SANTIFICAR EL ESTUDIO
La sabiduría resplandece sin jamás oscurecerse; fácilmente se deja ver de los que la aman, es hallada de los que la buscan, y aun se anticipa a darse a conocer a los que la desean. El que temprano la busca, no tendrá que fatigarse, pues a su puerta la hallará sentada... Su principio es un deseo sincerísimo de instrucción... y desearla nos conduce al Reino l.
Junto a la gracia de Dios, necesitamos todos una continua formación, que encamine a Dios y ponga a su servicio –desarrollándolos- nuestros afanes, trabajos, capacidades y aspiraciones. Por eso, la Obra no cesa de proporcionarnos la formación específica, que nos dará cohesión y eficacia, para que no pueda repetirse aquella queja del Señor: mi pueblo es como rebaño que, por falta de custodia, se dispersó por mi tierra (Zach. IX, 16). Nunca se considera acabada vuestra formación: durante toda vuestra vida, con una humildad maravillosa, necesitaréis perfeccionar vuestra preparación humana, espiritual, doctrinal-religiosa, apostólica y profesional 2.
La eficacia de esa formación descansa en gran medida sobre el esfuerzo de cada uno por asimilarla, conservarla y perfeccionarla: ¿qué conducta he observado en la labor cultural o profesional, indispensable para el cumplimiento de mi fin, en el estudio o en el trabajo y en el aprovechamiento del tiempo?
El Padre comenta: se trata de tener la cultura necesaria para desempeñar, con perfección y competencia, el propio oficio o profesión.
Pero la cultura -que se adquiere mediante el esfuerzo personal y el estudio-- es un término muy amplio, que se adapta de maravilla a la variedad de circunstancias personales que se da en la Obra: no ha de ser igual, por ejemplo, la cultura de un ama de casa que la de un profesor universitario; ni un oficinista ha de tener la misma cultura que un campesino.
Cultura es el conjunto de conocimientos que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos, dando origen a un patrimonio intelectual común a los hombres de todas las épocas. Pero hay también una cultura religiosa que -en diverso grado- es idéntica para todos: el teólogo profundiza científicamente en la doctrina revelada; el que no es teólogo llega hasta donde le permite su capacidad, y tiene una fe muy fuerte, la misma que debe tener el teólogo.
Después está la cultura profesional, que -en nuestro camino- forma parte de la vocación divina. Yo doy tanta importancia a la cultura profesional de un peluquero como a la de un investigador; a la de un estudiante universitario cómo a la de una empleada del hogar. Se trata de tener la cultura del propio oficio, correspondiente a la vocación profesional de cada uno, que hemos de santificar, en la que nos santificamos y con la que contribuimos a santificar a otros.
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Es necesario el estudio, en primer lugar, para formarnos en el espíritu del Opus Dei, para conocer bien sus características peculiares y convertirlas en vida propia. A esto se encaminan los medios de formación que la Obra pone de continuo a nuestro alcance: Círculos, meditaciones, Convivencias, Cursos anuales... Nunca podremos sentimos eximidos de ellos, como si ya conociéramos suficientemente el espíritu que Dios nos ha dado; por el contrario, siempre podremos comprenderlo mejor, comprometernos más, descubrir aspectos inéditos o quizá olvidados, o verlos con nuevas luces, porque el espíritu de la Obra, viejo como el Evangelio y, como el Evangelio, nuevo, es semejante a aquel tesoro insondable del que el buen padre de familia va sacando cosas nuevas y cosas antiguas 3.
Además, los modos apostólicos del Opus Dei y sus aposto1ados son un mar sin orillas: necesitan que continuamente los estemos aprendiendo y practicando.
Continuamente, pues, hemos de procurar adquirir un conocimiento más profundo de nuestro espíritu y de sus peculiares exigencias; y, para eso, asistimos a los Cursos anuales y Convivencias con la ilusión de la primera vez; procuramos sacar el máximo provecho a los Círculos; renovamos -una vez y otra- los propósitos de vivir mejor determinados puntos de nuestro espíritu: descubrimos día a día, en definitiva, su novedad y su solera.
A menudo nos ha hecho sentir el Padre la necesidad también de una sólida formación doctrinal-religiosa, para conocer bien a Dios y poder llevar una conducta moral recta. La ignorancia es el mayor enemigo de nuestra Fe, y a la vez el mayor obstáculo para que se lleve a término la Redención de las almas 4. Ignorancia que se da no sólo en las personas poco instruidas, sino también entre quienes tienen fama de sabios en las ciencias humanas: en la investigación científica, en historia, en economía, en derecho, etc.
Llegan, a veces, a padecer esa ignorancia incluso los hombres de más prestigio en su profesión; y hasta los que alcanzan puestos de gobierno en países que tienen incluso una antigua tradición cristiana 5.
Especialmente en nuestros días, se deja sentir una creciente ignorancia religiosa, disfrazada muchas veces con un lenguaje vistoso y atrayente. Ahora está de moda hablar de religión. No faltan personas que se verían apuradas para recitar el Credo sin equivocarse, que no saben ni el catecismo, y que tienen la osadía de definirse teólogos. Algunos incluso han llegado a llamarse a sí mismos doctores de la Iglesia. Doctores de la Iglesia son sólo aquéllos a los que el Romano Pontífice da ese título después de estudiarlo con calma y de hacer un proceso muy largo.
Para facilitarnos esa formación doctrinal sólida y de altura, la Obra nos proporciona en la medida y en la forma que requieren las circunstancias personales de cada uno, un conocimiento exacto del dogma y de la moral, de la Sagrada Escritura y de la liturgia, de la historia y del derecho de la Iglesia 6.
Recientemente, el Padre nos ha pedido que estudiemos también con tenacidad y cariño el catecismo de la doctrina cristiana, y profundicemos de esa forma cada día más en las riquezas contenidas en el depósito de la Revelación. Se trata de fijar bien en nuestra mente los puntos capitales de la doctrina de Jesucristo, para que no se olviden ni se deformen, y podamos contrarrestar mejor esa ola de ignorancia religiosa.
No podemos dejar los libros, como Fray Gerundio, y ponernos a predicar. Yo lo que quiero -nos dice el Padre- es tener fijos y claros todos los argumentos de la buena doctrina; por eso repaso los tratados tradicionales de teología. Y también leo literatura, porque las palabras son el ropaje: fides ex auditu (Rom. X, 17). Hay que dar doctrina, buena doctrina, y presentarla a los ojos de los hombres con un aspecto agradable. Los argumentos tradicionales cabe revestirlos literariamente, cabe exponerlos sin vulgaridad pero vulgarizando.
Estudio del espíritu y de los modos apostólicos propios de la Obra; estudio de la doctrina cristiana. Pero habéis de adquirir también la preparación profesional adecuada -cada uno la que es propia de su ocupación en la sociedad, de su empleo público intelectual o manual-, para poder realizar con eficacia ese apostolado de la doctrina, a través de vuestras personales actividades, de vuestro trabajo ordinario.
Difícilmente podrá ser santificado el trabajo, si no se hace con perfección también humana; y, sin esa perfección humana, difícilmente -por no decir de ningún modo- se podrá alcanzar el prestigio profesional necesario, la cátedra desde la cual se enseñe a los demás a santificar ese trabajo y a acomodar la vida a las exigencias de la fe cristiana 7.
El espíritu de la Obra exige a cada uno tener buena preparación profesional -toda la ciencia humana que su capacidad le permita adquirir 8-, procurando mejorarla continuamente. Siendo la actividad profesional o el oficio ordinario de cada uno el instrumento de nuestra acción sobrenatural, nunca podrán los socios de la Obra abandonar esa labor.
Y deberán ser doctos -hombres con doctrina, con un conocimiento adecuado de su profesión-, y algunos hasta sabios: hombres instruidos en la enseñanza de Jesucristo, con una fuerte cultura y con un conocimiento profundo de las ciencias profanas o de las artes o trabajos manuales a que se dedican 9.
Además antes, como los conocimientos humanos -la ciencia- eran muy limitados, parecía muy posible que un solo individuo pudiera hacer la defensa y apología de nuestra santa Fe.
Hoy, con la extensión e intensidad de la ciencia moderna, es preciso que los apologistas se dividan el trabajo para defender en todos los terrenos científicamente a la Iglesia. -Tú... no te puedes desentender de esta obligación l0.
Todo esto nos exige tener cierto conocimiento de los avances en los principales campos del saber, pero sobre todo en la especialidad profesional propia de cada uno, y según lo requerido por las circunstancias de su trabajo. Así, una persona que ejercite una profesión de carácter más práctico, no tiene por qué estar tan al día como un profesor, que debe poner los últimos conocimientos de su materia especializada al alcance de sus alumnos.
Pero la sola competencia profesional no es suficiente. Cuando más especializada sea nuestra actividad profesional, mayor cuidado habremos de tener en adquirir y mejorar una cultura general, base de una actitud mental abierta, y de ese tono humano que la Obra nos pide para ser más sobrenaturalmente eficaces.
Entendemos bien que el Padre nos haya repetido innumerables veces que al que pueda ser sabio no le perdonamos que no lo sea; pero no es preciso, ni necesario, que todos lo seáis. En cambio es necesario que todos los socios del Opus Dei sean doctos, competentes en su labor profesional, con prestigio de rectitud y de ciencia o de arte entre sus colegas 11.
-Estudia. Estudia con empeño. -Si has de ser sal y luz, necesitas ciencia, idoneidad. ¿O crees que por vago y comodón vas a recibir ciencia infusa? 12.
El estudio en el Opus Dei es Norma de siempre, que a todos obliga, sea cual fuere su profesión u oficio. En la Obra caben todos los que, con vocación divina, desean buscar la santidad en el trabajo ordinario. Hay sitio para todos: para intelectuales, para empleados, para obreros, para campesinos: para todos aquéllos -hombres y mujeres- que, en las circunstancias ordinarias de su vida, se esfuerzan en adquirir la santidad. Y todos, cada uno a su modo, necesitan tener ciencia: es decir, el conocimiento de lo que constituye su profesión u oficio, para hacer dignamente la faena habitual de cada día 13.
Aunque todos debemos estudiar, esta Norma obliga de modo particular a quienes tienen como profesión el estudio, porque es la materia inmediata que deben santificar y convertir en instrumento de apostolado. No hay que engañarse: oras, te mortificas, trabajas en mil cosas de apostolado..., pero no estudias. No sirves entonces, si no cambias. El estudio, la formación profesional que sea, es obligación grave entre nosotros 14. Lo mismo que cualquier otra tarea profesional, el estudio debe ser una cosa bien hecha, y con resultados concretos, para que efectivamente pueda ser santificable. Los estudiantes, deben sacar buenas notas; si no, ¿cómo van a atraer a sus compañeros?
No ha de ser excusa el no gozar de unas cualidades intelectuales notables, porque se puede y se debe suplir con hábitos de estudio, con orden, con constancia, pidiendo consejo y ayuda cuando sea necesario; y sobre todo, con afán muy grande de hacer rendir los talentos que Dios nos ha dado, sean muchos o pocos. En nuestro diccionario sobran dos palabras: mañana y después. ¡Hoy y ahora! No dejéis la labor para luego, y haced que no la dejen. Pronto llegaréis a comprender cómo, en igualdad de condiciones, y aún en inferioridad de condiciones de talento, cultura, etc., el que vence la pereza de modo habitual -hoy, ahora- es el que domina siempre 15.
También los que ejercitan una profesión intelectual tienen mayor deber de estudiar: si has de servir a Dios con tu inteligencia, para ti estudiar es obligación grave 16. No se tratará siempre de coger un libro, pero sí de hacerse profesionalmente más capaz.
A los que ya han terminado el ciclo completo de los estudios teológicos, el Padre les da este consejo: procurad dedicar un rato al día -aunque sólo sea unos minutos- al estudio de la ciencia eclesiástica, repasando una y otra vez los tratados clásicos, dando más solidez a los principios 17.
Para acrecentar la formación profesional y cultural, quizá sea conveniente en algunos casos tener un plan de lecturas, con el asesoramiento de los Directores, que desarrolle en cada uno una cultura básica, de acuerdo con las circunstancias personales. Además, evitando gastos innecesarios, hay que ingeniárselas para tener acceso a la lectura de publicaciones periódicas y asistir, cuando sea preciso, a cursos especializados, etc.; sin olvidar que, al estudiar, hemos de tener un particular interés en facilitar el camino a los nuestros que vengan detrás. Y así -escribía el Padre en 1935, a modo de ejemplo-, de todos los trabajos de seminario, se harán las fichas oportunas, que el día de mañana ahorrarán tiempo a nuestros hermanos, y facilitarán su mejor formación 18.
Todos estos planes y cuidados de nada servirían si nuestro afán por estudiar no se concretara, principalmente, en el aprovechamiento del tiempo: hermanos, andad con cautela; no como necios, sino como prudentes, aprovechando el tiempo 19.
Hay que aprovechar el tiempo en intensidad, llenando de eficacia los minutos que median entre una actividad y otra, sacando el mayor partido posible a los viajes, a los ratos de espera, a las pausas que puedan presentarse en el trabajo. Durante la guerra española, el Padre insistía a los socios de la Obra y a los chicos de San ,Rafael en que hicieran buen uso del tiempo: ¿por qué no aprovecháis las horas muertas -que sobran abundantemente- repasando un- idioma?
Sacar el máximo rendimiento a cada día exige vivir la virtud del orden, que es la mejor manera de asegurar el aprovechamiento del tiempo. Por eso es necesario, cada día, echar una ojeada al plan de trabajo. Es preciso ordenarse, porque no tenemos tiempo de hacerlo todo enseguida. Cada día hay que estudiar una escala de valores, y seguirla. Pero no penséis que para hacerse ese plan es necesario estar pensando una hora: eso es de personas locas. Basta unos minutos, al comenzar el trabajo 20.
Del aprovechamiento exhaustivo del tiempo, de una seria formación espiritual, doctrinal-religiosa y profesional, conseguida con el esfuerzo de cada día, Dios sacará abundantes frutos. Invoqué al Señor -está escrito en el libro de la Sabiduría- y vino sobre mí el espíritu de sabiduría; y la preferí a los cetros y a los tronos, y en comparación con ella tuve en nada la riqueza... La amé más que a la salud y a la hermosura, y antepuse a la luz su posesión, porque el resplandor que de ella brota es inextinguible 21.
Si cumplís bien vuestros deberes profesionales, trabajando y estudiando -todos, también los que os dedicáis a oficios manuales, cada uno según sus circunstancias-, conseguiréis la doctrina, la sabiduría que necesitáis para alcanzar vuestro fin...
Y vuestros amigos y colegas, llevados a la fe y al amor de Jesucristo, entenderán bien lo que les enseñéis, y podrán repetir aquellas palabras: audivimus eos loquentes nos tris linguis magnalia Dei (Act. II, 11) 22.
Así, cada uno con el bagaje de su propia preparación profesional, de toda la cultura humana que pueda adquirir, con la mentalidad característica de su ambiente y de su condición, hará llegar la doctrina de Jesucristo, con don de lenguas, de manera que le entiendan, a todos los hombres que encuentre en el camino de su vida 23.
(1) Sap. VI, 12-21;
(2) Carta Divinus Magister, 6-V-1945, n. 19;
(3) Matth. XIII, 52;
(4) Carta Hac nostra aetate, 9-1-1951, n. 8;
(5) Ibid.,n.7;
(6) Carta Sincerus est, ll-III-1940, n. 49;
(7) Carta Sincerus est, ll-III-1940, n. 49;
(8) Camino, n. 857;
(9) Carta Bene nostis, 14-II-1950, n. 16;
(10) Camino, n. 338;
(11) Carta Sincerus est, 11-1II-1940, n. 50;
(12) Camino, n. 340;
(13) Carta Bene nostis, 14-11-1950, n. 16;
(14) Camino, n. 334;
(15) Instrucci6n, 9-1-1935, n. 46;
(16) Camino, n. 336;
(17) Carta Ad serviendum, 8-VIlI-1956, n. 15;
(18) Instrucción, 9-1-1935, n. 163;
(19) Ephes. V, 15-16;
(20) Instrucción, 31-V-1936, nota 61;
(21) Sap. VII, 7-10;
(22) Carta Hac nostra aetate, 9-1-1951, nn. 31-32;
(23) Carta Mirabilis omnino, 15-VIIl-1953, n. 9.