Dirección espiritual: formación de la conciencia. Fidelidad

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Tabla de contenidos


Introducción

1. La fidelidad es obra de la gracia, con la correspondencia personal.

En el reverso de una vocación «perdida» o de una respuesta negativa a esas llamadas constantes de la gracia, se debe ver la voluntad permisiva de Dios. Ciertamente: pero, si somos sinceros, bien nos consta que no constituye eximente ni atenuante, porque apreciamos, en el anverso, el personal incumplimiento de la Voluntad divina, que nos ha buscado para Sí, y, no ha encontrado correspondencia (Surco, n. 961).

2. Por eso, en la labor de dirección espiritual, lo primero es acudir al Espíritu Santo, pidiendo su luz y su gracia, para saber secundar su acción en el alma de nuestras hermanas.

3. A la vez, Dios cuenta. con la dirección espiritual para hacer su obra en cada una, y de la calidad de la dirección espiritual depende, en ese sentido, la eficacia de la acción de la gracia en las almas: responsabilidad de las Directoras y de los sacerdotes, en el uso de los distintos medios:

No te enfades: muchas veces un comportamiento irresponsable denota falta de cabeza o de formación, más que carencia de buen espíritu.
Necesario será que exigir a los maestros, a los directores, que colmen esas lagunas con su cumplimiento responsable del deber.
Necesario será que te examines..., si ocupas tú uno de esos puestos (Surco, n. 951).

4. En consecuencia, la Directora ha de tener un gran sentido de responsabilidad, conocer muy bien el «arte sobrenatural» de su cometido, que se apoya en su misma vida interior y a la vez en el conocimiento de la teología espiritual y de las almas en particular: de aquí, la necesidad de estudiar y meditar a fondo los documentos referentes al espíritu de la Obra, los guiones sobre el modo de llevar Confidencias; mejorar la transmisión de esos guiones; de leer tratados de Teología Espiritual.

5. Para ser sobrenaturales, hay que ser profundamente humanas: es preciso entender a las demás de verdad para poder darles consejos que las ayuden a crecer en las hambres de santidad que Dios ha puesto en sus almas.

Ideas centrales de la vida ascética que han de tenerse en cuenta

1. La fidelidad consiste en enamorarse más y más de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo: amarle opere et veritate, con todas las fuerzas. Y esto, naturalmente, según el espíritu del Opus Dei: fidelidad equivale a santidad para ser y hacer plenamente el Opus Dei.

2. Este amor comporta una totalidad y una exclusividad crecientes, en unidad de vida: nada puede quedar fuera, y todo debe ir teniendo la impronta concreta de ese amor:

3. Para esto, es preciso:

4. La fidelidad se presenta tarde o temprano con una disyuntiva absoluta, que de algún modo está a lo largo de todo el camino. Se van construyendo, cada vez más nítidamente, «dos ciudades»[4]

5. De ordinario, la radicalidad de esta disyuntiva no se presenta de golpe, pero se va fraguando: en una sucesión de opciones, pequeñas quizá, pero que cada vez son más profundas, a partir de la vocación recibida:

6. Cada una debe subir por su «plano inclinado», hacia esa totalidad y exclusividad: de todas las potencias y sentidos, de todas las actividades -de piedad, familiares y sociales, profesionales, etc.- que comprenden la vida de una persona.

«Todos los días hemos de preguntamos, como nos aconsejaba nuestro Padre, qué esfuerzo ponemos, con el auxilio de la gracia, para purificar el entendimiento y la voluntad, la memoria, la imaginación... Pensad, hijos míos, que no se trata de una lucha meramente negativa, sino de ofrecer una oblación muy grata a Dios. Además, ¡qué servicios podemos prestarle si esas potencias están solamente dirigidas a Él! ¡Qué paz colmará nuestra alma!» (Del Padre),

Necesidad de formar la conciencia, de enderezarla -con doctrina y en la práctica- para que el alma conozca y quiera cumplir la Voluntad de Dios (con su gracia): ser y hacer el Opus Dei

1. Hay que hacer ver, con la doctrina -los medios de formación colectiva tienen también esta finalidad-, las bases de la vida cristiana sobre la que se asienta el espíritu específico de la Obra. Hay que dar una estructura teológica, a través de esos medios, de los estudios institucionales, de la lectura espiritual, etc. Algunos ejemplos (que la Directora sabrá aplicar), explican esto:

2. Hay que explicar, en consecuencia, el espíritu de la Obra, no como una «lista de criterios», o como una serie de indicaciones o prácticas inconexas o sueltas, sino como manifestación del espíritu cristiano vivido plenamente, en radicalidad, desde el fondo: todas las virtudes -que abarcan una por una todas las potencias y cada uno de sus actos; y por eso, toda nuestra actividad-, según las modalidades y características de nuestro espíritu, día a día.

3. Por tanto, hay que enseñar a que aprendan a moverse con la cabeza -razón iluminada por la fe-, con un conocimiento hondo de esa vida cristiana; y no por el corazón, por sentimientos, «ley del gusto», «capricho», etc.

4. Es necesario, pues, explicar (medios de formación personal y colectiva) las razones sobrenaturales de nuestro comportamiento. Hacer entender el porqué de las cosas: no actuar solamente «porque éste es el espíritu de la Obra», ni «porque lo dicen las Directoras», «porque siempre se ha hecho así», ni con «obediencia ciega», etc.; la inteligencia ha de conocer que aquello es Voluntad de Dios, y no actuar como autómatas; y esto, a todas las edades (se evitarán desencantos e indiferencias que parecen inexplicables). En esta explicación, se hace ver que para entender se requiere lucha, mortificación, negarse, correspondiendo a la gracia. No obstante, si después de intentado algo no se entiende, se obedece con la fe de que así somos muy gratos a Dios.

5. Y enseñar a reconducir a las «ideas madres» de la vida cristiana todos los aspectos de la vida: unificar la vida y sus múltiples manifestaciones (interiores y exteriores): Cristo vive, me llama y me da la gracia; tengo los medios; seguir a Cristo es encontrar la Cruz; toda la vida -trabajo, estudio, descanso, vida en familia, etc.- tiene sentido de Redención, es apostolado; etc.;

6. La Directora, precisamente, ha de ayudar a sus hermanas a que vean en su oración esas ideas desmenuzadas, a través de lo pequeño y concreto, de la variedad de situaciones y actuaciones, explicando su significado, conociéndolas y ayudándolas a que se conozcan: para que quieran.

7. En ese cometido, es fundamental enseñar a entender el sentido de la contrición y de la lucha que recomienza: con sentido positivo.

8. Esta enseñanza y esta formación que imparten las Directoras ha de referirse a todos los aspectos de la vida: todas y cada una de las potencias y sentidos, todas y cada una de las actividades, como se ha dicho: no deben quedar parcelas que: o no se ven, o no se quieren ver, o no se quieren someter, o quedan apartadas de la dirección espiritual. Unidad de vida: totalidad y exclusividad, como se ha dicho, fraguada en la oración personal.

9. Si no se hace así, queda la entrega manca, dudosa o ineficaz: a veces, hay cosas que se achacan al carácter de una persona, «porque es mayor», etc., y son en el fondo por eso: 'No digas: «Es mi genio así..., son cosas de mi carácter». Son cosas de tu falta de carácter: Sé varón -«esto vir»' (Camino, n. 4). Si a tiempo se hubieran tratado y remediado las cosas, quizá no se darían. El tiempo por sí solo no arregla las cosas; pero siempre es tiempo para arregladas. Ciertamente, moriremos con defectos: pero luchando contra todo lo que pueda ser falta de amor a Dios o a los demás.

En consecuencia, es fundamental enseñar y ayudar a vivir con sinceridad plena -no sólo conocerse delante de Dios y de las Directoras, sino querer de verdad-, para luchar hacia esa totalidad y exclusividad.

1. La Directora debe ayudar a que cada una se conozca delante de Dios (en todos los aspectos de su vida, insistimos) y a que luche sinceramente [6].

2. Esta labor se hace día a día, y dura toda la vida: la dirección espiritual acompaña constantemente nuestro caminar en la Obra: la Directora ayuda y acompaña, enseñando, explicando (de modo práctico y teórico), sugiriendo, corrigiendo y empujando (con la gracia de Dios, con su oración y mortificación, en primer lugar).

3. Para esto, la Directora ve, oye (correcciones fraternas), profundiza (lleva a su oración, pregunta a la interesada, etc.) en todos los aspectos de la vida de sus hermanas, sin «dejar parcelas oscuras», sin omitir aspectos; y pregunta, sin temor a entrar en la intimidad. Día a día, con una delicadeza extrema, porque se sabe instrumento del Espíritu Santo, minia el códice, hoja a hoja, conociendo a fondo a sus hermanas (reacciones, actitudes y situaciones) y queriendo de veras a cada una.

4. Ha de vedo y hacerlo, pues, de ordinario, a través de lo pequeño: ayudarla a que sea sincera; tratada con confianza, con disponibilidad, para facilitarlo. Explicar, hablar y enseñar, como se ha dicho: hasta entrar en las disposiciones íntimas, para ser y hacer Opus Dei, nunca por curiosear ni dando la impresión de desconfianza, o de que se quiere «controlar» todo.

5. No se trata de caer en minuciosidades, escrúpulos o rigideces -que el Señor no quiere-, sino de ayudar a las demás a mantener fijo en Dios el rumbo de sus vidas. Por eso, al conocer y fijarse en lo ordinario, en lo diario de sus hermanas, la Directora debe saber discernir y valorar entre lo que es un error o un defecto pasajeros, o en los que se lucha, de lo que son cosas pequeñas quizá, pero que manifiestan una actitud más de fondo, un hábito, o algo que puede tener una repercusión o una evolución negativas.

6. Los temas que han de tratarse están indicados en el Catecismo: aquí señalamos, a modo de ejemplo, algunas manifestaciones concretas de aspectos de esos temas, para que la Directora sepa ir de lo concreto y pequeño a lo general y central, y viceversa, de modo que esa temática tenga vida referida a cada persona:

7. Algunas situaciones especiales.


Junio, 1996


Referencias

  1. Se recogen ideas básicas, que han de aplicarse a variedad de situaciones personales (mayores y jóvenes; numerarias, numerarias auxiliares, agregadas, supernumerarias), y que han de estar presentes en los distintos medios de dirección espiritual. Cuando se habla de la Directora, se ha de entender también aplicado al sacerdote, en cuanto colabora con la dirección espiritual; y a todas las que intervienen, de algún modo, en impartir los medios de formación personal y colectiva.
  2. Cfr. Mc 12, 30
  3. «Cada uno deberá ahora preguntarse: ¿qué he hecho yo con mis sentidos hasta ahora? ¿Qué he hecho con mis potencias: con la memoria, con el entendimiento, con la voluntad? Sólo la meditación de esta frase nos llevaría horas. ¿Qué habremos de hacer con todo el ser nuestro, de aquí en adelante? Es natural que venga ahora a nuestra mente el pensamiento de tantas cosas que no iban, y que quizá todavía no van. Por eso te digo: hijo mío, ¿tienes deseos de rectificación, de purificación, de mortificación, de tratar más al Señor, de aumentar tu piedad, sin teatro ni cosas externas, con naturalidad? Porque todo eso es aumentar la eficacia de la Obra, en nuestra alma y en la de todos los hombres» (De nuestro Padre, En diálogo con el Señor; pág. 50-51).
  4. San Agustín, De civitate Dei, cap. XXVIII: «Dos amores fundaron dos ciudades; a saber: la terrena, el amor propio, hasta llegar a menospreciar a Dios, y la celestial, el amor a Dios, hasta llegar al desprecio de sí propio. La primera puso su gloria en sí misma, y la segunda, en el Señor; porque la una busca el honor y la gloria de los hombres, y la otra, estima por suma gloria a Dios, testigo de su conciencia; aquélla, estribando en su vanagloria, ensalza su cabeza, y ésta dice a su Dios: «Vos sois mi gloria y el que ensalzáis mi cabeza» (Ps. III, 4); aquélla reina en sus príncipes o en las naciones a quienes sujetó la ambición de reinar; en ésta unos a otros se sirven con caridad: los directores, aconsejando, y los súbditos, obedeciendo; aquélla, en sus poderosos, ama su propio poder; ésta dice a su Dios: «A vos, Señor, tengo de amar, que sois mi virtud y fortaleza» (Ps. XVII, 2); y por eso, en aquélla sus sabios, viviendo según el hombre, siguieron los bienes, o de su cuerpo, o de su alma, o los de ambos».
  5. Nuestro Padre lo explica de un modo clarísimo: «¿tú amas la gracia de Dios? Me responderás que sí, que haces todo lo posible para no perderla nunca. Ya lo sé, pero ¿procuras que esa gracia se acreciente en tu alma, cada día? ¿Sabes corresponder con generosidad plena a las mociones del Señor? Hay unas palabras de Cristo en el Evangelio que son muy claras y que, a veces, a mí me causan turbación: al que tiene, se le dará más, y el que no tiene será privado incluso de aquello que parece que tiene (Marc. IV, 25). Si tú y yo, como nuestra Madre, correspondemos a la gracia, Dios nos dará una correspondencia aún mayor; si procuramos ser fieles a nuestra vocación, nos concederá más ayuda en cada instante y nos haremos cada día más santos. Un propósito firme, pues, de agradecer todos los dones que el Señor nos ha hecho» (De nuestro Padre, Meditación, 25-III-1954: citado en Carta l-VIII-96).
  6. Sinceros con nosotros mismos. Más difícil aún. Ya habéis oído decir que el mejor negocio del mundo sería comprar a los hombres por lo que realmente valen, y venderlos por lo que creen que valen. Es difícil la sinceridad. La soberbia violenta a la memoria, y se encuentra una justificación para cubrir de bondad el mal cometido, que no está dispuesto a rectificar; se acumulan argumentos, razones, que van ahogando la voz de la conciencia, cada vez más débil, más confusa (Carta, 24-III-1931, n. 36).
    Sed sincerísimos: no os concedáis nada sin decirlo, hay que decido todo. Mirad que, si no, el camino se enreda; mirad que, si no, lo que era nada acaba siendo mucho. Acordaos del cuento del gitano, que fue a confesar: Padre cura, yo me acuso de haber robado un ronzal... Y detrás había una mula; y detrás, otro ronzal; y otra mula, y así hasta veinte. Hijos míos, que lo mismo pasa con otras muchas cosas: en cuanto se concede el ronzal, viene después todo lo demás, toda la reata, vienen después cosas que avergüenzan (Carta, 24-III-1931, n. 39).
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