto.

En octubre de 1936, al inicio de la guerra española y buscando refugio ante el peligro de ser descubierto y fusilado por ser sacerdote, José María González Barredo le ofreció a Josemaría la llave de una casa segura, de unos amigos que no estaban en la ciudad en esos días. Copio del sitio oficial del Opus Dei en internet la narración de lo sucedido, que está tomada de la biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada:

Gozoso de haber hallado solución al apuro, extrajo Barredo del bolsillo de su chaleco una pequeña llave y se la entregó a don Josemaría. La casa en cuestión pertenecía a unos amigos que se encontraban fuera de Madrid. El portero, además, era persona de confianza. Todo estaba resuelto. ¿Es que había reparos que poner?
El Padre le escuchaba atentamente, como haciéndose cargo de la situación:
— Pero, solo y en casa ajena, ¿qué voy a decir si se presenta una visita o llaman por teléfono?
— No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite.
— Y, ¿qué edad tiene esa mujer?
— Pues, veintidós o veintitrés años.
Entonces sacó la llave, que ya se había metido en el bolsillo, y le hizo esta consideración:
— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor.
Después, por vía de ilustración, para que se hiciese cargo, le insistía:
— ¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla.
Dicho y hecho. Se acercó al agujero y la tiró.

Aquí queda patente la obsesión que Josemaría tenía por la pureza, y también su histrionismo. La vida estaba en juego, y él se preocupaba por no estar en toda una casa solo con una sirvienta de veintitantos años. Ni siquiera había preguntado si era guapa. Además tira a la alcantarilla una llave que no es suya, y que en aquellos momentos podría necesitarse de urgencia o ser difícil de reponer. Podía haber devuelto la llave y dar las gracias. ¿A qué cuento venía tirarla a la alcantarilla? Pero como era un caso de posible impureza él se siente el libertad de disponer de bienes que son ajenos; en ese momento su criterio está por encima de todo. Algo así puede ser contraproducente, pues podrían dar ganas de responderle: Esta bien, me disculpo y acepto la indicación. Y ahora, ¿quiere usted sacar la llave de la alcantarilla y hacerme el favor de devolvermela?

Mejor habría sido suprimir de la biografía este evento. Pero sucede justamente al revés: éste es uno de los eventos que consideran que hay que narrar con pelos y señales. Aquí se puede apreciar el culto a la personalidad, el fanatismo por Josemaría. Y lo es de Vázquez de Prada, y de los directores de la Obra, y de los directores del website de la Obra, y de los opus-lectores que se embelesan leyendo tales desplantes. Aquí se ve con claridad que Josemaría llevaba en sus venas el celibato, que es todavía enseñado por la Iglesia como necesario para una entrega plena a Dios, y que proviene de la espiritualidad de los religiosos. Y los miembros de la Obra poco a poco van quedando también imbuidos de esa misma espiritualidad.

La dirección espiritual en Josemaría

Al menos desde su época de seminario Josemaría tuvo dirección espiritual. Y ya de sacerdote siempre la buscó; confesor y director espiritual solían ser la misma persona. Veía la voluntad de Dios en la dirección espiritual, en la que encontraba la confirmación de lo que buscaba y de las mociones que Dios le daba. Sus directores espirituales, que eran sacerdotes, seguramente verían la dirección espiritual que impartían como algo menos directamente conectado con la voluntad de Dios, como es lo usual, en comparación a como la veía Josemaría.

Ya en la Obra, Josemaría quiso que todos sus hijos tuvieran dirección espiritual, y para ello dio instrucciones detalladas que sólo se les permite leer a directores de cierto nivel. En ellas se dice que la dirección espiritual es dada por la Obra, y que esa dirección es la voluntad de Dios para el dirigido, a quien le llega a través del director espiritual indicado por los directores, que suele ser un laico, quien está unido en línea ascendente con todos los directores hasta llegar al padre, y a la Obra, que es de Dios. A esto se debe que el director espiritual designado, para mejor hacer llegar al dirigido la ayuda de la Obra, que es la que realmente dirige, pueda pedir consejo a los directores que están en línea ascendente hasta el padre; y que, por supuesto, pueda informarles de las intimidades de conciencia de su dirigido –incluso por escrito--, sin que éste haya dado explícitamente su consentimiento ni tenga noticia de ello. Lo cual es sin duda una violación al silencio de oficio propio de la dirección espiritual.

Más aun, dichas instrucciones dicen que todo lo anterior se presupone, y que por lo mismo se presupone que el dirigido da su consentimiento con gusto, a fin de recibir toda la ayuda que la Obra puede proporcionarle. Y también se dice que no tendría sentido que el dirigido le pidiera a su director espiritual que no comente sus intimidades de conciencia con nadie más. Y en el supuesto caso de que lo hiciera, y el director espiritual accediera, las mencionadas instrucciones dicen que aquello no sería dirección espiritual, porque no la daría la Obra, sino una persona que estaría aislando al dirigido de toda la ayuda que la Obra puede darle, y que él tiene derecho de recibir. Así, pues, en la Obra la dirección espiritual es colegiada. Pero el dirigido no tiene noticia de ello, porque nadie se lo dice, sino que se presupone que él consiente en ello con gusto en conformidad con el espíritu de la Obra. Claro que algunos directores llegan a enterarse de todo esto, y aun así tienen que llevar dirección espiritual con la persona que se les indique; pero no pueden darlo a conocer más abajo de lo que se les permite.

Los dos párrafos anteriores son terribles. Reléanlos y medítenlos, por favor. Apenas puedo creer que yo haya logrado recordarlos y redactarlos. Ante semejantes instrucciones y semejante praxis, surgen muchas preguntas. ¿Cómo sostener que tal praxis respete el silencio de oficio? ¿Cómo sostener que tal praxis respete la dignidad y los derechos de las personas? ¿Cómo puede la Obra dar dirección espiritual, si la Obra no es persona? ¿Cómo pudo Josemaría llegar a escribir semejantes instrucciones? ¿Cómo pudo Josemaría llegar a estar convencido de lo que dice en ellas?

Y a mayor abundamiento, esas instrucciones están redactadas con tal delicadeza y con tal preocupación por ayudar a sus hijos, que uno no puede menos que reconocer en esa mano al mismísimo Josemaría encantador y al mismísimo padre que tanto nos quiso. ¿Cómo pueden estar redactadas con tanto amor semejantes barbaridades y atropellos a la dignidad y derechos de las personas? Aquí está, pienso yo, la pieza más difícil de acomodar del rompecabezas que traemos entre manos. Aquí está, pienso yo, la causa de las contradicciones que se viven en la Obra. Aquí está, pienso yo, la causa de todo el dolor que padecen las personas que llegan a Opuslibros.

Pienso que esas instrucciones sólo pueden provenir de una persona que carece de la formación filosófica básica requerida para moverse adecuadamente en los embrollos que se ha metido, o de una persona mentalmente trastornada y con un trastorno muy raro y peculiar. Me inclino por lo primero. Es como si un ingeniero se pusiera a construir un rascacielos sin saber las Matemáticas requeridas. :-) Los primeros pisos podrán sostenerse y estar muy bien decorados, pero al ir construyendo más y más pisos llegará un momento en que el edificio ya no se sostenga, y amenace con venirse abajo. Esto es lo que está sucediendo en la Obra.

Por no ser persona, la Obra no puede dar dirección espiritual; más aun, no puede actuar –las que actúan son las personas que son sus miembros--, porque las acciones son de los supósitos, que, si son inteligentes son personas. Los supósitos son individuos reales y concretos, como un hombre, un perro o un árbol; y las personas son supósitos inteligentes. Pero aquí no vamos a entrar en los tecnicismos filosóficos referentes a los supósitos. Lo que interesa notar es que Josemaría no conocía bien lo referente a los supósitos y las personas; y no entendía que la Obra no puede dar dirección espiritual, por el simple hecho de no ser persona. Por ejemplo, México no actúa ni puede actuar, porque no es persona; las que actúan son las personas mexicanas. Y aquí me refiero a las personas físicas, no a las llamadas personas morales. Las personas morales son sólo figuras jurídicas, no son individuos, no son supósitos, y por eso no pueden actuar; las que actúan son las personas físicas que son sus miembros. La Obra es una persona moral, pero no es una persona física, no es un individuo, no es un supósito, y por eso no puede actuar, ni puede dar dirección espiritual.

Hace poco me invitaron a dar dos asignaturas filosóficas en el filosofado de los franciscanos. Yo nunca había dado clases en un seminario. Me llamó la atención que la encargada de la biblioteca me comentara que los seminaristas le decían que la Filosofía no les interesa mucho, o casi nada. Lo que les interesa es ordenarse, evangelizar y vivir su ministerio sacerdotal. Tal vez a Josemaría le sucedía algo semejante en su época de seminarista y descuidó los estudios filosóficos, sobre todo teniendo en cuenta las ocupaciones que tenía debido a su responsabilidad de sostener económicamente a su familia de sangre.

Recuerdo que el padre nos decía que no nos metiéramos a profundizar en Filosofía ni en Teología, porque no íbamos a ser filósofos ni teólogos; y claro, él tampoco lo era, aunque tuviera los títulos correspondientes. Quería que acabáramos pronto nuestros estudios y que tuviéramos sólo unas bases y unos papeles que nos dieran prestigio para poder hacer mucho apostolado, para que se realizara la Obra que Dios quería. También nos decía que había que tener pocas ideas, pero ideas madres; él era un hombre práctico. Todo indica que él no entendía bien la realidad de la persona, y que ahí está la causa de que en la Obra no se respete a las personas, ni su dignidad ni sus derechos.

También recuerdo que cuando le preguntaron a un sacerdote mayor de la Obra sobre la dignidad, respondió que era algo para tirar a la basura cuando hiciera falta; y todos entendimos que eso sería cuando los directores así lo pidieran. Además está la canción de la Obra, cuya letra dice: “tenemos el derecho de no tener derechos”. La dignidad y los derechos de la persona no son algo a lo que se pueda claudicar o renunciar; ni se adquieren por buen comportamiento, ni se pierden por mal comportamiento; ni se puede renunciar a ellos porque uno así lo quiera o alguien así lo pida. Dios nos creó con esa dignidad y con esos derechos. En la Obra no se entiende la realidad y el valor de las personas.

Lo que interesa ahora, al meternos en la suela de los zapatos de Josemaría, es tratar de comprender cómo fue que se pudiera llegar a una situación como a la que se ha llegado. Volvamos a las primeras acciones de Josemaría después de tener la visión del 2 de octubre de 1928. En mi artículo anterior, Rompecabezas Religioso 3, en el que traté de establecer las bases de un rompecabezas mayor, volví un poco a mi viejo recurso de tratar de meterme en la suela de los zapatos de Dios. Pienso que las bases logradas ahí serán provechosas para los análisis que conviene seguir llevando a cabo ahora que volvemos sobre los pasos de Josemaría.

El 2 de octubre de 1928 Josemaría vio lo que sería el Opus Dei en su conjunto de una manera muy genérica, es decir, la llamada genérica –sin detalles-- a iniciar un camino de santidad en medio del mundo, como con frecuencia lo señala su biógrafo Vázquez de Prada, y como consta por el hecho de que él pensó que en la Obra nunca habría mujeres. Y uno se pregunta: ¿cómo es posible que pensara dejar a las mujeres fuera de la Obra? ¿Acaso las mujeres no viven en medio del mundo? ¿Por qué excluir a las mujeres de esa llamada a la santidad en medio del mundo?

Hemos visto la obsesión de Josemaría por los asuntos referentes a la pureza, que, considerada desde el punto de vista de un celibato masculino, puede captarse como un recelo de estar en relación con mujeres. No es necesario, pues, ver en la mencionada exclusión de las mujeres un rechazo hacia ellas, ni un desinterés por ellas, sino más bien un recelo de incluirlas en la Obra. Sin embargo, no puede dejar de percibirse que esa exclusión se deriva de impulsos emotivos personales, más que de motivos racionales, ya que en medio del mundo viven también las mujeres. Una sencilla reflexión racional debería bastar para entender que las mujeres no podrían quedar excluidas de un camino de santidad en medio del mundo conforme a una llamada universal a la santidad. Esto nos confirma que Josemaría tenía poco interés en planteamientos racionales de tipo filosófico y que, en realidad, carecía de una formación filosófica básica. De otra forma habría que decir que las mencionadas faltas, serias, contra la dignidad y los derechos de las personas eran plenamente conscientes y deliberadas. Y lo mismo habría que decir de Don Álvaro y de Don Javier.

Siguiendo con el tema de la dirección espiritual en Josemaría, se nos dice que el 14 de febrero de 1930 él vio intelectualmente lo que habría de ser la sección femenina de la Obra, como él mismo lo narra. Copio el siguiente texto del sitio oficial del Opus Dei en internet, tomado también de la biografía escrita por Vázquez de Prada:

Dentro de la Misa, inmediatamente después de la Comunión, ¡toda la Obra femenina! No puedo decir que vi, pero sí que intelectualmente, con detalle (después yo añadí otras cosas, al desarrollar la visión intelectual), cogí lo que había de ser la Sección femenina del Opus Dei. Di gracias, y a su tiempo me fui al confesonario del P. Sánchez. Me oyó y me dijo: esto es tan de Dios como lo demás.

Aquí consta, dicho por Josemaría mismo, que después de su visión referente a la sección femenina él acude a su confesor y director espiritual para confirmar que aquello también es de Dios, como lo demás. Aunque no tengo el dato preciso, de esto se puede razonablemente intuir que algo semejante sucedió con lo visto el 2 de octubre de 1928. Josemaría acude a la dirección espiritual para confirmar que sus visiones son de Dios, es decir, que son auténticas. No se trata, por tanto, de visiones del todo explícitas y evidentes, que no necesiten confirmación alguna, como sucedió, por ejemplo, en el caso de San Juan Diego, donde la visión no es genérica, sino evidente en todos sus detalles: una imagen vale más que 5000 palabras, y una realidad vale aun más. Las visiones de Josemaría, en cambio, eran susceptibles de interpretación, que él deja al criterio de su director espiritual.

Como hemos visto en artículos anteriores, Cristo habló de la confesión y el perdón de los pecados, pero no pidió que nos dirigiéramos espiritualmente con otro ser humano. Lo que dijo fue que nuestro director espiritual sería el Espíritu Santo, quien nos llevaría a toda la verdad:

“Os conviene que yo me vaya, pues si no me voy el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy os lo enviaré. ... Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga y os anunciará lo que ha de venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará” (Juan 16, 7 y 13-14).

Por tanto, la dirección espiritual llevada a cabo por personas humanas en realidad es una usurpación de la función que es propia del Espíritu Santo. Es bien sabido que el Espíritu Santo es muy sutil y respetuoso de nuestra libertad, y que si no lo escuchamos suele callarse, es decir, no nos dice lo que quiere de nosotros. Y con mayor razón, tampoco se lo dirá a otra persona que usurpe la función que a Él le correponde.

Por ejemplo, ¿es posible concebir que en la Obra la directora espiritual de Agustina le dijera que lo que Dios quería de ella era que se saliera de la Obra y se dedicara a coordinar lo de Opuslibros? Claro que no. Esa directora espiritual sin duda le diría que hiciera mucho apostolado en la Obra, :-) porque no sabría lo que Dios quería de Agustina. Y también, ¿es concebible que en la Obra mi director espiritual me dijera que lo que Dios quería de mí era que me saliera de la Obra e investigara teológicamente sobre San José? Claro que no. Ese director espiritual me diría que lo que Dios quería de mí era que ayudara a llenar la próxima convivencia de supernumerarios en Montefalco, :-) porque no sabría lo que Dios quería de mí (Montefalco es una casa de retiros cercana a la ciudad de México).

Lo más que se logra en la dirección espiritual humana son consejos humanos de parte de quienes tienen más conocimiento y experiencia, y esos directores espirituales hacen lo que se les pide porque así se estila hoy en la Iglesia; pero ellos no se sienten conductos fidelísimos de la voluntad de Dios, como ciertamente sucede en la Obra (más abajo veremos por qué). La dirección espiritual humana viene a ser como una concreción del precepto de misericordia: Dar buen consejo al que lo ha menester. Y se concreta del siguiente modo: Dar buen consejo al que lo pide. En la Obra se le concreta al director espiritual designado del siguiente modo: Dar buen consejo al que ni lo pide ni lo ha menester. :-) Y al dirigido se le concreta como obligación de abrir su alma con aquél. :-)

Los supuestos directores espirituales humanos no saben lo que Dios quiere de nosotros. Tal supuesta dirección espiritual humana es un invento de los religiosos, como lo he dicho anteriormente, y que los Pastores de la Iglesia han venido adoptando sin el debido discernimiento. En la realidad eclesial se dice que los fieles tenemos el derecho de elegir libremente a nuestro director espiritual, si es que queremos tenerlo, pero de hecho no es así; nuestro director espiritual nos fue designado por Jesucristo, y es el Espíritu Santo. Y en el Opus Dei el director espiritual es designado por los directores, y es un ser humano. ¡Qué barbaridad! Entonces, en la realidad eclesial sucede una de dos cosas: tenemos un director espiritual estable –sea que lo hayamos elegido libremente o que nos lo hayan designado en la Obra--, o libremente andamos cambiando de director espiritual y buscando el que mejor nos acomode.

En el primer caso, se nos dice y hacemos lo que el director espiritual estable nos indica; pero no conocemos lo que Dios quiere de nosotros. En el segundo caso, buscamos al director espiritual que nos diga lo que nosotros queremos, y eso hacemos; pero tampoco conocemos lo que Dios quiere de nosotros. En ambos casos desconocemos lo que Dios quiere de nosotros. La dirección espiritual humana es un fraude, y una de las causas de que estemos en la crisis del incumplimiento, es decir, de que dos milenios después del mandato de Cristo de bautizar a todos los pueblos, apenas hayamos logrado que el 0.4% de la población mundial abrace el cristianismo y lo viva razonablemente bien, como hemos visto en mis artículos anteriores. La única solución es aceptar libre y gozosamente la dirección espiritual del Espíritu Santo.

Una espiral o círculo vicioso ascendente de cuestionable santidad

Josemaría cambió de confesor pocas veces desde la fundación de la Obra, y confirmó con ellos que fuera de Dios lo que iba viendo al paso del tiempo. No sabemos los detalles de esas consultas, pero sabemos que las cosas iban marchando. Pero cuando se ordenaron los tres primeros sacerdotes de la Obra, Josemaría tomó a Don Álvaro como su único confesor por el resto de su vida. Don Álvaro se ordenó el 25 de junio de 1944. Y al día siguiente sucedió lo que en seguida copio del sitio oficial del Opus Dei en internet, también tomado de la biografía escrita por Vázquez de Prada:

Al día siguiente de la primera ordenación de sacerdotes de la Obra, don Josemaría se fue por la mañana al encuentro de don Álvaro del Portillo, que entonces vivía en el centro de la calle Villanueva. Quería recibir de sus manos la absolución. Le preguntó si había oído ya alguna confesión; y, al contestarle que no, le dijo: Pues vas a oír la mía, porque quiero hacer confesión general contigo. Con la novedad de administrar el sacramento, en el momento de tener que dar la absolución al penitente, don Álvaro estaba tan fuertemente emocionado que el Padre —así lo narró repetidamente don Josemaría— se vio obligado a ayudarle a recitar la fórmula de la absolución. Desde entonces hasta su muerte, el Fundador tuvo como confesor a este hijo suyo. Y era tal su humildad y su transparencia interior, que abría de par en par su alma con don Álvaro, aun fuera de la confesión.

Como bien sabemos, Don Álvaro estaba convencido de que la Obra era de Dios, y veía a Josemaría como un santo y un auténtico iluminado a quien Dios llevaba como de la mano para realizar el Opus Dei. Y con seguridad Josemaría le consultaba, con mayor detalle que a ningún otro confesor, si las inspiraciones que tenía y las decisiones que tomaba eran de Dios; a lo cual Don Álvaro respondería que ciertamente eran de Dios; y así desde 1944 hasta 1975. Obviamente, ni nos consta ni sabemos con certeza que las cosas hayan discurrido como digo, pero es lo más probable que así haya sido, quizá con muy pocas excepciones. Todo lo cual hizo posible que se diera la siguiente espiral o círculo vicioso ascendente de cuestionable santidad.

Josemaría le consulta a Don Álvaro si algo es de Dios.
Don Álvaro ve a Josemaría como un gran santo e iluminado, y le dice que eso también es de Dios.
Josemaría se confirma más en que sus inspiraciones son de Dios.

Josemaría le consulta a Don Álvaro si algo más es de Dios.
Don Álvaro lo ve como un santo e iluminado aun más grande, y le dice que eso también es de Dios.
Josemaría se confirma más y más en que sus inspiraciones son de Dios.

Josemaría le consulta a Don Álvaro si algo más es de Dios.
Don Álvaro lo ve como un santo e iluminado aun más grande, y le dice que eso también es de Dios.
Josemaría se confirma más y más en que sus inspiraciones son de Dios.

Y así sucesivamente, hasta que ambos se convencen de que todas las inspiraciones de Josemaría son de Dios.

Ahí tenemos una espiral ascendente de santidad. Pero como ni Josemaría ni Don Álvaro conocían con certeza la voluntad de Dios, resulta que ésa en realidad era una espiral o círculo vicioso ascendente de cuestionable santidad. Sin embargo, ellos no se daban cuenta de tal cuestionable realidad. Y lo que parece haber sucedido fue que entre ellos surgió una especie de peculiar locura de dos, pero con fina rectitud de intención. Y entonces ya no sólo tenemos la santa desvergüenza, la santa coacción y tantas otras santas rarezas, sino también la santa locura de dos. :-)

Ellos no se daban cuenta de lo que sucedía, pero los miembros de la Obra fueron y siguen siendo víctimas de esa locura. Hay una gran diferencia entre una o pocas primeras revelaciones o iluminaciones de Dios, auténticas, y las múltiples futuras inspiraciones que el mismo vidente o iluminado pueda tener. No todo lo que a él se le ocurra, o que considere claro en un momento de oración, tiene que seguir siendo algo que realmente venga de Dios. El círculo vicioso arriba mencionado muy bien puede ser lo que explique los errores en que se ha incurrido en la Obra, como las instrucciones del modo de llevar las charlas fraternas, y muchas otras indicaciones de las que se dijo que al recibirlas habría que leerlas de rodillas.

Así se explica que aunque Dios, la Obra y Josemaría sean realidades distintas, en la vida práctica de la Obra se las considere como una peculiar unidad; y que esa unidad se prolongue dentro de la Obra a través de la línea descendente de directores hasta la persona que recibe la dirección espiritual. Y así se explica que se piense que es voluntad de Dios que la Obra, pasando por el corazón y la mente de Josemaría, llegue a todo y a todos a través de los directores. Reconocerlo y aceptarlo, y obedecer, es tener buen espíritu. Todo es de Dios en la Obra, y por tanto todo es perfecto, en la medida en que se obedezca a los directores. Quien no obedezca tiene que corregirse entregando el propio criterio, y si no lo hace no tiene buen espíritu; y si persiste en no entregar el propio criterio y obedecer, tendrá que marcharse, y así la Obra seguirá siendo perfecta. Donde mejor se está en la Obra es obedeciendo. Obedecer o marcharse.

Entonces el respeto a las personas, lo mismo que a su dignidad y sus derechos, pasa a segundo plano. Incluso la caridad pasa a segundo plano: Lo primero es la Obra. Cuando es Dios quien habla, todo pasa a segundo plano, como cuando Abrahán estuvo dispuesto a sacrificar a su unigénito Isaac. Y en la Obra, cuando es el padre el que habla, o escribe, es como si hablara Dios; él pensaba que sólo a través de él podía llegar de arriba algo que se refiriera al espíritu de la Obra. Y debido a todo eso sus instrucciones han de quedar inmutables hacia el futuro, y han de conservarse en documentos internos que sólo unos pocos miembros de la Obra pueden leer directamente. A los demás sólo se les comunica lo que va conviniendo, o se les comentan esos documentos en charlas adaptadas al nivel de quienes escuchan.

Y por lo mismo esos documentos no se le muestran a la Santa Sede, pues sería inaceptable que la Santa Sede quisiera corregirlos: hay que conceder sin ceder, con ánimo de recuperar. Pero esos documentos se han dado a conocer en Opuslibros, y la Santa Sede Puede conocerlos, y con seguridad ya los conoce; luego, la Obra se ha convertido en una bomba de tiempo.

Cuando Josemaría murió, en 1975, todavía no había computadoras u ordenadores personales, ni internet, ni teléfonos celulares. Josemaría había dicho que sacerdotes electrónicos no. Y ahora podemos oír Misa por televisión, y por internet, y por teléfonos celulares. ¿Cómo podía Josemaría dar instrucciones de lo que no conocía porque todavía no existía? ¿Cómo podía dar instrucciones sobre un futuro que desconocía? ¿Qué haremos con sus instrucciones cuando surja la inteligencia artificial, y tantas otras cosas? Ante tales pretensiones no sabe uno si echarse a llorar o echarse a reír. Parece que dentro de la Obra tendrán que echarse a llorar, y que en Opuslibros tendremos que echarnos a reír.

Lo que ahora nos queda es seguir investigando lo que en la Obra se ha hecho mal, a fin de descubrir el modo de hacer las cosas bien; y de ahí sacar lo que pueda servir a fin de ir construyendo la auténtica espiritualidad laica destinada a los que vivimos en medio del mundo conforme a la llamada universal a la santidad. En este artículo hemos descubierto una quinta característica propia de una espiritualidad laica: tener conocimientos filosóficos y teológicos básicos.




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