Cuadernos 3: Vivir en Cristo/Trabajo de Dios

TRABAJO DE DIOS


Grandiosas y admirables son tus obras, Señor, Dios omnipotente: justos y verdaderos tus caminos l. El Señor, al inspirar su Obra para promover la santidad entre los cristianos que viven en medio del mundo, dedicados a una actividad terrena, le ha dado un espíritu y unos medios ascéticos y apostólicos propios, específicos, adecuados al fin que había de perseguir: todos, en el Opus Dei, hemos de buscar la santidad dentro del propio estado, en el ejercicio de una profesión u oficio. Por eso, característica peculiar de la espiritualidad propia del Opus Dei es que cada uno ha de santificar su profesión -su trabajo ordinario-, ha de santificarse en su profesión y ha de santificar con su profesión. Y ésa es la entraña de la Obra, hijos míos. A la vuelta de dos mil años, hemos recordado a la humanidad entera que el hombre ha sido creado para trabajar: horno nascitur ad laborern, et avis ad volatum (Iob V, 7); el ave nace para volar, y el hombre para trabajar.


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Santificar la profesión

Al narrar la creación del mundo, la Escritura se complace en mostrarnos el agrado del Señor por la obra de sus manos: y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho 2. Pero el Señor quiso hacer partícipe de su poder a una criatura, y creó al hombre, y le puso en el jardín del Edén para que lo cultivase y guardase 3. Con su trabajo, el hombre debía llevar a su perfección terrena las criaturas, para gloria y alabanza del Dios que las había creado. Y si, por el pecado, el primer hombre alteró este orden, Cristo, con su nacimiento, vida, muerte y resurrección, lo restableció encomendando a sus discípulos, los cristianos, la misión de, por El y con El y en El 4, encaminar a Dios todas las criaturas.

Todas las cosas de la tierra, también las criaturas materiales, también las actividades terrenas y temporales de los hombres, han de ser llevadas a Dios -y ahora, después del pecado, redimidas, reconciliadas-, cada una según su propia naturaleza, según el fin inmediato que Dios le ha dado, pero sabiendo ver su último destino sobrenatural en Jesucristo: porque quiso el Padre poner en El la plenitud de todo ser y reconciliar la paz entre el cielo y la tierra, por medio de la sangre que derramó en la Cruz (Colos. 1, 19-20). Hemos de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Y parte principal de esa tarea es la santificación del trabajo ordinario; algo que a muchos parecía irrealizable y que la Obra, con el ejemplo y la doctri na, muestra como un ideal al alcance de todos.

Cualquier profesión, cualquier tarea humana -desde la que realiza un estadista a la que ejerce un ama de casa- puede ser santificada, llevada a Dios: basta que sea honrada, y por lo tanto que sea ordenable y realmente se ordene a la gloria de Dios. Pero para poder ofrecer a Dios un obsequio agradable, además de la necesaria rectitud de intención -Deo omnis gloria!-, se requiere que sea una obra bien hecha, acabada, perfecta en la medida de la propia capacidad: no ofreceréis nada defectuoso, pues no sería acepto 5. El trabajo tiene en sí mismo un valor moral que hay que realizar. Por eso ha recordado el Padre tantas veces que parte esencial de esa obra -la santificación del trabajo ordinario- que Dios nos ha encomendado, es la buena realización del trabajo mismo, la perfección también humana, el buen cumplimiento de las obligaciones profesionales y sociales.

Santificarse en la profesión

La competencia profesional, la perfección humana del trabajo, con todas sus consecuencias -de estudio, de práctica...-, es sólo el inicio, la condición indispensable, sine qua non. La santificación de la labor ordinaria supone, además del ejercicio de las virtudes humanas, la aplicación de virtudes sobrenaturales, infusas: fe, esperanza y caridad, fortaleza y templanza, justicia y prudencia. Por eso, el trabajo ordinario debe llevar también a la santificación del que lo ejerce.

Un trabajo que no santifica es un trabajo no santificado. Por el contrario, una persona que se dedica a una actividad temporal, buscando únicamente la gloria de Dios, no sólo consigue que su trabajo no sea obstáculo para vivir en presencia del Señor, sino que lo convierte en un medio para alcanzar la contemplación: cuando de dos cosas, una es la razón de la otra, la ocupación del alma en una no impide ni disminuye la ocupación en otra... Como Dios es tenido por los Santos como la razón de todo lo que hacen y conocen, su ocupación en sentir las cosas sensibles, o en contemplarlas o en hacer algo, en nada impide la contemplación divina 6. El trabajo, cualquiera que sea, puede convertirse en verdadera oración. Por eso no podemos decir que un hombre que viva el espíritu del Opus Dei es activo o contemplativo; porque la acción es contemplación y la contemplación es acción, en unidad de vida.

No es fácil, sin embargo, lograr esa rectitud que hace del trabajo medio de contemplación. Precisamente a esto se encamina el espíritu y la ascética que el Opus Dei ofrece a todos, sin distinción de raza, lengua o cultura. Pues, para vivir esa presencia de Dios en el ejercicio de la profesión, se necesita la ayuda de la gracia divina y el esfuerzo personal por hacer que cada acción sea efectivamente recta, virtuosa, que en su realización no nos busquemos a nosotros mismos, sino que nos mueva única y exclusivamente la gloria de Dios. De ahí esas industrias humanas y esas prácticas de piedad -jaculatorias, actos de amor y desagravio...- que en la Obra se recomiendan, para que cuncta nostra oratio et operatio a te semper incipiat, et per te coepta finiatur 7 -nuestras acciones empiecen y acaben siempre en Dios.

Además de la rectitud de intención, santificar el trabajo ordinario supone un constante ejercicio de virtudes, que templan el alma, la purifican y la aproximan a Dios. La fe en que ese trabajo, tan minúsculo y en apariencia poco importante, es querido por Dios como instrumento de corredención, y muy agradable a sus ojos. La caridad: trabajar sólo por amor a Dios y a los hombres por Dios. La esperanza -la maravillosa realidad de la Obra es ya una prenda- de alcanzar la santidad propia y la de los demás.

La justicia, cumpliendo nuestros deberes profesionales, familiares y sociales. La templanza y la humildad: cuanto con mayor rectitud se trabaja, tanto más humilde se hace el alma, y aprovecha en la humildad 8, porque no se busca el aplauso, la satisfacción personal, sino el cumplimiento de la voluntad de Dios: trabajar por tres mil y hacer el ruido de tres. La prudencia, para considerar en cada momento lo que hay que hacer y cómo conviene hacerlo. La fortaleza para no abandonar el trabajo comenzado, para perseverar hasta poner la última piedra; para superar las incomodidades, la posible falta de medios. Todas las virtudes, en fin, encuentran en la labor profesional ocasión y motivo para ejercitarse y vivirse, de un modo natural, sencillo, sin cosas raras: siendo hombres del mundo, sin ser mundanos.

Santificar con la profesión

Si la profesión es medio de santidad para el que la ejerce, es también medio de santificación para todos los cristianos, pues somos el cuerpo de Cristo y miembros unidos a otros miembros 9. Cuando un alma se santifica, todos los demás fieles participan, por la realidad del misterio del Cuerpo Místico, de sus bienes espirituales. Pero, además, el trabajo en sí mismo puede tener una función directamente apostólica, que en nada destruye su naturaleza ni su función propia, sino que al contrario, le da su pleno sentido. Este es el tercer aspecto del mensaje que el Señor ha querido difundir en el mundo a través de su Obra.

En primer lugar, todo trabajo constituye una aportación al bien de los demás, una ayuda más o menos importante para la sociedad. Y esta contribución al bien común temporal, secular, ya es un paso para acercar a las almas a Dios. Humanamente el trabajo es fuente de progreso, de civilización y de bienestar. Y los cristianos tenemos el deber de construir la ciudad temporal, tanto por un motivo de caridad con todos los hombres como por la propia perfección personal. Pero, además, todas las actividades humanas, en la medida en que son vehículos de ideas, sirven para dar doctrina; unas más que otras. En el ejercicio de la profesión, con naturalidad, sin pretender convertir el trabajo en una cátedra de moral, se puede dar siempre esa doctrina.

El apostolado personal descansa sobre la base de la amistad. Sin amistad, que se traduzca en el conocimiento y en la comprensión de los problemas de los demás, es muy difícil acertar con la palabra justa que una persona necesita, llegar al corazón y a la inteligencia, acercar a otros a Dios. Y el trabajo, al ser ocasión para la amistad, es también ocasión importantísima para el apostolado personal, en esos dos aspectos que deben ir siempre unidos: el del testimonio y el de la doctrina. Por eso el espíritu de la Obra insiste en la necesidad de que los cristianos adquieran, de modo noble y limpio, el mayor prestigio posible entre sus compañeros de carrera o de trabajo, sea o no intelectual: puesto que este prestigio les permitirá realizar con eficacia el apostolado, por medio de la propia profesión.

Importancia del trabajo profesional

Santificar la profesión. Santificarse en la profesión. Santificar con la profesión. Este es el espíritu de la Obra, que el Padre resume cuando nos dice: Opus Dei es operatio Dei, trabajo de Dios, trabajo santificante y santificador. Un ideal de santidad que la Obra ha hecho posible en todo el mundo. Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación, ha escrito el Padre, ha sido que la santidad no es cosa de privilegiados. Hemos venido a decir que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas las tareas honestas.

Se comprende, pues, que los que hemos recibido la llamada de Dios a la Obra, tengamos una obligación precisa de buscar la santidad en el ejercicio de la profesión, santificándola y santificando con ella a los demás hombres. Si el Opus Dei es operatio Dei, trabajo de Dios, cada uno de nosotros debe ser también Opus Dei, trabajo de Dios. La vocación a la Obra nos lleva a vivir con una dedicación personal al servicio del Señor y, por El, al servicio de todas las almas sin exceptuar ninguna, en el ejercicio de la propia profesión u oficio, en medio del mundo, al que amamos, cada uno en su propio estado.

El trabajo viene a ser así como la materia de nuestra santificación. Es, en primer lugar, un requisito indispensable para recibir la llamada; cuando menos, se requiere una disposición para el trabajo, si no ya un hábito estable. De ahí que la laboriosidad es uno de los criterios principales de selección en la labor de proselitismo.

Sin trabajo, no podríamos tampoco vivir nuestra vocación: porque ni podríamos santificarnos, ni santificaríamos a los demás. Y no basta un trabajo cualquiera, una ocupación como para pasar el rato; debe ser una tarea seria, estable, eficaz; en una palabra: profesional, no importa su aparente categoría humana. Sé constante en tu oficio y vive en él, y envejece en tu profesión 10.

En la Obra nadie puede, por tanto, carecer de una profesión. Cuando alguna vez, por las necesidades apostólicas de la Obra, alguien tiene que abandonar, casi siempre temporalmente, lo que hasta entonces ha sido su tarea profesional, para dedicarse a las labores internas de formación, de gobierno, o de dirección de las obras apostólicas, esa labor se convierte inmediatamente en su profesión. Es, por otra parte, lo mismo que sucede con relativa frecuencia en la vida corriente: circunstancias económicas, familiares, etc., imponen a muchas personas una ocupación profesional distinta de la que inicialmente habían elegido. La función de gobierno -nos dice el Padre- se convierte en labor profesional, aunque tengáis que abandonar la medicina, la arquitectura o la labor de investigación. Hasta vuestro descanso -cambio de actividad por una temporada-, la enfermedad y la vejez, cuando llegan, se transforman en labor profesional. Y así no se interrumpe la búsqueda de la santidad, según el espíritu de la Obra, que se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional.

Nuestra vida de piedad -los Sacramentos, nuestras Normas y Costumbres- es la tradicional en la Iglesia; los medios que se han empleado desde los inicios del cristianismo para alcanzar la santidad. Pero, a la vez, son prácticas piadosas adecuadas a hombres que trabajan en medio del mundo, en cualquier actividad. Se adaptan, como el guante de goma a la mano, a una vida de trabajo intenso, serio, y nos llevan a conseguir esa unidad de vida, que hace del trabajo oración, y de la oración, fuente de energías espirituales para santificar la labor profesional. Sin una vida de trabajo no podríamos, en fin, perseverar en el Opus Dei. Si uno viene a la Obra y no trabaja, si no remedia esa inclinación a la holganza, a los dos días está en la calle. En un antiguo documento de la primitiva cristiandad, se expone con admirable sencillez la necesidad del trabajo: un hermano, si quiere establecerse entre vosotros, que tenga un oficio, que trabaje y así se alimente. Y si no tiene oficio, proveed conforme a vuestra prudencia, de modo que no haya entre vosotros ningún cristiano ocioso. Caso de que no quiera hacerlo así, es un traficante de Cristo. Estad alerta contra los tales 11.

Esta necesidad del trabajo para conseguir el fin del Opus Dei -la santidad propia y la de los demás-, nos la ha mostrado el Padre con una frase muy gráfica: tenemos una enfermedad crónica en el Opus Dei, que es el trabajo; una enfermedad contagiosa, incurable y progresiva: no sabemos estar sin hacer nada 12. Y conforme un alma va adelantando personalmente en nuestro camino, se va haciendo más trabajadora, más santa, más apostólica, por amor a Dios y a todos por Dios.

Por eso pedimos al Señor una vida larga, llena de trabajo, humano y divino, hasta que acabemos agotados, exprimidos, sin poder darnos más porque nos hayamos gastado del todo, en un sacrifico completo, en un holocausto. Tenemos el ejemplo del Señor y el de la Virgen Santísima: una vida de trabajo sin brillo humano, pero con eficacia redentora.


(1) Apoc. XV, 3;

(2) Genes. I, 31;

(3) Genes. II, 15;

(4) Ordo Missae;

(5) Levit. XXII, 20

(6) Santo Tomás, In IV sent., d. 44, q. 2, a. 1, sol. 3 ad 4;

(7) Preces de la Obra;

(8) San Doroteo, Doctrinae 2, 8;

(9) I Cor. XII, 27;

(l0) Eccli. XI, 21;

(11) Didaché 12, 3-5;

(12) Carta Meum gaudium, 15-X-1948, n. 14.

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