Vivir en Cristo
Carísimos: Dios es el que a nosotros, con vosotros, nos confirma en Cristo y el que nos ha ungido, el que asimismo nos ha marcado con su sello y que por arras nos da el Espíritu Santo en nuestros corazones(1). Y somos confirmados en Cristo, comenta Santo Tomás, de dos maneras: por la gracia y por la gloria. Por la gracia, al haber sido ungidos con la gracia del Espíritu Santo, que nos trasforma en miembros de Cristo, en ungidos suyos... Por el contrario, la unión con Cristo que se consigue por la gloria, actualmente sólo la tenemos en esperanza, pero cierta, ya que tenemos la firme confianza de alcanzar la vida eterna 2.
La vida interior, el crecimiento de la Vida sobrenatural en el alma, es un proceso que se inicia con esa identificación primera con Jesucristo por la gracia, y se consuma con la configuración suprema y definitiva en la gloria del cielo. En esto consiste el dinamismo de la vida de la gracia: un manantial de agua que manará hasta la vida eterna 3.
Para promover ese crecimiento se nos da el Espíritu Santo en nuestros corazones, espíritu de caridad que va imprimiendo en nosotros la imagen de Cristo, marcándonos con su sello: el de la Cruz, que es el distintivo de los elegidos, la contraseña que nos abre las puertas del Cielo, el signo de los hijos y servidores de Dios. No hagáis mal..., hasta tanto que pongamos la señal en la frente a los siervos de nuestro Dios 4.
Misterio grande, inefable, de la acción divina en el alma, que sólo pálidamente llegamos a entrever; y sin embargo, ¡cuántas energías podemos sacar de su contemplación, que nos impulsen a seguir sin vacilaciones el camino de la identificación con Cristo! Si el fuego, atravesando todo el espesor de una barra de hierro hasta lo más íntimo, la convierte en fuego, y trasforma lo frío en ardiente, y lo mate en brillante..., ¿qué tiene de extraño la transformación que el Espíritu Santo opera en el interior del alma? 5.
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En verdad, en verdad te digo, que quien no naciere de nuevo, no puede entrar en el reino de Dios 6. Es preciso nacer a la Vida sobrenatural, transformarnos en una nueva criatura que sea imagen de Cristo, miembro suyo, hijo de Dios, y crecer hasta llegar al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad perfecta según Cristo 7. Para alcanzarnos esta regeneración, Dios tomó nuestra naturaleza. Por Cristo ascendemos a una dignidad sobrenatural; sin embargo, no somos hijos de Dios como lo es El, sin discrimen alguno, sino por la gracia por la que a El somos asimilados, pues El es el Hijo genuino coeterno al Padre; nosotros, en cambio, adoptivos por su benignidad 8.
La gracia, al asimilarnos a Cristo, Hijo natural de Dios, nos hace hijos adoptivos, miembros de la sociedad de los hijos de Dios, la Iglesia: nadie es hijo adoptivo, si no se une y adhiere al Hijo natural 9; una unión real, íntima, que informa toda nuestra lucha ascética, hasta el punto de que el fundamento de la vida espiritual de los socios del Opus Dei es el sentido de su filiación divina.
Y si somos hijos -escribe San Pablo-, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Jesucristo con tal, no obstante, que padezcamos con El 10. Por pura bondad el Señor nos ha concedido el título y la realidad de hijos suyos, que nos da derecho a la herencia del Cielo; pero ha puesto como condición que padezcamos con El, que estemos dispuestos a poner los medios para que se desarrolle la semilla que la gracia depositó en nuestra alma. Y ¿hay alguien que teniendo al alcance de su mano una rica herencia -un tesoro, una perla preciosa-, no trate de poseerla?
La filiación divina es el título de la herencia, y la imitación plena y total de Jesucristo, el camino para entrar en su posesión. Por eso, el alma que ha recibido la impresión de la imagen de Cristo, que se sabe hija de Dios, se siente arrastrada por un deseo ardiente y sincero, tierno y profundo a la vez, de imitar a Jesucristo. Empieza entonces a vivir plenamente la Vida sobrenatural, a responder de veras a esa llamada de Cristo -ven y sígueme 11- que para nosotros se concretó en una vocación divina en medio del mundo, buscando la santidad en el propio estado.
Entonces, si el alma lucha por apartar los obstáculos, si sabe aprovechar esos medios que el Señor le ofrece, si se abre a la gracia, especialmente en la Sagrada Eucaristía, que tiene como fruto propio operar nuestra transformación en Cristo; entonces, el alma, aun a pesar de sus imperfecciones, empieza a vivir auténtica Vida sobrenatural, reproduciendo en sí misma la vida de Cristo. Ama lo que ama Cristo, y rechaza lo que El reprueba; se alegra o llora con el Señor; trabaja con amor, porque Cristo pasó treinta años de humilde artesano en Nazaret; se recoge a conversar con Dios a ejemplo de Cristo, que se retiraba a hacer oración; vive la caridad con todos; se ejercita en la pobreza, porque El no tenía dónde reclinar la cabeza; en la humildad, la mansedumbre y la pureza de corazón; en la obediencia -erat subditus illis 12-, en la sinceridad...; en una palabra, participa de todas las virtudes de Jesús, y no gusta sino de imitarle en todo, de seguirle a cualquier parte; puede ya decir con el Apóstol: mi vivir es Cristo 13, a la par que ansía atraer a su camino a otras almas, también como Cristo: Yo he venido a poner fuego en la tierra, ¿y qué he de querer sino que arda? 14.
La vida comporta cierto movimiento. Pues se dice que viven aquéllos que se mueven por sí mismos. Por tanto, es precisamente la vida la causa radical de movimiento en el hombre. Ahora bien, el hombre se mueve siempre hacia algo que tiene razón de fin. De ahí que llame también vida suya a lo que le mueve a operar... En este sentido Cristo es también vida nuestra, en cuanto que todo el motivo de nuestra vida y operaciones es Cristo 15. Nuestro Señor es la fuente de la gracia, que imprime su imagen más y más en nuestra alma, y es también nuestro único fin: no deseamos otra cosa sino conformarnos e identificamos con El. Para eso hemos venido a la Obra.
Los Apóstoles seguían a Jesús, habían visto sus milagros, eran testigos de su ascendiente sobre las multitudes, habían participado del poder de su Maestro: hasta los demonios se nos sometían en tu nombre 16. Se sentían fuertes con la fortaleza de Cristo y amaban al Señor, a pesar de sus propias miserias. Su cariño a Jesús les lleva incluso a acercarse a la muerte, con decisión: vayamos nosotros también y muramos con El 17. Estaban decididos de verdad, sin hipocresía, a dar su vida por el Maestro. Y, sin embargo, ¿qué sucede la noche del Jueves Santo? Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas 18, había predicho el profeta. El mismo Pedro, piedra firme sobre la que descansaría la Iglesia, tiembla ante una criadita. Niega al Señor quien poco antes aseguraba que le seguiría hasta la muerte. ¿Qué ocurrió a Pedro? ¿No moriría más tarde crucificado, como su Maestro? Es que entonces no estaba todavía plenamente identificado con Cristo.
Los discípulos habían seguido a Jesús Maestro, a Jesús Taumaturgo, pero no a Jesús en la Cruz Santa, Cruz redentora. Y no era poco lo que les faltaba. Si la misión de Jesucristo alcanza su plenitud en el Sacrificio del Calvario, al que se ordena toda su vida, el alma también alcanza la plenitud de su identificación con Cristo, la madurez de la Vida sobrenatural, cuando se une a El en la Cruz, cuando se hace con Jesucristo oboediens usque ad mortem, mortem autem Crucis 19, obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Es lo que decía San Pablo a los Gálatas: estoy clavado en la cruz juntamente con Cristo. Y yo vivo, o más bien no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí. Así la vida que vivo ahora en esta carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, se entregó a sí mismo por mí 20.
Cristo se entregó por Pablo y se entregó por cada uno de nosotros, tomados uno a uno. Es un camino abierto a todas las almas que están dispuestas a seguirle, a dejarle obrar; no es privilegio de unos pocos. El alma que persevera en su amor encuentra la cruz en su camino y en ella a Cristo. Si -como debes- buscas a Cristo, ¿quieres señal más segura que la Cruz para saber que le has encontrado? 21. Por eso nosotros, que amamos a Jesucristo con un amor singular, amamos también la Cruz del Señor, la auténtica, no la que pueden inventar nuestras miserias. Y buscamos esa identificación en la Cruz, clavándonos en ella con amor y con alegría, con fe y con esperanza.Yo no puedo, Jesús, prescindir de tu Cruz, ni de estos clavos, con los que- ascéticamente estos hijos míos y yo nos hemos querido coser a tu Cruz Santa.
De este modo llega un momento -¡qué bien lo entiende el alma!, ¡cómo se notan esos tiempos en que el Señor nos pide más!- en que, sin ruido de palabras, el Señor nos hace participar más plenamente en su Pasión y en su Muerte, aceptando el ofrecimiento sincero y radical que le hicimos en el amanecer de nuestra vida nueva de entrega.
Carissimi: Christus passus est pro nobis vobis relinquens exemplum ut sequamini vestigia eius (I Petr. II, 21). -Amadísimos: Cristo padeció por nosotros, dándonos ejemplo para que sigamos sus pisadas. Seguir su ejemplo. ¡Cuántas veces lo habéis considerado, y lo habéis dicho a los demás! ¡Cuántas veces lo he repetido yo, a solas, en grupos, en conversaciones espirituales, en pláticas -iba a decir: más o menos solemnes, pero nosotros no hacemos cosas solemnes-; cuántas veces lo he dicho, aun sin tener presente ese texto! Y, dentro de mis errores personales, lo he procurado vivir siempre: seguir su ejemplo, seguir a Jesucristo. Y en esta forja de dolor, donde el Señor me ha metido para sacar adelante la Obra -Señor, me has dado dolores en abundancia, ¡gracias!-; en esa forja de dolor, que ha sido mi vida, el Señor me ha enseñado que quien pisa donde pisa Cristo, encuentra la alegría. Una alegría honda, inabarcable, que es la primera señal del encuentro con la Cruz de Cristo; un encuentro dulce, un hallazgo feliz, lleno de incalculables goces, pero marcado en su misma raíz por el dolor, un dolor que no agobia, que no espanta, que no derrota, sino que purifica, limpia, ennoblece y enardece en deseos de amar más.
Puede ser que este encuentro con la Cruz se produzca de un modo instantáneo, repentino, que se imponga con tal fuerza e intensidad que el alma, vencida de amor, estalle en un sí que es aceptación rendida, consumada en un solo y definitivo acto de la voluntad. Pero no es lo ordinario, y mucho menos en la Obra, donde la peculiaridad de nuestra vocación nos lleva a conformarnos con la Cruz de Cristo en mil cosas pequeñas, diarias, constantes, envueltas en naturalidad-, sin espectáculo, y como por un plano inclinado, sin que ni siquiera nosotros mismos nos demos cuenta. En cualquier caso -sea un encuentro repentino, o una creciente familiaridad con la Cruz- se trata de un ascetismo sonriente. Para algunos, esta alegría en la Cruz ha podido ser motivo de falso escándalo: no saben que cuando se camina por donde camina Cristo, cuando ya no hay resignación, sino que el alma se conforma con la Cruz -se hace a la forma de la Cruz-, cuando se ama la voluntad de Dios, cuando se quiere la Cruz: entonces ya la Cruz no pesa, ya la Cruz no es mía, sino que es de El, y El la lleva conmigo.
Desde el primer momento hemos afirmado que no es posible una santidad sin la Cruz; y lo hemos de afirmar siempre con el testimonio de nuestra alegría, porque encontrar la Cruz es encontrar a Cristo. Y con El hay siempre alegría, aun ante la injusticia, ante la incomprensión, ante el dolor físico. Por esa razón siento desagrado -aunque comprendo que es un modo usual de decir- cuando oigo llamar cruces a las contradicciones, muchas veces nacidas de la misma soberbia de la persona, que no son la Cruz, que no son la verdadera Cruz, porque no son la Cruz de Cristo. Yo no me he sentido nunca desgraciado, y penas me las ha mandado abundantes el Señor. ¡Gracias, Señor! Gracias, Señor, porque me has dado una ascética que es la tuya, porque me has hecho entender que tener la Cruz es tener la alegría, es tenerte a Ti.
Es entonces cuando el alma, en la madurez de la vida interior, se siente Ipse Christus, el mismo Cristo, y, como consecuencia, siente la plenitud del espíritu de adopción de hijos, en virtud del cual clamamos: Abba, Pater! 22: abba, ¡papá!, el nombre familiar que los niños hebreos usaban para llamar a su padre. Vivir esta identidad con Cristo, es sentirse del todo hijos de Dios.
Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps. II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso.
Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios. Señor, pido a tu Madre, a San José nuestro Patrono, a mi Arcángel ministerial, que pidan para mí y para mis hijos siempre este espíritu. Ne respicias peccata mea, sed fidem! (Ordo Missae) ¡Esa fe, esa luz, ese amor a la Cruz, a la muerte! Esa luz divina, que nos hará siempre comprender con claridad que vale la pena clavarse en la Cruz, porque es entrar en la Vida, embriagarse en la Vida de Cristo. ¡La Cruz: allí está Cristo, y tú has de perderte en El! No habrá más dolores, no habrá más fatigas. No has de decir: Señor, que no puedo más, que soy un desgraciado... ¡No!, ¡no es verdad! En la Cruz serás Cristo, y te sentirás hijo de Dios, y exclamarás: Abba, Pater!, ¡qué alegría encontrarte, Señor!
En esta mayoría de edad que es -paradoja de la vida cristiana- madurez en la filiación divina, el alma se abandona en Dios, como un niño pequeño en los brazos de su padre. Ve las cosas del mundo como son, en su verdadero valor, y no tiene otra preocupación que la de agradar al Señor. Sólo le importa Cristo, y Cristo crucificado, como a San Pablo: por lo demás, que nadie me moleste en adelante, porque traigo impresas en mi cuerpo las señales del Señor Jesús 23. ¿Qué más podía importarle?
Los que no le querían, decían que era pequeño de cuerpo, de lengua torpe, de ojos torcidos... ¡y él se sentía grande! Con aquellas llagas invisibles, se sentía alter Christus, ipse Christus. ¡Sí, Pablo, gran Pablo! ¡Gracias por esta doctrina que nos has dejado, porque el Espíritu Santo te la inspiró! ¡Tú eres Cristo! ¡Pablo, alégrate de que te queramos los cristianos, de que te agradezcamos este tesoro de doctrina!.
Cuando se ha alcanzado esta identificación con Cristo en la Cruz, no por eso se ha acabado toda lucha, todo progreso. No es que yo haya logrado, advierte el mismo Apóstol, ni llegado a la perfección, pero sigo mi carrera por ver si alcanzo aquello para lo que fui destinado por Jesucristo 24. Será posible un nuevo avance mientras dura el día; después, viene la noche, cuando nadie puede trabajar 25. Sólo con la noche de la muerte se acaban los trabajos, y se abre el día del Señor, el Domingo eterno, la gloria del Cielo, para los que fueron fieles en la tierra. Allí será el gozo, la alegría, la visión de Dios; allí, la identificación suprema por la gloria con Cristo; allí, la posesión de la herencia de hijos de Dios. Amadísimos: nosotros somos ya ahora hijos de Dios, mas lo que seremos algún día no aparece aún. Sabemos, sí, que cuando se manifieste claramente Jesucristo, seremos semejantes a El en la gloria, porque le veremos como El es 26.
Que la Virgen María, Madre de Jesucristo y Madre nuestra, nos lleve por este camino de crecimiento en Cristo, de imitación plena de su Hijo amadísimo, de configuración perfecta con El, partícipes de su filiación divina.
(1) II Cor. I, 21-22;
(2) Santo Tomás, Super Ep. II Cor. lect. 1, 5;
(3) Ioann. IV, 14;
(4) Apoc. VII, 3;
(5) San Cirilo de Jerusalén, Catecheses 17, 14;
(6) Ioann. III, 3;
(7) Ephes. IV, 18;
(8) San Cirilo de Alejandria, In Ioann. Com. 1, 9;
(9) Santo Tomás, Super Ep. Galat. lect. 3, 9;
(l0) Rom. VIII, 17;
(11) Luc. XVIII, 22;
(12) Luc. II, 51;
(13) Philip. I, 21;
(14) Luc. XII, 49;
(15) Santo Tomás, Super Ep. Philip. lect. 1, 3;
(16) Luc. X, 17;
(17) Ioann. XI, 16;
(18) Zach. XIII, 7;
(19) Philip. II, 8;
(20) Galat. II, 19-20;
(21) Camino, n. 710;
(22) Rom. VIII, 15;
(23) Galat. VI, 17;
(24) Philip. III, 12;
(25) Ioann. IX, 4;
(26) I Ioann. III, 2.