PARTICIPAR EN LA MISIÓN DE CRISTO
Hijos míos, la vida de Jesucristo se repite en la vida de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno, en la santificación, como en la vida externa. La Vida sobrenatural que germinó en el alma con la gracia, que el Espíritu Santo ha infundido en nuestros corazones, robusteciéndose de continuo por ese respirar sobrenatural que son nuestras Normas, cincela en nosotros la imagen de Cristo, el semblante de los hijos de Dios: nos hace otros Cristos, Ipse Christus.
En esta tarea de identificación con Cristo hemos de poner todo nuestro empeño: Cristo te ha dado el poder de ser como El según tus fuerzas. No te asustes de oir esto. Lo que debe espantarte es no ser como El 1.
Tabla de contenidos |
¿A qué vino Jesucristo al mundo?, ¿por qué quiso encarnarse, tomar carne mortal como la nuestra? Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur? 2. Jesucristo vino a incendiar el mundo con el fuego de su caridad, vino a redimir a los hombres: cumplido que fue el tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer, y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban debajo de la Ley, y a fin de que recibiésemos la adopción de hijos 3. Y nosotros, que somos otros Cristos, y por tanto hijos de Dios, también hemos sido enviados por especial mandato divino para propagar ese incendio, para corredimir. Así como Tú me has enviado al mundo, así yo los he enviado también a ellos al mundo 4
Somos apóstoles, hombres con misión -sin llamarnos misioneros-, enviados de Dios, porque el Señor nos ha hecho participar de la misión de su Hijo, Primogénito entre muchos hermanos 5, al darnos la facultad de poder ser como El, hijos suyos, de modo que todo cuanto hagamos en su nombre se atribuirá al mismo Cristo: quien a vosotros recibe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe a Aquél que me ha enviado 6.
Procurar esa identificación con Cristo es la condición indispensable para poder desempeñar con eficacia sobrenatural nuestra misión. El mismo nos lo ha dicho: permaneced en mí, que yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo producir fruto, si no está unido con la vid, así tampoco vosotros si no estáis unidos conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido conmigo, y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer 7. Somos corredentores en la medida en que nos asemejamos a Cristo, en la medida en que participamos de la filiación divina.
Cuando se tiene un bien, cuando un alma es feliz, cuando siente esta alegría interior y posee esta dicha, procura dar ese bien y esa dicha a los demás. Por eso nosotros tenemos el deber imperativo de hacer proselitismo; el deber de transmitir este don divino, y de procurar que haya otras almas que sirvan al Señor en el Opus Dei. Un alma que está llena de Cristo, que siente dentro de sí el gozo de los hijos de Dios, arde en deseos de comunicar su felicidad a los que la rodean -bonum est diffusivum sui, el bien es de suyo difusivo-, siente ese celo por las almas que traía en prensa el corazón de Cristo 8, que consumía a San Pablo cuando se encontraba aislado en Atenas 9. Y ese amor a Dios y a los hombres, le ayuda a superar cualquier obstáculo para acercar a todos al calor de Cristo. Es, entonces, su apostolado, como todo verdadero apostolado, una superabundancia de su vida para adentro 10.
Por la misma razón, cuando el alma no siente ese celo, hay que pensar que la vida de Cristo en ella es débil, apagada, que está casi muerta. El que no permanece en mí, será echado fuera, como el sarmiento inútil, y se secará, y le cogerán, y arrojarán al fuego 11.
Cuando una persona no tiene celo proselitista, es que no le late el corazón, que ha muerto. Se le pueden aplicar aquellas palabras de la Escritura: iam foetet, quatriduanus est enim (Ioann. XI, 39) -hiede, está muerto desde hace días. Esas almas, aunque estuviesen en Casa, estarían muertas, podridas, iam foetet. Y yo, con cadáveres no voy a ningún lado; los cadáveres los entierro.
El Padre nos resume en pocas palabras la eficacia del alma que vive en la Obra la vida del Señor: si somos otros Cristos, si nos comportamos como hijos de Dios, donde estemos quemaremos; Cristo abrasa.
Nuestra vocación, esta llamada de Cristo, nos lleva a identificarnos con El, y El vino a la tierra porque omnes homines vult salvos fieri (I Tim. II, 4), para redimir a todo el mundo. No hay alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de su sangre (cfr. I Petr. I, 18-19). También a nosotros nos interesan todas las almas, queremos llegar a todo el mundo, y por eso, siguiendo el ejemplo del Señor, tratamos con mayor asiduidad a algunos que dan esperanzas de vocación, como hizo Cristo con los doce Apóstoles; y tenemos otro círculo más grande de amigos, como aquellos setenta y dos discípulos, a quienes procuramos también dar de algún modo nuestra formación; y por último, tratamos a todas las almas, sin dejar una sola, que el Señor pone en nuestro camino. Lo nuestro es no dejar que se pierda para el apostolado y, en lo posible para la vocación, ningún alma que se nos acerque. Haciendo apostólicas -con doctrina y con amor- a todas las personas que tratamos, llegará a todas partes el influjo de nuestro apostolado.
Para llegar a tanta gente, queremos actuar como una porción de levadura divina. En comparación con la multitud de las gentes, aunque seamos miles, somos pocos; por eso nos hemos de ver como una pequeña levadura que está preparada y dispuesta para hacer el bien a todos los hombres, a toda la masa, no olvidando aquello que dice el Apóstol: modicum fermentum totam massani corrumpit (1 Coro V, 6). Tenemos que ser ese fermento, esa levadura, y saber modificar y mejorar la masa. Fermento, sal y luz fue Jesucristo entre los judíos, y levadura, sal y luz fueron sus discípulos, que supieron transformar todo el mundo, aunque, para eso, empezaron por los más cercanos, por atraer a las almas más próximas. También nosotros: lo más importante son nuestros hermanos: la primera manifestación de proselitismo es que os ayudéis entre vosotros a perseverar y a ser santos. Y lo mismo en el apostolado: primero nuestras familias, los compañeros... Entre los Apóstoles que seguían a Cristo, estaban Santiago el Menor, Simón y Judas, hijos de Alfeo, parientes del Señor. Y Andrés, después de corresponder a la llamada de Jesús, el primero a quien habló fue a Simón, su hermano 12. Y después viene Felipe, que era de Betsaida, la patria de Andrés y de Pedro 13. El apostolado con los parientes es un precepto que exige claramente el orden de la caridad.
El Señor vino a enseñar. Todos nos acordamos del preámbulo de San Lucas a los Hechos de los Apóstoles: he hablado en mi primer libro, ¡oh Teófilo!, de todo lo que Jesús hizo y enseñó (Act. I, 1). Jesús vino a enseñar, pero haciendo; vino a enseñar, a adoctrinarnos, pero siendo modelo; siendo a la vez con su conducta el maestro y el texto. Nuestro apostolado, porque es el apostolado de Cristo, el de los hijos de Dios, se resume en dar doctrina; y entre todos los medios que ponemos, contamos especialmente con el ejemplo, con las obras, con ese bonus odor Christi 14 del cristiano que procura vivir las enseñanzas del Señor.
¿Vosotros y yo, pregunta el Padre, estamos decididos a vivir una vida que sirva a los demás de modelo y de enseñanza? ¿ Estamos decididos a ser otros Cristos, a comportarnos como hijos de Dios? No basta decirlo con la boca, hay que afirmarlo con hechos... Vamos a ver: ¿ tú estás contento de cómo te has comportado hasta ahora? ¿Tú, que eres otro Cristo, que eres hijo de Dios, mereces que se diga de ti que has venido facere et docere (Act. 1, 1), a comportarte de modo que puedas enseñar a hacer las cosas buenas, nobles, las cosas de la Redención?
Necesitamos vivir el apostolado del ejemplo, que abre las puertas a cualquier otro apostolado, porque así lo exige la naturaleza de nuestra entrega. Vivimos en medio del mundo, tomamos ocasión de él para santificarnos, no nos apartamos de la gente; es, pues, natural que tengamos especial obligación de dar ejemplo, de ser luz, sal, fuego, modelo.
Pero, ¿cómo dar ejemplo?, ¿cómo ser testimonio de Cristo?.. ¿Acaso con algo que llame la atención, extraordinario, que pase de lo corriente, que deslumbre, que ciegue? ¿Tú crees que ése es el camino propio de los hijos de Dios en su Opus Dei? ¿Acaso la lección de Jesucristo no es que debemos pasar entre los demás de nuestra condición social, de nuestra profesión, como uno de tantos, desconocidos?
No desconocido por tu nombre, ni por tu trabajo. No desconocido porque no destaques por tu talento; sino desconocido porque no hay necesidad de que sepan que tú eres alma dedicada al servicio de Dios, empeñada en imitar a Jesucristo; que tú eres sal de la tierra, otro Cristo. Que lo experimenten: que se sientan limpios, nobles, fuertes en su conducta: pero que tú pases inadvertido, como Cristo en Nazaret. Yo he podido ver en estos años, tantas veces, la manera de vivir de mis hijos. ¡Qué bien lo han sabido hacer! Donde ellos están hay paz, hay unción, hay alegría; y los que viven con ellos apenas se dan cuenta. Sólo cuando pasa el tiempo y vuestro hermano ya no está allí, dicen: ¡ah!, ¿qué tenía aquél? Pero mientras están juntos, pasan inadvertidos.
De este modo discreto de actuar, que a veces lleva a que ni siquiera el mismo interesado se dé cuenta de los beneficios que recibe, nos da ejemplo Jesucristo también en su vida pública; pública no porque se diese en cada instante a grandes manifestaciones -aunque no las rehuía cuando lo exigió su misión-, sino porque se dirigió personalmente a las almas. A aquel ciego a quien devuelve la vista, le invita: a nadie se lo digas 15; después, cuando le dicen sal de aquí y vete a Judea, para que también aquellos discípulos tuyos vean las obras que haces; puesto que nadie hace las cosas en secreto, si quiere ser conocido..., Jesús les responde: mi tiempo no ha llegado todavía 16. Y luego, se puso en camino non manifeste, sed quasi in occulto 17, no con publicidad, sino ocultamente.
El apostolado del ejemplo se completa y afianza con el apostolado de la amistad y de la confidencia. Porque las almas, que sienten el calor de nuestra Vida en Cristo, que presienten así la alegría de los hijos de Dios, acuden en busca de luz. Y viene esa discreta indiscreción 18, que abre horizontes de entrega. Ocurre algo parecido a la escena que vivió Jesús con los dos discípulos que marchaban a Emaús. Toda la Vida de Cristo es un modelo divino que debemos imitar, pero lo que nos cuenta el evangelista de la escena de Emaús nos pertenece muy especialmente. Abren el corazón los dos discípulos y el Señor les conforta, da luz a sus ojos ciegos y los recupera para el apostolado. «Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?» -¿Acaso nuestro corazón no ardía dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino? Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida 19.
Ser otros Cristos, y por eso hijos de Dios. Entonces, tendrás esa superabundancia, que se traducirá en paz y alegría, para que las des a los demás; y arrastrarás a las gentes y harás verdaderos milagros. Por eso, en medio de la actividad más intensa, hemos de recogernos en Dios, considerar esa filiación divina que es el motor de nuestra acción, sentir esa vida de Cristo en nuestra alma, que nos impulse a trabajar con renovado ardor. ¿No os dais cuenta de que alguna vez el Señor parece que se quiere apartar del mundo, con los suyos? Como hacemos nosotros, en la vida de familia, con los Cursos anuales, con los retiros..., buscando esos benditos refugios que hay en la Obra. Con esos medios tratamos más al Señor, y tenemos luego más fortaleza para lanzarnos en medio de la muchedumbre.
Procediendo de este modo, viviendo de verdad en nosotros esa realidad de nuestra identificación con Cristo, de nuestra filiación divina, los frutos no tardarán en llegar. En el Opus Dei, al buscar cada uno la santidad en su propio estado y en el ejercicio de su propia profesión, con nuestra vida ordinaria, me atrevo a decir que el Señor nos ha dado el don de hacer milagros, y de los grandes. Damos luz a los ciegos... ¿Quién no podría contar mil casos? De cómo un ciego casi de nacimiento, recobra la vista, recibe todo el esplendor de la luz de Cristo. Y otro era sordo, y otro mudo, que no podía hablar una palabra como hijo de Dios... Y se ha purificado su lengua, y habla ya como hombre, no como bestia. In nomine Jesu (Act. III, 6) hemos dado la facultad de hablar al mudo. Y aquel lisiado, incapaz de una obra buena, y aquel otro poltrón, que veía las cosas pero no las hacía... Les habéis dicho: surge et ambula! (Matth. IX, 5). Y el otro, muerto, podrido, ¡podrido!, que olía ya a cadáver, ha oído como en el milagro del hijo de la viuda de Naím: adolescens, tibi dico, surge! (Luc. VII, 14).
Hijo mío: milagros como Cristo, milagros como los primeros cristianos. Los harás, si eres alter Christus, más: Ipse Christus; si sabes vivir esa identificación plena con el Señor, que es la vida contemplativa.
Os he hablado en parábolas, como habla el Señor en el Evangelio. Pero lo que no es parábola es que tú eres Ipse Christus y yo también.
La Virgen Santísima, Madre de Dios, corredentora, nos ayudará a saber vivir la vida de su Hijo, a comportarnos como hijos de Dios, a corredimir con Jesucristo. ¡Oh Madre, Madre!: con esa palabra tuya -«fiat»- nos has hecho hermanos de Dios y herederos de la, gloria.
-¡Bendita seas! 20.
(1) San Juan Crisóstomo, In Matth. Hom. 78, 4;
(2) Luc. XII, 39;
(3) Galat. III, 4-5;
(4) Ioann. XVII, 18;
(5) Rom. VIII, 29;
(6) Matth. X, 40;
(7) Ioann. XV, 4-5;
(8) Cfr: Luc. XII, 50;
(9) Cfr. Act. XVII, 16;
(l0) Cfr. Camino, n. 961;
(11) Ioann. XV, 6;
(12) Ioann. I, 41;
(13) Ioann. I, 43;
(14) II Cor. II, 15;
(15) Marc. VIII, 26;
(16) Ioann. VII, 3-6;
(17) Ibid., 10;
(18) Camino, n. 973;
(19) Camino, n. 917;
(20) Camino, n. 512.