Era más importante que mi padre?

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Por Animador, 8 de febrero de 2008


Yo fui numerario del Opus Dei durante 11 años. Llegué a tener la fidelidad hecha. Mi padre tuvo una enfermedad (un cáncer) y murió a los dos meses de que se lo detectaran. Durante esos dos meses sólo pude ir a verlo una vez, porque se supone que mi tiempo no era mío: era para las labores apostólicas plenamente.

En aquella época yo era el encargado de un grupo de 30 chicos jóvenes, todos dependientes de mí. Iba a las clases de mi carrera por la mañana. Por la tarde me dedicaba plenamente a las labores apostólicas: charlas de formación, dirección espiritual, actividades varias con los chicos, etc. Aparte de eso, cumplir el plan de vida y la formación propia. Y por supuesto, estudiar mi carrera, a lo que dedicaba horas nocturnas perdiendo tiempo de sueño.

Para mí era un sacrificio terrible, mi padre muriéndose y yo sin poder ir a verlo; a pesar de todo, yo lo comprendía. Comprendía me que me había entregado del todo, dejando incluso a mi familia y que aquel sacrificio tendría algún significado. Pensaba que la labor que hacía tenía un valor incalculable y que cualquier sacrificio era necesario. Finalmente mi padre murió. Al funeral sólo asistió una persona del centro donde yo vivía (el centro estaba en otra ciudad a hora y media de coche). Aquello no es que me molestara, es que me dolió profundamente. Yo lo había dado todo por la Obra y ni siquiera asistieron al funeral de mi padre.

Ahí no acabó la cosa. Yo estaba en mi ciudad natal acompañando a mi madre y hermanos en ese momento... al segundo día de morir mi padre, el director del centro me llamó preguntándome que cuándo iba a volver y diciéndome que ya había tenido tiempo suficiente. Yo volví al centro inmediatamente, con gran incomprensión por parte de mi familia. Lo peor estaba al volver... nadie me hizo ni caso. Como si no hubiera pasado nada. Llegó a haber algún residente (es decir, un miembro de la Obra que vivía en el mismo centro que yo) que ni siquiera se dignó en darme el pésame. A mi se me vino el mundo encima. La que yo consideraba mi familia no se preocupaba para nada de mí, de un hecho terrible en mi vida como era la muerte de mi padre. Nadie me preguntaba, nadie se preocupaba, cómo si nada hubiera pasado, cómo si estuviera prohibido hablar del tema. Yo me había entregado por completo, había dejado atrás todo incluso mi familia y no comprendía aquella actitud de los miembros de la Obra en ese momento.

¿Cómo se puede ser tan frío por el Amor de Dios? Lo que más me llamó la atención era que esas labores apostólicas tan importantes que me habían impedido acompañar a mi padre en los últimos momentos de su vida resultaron no ser tan importantes. A pesar de estar destrozado por la muerte de mi padre y de poder ir sólo a su funeral, me esmeré en dejar claramente establecido antes de irme al entierro las charlas y las cosas que había que hacer al día siguiente, pues coincidía que justo el día del funeral y el siguiente a aquel eran los dos días de más actividad apostólica de toda la semana en ese centro de la Obra. Cuál no sería mi sorpresa cuando volví al centro al descubrir que nadie se había preocupado por nada de lo que yo había dejado avisado. Nadie había atendido a los chicos y no se habían impartido las charlas de formación y otros cometidos. ¿Tan importante eran las labores apostólicas para que yo me tuviera que perder los últimos días de vida de la persona que más quería en la tierra? A MÍ ME PARECIÓ QUE NO.

Esta es mi experiencia en relación al tema de las relaciones con la familia de los miembros de la Obra. El caso es que creo que ninguna labor apostólica, caritativa o religiosa está por encima de atender a los padres y familia de uno. Toda una vida dedicada a esas labores no se va a ver mermada porque en algún momento se atienda como es debido a los familiares de uno y en especial a sus padres. Al fin y al cabo, el 90% de la vocación ha sido inspirada por los padres, ¿no?



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