Cuadernos 3: Vivir en Cristo/Proselitismo

PROSELITISMO


No lo dudes: tu vocación es la gracia mayor que el Señor ha podido hacerte. -Agradécesela l.

La primera razón que nos mueve a hacer proselitismo es saber lo que vale nuestra vocación divina, el convencimiento de que se trata de una predilección amorosa de Dios, que nos hace felices incluso en la tierra. Porque esa llamada es un bien y un bien que uno no puede conseguir por sí mismo, sino que ha de recibir, nos sentimos obligados a hacer proselitismo. La vocación no es fruto de los méritos del hombre ni consecuencia de una decisión simplemente humana. No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo soy el que os he elegido a vosotros, y destinado para que vayáis y hagáis fruto, y vuestro fruto permanezca, a fin de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la conceda 2.


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El derecho de hacer proselitismo

Por eso, porque la vocación es llamada, es necesario que resuene en los oídos de aquél a quien Dios ha elegido. Además, de ordinario Dios se dirige a esa alma, sirviéndose como instrumento de otras personas. Repetidamente insiste el Señor en esta enseñanza. En las diversas parábolas con que representa el Reino de los Cielos -el convite a las bodas, la viña arrendada...-, en el modo de recibir a los primeros Apóstoles, después del encuentro con Juan y Andrés, y en las varias misiones de sus discípulos, Cristo muestra esa voluntad de servirse ordinariamente de instrumentos para llamar a otros en su seguimiento. Y es natural que así sea, porque el hombre, por su misma naturaleza, necesita que sus semejantes le enseñen y le ayuden. Y esta condición natural -la sociabilidad- es recogida y elevada al plano sobrenatural por la gracia. La santificación no es una labor simplemente individual, de modo que cada cual se las haya sólo con sus propios medios. No por un azar la vocación de cada uno de nosotros nació, o por lo menos se consolidó, con el trato de otra persona que ya había sido llamada por Dios.

Somos miembros de Cristo, participamos de su misión redentora, y Dios se sirve de nosotros para llamar a las almas. Pero porque también estas almas son miembros de Cristo, lo que era como una posibilidad se transforma en una obligación y en un derecho. Yo ¿por qué me voy a meter en la vida de los demás? ¡Porque tengo obligación, por cristiano, de meterme en la vida de los demás! ¡Porque Cristo se ha metido en vuestra vida y en la mía!

Tenemos el derecho de meternos en la vida de los demás porque su vida es la nuestra. Porque si hay un miembro enfermo, débil o quizá muerto, todo el cuerpo sufre, sufre Cristo y sufren los miembros sanos. Porque todos los hombres son un hombre en Cristo, y la unidad de los cristianos constituye un solo hombre 3, dice San Agustín, y añade, como cerrando el círculo de esta afirmación: y este hombre es todos los hombres y todos son este hombre, pues todos son uno, puesto que Cristo es uno 4. El tú y el yo, distantes, ajenos entre sí, se unen en Cristo; y la caridad no es ya fruto de una generosidad ocasional o esporádica, sino condición de vida; porque si nuestra vida es Cristo, donde hay desunión hay muerte.

Urge hacer proselitismo. El tiempo pasa, se escapa la vida. ¿No gritaríais de buena gana a la juventud que bulle alrededor vuestro: ¡locos!, dejad esas cosas mundanas que achican el corazón... y muchas veces lo envilecen..., dejad eso y venid con nosotros tras el Amor? 5. El Amor, Cristo -sirviéndose de nosotros, sus instrumentos-, pasa a su lado por una circunstancia de trabajo, de amistad, quizá de viaje. ¿Volverá a pasar Cristo junto a esa persona? Y es tal vez su santidad -y la santidad de quienes se encuentren o se encontrarán junto a ella- lo que está en juego. ¿Hay alguna razón suficiente para no intentar hacérselo comprender?

Con esa caridad por las almas, nos mueve a hacer proselitismo el deseo de la gloria de Dios. Sólo trabajan para el Señor los que no buscan su propia utilidad, sino la de su amor; los que sirven con el celo de su caridad y el deseo de adelantar en la virtud; los que procuran ganar almas para Dios y hacen cuanto está de su parte para llevar a otros consigo a la viña 6.

El deber del proselitismo

Por lo mismo que hacer proselitismo es un derecho, es también un deber. Primero por cristianos, y por cristianos escogidos que siguen de cerca a Jesús, que tienen el caudal de su gracia y de su doctrina, un caudal que tenemos en depósito, que es esencialmente negociable, que hemos de devolver con intereses. Porque el que tiene la palabra de sabiduría, pero no quiere emplearla en provecho del prójimo, es lo mismo que el que pone el dinero en una bolsa y la tiene siempre atada. De ahí que esté escrito: «¿qué utilidad se saca de la sabiduría escondida y del tesoro oculto?» 7.8.

No hay amor de Dios donde no hay celo por las almas; no hay afán de santidad donde no hay también afán por difundirla; no es posible encontrar a Dios donde no hay preocupación de que también los demás le encuentren, con toda la plenitud de que sean capaces. Sólo donde la doctrina de Cristo se ha desvirtuado, se puede pensar que es posible desentenderse de la santidad de los demás sin comprometer la propia.

Este derecho y este deber que tiene cualquier cristiano, se acentúa en nuestro caso. Para nosotros, el proselitismo es aún más vital; ya que el fin de la Obra es promover la plenitud de vida cristiana entre personas de todas las clases sociales. El Señor ha querido su Obra precisamente para eso, para que sea instrumento de la llamada suya universal a la santidad. Santidad y proselitismo forman una unidad de fin indisoluble, y se sostienen mutuamente. Esta ha sido la voluntad de Dios: que hubiera cristianos que encontraran en el proselitismo ocasión de santificarse, de modo que el extender la santidad no fuera algo sobreañadido, sino elemento esencial de su vocación.

De ahí la importancia fundamental que esa labor tiene para cada uno de nosotros, porque un socio de la Obra que no sintiera preocupación por el proselitismo, manifestaría no tener el espíritu del Opus Dei, cuyo fin es precisamente difundir en el mundo la santidad. Por eso, cada socio debe ser como una brasa encendida, que pega fuego dondequiera que esté, o por lo menos levanta la temperatura espiritual de los que le rodean, llevándoles a vivir una intensa vida cristiana. Y así, la obra de San Rafael y la de San Gabriel tienen como parte fundamental de su labor el proselitismo, de modo que sean como el semillero de vocaciones para el Opus Dei.

No tenéis más remedio que ser proselitistas, nos ha dicho nuestro Padre. Y ha precisado que hasta los enfermos tienen en la Obra esta obligación. No hay limitación alguna -ni de edad, ni de condición o estado, ni de ninguna otra circunstancia- en este deber santo. Hemos de hacer mucho proselitismo y siempre. Si no tuviéramos la preocupación del proselitismo, parecería que no éramos felices. El que tiene la felicidad, el bien, procura darlo a los demás.

Hemos de hacer proselitismo porque, el Señor quiere servirse de nosotros, libremente, para llamar a otras personas; para que no haya almas que puedan decir que no aspiran a la santidad porque nadie las llamó -quia nemo nos conduxit (Matth. XX, 7 )-, los socios del Opus Dei tienen el derecho y el deber de plantear el problema vocacional -ascende superius! (Luc. XIV, 10)-, y de provocar esta crisis entre toda clase de personas, que den esperanzas de una posible vocación.

Hemos de hacer proselitismo porque, aunque gracias a Dios llegan muchas vocaciones, también gracias a Dios necesitamos ser muchos más. Hemos de hacer proselitismo porque a eso hemos venido a la Obra. No ocuparse del proselitismo sería un síntoma de flojera, de enfermedad y quizá de muerte.-. ¡Afán de proselitismo! ¡Quemad lo que hay alrededor vuestro! Y lo que hay lejano también, mediante la oración, el sacrificio y el cumplimiento sonriente del deber.

Los medios

Este afán de proselitismo ha de manifestarse de un modo concreto, práctico. Semanalmente nos preguntamos si mostramos con hechos nuestro celo por traer vocaciones a la Obra. De ahí la necesidad de concretar nuestro afán de proselitismo, de dirigirlo hacia personas determinadas, de encaminarlo a resultados prácticos. Es posible que, en ocasiones, nuestro afán no se vea coronado con la alegría de presenciar una nueva vocación -Dios hará entonces que la semilla que hemos lanzado a voleo, dé frutos en otros lugares-; pero de ordinario, a la realidad de nuestro esfuerzo corresponderá 1a realidad de las vocaciones. Por eso no debe pasar un año sin que cada uno de nosotros haya conseguido, al menos, una vocación. Esa ha de ser nuestra ilusión, nuestro deseo; meta de nuestros esfuerzos, de nuestro amor a Dios y a las almas.

Para que ese afán de proselitismo sea eficaz, ha de poner en ejercicio los medios necesarios, los divinos y los humanos. Y siendo ésta una empresa sobrenatural, es lógico que los medios fundamentales hayan de ser también siempre sobrenaturales. Preciso es, por tanto, que empleemos medios divinos, y que tratemos con nuestro Rey en cada caso todo lo que se refiera al alistamiento de nuevos apóstoles en su milicia 9.

Hemos de considerar despacio, en la oración, la labor determinada que desarrollamos; hemos de encomendar insistentemente las vocaciones concretas que queremos lograr del Señor y hacer que se encomiende esta intención, porque la oración es el medio más eficaz de proselitismo 10; hemos de hacer mortificaciones extraordinarias por esas almas, y pedir a todos los demás que nos ayuden; hemos de ganarnos a los Ángeles Custodios de los amigos que tratamos. Y todo con propósitos claros y determinados, concretos, llevados a la Charla.

Pero después de esos medios más directamente sobrenaturales, el apóstol -aun convencido de que él de suyo nada puede, si no consigue, con oración y sacrificios, gracia abundante del Cielo 11- ha de emplear todos los medios humanos nobles de que dispone, ha de poner en ejercicio todas sus cualidades humanas, para que sean también instrumento de la acción de Dios.

Vibración apostólica

Nuestro afán de proselitismo nace de lo más íntimo de nosotros mismos, y nos afecta por entero. No es una actividad burocrática, deshumanizada; no es algo que se ejercita sin cariño y sin calor, como por obligación. Muy al contrario, nos hace vibrar, es una tarea que nos atrae. Por eso la vibración -amor a Dios y amor a las a1mas- es el tono, el ambiente, en el que se desarrolla nuestro proselitismo.

Te falta «vibración». -Esa es la causa de que arrastres a tan pocos. -Parece como si no estuvieras muy persuadido de lo que ganas al dejar por Cristo esas cosas de la tierra.

Compara: ¡el ciento por uno y la vida eterna! -¿Te parece pequeño el «negocio»? 12.

Un proselitismo desvaído, sin entusiasmo, sin constancia alegre estaría condenado de antemano al fracaso. Hace falta vibrar, para que las almas reciban verdaderamente las llamaradas de nuestra conversación encendida en el fuego de la gloria de Dios.

Una de las consecuencias más inmediatas de ese afán es no esperar a que la ocasión se presente, sino provocarla. Sean cualesquiera nuestras circunstancias personales, a cualquier edad y en cualquier sitio, hemos de oír acuciantemente esta pregunta del Padre: oye: ahí... ¿no habrá uno... o dos, que nos entiendan bien? 13.

En el Opus Dei cabe gente muy distinta, todos con la misma vocación divina. La Obra es una familia divina y humana, en la que sucede, como en las familias naturales a las que ha bendecido el Señor con abundancia, que tienen muchos hijos: y hay unos hermanos más altos, otros más bajos, unos más morenos, otros más rubios. Y luego están los parientes: unos más próximos, otros más lejanos, y los amigos de la familia.

Hijos míos, ocurre exactamente igual en la Obra: los Numerarios, los Agregados y los Supernumerarios; los Agregados y los Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, formamos una sola familia, todos con una e idéntica vocación. Y además están a nuestro lado esos parientes a los que queremos tanto: los Cooperadores. Y luego, tantos amigos y tantos colegas que de alguna manera participan de nuestra familia.

Todas las personas que tratamos pueden recibir el espíritu de la Obra, y beneficiarse de él. Quizá no reciban inmediatamente la llamada de Dios, y necesiten recorrer antes un largo camino; pero a todos se refiere el Padre con estas palabras:

Yo os veo, hijos, como en otros tiempos Pedro y Juan, fijando vuestra mirada llena de compasión en amigos y conocidos, que podrían venir a pelear a nuestro lado..., si no estuvieran cojos.

Haced como Pedro y como Juan: cuando vayáis a la oración, tened muy presentes a esos amigos y conocidos, y luego, con vuestro ejemplo, decidles: respice in nos!, ¡miradnos!

Y, si perseveráis, si sois tenaces -la tenacidad es indispensable para el proselitismo-, llegará un momento en que podréis gritarles: in nomine Iesu Christi Nazaréni, surge et ambula!; en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda! (Act. llI, 1-10) 14.

Vibración, entusiasmo; pero también perseverancia, constancia. Y tenacidad para mantener la ilusión de la primera vez, para vibrar, el primer día con la misma intensidad que el último, cada vez con más sentido sobrenatural, pero siempre y por lo menos, con el mismo calor humano.

Viviendo así el proselitismo, el fruto es seguro. Podrá tardar más o menos -más bien menos que más-, pero llegará. Nos lo ha garantizado el Señor, que ha dado este fin a nuestra vocación. Por eso ha podido decir el Padre: si no hay vocaciones, falta amor de Dios. ¿Está claro? ¡Proselitismo! Tenemos la feliz experiencia de tantas veces, en tantos sitios...

Por otra parte, el mismo proselitismo que hacemos enciende más nuestro corazón, nos ayuda a ver mejor la hermosura sobrenatural de esta misión. Cuando el trabajo de siembra ha fructificado en una vocación concreta, ¿quién no ha sentido el gozo y la necesidad de multiplicar sus esfuerzos? Es que a una obra nuestra se le deben dos recompensas: una en el camino, otra en la patria; una que nos mantiene en el trabajo, y otra que nos remunera en la resurrección 15. Cada vocación que conseguimos aumenta nuestra capacidad de hacer un eficaz proselitismo, aumenta nuestro amor y asegura nuestra santidad.

El proselitismo es consecuencia del amor, y al mismo tiempo es también como su causa. Proselitismo. -Es la señal cierta del celo verdadero 16. Que Nuestra Señora, Regina Apostolorum, mantenga siempre encendido en nosotros este celo, y lo haga divinamente eficaz.


(1) Camino, n. 913;

(2) Ioann. XV, 16;

(3) San Agustín, Enarr. in Ps. 39;

(4) San Agustín, Enarr. in Ps. 127;

(5) Camino, n. 790;

(6) San Gregorio Magno, Hom. in Evang. 19;

(7) Eccli. XLI, 17;

(8) San Gregorio Magno, Hom. in Evang. 17;

(9) Instrucción, 1-IV-1934, n. 10;

(10) Camino, n. 800;

(11) Instrucción, 1-IV-1934, n. 12;

(12) Camino, n. 791;

(13) Camino, n. 805;

(14) Instrucción, l-IV-1934, nn. 57-58;

(15)San Gregario Magno, Hom. in Evang, 17;

(16) Camino, n, 793.

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