No todas las anécdotas que recuerdo son negativas

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Por Otaluto, 3.12.2007


Fue en Canadá, hace unos 20 años, en un curso anual. Como siempre el primer día van llegando gente de diferentes ciudades y de modo más o menos efusivo se intercambian saludos, se mira la lista de asistentes y sus encargos, la distribución de habitaciones, se hacen comentarios graciosos, la gente está en general de buen humor y parlanchina, dispuesta a comenzar sus vacaciones.

Luego arranca formalmente con una tertulia. En ella estaba este numerario “mayor”, venido de España a los fines de hacer su curso anual. Que fuera extranjero no era nada para despertar sorpresa ya que la mitad de los asistentes lo éramos. Pero sí daba curiosidad el hecho de que se dijera por lo bajo que era un catedrático muy importante de filosofía, y una persona que había visto de cerca la etapa fundacional. Alguien que había tratado directamente con el fundador.

En esa primera tertulia le pidieron que hablara del apostolado que se hacia en la Universidad de Navarra. Se notó que la pregunta le cayó mal, rápidamente explicó que él no daba clases en Navarra, pero que encantado de hablar de su propio apostolado en la universidad en que sí daba clases, creo que era la estatal.

Bueno, resultó ser una persona alegre y jovial. Sus clases de filosofía eran interesantes, pese a la barrera del idioma que no dominaba muy bien.

Recuerdo que en seguida que se enteró de lo caro que eran los cigarrillos, y ante mi desesperación crónica por obtenerlos, me regaló una caja de puros y un paquete de tabaco picado y papel para armar. También me enseño como hacer mis propios cigarrillos. Era divertido y realmente afectuoso y afable.

Personalmente yo no estaba pasando por un buen momento. Recordé lo que siempre se decía sobre la charla fraterna: que cuando la obra comenzó a expandirse, y el fundador no estaba inmediatamente accesible para todos, las nuevas vocaciones comenzaron a charlar “espontáneamente” con los mayores. Aunque no creía que esta historia fuera cierta, el hecho de que la contaran como tal me otorgaba el derecho de hacer lo mismo.

Sin consultar con nadie fui a pedirle que conversáramos un rato. De hecho conversamos varias veces y de modo extenso. Me escuchó con mucho interés y me dio consejos que hoy día recuerdo. No esquivó ninguna de mis preguntas sobre la situación de la obra, las contestó con veracidad y sinceridad hasta donde llegaban sus datos.

Cual fue el resultado de estas conversaciones? Un mayor deseo de perseverar en la obra. Un propósito de mayor fidelidad a esa empresa, que yo creía divina.

Mi conclusión fue que si en la obra había personas como mi interlocutor, la obra era un lugar en el que yo quería siempre estar.

En el curso anual estaba el Conciliario de la región y con ingenuidad le comenté de mis conversaciones y el bien que me habían hecho. Me dio una respuesta seria y muy medida, pero que expresaba claramente que no aprobaba mi actuar y que no lo repitiera. Me dejó helado. Y por primera vez vi que existe algo sordido en los entretelones del opus dei, aunque no pude determinar qué era.

Dejando esto de lado, ya que no tiene mayor importancia, siempre conservé un gran recuerdo de esos días. Volví a creer que era posible reeditar ese opus dei de un Fundador rodeado por los primeros, todos ellos entregados a la causa de la santidad en medio del mundo, gente talentosa y divertida, con la luz de un ideal en los ojos.


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