Cuadernos 12: Apostolado de la opinión pública/Personas de cultura

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PERSONAS DE CULTURA


Para ti, que deseas formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:

-amplitud de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;

-afán recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del pensamiento tradicional, en la filosofía y en la interpretación de la historia...;

-una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del pensamiento contemporáneos;

-y una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las estructuras sociales y de las formas de vida 1.

Actitud positiva, profundización, atención a las orientaciones del pensamiento. Necesitamos ser personas de cultura. Tenemos que estar bien persuadidos de que la formación es realmente indispensable para el cumplimiento de nuestro fin natural y sobrenatural.

En un sentido amplio, cultura es tanto como cultivo del espíritu, de la vida intelectual. Y este cultivo se realiza en gran parte por el estudio de lo que otros hombres han sabido y realizado. Una inteligencia inculta es una inteligencia selvática, anárquica y confusa: los acontecimientos dejan en ella una cierta huella,

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pero de modo desordenado y superficial, que no permite saber nada a ciencia cierta. El hombre culto es el que ha organizado su saber y lo ha acrecentado con la ayuda del saber ajeno. Su trabajo intelectual -su esfuerzo por saber de Dios, del hombre y de las cosas- es sistemático y fecundo. Con el estudio y con la reflexión, la inteligencia se enriquece, la vida del espíritu se hace mas fértil; el hombre se eleva, por decirlo así, de su personal limitación y ve todo con la amplia perspectiva de una cultura que es fruto del esfuerzo de muchos. Y todo ese bagaje de conocimientos, debidamente asimilados, juzgados y hechos objeto de reflexión, origina al mismo tiempo una actitud personal ante los acontecimientos, y engendra así nuevas ideas y nuevas conclusiones que se integran en el acervo cultural común.

Ordinariamente, cuando hablamos de cultura nos referimos al término de esa labor de cultivo de la inteligencia, al cúmulo de conocimientos que una actitud estudiosa y reflexiva ha ido dejando en nosotros. Es como un cierto poso, estable y denso, del espíritu. Es un saber humano, amplio, general y armónico, más que una serie de conocimientos fragmentarios, por penetrantes y avanzados que éstos fueran. Y así, cuando nos referimos a la cultura de un hombre, pensamos, más que en sus conocimientos profesionales -que tienen frecuentemente una finalidad práctica inmediata-, en todos los otros conocimientos, debidamente ordenados; que configuran su personalidad intelectual y su vida afectiva.

Así entendida, se comprende que la cultura sea una verdadera necesidad, en cuanto desarrolla y enriquece nuestras más altas facultades humanas, las que componen la vida del espíritu. Por eso mismo, ordinariamente es también un medio indispensable para alcanzar nuestro fin sobrenatural. Y siendo un medio ordinario para todo hombre, lo es de un modo muy especial para nosotros, por la secularidad de nuestra vocación. A nosotros el Señor nos ha ido a buscar en medio del mundo, y nos ha dejado

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en él, transformados por una vocación sobrenatural: No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal 2. Por la secularidad de nuestra vocación, el espíritu de la Obra es que cada uno conserve la mentalidad y los conocimientos que le corresponden por el ambiente social e intelectual en que vive 3. Conservar la cultura que se posee e incrementarla -aun siendo un medio humano- es una exigencia de nuestro espíritu sobrenatural, al serlo de nuestra secularidad.

Instrumento de apostolado

La cultura es también un medio apostólico muy peculiar para nosotros, un instrumento que ha sido utilizado y bendecido siempre por la Iglesia desde la época de los Padres. La cultura es un vehículo humano para transmitir la doctrina de Jesucristo, y nosotros no podemos renunciar a los medios humanos limpios, que estén a nuestro alcance; ponemos los medios sobrenaturales y, junto a ellos, los medios humanos 4. El Señor pudo y quiso prescindir de esa formación cultural humana en algunos de sus primeros discípulos, pero en general es parte de su providencia que sus apóstoles procuren estar «bien formados en las humanas y divinas disciplinas, con todas las fuerzas y todos los medios que les sugiera el celo por las almas» 5, también por el decoro de la misión que desempeñamos y para granjearnos el respeto y la estima de los hombres a quienes queremos ganar para Cristo.

Para el apostolado directo es muy conveniente poseer aquel caudal de conocimientos que es patrimonio común de las personas cultas. Así, al dar razón de nuestras convicciones podre-

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mos hacerlo de un modo adecuado al nivel intelectual de quien nos escucha. Para llevar a cabo un apostolado eficaz no basta una profunda formación científico-religiosa; necesitamos estar, por lo menos, al mismo nivel que nuestros interlocutores en el saber humano, de modo que hablemos un mismo lenguaje, que hayamos establecido como una sintonía intelectual. Nuestras redes -contando para todo con la gracia de Dios- tienen que estar hechas a la medida de los peces que deseamos pescar.

La armonía entre fe y cultura

Tenemos el deber de mostrar a los intelectuales de todo el mundo la armonía que reina entre la cultura humana y la fe, y para eso es preciso conocer bien una y otra, tener una profunda cultura religiosa y una vasta cultura humana, proporcional al trabajo profesional que realizamos. Hemos de mostrar a todos que la fe beneficia a la cultura, que la enriquece y le abre nuevos horizontes. «Tan resplandeciente es la luz de la Revelación católica, que esparce por todas las ciencias el fulgor de sus rayos» 6. Y hemos de mostrarlo de un modo vivo y personal, haciendo patente el influjo que nuestra fe y nuestra vocación han ejercido en nuestra cultura.

Entre las verdades reveladas y las naturales no puede darse oposición: la auténtica ciencia humana lleva, si no a la fe -que es sobrenatural, y por eso inasequible para nuestras solas fuerzas-, a un conocimiento natural y recto de Dios que es como un preámbulo a la fe. La cultura humana que contradiga a la fe es falsa, y precisamente el hecho de contradecirla es la más clara señal de su falsedad. Una verdadera cultura debe construirse sobre la base de esta sumisión a la Palabra de Dios.

Tenemos como uno de nuestros cometidos principales la

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cristianización del saber humano. Basta una mirada a los grandes centros culturales del mundo para advertir que no raramente la sociedad se construye de espaldas a Cristo. Los mismos maestros del saber humano, que deberían conducir a los hombres, iluminando sus inteligencias, a las puertas de la fe, los alejan muchas veces de ella, provocando en sus mentes falsos conflictos entre lo natural y lo sobrenatural. Nuestra formación científico-religiosa y un profundo dominio de la rama del saber que cultivamos específicamente, pero también una vasta y orgánica cultura, será lo que vuelva cristianos los conocimientos de nuestra época. El Señor, al suscitar su Obra, nos ha mostrado claramente esta misión. Hemos de procurar que, en todas las actividades intelectuales, haya personas rectas, de auténtica conciencia cristiana, de vida coherente, que empleen las armas de la ciencia en servicio de la humanidad y de la Iglesia 7.

No basta cristianizar la cultura existente, es necesario tam­bién crearla, para que nazca ya bajo la señal de la Cruz; dar un fuerte impulso al saber humano por el camino de Dios. Y para eso, junto a unos cuantos talentos extraordinarios, se precisan muchos hombres y mujeres -talentos medios bien formados- que sepan integrar y difundir con naturalidad cada descubrimiento en un sistema de pensamiento orgánico y cristiano; hombres que posean una cultura amplia, coherente y personal. Cada uno de nosotros ha de tener en el orden del pensamiento una plenitud humana, que vaya más allá de la simple competencia profesional, que sin el complemento orgánico de una vasta formación vendría a ser algo así como una técnica de trabajo, más que una verdadera elevación intelectual. Más que sabios -sabios, además de cultos, sólo podrán y deberán ser algunos-, hemos de ser personas de cultura.

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Discernimiento y humildad

La cultura comprenderá, pues, una base suficiente de la generalidad de las ciencias y de las letras, de la teología, de la filosofía, de la técnica y de las artes, además de un amplio conocimiento de los sucesos de todo orden más importantes de nuestros días. En la larga tarea de ir adquiriendo esa formación, hay que prevenir la anarquía, el desorden y la improvisación, tanto como la superficialidad y el atolondramiento. Porque la cultura es bastante más que un conocimiento superficial de muchas cosas. No es simple información vaga, ni tampoco erudición exhibicionista. No se cultiva el espíritu con conocimientos que no se asimilan. La pedantería, el memorismo superficial, la novelería, son falsa cultura. Primero hay que informarse, pero luego hay que discernir, juzgar, estudiar, reflexionar. Con simples lecturas precipitadas o atiborrándose de conferencias polifacéticas no se forja una cultura: En lugar deformar hombres de seguras doctrinas, se forman presuntuosos y cargantes seudoeruditos, que no conocen con profundidad ni sus temas profesionales 8. No hay verdadera cultura sin estudio, sin una actitud sinceramente reflexiva y atenta. Hay que crearse el hábito de interesarse por las cosas.

Como el tiempo que ordinariamente podremos dedicar a esa formación es poco -somos padres de familia numerosa y pobre-, habrá que aprovecharlo bien. Conviene tener un plan más o menos detallado, pero claro, y que cuente con la aprobación de personas doctas, y seguirlo fielmente, un día tras otro. Y entonces convendrá ahondar en lo que se lee o se escucha, acostumbrarse a reflexionar y a retener, ejercitando todas las potencias, asimilando. Esta labor, en cuanto cambio de ocupación,

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será un descanso; pero no puede ejercitarse como un juego, sino seriamente, con el empeño decidido de llenar una exigencia de nuestra vocación, de adquirir una eficaz arma de apostolado.

Y para ser persona culta es también elemental ser humilde. Hemos de darnos cuenta de que no se puede saber todo, de que nos moriremos ignorando muchas, muchísimas cosas. Esto evitará el mariposeo inquieto y enfermizo, nervioso, ineficaz.

No se nos pide a todos ser sabios, sino ser cultos. Y eso, en diferentes grados, es algo que está al alcance de todos; y es deber de todos, en cuanto indispensable para el cumplimiento de nuestro fin. No quiero detenerme -no sería discreto-, detallando la labor maravillosa de estos hombres modestos. Pero tampoco paso de aquí sin levantar mi corazón a Dios y a Santa María, invocando a los Santos Ángeles Custodios nuestros, en petición de almas apostólicas, de hombres y mujeres, ¡no sabios!, cultos, santos, discretos, obedientes y enérgicos, que son quienes sacarán adelante la Obra, como premio de su humildad 9.

1. Surco, n. 428.
2. Ioann. XVII, 15.
3. De nuestro Padre, Crónica, X-60, p. 7.
4. De nuestro Padre, Crónica, X-60, p. 8.
5. Pío XI, Observantissimas litteras, n. 7.
6. San Pío X, Litt. enc. Il fermo proposito, n. 4.
7. Forja, n. 636.
8. De nuestro Padre, Instrucción, 9-I-1935, n. 117.
9. De nuestro Padre, Instrucción, 1-IV-1934, n. 68.