Por RAMÓN, 7 de enero de 2005
Después de leer el escrito magnífico escrito de Jesús F. (3-1-05), la sugerencia de Dionisio y la carta de don Álvaro, me he decidido a escribir sobre un tema que al parecer en la opus resulta importante: la vocación.
La carta de don Álvaro, aparte de ser un gran monumento literario, incurre en lo que para mí son algunos errores de concepto sobre la vocación y la espiritualidad cristiana en general. Ahora bien: si tenemos en cuenta lo que contáis sobre cómo se trata la vocación en la opus, la carta se estructura con total coherencia interna, y la práctica opusina es coherente con sus supuestos teológicos.
La vocación es un tema espinoso en la existencia personal. La palabra vocación, etimológicamente es "llamada". La vocación presupone una llamada a la que el hombre puede responder o no. El poder responder implica un cierto grado de libertad. La vocación cristiana es, así, la llamada de Dios por medio de Cristo y la respuesta libre del hombre. Los apóstoles estaban en sus barcas y Jesús les invitó a seguirle y ser pescadores de hombres. Ellos, dejándolo todo, le siguieron. Si aceptamos este concepto de vocación, y el ejemplo de los apóstoles, veremos que tienen poco sentido expresiones y prácticas como:
La vocación necesita el concurso de la Fe: fe en ese hombre, el Señor Jesús a través del cual Dios se zambulló en la historia de la humanidad hasta lo más hondo, la muerte en la cruz. Esto, que para nosotros es algo resabido y desgastado, si se mira bien es un acto revolucionario: creer en lo que no vemos, que un judío de hace 2000 años vivió una vida que le llevó a la muerte como un delincuente a manos de los poderosos, y por eso mismo fue ensalzada por el Padre en la resurrección. Desde entonces, la historia ya no será lo mismo, puesto que encierra esperanza para los más desgraciados y para todos.
La vocación, es un acto personal, una respuesta a una llamada que se siente en el corazón. En el corazón del hombre anida Dios, que infundió su aliento a Adán en el momento de la creación. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla ni tan automática. Para oír hace falta tener los oídos abiertos. Descubrir la propia vocación puede ser un proceso de años, de búsqueda o incluso de sorpresa, puesto que Dios se manifiesta cuando y como quiere. Dice Pablo que la fe la da Dios, para que nadie pueda enorgullecerse de tenerla (san Escribá decía que él quería a Dios más que las monjas, mientras les daba la comunión, hace falta...)
Fijémonos en el ejemplo de Jesús: vive en su aldea hasta los 30 años (la adultez completa). Va a bautizarse y ALLI como un pecador más, siente la bajada del Espíritu. No contento con eso, se va 40 días al desierto con el demonio por compañía. Y luego ya decide predicar. Es más, en un evangelio dice "cuando asesinaron a Juan Bautista, salió Jesús a predicar…". Es decir, que lo suyo no fue ni mucho menos claro. Todavía tardó tres años, con milagros incluidos en ver claro su destino mesiánico y culminarlo en Jerusalén. Y aún así, muere angustiado en la Cruz.
Pablo, se cae del caballo, y es en esa situación de postración cuando ve a Cristo. Pero aún así, se queda ciego y tiene que hacer penitencia. San Vicente de Paúl iba para capellán de nobles, cuando un protestante le dijo que lo suyo era una vergüenza. Tanto le llegó esta mala persona, que se convirtió y se hizo santo. San Ignacio, con 40 cumplidos, tuvo que sufrir el tiro en la pierna y leer mucho para convertirse. Luego fue eremita, peregrino… y luego santo. San Francisco de Borja, consejero imperial, tuvo que ver a la Emperatriz putrefacta para decidirse. Algo parecido le sucedió a Bartolomé de las Casas. Pedro Arrupe tuvo que ver la bomba atómica en Hiroshima en primera persona (estaba consagrando) para cambiar su vida. Y la madre Teresa...
Monseñor Romero era un cura sin más cuando lo nombraron arzobispo del Salvador. Un hombre gris y dócil a la oligarquía. Pero en esto, mataron a Rutilio Grande, un cura que había hecho la opción por los pobres (y cómo). Monseñor Romero, se convirtió y empezó a hablar claro. Antes de diez años, estaba muerto. Y menos de cinco años tras su muerte, Ellacuría, sus compañeros y las domésticas. Nada de esto supuso una rotura diplomática del Vaticano con El Salvador, o un anatema contra los ideólogos de los crímenes, que eran el Departamento de Estado de USA, los escuadrones de la muerte, etc.
Como vemos, la vocación brota de dentro, y ante los hechos más inesperados por los que Dios nos habla. Es más, se puede hablar en estos casos de Conversión. Llama la atención que estos ejemplos de conversión se dan en lo que algunos teólogos llaman el reverso de la historia: la muerte, la injusticia, los crímenes contra la humanidad, la enfermedad. Es decir, vieron a Dios donde aparentemente es menos visible. Como dice Pablo: anunciamos a Cristo, y éste, crucificado. Si creemos que estos ejemplos son ciertos, no tienen sentido conceptos como:
Un aspecto nuclear de la vocación cristiana es que no nos saca del mundo, sino que nos mete en él de hoz y coz. Tanto amó Dios al mundo, que envió a su hijo único para salvarlo. Los ejemplos de vocación que hemos visto no les llevaron a salir del mundo, sino a intentar transformarlo con los medios a su alcance. Incluso el ejemplo más distante, la iglesia orante en la clausura, no se retira a orar por sí misma, sino por la redención del mundo. La vocación, y la espiritualidad a que nos lleva, como dice Boff, no es tal si no conlleva transformación personal. Y yo me atrevería decir que, como consecuencia, social. En el discurso programático de Jesús en Marcos, dice: los ciegos ven, los cojos andan, a los pobres se les anuncia la buena noticia… Si la espiritualidad y vocación no llevan a un cambio de perspectiva existencial, moral, ideológica, mal vamos. Claro que el evangelio dice que tras el primer milagro de Jesús, "empezaron a tramar para matarlo".