Crecer para adentro/La vocación

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LA VOCACIÓN (30-VIII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Refiere el Evangelio de hoy la parábola de aquel hombre que, habiendo encontrado un tesoro escondido en el campo, vende cuanto tiene para comprar el campo, y así adquirir el tesoro (275).

Nuestros ojos, en el camino de nuestra vida, han tropezado también con un tesoro pasmoso: la vocación de hijos de Dios. Para ganar este tesoro, para adquirir la felicidad de seguir a Cristo, hay que renunciar a todo. Esos bienes, que debo vender, son mis ambiciones, los ardores de mis concupiscencias, los sueños de felicidad terrena, los afectos -buenos, pero entorpecedores- que provienen de la carne y de la sangre, mis ilusiones profesionales, aunque muchas veces recibirán cabida en mi plan de apostolado y de trabajo.

¿Sólo esto he de vender? Aún más: mi voluntad. ¿Quedará todavía algo a que renunciar? Sí: mi yo entero, la complacencia de mí mismo; en una palabra, mi amor propio. ¡Cuánto cuesta renunciar a este amor propio! ¡En cuántos momentos nos quita la paz y nos desvía de nuestro camino! Porque nuestra dignidad -así lo creemos- se halla en juego; porque -así razonamos- una cosa es de justicia y hay que hacerla así y no de otra manera... Pero, ¿no se hubiera comportado como un necio el hombre de la parábola, si hubiese despreciado el tesoro hallado? ¿No seremos tontos nosotros si, por no rechazar nuestras miserias de amor propio, abandonamos el tesoro de nuestra entrega a Cristo?

No; manifestemos al Señor -confiémoselo con afectos encendidos, obligando a callar a la inteligencia, permitiendo hablar al corazón-: yo deseo ser tu esclavo en tu Obra. Aunque yo no fuera un hombre sino cien, aunque contara con mil vidas, todas las volvería a dedicar a tu servicio; aunque me sucediese la desgracia increíble de quedarme solo, pase lo que pase, yo perseveraré en este camino, con tu ayuda. Y nos alargaremos en nuestros afectos: de humildad, por haberme elegido, tan miserable, para adueñarme de este tesoro; de acción de gracias, por haberlo puesto al alcance de mis manos; de gritos de petición de correspondencia, de perseverancia, para mí, para todos mis hermanos.


2) Jesús vuelve sobre el mismo tema, en otra parábola semejante a la anterior. El mercader de perlas ha encontrado una extraordinariamente hermosa en su comercio diario, y también vende cuanto posee para hacerla suya (276).

¡Qué insistente es el Señor! Aun así, aun después de tanta insistencia, todavía no nos enteramos de las palabras de Cristo. La parábola, en el fondo, es igual a la anterior, y casi en la forma. Pero es que Jesús actúa a la manera de esas madres, que no cesan de repetir recomendaciones y consejos a sus hijos, unos hijos que acaso se molestan porque se consideran ya personas mayores, suficientemente discretos y prudentes: Hijo mío, cuídate; hijo mío, no hagas esto, no vayas por ahí... Como nosotros no somos tan discretos y prudentes como deberíamos, no es excesiva la solicitud amorosa de Cristo.

Me detengo a presentaros ahora, como si no la poseyeseis todavía, como si la vierais en otras manos, la piedra preciosa de nuestra vocación de hijos de Dios, para que la admiréis. Es como un rubí compuesto de sangre de sacrificio; como una esmeralda que despide fulgores verdosos, que encierran la esperanza ininterrumpida en nuestra Madre; como un claro diamante, que brilla con las luces maravillosas de la pureza... ¡Quién puede contar todas las hermosuras de esta piedra preciosa! Es, sencillamente, para el que corresponde a la merced del Señor, la felicidad en este mundo, con la seguridad de la felicidad eterna.

Algún día, cuando pueda escribir, me gustaría componer unas cuantas consideraciones que podrían llevar este título: Tratado de la felicidad, o simplemente: De la felicidad. «Jesús y yo -empezaría- queremos que seas feliz, aquí y en el otro mundo. Hijo de Dios, escucha...". Sin estilo machacón, sin el tono pretencioso de quien pretende escribir máximas, anotaría tres o cuatro ideas madres con lenguaje afectivo, familiar, que sonasen como confidencias en los oídos de estos pocos que ahora componen la Obra de Dios y de los muchos que han de continuarla. Serían pensamientos que confiriesen a todos fervor por su vocación, que les ayudasen a estimar -en todo su valor- este rubí, esta esmeralda, este diamante, que nos ha regalado el Señor.

No se cansa Jesucristo de enseñamos. Como una madre amorosa, no para en sus recomendaciones. ¿Por qué no nos echamos entre tus brazos, Dios mío, sobre tu pecho abierto? ¿Por qué no permitimos que muevas nuestra voluntad con afectos muy hondos y propósitos muy firmes? ¡Dios mío, te amo! ¡Haz que me enamore más y más de tu Obra; que te sirva, cada día, más fielmente! ¡Que mis manos lleven el agua sagrada de tu costado hasta las almas de los que me rodean! ¡Que yo mismo me embriague más y más con esa agua del cielo! Et calix tuus inebrians, quam praeclarus est! (277). Tu cáliz, rebosante de dolor, ¡qué hermoso, qué bello es! ¡Qué claras aparecen las palabras, inexplicables para muchos, del Rey Profeta! ¡Qué clara la oscuridad, qué placentero el sufrimiento! Si miramos en el fondo de lo que hemos recibido, las penas que a veces nos agobian, ¿qué son? Y, a pesar de todo, ¡cuánta flojera, qué descuido, cuánto polvo del mundo entra por los resquicios de nuestra alma!


3) Jesús nos habla, en una tercera parábola, de una red que recoge peces buenos y malos. Después de la pesca, son separados y arrojados fuera los malos y guardados los buenos (278).

He aquí que yo soy pez en la red de Cristo. He sido recogido en compañía de otros muchos y lo que debo hacer, por de pronto, es no escaparme de la red; he de cultivar, pues, virtudes grandes, que no me permitan escurrirme entre las mallas. Junto con eso, estoy obligado a mirar también por los demás, pidiendo por su fidelidad y perseverancia.

Hijos míos, no con esfuerzo, sino tratando de frenarme para no perder la tranquilidad, por un don gratis datum del Señor, yo pienso en todos vosotros y por cada uno me preocupo. En broma, me he llamado muchas veces abuelo (279); pero hay ocasiones en que llego a ser más que abuelo. Pensando en vosotros, os pido ahora perdón por el mal ejemplo que os haya dado, por lo mal que me he portado aquí, por mis salidas de tono insoportables. Encomendándome, como os pido, acabad la oración formando en presencia de Nuestra Señora y de nuestro Ángel Custodio propósitos sobre cosas concretas (280).


(275). Cfr. Mt 13, 44.

(276). Cfr. Mt 13, 45.

(277). Sal 22, 5.

(278). Cfr. Mt 13, 47-50.

(279). En la correspondencia de esa época de la guerra, para evadir la censura gubernamental de las cartas, el Beato Josemaría se refería a sí mismo muchas veces -entre otros apelativos- como "el abuelo".

(280). Al día siguiente, 31 de agosto, acompañado por Juan Jiménez Vargas, el Beato Josemaría abandonaría por fin su refugio en el Consulado de Honduras. Antes de hacerlo, su profundísima humildad le hace sentir la necesidad de pedir perdón a aquel grupo de hijos suyos por todo lo que no hubiera hecho para ayudarles en aquellos meses que habían pasado juntos.