Carta de Javier Echevarría tras el Congreso General, 17-5-2010

From Opus-Info
Jump to navigation Jump to search

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!


1 Siempre es tiempo de acción de gracias a Dios, pero en algunos momentos este gozoso deber adquiere mayor relevancia. La reciente celebración del VIII Congreso General ordinario de la Obra nos ofrece la ocasión de elevar al Cielo nuestra voz y nuestros corazones con mayor insistencia. Con las palabras de San Pablo a los cristianos de Éfeso y a los de todos los tiempos, os invito a dar gracias siempre por todas las cosas a Dios Padre, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo [1].

Antes de empezar esta carta, en la habitación del Padre, he vuelto a leer lo que escribió San Josemaría ya hace muchos años, pero que guarda –y guardará siempre– una riqueza actual: pienso en la Obra y me quedo “abobao”. Sí, ponderemos lo que contemplamos y llenémonos de gratitud a la Trinidad Santísima, acudiendo a la intercesión de nuestra Madre Santa María, por todo lo que nos ha concedido, que será siempre más abundante en razón de nuestra Madre Santa María, por todo lo que nos ha concedido, que será siempre más abundante en razón de nuestra personal fidelidad diaria. Pasmémonos ante los prodigios que el Señor realiza en las almas, sirviéndose de los pobres instrumentos que somos nosotros, cada una, cada uno.


Motivos de acción de gracias

2 Como hace ocho años, también en esta ocasión os escribo para transmitiros las conclusiones del Congreso celebrado en el pasado mes de abril. Después de proceder a la renovación de los Consejos del Prelado, a tenor de las disposiciones de nuestro Derecho particular, se ha analizado la marcha de la labor apostólica desde la anterior Asamblea [2].

Al detenernos en cómo Dios ha bendecido el trabajo, la primera conclusión del Congreso ha sido la acción de gracias –siguiendo el ejemplo de San Josemaría– por todos los dones recibidos en los últimos años, junto con el propósito firme de seguir trabajando con una plena lealtad del querer de Dios, con el espíritu del Opus Dei y las directrices del Prelado y de sus Vicarios con sus Consejos, en todo lo que se refiere a la vida de la Obra, con una docilidad inteligente y libre a la dirección espiritual personal y colectiva que imparten los Directores locales. En esto se concreta, hijas e hijos míos, el modo de cuidar con la máxima delicadeza el espíritu y los modos apostólicos que nos legó nuestro Padre, y que las hermanas y los hermanos nuestros más antiguos –¡cómo no recordar al queridísimo don Álvaro!– custodiaron y transmitieron perseverantemente.

3 Las recomendaciones del anterior Congreso General se han ido llevando a la práctica paulatinamente, sin prisas pero sin pausas. Se ha multiplicado la labor de la Obra en los países donde ya trabajábamos desde tiempo atrás, ahondando en los cimientos y llegando a nuevos lugares, poniendo una mayor solidez en los apostolados. Se ha promovido un fuerte impulso en la labor de formación de los fieles de la Prelatura, en todos los aspectos que señalaba nuestro Padre. Se han potenciado y alentado iniciativas encaminadas a colaborar en la nueva evangelización de la sociedad, a la que el Papa Juan Pablo II impulsó a la Iglesia de cara al nuevo milenio.

También se ha comenzado la labor estable de la Prelatura en los países que recomendó el anterior Congreso –Croacia, Eslovenia, Letonia– y en algunos más, como Rusia, Indonesia, Corea y Rumania. Y se está pensando en la posibilidad de empezar en Sri Lanka, Vietnam, Angola, Bulgaria, y en aquellos otros lugares donde se considere conveniente.

Una contribución concreta de cada Región a la expansión apostólica –como quería nuestro Padre– es seguir invitando a algunos, si libremente lo desean –sin son menores de edad, con el permiso de sus padres–, a comenzar los estudios universitarios en otros países, familiarizándose así con la lengua y las costumbres de esos lugares. Al mismo tiempo, se ha renovado el empeño de tratar apostólicamente a personas procedentes de naciones distintas del lugar donde residen. Con sentido sobrenatural y apostólico, aprovechemos el fenómeno inmigratorio, para hacer el bien a muchas almas.

4 Otro motivo de acción de gracias obedece a la mayor difusión de la devoción a San Josemaría por el mundo, especialmente después de su canonización. No cejemos en extender el conocimiento de la vida santa y el mensaje de nuestro Fundador. Muchas veces esas noticias constituyen como la primera semilla del espíritu de la Obra en las almas, que permite que la labor de la Prelatura arraigue luego con mayor rapidez.

En este sentido, agradezcamos también a Dios el trabajo desarrollado en estos años por el Instituto Histórico San Josemaría, mediante la puesta en marcha de la revista Studia et Documenta y el comienzo de la publicación en edición histórico-crítica de las obras de nuestro Padre. En los próximos años trataremos de preparar la constitución y apertura del Archivo histórico del Opus Dei, que permitirá una mayor profundización en el estudio teológico e histórico del Opus Dei y de la vida de San Josemaría.


Con la colaboración de todos y la intercesión de nuestro Padre

5 Con frecuencia os recuerdo que la Obra está en nuestras manos, porque es una realidad evidente y una llamada del Cielo a una responsabilidad más honda. La tarea apostólica de la Prelatura –un cometido apasionante, capaz de llenar los más nombres afanes de servicio que Dios ha puesto en nuestros corazones–, seguirá llevándose a cabo con la oración y con el esfuerzo cotidiano de todos, cada una y cada uno en el sitio y en las circunstancias en que la Providencia nos vaya colocando en el transcurso de los años.

Nuestro Padre comentaba en una ocasión: me gusta mucho hablar de concatenación, porque todos nosotros estamos unidos como los eslabones de una maravillosa cadena. ¡Que no se rompa ninguno de esos eslabones! Prestad vuestra fortaleza a los demás, y así esta cadena sobrenatural permanecerá siempre bien unida [3].

A cada uno, insisto, el Señor nos confía el encargo de enseñar, de transmitir, a las generaciones del nuevo milenio –a los millares de personas que Dios traerá a la Obra, y a otras muchas, en el mundo entero– el modo de recorrer con garbo este camino de santificación en el trabajo profesional y en las circunstancias ordinarias de la vida. Contamos, para esto, con la intercesión de nuestro queridísimo Fundador, que desde el Cielo continúa siendo nuestro Padre, como decía su primer sucesor, y que lo será siempre.

Además, desde el Congreso General anterior, un elevado número de los fieles de la Prelatura y de socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz han culminado fielmente la senda de su vocación cristiana en el Opus Dei. Son millares los que ya interceden por nosotros delante de Dios. Pienso sobre todo en el queridísimo don Álvaro, a quien toda la Obra debe un agradecimiento especial por la fidelidad con que nos transmitió la herencia de San Josemaría. Hace unos meses se entregó a la Congregación para las Causas de los Santos la Positio sobre su vida y virtudes. Pidamos al Señor, con una oración sincera y un trabajo bien acabado, que lo veamos pronto en los altares, conscientes de que su vida de pastor ejemplar supondrá un gran bien para la Iglesia.

Y recemos además para que vayan adelante los trabajos de preparación de las Causas de otros fieles de la Obra –hombres y mujeres, sacerdotes y laicos, solteros y casados–, también con el fin de que quede más patente a los ojos de todos la invitación universal a la santidad y al apostolado, que nuestro Padre predicó desde 1928 y que luego fue proclamada especialmente por el Concilio Vaticano II, como eco potente de las palabras del Maestro: sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto [4].


Al servicio de la Iglesia, del Papa, de las almas

6 El Congreso ha agradecido también a Dios la vida santa del Venerable Juan Pablo II. Su generosísima entrega a lo largo de todo el Pontificado, y especialmente sus últimos años en la tierra, dan dejado una huella profunda y duradera en innumerables personas, incluso no católicas y no cristianas.

En la Obra, además, tenemos una particular deuda, especialmente porque Juan Pablo II fue instrumento del Señor para la erección del Opus Dei en Prelatura personal [5], y para la canonización de San Josemaría. También hemos de recordar que, recogiendo un antiguo deseo de nuestro Padre, que le presentó don Álvaro, el Papa alentó y erigió la Universidad Pontificia de la Santa Cruz, de cuyo servicio se han beneficiado tantas Iglesias particulares, a través de sacerdotes y laicos de esas Diócesis.

7 Nos toca a nosotros –como el Congreso recomienda en unas de sus primeras conclusiones– la tarea de seguir dando a conocer cada vez mejor la naturaleza teológica y canónica de la Obra.

Algunos, como especialistas de la teología, del derecho canónico, de la espiritualidad, de la historia, etc., podéis y debéis contribuir especialmente a esta tarea. Con vuestras investigaciones y vuestras publicaciones, también tenéis la posibilidad de hacer que se conozca mejor la figura de nuestro Padre y el influjo de su vida y de sus enseñanzas en esos diversos campos; así como explicar a fondo la naturaleza de la prelatura personal, su inserción en la estructura de la Iglesia al servicio de la comunión y, en particular, la realidad de que los fieles laicos son parte integrante e imprescindible de esta estructura jurisdiccional jerárquica de la Iglesia, como el mismo Legislador Supremo estableció en la Constitución Apostólica Ut sit, y reafirmó después en varias ocasiones [6].

No olvidemos, sin embargo, que todas y todos, con la ayuda de muchas otras personas que conocen y aman el Opus Dei, hemos de colaborar en esta tarea con nuestra oración y nuestro sacrificio, con el testimonio de una conducta plenamente secular y laical, inmersa en las realidades temporales y, al mismo tiempo, profundamente radicada en Dios.

Vuestro comportamiento cristiano coherente con la fe, más que las razones teóricas –que también es preciso dar–m moverás a muchos a reconocer que la Obra es uno de los signos maravillosos de la misericordia de Dios con este mundo, que tan urgentemente necesita reencontrar el camino del Cielo. La unidad de vida, que tanto predicó nuestro Padre, juega en todo, también en esto, un papel fundamental. De ahí la necesidad de cuidar con extremada exigencia, con amor, el cumplimiento de las normas de piedad –que nos aseguran la unión con el Señor– y de llevar una vida de trabajo intenso, realizado por amor a Dios y con amor de Dios, y en servicio del prójimo.

8 El Congreso ha expresado también nuestra gratitud al Santo Padre Benedicto XVI, por su Magisterio y sus desvelos por la Iglesia, y también por sus muestras de afecto a la Obra. De nuestro Fundador hemos aprendido a estar profundamente unidos al Romano Pontífice y a sus intenciones, sea quien sea la persona que ocupe en cada momento la Cátedra de San Pedro.

Como prueba efectiva de unión incondicional al Vicario de Cristo en la tierra, seguiremos empeñándonos como hasta ahora en difundir sus enseñanzas y en contribuir a que la Iglesia sea mejor conocida y más amada. Os he pedido muchas veces, a lo largo de estos años, que no aflojemos en nuestra oración y mortificación por el Papa y por sus colaboradores. Considero que es y será siempre urgente que una mujer, un hombre del Opus Dei, se caracterice porque sabe poner en práctica esa jaculatoria que tanto repitió San Josemaría: omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam! Sí, para llegar a Jesús hemos de crecer en esa premisa: omnes cum Petro.

Además, como hizo nuestro Padre durante toda su vida, seguiremos mostrando veneración a los Obispos, dándole a conocer el trabajo que la Prelatura realiza tirando del carro en la misma dirección que marcan ello en sus Diócesis, queramos a todos, a cada uno, viendo en ello a los sucesores de los Apóstoles.


Proseguir la batalla de la formación

9 Combatamos siempre con empeño, hijas e hijos míos, la batalla de la formación, que nuestro Padre libró desde el principio de la Obra y que no podemos dar nunca por concluida. Nuestra formación no termina nunca [7], nos advertía machaconamente. También cuando vayamos siendo mayores por la edad o por el tiempo en el Opus Dei, seguiremos necesitando esa formación que la Obra, como Madre buena, nos ofrece incansablemente.

Esforcémonos por asistir a los Círculos, retiros, clases, etc., con el deseo siempre renovado de aprovechar muy bien esos medios, con afán de oír las urgencias de Dios, para cumplir íntegramente el veni, sequere me [8], ven y sígueme, que nos dirige el Maestro.

Maravillémonos a diario ante este amable requerimiento de nuestro Dios: amable, sí, pero que no admite medianías.

Y a quienes os ocupáis más directamente de impartir la formación, os exhorto a que acrecentéis constantemente vuestra ilusión –humana y sobrenatural– por cumplir lo mejor posible ese encargo, esencialísimo para la vitalidad espiritual y apostólica del Opus Dei. Por eso, debéis acudir también vosotros a recibir ese alimento con el alma y el corazón abiertos de par en par, para asimilar a fondo la gracia del Cielo.

Resulta muy necesario que meditemos estas palabras de nuestro Padre: no os olvidéis de que cada uno de vosotros, además de ser oveja que está en este redil, de algún modo es también Buen Pastor. Porque es deber de todos, y no sólo de los Directores o Directoras y de los sacerdotes, ejercer una dirección espiritual, prudente y a veces heroica, con los hermanos que tienen alrededor.

No sólo tenéis el deber de dejaros conducir por el Buen Pastor y de responder lealmente cuando os llame por vuestro nombre, sino también el deber no menos fuerte de contribuir a la santificación de los demás [9].

No penséis que esta tarea de ayuda espiritual, que compete a todos, queda reservada para momentos particularmente importantes. San Josemaría, con su ejemplo y con su palabra, nos mostró que son muy variadas las ocasiones en que podemos colaborar eficazmente, apoyando a los demás para que marchen con decisión por la senda del cielo. No olvides, hijo mío, que tú colaboras en la formación de tus hermanos y de tantas almas, en todo momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has llorado, y sonríes [10].

10 Al referirse a la labor apostólica y formativa de los fieles de la Prelatura, el Congreso ha recomendado subrayar –con el mayor énfasis cuando se trata de gente joven, para que se les grabe hondamente– la importancia de ser muy fieles a los compromisos adquiridos según la propia vocación cristiana, como manifestación de verdadera libertad. E insistir, como hace Benedicto XVI desde el principio de su Pontificado, en el peligro del relativismo y sus funestas consecuencias para la fe y la vida cristianas.

Tenemos que enseñar a la gente –yendo por delante– a conducirse en cualquier momento con voluntariedad actual y por amor de Dios, independientemente de los estados de ánimo, del ambiente en el que se desenvuelvan, de las dificultades que puedan encontrar; tomemos conciencia de que los católicos somos pueblo de Dios, fermento para que los demás se acerquen a la Verdad.

Para eso, se requiere cuidar mucho la preparación de las personas encargadas de recibir charlas de dirección espiritual, que valoramos como una gran contribución para alcanzar la madurez de la entrega a Dios. Empeñémonos en ayudar a todos a formarse adecuadamente la conciencia. La doctrina es siempre la misma, pero los caminos para que los hombres la asimilen y se enamoren, distintos. Insisto en que, al crear las almas, Dios no se repite. Cada uno es como es, y hay que tratar a cada uno según lo ha hecho Dios y según lo lleva Dios. Omnibus omnia factus sum, ut omnes facerem salvos (1 Cor, 9, 22), hay que hacerse todo para todos. No existen panaceas. Es preciso educar, dedicar a cada alma el tiempo que necesite, con la paciencia de un monje del medioevo para miniar –hoja a hoja– un códice; hacer a la gente mayor de edad, formar la conciencia, que cada uno siente su libertad personal y su consiguiente responsabilidad [11].

Pido a Dios que entendamos a fondo estas consideraciones de nuestro Padre y que las pongamos diariamente en práctica, tanto en los encargos de formación dentro de la Obra como en el apostolado personal de amistad y confidencia, que cada una y cada uno ha de realizar. Hagámonos a la idea de que un día sin apostolado, allá donde nos encontremos, es un día perdido.

Me detengo ahora en algunos puntos concretos. Como resulta evidente, no son exhaustivos, pero nos adelantan lo que el Congreso ha recomendado de modo particular.


Desprendimiento de los bienes materiales

11 En lo que se refiere al crecimiento espiritual, tengamos siempre en cuenta el discite benefacere [12], aprended a hacer el bien, recomendado por la Sagrada Escritura. Concretamente, es preciso otorgar una atención especial al espíritu de la verdadera pobreza cristiana, condición indispensable para el desarrollo de una auténtica vida contemplativa. Si un alma tolera que le aprisionen los lazos del consumismo o del apegamiento a los “tesoros” materiales, se incapacita a sí misma para encontrar a Dios en los diferentes órdenes de la conducta ordinaria: el trabajo, las relaciones sociales, profesionales y familiares, el deporte y el descanso, los viajes, etc. Ese apegamiento, si se diera, revelaría que no hallamos sujetos por los lazos sutiles de que hablaba nuestro Padre [13]: hilos que se transforman en cadenas, que nos amarrarían a lo de aquí abajo impidiéndonos subir hasta Dios.

Hemos de tener muy presentes las señales de desprendimiento y sobriedad tan repetidas y practicadas por San Josemaría, y llevarlas a la oración y a la dirección espiritual personal con alguna frecuencia. Evitaremos, lógicamente, el formalismo de cumplir ciertas reglas exteriores, porque así no se ama de verdad; tampoco se trata de tener una mera lista de criterios, que además nunca sería actual, porque la sociedad se halla en continuo cambio y constantemente ofrece nuevos productos de consumo.

El Señor quiere –nos lo ha manifestado de modo expreso– que fomentemos y mantengamos en nuestro interior un afán sincero de santidad, con el fin de que –ante los nuevos retos que se presenten– nos impulse a examinar la conveniencia o no de hacer un gasto determinado, a prescindir quizá de un instrumento que, aunque muchos lo consideren imprescindible, en realidad no lo necesitamos.

En este sentido, viene muy bien facilitar ideas prácticas a las personas y a las instituciones que reciben orientación cristiana de la Prelatura. Ante el clima de apegamiento a cualquier tipo de comodidades –presente en todos los países, no sólo en los económicamente más desarrollados–, resulta muy conveniente pedir consejo en la dirección espiritual para usar rectamente los medios materiales (nuevas tecnologías, automóviles, manejo de fondos, etc.), y para conservar un adecuado tono humano, acorde con la fe y la moral cristianas, y con la condición personal de cada uno. En definitiva, también en estos aspectos, hemos de vivir aquel cor meum vigilat! [14], esa vigilancia del corazón que podemos traducir por un estar de guardia, con alegría.

Otro aspecto importante del desprendimiento cristiano, de acuerdo con el espíritu de la Obra, se concreta en la responsabilidad de conseguir medios económicos para desarrollar las labores apostólicas. Hemos de fomentarlo, no sólo entre las personas bien situadas profesionalmente, o entre quienes cuentan con la posibilidad de realizar gestiones honradas antes organismos públicos y privados que subvencionan actividades de interés social. Animemos también a los estudiantes y a los jóvenes trabajadores que se acercan a la Obra, sugiriendo que colaboren en esta tarea, en primer lugar, con pequeñas ayudas de su bolsillo, fruto de su ingenio y de su sacrificio personal, y dirigiéndose a otros para que participen.


Profundizar en la doctrina católica y mejorar la formación profesional

12 Junto a la formación humana, espiritual y apostólica, sigamos cuidando la buena preparación de los fieles de la Prelatura en los aspectos doctrinal-religioso y profesional. Si el trabajo profesional constituye la materia prima de nuestra santificación y el ámbito en el que se desarrolla de ordinario nuestro apostolado, la adecuada formación doctrinal se requiere como el foco de luz que ilumina todo nuestro quehacer, con la claridad recibida de Cristo por medio de la Iglesia, y estimula el recto aprovechamiento de los talentos que Dios nos ha confiado.

Personalmente, hemos de atribuir gran importancia al estudio de la ciencia sagrada en sus diferentes ramas, siguiendo con dedicación los planes elaborados por los organismos de gobierno de la Prelatura. De acuerdo con lo que os sugieran vuestros Directores o Directoras, que tienen siempre presentes las posibilidades de cada uno, organizad vuestros planes familiares y profesionales de manera que saquéis el tiempo necesario para ahondar en el conocimiento de la doctrina de la Iglesia, especialmente en los aspectos que se relacionan más de cerca con vuestra profesión. Las lecturas y el estudio personal del Catecismo de la Iglesia Católica o de su Compendio se demuestra un instrumento de formación doctrinal y apostólica de primerísima categoría. Sepamos y queramos repasarlos con frecuencia.

La sociedad actual se muestra muy exigente –y no existe motivo de queja– en la calidad de las prestaciones profesionales: buena preparación, competitividad, resultados…, componen concepto a la orden del día en cualquier empresa humana; luego no cabe otra postura en la gran empresa sobrenatural de nuestra santificación. Por eso adquiere un extraordinario relieve el poseer ciencia en las cuestiones doctrinales y morales de actualidad, seguridad en la verdad, pensando en aquella advertencia de San Josemaría: Una persona terrible: el ignorante y, a la vez, trabajador infatigable. Cuídame, aunque te caigas de viejo, el afán de formarte más [15]. A esta finalidad se encaminan los cursos de doctrina cristiana, las Convivencias, las clases de repaso, que en la Obra se promueven incansablemente, para sus fieles y para tantas otras personas.

13 Las profesoras y los profesores no regateéis esfuerzos. En la enseñanza de la teología y del espíritu de la Obra, habéis de esmeraros en los aspectos metodológico y pedagógico, para presentar con claridad y rigor las diversas cuestiones. Una de las conclusiones del Congreso, específicamente dirigida a vosotros, os invita a cuidar la continua actualización de los conocimientos filosófico-teológicos, revisando los programas para las asignaturas de repaso, elaborando fichas de experiencias, fomentando en los demás el afán de formarse también en las cuestiones de actualidad.

Por eso, procuraréis resaltar las aportaciones de nuestro Padre en tantos campos de la teología y de la espiritualidad cristiana, que surgen como consecuencia del carisma que recibió de Dios. Os escribí hace poco que “no se trata de citar a San Josemaría por agradecimiento filial o como simple ornamentación, o para añadir una indicación sólo espiritual, sino de procurar que su doctrina motive y sostenga el discurso científico, de modo que se ponga de relieve su trascendencia, su fuerza y la aportación que supone para la ciencia teológica” [16].

14 Dentro de este campo, el Congreso ha fijado su atención en quienes dan los primeros pasos en la Obra, tras haber pedido la admisión, y en quienes participan habitualmente en los medios de formación de la Prelatura. A todos, jóvenes y mayores, conviene insistirles en la importancia de alcanzar prestigio profesional en sus respectivas ocupaciones –el estudio, el trabajo–, para dar gloria a Dios y como instrumento para realizar una extensa labor apostólica en la sociedad. Sobre todo en la labor de San Rafael, parece muy conveniente suscitar entre los jóvenes un gran ambiente de estudio, de interés cultural e ilusión profesional. Aquí, además, los más mayores encontrarán un modo bien determinado de colaborar en la formación de la gente joven, al paso que crecerá en ellos mismos el afán de mantenerse al día en sus propios conocimientos profesionales.

Una última recomendación del Congreso en el amplio campo de la cultura humana, doctrinal y profesional, se resume en fomentar el estudio de las lenguas modernas más difundidas, y en particular del castellano, para que estemos en condiciones de adentrarnos en los escritos de San Josemaría en la lengua original; sin olvidar el estudio del latín, lengua oficial de la Iglesia, que permite también profundizar en las enseñanzas de los Padres, de tantos tratados teológicos y de tantas riquezas de la liturgia, y que constituye además un vehículo de transmisión de cultura.


El apostolado de los apostolados

15 Como bien comprendemos, el Congreso ha subrayado una vez más la trascendencia capital de las tareas domésticas, tanto en los Centros de la Obra como en cualquier familia cristiana. Para que las sedes de los Centros y las casas de los fieles de la Prelatura sean realmente hogares de familia, prolongación del hogar de Nazaret, como quería nuestro Fundador, adquiere extraordinaria relevancia que las personas que se dedican profesionalmente a esta tarea valoren mucho su trabajo. No sólo las Numerarias Auxiliares y las administradoras de los Centros, sino también las demás Numerarias, y por supuesto las Agregadas y las Supernumerarias que, en sus propios hogares, se ocupan de estos cometidos.

Todos hemos de rezar para que muchas mujeres –Numerarias y Numerarias Auxiliares– se dediquen en la Obra a esta profesión, tan llena de dignidad y tan trascendente para la sociedad, para la familia. Y hemos de interesarnos para que dispongan de los medios para mejorar su trabajo, facilitando además su apostolado también entre personas que se dedican –insisto– a esta nobilísima profesión.

16 Al mismo tiempo, como ya es tradición que tanto agrada a Dios, hemos de vivir con extremada delicadeza la completa separación entre los hombre y las mujeres de la Prelatura, tanto en los Centros como en los apostolados. Este rasgo querido por el Señor para el Opus Dei, y señalado expresamente por nuestro Padre, en ningún momento se ha de descuidar, sabiendo que contribuye a la eficacia de la labor de almas y ofrece un ejemplo de respeto cristiano hacia las personas del otro sexo.

A pesar de los cambios sociales producidos en el ámbito del trabajo doméstico, las Numerarias Auxiliares –con sus características propias y las consecuencias prácticas que se derivan– desempeñan y desempeñarán siempre una función insustituible en la vida de la Obra. Quiero recoger aquí un párrafo de la carta que escribí a mis hijas de las Administraciones hace un lustro, al cumplirse cuarenta años de la carta que nuestro Fundador dedicó al apostolado de los apostolados.

“Vuestra tarea profesional –anoté entonces– resulta particularmente necesaria en estos tiempos, cuando la institución familiar –célula fundamental del tejido social– se encuentra lacerada en tantos sitios a consecuencia del abandono, o incluso del desprecio, de los trabajos del hogar. Por eso, al santificar y santificaros en esas ocupaciones, vuestra dedicación profesional adquiere el carácter de instrumento apostólico de primera magnitud. Si vuestras familias, vuestras amigas y conocidas, os ven alegres y serviciales, siempre contentas, acabarán preguntándose por la causa de ese gozo y se sentirán movidas a seguir vuestro ejemplo, esmerándose en el cuidado de los hogares propios o de aquellos donde trabajan. ¡Cuántas energías espirituales se despertarán al servicio de la familia, de la sociedad civil y de la Iglesia!” [17].

17 Cada persona en la Obra ha de colaborar en esta tarea tan importante para la Iglesia y la sociedad. Mis hijos varones, además de rezar, muchas veces podrán facilitar –a través de los Vicarios– datos personales de su familia o conocidas de su familia, a las que cabría sugerir la dedicación profesional a este trabajo.

Mis hijas se esforzarán por llevar a los diferentes ambientes donde haya mujeres con capacidad de recibir la llamada a la Obra como Numerarias Auxiliares: entre las que realizan trabajo de servicios en diversos sectores de la sociedad, en escuelas profesionales, en la universidad, en zonas rurales, etc. Se encargarán además de impulsar iniciativas que contribuyan a que se reconozca socialmente la importancia y la dignidad del trabajo del hogar y el cuidado de la familia.

Y todos agradeceremos la tarea de las Administraciones con espíritu de servicio, cuidando con esmero –en lo que está de nuestra parte– el hogar donde cada una y cada uno vive, facilitando así con alegría la tarea de quienes se dedican profesionalmente a esos menesteres, no dando más trabajo del necesario.


Entrelazamiento de las labores

18 Nuestro Padre, comentando el Santo Evangelio describe la diversidad de gentes que seguían al Señor, nos decía: los Numerarios, los Agregados y los Supernumerarios; los Agregados y Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, formamos una sola familia, todos con una sola e idéntica vocación. Y además están a nuestro lado esos parientes a los que queremos tanto: los Cooperadores (…); y luego, tantos amigos y tantos colegas que de alguna manera participan de nuestra familia (…). ¿No es encantador? Dan ganas -¿veis cómo hacéis oración?- de agradecer al Señor esta maravilla, esta unidad y esta variedad; este parecido tan claro y esta personalidad tan diferente; esta unión tan íntima, y este modo de vivir tan diverso [18].

La unidad de esta familia comporta una permanente renovación del esfuerzo para coordinar las labores de San Miguel, San Gabriel y San Rafael, y de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, así como para lograr que los instrumentos empleados en el apostolado estén en condiciones óptimas, adecuados a su finalidad. De este modo se facilita la eficacia sobrenatural de todos y la gran coherencia en la formación que los jóvenes reciben en las familias y en los centros educativos.

Esta unidad de intentos resulta de capital importancia en los momento actuales, pues la sociedad de ahora se caracteriza por recibir influjos procedentes de los ámbitos más variados, no rara vez en neta contradicción con la doctrina cristiana. Es ésta una razón más, que se añade a las que hemos considerado en otras ocasiones, para cuidar con esmero el efectivo entrelazamiento de todos los apostolados.

Con el fin de que todas esta labores tengan mayor eficacia, conviene seguir poniendo los medios para que, en cada circunscripción, haya cuanto antes al menos una casa de retiros o una casa de convivencias. Recemos con fe para que se den pronto las condiciones que permitan llevar a la práctica el proyecto de “Saxum”, la casa de retiros en Tierra Santa, cuya puesta en marcha se promovió en el Congreso Electivo de 1994, en memoria de don Álvaro.


Cuidar la labor de San Rafael

19 De acuerdo con la insistencia constante de nuestro Padre, el Congreso ha señalado una vez más la importancia prioritaria de la labor de San Rafael, pues la formación cristiana de la juventud resulta decisiva para la Iglesia y para el futuro de la sociedad civil en todos los países. Este es el fin inmediato de la obra de San Rafael. Además, si se cuida a fondo la preparación de la gente joven, se alcanza lo que define su finalidad mediata: que algunos –muchos– reciban la llamada al Opus Dei como Numerarios o Agregados, chicos y chicas con una disponibilidad completa para dedicarse a las labores formativas o apostólicas de la Prelatura.

Cada una y cada uno ha de considerar esta tarea como la niña de nuestros ojos, y poner los medios y hacer cuanto esté en sus manos para colaborar en su crecimiento; con oración y sacrificio, en primer lugar, pero también trabajando personalmente, y aprovechando cualquier ocasión de servir a las almas, de hablar de Dios. Los jóvenes, de forma preferente, tratando a sus amigos y compañeros; los mayores, preocupándose de que entren en contacto con los Centros de San Rafael las personas jóvenes de su entorno, con la edad pertinente.

Los medios tradicionales de la labor de San Rafael –que fortalecen en la gente joven la amistad con Jesucristo– conservan toda la frescura que causó, en los comienzos y siempre, una movilización entre los muchachos o las muchachas; por esto, en todos los países hemos de esmerarnos para que se organicen y desarrollen con viveza, con garra apostólica.

Inculquemos en quienes tratamos el valor de la amistad y enseñemos a practicarla como manifestación de mutua caridad. También en este punto debemos poner en marcha, sin tregua, una profunda catequesis, pues actualmente mucha gente no conocer el verdadero significado de la amistad, que se fundamenta en el olvido de sí y se manifiesta en servicios concretos a los demás, muchas veces sazonados con la sal del sacrificio.

Metamos en Casa a las chicas o a los chicos de San Rafael, estimulando en ellas o en ellos el afán de almas, sugiriéndoles un encargo apostólico concreto, responsabilizándoles de algún modo en la marcha del Centro: que se animen a hacer con nosotros la Obra, sintiéndola verdaderamente suya, aunque tantas y tantos no se incorporen a la Prelatura.

20 Mediante la labor de San Rafael bien realizada, se va consolidando una gran base de cristianos bien formados, de la que surgen muchos hombres y muchas mujeres que pueden entregarse a Dios en la Obra como Numerarios y Numerarias, como Agregados y Agregadas. Dediquemos tiempo y energías a esta tarea, sin cansancio. A la vez, cuidemos la selección en esta labor. De cien almas nos interesan las cien: y precisamente por esto, para llegar a muchos, hay que dirigirse primariamente a los mejores estudiantes, trabajadores, profesionales jóvenes, etc., que reúnan virtudes y condiciones para entender el espíritu de la Obra y lleguen, por un plano inclinado, a enamorarse de Jesucristo con el corazón indiviso [19].

En este contexto, la Iglesia ha insistido en la urgencia santa de fomentar el convencimiento de la grandeza y eficacia sobrenatural del celibato apostólico en medio del mundo. Los padres y madres de familia, concretamente, han de valorar este don divino y educar a sus hijas y a sus hijos, desde pequeños, en la virtud de la castidad, sin delegar en otros el cumplimiento de tan importantísima tarea, de la que ellos y ellas son los primeros responsables. A los fieles de la Obra que se santifican en el matrimonio les digo al oído: llenaos de alegría, hijas e hijos míos, si alguno o algunos de los vuestros reciben en don inmenso de vivir así propter regnum caelorum [20], por amor del reino de los cielos. Que se alce vuestro reconocimiento a Dios, si bendice vuestro hogar con esta gracia, bien conscientes de que la castidad en el celibato es una afirmación gozosa.

21 Repasemos unas palabras de nuestro Padre, pronunciadas en 1963. Se veía venir el desmoronamiento, que luego hemos comprobado, en la educación de la juventud y nos movía a dedicar una atención especial a la formación de los chicos y chicas jóvenes, con el fin de darles en la primera juventud los medios para la lucha ascética, y les sea así más fácil recibir la llamada de Dios. ¡Hijos míos, esto es para nosotros tan necesario como la respiración!; si no, nos ahogamos, no es posible vivir. Somos una familia cristiana y lo que no podemos hacer es cegar las fuentes de la vida (…).

Hemos de pedir a la Santísima Virgen y a los Patronos de esta labor –San Rafael y San Juan Apóstol– la ayuda del cielo para que todos comprendamos la necesidad urgentísima y absoluta, sin excepción de ningún estilo, de comenzar y continuar –sin una solución de continuidad, sin un vacío– este trabajo apostólico, que es básico y debe reunir todas las características del buen fundamento [21].

A la luz de estas consideraciones, saquemos las conclusiones que mejor se adapten a nuestras circunstancias personales. Pidamos luces en la oración y en la dirección espiritual para descubrir puntos concretos en nuestra propia labor –aparte de rezar más– para impulsar el desarrollo de la obra de San Rafael.


En todos los ámbitos de la sociedad

22 Tampoco debe decaer nuestra acción personal y colectiva en la nueva evangelización de la sociedad. El Congreso ha reflexionado especialmente sobre este punto y ha insistido en la actualidad y urgencia de la continuidad, asegurando las iniciativas que han nacido o se han reforzado, sobre todo, a partir de la canonización de San Josemaría. Como os escribí en el año 2002, no dejemos de fomentar el desarrollo de “una nueva cultura, una nueva legislación, una nueva moda, coherentes con la dignidad de la persona humana y su destino a la gloria de los hijos de Dios en Jesucristo” [22].

Afanémonos en la realización de otros proyectos que incidan en los puntos neurálgicos de la sociedad. Cada uno ha de afinar individualmente en lo que le corresponde, quizá con la colaboración de un grupo de amigos o colegas que comparten nuestros mismos ideales cristianos.

Además, animemos a las universidades que buscan inspiración y apoyo en el espíritu de la Obra –labores corporativas o personales–, y a los fieles que reúnan condiciones, a esmerarse responsablemente en las áreas de investigación sobre materias que influyen con mayor repercusión en la configuración de la sociedad: relaciones entre ciencia y fe, temas de bioética, defensa de la vida humana en todos sus estadios, promoción de la justicia siguiendo las directrices de la doctrina social de la Iglesia, educación de la juventud, etc.

No nos retraigamos de participar en el debate público sobre estas cuestiones, para plantear soluciones acordes con la ley natural y con el Magisterio de la Iglesia, que contribuyen a la defensa de la dignidad de la persona. Actuemos a nivel personal con nuestra dedicación oportuna, y no olvidemos que una carta al periódico, una llamada telefónica a una emisora de radio o a un programa de televisión, exponiendo con simpatía el punto de vista cristiano –quizá sin calificarlo con este nombre– es siempre eficaz: frecuentemente tiene un influjo inmediato en los oyentes, en los lectores, etc., con más hondura que la publicación de un voluminoso estudio científico.

23 Un buen modo de aportar ayuda en la nueva evangelización se concreta en sugerir y animar a muchos amigos, colegas, parientes, que reúnan condiciones y libremente lo deseen –especialmente Supernumerarios y Cooperadores jóvenes–, a emprender carreras profesionales o a trabajar en campos de especial influencia en la sociedad: medios de comunicación, publicidad, moda, producción de cine y televisión.

También resulta muy conveniente la participación de los católicos bien formados en la vida pública, para que –según sus preferencias y convicciones personales libérrimas– contribuyan a que corra la linfa del espíritu cristiano en la elaboración de leyes y en el gobierno de los pueblos. Ocasiones muy propicias de pueden presentar en los colegios de enseñanza media y en las universidades, donde cabe impulsar a los que tengan inclinación y capacidad para esas tareas, animando a que se lancen y cuidando también el trato con quienes trabajan en esos sectores.

Sigamos fortaleciendo la institución familiar, célula vital y quicio de la sociedad. Aquí se pone en juego el futuro inmediato de la Iglesia y de la humanidad. No bajemos, pues, la guardia; no nos conformemos con ciertas legislaciones permisivas que se promulgan en un sitio y otro, so capa de progreso civil, como si fueran “definitivas”. De igual modo que han sido aprobadas, no excluyamos su revocación, sobre todo, si los que defienden la verdadera dignidad de la mujer y del hombre, independientemente de las convicciones religiosas que profeses, se empeñan decididamente en este campo.

24 Siempre en el ámbito de la educación familiar, hemos de alentar a los padres a que participen activamente en los colegios y clubes juveniles: esa intervención constituye un aspecto esencial de su responsabilidad en la formación de los hijos. Es muy conveniente difundir las razones que ayudan a valorar las ventajas pedagógicas de la educación diferenciada, para que los padres, en uso de su legítima libertad, obren en consecuencia. Y, como hizo nuestro Fundador, fomentemos la presencia de fieles de la Prelatura y Cooperadores en centros de enseñanza pública –liceos, universidades, escuelas de formación profesional, etc.–, para llevar la luz de Dios a esos lugares y colaborar en la mejora del ambiente humano y cristiano de esos ámbitos, para alcanzar el verdadero progreso y felicidad.

Recordemos sin cansancio a los padres y madres de familia –también a los abuelos– que conserven siempre muy presente su primera tarea: la familia, la educación de los hijos o de los nietos; persuadidos de que su manifestación más importante se concreta en la transmisión de la fe, precisamente en el propio hogar. Han de tomar conciencia de que –en la educación de los niños y de los adolescentes­ resulta importantísimo invertir tiempo y energías en el cultivo de las virtudes cardinales, especialmente la fortaleza y la templanza, y también para formarles en el uso virtuoso de las nuevas tecnologías. Los que trabajan apostólicamente en la labor de San Gabriel han de hilar fino en estos pormenores, sosteniendo y alentando a los Supernumerarios y Cooperadores, de modo concreto, en estos aspectos.

25 Otro campo específico de la obra de San Gabriel salta a los ojos por su grandísima actualidad: el apostolado de la diversión, con miras sobre todo al entretenimiento de la gente joven. Cuánto agradará al Cielo que, en todos los sitios, con dedicación de tiempo y de medios económicos –que muchas veces es posible lograr mediante subvenciones de las autoridades públicas–, grupos de padres y madres de familia pongan en marcha iniciativas de entretenimiento de buen tono humano, que favorezcan, desde luego, una conducta coherente con la fe.

Gracias a Dios, ya han surgido muchas realizaciones de este estilo, pero siempre resultan como una gota de agua en medio del océano. Sin embargo, con fe y con optimismo, hemos de ponderar que a base de una gota, y otra, y otra, y con la colaboración de muchas mujeres y muchos hombres, y sobre todo con la gracia de Dios, se dará paso a una gran mudanza en las costumbres de muchísima gente joven.

26 El Congreso se ha detenido en la actualidad de la cruzada de la santa pureza, de la que hablaba y escribía nuestro padre hace tantos años [23]: continúa interpelando a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No admitamos cansancios o falsas tolerancias en esta batalla de paz. Si a veces se piensa que parece difícil, también resulta patente que la gracia divina nos asiste en esos casos con mayor abundancia. Pero hay que pelear, primero, en el interior de cada uno. Todos somos débiles: si no vivimos vigilantes, si no pasamos por el camino de la mortificación, activa y pasiva, el demonio nos rondará para atacarnos por ahí, malogrando los dones que Dios ha derramado en nuestras almas.

Me viene a la memoria lo que comentaba don Álvaro, cuando nos impulsaba –secundando al Papa– a colaborar en la nueva evangelización de los países donde la plaga del hedonismo causa mayores estragos. Lo primero que cada uno ha de poner en práctica –afirmaba– se concreta en la buena limpieza “de su propio cuerpo, de su propia alma. Hay que limpiarlos bien, hay que quitar la parte de la persona vieja que tenemos todos, para poner la persona nueva que nos ha traído Cristo con el Bautismo, con su Redención, y vivir una vida nueva: la vida nueva de las hijas y los hijos de Dios en el Opus Dei” [24].

Hijas e hijos míos: aumentemos la vibración, la entrega, un mayor amor de Dios en la pelea diaria. Si nos tomamos más en serio nuestra vocación cristiana, afinando en la respuesta personal a lo que el Señor nos ha pedido y nos pide, nos encontraremos más cerca de Él y, en consecuencia, llevaremos las almas a Dios y Dios a las almas. Realizaremos, en todo el mundo, el apostolado que desea el Romano Pontífice.

27 El Congreso General ha recomendado también que se consoliden las actividades de promoción y asistencia social ya existentes en las Regiones, y que se estudie el comienzo de otras iniciativas educativas y asistenciales encaminadas a la resolución de necesidades locales específicas, y sean al mismo tiempo un punto de referencia cultural, social, etc., y sobre todo espiritual, catequética.

Vuestra eficacia, hijos míos –lo recuerdo con palabras de nuestro Padre–, será consecuencia de vuestra santidad personal, que cuajará en obras responsables, que no se esconden en el anonimato. Cristo Jesús, Buen Sembrador, nos aprieta –como al trigo– en su mano llagada, nos inunda con su sangre, nos purifica, nos limpia, ¡nos emborracha! Y luego, generosamente, nos echa por el mundo uno a uno, como deben ir sus hijos del Opus Dei, esparcidos: que el trigo no se siembra a sacos, sino grano a grano [25].


28 Con ocasión del Año Sacerdotal convocado por el Papa Benedicto XVI, el Congreso ha manifestado nuestro agradecimiento a Dios por el don del sacerdocio en la Iglesia. Y ha sugerido que intensifiquemos la oración por las vocaciones sacerdotales en todo el mundo, por la santidad de cada sacerdote y por el desarrollo de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

También en este campo hemos de crecer todos y cada uno: con una oración más asidua y una mortificación más generosa, y dando a conocer la Obra a los sacerdotes diocesanos a los que estemos en condiciones de hablar.

29 Termino, añadiendo que el Congreso ha querido hacer constar en sus conclusiones los sentimientos de gratitud y unidad de todos los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz con el Padre. Sé bien, hijas e hijos míos –prescindiendo completamente de mi persona–, que esa unión con la cabeza de la Obra es una característica esencial del espíritu del Opus Dei. Permanezcamos, día a día, bien unidos unos con otros, consummati in unum [26]: una condición querida por Dios para dar eficacia a la Obra en servicio de la Iglesia universal.

Fomentemos diariamente también la unidad con los Directores, que en diversos momentos representan al Padre y, en último término, traen a nuestra alma la acción de nuestro queridísimo Fundador, que desde el Cielo vela por cada una, por cada uno. Y no dejéis de importunar al Señor, cotidianamente, por todas mis intenciones: la Iglesia, el Papa, la Obra, vosotras y vosotros.

Con la bendición de San Josemaría, y con todo cariño, os bendice

Vuestro Padre

+ Javier

Roma, 17 de mayo de 2010, aniversario de la beatificación de nuestro Padre.

P.D. Os pido perdón por el retraso con que os envío esta carta: no me ha sido posible entregárosla antes (14-VI-2010)




  1. Ef 5, 20.
  2. Cfr. Statuta, nn. 133 §1 y 140 §2.
  3. SAN JOSEMARÍA. Nota de una reunión familiar, 9-I-1972.
  4. Mt 5, 48.
  5. Cfr. Juan Pablo II, Bula Ut sit, 28-XI-1982, proemio.
  6. Cfr. JUAN PABLO II. Discurso a los participantes en un simposio teológico de estudio sobre las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, 14-X-1993; Discurso en la audiencia concedida a los participantes en el congreso sobre la Novo Milennio ineunte, 17-III-2001.
  7. San Josemaría. Carta 8-VIII-1956, n.14.
  8. Mt 19, 21.
  9. SAN JOSEMARÍA. Carta 28-III-1955, n. 30
  10. SAN JOSEMARÍA, A solas con Dios, n. 54.
  11. SAN JOSEMARÍA, Carta 8-VIII-1956, n. 38.
  12. Is 1, 17
  13. Cfr. SAN JOSEMARÍA. Camino, n. 237.
  14. Ct 5, 2.
  15. SAN JOSEMARÍA. Surco, n. 538.
  16. Carta, 23-IV-2010.
  17. Carta, 23-X-2005, pp. 11-12.
  18. SAN JOSEMARÍA. Notas de una meditación, 5-III-1963.
  19. Cfr. 1 Cor. 7, 33.34.
  20. Mt 19, 12.
  21. San Josemaría. Notas de una meditación, 5-III-1963
  22. Carta, 28-XI-2002, n. 11.
  23. Cfr. SAN JOSEMARÍA, Camino, n.121.
  24. DON ÁLVARO DEL PORTILLO. Notas de una reunión familiar, 17-I-1986
  25. SAN JOSEMARÍA, Carta 9-I-1959, n. 16.
  26. Jn 17, 23.