Carta del Padre, Javier Echevarría, Roma, 26-6-2006

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Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

En esta fecha, en la que nuestro Padre se encuentra tan especialmente presente en cada uno de nosotros, me he sentido movido a abriros mi corazón. Seguramente lo que os voy a decir lo tenéis ya bien dentro de vuestra alma.

Al recordar en los días pasados la llegada de nuestro Padre a Roma, me han venido una vez más a la mente –con nueva fuerza- su gran generosidad, su entrega sin límites a cuanto el Señor le pedía, su fidelidad heroica para acompañar a Jesucristo llevando la Santa Cruz en su cuerpo y en su alma. Nos repitió machaconamente que se sentía un instrumento inepto y sordo para hacer la Obra; pero, por los frutos, conocemos un poco del inmenso servicio que ha prestado a la Iglesia, a la humanidad y que, desde el Cielo, sigue prestando al mundo entero. Conversiones; personas de los más diversos ambientes que descubren la grandeza y la alegría de encontrar a Jesucristo; almas sin esperanza que tocan el gozo de renacer a una vida nueva; hombres y mujeres jóvenes, o de edad avanzada, que experimentan la suave y activa sacudida que supone conocer y amar a Jesucristo y dar la vida para comunicar a esta tierra la Luz de Dios; y me quedo muy corto en la enumeración...

Hijas e hijos míos, contemplando este panorama que el Espíritu Santo ha abierto por todas las encrucijadas de la tierra, con la heroica correspondencia de su fiel instrumento, Josemaría, ¿puede extrañarnos que el diablo revuelva todo lo que pueda para poner obstáculos a la labor apostólica, intentando engañar a la gente sobre la adorable figura de Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre la Obra?

No me refiero sólo al libro y a la película que afanosamente han tratado de difundir, sino a todas las argucias con las que, en el campo de la cultura, de la política, de la ciencia, de la educación, de la moda, de los medios de comunicación, etc.; se pretende impedir que los hombres y las mujeres encuentren y traten a Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida. El diablo no soporta que haya personas –débiles, como los demás- que, en medio de los dolores o sufrimientos que –de un modo u otro- acompañan la existencia del hombre, se muevan con la gran alegría de ser cristianos y con ansias de comunicar la perenne novedad de este mensaje a quienes se hallan a su alrededor. No lo ha soportado nunca. No lo soporta ahora. No lo soportará en el futuro: basta conocer la historia de la Iglesia, sin olvidar que lo anunció el mismo Maestro.

En los Hechos de los Apóstoles, vemos cómo los primeros cristianos eran perseguidos, castigados, flagelados por los que tenían poder, ya que no toleraban que hablaran de Jesucristo y que hubiera gente que le siguiera. Pero los discípulos de Cristo no se echaban para atrás ni perdían su alegría: ellos salían gozosos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de ser ultrajados a causa de su Nombre.

Hijas e hijos míos, confirmemos nuestra alegría y visión optimista de la historia porque, como le gustaba repetir a nuestro Padre siguiendo a San Pablo, si Deus nobiscum, quis contra nos? Además, el Espíritu Santo tiene más imaginación que el diablo y lo trae siempre de cabeza. Basta pensar en la fecundidad de la vida de los santos.

Me llena de gozo comentaros que, concretamente en estos últimos meses, del mal ha sacado el Señor una gran abundancia de bien, como suele ocurrir siempre que por Él se trabaja. Los ataques a la Iglesia y a la Obra han sido ocasión de difundir todavía más la verdad sobre la divinidad de Nuestro Señor, y sobre la naturaleza de la Iglesia y de la Obra. Concretamente, además de lo que todos habéis hecho a través del apostolado personal con parientes, amigos, colegas, conocidos, son innumerables las iniciativas con las que hermanas y hermanos vuestros han contribuido a contrarrestar el mal. Os puedo asegurar que muchísimas personas, de todos los sitios geográficos y ambientes, han manifestado su agradecimiento y han descubierto –así lo dicen- su orgullo de ser cristianos o sus deseos de acercarse a la fe católica.

Las ofensas a Dios y a su Iglesia –y como parte de la Iglesia, la Obra- nos deben doler y movernos a desagraviar al Señor. A la vez, ante los que difunden esas tristes falsedades, hemos de pensar en las palabras de Jesucristo en la Cruz: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Con el Señor rezamos por ellos, para que descubran un día la luz de Dios, se arrepientan, y vivan con la verdadera Vida. También os comunico que se les ha ofrecido la posibilidad de recibir información correcta, pero se han negado sistemáticamente a cualquier trato.

Simultáneamente, es decir, con el perdón, hemos de pensar en la responsabilidad que nos incumbe de defender la verdad, también –como hizo San Pablo- ante la autoridad civil. Por eso, se ha estudiado, con el necesario asesoramiento profesional, la posibilidad y la oportunidad de actuar ante los tribunales civiles para que reconozcan formalmente la naturaleza calumniosa de determinadas afirmaciones. De momento, pensando en la defensa de la Iglesia y de la Obra, tras valorar todos los elementos disponibles, se ha juzgado preferible no seguir ese camino, porque también tienen organizadas todas sus tramas para dar publicidad a sus errores, a base de una polémica interminable.

No cesan de llegar noticias de millares y millares de personas que se están acercando a la Obra con motivo de tan desgraciados ataques. También son muchos –insisto- los que están alabando la actitud de las gentes del Opus Dei ante estas circunstancias, pero no olvidemos –hagámosla nuestra- aquella aspiración de nuestro Padre: Señor que te dejes ver Tú a través de la miseria mía. Éste fue su gran deseo, que le empujaba constantemente a la conclusión que expresaba en una homilía: es de Cristo de quien hemos de hablar, y no de nosotros mismos. Tenemos el deber de defender la verdad sobre la Obra, no por nosotros exclusivamente sino, de modo principal, porque es de Dios. Nosotros hemos de ser conscientes de nuestra miseria y, a la vez, alimentar –también con las obras diarias, con la vida corriente- este gran deseo: que Jesús se sirva de nosotros para dar a conocer su Vida, su Verdad, su Amor.

Cuando la Madre de Jesús -¡nuestra Madre!- va a presentar a su Hijo al Templo, escucha unas palabras proféticas: será signo de contradicción y a tu misma alma la traspasara una espada. La Virgen no se desanimó; la contemplamos como la criatura que amó más a Jesús y que supo estar firme junto a la Cruz. Ella acogió como Madre a la Iglesia naciente. Ella nos ama a cada una, a cada uno, con el mismo Corazón con el que ama a su Hijo. Encomendad a Ella todas las necesidades de la Iglesia y de esta partecica de la Iglesia que es la Obra.

Si debiera resumir cómo hemos de actuar, lo diría con palabras que frecuentemente salían de la boca de nuestro Padre: optimismo, oración, expiación, trabajo, fidelidad.

Con todo cariño, os bendice


vuestro Padre

+ Javier


Roma, 26 de Junio de 2006.