Quien deja la Obra, sale de un universo muy legalista y de extrema complejidad para la conciencia, lo cual no es extraño que dificulte la adaptación al mundo y genere situaciones no fáciles de resolver.
No hay una única salida. Los caminos para reconstruir la propia vida son diversos. Están quienes han reencauzado su vida dentro de unos parámetros estándares y su situación dentro de la Iglesia no ha sufrido ningún cambio. El cimbronazo sólo afectó la relación con la Obra y nada más.
Para otros, la crisis que produjo la Obra en sus vidas tuvo efectos más amplios...
Pienso en los que se han separado de la Iglesia de manera implícita o explícita, como también en aquellos que se encuentran en una situación interior conflictiva, sin habérselo propuesto por motivos teóricos, sino como resultado del devenir mismo de sus vidas.
De manera particular pienso en quienes se han casado y su matrimonio terminó en divorcio, o también, quienes han encontrado que la mejor manera –no la óptima, porque esa no existía- de reconstruir sus vidas ha sido estableciendo una relación afectiva con una persona divorciada (en todos los casos supongo la honestidad de la conciencia, como punto de partida básico).
Según la doctrina clásica de la Iglesia, las personas vinculadas a una situación de divorcio, no pueden ni recibir el sacramento del matrimonio ni el de la comunión (y tal vez, no puedo asegurarlo, muy posiblemente tampoco el de la confesión).
No creo que se pueda afirmar con absoluta seguridad que lo que han hecho para resolver y reconstruir sus vidas esté bien. Me parece que en gran medida es un asunto de conciencia, y por otro lado, una situación excepcional (el carácter inédito de la defraudación de la Obra y sus consecuencias destructivas en la vida espiritual de las personas). Por lo cual tampoco veo fundamentos claros para decir a priori que lo que han hecho -para reconstruir sus vidas- esté mal.
La Iglesia evidentemente no puede bendecir dichas situaciones irregulares, pero tampoco creo que las pueda condenar a priori, por varias razones.
Una cosa es condenar el divorcio y otra cosa es condenar situaciones particulares de manera general. Además, en el origen de muchas irregularidades se encuentra con un rol protagónico exclusivo la misma Prelatura del Opus Dei, de cuyo control es responsable directo la misma Santa Sede. Y hasta ahora la Santa Sede no ha hecho nada para ayudar a quienes han sido afectados por la prelatura Opus Dei. Tales condenas, entonces, fácilmente se convertirían en un boomerang.
A veces el divorcio puede ser resultado de la inexperiencia, como en el caso de los que se fueron siendo aún jóvenes, pues la Obra fomenta la inmadurez afectiva y el aislamiento respecto del mundo cotidiano que vive cualquier persona normal.
Para quienes se van en una edad avanzada, la posibilidad de entablar una relación con una persona divorciada puede ser una opción conscientemente elegida y asumida, aún teniendo en cuenta que la Iglesia condena el divorcio. Creo que esto sucede -entre otras cosas- a causa del factor oportunidad: en su momento se entregaron a la Obra unos años que son irrecuperables, y unas oportunidades que ya no existen, por lo cual no se puede emprender una nueva vida desde un punto de partida ideal que ya no existe y que además fue objeto de defraudación por parte de una institución de la Iglesia.
Por otro lado, no menos importante, la crisis causada por la Obra supone muchas veces una crisis de valores, que puede llegar a ser muy profunda hasta provocar un estado de escándalo interior e incredulidad. Especialmente cuando se percibe una injerencia política en la esfera moral (si frente a los principios morales prevalecen las decisiones y voluntades de gobierno, ya sean de la Obra misma como del Vaticano, lo cual provoca desastres en las conciencias). Esto quiebra todo el orden moral anterior. ¿Si la moral está al servicio de la política y la política es la responsable de mi crisis, porqué habré de subordinarme a la moral que procede de la política?, podría cuestionarse. La moral pierde autoridad al ser objeto de manipulación por parte de los gobernantes, se la ve como una materia subordinada a la política, y entonces la moral se transforma en un ámbito de disputas, lo cual no ayuda en absoluto. Aquí es donde veo que el rol de la conciencia es fundamental para encontrar una salida, recurriendo a la honestidad que se encuentra en ella y sin esperar una solución política, que provenga de afuera.
A su vez, la sensación que se tiene -en muchos casos- al dejar la Obra es la misma de un divorcio, y peor también, por lo cual se podría decir que el estado en el que se encuentran much@s numerari@s y agregad@s (al romperse el vínculo con la prelatura) es muy semejante al estado de divorciad@. Si la unión entre dos personas es considerada sagrada y por ello la Iglesia juzga inadmisible el divorcio, ¿cómo admitir la trasgresión que supone la ruptura del vínculo que desde el primer momento la Obra lo presentó como “divino, permanente y eterno” (cfr. A. del Portillo, Carta 19-III-1992, nro. 14) y luego ella misma, en muchísimos casos, no lo respetó sino que además lo quebrantó? La condena que la Obra dirige hacia los ex miembros de manera generalizada, se le vuelve en contra:
(del fundador, Meditaciones III, pág. 389)
Como bien dice Steve Hassan, «en las sectas destructivas, jamás existe una razón legítima para marcharse» (cap. 5).
Las repercusiones –el escándalo en sentido evangélico- que esta ruptura vincular puede tener en toda la vida espiritual de una persona son considerables. Más aún si se descubre que todo fue un gran fraude, que nunca existió institucionalmente la vocación de la que habla A. del Portillo (cfr. Carta 19-III-1992, n. 14), y que puede seriamente cuestionarse con escritos como el de A. Ruiz Retegui. La situación de irregularidad, entonces, comienza mucho antes de lo que se cree.
En muchos casos –especialmente para quienes ingresaron a los 14 años-, la vida matrimonial resultaba impensable porque desde la adolescencia la Obra les había metido en la cabeza –machacando- que el destino para ell@s –el plan de Dios desde la eternidad era el celibato, o sea, la vocación de numerari@ o agregad@.
Tampoco imaginaron que un día la Obra les manifestaría abiertamente su infidelidad, olvidándose ella de aquél carácter divino, eterno y permanente sin ningún pudor, aunque con mucha refinada hipocresía. Este doble golpe brusco produjo un gran descalabro, y de la noche a la mañana tuvieron que salir a rehacer sus vidas, sin manual que explique cómo se hace eso. Ni asistencia alguna de la Santa Sede.
Como decía anteriormente, algunos retomaron la vía estándar –ej., el matrimonio dentro de la Iglesia-, pero otros no. Porque no pudieron, porque ya no quisieron, o por tantas otras razones, cuyo común denominador es el paso por la Obra.
Desde cierto punto teórico se puede decir que están en una situación irregular (si se han apartado de la Iglesia en alguna medida). Pero desde una explicación causal, se puede afirmar que se encuentran en esa situación irregular a causa de la Obra, por lo cual tal irregularidad es imputable en primer término a la Obra. Luego, a quienes han dejado hacer a la Obra, quienes han autorizado y no han controlado a esta institución. Por último, cada caso con sus razones particulares, que merecen una valoración individual.
Lo que está claro es que la situación irregular en la mayoría de los casos no comenzó cuando –por ejemplo- un matrimonio terminó en divorcio sino cuando la Obra se cruzó en el camino de esa persona a sus catorce años y estableció con ella una relación basada en el fraude, que finalmente terminó como era lógico: en un vaciamiento personal –uno se va sin nada- y una honda crisis en su conciencia.
Se sale muy mal parado de la Obra –más si el ingreso fue a los 14 años- y se reconstruye la vida como puede. Esto es esencial tenerlo en cuenta, para no compararse con situaciones más estándares y concluir en una autocondena personal. La Obra no es una situación normal y la salida de la Obra menos.
A partir de allí, desde el momento en que se cierra la puerta del último centro, comienza una peregrinación hacia la estabilidad personal, que puede tardar años y pasar por etapas poco convencionales.
Por supuesto, cada uno sigue siendo responsable y puede contribuir en una segunda instancia a empeorar lo que ha provocado la Obra. Pero esto depende de cada caso particular y no puede analizarse de manera generalizada.
En cambio, la situación irregular como punto de partida lo origina la Obra y esto sí es generalizable (aunque no ‘absolutizable’).
A partir de allí, lo irregular pasa a ser la vida normal para muchos. De tal manera han quedado transformadas sus vidas, que el efecto provocado por la Obra se muestra irreversible. Uno sufre las consecuencias del pecado de origen de la Obra.
Pecado que no es excusa ni vuelve inimputable a nadie para el resto de su vida, pero sí explica muchas cosas.
Así como por el pecado de Adán y Eva entró la muerte, por el pecado de la Obra entró la irregularidad en nuestras vidas, de diversas maneras.
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