La historia de una equivocación

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Por Janabenito, 4 de octubre de 2010


Para entender un poco lo que voy a contar, es preciso saber algo de mí. Estudie en un colegio religioso, según mi madre aprendí a leer antes que andar. A los 17 años había terminado el bachiller y la carrera de magisterio, gracias a un antiguo plan de estudios. Mi gran pasión era leer, después pintar y en último término estudiar, pero conseguía sacar los cursos con notas muy por encima de la media. Se me tenía por inteligente, crítica, alegre y buena, o al menos eso decían de mí. Yo tenía grandes planes la Universidad, la enseñanza, la investigación.

Llegué a la Universidad con los recién estrenados 17 años. En la primera semana, en la primera clase, uno de los profesores, en su presentación, habló mal del Fundador del OPUS DEI y cuando preguntó si alguien quería decir algo yo salté, le dije que había creído que estaba en la Universidad y no ante un maestro de unitaria que difamaba sin conocer probablemente al difamado. Eso me acarreó, con el tiempo, un examen ante tribunal porque no había forma de poder aprobar con él y la mayor metedura de pata de mi vida porque en el curso había una numeraria, me fichó, en febrero pité para alegría de todos los miembros de mi familia que ya eran de la Obra, y que aún lo siguen siendo incluidos los fallecidos. Les gusté. A las pocas semanas ya era una especie de cabecilla que organizaba sesiones de estudios, excursiones al monte, cafés para comentar temas o libros. Pronto me invitaron a dejar mi Colegio Mayor y trasladarme al “piso”, ante la profunda tristeza de mis padres lo hice, absolutamente entristecida y poco convencida...

Hasta aquí todo normal. El curso siguiente pedí traslado de expediente y comencé el Centro de Estudios. Aparecen los problemas: mis padres no aceptan la situación y dejan de mandar dinero; yo no vi ningún problema, tenía una carrera y podía mantenerme. A la semana comencé a trabajar en un colegio del pueblo, trabajo que me duró hasta la primera tormenta, ya que el director se apiadó de mí por el agua que caía y me llevo a casa. No sé si alguien se despidió por mí, yo ya no volví. A la mañana siguiente me informaron de mi mal espíritu y de que a partir de ese momento trabajaría en la administración. Yo detesto los papeles, y fue mi primera protesta. Quería seguir estudiando, no dedicarme al papeleo; lo había entendido mal: me iba a dedicar a limpiar, planchar, hacer de comer… En definitiva, a buscar a Dios entre los pucheros, como santa Teresa, aunque ella ya lo había encontrado y yo desde ese día alimenté muchos con mis lágrimas.

De repente dejé de ser popular. Envidiaba a las que se marchaban a la Universidad (mal espíritu), cuando volvían les preguntaba (mal espíritu), no me arreglaba adecuadamente (mal espíritu), lloraba por los rincones (mal espíritu). Llegó un momento en el que me daba miedo hasta la forma en la que andaba por si ello era de mal espíritu. Me llovían las correcciones fraternas, la mayoría ni las entendía o no era consciente de haber realizado aquellos actos; si yo no las hacía tenía mal espíritu y si las proponía me dejaba llevar de las comparaciones, la envidia… Según ellas no sabía más que llamar la atención y cualquier cosa me servía para hacerlo. Al final y a golpes de no entender por qué me decían eso, acabé por creérmelo.

Empecé a pensar que me volvía susceptible porque las numerarias con mejor espíritu, según yo lo veía, eran las que sus padres tenían más medio económicos, aquellas que sus familias cedían sus casas, coches para realizar actividades apostólicas, eso eran pensamientos que antes jamás se me habrían ocurrido. Empecé a pensar que no servía para nada, cuando hablaba o no me entendían o yo no entendía. Empecé a perder mi propia autoestima.

Justo cuando comencé a plantearme que, al menos yo, no podía entender nada y había elegido el camino equivocado, nos anunciaron que íbamos a conocer al Padre. En el fondo de mi alma me alegré infinito porque pensé que era el empujón que necesitaba, pero fue un desastre. Ni por un momento pude contagiarme de lo que a mí me parecía una esquizofrenia, gritos, risas desmesuradas, tertulias interminables buscando preguntas para hacerle al Fundador, intentando recordar bonitas anécdotas del apostolado… A mí solo se me ocurría preguntarle qué tenía que hacer para marcharme. Recé más, me mortifiqué más y llegó el día de la visita. Desde muy niña sentía un sincero cariño hacia el Padre y preparé a mi manera con profunda sinceridad en mi corazón aquella visita, pero mi corazón no se movió un ápice, no pude identificarme, me pareció blando, todo aquello me parecía un teatro formado por adultos infantilizados. Esta fue mi reacción en esta y en las otras dos ocasiones en las que pude estar con él en otras tertulias.

Lo conté en la charla y me perdí, yo creo que en ese momento me deberían haber invitado a marcharme, lo hicieron 13 años después.

A partir de este momento pasé a la fase de muerto viviente, hacía todo, trabajo, normas formación... pero no se contaba para nada conmigo. Se terminó el Centro de Estudios, me mandaron a otra ciudad, creo ahora que no sabían qué hacer conmigo. Estuve tres días en una casa pero nadie parecía saber dónde tenía que ir. Por fin mi destino: la administración del Centro de estudios de los chicos. No había habitación para mí, quitaron unos chorizos y otros embutidos de un cuarto en el que solo cabía una cama y una silla, sin ventanas, sin ventilación. A los pocos días comencé a tener unas terribles jaquecas, ya venía padeciéndolas, aunque no tan fuertes. No podía comer, ni dormir con el olor a chorizo, ni hacer nada de nada. La directora, una persona que me doblaba, la edad fue la primera persona amable que me trató con cariño esos dos últimos años, me traía manzanillas, zumos de limón, me abrazaba, me aseguraba que todo se iba a solucionar; por cierto, aún no me habían dejado hacer la oblación, todas las de mi Centros de Estudios ya la habían hecho, yo era el pato feo del gallinero, pedí muchas veces que me indicaran cómo ser mejor, qué más podía hacer, o cómo hacerlo. No tuve respuestas. Para entonces ya no aspiraba a ir a la universidad, no solía reírme. Ella me tranquilizó y empecé a serenarme y a pensar que podía funcionar. Me sentía por primera vez cómoda con una directora, me animaba a hablar, recobré algo de la seguridad que tenía en mí misma, aprendí a trabajar con la numerarias auxiliares que me daban tremendos ejemplos de humildad y trabajaba con ellas codo con codo, pero fuera del trabajo no tenía ningún otro encargo, mis ratos libres los empleaba en ayudar en el planchero o en el lavadero, lo que menos me gustaba era la cocina, nunca salí de allí.

Al menos tenía una directora que me apreciaba. Todas las noches me traía un vaso de leche, parecía entenderme y me aseguraba que todo iría bien, que yo era como su hija, que me ayudaría y fue mejor, hasta la noche que me pidió que cuando todas durmieran fuese a su habitación. Fui y a partir de ese día ya no tuve más fuerzas, perdí toda la fe que tenía en la dirección espiritual, aguanté el tiempo que pude hasta que me pareció que podía hablar y pedí marcharme a mi casa. Entonces me dijeron que iba a hacer la oblación y la hice, y continué en esa casa unos meses más, pero para entonces ya sabía que mi vocación, si es que la había habido, estaba muerta.

Me trasladaron a otra residencia, a otra administración, mi vida continuaba siendo un desastre, trabajaba de sol a sol, aquí no había numerarias auxiliares, eran niñas de 15 años que añoraban su pueblo, sus amigas y su familia. Me volqué con ellas y ellas conmigo y de vuelta a las andadas: mal espíritu, eran futuras numerarias auxiliares y yo solo podía hacer daño. Solo había hablado del “incidente” con el sacerdote y en confesión, no consentí hablar fuera del sacramento; por supuesto que pensé que tal y como yo hacía me haría responsable de todo, me aconsejó callar y seguir mi vida en esta nueva administración, y me dio la sensación de que no era la primera vez que escuchaba esto.

La nueva directora jamás me habló con respeto, excepto en público. La palabra “tonta” siempre estaba en sus labios: pareces tonta, piensas como los tontos, ¿acaso estas tonta? Comencé un especie de doble vida, empecé a tener mi propio mundo, dejé de hacer la charla semanalmente, yo no la solicitaba, no podía mirar a la cara a esta directora que cada día me hacía sentir peor, que a cada uno de mis actos tenia siempre preparado el discurso famoso del mal espíritu, de cumplir las normas, me embebía en el trabajo y por la noche me acordaba de la lectura, del rosario, pero como ya nadie me preguntaba nada, me daba igual, solo una oración constante: ¡Señor, dame fuerzas, sácame de aquí!.

Acudía al oratorio y no tenía más que capacidad de llorar. Por más vueltas que le daba no conseguí entender qué había hecho mal desde el principio, lo preguntaba, hablé con todas las directoras, la de San Miguel, la de la delegación… Cuando salía de estas charlas no podía entender porqué no había entendido nada, y lo peor porqué salía sin un consejo, y porqué no me iba.

Allí pase los años más amargos de mi vida, pero tenía tal miedo a salir que me conformaba. A estas alturas con ya casi 30 años, sin trabajo, sin dinero, si amigos, a saber dónde estaban todas las amistades de mi época de colegio, mis compañeras, mi familia, como se lo tomaría. Yo parecía más un esqueleto andante que una mujer, apenas tenía fuerzas, había perdido la alegría, la salud, no comía apenas y apenas dormía.

De repente, la antigua directora volvió como directora al centro donde yo estaba, pensé que era un castigo para las dos, solo lo era para mí; desde hace pocos años no sé qué ha sido de ella, pero al menos durante 20 o 25 años continuo ejerciendo como directora, por lo que deduje o que no había contado nada o que lo había contado de forma que no la perjudicara o bien eran todos unos irresponsables.

Cuando más agobiada estaba pensando cómo enfocaría la nueva situación, apareció la de San Miguel con un mensaje “directo” de Dios: su voluntad era que podía ser supernumeraria pero que no tenía vocación de numeraria, que podía quedarme un par de meses o los días que necesitara para asimilarlo. Solo dije ¿por qué? Y me contestó: porque es la voluntad de Dios. Me pidió que escribiera la carta al Padre, entonces ya D. Álvaro, carta que me hicieron repetir de forma que al fin y en la tercera solo estaba escrita la voluntad de los directores, personas en las que yo no supe ver la voluntad de Dios y ni siquiera a El mismo.

Esa noche dormí en casa de mis padres, llegué rota sin un céntimo, sin una vida laboral, sin salud, sin amigos y con una personalidad destrozada.

Al día siguiente de llegar me llevaron al médico, tan solo pesaba 49 kilos y medía 1.78. Me mandaron pruebas y tres meses de absoluto reposo. Pité el día de la Virgen de Lourdes y me despidió la de Montserrat.

Solo estuve de reposo una semana, fui al ministerio de educación me informé y unos meses después, en junio, me presenté a oposiciones, las saque con el número 1, terminé Filosofía e hice Pedagogía. Desde el año 1984 soy la directora de un Equipo de la Consejería. Tuve muchos años de pesadillas, siempre soñaba que tenía que volver. Durante muchos años esperé una llamada, una respuesta a aquella propuesta de ser supernumeraria… nada. Un día, la directora de la delegación que era de mi ciudad, me llamó para que fuera a casa de sus padres, ya que estaba de paso. Fui, me pasó a una salita rogándome que no alzara la voz porque no quería que nadie supiera que me había visto. Me levanté, salí y nunca más.

Yo sentía la necesidad de contar lo que me pasó con aquella numeraria/directora pero no quería hablarlo con nadie de fuera que pudiera interpretar mal el consabido espíritu de la obra (tonta de mi), me sentía tan culpable, y todavía los quería. Bueno pues me confesé con un sacerdote de la Obra. Para mi asombro me pidió que en nombre de Dios le creyera, yo no era culpable de nada, me dijo que iba a comenzar una novena para que el Señor me encontrara un buen marido. Al principio me horroricé, bueno me horrorizó la idea de que alguien pudiera tocarme, no soportaba ni un roce. Me puse en manos de un buen amigo de mi infancia que en esos momentos era el jefe de psiquiatría de un hospital, sabía que había estado en la Obra, yo no le explique más, tan solo de mi falta de autoestima y mi incapacidad para soportar una relación. Lo solucionó todo de una forma que no creo correcto describir aquí y aparentemente perdí el miedo, conocí a mi marido, nos casamos, nos casó el sacerdote de la novena solo 5 meses después de hacerla, no lo he vuelto a ver. En estos momentos estoy próxima a la jubilación, he desempeñado una excelente labor profesional, he escrito libros sobre esta, dado cientos de conferencias, formado profesores, he adorado mi trabajo y soy reconocida por él, en mi especialidad, en toda España. No era tan tonta como aseguraba aquella directora que de lo único que ahora recuerdo de ella es que perdió el pedrusco del anillo de su fidelidad: una olivina, que por no saber lo que era me valió el sobrenombre de tonta, ahora sé muy bien lo que es: una piedra tan vulgar como ella.

Para ser justa diré que no he estado absolutamente sola, aún mantengo una gran amistad con un sacerdote, al cual no he vuelto a ver físicamente, hace más de 20 años, no sé si morirá dentro de la Obra pero he sido testigo de su crucifixión, degradaciones, humillaciones y ahora recuerdo que una numeraria mayor, hará unos 17 años, vino a decirme que no era bueno, que lo dejara ya, él estaba enamorado de mí y yo de él. NO tenía ni un solo argumento que justificara esta acusación, pero por si yo pudiera sin querer dañarlo puse mucha distancia, nos mantenemos en contacto pero no nos hemos vuelto a ver y yo ya tengo demasiados amores: mi marido, los hijos, 11 nietos. Ahora estos consejos me suenan a personas infantilizadas, llenas de carencias afectivas, con mucho tiempo para retorcer sus propios criterios y pensamientos. Son como borregos, adocenados, del montón. Mi marido y yo somos creyentes practicantes, puedo asegurar que la Santa Iglesia y Dios están en nuestros corazones, a nuestra manera, de una manera que nos hace no juzgar, ser responsables, honestos, buenos profesionales. Sólo mi marido frecuenta la Obra, jamás he dejado de respetar sus creencias aunque ya no las comparto, no obstante no he permitido la asistencia de mis nietos a ningún club, tres de mis nietas van a un colegio, les he hecho ver mi opinión, pero no he influido en la decisión de los padres.

Es curioso la cantidad de cosas que había olvidado, y lo curiosísimo es que después de escribir estas líneas, hoy, tengo una terrible jaqueca, la última gorda la tuve en 1990 y me tuvieron que ingresar, hoy la vuelvo a tener.

He escrito esto como terapia, ni a mí misma me había permitido “recordar”, lástima no haber contactado antes con vosotros, porque he necesitado ayuda y he estado muy sola. Si tenéis algún consejo, algo que me pueda ayudar os estaría muy agradecida. Otra cosa, por el nombre que he dado mucha gente me conoce, no sé si decidís publicarlo, si se puede cambiar por otro, no quisiera hacer más daño, aunque a mí personalmente no me importa.




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