Abusos en la dirección espiritual

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(Cap. 15 de Lo que pasó a ser el Opus Dei)


Lo que se llama dirección espiritual en el Opus Dei está muy lejos de lo que la tradición católica reconoce como dirección espiritual.


1. Un miembro no tiene la libertad de elegir el director espiritual que le conviene. No sólo hay que dejarse dirigir por el director y el sacerdote designados, es que, además, está prohibida (utilizando la manipulación emocional) cualquier consulta con otras personas, sean miembros del Opus Dei o no.


2. Se usan diversos medios de presión psicológica para que el miembro se sienta obligado a divulgar sus pensamientos más íntimos. Se niega toda privacidad o fuero interno. Esto va en contra del Código de Derecho Canónico:

Can. 220 - A nadie le es lícito violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad.
Can. 630 § 5. - Los miembros deben acudir con confianza a sus Superiores, a quienes pueden abrir su corazón libre y espontáneamente. Sin embargo, se prohibe a los Superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia.


3. Además, se mezclan las ideas de gobierno y de dirección espiritual. El servicio de los sacerdotes se usa como un instrumento en las manos de los directores laicos:

En el Catecismo de la Obra habréis estudiado que, en primer término, compete a los Directores locales, laicos, !laicos! También imparte la dirección espiritual el sacerdote designado, en el ejercicio de su ministerio.[1]

Los sacerdotes saben que, para colaborar eficazmente en la dirección espiritual personal de los fieles de la Prelatura, han de confirmar en todo, ordinariamente, las directrices que los demás reciban en la charla fraterna: sólo una completa armonía entre ambos consejos asegura la adecuada dirección espiritual de las personas de la Obra.[2]

Tal cooperación armónica entre los directores laicos y los sacerdotes significa un peligro muy grave para el cumplimiento del silencio de oficio, del secreto de la confesión y de la lealtad humana:

Quien recibe la charla deberá poner en conocimiento de los Directores lo que sea necesario para que puedan cumplir su misión de gobierno en bien de esa persona y en bien de la Obra. Esto no lesiona mínimamente el silencio de oficio.[3]

No tendría sentido, por ejemplo, que al hacer la charla fraterna alguien pusiera como condición, para tratar un tema determinado, que quien la recibe se comprometiera a "no contar a nadie" lo que va a decirle; o que este último, pensando facilitar la sinceridad, equivocadamente dijera al que hace la charla: "cuéntamelo todo y no te preocupes, porque no se lo voy a decir a nadie más".[4]

Todos agradecemos que quien recibe nuestra Confidencia comunique a los Directores lo que sea preciso, pues «con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los Directores tienen del alma de los fieles de la Obra, y así les pueden ayudar mejor (Catecismo de la Obra, n. 208) ».[5]

Tal falta de respeto al silencio de oficio va en contra del derecho a la intimidad. Además, el Opus Dei aconseja a sus sacerdotes no dar la absolución si algunos de los pecados revelados son graves y no han sido declarados a los directores laicos.[6]


4. La dirección espiritual es burocrática: hay un intercambio de informaciones íntimas por escrito entre los diferentes niveles de gobierno sin que el miembro lo sepa.


Tal práctica en la dirección espiritual va directamente en contra de la disciplina eclesiástica y contradice de manera esencial los derechos humanos a la libertad y a la responsabilidad personal. Estos abusos han sido denunciados repetidas veces ante los tribunales de la curia romana, pero hasta hoy no ha habido ninguna reacción por parte de los organismos vaticanos.




  1. San Josemaría, meditación El buen pastor, 12.03.1961
  2. Vademécum de sacerdotes, 1987, p. 41
  3. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, 19.03.2001, p. 63
  4. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, 19.03.2001, p. 110
  5. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, 19.03.2001, p. 64
  6. cf. Experiencias de práctica pastoral, pp. 263-264



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