TRABAJAR COMO EL MEJOR
El hombre nace para trabajar, como el ave para volar 1. El trabajo es una exigencia natural, prevista desde el principio por Dios, que colocó al hombre en el mundo, ut operaretur 2; para que trabajara, perfeccionando la obra de la creación.
Después de la caída original, el hombre advirtió que ese mandato de trabajo se había convertido en algo penoso: con el sudor de tu rostro comerás el pan 3. Pero el trabajo sigue siendo bueno; y Jesucristo, nuestro Salvador, quiso ocuparse durante muchos años en un oficio manual, hasta el punto de que serviría más tarde para identificarle: ¿no es éste el hijo del artesano? 4.
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La realidad del trabajo configura toda vida humana. Los fines y los modos pueden ser distintos, pero no hay un hombre que sea responsable y que -por propia voluntad- esté sin ocupación o empleo.
Fines nobles: sostenerse, mantener una familia, educar a los hijos, aspirar a que tengan en el futuro una condición de vida mejor; hay quien se consagra a una tarea por el afán de poner en práctica sus potencias -la habilidad manual, la capacidad técnica y científica, la creación artística-, o por contribuir con la propia aportación al bien común, porque el hombre se siente naturalmente responsable hacia los demás.
A veces, los fines no son tan nobles: se trabaja por ambición de riqueza, de poder; o por el afán soberbio de afirmar la propia valía; o por satisfacer con el producto de su fatiga las propias pasiones.
Fines nobles o fines egoístas; pero siempre una labor, y una labor que, con frecuencia, no se circunscribe a horas fijas, contadas. Precisamente porque existe ese empeño de ir a más, no bastan las horas ordinarias: se buscan ocasiones, posibilidades de ensamblar dos o más ocupaciones. En la vida social, todos trabajan, sean o no jefes de familia: no sólo están en su labor las horas razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por su pasión, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican más tiempo todavía al ejercicio de su profesión 5.
Y como saben que ordinariamente sólo se retribuye bien el esfuerzo productivo, desarrollan una labor intensa y seria, a hora y a deshora, y tienen interés en merecer el calificativo de buen trabajador, de persona en quien puede confiarse, porque sabe poner todo su esfuerzo, toda su ciencia; y cuando la ciencia falta, procura adquirirla al mismo tiempo que trabaja -clases nocturnas, cursos por correspondencia para poder subir, para poder ascender, para ganar más.
Ciertamente, los vagos existen y hay bastantes que procuran trabajar lo menos posible. Pero también es fácil encontrar gente muy trabajadora; es lo normal: en la universidad, en la oficina, en el hogar, en la fábrica, en el taller, en la ciudad, en el campo; aunque muchas veces no conocen a Cristo, y sólo les queda el afán de trabajo, movido por deseos humanos, nobles o no.
Si así trabajan los que no conocen al Señor, ¿qué deberán hacer los cristianos? En el Evangelio tenemos el ejemplo de José, de María y, sobre todo, de Jesucristo: treinta años de vida oculta, treinta años de artesano. Cuando Jesús quiere escoger a sus discípulos, se fija en hombres trabajadores, y los llama en medio de sus habituales ocupaciones. Es fácil imaginarse al Señor, complacido de la faena de los apóstoles cuando, antes de la pesca milagrosa, le dicen: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando... 6. Era preciso pescar, era necesario ganar para vivir, y estuvieron toda la noche.
Y el ejemplo de San Pablo: nos afanamos trabajando con nuestras propias manos 7. Y a los de la iglesia de Tesalónica escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros 8.
Para el cristiano, estar siempre ocupado, además de ser una necesidad natural, es un requisito indispensable, si trata de seguir el ejemplo de Cristo. Yo quiero muy de veras -decía San Juan Crisóstomo- que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios 9. El aprovechamiento del tiempo tiene fecundas consecuencias ascéticas: además de alejar el ocio, acostumbra al sacrificio y mantiene despierto el espíritu.
Para nosotros, llamados al Opus Dei -que es operatio Dei, trabajo de Dios- el trabajo se impone por un doble título. Nuestra vocación, en primer lugar, no nos saca del mundo; tenemos en medio del mundo las mismas obligaciones y los mismos derechos que los demás, e idéntico ha de ser nuestro empeño en una labor asidua y constante. Esto es como una condición previa, como la materia de nuestra santificación, y por consiguiente indispensable, porque nuestro camino implica precisamente la santificación del trabajo ordinario. La necesidad de trabajar está en la esencia de nuestra llamada. He dicho siempre que la vocación profesional, que el ejercicio del cargo profesional es parte de la vocación divina. Y está claro. Es un medio de santidad y un medio de apostolado.
El trabajo nuestro ha de ser inicialmente como el de los demás, y después -por exigencia sobrenatural- mejor; la vocación ha recogido los fines humanos nobles, pero ordenándolos a lo sobrenatural: trabajamos fundamentalmente porque el trabajo es camino de santidad y nuestro anzuelo de pescador de almas 10. Una característica peculiar de la espiritualidad del Opus Dei es que cada uno ha de santificar su profesión -su trabajo ordinario-, ha de santificarse en su profesión, ha de santificar con su profesión.
Alguna vez, ese trabajo profesional puede ser un trabajo interno. Y a quien estaba ejerciendo su profesión, se le puede llevar a otra labor; y ahí, también debe santificarse, y debe sacar los medios para hacer el apostolado con las almas.
Nuestro modo de proceder parecía una cosa nueva: de ordinario, aun en los apostolados modernos, la gente, al entregarse a Dios, dejaba su trabajo profesional, para lanzarse a cosas ajenas a su profesión, a su vocación humana. Aquí hemos dicho que no. Se admiten esas excepciones encantadoras, que son necesarias sobre todo para la labor interna de gobierno o de formación; y aun estas labores en la Obra son trabajos profesionales, que exigen una previa y cuidadosa preparación. Pero lo ordinario, lo corriente, es que cada uno busca su santificación en el lugar donde estaba antes de venir al Opus Dei, o en el que hubiera ocupado si no hubiese venido: trabajando, como los demás compañeros de su propio ambiente. La excepción se refiere al tipo de trabajo, pero no al trabajo mismo. De ahí que en la Obra, toda labor -interna o externa- haya de realizarse con la misma intensidad.
Hemos de trabajar como el mejor. Y si puede ser, mejor que el mejor. Una ocupación que no reuniera esas condiciones no sería santificable. Si lo normal es trabajar dura y constantemente, a todas horas, nosotros no podemos hacer menos. Sería una vergüenza. No sería modo de santificarse ni de santificar.
. Trabajo serio, al que se dediquen todas nuestras energías, toda nuestra capacidad, empeñándonos con lo mejor que tenemos y somos. Es preciso intentar y conseguir toda la perfección humana de que seamos capaces, para que aquel trabajo objetivamente aparezca como una obra bien hecha, que se sostiene. Un trabajo así no admite chapuzas, rincones sin terminar. No basta que parezca un buen trabajo, ha de serlo realmente. Manual o intelectual, de ejecución o de organización, poco importa: en el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de mucha categoría. La categoría del oficio depende del que lo ejercita.
Trabajo responsable. Porque de ese trabajo vivimos y nos sostenemos, porque somos pobres, porque tenemos que sostener una familia y numerosas obras de apostolado de las que depende el bien espiritual de muchas almas. Si alguna vez nuestro trabajo fuese habitualmente defectuoso, sería falta de sentido de responsabilidad, falta de peso, sería no querer ser santos, no quererse disponer para ser buenos instrumentos, para servir a Dios.
Trabajo intenso, aunque -como es lógico- cueste esfuerzo. Ofreciendo al Señor el cansancio que aparece siempre en todo trabajo que lo es de verdad; poniendo el alma en lo que hacemos.
Trabajo cumplido, que se contabilice en horas. No hacemos un favor al Señor, cuando estamos sujetos a unas horas de trabajo, de labor. Como se sujetan los demás por muchísimas horas, por muchísimo tiempo, siempre. Un poquito de examen no vendría mal, para respetar con cariño las horas de trabajo, para hacerlas respetar, para poner en la conciencia de todos esta necesidad. No cabe desertar del trabajo, ni disminuir dolosamente su rendimiento. El esfuerzo ha de sostenerse -hora tras hora- a un ritmo intenso, que se traduzca en eficacia de resultados.
¡A nosotros no nos puede sobrar el tiempo: debemos administrarlo bien, para cumplir todos nuestros deberes! La Obra tiene previsto para todos tiempo de descanso, que siempre nos anima a volver a la tarea con más ganas; y en esos momentos se descansa cambiando de ocupación.
Seriedad, responsabilidad, esfuerzo. Acabar la tarea. Horas bien contadas. Sólo con una vida laboriosa podemos fraguar nuestra santidad, la unión con Dios. Trabajar. Muchas horas de trabajo al día, sintiendo la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos: esto es tener sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios 11.
Este trabajo, humana y sobrenaturalmente bien hecho, es el mejor medio de apostolado. San Agustín se pregunta: ¿cuándo solía trabajar San Pablo? Quiero decir: ¿qué tiempo le quedaba sin estorbar a la evangelización? ¿Quién podrá saberlo? Con todo, declaró que trabajaba de día y de noche. Lo que hizo el Apóstol fue una cosa maravillosa, pues trabajaba con sus manos, no obstante la solicitud de todas las iglesias, fundadas o por fundar, que tenía a su cuidado y responsabilidad 12. Tenía impreso en su corazón a Cristo: sabía que el trabajo, para los cristianos, es gloria. Podía haber prescindido de esa ocupación que le consumía y agotaba; pero no quiso dejarlo, excediéndose por amor de Dios.
El Señor a nosotros nos pide lo mismo: al ocuparse en su trabajo los hijos de Dios en su Opus Dei, procuran no cumplir sino amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio. Al enfrentarnos cada día con nuestra tarea, hemos de pensar muchas veces en ese amor de Cristo, que se excedió por nosotros; para que también nosotros sepamos excedernos en el trabajo, medio de santidad y de apostolado, sin olvidar nunca que es lo que hacen normalmente muchos hombres, que no tienen un compromiso de Amor. Después que hubiereis hecho todas las cosas que os han mandado, habéis de decir: somos siervos inútiles: no hemos hecho más que lo que teníamos obligación de hacer 13. Lo nuevo es hacerlo todo por Dios y por las almas; pero el modo -serio, responsable, intenso, por horas…- es el modo normal del trabajo honrado, pero perfeccionado, mejorado, por exigencia de nuestra vocación.
La Virgen Santísima, que contempló a Jesús en aquellos años de vida oculta, hará con su intercesión que nuestro trabajo tenga garbo humano y eficacia divina.
(1) Job N, 7;
(2) Genes. n, 15;
(3) Genes. III, 19;
(4) Matth. XIII, 55;
(5) Carta Meum gaudium, 15-X-1948, n. 13;
(6) Luc. V, 5;
(7) I Cor. IV, 12;
(8) II Thes. III, 8;
(9) San Juan Crisóstomo, In Matth. hom. 35, 4;
(l0) Cfr. Camino, n. 372;
(11) Carta Meum gaudium, 15-X-1948, n. 13;
(12) San Agustín, De op. monach. 15, 15;
(13) Luc. XVII, 10.