Enrique Pérez Amez

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Por Enrique Pérez Amez. Asturias, septiembre de 2008.


Nací en Laguna Dalga (León) en 1940. En 1964 fui ordenado sacerdote en la diócesis de León. Ejercí como párroco tres años. Me doctoro en Teología en la Universidad de Navarra. A mi vuelta de la Universidad ejerzo, en la ciudad de León, diversos cargos como profesor; dirijo diversos medios de comunicación: prensa, radio, etc. y participo en diversas conferencias teológicas.

En 1965 ingreso en el Opus Dei como el primer sacerdote agregado de León, y allí permanezco hasta 1980....

En 1969, tras hacer oposiciones, me traslado a Toledo como Canónigo Penitenciario. En dicha Archidiócesis trabajo también como profesor y periodista. Tras 16 años de permanencia en el Opus Dei abandono la Obra y debido a las persecuciones y presiones de toda índole que contra mi orquesta el Opus abandono la Canonjía y la Archidiócesis de Toledo. Hastiado del Opus y desilusionado de la Iglesia me aparto también de ésta como último recurso para poder seguir creyendo en Dios. Resido en la actualidad en una residencia geriátrica gracias a la generosidad de particulares pues ni la Iglesia ni la Obra jamás me han echado una mano en el terreno laboral o económico.

Los primeros años de permanencia en la Obra fueron idílicos, desempeñaba mis labores sacerdotales ajeno por completo a cuanto me rodeaba, sólo existía el Opus Dei; las inmensas anteojeras que poco a poco se iban instalando tanto en mi mente como en mi espíritu sacerdotal me impedían ver cualquier otra realidad humana o eclesial al mismo tiempo que me alejaban de mi entorno sacerdotal y diocesano. El Concilio Vaticano II, en aquellos momentos, prácticamente no existió pues ni en la Universidad de Navarra ni en los medios de formación de la Obra se le citaba y pasaba absolutamente desapercibido. El citar algún documento conciliar iba en contra del espíritu de la Obra.

Al incorporarme a la Archidiócesis de Toledo como Canónigo Penitenciario las cosas comenzaron a cambiar, el querer despojarme de las anteojeras trajo nefastas consecuencias: las insinuaciones, directrices, presiones y mangoneos que sobre mi quisieron ejercer los directores de la Obra me hicieron imposible la vida y el ejercicio digno de mi tarea sacerdotal. Harto de tanta insidia, y con tres certificados médicos que me aconsejaban un descanso fuera de Toledo, me ví obligado a abandonar la Obra; poco tiempo después no me quedó más remedio que renunciar a la Catedral y las demás funciones sacerdotales en Toledo.

En la actualidad el Arzobispo de Toledo no me ha suspendido “a divinis” ni yo he pedido la secularización, ni lo pienso hacer; no por motivos éticos o morales sino por la sencilla razón de que nada que tenga algo que ver con la Iglesia Católica me importa. Si para encontrar a Dios y a mí mismo he tenido que prescindir de ella y sobre todo del Opus, ahora no la necesito para nada ni la echo de menos.

Mi salida de Toledo fue dramática: “la Obra –me dijeron- es como una inmensa maquinaria, si un tornillo se sale de su sitio se le desecha sin contemplaciones y se acabó, así que tu verás”. Efectivamente ví las consecuencias que mi salida produjo: hicieron llegar una carta a mi madre de noventa años diciéndola que se olvidara de su hijo, no valía la pena ni rezar por él pues estaba condenado al infierno; la abultada agenda con direcciones y teléfonos de amigos se esfumó, jamás nadie se volvió a poner en contacto conmigo ni a contestar mis cartas o llamadas telefónicas por angustiosas que éstas fueran; a la petición de 5.000 pesetas para poder comer algo caliente después de casi una semana en ayunas y durmiendo en la calle me contestaban: “esta noche rezaré con más intensidad por ti”, pero de ayuda nada. En los trabajos a los que tuve acceso todo iba bien hasta que el Opus se enteraba de mi situación; inmediatamente era despedido, eso sí con buenas palabras, una sonrisa en los labios, y muchas promesas.

Cuando alguien preguntaba por mí la respuesta era siempre la misma, había dos opciones: “está muerto, o internado en una clínica siquiátrica”, en cada momento se podía elegir cualquiera de los dos dependiendo del interlocutor.

Como consecuencia de una tromboflebitis se ofreció un numerario de turno para llevarme a en especialista –yo no tenía dinero ni para comprar una aspirina- le dije que sí agradecido, pero… cuál no sería mi sorpresa cuando el médico que me atendió era un siquiatra del Hospital Central de Oviedo. El especialista con más sentido común que el cura numerario comentó: Enrique está de salud mental mucho mejor que usted y que yo, lo que le duele es una pierna como consecuencia de una tromboflebitis. No hubo comentarios y vuelta para León con la “pata” tiesa.

Debido a situaciones dramáticas y sufrimientos innumerables me da un infarto, ante la gravedad del hecho me tienen que trasplantar el corazón. Jamás nadie de la Obra se interesó por mi enfermedad; el cura de mi pueblo (a quien yo había hecho de la Obra) nunca se interesó por mi salud, ni una visita, ni una llamada telefónica. A causa del trasplante tuve que refugiarme en una residencia geriátrica; allí comencé una nueva vida y me dediqué –y dedico aún- a escribir mis experiencias en el Opus; nada más publicarse el primer libro, anodinamente, sin dar la cara y como fariseos modernos, me expulsaron, sin contemplaciones y sin dar explicaciones, de la residencia teniendo que ir a dar con mis huesos a otra a 150 kilómetros de la primera.

En León me ha sido imposible presentar el libro pues los medios de comunicación están copados por empresarios del Opus; en mi pueblo, familia y sitios donde era suficientemente conocido, han dejado caer, como quien no quiere la cosa, que Enrique está en Asturias pero no en una residencia geriátrica sino en la cárcel.

Evidentemente he contado únicamente por encima algunos de los avatares ocurridos como consecuencia de mi abandono del Opus.



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