El Ogro Cariñoso

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Por Job Fernández, 5 de octubre de 2009


Elegido por Dios

Introducción

Este escrito, titulado Elegido por Dios, forma parte de un libro que trata sobre el Opus Dei, al que he dado el nombre de El Ogro Cariñoso. En el libro intento contar una serie de experiencias y dar una explicación del porqué ocurren ciertas cosas, nada positivas, en el Opus Dei. Para ello es necesario detenerse en su fundador, en Escrivá, ya que el Opus Dei esta configurado por él, tanto en su forma de actuar como en sus particulares enfoques doctrinales y organizativos.

Por otra parte, la figura de Escrivá está forzadamente idealizada, por lo que algunas partes de su vida convine despojarlas del fervorín para convencidos que se ha expuesto en las biografías oficiales. No hay que acudir a fuentes muy lejanas para deducir asuntos raros, que se han cubierto con florecillas sobrenaturales y explicado al modo de épica grandiosa. De esas mismas biografías se pueden obtener datos muy interesantes que conducen a conclusiones sorprendentes.

En este capítulo, me ha parecido muy interesante abordar una época de la vida de Escrivá: la que abarca desde la decisión de ir al seminario hasta la ordenación sacerdotal. Analizando los datos que hay desperdigados en las biografías, se pueden ver las intenciones y motivaciones reales de ese periodo. El resultado es que casi a ninguna de las decisiones importantes merece que se le aplique ningún tipo de fervorín. O quizás necesiten un manto piadoso para cubrir otros asuntos más pedestres.

De dinero y santidad, la mitad de la mitad

El título de éste apartado es una frase que Escrivá decía de vez en cuando. Algo que se aplicó públicamente en una de las multitudinarias “tertulias” que realizó en España hacia 1973. Sus devotos adictos dirán que esa es una afirmación producto de su humildad, que así se veía él. Los que hayan profundizado un poco en su deseo de excelencia y en su carácter exhibicionista, se pueden preguntar sobre el porcentaje de verdad de esa afirmación y también sobre el porcentaje teatral de ese enunciado, ya que responde en buena medida a esa parte del guión que versa sobre la humildad.

Escuchar hablar del Padre en los medios internos del OD [Opus Dei] es escuchar una mitificación maravillosa y algo incómoda. El Padre parece subido al pedestal de la excelencia, una excelencia humana y sobrenatural, y es el referente último de todo elemento de valor moral.

Ante un comentario que empezaba anunciando: «el Padre ha dicho...»; primero, hay que detenerse a escuchar; segundo, hay que admitir aquello como fuente segura; tercero, es imposible recibirlo emitiendo matizaciones. Cualquier cosa que haya hecho o dicho el Padre es un argumento de autoridad indiscutible. Para una persona del OD la opinión emitida por el Padre es de un carácter infalible. En la práctica su autoridad moral es muy superior a cualquier otra, eclesiástico o no, vivo o muerto. Ante la opinión del Padre los demonios productores de la confusión doctrinal, retroceden aterrados y se apartan de las conciencias de los miembros del OD.

Considero que es muy conveniente hacer constantes acotaciones a la imagen de suma excelencia que difunde el OD sobre su fundador. Imagen que él mismo se encargó de poner en marcha de forma pormenorizada. El resultado es un cuidadoso ensalzamiento de su figura en la conciencia de los miembros de la institución. Ese ensalzamiento no se puede considerar discreto; está instaurado de tal manera que llega a ligar la conciencia, a secuestrarla. Lo que sucede porque se ha constituido en un pastor-ídolo reverenciado por sus seguidores. Un emisor de criterios y afirmaciones, de naturaleza prácticamente infalible, para los que están bajo su órbita.

Las explicaciones que contribuían a aumentar el halo santo y sobrenatural de Escrivá y el del OD, formaban parte de un proceso que él consideraba muy conveniente, ya que ese tipo de adorno en las explicaciones, pensaba que podía ser una ayuda o sostén ante las vacilaciones de los miembros. Desde la mentalidad de Escrivá, ese sistema ayudaba a mejorar a los demás, a tener mayor visión sobrenatural (si era acorde con su visión), a estar todos más unidos, a ser más eficaces. Pero no dejaba de ser una manipulación; uno de los atajos que produce la pillería aplicada a esa excelencia empeñada en buscar la santidad, aunque sea por atajos poco ejemplares.

Escrivá conocía perfectamente la ascendencia y autoridad que los medios de formación internos del OD, lograban adjudicarle entre los miembros de la institución. Con esa autoridad se permitía en ocasiones ciertas matizaciones y comentarios a la actuación de los papas. Tal proceder es un ejemplo del nivel en que situaba su propio criterio y autoridad. Su seguridad, sus afirmaciones, parecían de nivel superior a lo que hacían, incluso decían, los papas contemporáneos. Emitía comentarios y matizaciones con relación a esos papas, que él (o el OD) no hubiese permitido a ninguno de sus hijos hacia el Padre; ni los demás hijos —suficientemente aleccionados— tampoco.

Con relación a las historias que cuentan las biografías del fundador —las biografías realizadas desde ámbitos afines al OD— he de decir que me recuerdan mucho a ciertos ejemplos de las antiguas vidas de santos. Los que oscilaban entre alambicados y simples. Ejemplos que tanto ridiculizaba el libro de Jesús Urteaga[1], en donde se abogaba impetuosamente, por unas biografías de santos en las que pudiese verse algo cercano e imitable, de manera que se reflejase la lucha interna hacia la santidad de un ser humano, con sus dudas y flaquezas. Este planteamiento con relación a la vida de los santos, fue durante bastante tiempo, como una parte esencial de la doctrina del OD relativa a la santidad. Por eso, esta variación práctica de enfoque, es un elemento interesante para evaluar la teoría y la práctica del OD.

Ya he dicho, que esa narración de los hechos biográficos del fundador, no es una elaboración posterior a su muerte[2], o no lo es en toda su amplitud, ya que él mismo había puesto las bases o más bien había iniciado ese camino; en realidad, prácticamente lo había construido. En vida del fundador, en la formación interna se le presentaba como un ser excepcional, adornado con todo tipo de virtudes y cualidades, humanas y sobrenaturales; como el claro ejemplo a imitar. Todo lo que rodeaba a su vida e historia personal era narrado con veneración y con matices próximos a lo extraordinario o sobrenatural. Por ejemplo, para contar el hecho de la fundación del Opus Dei, a pesar de decir Escrivá, en algunas ocasiones, que no le gustaba hablar de milagros ni de intervención divina extraordinaria —debía de ser consciente que no había habido nada de eso—, después propagaba o dejaba que se propagase y escribiese, una forma de interpretación en la que fácilmente se deducía una infusión divina extraordinaria. Eso, además de emitir informaciones equívocas sobre el momento y la forma de esa fundación; aspecto en el que me detendré más adelante.

En este capítulo y en los dos siguientes, indago sobre algunos episodios de la vida de Escrivá, que considero muy interesantes. Son ilustrativos de su mentalidad y personalidad. Contribuyen a definir el personaje y a comprender algo del OD, ya que esa institución está configurada por él como su imagen personal.

Hay tres momentos clave de su vida que analizaré, son:

  • su vocación sacerdotal o entrada en el seminario,
  • la ordenación sacerdotal, y
  • la fundación del OD.

Son episodios a los que es necesario someter a un proceso de análisis y reescritura: hay demasiada épica, demasiado asunto maravilloso y demasiado adorno que encubre hechos más sencillos, cuando no chuscos. Es importante analizar estos episodios, ya que aportan una luz necesaria para comprender al personaje.

Hay muchos asuntos que he oído profusamente en los medios internos del OD. No obstante he intentado apoyarme en escritos oficiales. Sin acudir a otras fuentes se puede construir una historia muy diferente a la oficial.

Es una lástima que Escrivá haya quemado sus Apuntes íntimos iniciales, escritos antes de marzo de 1930[3]. Quemó los documentos originales, relativos a doce años claves de su vida[4]: las consideraciones sobre su entrada en el seminario; sobre su ordenación sacerdotal y primeros años de sacerdocio; el traslado a Madrid; sobre la fundación del OD, y la fundación de la sección de mujeres del OD. Episodios de su historia personal, llenos de sombras. Situaciones clave para entender su actuación.

El hecho es que quemó una parte de sus Apuntes íntimos; no se conformó con destruirlos: los quemó. Pero las biografías oficiales contienen apuntes íntimos con reflexiones y anotaciones sobre la fundación (año 1928), años anteriores y posteriores. Lo que quiere decir que rescribió esos años (al menos parte) y que fue una quema selectiva. Aún así, las explicaciones de ciertos asuntos no terminan de cuadrar, como veremos algo más adelante.

Parece que desde antes de los dieciocho años escribía regularmente unas notas[5] que están clasificadas como Apuntes íntimos (AI) en el Archivo General de la Prelatura (AGP). En las biografías oficiales también se les llama en ocasiones, Catalinas[6]. Podemos hacernos una idea de su forma y contenido por las que se han citado, esencialmente en el sumario del proceso de beatificación (en la Positio, que reproduce, o trascribe, la biografía de Vázquez de Prada). Están constituidas por unas cortas consideraciones; algo parecido a un diario personal sobre asuntos íntimos y sucesos relativos al OD. Allí volcaba sus impresiones más recónditas, a las que después recurría con cierta frecuencia, para su relectura y también reelaboración.

En la biografía citada aparece parte del proceso de reelaboración de esos AI: primero escribió en formato octavilla; después, esas notas, las pasa a unos cuadernos. Solamente esa voluntad de recopilación, por parte del autor, califica a los AI como documentos importantes: ahí se ha querido explicar algo, se ha querido dejar constancia de asuntos que Escrivá consideró como importantes.

¿Por qué quemó los apuntes anteriores a 14-02-1930? Álvaro del Portillo dice que fue por humildad[7]. Dudoso motivo. Esa es una afirmación gratuita (o evasiva), ya que desde 1918 a 1928, de las propias biografías oficiales no se deduce ningún hecho relevante o extraordinario, ni acciones divinas que justifiquen tal afirmación.

Tendría algo más de entidad esa explicación, si Escrivá hubiese destruido sólo la época relativa a la fundación; si no hubiese seguido escribiendo sus AI después de la quema, volviendo a hablar sobre esas mismas épocas quemadas. El motivo de humildad tendría algo más de entidad, si su director espiritual le hubiese aconsejado tal acción, viendo el perjuicio que suponían para su vida interior. Pero no ha sido así: tal consejo no consta en ningún sitio[8]. Hubiese sido una argumentación perfecta, algo que hubiese alejado bastantes sospechas sobre la quema de esos papeles. Algo de lo que Escrivá hubiese hablado con todo tipo de detalles. Pero no ha sido así, se despacha con una escueta explicación: «...los quemé, lo siento»

Esos AI, en forma de octavillas sueltas, son los que lleva en 1928 al retiro espiritual en el que “ve” al OD. Esos AI, son los que da a leer al padre Sánchez, en 1930, como adelanto al deseo de iniciar una dirección espiritual estable[9].

Sobre los AI que han resultado después de reescrituras y quemas, se puede hacer una comparación con otros documentos. Se refiere su diferente tratamiento con relación a otros documentos de Escrivá después de su muerte; ya que se publican libros recopilando notas dispersas, como Surco y Forja —con la conocida forma de Camino: ideas sueltas, compuestas con frases cortas, de tónica voluntarista—. En cambio los AI, que podrían tener bastante unidad en su conjunto, ni se han publicado en su integridad, ni son conocidos en toda su extensión por los miembros del OD. Se han repartido a voleo en las biografías oficiales, en especial en la de Vázquez de Prada, (que en su mayor parte, parece ser una trascripción de la Positio del sumario para la causa de beatificación). Por lo que allí aparece, por su aspecto y temática, parecen admitir bastante bien una publicación íntegra, con los comentarios pertinentes de Álvaro del Portillo, si ello era necesario para explicar asuntos clave de su vida.

Sobre los AI, se pueden comprobar o resumir, algunas cosas interesantes:

  • Primera; que sigue escribiendo igual tipo de apuntes después de la época sometida a la quema. Lo hace con abundante referencia a la época quemada, por lo que tal proceder es hacer otra reescritura de los hechos (ya había habido una primera reescritura, cuando pasa las octavillas a los cuadernos) [10].
  • Segunda; que la destrucción fue selectiva, entre otras cosas porque no los quemó en marzo de 1930. Hay constancia que su director espiritual los tiene en agosto de ese año [11] y también hay constancia de AI escritos en ese intervalo. Se puede comprobar que entre marzo y septiembre de 1930 se conservan alrededor de ochenta AI.
  • Tercera; podríamos considerar a la humildad como motivo de destrucción, si la época quemada fuese en los alrededores de la fundación. Pero ¿es que todos los hechos ocurridos entre 1918 y 1930 fomentaban su soberbia? No parece coherente. Sobre todo viendo que sobre la época de la fundación, sigue escribiendo AI después.

¿Cuándo los quema esos AI? Pienso que bastante después de estas fechas que manejamos, ya que primero los pasa a cuadernos, y eso es muy probable que no lo haya hecho hasta después de la guerra civil. Con eso ya nos situamos hacia 1940. En el AI nº 1866, citado, en el que dice que las quemó «... hace unos años», (no dice: hace muchos años), está escrito en 1948. Lo que nos proporciona una acotación de fechas interesante: fueron quemadas en la primera mitad de la década de 1940.

En resumen, quemó una época de su vida, previa selección, y después de haber reescrito su historia. El trabajo de recopilación en cuadernos que se toma Escrivá, demuestra un importante interés de ordenación, recopilación y adecuado enfoque de los hechos. Parece que no quería que algunas cosas pasasen a la posteridad, en cambio otras sí. Esa humildad a la que alude Álvaro del Portillo era una humildad selectiva ¿En estas nuevas narraciones, sobre los mismos hechos, ya no importa la humildad?

Los AI resultantes de ese proceso, estaban guardados en el AGP con una precisa indicación del fundador, escrita cuando tenía 66 años:

«En todo caso, después de mi muerte, estos papeles —lo mismo que los cuadernos que componen mis Apuntes íntimos—[12] deben ponerse en manos de don Álvaro, sin que nadie los lea antes, para que haga aparte las notas oportunas, puesto que ese hijo mío es el único que, por haberle yo hablado de estos escritos muchas veces y detenidamente, está en condiciones de comentar y aclarar todo lo que necesite comentario o aclaración. (Mariano[13]. Roma, 2 de septiembre 1968)»[14].

Parece pues, que en esos AI —después de haber destruido parte y de haber sido reescritos— Escrivá consideraba que había bastantes cosas que necesitaban aclaración, que había que entenderlas “adecuadamente” y por eso «nadie» debía de leerlos, al menos, antes de que Álvaro del Portillo les hiciese un repaso pormenorizado y los comentarios oportunos. Es totalmente evidente que había muchas cosas que necesitaban el pertinente «comentario o aclaración». Pero esos pertinentes comentarios no se sabe por dónde andan. No me parece nada adecuado diseminarlos en el sumario para la causa de beatificación, ni me parece honrado reproducirlos parcialmente[15], para dar la sensación de publicidad.

Tales precauciones no hacen más que sembrar incógnitas y preguntas sobre aspectos fundamentales de su vida, en especial desde los dieciséis años a los veintiocho, es decir, desde la decisión de entrar en el seminario, hasta la fundación de la sección de mujeres del OD.

¿Qué asuntos había allí reflejados, que solamente podían ser confiados a Álvaro del Portillo? Porque es extraordinariamente raro, en una personalidad comunicativa como la de Escrivá, acostumbrado a explayarse en todas las de cuestiones —divinas y humanas— que consideraba interesantes para el adoctrinamiento de sus hijos. De ello hay que deducir claramente, que a estos asuntos los consideraba como “no formativos” para sus hijos, aún más, que podían escandalizarlos.

Álvaro del Portillo leyó esos AI cuando le tocó leerlos, después de la muerte de Escrivá. Sé que ese día su lectura y reflexión le mantuvo absorbido toda la tarde y noche[16]. Probablemente tenía mucho que reflexionar sobre el contenido de esos papeles. Y es muy extraño que del contenido de esos AI, no hubiese después abundantes referencias en las revistas internas, ya que no recuerdo citas significativas, por ejemplo en Crónica, durante los diez años posteriores a la muerte de Escrivá. Después, aparecen abundantemente referenciados en biografías como la de Vázquez de Prada (o, si se quiere, en la Positio del proceso de beatificación), pero no hay ninguna publicación íntegra de los AI, ni siquiera para los miembros del OD. Es extraño, ya que parecen seguir un orden cronológico, de fácil ordenación en un libro; quedaría más estructurado que Camino, por ejemplo.

Tales AI parece que sólo los han manejado los biógrafos oficiales, por lo que se conocen de manera muy fragmentada y están colocados en un contexto e interpretación favorable.

¿Por qué Álvaro del Portillo consideró más adecuado repartir parte de los AI entre los datos de una biografía, que hacer una publicación completa en un libro? Ese proceder es una manera de seleccionar los AI, o dicho de otra forma, es una manera de censurar ciertos AI. Conozco suficientemente el ambiente y mentalidad del OD, para concluir que si no se ha hecho una publicación completa es porque no era “conveniente”. Lo que implica decir que parece haber datos que no desean dar a conocer[17]. Si después de la muerte de Escrivá han podido sacar dos libros parecidos a Camino refundiendo sus notas y escritos, no entiendo cómo no se puede publicar (al menos internamente) un documento tan interesante para conocer la personalidad de Escrivá y una parte de su vida.

A pesar de las limitaciones documentales, lo que aparece publicado, tiene útiles elementos para componer algunas partes de la historia de Escrivá. Esencialmente la parte que va desde su decisión de entrar en el seminario, hasta la fundación del OD. Algo más de diez años, con puntos oscuros o escasamente explicados. Puntos que sería interesante iluminar con explicaciones concluyentes.

La decisión de entrar en el seminario

El sentimiento que Escrivá tenía antiguamente hacia el sacerdocio —según decía y repetía— era de bastante distanciamiento. Nunca concretaba muy bien la época en la que le ocurría esto, pero podemos encontrar numerosos enunciados parecidos al siguiente:

«Yo nunca pensé en hacerme sacerdote ni en dedicarme a Dios. No se me había presentado ese problema, porque creía que no era para mí. Más aún, me molestaba el pensamiento de llegar a ser sacerdote algún día, de tal manera que me sentía anticlerical»[18]

En las biografías oficiales hay tantos textos y citas de Escrivá, relacionados con sus impresiones iniciales relativas al sacerdocio, y enfocados de tal manera —con distanciamiento, con rechazo, total falta de sintonía personal hacia la función sacerdotal...—, que no queda más remedio que preguntarse por las argumentaciones sobre el cambio. Es necesario preguntarse: ¿Dónde están esos argumentos para cambiar de idea?

Las palabras y expresiones que acabo de citar, además de ser las usuales en él, son rotundas y claras, conviene entresacarlas:

«...nunca pensé en hacerme sacerdote ni en dedicarme a Dios.»;
«...me molestaba el pensamiento de llegar a ser sacerdote...».

Sus aseveraciones de rechazo inicial a ser sacerdote, están profusamente recogidas. En cambio no hay explicaciones claras sobre un cambio posterior; un cambio de tal entidad que le lleva a ingresar en el seminario. No hay ninguna explicación detallada, sobre la evolución interior que le llevó a un giro radical en su enfoque sobre la vida y sobre su consideración del sacerdocio ¿O no existe tal giro radical de mentalidad?

No hay comentarios suyos ni de sus allegados, que expliquen algo de ese notable cambio de postura. Tal ausencia es sospechosa en un personaje, tan aficionado a dar explicaciones sobreabundantes sobre todo. Por toda explicación en este tema, se despacha diciendo escuetamente, que «un buen día» le dijo a su padre que quería ser sacerdote.

Si dio explicaciones sobradas sobre su distanciamiento de la idea del sacerdocio o sobre su escaso interés para ser sacerdote, esta obligado a dar igual tipo de explicaciones sobre el cambio radical que parece producirse en su interior. Pero resulta que no hay ninguna.

Este es un asunto importante, si inicialmente tenía tal enfoque de distanciamiento hacia la función sacerdotal y no explica el cambio, los motivos vocacionales quedan en entredicho y no hay más remedio que buscar otro tipo de motivaciones. O dicho de otra manera: si descartamos el motivo vocacional, no quedan muchas más motivaciones para entrar en el seminario que la promoción personal. Que hubiese considerado tal paso como un sistema para estudiar, un camino para tener unos estudios y asentarse en la vida[19]. En su caso, para ir a Zaragoza y tener la oportunidad de estudiar Derecho.

Para indagar sobre este hecho de la vida de Escrivá, vamos a ir desgranando ciertos asuntos de la vida de Escrivá. Datos que aparecen cumplidamente reflejados en las biografías oficiales pero que, analizados sin la fe ciega y reverencial que estas hagiografías aplican a Escrivá, aparecen llenos de incógnitas, dudas y sospechas consistentes. Por tanto, con ellos se llega a conclusiones muy diferentes de las oficiales del OD, o de Escrivá.

Lo primero a considerar es que su padre tenía un pequeño negocio en Barbastro (Huesca) y con él se había arruinado. Por ello, toda la familia se había trasladado a Logroño y allí vivían del modesto sueldo que el padre percibía. Su trabajo consistía en la atención a la clientela de una tienda de telas; un modesto trabajo desempeñado, según la denominación de la época, por un “dependiente”. La mala situación económica la ratifica cumplidamente el propio J.M. Escrivá: «Mi padre se arruinó totalmente...»[20] y pagó las deudas con todo su patrimonio. Tampoco antes de la quiebra tenía una situación económica prominente. La casa natal de Escrivá era una casa corriente de la clase media, funcional y sin nada llamativo. Lo pude comprobar, antes de que fuese derribada por los mismos del OD.

Este dato económico de la ruina es importante, ya que con esa escasa posición económica y en esa época, era imposible enviar al hijo a estudiar fuera de casa, a otra ciudad. Y que la situación económica en Logroño era raquítica, lo demuestra el hecho de que cuando se muere su padre, Escrivá tienen que pedir dinero prestado para los gastos del entierro.

Lo que sabemos de José María Escrivá es que su aspiración inicial era estudiar arquitectura y parece que eso decía a su familia. Su padre, consciente de la situación económica en que se encontraba, le disuadía del estudio de arquitectura con bromas del tipo: «¿Para qué quieres ser un albañil ilustrado?» En realidad lo que pesaba —y quería trasmitirle— era en la gran dificultad económica de estudiar una carrera universitaria en otra ciudad. Por lo pronto estaba estudiando bachillerato en Logroño, pero desplazarse a otro sitio, suponía unos gastos que la familia no podía afrontar. Como complemento al tema, hay que recordar que los universitarios, en esas épocas, eran prácticamente todos de familias adineradas, todos de una extracción social elevada. Los que podían costear los estudios y desplazamientos a otras ciudades.

Lo segundo a considerar es que toma la decisión de entrar en el seminario cuando acaba, o está acabando el bachillerato. En esas circunstancias, si no hay una intención antigua que justifique la decisión, se puede interpretar como una decisión coyuntural, como un sistema para continuar los estudios. Por eso, hay que analizar esa situación.

Para explicar su entrada en el seminario, Escrivá dice: «Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote...»[21] Eso, no sabemos cuando ocurre. Parece que en la primavera de 1918 (a los 16 años; cuando estaba terminando el bachillerato) empieza a saberlo sus familiares y conocidos.

Cuando dice eso, no explica absolutamente nada del por qué de tal decisión, y este punto es esencial. Hay dos consideraciones importantes:

  • En esas decisiones, que comprometen la vida entera, siempre hay motivos para hacer abundantes reflexiones.
  • En este caso resultaría obligado, ya que, si ha dejado escritas abundantes afirmaciones sobre su inicial rechazo del sacerdocio, está más obligado a explicar su radical cambio.

¿Dónde están los argumentos de Escrivá que justifiquen ese cambio?

Estos cambios, o estas decisiones radicales de entrega a una misión de ese tipo, son elementos cruciales de muchas biografías de santos y no santos, y como tal son tratados ampliamente en esas biografías. Desde San Pablo a San Ignacio de Loyola, pasando por San Agustín, los biógrafos se explayan en recrear y exponer las reflexiones y situaciones que les llevaron a un cambio de vida tan decisivo. Allí aparece la situación personal y circunstancias, reflexiones, dudas y ponderaciones que se hacía el protagonista, hasta llegar a la decisión firme final. En cambio, cuando cuenta esto Escrivá, parece una anécdota colgada del vacío: «Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote...». Estaba acabando el bachillerato en Logroño (allí ya no podría estudiar algo de más nivel) y de repente decide irse al seminario. No hay más explicaciones que acompañen a esa decisión.

Nadie toma la decisión de ir al seminario —por vocación y convencimiento propio— si no tiene un debate interno, con sus argumentos a favor y en contra. Esto es mucho más necesario en el caso de Escrivá, ya que lo que abundan son textos, o charlas suyas, indicando su total alejamiento inicial de la idea del sacerdocio. En cambio no hay referencia de las consideraciones que se hizo para cambiar de idea de forma tan radical.

Lo normal en esos momentos de decisión, es que afloren las inquietudes internas y que el proyecto de vida que tenía o intuía, entrase en contradicción flagrante con un proyecto de vida sacerdotal. El anterior proyecto hay que desmontarlo y eso no se cursa sin múltiples reflexiones y cavilaciones. Afloran las dudas y hay que hacerse las necesarias consideraciones que superen las intenciones anteriores. Se forman contradicciones internas, que necesariamente hay que superar. El resultado, no son unas decisiones cualquiera, son decisiones sumamente importantes que provocan pensamientos y consideraciones que seguramente quedarán grabados a fuego en la cabeza. Tienen que aflorar las nuevas ilusiones o proyectos desplazando a los anteriores.

Sobre tales consideraciones, planteamientos, controversias interiores y conclusiones, no hay nada reseñable en las biografías de Escrivá ni en ninguno de sus escritos conocidos. No hay ninguna referencia de la situación interior del joven Escrivá, de sus dudas y cavilaciones (ni a favor ni en contra), no hay nada que refleje su tensión interior ni la formulación de un proyecto de vida encaminada en esa dirección. En definitiva, que sobre esa decisión, sobre un cambio de vida tan radical en él, no hay nada reseñable, ni en las biografías ni en los múltiples textos de Escrivá. No hay nada parecido a una controvertida deliberación interior que pueda reflejar el cambio de mentalidad hacia el sacerdocio y su misión. En su caso, por lo que decía del sacerdocio, una deliberación sumamente controvertida.

Es muy significativa la total ausencia de esas deliberaciones. Sobre la decisión, Escrivá sólo dice generalidades; él, que era tan aficionado a dar todo tipo de explicaciones y a extenderse en consideraciones espirituales. Se despacha con una generalidad, afirmando que “un buen día” le dice a su padre que quiere ser sacerdote. Entonces hay que preguntarse:

  • ¿Y antes de ese “buen día”, no hay un momento reseñable en el que lo decide?
  • ¿Cuándo es ese día, época o momento de la decisión? Tampoco lo dice.
  • ¿No hay ningún detalle de ese momento, ninguna circunstancia, o anécdota, que le haya quedado grabada en la cabeza como parejo a la decisión?
  • ¿No hay un argumento clave que le acompaña de por vida?
  • ¿No hay relatos de familiares y allegados, sorprendidos por tal cambio?

Todo ello es realmente raro. Es más, lo único que sabemos que pensaba Escrivá, son las continuas afirmaciones —ya mencionadas— alrededor de la idea contraria: nunca había pensado hacerse sacerdote ni dedicarse a Dios, y que le molestaba la idea de ser sacerdote.

Por todo ello hay que hacerse una pregunta nada retórica: ¿Realmente hubo algún cambio interno sobre el planteamiento de su vida para ingresar en el seminario? No consta. Y ello sólo puede conducir a una posibilidad.

Si pudiéramos disponer de esos apuntes íntimos, que escribía desde los dieciocho años (muy probablemente desde los dieciséis, como ya he explicado), quizás pudiésemos encontrar cumplida explicación de todo ello. Pero tales apuntes ardieron en la pira de la “humildad”. Y aunque fueron reescritos otra vez por Escrivá, no parece que en el OD estén dispuestos a darlos a conocer en su integridad, al menos por ahora. Esos AI iniciales, escritos en cuartillas, eran muy importantes para Escrivá. Tan importantes, que siempre se cita que se los llevó (en 1928) al retiro espiritual en el que parece que “vio” al OD. Lo suficientemente importantes, como para que se los llevase al Padre Sánchez, cuando inicia la dirección espiritual en agosto de 1930.

¿Acaso hay datos que avalen una antigua intención de hacerse sacerdote? No se conocen. La posibilidad de que esa decisión fuese muy conocida en su entorno desde hacía tiempo, se encarga el mismo Escrivá en desecharla claramente y con fuerza, como ya hemos visto: por todas partes habla, y deja escrito, que no le atraía ser cura. Lo explica diciendo que no le interesaba la carrera eclesiástica, que no le interesaba ser cura en el sentido usual que el término. Hay abundantes textos en contra del deseo de ser sacerdote, que no sabemos si aplicarlos a su mentalidad antes de entrar en el seminario o a cuando ya estaba en él, como la siguiente:

«Aquello, no era lo que Dios me pedía, y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote para ser sacerdote, el cura, que dicen en España. Yo tenía veneración al sacerdote, pero no quería para mi un sacerdocio así»[22]

Esta es una manera enrevesada de querer y no querer, una oscura explicación. Pero en resumen es una confesión en la que dice que no quería ser sacerdote ¿No aparece suficientemente claro, en ese discurso tan enrevesado y llamativo?

La propia oficina de información del OD en España, continuando con la usual versión oficial repetida internamente en el OD (versión iniciada por Escrivá), se fuerza en una explicación incomprensible y no apoyada por dato alguno en las biografías oficiales:

«Intuye que Dios desea algo de él, aunque no sabe exactamente qué es. Piensa que podrá descubrirlo más fácilmente si se hace sacerdote»[23]

Explicación, de la que también se deduce claramente, que va al seminario y que se ordena, por motivos incomprensibles ¿Una corazonada? ¿O es que ya en ese momento tenía una comunicación directa con Dios? No parece que se quiera señalar tal cosa, ya que emplean la palabra “intuye”.

Muchos años después explica, que se ordenó sacerdote para cumplir una voluntad de Dios, que no sabía cuál era ¿...? Y que después vio que Dios le había elegido para fundar el OD.

No sé si Dios le ha elegido para fundar el OD, pero lo cierto y constante en todas sus argumentaciones es que no quería ser sacerdote. Entonces ¿cuales eran las intenciones reales iniciales? ¿Cómo las podía explicar en ese momento? Porque no creo que fuese capaz en esa época de decirse a sí mismo —y a los demás de su entorno— que estaba en el seminario pero que su interés no era el sacerdocio, sino otra cosa que no acertaba a explicar ni a ver; siquiera a intuir. Porque algo podría explicar sobre sus devaneos mentales de esos momentos. Nos faltan los AI de esos años para tener una idea más clara.

Veamos la secuencia de los hechos, de los tiempos próximos al seminario[24]:

Enero de 1918
Escrivá ve unas huellas de pie descalzo en la nieve, que provienen de un convento cercano; asunto que le impresiona. Esa impresión la califica después como los barruntos de su vocación sacerdotal. Ese mismo mes empieza la dirección espiritual.[25]
Primavera de 1918
Entrada la primavera, parece que tomó una pronta resolución: hacerse sacerdote. Después comunicó la resolución al padre José Miguel y dejó la dirección espiritual del carmelita[26].
Mayo de 1918
Según se refiere en las biografías, en el mes de mayo la noticia de que iba a hacerse sacerdote, corría entre las amistades y conocidos.
Junio de 1918
Termina el bachillerato.
Septiembre de 1918
Inicia los estudios en el seminario de Logroño, como alumno externo. Estará dos cursos como alumno externo, ya que en el Seminario de Zaragoza ingresa en septiembre de 1920.
Agosto de 1919
Ya hay datos que confirman, que iba a simultanear el seminario con la carrera de Derecho. También se refiere que su padre le convencía en 1917 para que estudiase abogado.
Septiembre de 1920
Se traslada a Zaragoza, para ingresar en el seminario de San Francisco de Paula (apodado “seminario de los pobres”), situado en el mismo edificio del seminario conciliar o de San Carlos.
Septiembre de 1922
Se matricula también en la facultad de Derecho y simultanea esos estudios con los del seminario.
Junio de 1924
Termina los estudios en el seminario.


Al observar estas fechas, lo primero que se advierte es la rapidez con que se desarrolla la decisión, desde una supuesta aversión al sacerdocio. Y que el espacio de tiempo, entre lo que Escrivá llama “barruntos” de la vocación y la decisión firme, son tres meses. Tiempo en el que se supone que se realiza el cambio interior. Puede que no sea un corto espacio de tiempo para su carácter, pero en todo caso volvemos a preguntarnos:

  • ¿Dónde está el discurso interno que le lleva a ese cambio? En ningún sitio.
  • ¿Se sabe algo sobre comentarios de amigos, familiares o allegados? Nada[27].
  • ¿Se cita algún momento concreto en el que se pueda fechar la decisión? No.

No hay consideraciones ni acontecimientos que reseñar en ese proceso de cambio drástico. O si las había[28], Escrivá los quemó “por humildad”, según Álvaro del Portillo. Si fueron por humildad, no hay más remedio que preguntarse por las tentaciones de soberbia que le inducía lo escrito ¿De qué se puede presumir en esas situaciones?

En las biografías oficiales —y en sus propias explicaciones— parece que todo queda muy bien encajado. Hablan de su posterior misión (fundar el OD) y de que Dios le pedía algo, que no sabía qué era. Pero de la época de la decisión no hay ninguna explicación —ni detallada ni general— sobre los cambios de propósito acaecidos en el interior de Escrivá. En general no hay nada concreto, nada que explique un cambio de vida tan drástico; solamente vaguedades o impresiones similares a las que puede tener cualquier adolescente. No hay mucho más en las biografías que expliquen esa decisión; cosa, insisto, muy extraña.

Tan extraño como lo anterior es que cuando le comunica al confesor que pretende ser sacerdote, simultáneamente deja la dirección espiritual (que había iniciado poco más de dos meses antes)[29] ¿Por qué lo deja? Porque el padre José Miguel, al ver que Escrivá habla de inquietudes vocacionales, le plantea la posibilidad de ingresar en su orden y recibir allí el sacerdocio. Tal posibilidad le espanta a José María y deja la dirección espiritual. Después diría que él no tenía vocación de religioso.

No veo ninguna necesidad de dejar la dirección espiritual por ese motivo. Solamente tenía que argüir que no quería ser religioso, que su intención era ser sacerdote secular. ¿Qué le produjo esa reacción? ¿Quizás el miedo de consagrarse a Dios y no propiamente la posibilidad de ser religioso?

Con todo ello el asunto se complica: ni quería ser cura ni quería ser fraile. Gran dilema o barullo mental se le debía de plantear, ya que poco después entra en el seminario. Pero sobre tal dilema, sobre los argumentos de decisión, no proporciona ninguna explicación. El marco es oscuro y poco convincente para explicar esa decisión vocacional.

Miremos las biografías y repasemos las abundantes aclaraciones y explicaciones que hay. En ellas se deja muy claro, que:

  • no se le había presentado el problema vocacional y que
  • estaba muy convencido que eso de ser sacerdote no era para él.

Tales afirmaciones las hacía él en vida, y se repiten varias veces en las biografías oficiales. En cambio no hay ninguna explicación para una contradicción palpable: si pensaba que el sacerdocio no era para él, si le repelía, ¿por qué va al seminario? Insisto, eso requiere una detallada explicación. Pero lo asombroso es que no hay ninguna explicación de ese cambio interno tan radical. Ninguna narración al estilo de San Agustín sobre las tensiones internas, las dudas y los dos mundos enfrentados en su interior. Ni siquiera hay referencia de que hubiese pasado una temporada dubitativo, con serias tensiones interiores, o que los demás le encontrasen un poco raro o con un carácter inusual. La explicación más completa que nos ha legado Escrivá es: «Un buen día le dije a mi padre que quería ser sacerdote...» ¿Y sus familiares directos qué dijeron? ¿No contaron a sus amigos o familiares el gran cambio de intereses que había experimentado José María? Nada hay recogido en las biografías oficiales, ni dada contó Escrivá.

Todo ello es muy sorprendente, tanto por el tipo de decisión a la que nos estamos refiriendo, como por la persona: tan aficionada a la comunicación y a dar abundantes explicaciones de todo.

Con todas estas consideraciones es cuando la conversación que Escrivá cuenta que tuvo con su padre (siempre con las mismas palabras), tiene más sentido. El padre le dice:

«Si no vas a ser un buen sacerdote ¿por qué quieres ir al seminario?»[30]

¿Por qué dice el padre «Si no vas a ser un buen sacerdote...»? Lo está dando por supuesto.

Entonces, resulta que ya habían hablado entre ellos sobre la posibilidad de acudir a seminario por pura conveniencia, no por vocación. Quizás como un sistema de vida ¿Es que nadie del OD se da cuenta, que ése era el tema de la conversación?

Diciéndole eso, José María Escrivá cuenta que su padre lloró. Imaginamos que su cabeza era en ese momento un revoltijo en el que se mezclaba, por un lado el patrimonio perdido; después la imposibilidad de costearle unos estudios a su hijo en otra ciudad; más allá, la posibilidad práctica del seminario, como medio para realizar unos estudios, como sistema de promoción social. Y una precisión más, que siempre contaba San Josemaría, es que su padre le dijo: «Yo no me opondré». Es una manera de decir de José María, que los dos estaban de acuerdo.

Sabemos que en el verano de 1917, padre e hijo daban largos paseos hablando, y que en esas conversaciones se trataban con frecuencia las posibilidades de su futuro profesional[31] y también sabemos que esos paseos no continuaron[32] después. Se deduce que en esa época solventaron o centraron el futuro profesional de José María. Por lo que ésta es la época más adecuada para situar la conversación de Escrivá con su padre sobre el seminario.

Por las citas anteriores —y otros comentarios— tenemos la confirmación que don José Escrivá, estaba convenciendo a su hijo para que estudiara abogacía, a la vez que le quitaba la idea de ser arquitecto. Le decía: «¿Para que quieres ser un albañil ilustrado?».

Eso sucedía en el verano de 1917 ¿Para qué quería convencerle de eso, si sabía muy bien que no podía costearle los estudios en otra ciudad? Sólo hay una conclusión:

Don José Escrivá veía que la única salida posible hacia los estudios universitarios, consistía en enviar al hijo a Zaragoza bajo la protección de su tío el canónigo Arcediano (Carlos Albás), es decir, ingresar temporalmente en el seminario. Y si es así, los paseos y conversaciones, considerando su futuro profesional, se estaban centrando en la vía del seminario. Todo conduce a pensar que don José se dedica a convencer a su hijo y éste cambia de opinión, acepta la posibilidad que le plantean. Puede que le haya presentado a su hijo la siguiente disyuntiva (con todos los circunloquios y adornos posibles):

—Hijo, no tenemos dinero para costearte unos estudios universitarios. La opción que tienes es, o ponete a trabajar, o estudiar Derecho por medio de un camino algo tortuoso: hay que desplazarse a Zaragoza; entrar en el seminario para que el coste de la estancia resulte llevadero; procurar simultanear los estudios con Derecho (ese era el objetivo de Escrivá para su hijo) [33].

El dato siguiente, es que en primavera de 1918, en el último curso del bachillerato, empieza a comunicar su decisión de ir al seminario.

Siempre que Escrivá contaba la conversación con su padre, decía a continuación, que le presentó a un conocido, por si quería consultar con él; en resumen para que fuese su director espiritual. Si eso es así, resulta que las fechas anteriores, sacadas de la biografía oficial no son ciertas; porque en ningún lugar se dice que haya cambiado de director espiritual. Si empieza la dirección espiritual en enero, es antes de enero (¿en 1917?) cuando decide ir al seminario y no en marzo o abril de 1918. Entonces eso de los barruntos de la vocación, asociados a las pisadas en la nieve, es falso o no tiene nada que ver. La decisión estaba ya tomada antes del inicio de 1918. Es en el verano de 1917 es cuando están fechadas las recurrentes conversaciones con su padre sobre su futuro profesional. Es esa fecha porque también se señala que esas conversaciones no continuaron. Lo lógico, por tanto, es deducir que en esos momentos en cuando se plantea el asunto del seminario.

¿Por qué espera seis meses para comunicarlo a la gente? No hay muchas respuestas lógicas ¿Quería estar más seguro? O más bien le daba cierto reparo el decirlo. Los motivos de reparo a hablar, en una personalidad comunicativa como la de Escrivá, es necesario valorarlos ¿No estaba muy orgulloso de su proceder?

Hay que volver a considerar, que la narración de los hechos que hace el fundador del OD es descarnada; se parece más al esquema escrito de un guión de teatro que a una situación vivida. No hay anécdotas ni opiniones de allegados o amigos que arropen esa decisión. Volvemos otra vez con lo extraño de la situación: ¿No hubo más consideraciones por parte del padre? ¿No hubo necesidad de convencerle, de argumentarle? Escrivá ni contó ni dejó nada escrito de esos asuntos. Las biografías no refieren absolutamente nada de esos comentarios, porque eso es todo lo que Escrivá emite de esos momentos.

Quizás hubiese algo escrito en los primeros Apuntes íntimos, pero ardieron en la hoguera de la “humildad”.

Su sobrino Carlos Albás Mínguez, después de ponderar la situación económica de la familia Escrivá, se decanta por la siguiente opinión:

«Pongámonos en la situación social de aquellas fechas ¿Qué puede hacer un joven en Logroño una vez terminado el bachillerato? Sólo cabían dos salidas, ponerse a trabajar o ingresar en el seminario. Mi tío José María se inclinó por la segunda opción».[34]

A esta situación se refiere Escrivá, en un AI (nº 1688), escrito aproximadamente en 1932:

«En casa continuaron mi educación, para darme una carrera universitaria, a pesar de la ruina familiar, cuando muy bien pudieron, en justicia, haberme puesto a trabajar en cualquier cosa»[35].

Hay que notar que Escrivá dice «...para darme una carrera universitaria...». No cita al seminario. Planteado así por Escrivá, ¿no queda claro el objetivo y el método?

En resumen, hay un conjunto de situaciones y afirmaciones dispersas de Escrivá, que son difíciles de casar con la entrada en el seminario. Por ello es necesario considerarlas en su conjunto. Por ejemplo:

  • Las opiniones contrarias al sacerdocio que Escrivá tenía en esa época y de las que habla con frecuencia.
  • La total ausencia de discurso para cambiar esas ideas.
  • No hay recogido ningún debate interno que le conduzca al sacerdocio, ni Escrivá realizó nunca una explicación detallada sobre ello.
  • El insistente consejo de su padre para que estudiara Derecho, desde el verano de 1917.
  • La situación económica de la familia hacía imposible poder financiar esos estudios.

Todas estas cosas no parecen encajar entre sí, a no ser que se concluya que Escrivá —o su padre— concibió el seminario un como sistema para estudiar, lo que equivale a decir, que entró en el seminario como sistema de promoción social y económica.

Tal motivación no era rara en esas épocas y para comprenderla, hay que situarse en la sociedad del momento, comprender las escasas posibilidades de promoción social, ver la pobreza y analfabetismo reinantes, y comprobar los sueldos de mera subsistencia. Para muchos, sin recursos económicos, la opción del seminario era la única posible si se quería estudiar; bastante gente lo hacía y los resultados eran variables. Entre estos estaban los que se salían del seminario en último momento y con tales estudios podían encontrar un trabajo bastante aceptable. Otros, se reconvertían a la vocación sacerdotal. También estaban los que continuaban sin ningún tipo de vocación, asentados en una vida eclesiástica funcionarial, como sistema de vida.

No tenemos datos totalmente concluyentes para afirmar, sin lugar a dudas, que Escrivá fue al seminario por motivos diferentes a la vocación sacerdotal. Tenemos datos sumamente sospechosos que lo apoyan. Sabemos, claramente, que no deseaba ser sacerdote y que los planteamientos para un cambio tan radical, nunca los expuso.

¿Había planteamientos para un cambio interior o no hubo tal cambio? Por su parte, sólo tenemos explicaciones enrevesadas.

Lo cierto es que los datos existentes hacen bastante posible pensar que fue al seminario como sistema de promoción personal y no porque desease ser sacerdote. Esos datos son mucho más consistentes que sus enrevesadas explicaciones para explicar su sacerdocio.

En el seminario

Escrivá tenía 16 años, estaba terminando el bachillerato (1918) y se decide a entrar en el seminario. Había un seminario en Logroño en el que no vivió, solamente se examinó de dos cursos por libre y después se trasladó a Zaragoza (1920) para entrar en su Seminario Diocesano. En Zaragoza logra simultanear los estudios de teología en el seminario con los de la carrera de derecho (lo que empieza en el curso 1922-1923), tal como le había encauzado su padre, tal como tenían decidido ambos, parece que desde los referenciados paseos de 1917, en los que hablaban con detalle sobre las posibilidades de su futuro profesional.

En Zaragoza, Escrivá «Se hospedó en el Seminario de San Francisco de Paula... que era un Seminario-residencia en el que había pocos alumnos (unos treinta y tantos), adscrito al Seminario Conciliar de San Valero y San Braulio, y que estaba situado en los pisos altos del Seminario de San Carlos, pero para el cual, [...] había escalera distinta y servicios distintos»[36]

Escrivá fue al seminario de San Francisco (adscrito al Seminario Conciliar), supongo que por dos motivos: su estancia era más barata que en el Seminario Conciliar. De manera que Escrivá se asentó en el Seminario de San Francisco al que, entre los seminaristas, llamaban “el de los pobres”.

Su tío[37] Carlos Albás Blanc, el Canónigo Arcediano[38], es la persona clave que posibilita la estancia en ese seminario. Figura en el libro de inscripción como responsable de Escrivá[39]. Fue además, el que le consiguió media beca[40] para el pago de la estancia. Parece que la relación entre ambos fue excelente durante varios años.

Claramente la ayuda de su tío fue determinante. Su madre debió de interceder ante el hermano canónigo, le convenció[41] para que ayudase y situase de manera adecuada a Escrivá. Carlos Albás le protege, le avala en el seminario y también le presenta al cardenal Soldevila, que llega a conocerle perfectamente y a interesarse por sus asuntos con cierta frecuencia. La relación de Escrivá con su tío es entonces muy estrecha, le visita a menudo e incluso lleva la ropa a lavar a su casa, cuando no era necesario.

De manera que José María entra en el Seminario de San Francisco de Paula por dos motivos. Era más barato que el otro seminario y la influencia de su tío podía ser mayor, ya que el Seminario Conciliar estaba regido por los Padres Paules.

Ya en el seminario las biografías se encargan de constatar un cierto empeño por diferenciarse de sus compañeros, en el trato y en la forma de vestir. Cuentan cosas curiosas, como que tenía un porte llamativo, más elegante dicen; lo que concretan en detalles como llevar el manteo y el gorro de manera diferente a los demás (a la forma usual). También se hacen eco tales biografías de las reacciones de sus compañeros ante esas actitudes, lo que califican como las incomprensiones que tuvo que sufrir de sus compañeros[42]. Los biógrafos oficiales lo explican aludiendo a una cierta distinción o clase personal, pero también puede tener otra lectura; por ejemplo la proporcionada anteriormente en la cita sobre el mote que le aplicaban: “el pijaito”.

En el seminario se mantiene un libro con anotaciones sobre los seminaristas: De vita et moribus del Seminario de San Francisco[43]. En ese libro se recogen sucintas impresiones o valoraciones del alumno, así como su actitud hacia el sacerdocio.

En el libro De vita et móribus, el rector del seminario escribe notas poco esperanzadoras hacia el sacerdocio de Escrivá. En los primeros años le clasifica como «inconstante y altivo». El informe final del primer curso, refleja que estaba muy poco encajado en el seminario; el rector parece dudar de su vocación, ya que anota: «parece tenerla». Repite igual afirmación durante tres cursos. En cambio en 1924 ya no lo pone de manera ambigua y está anotado “la tiene”

El rector del seminario, parece muy poco convencido sobre las intenciones sacerdotales de Escrivá y pone todos los medios para que se vaya del seminario; eso ocurre durante los tres primeros cursos, aunque parece que cambia de opinión al final. Eso es lo que certifica el propio Escrivá:

«En Zaragoza, D. José López Sierra, el pobre[44] Rector de S. Francisco a quien el Señor cambió de tal manera que, después de poner realmente todos los medios para que yo abandonara mi vocación (con intención rectísima hizo eso)[45], fue mi único defensor contra todos»[46].

Que el Rector tenía serias dudas sobre la real intención de Escrivá, lo reflejan las propias biografías oficiales. Y continuaba con sus dudas a comienzos del curso 1921-1922, porque el 17 de octubre, se molesta en escribir al Rector del Seminario de Logroño pidiendo informes:

«Tenga la bondad de informarme a la mayor brevedad posible al margen de este oficio sobre la conducta moral, religiosa y disciplinar del que fue alumno externo del Seminario de su digna dirección D. José Mª Escrivá Albás...»[47]

Si se molesta en pedir informes sobre la conducta «moral, religiosa y disciplinar», es porque la actitud de Escrivá generaba serias dudas con relación al sacerdocio.

El Rector parece que percibe distanciamiento o disconformidad hacia su situación de seminarista. En resumen, parece ver en él escaso interés por la vida sacerdotal.

Se certifica en Escrivá —por biógrafos oficiales y por otros— una cierta piedad. Se explayan esas biografías en detalles aleatorios, con los que pretenden reflejar su gran piedad y sentido cristiano. Sin embargo no logran reflejar su interés por el sacerdocio (no estoy hablando de la carrera eclesiástica), ni su participación en la vida seminarista, en las actividades complementarias que allí se desarrollaban.

Un compañero suyo del seminario dice:

«Admito que en general lo tenía como buena persona, dos veces lo digo en mi libro[48]. También sostengo que era piadoso, pero que sus actitudes de piedad eran feminoides, por eso, no por otra cosa se le llamaba "rosa mística"; su piedad no se realizaba en actos prácticos o de apostolado. No colaboró nunca en Nuestro Apostolado revistilla que fundamos para ejercitar nuestro apostolado de prensa, ni actuó en ninguna velada que hicimos los dos seminarios juntos, ni formó parte del Catecismo, que teníamos los domingos por la mañana, ni perteneció a la Asociación Misional de Seminaristas de Habla Castellana que radicaba en Madrid»[49] .

Es interesante esta cita, ya que constata el nulo interés de Escrivá por cualquier otra actividad que no fuesen los estudios. No se interesa por catecismos ni por ninguna de las actividades que mantenían los seminaristas. Actividades que parecen ser bastante indicativas de un interés muy relacionado con el apostolado y con profundas inquietudes sacerdotales (no precisamente con ser simplemente “un cura”).

A pesar de todo ello, en especial de las reticencias del Rector hacia Escrivá, su tío le consigue un nombramiento de superior (o inspector) del seminario (de esas maneras se le referencia). Ocurre después del segundo curso de su estancia en él (28 de septiembre de 1922). Esto suponía una importante ayuda económica, ya que con ese cargo estaba exento de pensión en el seminario y recibía además 50 pesetas[50] por curso. También suponía disponer de fámulo y de habitación individual. Lo que se traduce en que, a partir de entonces, deja de ser una carga económica para sus padres.

Aparte de la consideración sobre si el seminarista Escrivá era adecuado o no, para realizar esa función con los otros seminaristas, el nombramiento fue un poco forzado:

Es llamativo y muy poco habitual tal nombramiento, ya que ese cargo lo desempeñaban siempre sacerdotes o diáconos. Por eso, para que tuviese aspecto de clérigo le hacen una ceremonia de tonsura (prima clerical tonsura es la expresión con la que queda registrado), a él solo y antes de tiempo. Ceremonia que no supone ninguna orden menor, solamente estaba encaminada a que pudiese ser nombrado inspector del seminario. Es el propio cardenal Soldevila el que le tonsura en ceremonia privada, lo que a su vez confirma la influencia de su tío en tal nombramiento; prueba la influencia que éste tenía en el cardenal Soldevila.

Hay un episodio significativo, que citan todas las biografías, y es su pelea en el seminario con Julio Cortés (diácono). Todas las biografías oficiales aseguran que San Josemaría era inocente, que fue agredido y que, en el castigo consecuente, se cometió una gran injusticia con él. Pero Mindán Manero —que asegura fue testigo directo de lo sucedido— no justifica a ninguno de los dos, ya que se enzarzaron en una pelea —dice— desoyendo a todos. Además, reproduce el acta de lo sucedido[51]. En el acta se lee, que Escrivá ya era inspector del seminario en esos momentos, que ambos despreciaron la intervención del superior. El castigo fue impuesto a los dos por igual.

Supongo que aquí también se puede ver con claridad la influencia de su tío, ya que después del incidente y de su correspondiente castigo, José María no varía en nada su estatus en el seminario, sigue siendo inspector.

En esa época, la asistencia a las facultades civiles estaba muy restringida a los sacerdotes, era casi imposible. Según una precisa indicación del Vaticano, necesitaban una dispensa[52] del obispo para realizarlo. Por ello, era mucho más difícil que un seminarista simultanease la enseñanza en el seminario con la de una facultad civil.

Sorprendentemente, Escrivá consiguió esa dispensa. Según se refiere, el cardenal Soldevila le concede el permiso para poder ir a la universidad y estudiar derecho, lo que parece ocurrir en el curso 1922-1923.

Éste último asunto es verdaderamente extraño y no se sabe si se debe a una intervención de su tío o si hubo realmente tal permiso, ya que las dificultades legales eran importantes. Es tan clara la indicación del Vaticano, sobre la asistencia de sacerdotes y clérigos a las universidades civiles, que ese permiso es un hecho sorprendente en un seminarista.

No parece que haya ningún documento de dispensa. Documento que habría tenido que emitir el ordinario del lugar (Cardenal Soldevila). En las biografías oficiales sólo se citan testimonios de personas, que aseguran que se le había concedido tal permiso, o que Escrivá decía que había obtenido ese permiso.

También hay referencias, en las biografías oficiales, de entrevistas de Escrivá con profesores de la universidad, en concreto con el profesor de Derecho Natural y con el Secretario de la Universidad. Según dicen esas biografías, Escrivá se entrevista con ellos recomendado por su tío don Carlos. Para ello, hacen referencia a los testimonios de los entrevistados[53], pero sin reproducir su testimonio, por lo que no se puede analizar esa supuesta intermediación de su tío. Lo cierto es que la condición de inspector, le da libertad para entrar y salir del seminario sin pedir permiso, lo que le facilita algunas gestiones y actividades.

Lo real, es que inicia los estudios de derecho y lo hace por libre, sin asistencia a clase, estudiando los veranos y examinándose en la convocatoria de septiembre. Sus primeros exámenes son en septiembre de 1923[54].

Vale la pena hacer notar que al cardenal Soldevilla lo asesinan el 4-06-1923, por lo que hablar de un permiso explícito del cardenal, sin tener el documento genera ciertas dudas.

Lo cierto es que José María Escrivá, en Zaragoza, logra alternar los estudios eclesiásticos con los de la carrera de Derecho. No espera a finalizar los estudios de Teología, lo que proporciona una idea de la urgencia que tenía. Por fin, en 1923 (finalizado el cuarto curso de teología en el seminario), se inicia el objetivo planteado por su padre en 1917, seis años antes. Todo ello, con la ley eclesiástica en contra, con los estatutos de la Universidad Pontificia en contra y con el Rector del seminario disconforme con la estancia de Escrivá en ese establecimiento (como hemos visto en la cita anterior relativa al rector). Por la misma cita precedente del Rector, se deduce que además de no confiar nada en Escrivá, éste le da la razón sobre esa desconfianza, ya que, como hemos visto, asegura: «con intención rectísima hizo eso».

El «pobre» Rector del seminario tiene que aceptar que Escrivá sea nombrado inspector. Además, al final del curso (1922-1923) en que Escrivá ha actuado como inspector, el rector sigue anotando —en el libro De vita el moribus— la misma frase equívoca de los años anteriores, en el apartado de vocación: «parece tenerla»[55]. Está pues, muy poco convencido de las intenciones de Escrivá.

El tiempo pasaba, los estudios del seminario se acaban en junio de 1924.

Escrivá está tan centrado en los estudios civiles, que no presta ninguna atención a su graduación en la Universidad Pontificia, en donde había estudiado durante su estancia en el seminario. No se molesta por obtener ningún tipo de título (Bachiller, Licenciado)[56]. Cosa realmente extraña. Muestra claramente, que todo eso le importaba muy poco y que estaba centrado exclusivamente en su carrera civil (Aunque después se procura un doctorado en teología). Lo referencia con extrañeza Mindán Manero (también el propio Escrivá)[57]:

«Y es extraño que después de estudiar varios años en Universidad Pontificia, no obtuviese nunca ningún título o grado académico en la misma (Bachiller, Licenciado o Doctor)»[58]

Es importante resaltar la constante intervención de su tío, el canónigo Arcediano, ya que las biografías oficiales se despachan con él diciendo que era un autoritario, y que Escrivá chocó con él (después de cuatro años de amigables relaciones) porque no quería entrar por el sistema de la carrera eclesiástica. Con tal argumento es imposible explicar el gran enfado que tiene al final con su sobrino y hermana; convierte a tal argumento en irrelevante. La interpretación de ese enfado, a finales de su estancia en el seminario (después de junio de 1924, momento en que termina los estudios en el seminario) es crucial para entender las intenciones de Escrivá con relación al sacerdocio.

El enfado que don Carlos tiene al final (en junio de 1924)[59] es de tal calibre, que no acude a acompañar a su hermana, cuando se le muere el marido (el padre de Escrivá). Poco después, tampoco les acompaña en la primera misa de José Mª Escrivá, cuando éste decide ordenarse. A continuación, una vez asentada en Zaragoza la familia de Escrivá, rechaza hablar con su hermana: cuando va a su casa, acompañada de su hijo Santiago, literalmente, la echa de casa a empujones; lo que refiere detalladamente el propio Santiago.

Es claro, que don Carlos tenía un enfado monumental con su sobrino y su hermana. Pero ese enfado no puede explicarse por una rabieta autoritaria. Tiene que ser algo más serio ¿se sentía víctima de un engaño continuado?

Por otra parte, los biógrafos oficiales podrían reconocerle a Carlos Albás que, sin su intervención y ayuda, la estancia de Escrivá en el seminario hubiese sido bastante más dura: probablemente no hubiese podido salir de Logroño para estudiar; hubiese tenido dificultad para obtener media beca en el seminario; casi con seguridad, no hubiese sido nombrado inspector del seminario. Y, si es que ocurrió como dicen las biografías, ni hubiese conseguido la dispensa para alternar los estudios en el seminario con los de Derecho en la universidad civil.

La ordenación sacerdotal

«...quizá —si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están..., y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!» [60]

Mediante esta cita, tenemos un dato incuestionable: Escrivá había tomado la decisión de no ordenarse, pero algo le estorbó esa decisión.

Escrivá termina el curso de quinto de Teología y de inmediato es ordenado subdiácono[61] (14-06-1924), probablemente igual que todos sus compañeros seminaristas.

Pasa el verano de 1924 estudiando intensivamente Derecho. En septiembre se examina de bastantes asignaturas y empieza un nuevo curso en la universidad civil. En septiembre de 1924, cuando vuelve a Zaragoza, ya tiene terminados los estudios del seminario (5º año de teología). Pero Escrivá no parece tener ninguna prisa en ordenarse, ni parece tener ninguna actividad propia de su condición de subdiácono. Las biografías oficiales no constatan nada. Tampoco solicita ningún tipo de ordenación y se dedica enteramente a la carrera de Derecho.

Usualmente, una vez terminados los estudios los seminaristas eran ordenados subdiáconos. Eso ocurría nada más terminar el curso, en junio, como fue el caso de Escrivá. Se iban de vacaciones (en las que generalmente colaboraban en alguna actividad parroquial en donde estuviesen) y a la vuelta, a finales de septiembre, se ordenaban de diáconos[62], como paso a la ordenación sacerdotal.

En el caso de Escrivá, lo encontramos en el mes de noviembre (casi seis meses después) sin acceder a ninguna otra ordenación y sin haber solicitado nada en ese sentido. Parece que se dedica intensamente a la carrera de Derecho, para terminarla en ese curso. Su proyecto de estudiar derecho seguía adelante, y el curso que empezaba se presentaba bastante bien: libre de las clases de la Universidad Pontificia; el aspecto económico cubierto con el puesto de inspector del seminario. Hay una circunstancia que le favorece: podía esperar más de un año, hasta tener la mayoría de edad canónica para ordenarse sacerdote (24 años, en enero de 1926). Por ello, sin necesidad de pronunciarse de inmediato sobre la ordenación sacerdotal, le encontramos centrado en sus estudios de derecho, durante todo el verano y casi todo el primer trimestre del curso 1924-1925.

Sin embargo, el que no tuviese la mayoría de edad canónica, no era un obstáculo importante. Bastaba con pedir una dispensa, cosa que hace después de manera bastante acelerada. Pero en esos momentos no parece que tenga ninguna prisa por ordenarse ni de diácono ni de presbítero.

Tampoco parece que esté muy interesado por desarrollar ningún tipo de labor relacionada con lo sacerdotal. En ese momento ¿en qué se concreta ese afán de almas y de apostolado del que tanto hablaba después? En esos momentos, en nada. Lo que habla de nuevo, manera elocuente, sobre su afán sacerdotal y su interés por el sacerdocio. En los meses de verano y en el primer trimestre del curso, no se le conoce a Escrivá ninguna actividad relacionada con su estatus de subdiácono. Cosa muy extraña en alguien que desea ser sacerdote. No se sabe de ninguna actividad de apoyo en alguna parroquia, ni reunión ni colaboración con ningún tipo de organización de ámbito cristiano ¿Realmente se tomaba en serio su estatus? Más bien parece que está con la cabeza en otros asuntos. La carrera de Derecho parece ser el único objetivo. Lo de la función sacerdotal, o lo encaminado al sacerdocio, está aparcado. Eso concuerda con lo que después repetía sobre su pasado (sin precisar cuando), que no le interesaba ser cura.

Con esa forma de actuar, parece que no hace más que continuar con su actitud habitual en el seminario. La anterior cita de Mindán Manero, nos confirma el nulo interés de Escrivá en actividades como: Catecismo, apostolado de prensa, veladas de seminarios u otro tipo de actividades de seminaristas.

Pero Escrivá está, en el inicio del curso 1924-1925 en una época de convulsión interna. Ha terminado los estudios mínimos para ser ordenado sacerdote y parece que se encuentra enfrascado en la carrera civil, pero también puede ser el momento para que las dudas se presenten desde todas las direcciones. De hecho, los datos que hay parecen indicar que estaba sumido en importantes dudas. Dispone de unos meses para pronunciarse sobre la cuestión capital del sacerdocio y parece que su interior no está nada tranquilo.

Si es posible que haya entrado en el seminario por cierta conveniencia, es también bastante posible que la opción del sacerdocio y de la dedicación a Dios se hubiesen introducido en su cabeza con cierto peso. El seminario es periodo de prueba, de reflexión y también de afianzamiento, ya que el ambiente y enseñanzas están dirigidas a ello. Si inicialmente entra en el seminario por motivos diferentes a la vocación sacerdotal, no sabemos hasta que punto había habido después una reconversión interior suficiente, como para decantarse hacia el camino sacerdotal. No obstante, los síntomas externos, los datos que nos proporcionan las biografías para apoyar esto, son casi inexistentes. Nada muestran sobre una intención decidida hacia el sacerdocio. De mostrar algo, más bien muestran lo contrario. Como ya he anotado, la participación en asuntos propios de su estatus, en algún tipo de actividades de apostolado, es nula; no se le conoce.

Al margen de cualquier consideración, hay un dato claro, es lo que Escrivá dice en la cita con la que inicio este apartado. Por ella sabemos que hay un momento en el que tiene serias dudas sobre su continuidad en el camino sacerdotal. Es más, parece que las dudas ya se habían despejado hacia el abandono:

«...si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino...»

Lo que se completa perfectamente con lo que dice a renglón seguido:

«...estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están..., y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio!»

No se pueden decir más claro cuatro cosas decisivas, relativas a su intención sobre el sacerdocio:

  • Quería dejar el seminario (no ordenarse).
  • Tuvo un cierto “estorbo” para realizar su propósito.
  • Si no hubiese tenido ese estorbo, estaría en cualquier otro sitio (por ejemplo «alborotando en las Cortes») «y no a tu lado, precisamente,»
  • En ese momento se sentía «profundamente anticlerical». Un sentimiento bastante incompatible con querer ser sacerdote.

¿Cuándo se presentaron esas dudas o decisión de dejar el seminario?

¿Cuál fue el “estorbo” que le hizo elegir el camino del sacerdocio, en vez de lo que tenía planeado?

No hay referencia cumplida de tensiones interiores, ni de situación interna problemática, hasta que no termina el último curso del seminario. Entonces hay dos claras referencias de una situación interior en ebullición.

Primera referencia

La proporcionan las biografías oficiales, cuando empiezan a hablar de un distanciamiento de Escrivá con su tío Carlos Albás Blanc. Más que distanciamiento, lo que se produjo fue un enfado notable. De manera que cuando don José Escrivá muere repentinamente, el 27 de noviembre de 1924, no se desplaza a Logroño para acompañar a su hermana en el entierro de su marido. Tampoco acude a la primera misa de Escrivá, cuando éste decide ordenarse (veremos en qué situación).

¿Qué había pasado para que su mentor y protector se enfade con él, después de todos los apoyos y ayudas que le había proporcionado?

Las biografías datan ese distanciamiento después del final del último curso del seminario (junio de 1924). En concreto, después de ser ordenado subdiácono (14.06.1924)[63]. Puede ser, pero esa fecha no tiene sentido, ya que en ese momento se inician las vacaciones y don Carlos no vuelve a ver a su sobrino hasta septiembre. Es entonces, cuando parece que Escrivá está en una situación interior problemática.

No obstante, la pregunta a realizarse es: ¿Cómo puede enfadarse su tío, precisamente ahora que ha terminado sus estudios en el seminario y que ve a su sobrino y protegido, ordenado de subdiácono? ¿Qué claro proyecto veía en su sobrino, que no concordaba nada con lo que le habían dicho, dado a entender, o había él supuesto?

Las biografías oficiales —y lo que nos contaban en el OD— siempre insisten en explicar que el enfado de su tío se debía a que Escrivá no le interesaba la carrera eclesiástica (hacer carrera), lo que —dicen— chocaba con la opinión del canónigo. Además lo completan diciendo que reacciona malamente, porque era un autoritario.

No se entienden los términos de esa explicación, ni el momento, ni la causa del enfado ¿Por qué va a producirse, precisamente cuando se ordena de subdiácono? Eso entraba plenamente en el objetivo de la protección de don Carlos, a la que él se había acogido durante cuatro años.

¿En donde no coinciden los objetivos eclesiásticos de don Carlos con los de Escrivá? Pero si aún no había empezado la función eclesiástica ¿cómo se puede exponer eso como motivo de fricción?

Realmente esa explicación es netamente insuficiente. Los roces han tenido que producirse a partir de septiembre (en todo el verano, don Carlos no ve a su sobrino), cuando empieza a ver las intenciones de Escrivá; cuando están datadas unas jaculatorias sobre las que me detendré más adelante.

Si la causa del roce era el carácter autoritario de don Carlos Albás, Escrivá tarda cuatro años en darse cuenta. Si a Escrivá no le interesaba “hacer carrera” eclesiástica nos parece muy bien, pero ¿no habría que argüir eso en otro momento, cuando iniciase esa carrera? En cuanto a la pureza de la labor sacerdotal, o en cuanto a su particular visión del sacerdocio, es necesario decir que a Escrivá no se le conoce ninguna actividad sacerdotal heroica, o simplemente reseñable, hasta unos cuatro años después de ser ordenado sacerdote: en la fecha que comunica como fundación del OD (lo veremos).

Lo que sí se conoce con toda exactitud es su intención de dejar el seminario: no ser sacerdote. La cita inicial lo precisa muy bien.

Resulta que llega noviembre y el joven seminarista está sin ordenarse —ni siquiera de diácono—, sin hacer la solicitud para ser ordenado diácono. Hay que tener en cuenta que eso ocurre casi medio año después de terminar el seminario ¿no sentía deseos de realizar la función sacerdotal? Lo que es evidente, en este periodo de 1924, es que se estaba dedicando exclusivamente a los estudios de Derecho. No se le conocen en ese periodo, ninguna actividad propia de su estatus de subdiácono; repito, ninguna.

Es muy posible que, una vez situado Escrivá en septiembre de 1924 —en el inicio del curso siguiente al de haber finalizado los estudios en el seminario— ya tuviese dudas importantes sobre la ordenación. Entonces quizás le dijese, le insinuase, algo a su tío y benefactor; lo suficiente para que él llegase a comprender, que lo de la vocación sacerdotal se estaba tambaleando. Sea como fuere, la sospecha se convierte en evidencia para él. Lo real es que el canónigo Arcediano empieza a enfadarse seriamente. Repasemos otra vez, la ayuda prestada a su sobrino Escrivá:

Le había conseguido la estancia en el seminario; le había gestionado, primero media beca y después, un sorprendente nombramiento de superior del seminario, aunque la opinión del rector del seminario sobre Escrivá no era muy favorable[64] (con ese nombramiento reducía a cero el coste de la estancia en el seminario); le había presentado al cardenal Soldevila y parece que había conseguido de él una dispensa para asistir a la universidad civil; le había recibido con frecuencia en su casa, hasta llevaba su ropa a lavarla allí. Toda una disposición de ayuda a su sobrino, confiado en su rectitud de intención y en lo que le decían su hermana y cuñado.

Pero resulta, que en un determinado momento surge la duda o quizás la evidencia de un engaño en las intenciones. Tiene al fin la certeza de que había sido usado como medio para la promoción social y económica de su sobrino. Entonces se siente engañado con premeditación, utilizado crematísticamente. Su enfado se vuelve contra su hermana y contra José María.

En todo caso, su tío Carlos Albás puede que no haya obrado bien en algunos asuntos, pero después de haber actuado como conseguidor para Escrivá, y después de la protección y apoyos prestados, se merece algo de agradecimiento por parte de San Josemaría, cosa que no ha ocurrido. Las biografías oficiales no le tratan muy bien. Tampoco era nada reconocido —por decirlo suavemente— en las historias que nos contaban dentro del OD, y eso venía de Escrivá directamente por tradición oral.

Segunda referencia

Por dos jaculatorias que Escrivá rezaba, se tiene referencia indirecta de sus problemas internos. Están fechadas el 24-09-1924, decía: Domine, ut videam! [65]; Domine, ut sit!.

Una variante de ellas, dirigida a la Virgen: Domina, ut sit! (¡Señora, que sea!), está grabada en la base de una imagen de la Virgen del Pilar, que se encontró muchos años más tarde[66].

Era una imagen de la Virgen, realizada en escayola, que tenía grabada en la base la citada jaculatoria, junto con una precisa fecha: 24-09-924. Había sido grabada con algún objeto metálico punzante.

En ese momento tenía que decidir ordenarse diácono y después presbítero. Y que estaba en una situación interna compleja, lo corrobora el artículo de Crónica que se publicó unos años después de la aparición de esa imagen de la Virgen.

Ese número de Crónica[67] contenía amplios artículos sobre la imagen y su contenido, con fotografías, también de su base en donde se podía leer claramente la jaculatoria y la fecha. Los artículos[68] hablaban extensamente, sobre las dudas y vacilaciones del fundador, asunto que entonces me llamó bastante la atención. Un artículo contenía consideraciones del propio Escrivá sobre sus dudas. Afirmaciones, en las que no quería ser sacerdote para ser simplemente sacerdote, o “el cura”; porque —decía— no le interesaba la carrera eclesiástica.

La aparición de la imagen de la Virgen era un tema menor, que produjo unas explicaciones sorprendentes. Nadie las había pedido ni sospechado. Con todo, lo que quedaba claro en aquellos artículos de Crónica, era que San Josemaría NO quería ser sacerdote.

Al final, en esos artículos de Crónica, para justificar la ordenación sacerdotal de Escrivá a pesar de todas esas dudas y reticencias, se recurre a una (entonces) inimaginable misión futura: la fundación del OD. Las dudas se resolvían rápida y bonitamente, diciendo que Dios le pedía que se ordenara sacerdote para algo que entonces no entendía (volvemos al recurso de “la voluntad de Dios”).

La fecha del 24-09-1924 y sus circunstancias, son muy importantes, ya que en el OD han querido cambiar posteriormente (en época de Álvaro del Portillo) la fecha y las dudas, y pasarlas de septiembre a mayo. Eso las clasifica como dudas muy serias y situadas en un momento crítico, muy probablemente con la decisión ya tomada de no continuar por la vía eclesiástica, es decir: no ordenarse sacerdote.

Para el cambio de fechas se proporciona la siguiente escueta mención (que no explicación):

«La fecha inscrita en la base, cómo equivocadamente se ha recogido en alguna publicación, no es la del 24 de septiembre sino del 24 de mayo (24-5-924), dado que el guarismo del mes 5 se confunde con el 9».[69]

Este comentario, se refiere a la fecha que proporciona otra biografía oficial anterior: la de Salvador Bernal. En esa biografía (edición del año 1976) aparece claramente referenciada la fecha del 24-9-924 (dispongo de esa edición). En ediciones posteriores de la biografía de Salvador Bernal, la fecha ha sido modificada; pasa de septiembre (9) a mayo (5).

La justificación que proporciona para el cambio de fecha es sorprendente: ¿Si el 5 se confunde con el 9, que criterio hay para desterrar el 9? (No se cita tal criterio). Es sobre todo sorprendente después de haber sido publicada tal fecha en Crónica, donde se adjuntaban las correspondientes fotografías, y después de que nadie apreciase en esos momentos que el 9 no estaba claro.

Sorprendente asunto el cambio de fechas, porque el artículo de Crónica citado, tenía abundantes consideraciones de Escrivá sobre el episodio, y en ningún momento el autor de lo grabado, Escrivá, parece dudar de esa fecha. Ese número de Crónica, estaba perfectamente disponible y consultable para todos, en la época en que se publicó la biografía de Salvador Bernal. Entonces, nadie advirtió ninguna discordancia de fechas.

Parece que a Álvaro del Portillo le pareció mucho mejor que las dudas se situasen en el mes de mayo. Así, esas jaculatorias, tienen una carga más ligera, desdramatizada: es más normal que a un seminarista le aparezcan dudas, cuando llega el momento de empezar la serie de ordenaciones (subdiácono, diácono y presbítero). Pero resulta que no hay ningún otro dato en las biografías, ni consideración, ni escrito, para centrar las dudas en mayo.

Ocurre que en septiembre de 1924, tres meses después de haberse ordenado subdiácono, después de haber iniciado el camino formal y final que conduce al sacerdocio, las mencionadas jaculatorias son más que la expresión de una duda, son una decisión, son la expresión de un desgarramiento interior. Le quedaba poco tiempo, para decidirse definitivamente en una u otra decisión. No continuar por la vía del sacerdocio le presentaba notables inquietudes, ya que suponía la salida del sistema en el que había estado metido, y veía a otros compañeros con la decisión clara.

Cabe hacer otra consideración. El rezo de esas jaculatorias, junto con la situación, indica un corazón inquieto y puede ser síntoma de fuertes dudas. Yo también rezaba esa misma jaculatoria (tradición instaurada por Escrivá en el OD), cuando ya tenía tomada la decisión de dejar el OD, pero me asaltaban dudas; de manera que creo entender perfectamente esa situación: ahí hay una resistencia interna a seguir por el camino en que estaba encarrilado. Pero la duda es mas bien una herida, porque son asuntos que mediatizan la vida y su sentido más profundo.

Aunque los datos y razonamientos induzcan a pensar, que su entrada en el seminario tenía poco que ver con la vocación sacerdotal, al final, también es necesario tomar la decisión de dejar la vía eclesiástica y continuar con la abogacía (por la cita inicial parece que esas eran sus intenciones). Y es el momento de sentir los arañazos de una cierta culpa, la del que ha utilizado el sistema para lo que no estaba previsto, desplazando de las ayudas económicas a otros más convencidos.

Que había serias dudas, queda sobradamente demostrado por todo lo anterior. Pero las importantes tensiones internas de Escrivá en esos momentos, no están desgranadas adecuadamente en ninguna biografía (sí hubo un intento, en su día, en Crónica). Hay afirmaciones desperdigadas del tipo: «No me interesaba ser sacerdote, para ser sacerdote». También se completaba la afirmación con expresiones del tipo: «Aquello no era lo que Dios me pedía, y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote para ser sacerdote, el cura, que dicen en España» (Otra vez las sugerencias divinas, que no se sabe de dónde las saca). Sin embargo, nunca se contextualizan tales afirmaciones, nunca se dice en qué fecha o memento vital tenía ese sentimiento.

Quizás la cita que mejor explique la situación sea con la que inicio el capítulo: pensaba dejar el seminario; había tomado la decisión de hacerlo; pero algo le obligó a continuar. Con todo queda claro y de manera explícita que: Pensaba prescindir del camino sacerdotal y ya había tomado la decisión. Pero tuvo fue «estorbado» para llevar a cabo su decisión.

El estorbo de la salida

Repasemos la biografía y las fechas, y veremos como Escrivá tuvo un problema, grande y desgarrador. En esos años, no hay ningún otro problema significativo en su biografía:

La muerte repentina de su padre (27 de noviembre de 1924) le coloca como único responsable de la familia[70], pero carece de una mínima perspectiva económica ni profesional por delante. La situación económica es tan mala, que la familia no tiene dinero para abordar el entierro y funerales (ataúd, exequias, sepultura y otros gastos mortuorios), por lo que tienen que pedirlo prestado[71]. José María tuvo que acudir a don Daniel Alfaro, un capellán castrense conocido de la familia, que les prestó el dinero necesario para esos gastos.

El estorbo (así lo llama él) importante para no realizar su propósito inicial de abandonar la carrera eclesiástica, no puede ser otro que la necesidad de afrontar la situación económica familiar. Ante la muerte de su padre se había constituido —trágica e inoportunamente— en cabeza de familia y sobre él recaía la obligación de mantener a su madre, hermana y un hermano que no tenía más que cinco años.

Por un lado estaba su decisión firme de dedicarse al derecho como profesión y olvidarse del seminario (recuérdese: «...si no hubieras estorbado mi salida del seminario...»), pero faltaban casi dos cursos para poder realizarlo. Por otro lado, necesitaba atender a su madre y hermanos. En esa segunda opción estaba la posibilidad, casi la única, del trabajo sacerdotal: la ordenación. En el platillo de la balanza apareció un nuevo argumento de peso: la inmediata, necesidad de mantener a la familia. Entonces la balanza se inclinó en el sentido contrario al que había previsto. Tuvo que tragarse el sapo y vencer ese sentimiento interior con el que se sentía «profundamente anticlerical». Mientras alguien no documente otro asunto como “estorbo” a su intención de abandonar la carrera eclesiástica, éste es el único que tenemos.

La decisión de no ordenarse debía de tenerla ya clara, pero lo normal es que después de tantos años de enseñanzas y ambiente eclesiástico, quedasen dudas en su cabeza sobre una u otra dirección. El sacerdocio seguro que tenía cierto peso en su cabeza. Pero era insuficiente.

Entonces, la nueva situación económica familiar, junto con los restos de dudas que podía tener y el dolor por la muerte de su padre, formaron un conjunto de peso que le forzó a continuar hacia la posibilidad más inmediata: el camino sacerdotal, es decir, ordenarse. Entonces sí que toma la decisión y la acelera todo lo que puede: un mes después de la muerte de su padre, se ordena diácono (20 de diciembre de 1924), y después sacerdote, en cuatro meses (en marzo de 1925). Tenía que darse prisa, por lo que pide dos dispensas; la de edad canónica para ordenarse (todavía no tenía veinticuatro años), y la dispensa de los intersticios[72]. Se ordena casi diez meses antes de cumplir los 24 años. Ante esta actividad, cabe preguntarse ¿Si tenía tanta prisa, por qué no inicia estos trámites en junio, o en septiembre, al inicio del curso?

Si inicialmente había optado claramente por “dejar el seminario”, según dice el mismo Escrivá («...cuando creí haberme equivocado de camino»), la muerte de su padre y la situación de su familia le fuerzan a dar marcha atrás. Pero ese motivo, por muchas vueltas que se le dé, es esencialmente un motivo económico. Fue la manera de disponer de un sistema para ganarse la vida y mantener a la familia.

No veo ninguna otra situación o momento concreto, para aplicarle su afirmación —documentada— en la que dice que pensaba “dejar el seminario” («...cuando creí haberme equivocado de camino»). Tampoco veo ningún otro motivo importante, que le fuerce a cambiar esa idea y decida ordenarse. Porque además, al analizar la cita primera, vemos que se sintió obligado a seguir por el camino eclesiástico: «...si no hubieras estorbado mi salida del seminario».

No debió de ser fácil la decisión y tampoco debió de ser fácil su celeridad; incluso el poner en marcha su decisión de ordenarse. Alguna resistencia institucional debía de tener para sus intenciones (y por algo sería), ya que está la referencia al rector del seminario, que en los años anteriores, según palabras de Escrivá, había hecho todo lo posible para que dejara el seminario. Ahora, parece más convencido y es el único que le apoya:

«En Zaragoza, D. José López Sierra, el pobre Rector de S. Francisco a quien el Señor cambió de tal manera que, después de poner realmente todos los medios para que yo abandonara mi vocación (con intención rectísima hizo eso), fue mi único defensor contra todos»[73].

Esta nota es también importante, porque de ella hay una deducción clara: Si el rector fue su «...único defensor contra todos», quiere decir que tenía serias dificultades de credibilidad ¿Era conocida por algunos su intención anterior de no ordenarse?

Sobre la decisión de ordenarse y las dudas, —o intención— que ya había formulado de no ordenarse (antes de la muerte de su padre), hay algunas afirmaciones incomprensibles (extraídas, probablemente de los AI), como la siguiente, sobre el momento de la muerte de su padre:

«Es más, comprendió como una manifestación clara de la Providencia divina el hecho de haber recibido ya el subdiaconado; consideró el compromiso adquirido de dedicar al Señor toda la vida en celibato, como una obligación de la que no podía echarse atrás en ese momento extraordinario, aunque no ignoraba que podía conseguir una dispensa con relativa facilidad, si había causas urgentes que la motivasen» (Javier Echevarría, PR, p. 216)[74]

Interesante explicación, con la que es pertinente hacer algunas preguntas:

¿Por qué consideraba, precisamente en ese momento, que no podía echarse para atrás? Eso no tiene sentido, excepto que ya hubiese tomado la decisión de “echarse para atrás”, de no ordenarse.

¿Por qué Javier Echevarría habla de dispensa? Eso tampoco tiene sentido, excepto que ya lo hubiese considerado y, quizás, decidido.

¿Por qué considera una manifestación clara de la Providencia divina el hecho de haber recibido ya el subdiaconado? ¿Quiere eso decir que necesitó de la muerte de su padre para decidirse?

Nada de esa explicación de J. Echevarría tiene sentido, excepto la consideración, poco explicitada, que son precisamente esas situaciones de dolor las que favorecen las grandes decisiones, en concreto las religiosas; hay ejemplos en la historia y en la vida, que confirman este punto. El argumento en ese sentido, resultaba fácil de sostener, pero no resultaba conveniente para la excelencia de San Josemaría. Habría que admitir que ya había tomado la decisión de no ordenarse. Ese argumento es el que debió de convencer definitivamente al “pobre” rector, D. José López Sierra.

En cambio, Echevarría parece utilizar esta situación para justificar unas dudas. Por lo que simultáneamente, las configura como dato admitido. Más que dudas: una decisión. Es una lástima no disponer de todos los AI de Escrivá, ya que, por lo que parece, allí ha encontrado Javier Echevarría material para hacer esas sorprendentes justificaciones.

El hecho es que se ordena, y a su primera misa sólo acude un reducido grupo de personas, entre las que está el “pobre” rector del seminario. No está su tío Carlos Albás, el antiguo benefactor y protector. El enfado que don Carlos parecía tener con todos ellos debía ser notable: no va al entierro de su cuñado, ni a la primera misa de su sobrino, que estaba oficiando a unos pasos de donde él vivía.

El cuadro de la ordenación que describe Vázquez de Prada en su biografía (apoyado con testimonios) es notable: la madre de Escrivá, doña Dolores, no paraba de llorar desconsolada. Aquella ordenación tenía un aspecto triste y desgraciado. El mismo Escrivá estaba en un estado de alteración notable. Después de la ordenación y la comida, reflexionaba, más bien protestaba, desconsolado y sollozando, dirigiéndose a Dios:

¡Como me tratas, como me tratas![75]

Pensando que Dios le proporcionaba golpes para forjarlo y que daba «una en el clavo y ciento en la herradura»[76]

Más explicaciones extrañas que requieren nuevas preguntas:

¿Por qué tiene que sollozar y protestar? ¿No se cumplía con esta ordenación el deseo, largamente esperado, de ser sacerdote?

¿Cuáles eran los supuestos martilleos de la providencia?

¿O, más bien se encuentra obligado en esa situación y todo este suceso es a contrapelo, muy a disgusto?

La cita es de lo más elocuente y agranda la sospecha: se vio, forzado por las circunstancias, a elegir un camino que no deseaba en absoluto. Por eso, al final del día, no tiene más remedio que ponerse a llorar, desconsolado; se siente desgraciado por el camino que ha tenido que elegir. Un camino que le repele.

Más consideraciones

En los artículos de Crónica citados anteriormente, San Josemaría se ordena no muy convencido, pero pensando en la voluntad de Dios, que ese momento no veía clara.

Eso de saldar las dudas diciendo que se ordenó (en resumen) para fundar el OD, es algo inaudito, increíble. Es una explicación totalmente inadecuada para aplicarla a un momento futuro del que no se tiene ni idea, algo que no se sostiene por ningún sitio.

Además tal argumentación no casa con la vida sacerdotal anodina que llevó desde ese momento, hasta la fundación del OD ¿Dónde está, en esos años, el impulso de un hombre de Dios, comprometido en su actividad sacerdotal? Las biografías no son capaces de entresacar más que nimiedades: misas de sustitución y cosas similares “para ir tirando” por la vida. En cambio, alguna biografía recoge que guardaba algún papelillo con los estipendios que cobraba por esas misas del principio en Zaragoza, en la iglesia de San Pedro Nolasco. De esos años la única conclusión que parece sacarse de su actividad, es que el sacerdocio fue, más bien, un sistema de vida para mantenerse y para mantener a su familia, mientras seguía estudiando la carrera civil.

Con todo, ese artículo de Crónica dejaba constancia de un dilema, de serias dudas, de que Escrivá no se sentía movido a la ordenación: no quería ordenarse sacerdote. Por ello creo oportuno preguntar por qué ese ambiente interior de Escrivá, no aparece puntualmente reflejado y fechado en las biografías oficiales, en especial en la de Vázquez de Prada. Recuérdese que esa biografía es, esencialmente la misma que se ha usado para la causa de la beatificación, y que una ocultación de datos en ese proceso parece un asunto grave. Probablemente no había manera de explicar adecuadamente esas dudas.

Asegura Escrivá en varios lugares, que Dios le va llevando por caminos que él desconocía, para así cumplir Su voluntad. Que eran asuntos que intuía o barruntaba y que no terminaba de ver claro ¡Qué bonito y a la par qué poco consistente! Porque no aparecen por ningún sitio el contenido de esas intuiciones o barruntos. Tales asuntos, que suponen decisiones importantes, tienen que quedar muy fijadas, en su caso escritas, ya que lo hacía habitualmente. Mucho más fijadas y puntualmente reflejadas, si resulta que son decisiones a contrapelo, como da entender constantemente ¿En qué consistían las intuiciones o los barruntos? ¿No tienen ninguna formulación explicable? El argumento explicativo sobre la voluntad de Dios está muy bien, pero el momento y la actividad de Escrivá no concuerdan. En esos momentos ¿a quien iba a explicar tal argumento? Esas vacilaciones, reflejadas en Crónica en su momento, y justificadas allí con un fervorín inaudito, quizás estén mejor reflejadas en el AGP[77] o en los AI[78], si es que esos “detalles” no ardieron en la pira de la humildad, en su momento.

¿Por qué no aparece claramente el contenido de las dudas, intuiciones o barruntos? Su exposición es bastante necesaria y aleccionadora, si de ellas se deduce que en un principio quería salirse del seminario, pero al final se convence de su camino y se ordena sacerdote. Respondería a una lucha interior con resultado positivo, aleccionador. Entonces el contenido de esas dudas, ciertamente hubiese aparecido en las hagiografías y estaría perfectamente explicado su contenido, así como el proceso interior de evolución y conclusiones finales. Pero no aparece nada de eso en las biografías oficiales, todo se resuelve con un extraño recurso a cumplir voluntad de Dios «que no conocía». Entonces la lógica se tiene que colocar en el enfoque de mayor sospecha: no aparecen las dudas, porque el motivo decisivo de la ordenación sacerdotal no fue nada ejemplar.

Otros datos

Una vez ordenado alquila un piso en Zaragoza y traslada allí a su familia. Su situación económica era bastante mala. Lo demuestran varios asuntos y citas biográficas. Hay algunas citas, que además de mostrar la necesidad económica, perfila el enfado de su tío:

Cuando J.M. Escrivá y su hermana van saludar a su tío el canónigo Arcediano, el que había acogido y protegido a Escrivá durante cuatro años, nada más abrir la puerta les espeta:

—¿Qué demonios habéis venido a hacer en Zaragoza?, ¿airear vuestra pobreza?[79]

Cuando la madre de Escrivá va a ver a su hermano don Carlos, llevando de la mano a su hijo Santiago, no quiere recibirla y la echa de su casa, literalmente a empujones. Lo que Santiago relata puntualmente.

Eso sólo tiene una explicación: se sentía engañado y manejado por ella, en todo lo relativo a José María Escrivá.

Parece una explicación totalmente insuficiente, decir que Carlos Albás era un autoritario y que se distanció de Escrivá, porque éste no quería hacer carrera eclesiástica ¿Qué carrera, si era un recién ingresado?

No se concibe una actitud tan dura, sin un despecho producido por algo de cierta entidad. Por lo pronto estaba cansado de ser el mecenas, el protector y el conseguidor de los Escrivá-Albás ¿Se había cansado de repente, por algún vaivén de su carácter? No lo parece; de los defectos que le achacan las biografías sobre Escrivá, a su tío don Carlos, no hay nada parecido a un carácter voluble. Si estaba muy enfadado, caben pocas posibilidades y la más verosímil es que se sentía tremendamente engañado. Lo más verosímil que pudo haber ocurrido, es que las dudas finales, más bien la decisión de Escrivá de no ordenarse, le defraudó totalmente: se sintió engañado y utilizado.

Queda más confirmado en sus enfados, cuando resulta que ante la nueva situación económica de la familia (debida a la muerte del padre de José María en noviembre), su sobrino da marcha atrás en sus decisiones y se ordena a toda prisa (en diciembre de 1924 diácono y en marzo de 1925 presbítero), con dos dispensas incluidas.

Pero esa nueva situación no ablanda a don Carlos, ya que no acude a la primera misa de San Josemaría. Definitivamente no deseaba seguir la relación con unos familiares con los que tenía un notable disgusto. No deseaba seguir siendo en el futuro su protector. Sólo así se entienden las duras reacciones de su tío el Canónigo Arcediano, que además evita cualquier contacto y apoyo posterior. No quiere seguir siendo el “conseguidor” de favores para su sobrino, ni dentro ni fuera de la actividad eclesiástica. Desde entonces don Carlos no mueve un dedo para ayudar a su sobrino, que quería conseguir un trabajo en la ciudad de Zaragoza. No contesta a sus cartas. En una de ellas, le plantea algunas cuestiones económicas[80], pero le da curso oficial por medio de la curia.

Es cierto que Carlos Albás Blanc nunca había visto con buenos ojos, la boda de su hermana con José Escriba, puede que le considerase buena persona, pero también le consideraba un segundón, quizás un inepto; término en el que se reafirma cuando las circunstancias le confirman su incapacidad para administrar y conservar el discreto patrimonio familiar. Pero eso no fue obstáculo para que Carlos Albás, seguramente urgido por su hermana, se hubiese prestado a ser el valedor de su sobrino en Zaragoza, ayudándole en múltiples asuntos.

También hay que notar, que a pesar de los anteriores favores y apoyos recibidos por Escrivá de su tío, no se le conocen a J.M. Escrivá palabras de agradecimiento, para con él. Hay una justificación a este proceder de Escrivá, recogida en varias biografías[81] en las que se dice que ese tío no había asistido al entierro de su padre en Logroño, y tampoco a su primera misa, hechos muy ciertos. Pero esas biografías no proporcionan una explicación suficiente para tan notable enfado.

Razones misteriosas

Ya hemos visto que las explicaciones o justificaciones de Escrivá sobre el por qué se ordena, son extrañas y profusas. Están envueltas en un marco, en el que asegura que no quería ser sacerdote, para ser —según su forma de decirlo— simplemente sacerdote, para ser “el cura”. Pero de ese conjunto farragoso se deduce con claridad dos cosas:

Una; que no quería ser sacerdote. Dos; que parece que hay una obligación más que un querer o un sentido vocacional.

Las explicaciones posteriores de Escrivá, en torno al hecho de la ordenación, están llenas de la palabra «Dios» y de la expresión «voluntad de Dios». Asombra comprobar tal tipo de afirmaciones, en relación con lo que Dios quería o no quería sobre su vida. Escrivá usa a Dios como coartada continua de sus decisiones. Es un sistema seguro, para que los demás (los previamente convencidos) tengan fe en lo que él dice, sin plantearse más averiguaciones.

Tal manejo de Dios, tales seguridades sobre la voluntad de Dios, son temerarias, o algo peor: recuerdan claramente la taxativa ley «No usarás el nombre de Dios en vano». Porque esa ley primaria, no se refiere a nombrar o no a Dios, se refiere a suplantaciones, a usar a Dios para justificar los intereses personales; se refiere a situarse como mensajero de Dios, asegurando cosas del tipo: “esto es voluntad de Dios”. Lo real en la historia de Escrivá es que constantemente encontramos tales referencias de Dios, constantemente se usa a Dios para apoyar alguna arriesgada afirmación; es decir, constantemente se usa el nombre de Dios en vano.

Hasta mediados del siglo XX, en España al menos, era relativamente frecuente ir al seminario, con el único propósito de conseguir una cierta formación académica y asentarse después en la vida con esos estudios. Muchos habrán terminado saliendo de ese sistema y otros habrán continuado; a estos, en general, se les supone una reconversión posterior a la vocación sacerdotal. Hay que decir que la situación económica general era bastante mala, para muchos casi de subsistencia, y ese sistema de instrucción era, para bastantes, la única forma de promoción que tenían. Los resultados no fueron tan malos, ni en el ámbito eclesiástico, ni en el otro. Muchos que han pasado por el seminario sin pretensiones sacerdotales, después se han asentado aceptablemente en la vida y algunos tienen, o han tenido, papeles preponderantes en la sociedad, en la universidad o en la política. Probablemente sus padres habían visto en ellos cualidades a desarrollar y el único camino del que disponían para formarlos era el seminario. A lo que tengo que decir, que no se puede ser demasiado purista cuando la vida no ofrece otra cosa. Bastantes de los niños que eran enviados, o convencidos, para que fuesen al seminario, terminaban deseando sinceramente ejercer la labor sacerdotal.

Por comentarios de gente que ha estado en el seminario, parece que estas intenciones eran una posibilidad con la que contaban los educadores, por lo que con cierta frecuencia, les insistían a los seminaristas en que reconsiderasen su vocación, es decir: el que no tuviese vocación que se fuese.

Pero, como he dicho antes, si el que entraba en esa época por los caminos eclesiásticos sin tener una vocación o disposición inicial hacia ello, persistía, en general hay que suponerle una reorientación interna hacia la autenticidad de la vida cristiana. Puede que esa reconversión esté contaminada con elementos varios, porque el impulso inicial no procede de un verdadero sentimiento religioso, más bien procede de una acomodación vital impregnada de sentimiento religioso.

Con relación a la vocación sacerdotal de Escrivá, hay múltiples citas misteriosas que y apoyan los análisis realizados; completan los motivos que tuvo para ordenarse. Esas citas, casi nunca se datan en el tiempo y en las circunstancias de momento. Algunas son misteriosas, otras poéticas o elípticas, que no explican nada y sirven para confirmar a convencidos en la fidelidad a su persona. Por ejemplo:

«Pasó el tiempo, y sucedieron muchas cosas duras, tremendas, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os entristecerían. Eran hachazos de Dios Nuestro Señor, con el fin de preparar —de este árbol— la viga que iba a servir, a pesar de su debilidad, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam!, Domine ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder plenamente a la voluntad de Dios...»[82]

¿Cuándo sucedieron las cosas duras, tremendas,...? Las jaculatorias que cita nos vuelven a dar la clave ya que, como hemos visto, las recitaba en otoño de 1924. Situación en la que parece concretarse su intención de no ordenarse sacerdote. Ahí está, «...sin corresponder plenamente a la voluntad de Dios...». Entonces muere su padre (noviembre de 1924. Recuérdese: ...sucedieron muchas cosas duras, tremendas...) y no parece que tenga más remedio que seguir la carrera eclesiástica, ordenarse: era necesario algún sistema de vida para afrontar la carga económica de la familia.

Podemos encontrar también múltiples citas sobre las dudas y vacilaciones, o simplemente intenciones, con relación al sacerdocio:

«Y porque, hijo mío, yo... me resistí lo que pude. Mea culpa, mea culpa. Me resistí. Yo distingo dos llamadas de Dios: una, al principio sin saber a qué, y yo me resistía. Después..., después ya no me resistí, cuando supe para qué».[83]

Lo que denomina la primera llamada, no puede ser más que el asunto de ordenarse sacerdote, no se conocen otros momentos convulsos, o de resistencia, en su interior que los mencionados, los que dan origen a la jaculatoria ut videa. Vuelve a ser interesante esa afirmación repetida: «... me resistí lo que pude. Mea culpa, mea culpa. Me resistí.»

La segunda llamada parece claro cuando es, viendo la siguiente cita:

«¿Por qué me hice sacerdote? Porque creí que así sería más fácil cumplir la voluntad de Dios, que no conocía... y no lo supe hasta 1928».[84]

Por ello la primera llamada sólo puede ser la ordenación sacerdotal. Y de esa dice: «... me resistí lo que pude.»

No perece estar hablando de indecisiones o dudas; habla de resistencia. Si hay resistencia, hay algo que se hace obligado. Por las circunstancias o por lo que sea. Lo que termina de precisarse con la afirmación de que no lo veía nada claro: «...sin saber para qué».

Escrivá está diciendo que no sabía por qué se hizo sacerdote. Que no tenía ningún argumento para hacerse sacerdote. Y que no lo supo hasta 1928, la fecha de la fundación del OD ¿Una llamada «sin saber a qué»? ¿Una llamada sin contenido alguno? Evidentemente, eso requiere una explicación detallada, pero no se proporciona. Las personas se mueven por finalidades, algunas responden a impulsos irracionales, pero en ambos casos son motivos perfectamente narrables. Lo peor es cuando no se explica nada coherente. Entonces ahí hay una ocultación.

Resulta además bastante indicativa, la palabra que usa: llamada. En ese caso, la pregunta que cabe hacerse es: ¿necesitaba una “llamada” especial para la ordenación? Porque se suponía que ya había sentido la llamada cuando decidió ir al seminario ¿O realmente no la había sentido y fue por otros motivos? Se supone que la ilusión por la labor sacerdotal es lo que mueve a entrar en el seminario. Pero esa ilusión no existe; me gustaría que alguien me enseñase una cita de la época, en la que Escrivá exprese esa ilusión. Las únicas citas que se encuentran hacen referencia a su aversión al sacerdocio.

Es insólito no explicar algo de una llamada «...sin saber para qué», en un contexto de reiteradas afirmaciones, en las que explicaba que él no quería ser sacerdote (se sentía profundamente anticlerical). No sirve una generalidad, en la que dice que se ordenó para cumplir una voluntad de Dios que no conocía (refiriéndose a la fundación del OD).

No obstante, el resumen de esas afirmaciones es que hace todo ello a disgusto, a contrapelo. No tiene ningún sentido un motivo que se basa en una situación futura, totalmente ignorada en ese momento. La explicación que se pueda dar a posteriori, alegando que estaba destinado a fundar el OD, carece de la lógica más elemental. Ese tipo de lógica explicativa, requiere entrar en el absurdo.

No se entiende cómo una persona, sintiéndose profundamente anticlerical —según decía Escrivá— y sin tener ningún proyecto, ni amago de proyecto, para la vida sacerdotal, llega a ordenarse con motivo de una especie de corazonada, sobre una futura fundación. Sobre algo, que no sabe formular ni en sueños. Lo mínimo que debe haber en ese momento es algún amago de explicación, algo que pueda expresar a sus cercanos, para que no le consideren un demente. Pero, en ese sentido y de esa época, no se recoge absolutamente nada en ningún sitio; ni una frase, ni un comentario.

Con todo ello, lo único que deja claro es que no deseaba ordenarse. Por lo que hay que volver a concluir, que lo realiza por pura conveniencia, forzado por las circunstancias personales y familiares.

A pesar de todo, por el conjunto de sus actividades, y por forma de funcionar el resto de su vida, le concedo a Escrivá un cierto porcentaje en su tendencia al sacerdocio (antes de la muerte de su padre). Digamos que había un conjunto de argumentaciones o tendencias que le llevaban a la vida sacerdotal —no sé cuantificarlas— y otro conjunto, de bastante más entidad, que le llevaban a dejar todo aquello y organizar su vida de otra manera. Evidentemente, estas segundas tendencias eran bastante mayores, entre otras cosas, porque se sentía «profundamente anticlerical» en esos momentos y porque su claro proyecto era «dejar el seminario».

Después, puede que con el tiempo Escrivá estuviese convencido de que Dios le había llevado por caminos que él no quería, ni conocía, en un principio. El sentido de excelencia personal (especialmente en lo religioso), le llevaba a explicar su vida por causalidades divinas directas. Su sentido de excelencia personal le hace poner en sordina las realidades pedestres que dominaron algunas decisiones. En su mentalidad de excelencia, de narcisismo, era Dios el que actuaba. No hubo necesidades más cercanas y perentorias que resolver. Todo tiene que ser a lo grande, excelso.

Puede que en ese encadenamiento de hechos que le llevó a ordenarse a contrapelo o a disgusto, termine viendo claramente la mano de Dios. Que hubiese visto en su vida el ejemplo de la frase: Dios escribe recto con renglones torcidos. Me parece estupendo, pero no parece que cuente la historia tal como sucedió. Además, convencido (supongo) de su excelencia y de su misión trascendental, da explicaciones de curiosos asuntos colaterales; como cuando dice que «Dios le llevaba por caminos que él no quería», que «le forjaba con golpes, como forja el herrero al hierro caliente, hasta conseguir la figura deseada». Evocando las imágenes de los herreros en su trabajo, decía que «Dios daba un golpe en la herradura y ciento alrededor, y los que estaban a mi lado sufrían» (¡Qué mala era la puntería divina, o qué mala idea tenía!).

Escrivá tiene que decir algo para justificar su cambio de posición, desde la aversión al sacerdocio a ordenarse. Pero lo anterior sólo es una poética manera de explicar lo que parece una forzada ordenación sacerdotal; motivada por la ruina económica de la familia y la muerte de su padre, en el momento más inoportuno.

Con todo ese material sobre su vida, Escrivá confecciona explicaciones poéticas, que reflejan una posición presuntuosa con relación a su persona; ya que parece que todos giran a su alrededor en la rueda del destino («...los que estaban a mi lado sufrían»).

Esta manera forzada de entrar en el sacerdocio, fue una lección que aprendió muy bien Escrivá. Por eso, es el sistema que usó profusamente con “sus hijos” numerarios. Él elegía a los que quería que fuesen sacerdotes, les provocaba una obligación de conciencia, ellos lo consideraban como parte de la llamada divina al OD y —excepto casos puntuales— accedían. A imagen de lo que le había ocurrido a Escrivá, también habían sido obligados, también se decidían a contrapelo y también se convencían de que eso era lo que Dios quería para ellos. También después de haberse sentido anticlericales y de haber sido convencidos de que su vocación estaba encardinada en la laicidad.

Escrivá, con todas sus explicaciones sobre estos hechos de su vida, se configura como un excelente maquillador de la realidad, un artista en enfocar los acontecimientos desde las perspectivas que a él le interesan. Un artista en el juego de sombras chinescas, en el que la sombra de unas manos habilidosas, dibujan en la pared la cabeza de un conejo perfecto, haciendo suponer lo que no existe.

Si no se atiende a los datos y consideraciones, como las anteriormente descritas en éste capítulo, la ordenación sacerdotal de Escrivá está llena de razones misteriosas, no explicadas. Lo que él cuenta de esas situaciones, tiene la áurea de lo incomprensible porque nada está claro. Todo está lleno de elipsis explicativas y de ausencias sobre los detalles y circunstancias. Son unas razones que sólo él entiende, porque no están nada explicadas. En realidad, sólo se pueden entender mediante una fe inflexible en el pastor-ídolo, fe que resiste cualquier asalto racional.

No hay resquicio en los del OD para interpretar la realidad y la figura de Escrivá, de manera diferente a como se lo han enseñado, recordado y remachado. Forma parte de los argumentos de su vocación. No hay resquicio, porque su vida y su supuesta vocación sobrenatural, se asientan en un personalismo exacerbado, en la persona de Escrivá, que se les presenta constantemente como un pastor-ídolo. Por eso, veo muy difícil que los numerarios se planteen analizar las contradicciones que ofrece la vida de Escrivá. Su conciencia, secuestrada por un persistente adoctrinamiento, les impide explorar esos caminos. Los consideran caminos de perdición y disgregación de su entidad, ya que todo ello forma parte de su “vocación sobrenatural”, algo que condiciona y conforma su vida. Pero esa ligadura ya evidencia un mal síntoma; el que su vocación esté asentada en una especial fe en Escrivá, en un personalismo.




Un último asunto interesante a comentar, son las imágenes que emplea en estas citas. Sirven para mostrar algo que ya he descrito anteriormente, como una característica de la mentalidad de Escrivá. En su cabeza, la imagen del hombre es como un árbol en bruto, una suerte de entidad informe que hay que desbastar a hachazos, podar y serrar:

«Eran hachazos de Dios Nuestro Señor, con el fin de preparar —de este árbol— la viga que iba a servir, a pesar de su debilidad, para hacer su Obra».

Igual ocurre con la imagen del herrero, forjando la materia informe, hasta darle la figura adecuada a la función a la que se destina. Son más que ejemplos, corresponden a una constante de su forma de tratar a las personas para introducirlas en la horma que él había preparado, sobre la que dice, y asegura, que es el camino de la santidad. En ocasiones la afirmación es mucho más explícita y asegura que hacer eso, que él ha organizado, es la voluntad de Dios.

En general su visión práctica del hombre está dominada por la utilidad, por el ahormamiento; por la construcción de un exigente artificio moral, cuyo resultado no es difícil que pase por el desprecio de sí mismo. Porque todo está en función de la gran misión que él ha definido (supuestamente la santidad) y que ha impuesto en sus seguidores mediante unos sistemas muy particulares. Sistemas en los que él sustancia la voluntad de Dios y la vocación al Opus Dei. En ellos, no se trata de hacer crecer a las personas fomentando sus particulares cualidades, su sensibilidad y su manera de entender y sentir la vida. Toda su actuación en el OD, ha estado encaminada a un método, a un sistema, para configurar y forzar a las personas hacia lo que él decía que era su destino. En ese sistema, la persona —empleando el símil del árbol— no crece según su ser natural; hay que estirarla, o podarla constantemente, hasta lograr algo que no se parece en nada al resto de su especie; casi nunca llega a tener su porte normal, aquello lo que le identifica. Pero sobre ese algo conseguido, Escrivá aseguraba que era su destino querido por Dios, su vocación. Puede que todo eso Escrivá lo haya sentido realmente de esa manera, porque esa parece haber sido su experiencia personal.

Notas

  1. Jesús Urteaga, El valor divino de lo humano, Ed. Rialp. 1948 Sacerdote numerario del Opus Dei. Su libro, escrito hacia 1948, era ampliamente recomendado a todo el que se acercase a órbita del OD. Dirigió un programa religioso en televisión que duró unos cuantos años. Dejó de emitirse con la llegada de la democracia.
  2. En el año 1975.
  3. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I. En el Capítulo 5.5, pág. 299, dice que en el cuaderno de apuntes que destruyó, se incluían las anotaciones referentes a la fundación, hasta marzo de 1930. No sabemos cómo ha comprobado esa acotación de fechas. Suponemos que ha podido contrastarlo con algún documento, o es información que proviene de Álvaro del Portillo (confesor de Escrivá alrededor de treinta años).
  4. Vázquez de Prada dice (en Tomo I, pag. 291) que en octubre de 1928 ya habían pasado diez años desde el inicio de los Apuntes. También supongo que tendrá datos para afirmar eso. Por tanto, los apuntes se iniciaron en 1918, cuando tenía 16 años y decide ir al seminario. En todo caso, queda claro que también quemó los AI que van desde la entrada en el seminario (1918) hasta la fundación del OD (1928).
  5. «...tendría yo dieciocho años, o quizá antes, cuando me sentí impulsado a escribir, sin orden ni concierto...». (Apuntes íntimos, nº 306. También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 5.5, nota 101) Es evidente que unas notas íntimas, que se mantienen, revisan y rescriben, durante tantos años, es muy difícil que no se sepa cuando se empezaron. La precisión: «Tendría yo dieciocho años, o quizá antes...», tiene gran valor. Unido a la nota anterior, confirma, que esos AI, empezaron alrededor de los 16 años, cuando decide ir al seminario. Nos hubiese interesado mucho conocer sus consideraciones, de la época en que decide su vocación al sacerdocio.
  6. Ya he explicado que esa asimilación de los AI con las Catalinas es muy poco posible.
  7. «Según me ha dicho en varias ocasiones nuestro Padre, la razón que le movió a destruirlo fue que ahí había consignado muchos sucesos de tipo sobrenatural y muchas gracias extraordinarias que le concedió el Señor. Pasados los años, cómo no quería que, basándonos en esos dones extraordinarios, le tuviésemos por santo, cuando —afirmaba bien persuadido nuestro Padre— no soy más que un pecador, tomó la decisión de quemar ese documento» (Álvaro del Portillo, Nota preliminar a Apuntes íntimos, pag. 4. También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 5.5, Nota 103) Esta referencia parece interesante por otro motivo: Se cita como nota preliminar a los AI. Por ello parece que las precisiones de Álvaro del Portillo a los AI se han realizado, pero su publicación no consta en ninguna parte.
  8. En todas estas consideraciones, hay tanta documentación y tantas dudas, que cuando no existe una explicación sobre un asunto intrigante, hay que empezar a sospechar sobre la explicación oficial. Será algo a tener en cuenta constantemente.
  9. Está reflejado en la mayoría de las biografías oficiales. Se deduce claramente de la biografía de Vázquez de Prada.
  10. Se puede verificar en: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I,. Capítulo 5.5
  11. Escrivá habla del inicio de su dirección espiritual con el padre Sánchez: «Quedamos en que yo le llevara unas cuartillas —un paquete de octavillas, era—, en las que tenía anotados los detalles de toda la labor. Se las llevé. El P. Sánchez se fue a Chamartín un par de semanas. Al volver, me dijo que la obra era de Dios y que no tenía inconveniente en ser mi confesor. El paquete de octavillas lo quemé hace unos años. Lo siento.» (AI nº 1866. También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 6.1, pag. 332). Nota: Tampoco se queda muy aclarada la historia con esta afirmación, ya que Escrivá habla de un “paquete de octavillas”, en cambio Álvaro de Portillo habla de un “documento” (ver nota de dos páginas anteriores).
  12. En varios lugares distingo entre los AI y otros escritos de Escrivá que él llamaba Catalinas. Aquí se puede ver como hay una perfecta diferenciación entre esos dos tipos de escritos. Según dice Escrivá, los AI son solamente los recogidos en los cuadernos. No obstante hay un constante deseo en las biografías de asimilar a los AI con lo que llaman “anexos a los AI”, de los que no se trascriben citas en ningún sitio.
  13. Mariano es un nombre que usaba Escrivá en los escritos internos del OD.
  14. Archivo General de la Prelatura (AGP). También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 6.2, Nota 32 [El subrayado es mío].
  15. Se puede comprobar mediante su numeración, haciendo un recuento de los que allí aparecen. Se verá que no están todos, que faltan bastantes.
  16. Eso fue lo que nos contó alguien de la comisión de España, que en esos momentos estaba en la sede central del OD.
  17. Aunque eso ya lo afirmaba implícitamente Escrivá, en la nota que acompañaba los AI (anteriormente reproducida).
  18. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 55.
  19. Hago notar que en el OD, y en la vida de Escrivá, cuando no hay explicaciones suficientes sobre algún asunto, eso, se empieza a configurar cómo sospechoso.
  20. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 31
  21. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 58
  22. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 59
  23. Oficina de Información del Opus Dei en España (pag. de Internet, junio 2007). Afirmación que forma parte de las explicaciones que tradicionalmente se hacían en el interior del OD.
  24. Se pueden comprobar fechas y secuencia en la biografía de Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2
  25. Empieza dirección espiritual con el carmelita José Miguel Tomando.
  26. Hacia abril el director espiritual le propone ser carmelita, lo que él desestima y deja la dirección espiritual. Había empezado a finales de enero, por lo que dura poco más de dos meses.
  27. A éste respecto, hay que señalar la gran actividad desarrollada en el OD, para recoger por escrito, todo tipo de testimonios relativos a la vida del fundador.
  28. Ya he anotado que Escrivá empezó a escribir unos apuntes íntimos hacia los 16 años, es decir, hacia 1918. Es seguro que allí haría consideraciones importantes sobre su entrada en el seminario. También sobre su ordenación sacerdotal.
  29. Ver cronología anterior, con sus notas.
  30. En la biografía de Salvador Bernal, en la pag. 58, se describe el suceso un poco más historiado. J.M. Escrivá solía hacer una versión abreviada y rápida, cómo la que he escrito.
  31. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2.3 Parece que conversaban sobre el futuro profesional de José María Escrivá, ya que el próximo curso terminaría el bachillerato. En ese momento, ya consta que su padre le convencía para que abandonase la idea de ser arquitecto y se centrase en la abogacía.
  32. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2.3 Según se referencia en ese texto, quedaron en suspenso aquellas charlas amistosas de don José, con su hijo.
  33. Se puede plantear que si don José Escrivá pudo costear la estancia de su hijo en el seminario de Zaragoza, también habría podido costear la estancia (para estudiar derecho) sin estar en el seminario. Se pueden considerar unos datos para evaluar esa posibilidad: - La estancia en el seminario de San Francisco de Paula (el seminario “de los pobres” en que estuvo Escrivá) costaba 5 reales al día (1,25 pesetas). Disfrutaba de media beca. Los dos últimos años del seminario no tenía que pagar nada, ya que había sido nombrado inspector. - El sueldo de un capataz de obras públicas (personal cualificado) era alrededor de 2 pesetas al día (día laborable). - No sabemos el sueldo de don José Escrivá. No sería muy diferente (actualmente, un encargado o capataz, en la industria, gana más dinero que un dependiente de comercio). Lo que sabemos es que cuando don José Escrivá se muere repentinamente en 1924, tienen que pedir dinero prestado para pagar el entierro. Por tanto, enviar a su hijo a estudiar a Zaragoza, estaba totalmente fuera de sus posibilidades económicas (excepto por el sistema del seminario, y con apuros).
  34. Carlos Albás Mínguez, Opus Dei o chapuza del diablo, Capítulo 1.
  35. Apuntes íntimos, n. 1688. También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2, nota 65.
  36. Esta es la aclaración que hace Manuel Mindán Manero en su artículo: Por la verdad, por la justicia y por el honor (Publicado en www.opuslibros.org el 26-09-2003). La cito, ya que la descripción que se hace en las biografías oficiales es un poco confusa. Manuel Mindán Manero, había nacido el mismo año que Escrivá y coincidió en el seminario con él. Aunque estaba en un curso posterior, parece que tenían algunas clases comunes. Le conocía bien, se trataban.
  37. Hermano de la madre de Escrivá, doña Dolores Albás Blanc.
  38. En esa época el Canónigo Arcediano de la catedral de la Seo, puede decirse que era la autoridad eclesiástica siguiente al obispado. (Carlos Albás Blanc también era tío-abuelo del autor del otro libro citado: Carlos Albás Mínguez).
  39. Libro "De vita et moribus de los alumnos del Seminario de San Francisco de Paula": La hoja correspondiente a Josemaría es la número 111. En la cabecera, junto con los datos de filiación, se lee: «Es su encargado D. Carlos Albás Blanc». Y un poco más adelante: «Disfruta de media beca». (Ver también: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.2).
  40. Apuntes íntimos, n. 1748. (También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2)
  41. «Don Carlos, a petición de su hermana —doña Dolores— facilitó la entrada del sobrino en el Seminario» (cfr. Álvaro del Portillo, Sum. 126). (También: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 2, Nota 134)
  42. «Y es falsísimo que se diga que ni le traté, ni pude captar mínimamente y con objetividad la personalidad de José María, ni que vea con poca simpatía su figura, ni que me haga eco de las incomprensiones que tuvo que sufrir por parte de algunos compañeros; no se trataba de incomprensiones sino de criterios que la mayor parte tenían de su persona». Manuel Mindán Manero, en su artículo: Por la verdad, por la justicia y por el honor (Publicado en www.opuslibros.org el 26-09-2003).
  43. Sobre la vida y sucesos (costumbres) del Seminario de San Francisco de Paula.
  44. No deja de extrañarme sobremanera esta forma de calificar a una persona: “el pobre”. Parece indicar que es tan bueno que parece tonto, o que es un personaje fácil de engañar. No es infrecuente en Escrivá, esta equivalencia.
  45. Esta precisión también es importante y sugiere varias preguntas: ¿Le concede la razón Escrivá sobre su primer modo de actuar o simplemente le exculpa? Si asegura una rectísima intención al rector ¿cual era la intención de Escrivá?
  46. AGP, RHF, D-03306 (Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3, nota 48)
  47. AGP, RHF, D-15016. Citado por: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3, nota 46.
  48. Mindán Manero, Testigo de noventa años de historia. Conversaciones con un amigo en el último recodo del camino, Zaragoza 1995, editado por el autor e impreso por la Librería General. (Dedica el apartado 4 del Capítulo V, a "Mi compañero José María Escribá").
  49. Carta de Manuel Mindán Manero, fechada en julio de 2002: Por la verdad, por la justicia y por el honor (Publicado en www.opuslibros.org el 26-09-2003)
  50. La estancia en el Seminario de San Francisco de Paula, costaba 5 reales diarios (1,25 Ptas.) y en Seminario Conciliar 6 reales, según constata Mindán Manero en su libro citado.
  51. Crónica del Seminario. Libro 11, p. 189 (4ª línea): «Riñen en la planta baja el diácono Julio Mª Cortés y José Mª Escribá, minorista e Inspector de San Francisco, ambos extradiocesanos. Fue público y despreciando la intervención del Superior. Los profesores lo vieron y se indignaron. De momento se mandó a la calle al Sr. Cortés hasta tanto resolviese el Sr. V. Capitular a quien se le comunicó y aprobó mi determinación. Se dispuso un acto de reconciliación delante del Vicario Capitular y luego estar unos seis días de rodillas en el presbiterio de nuestra capilla, mientras las dos comunidades recen el rosario». (Reproducido en el artículo citado de Mindán Manero).
  52. Desde tiempos de León XIII correspondía a los obispos conceder o denegar a los clérigos la asistencia a Universidades laicas. En el 30.04.1918 el Vaticano (La Sagrada Congregación Consistorial) había dictado normas para «precaver los grandes peligros que, cómo enseña una larga y triste experiencia, amenazan a la santidad de vida y pureza de doctrina de los sacerdotes que concurren a las mencionadas Universidades».
  53. En las biografías oficiales (V. de Prada), esa afirmación se apoya con la referencia a los testimonios de los entrevistados: don Carlos Sánchez del Río, y don Miguel Sancho Izquierdo.
  54. Aprueba dos asignaturas previas a las disciplinas jurídicas: "Lengua y Literatura españolas" y "Lógica fundamental".
  55. No puede anotar “no la tiene” ya que tal seguridad implica decir que no debe de estar en el seminario. En resumen supone la expulsión o la conminación formal a que se vaya.
  56. Una vez aprobadas todas las asignaturas, el obtener la licenciatura era poco más que un trámite.
  57. Apuntes íntimos, n. 1090 (escrito en diciembre de 1933): «Con este motivo, he pensado mucho en la torpeza mía, al no haberme graduado, a su tiempo, en Zaragoza.» (Ver: Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei, Tomo II, Cap. V, pag. 250.)
  58. Carta citada: Por la verdad, por la justicia y por el honor.
  59. Después de finalizar Escrivá el quinto curso de teología y de ser ordenado subdiácono. Ésta es la fecha que se maneja en la biografía de Vázquez de Prada.
  60. José María Escrivá de Balaguer: Apuntes íntimos. Nº 1748. Escrito en julio de 1934. (Aparece en varias biografías. También en: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3, nota 39. Los puntos suspensivos son de la propia cita)
  61. La graduación de ordenaciones, dejando aparte las órdenes menores, son: subdiácono, diácono y presbítero. Propiamente el orden sacerdotal, solamente se adquiere con la ordenación de presbítero; solamente en ese momento se aplica el sacramento del orden. La teología ha desarrollado planteamientos más amplios sobre el sacerdocio, pero en esos momentos el concepto estaba muy acotado en esos términos.
  62. El CDC especificaba un intervalo mínimo de tres meses entre subdiácono y diácono.
  63. Lo data Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I
  64. Ver nota pasada, sobre D. José López Sierra, “el pobre” Rector de S. Francisco.
  65. ¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea [lo que Tu quieras]! (Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pag.s 60 y 66).
  66. La encontró en casa su sobrino Pascual Albás, hacia 1960.
  67. No puedo precisar la fecha de esta publicación. Puede que algo antes de 1970.
  68. Había al menos, dos artículos. Un artículo de fondo, con consideraciones doctrinales sobre la misión de Escrivá, destinado a fundar el OD (aunque así fuese, no se entiende la incompatibilidad con su sacerdocio). El otro artículo, era descriptivo de la imagen, circunstancias históricas etc.,
  69. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.6, Nota 158.
  70. Una madre, una hermana, y un hermano de cinco años de edad, totalmente dependientes del escaso sueldo de su padre, cómo dependiente de una tienda de telas.
  71. Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.7
  72. Tiempo mínimo (tres meses) que era necesario guardar, entre una y otra ordenación.
  73. AGP, RHF, D-03306 (Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3, nota 48)
  74. PR: Proceso Romano para la beatificación (Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.7, Nota 168)
  75. Manuel Botas Cuervo, AGP, RHF, T-02856, p. 2. (Ver: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.8, nota 198)
  76. Idem. No quiero dejar de comentar esa afirmación de Escrivá: “una en el clavo y ciento en la herradura”. Según ella, Dios parece un ser torpe, o peor, malévolo, que va haciendo sufrir a la gente gratuitamente, los va conformando con dolorosos martillazos, al afectado directamente, y a todos los que le rodean de propina.
  77. AGP: Archivo General de la Prelatura
  78. Puede que estuviesen en los AI primeros. Puede que algunas otras estén en los AI escritos después de la quema. En todo caso los historiadores oficiales que han tenido acceso a esos escritos, no han reflejado nada de eso. Solamente hay una perla (la primera cita de este apartado), que nunca conocimos internamente en el OD, y que se presenta en las biografías en un contexto ejemplificante.
  79. Álvaro del Portillo, Sum. 187; Javier Echevarría, Sum. 1897. (Ver: Andrés Vázquez de Prada, El fundador del Opus Dei. Tomo I, Capítulo 3.8, nota 178)
  80. Carta desde Perdiguera, en la que le consulta un asunto sobre los estipendios de la parroquia y el supuesto derecho sobre parte de los estipendios que reclama el padre del anterior párroco (que parece había abandonado su ministerio).
  81. Por ejemplo: Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pag. 61.
  82. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 60.
  83. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 56. (Los puntos suspensivos son de la propia cita)
  84. Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, 1976, Pág. 57.


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