Cuadernos 3: Vivir en Cristo/Morir con Cristo

MORIR CON CRISTO


Yo he venido para que tengan Vida y la tengan en más abundancia l. Vino el Señor a traernos la Vida sobrenatural, a infundir en nosotros un manantial de agua que manará hasta la Vida eterna 2; agua viva, gracia santificante que, mediante la identificación con Cristo, nos hace participar ya en la tierra de la Vida íntima de la Trinidad Santísima: Dios en la mente, Dios en el corazón, Dios en las acciones.

Frente a la vida divina, que Dios quiere en nosotros, en el fondo del alma se alza la pobre vida del hombre animal, que tiene los ojos llenos del polvo de la tierra, que pretende asentar el corazón en las cosas del mundo, que tiende a actuar con fines mezquinos y torcidos. Más que vida es un principio de muerte: en este mundo hay quienes están vivos y quienes están muertos, aunque parezca que todos viven 3. Esa vida animal, ley de muerte 4, es el gran obstáculo que nos incapacita para la identificación con Cristo.

Somos de carne, y lo que ha nacido de la carne: carne es 5, y da frutos de corrupción: entre otros, lujuria, enemistades, celos, enojos, riñas, envidias 6. De todo esto tenemos que deshacernos si queremos alcanzar esa nueva Vida a la que el Señor nos llama; tenéis que desnudaros del hombre viejo -recuerda San Pablo- según el cual habéis vivido en vuestra vida pasada 7.

Abiertamente lo dijo Jesucristo a Nicodemo, y nos lo repite a cada uno: en verdad te digo que quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios 8. No se trata ya de adquirir unas determinadas virtudes naturales, o de guardar ciertas prácticas: el Señor nos pide una transformación radical, completa; un nacimiento a la Vida sobrenatural, con todas las consecuencias que esto trae: lo que ha nacido del Espíritu, es espíritu 9, y espirituales son sus frutos: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad 10.


Tabla de contenidos

Conformarse con Cristo paciente

¡Qué lejos estábamos de poder alcanzar esta vida de intimidad con Dios! Un insondable abismo, abierto por el pecado de origen, nos separaba de la Vida. Sólo Jesucristo, Dios y Hombre, Sacerdote perfecto, Pontífice, podía tender el puente que nos llevara a Dios. En El estaba la Vida 11, porque es el Verbo, y tiene la Vida eterna con el Padre y con el Espíritu Santo. Y se hizo hombre, y cargó con nuestros pecados, y bajó a hacernos partícipes de su propia vida, muriendo en la Cruz. Que nadie subió al cielo, sino Aquél que ha descendido del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. Al modo que Moisés en el desierto levantó en alto la serpiente, así también es menester que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todo aquél que crea en El no perezca, sino que logre la Vida eterna 12.

Solidario con todo el género humano, Jesucristo, el nuevo Adán, murió pendiente del árbol de la cruz, para que de donde nació la muerte -el primer pecado-, de allí naciera la Vida 13, A esta muerte suya vivificadora, llamaba el Señor su bautizo: con un bautismo tendré que ser bautizado. ¡Y cómo tengo en prensa el corazón hasta que lo vea cumplido! 14. ¡Con qué amor!, ¡con qué decidida determinación camina hacia Jerusalén, y anuncia a los discípulos que va a padecer y a ser crucificado! Su Resurrección gloriosa permitirá la resurrección espiritual de sus hijos los hombres: con Cristo es posible morir al pecado y vivir la Vida de la gracia.

La Iglesia aplica a cada persona la muerte y la resurrección de Cristo, por medio de los sacramentos. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Puede acaso volver al seno de su madre para renacer? Respondió Jesús: en verdad, en verdad te digo que quien no renaciere por el agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios 15.

Agua y Espíritu: bautismo y gracia. Sumergirse bajo el agua bautismal es un signo de sepultura, de muerte; y salir del agua es signo de resurrección. Y son signos eficaces, porque así como el Señor fue crucificado y sepultado y resucitó, en el bautismo, por una cierta similitud, se nos concede ser realmente crucificados y ser sepultados y resucitar juntamente con Cristo 16. Considerad -dice San Pablo- que realmente estáis muertos al pecado en el bautismo, y que vivís ya para Dios en Jesucristo Señor Nuestro 17.

Pero el bautismo no quita el fomes peccati, la inclinación al pecado, muerte del alma. Para lavarnos de los pecados personales cometidos después del bautismo, nuestra Madre la Iglesia nos aplica, de nuevo, la Pasión y Resurrección de Cristo, pero de otro modo. Como el bautismo no puede repetirse, no puede uno conformarse por segunda vez con la muerte de Cristo, mediante este sacramento; los que después del bautismo se hacen culpables de nuevos pecados, necesitan conformarse con Cristo paciente por medio de alguna pena - o satisfacción que deben sufrir 18: la satisfacción sacramental, parte integrante del sacramento de la Penitencia, que devuelve la salud al alma enferma, o vuelve a dar la Vida, si el pecado era grave.

En los demás sacramentos se nos aplican también, con diversa modalidad, la muerte y la resurrección del Señor; sobre todo, en la Eucaristía. renovación del sacrificio de la Cruz, y donde Cristo -Cristo paciente; crucificado- se nos da como pan de vida 19.

Necesidad de la mortificación

Por parte de Dios todo está amorosamente dispuesto, para vencer la muerte del alma y comunicarnos su Vida íntima. ¡Ya no cabe más! Amó tanto Dios al mundo que no paró hasta dar a su Hijo Unigénito, a fin de que todos los que creen en El, no perezcan, sino que vivan la Vida eterna 20. Y nos ha dejado los sacramentos para aplicarnos los méritos que Jesucristo nos ganó en la Cruz.

Se nos da nuestro Dios, a costa del mayor sacrificio. Tanta divina solicitud, tanto amor desinteresado, tiene que conmovernos y hacernos agradecidos, con obras. ¡Si un hombre hubiera muerto por librarme de la muerte!...

-Murió Dios. Y me quedo indiferente 21.

¡No podemos permanecer indiferentes! Hemos de pagar amor con amor, muerte con muerte., Dios nos ofrece su propia Vida, pero no fuerza nuestra voluntad; quiere hacernos partícipes de la vida trinitaria, y nos da los medios; pero quiere también que -unidos a su Cruz gloriosa- nos determinemos seriamente a morir a nosotros mismos, con el arrojo de Tomás Dídimo, que dijo a los demás apóstoles: vayamos también nosotros y muramos con El 22.

Murió Cristo, y nos espera ya en la gloria del Padre; instituyó los sacramentos, fuentes de vida, y sin embargo algo falta: nuestra personal cooperación, nuestra cruz -objetiva, no imaginaria-, metida en el fondo del alma y de sus potencias. Falta nuestra mortificación: eso es lo que resta a la Pasión de Cristo 23.

Por parte del Señor, todo está cumplido 24; pero es menester que cada uno viva personalmente la mortificación, para que la redención sea eficaz en él, para que en él la gracia no resulte vana. Jesucristo, muriendo, nos ha precedido por el camino que conduce a la verdadera Vida; otro camino no existe: quien conserva su vida, la perderá; y quien perdiere su vida por amor mío, la volverá a hallar 25, mucho más llena, a medida que más se vacía el alma del propio yo.

Mortificarse, negarse a determinados bienes sensibles, en el plano natural lleva al autodominio, mantiene la supremacía del espíritu sobre las pasiones; pero puede también llevar a la afirmación del yo. En cambio, en el plano de la gracia, abrazados a la Cruz del Señor, la mortificación cristiana -la que nosotros buscamos y la que Dios nos manda- lleva a la renuncia del propio yo, para conformarnos a Cristo, para que Cristo viva en nosotros. Este es el sentido de nuestra mortificación: conviene que El crezca y que yo mengüe 26.

Para un hijo de Dios, la mortificación no es simple moderación, es verdadera muerte que da paso a la verdadera Vida: no a una vida humana más equilibrada, sino a la vida divina, sobrenatural. Nosotros ponemos sólo la condición; y Dios da el incremento, y la eficacia, porque El es quien nos santifica. Necesitas -dice el Padre- una entrega más plena, de tal manera que, desapareciendo tú por la humildad y por la mortificación, venga Cristo a vivir en ti: non ego, vivit vero in me Christus (Galat. II, 20).

Vida de Cristo en nosotros, vida de gracia, que es ya un adelanto de aquella gloria venidera que se ha de manifestar en nosotros 27. Pero antes, mientras estemos en la tierra, permanezcamos en la Cruz de Cristo. Mortificación, hijo mío, mortificación. No comprendo un alma santa sin mortificación. Tan metida está en nosotros la necesidad de la mortificación -conditio sine qua non de la eficacia- que nuestro espíritu de mortificación campea en multitud de detalles. Yo quiero que quede claro a mis hijos, a la vuelta de los siglos, que el fundamento de nuestra Vida es la oración y la mortificación.

Hijos de mi alma: no olvidéis que el Espíritu Santo es fruto de la Cruz. Cuando en la vida de un Centro o de una persona vienen momentos de oscuridad, si habéis buscado sólo la gloria de Dios, si habéis obrado con rectitud de intención, creedme: detrás de la Cruz, viene el gran fuego, la gran luz, la gran consolación.

Mortificación en la vida ordinaria

Paradoja: para Vivir hay que morir 28. Morir para vivir. Morir para tener vida sobrenatural, para vivir vida de oración. Vale la pena: es correspondencia de amor a Jesucristo, que ha muerto por cada uno de nosotros. Amar la Cruz es saberse fastidiar gustosamente por amor a Cristo, aunque cueste y porque cuesta, que tú tienes experiencia de que ambas cosas son compatibles: con gusto, aunque resulte difícil, porque la Cruz con amor es una cruz sin cruz, que se hace muy llevadera. Vale la pena mortificarse por amor a las almas, como hacía San Pablo: todo lo sufro por amor de los escogidos, a fin de que consigan también ellos la salvación, adquirida por Jesucristo, con la gloria celestial 29; no hay día, hermanos, en que yo no muera por la gloria vuestra y también mía, que está en Jesucristo nuestro Señor 30.

Es cuestión de gracia, generosa por parte de Dios, y cuestión de voluntad, de un personal esfuerzo, por parte del hombre, Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame 31. Es cierto que Dios respeta la libertad y cuenta con nuestra libre decisión para salvarnos. Por eso dice: si alguno quiere. Pero hemos de querer seriamente, porque si nuestra voluntad no está dispuesta a morir según la Pasión de Cristo, tampoco la Vida de Cristo será vida en nosotros 32.

¿Y cómo vamos a morir?, ¿cómo vamos a dar nuestra pobre vida? ¿De una vez? Puede que Dios, en algún caso excepcional, disponga la palma del martirio. Pero no es éste el camino ordinario por donde el Señor quiere que andemos. No es espíritu de penitencia el de aquél que hace unos días grandes sacrificios, y deja de mortificarse los siguientes. Tiene espíritu de penitencia el que sabe vencerse todos los días, ofreciendo al Señor, sin espectáculo, mil cosas pequeñas. Ese es el amor sacrificado, que espera Dios de nosotros 33.

Mortificación constante y generosa, en los detalles de cada día. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día! -Piensa, entonces, qué es lo más heroico 34.

El Señor espera que busquemos la mortificación en las cosas ordinarias y corrientes: en el trabajo intenso, constante y ordenado; sabiendo que el mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en acabar con perfección la labor comenzada; en la puntualidad, llenando de minutos heroicos el día; en el cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de caridad, para hacer amable a todos el camino de santidad en el mundo: una sonrisa puede ser, a veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia 35.

Con deseos de unirnos a nuestro Redentor, Jesucristo; con entrañable cariño por labores y por personas concretas -¡con sus nombres!-, llevaremos alegremente esos diarios alfilerazos. Son detalles que han de constituir -por su continuidad, por el sentido sobrenatural que les demos- un verdadero y profundo morir a nosotros mismos, una auténtica participación en la Pasión y Muerte de Cristo, para llenarnos de su Vida: reproducir en nuestro caminar terreno -continua, habitualmente- lo que Cristo padeció en la Cruz y la Iglesia nos aplica en los Sacramentos.

Mortificaciones pasivas

Para alcanzar esa Vida en Cristo, configurándonos con El en su Muerte, hemos de tomar ocasión de las circunstancias imprevistas, que contrarían o resultan difíciles. Por eso, entre las mortificaciones acostumbradas, tienen que estar primero las mortificaciones pasivas, aquéllas que no esperamos y que vienen. Circunstancias objetivas, reales, no imaginarias o resultado de una mala disposición interior, que hace que hieran cosas en sí mismas inofensivas.

Las contrariedades muchas veces son demasiado subjetivas. Contrariedades tomamos las que cada uno quiere: el que está en Dios tiene pocas, porque cuando hay algo objetivo, se rinde ante la voluntad de Dios, le pide luces para acertar, y basta. Cuando las contrariedades parecen abundar, hay que pensar si no faltará, en cambio, mortificación de la imaginación, y sentido sobrenatural.

No es fácil aceptar con amor lo que de algún modo contraría. No es fácil esa adhesión incondicionada a la nueva vida que Dios nos ofrece: vivir ya tan fuera de sí, tan olvidado de uno mismo, tan perdido en Dios, que no haya propia voluntad, que no haya rebeldía… No es fácil, pero es imprescindible si queremos identificarnos con Cristo. Por eso es preciso un aprendizaje, un acto inicial de generosidad, que sube luego como por escalones: Resignarse con la Voluntad de Dios: Conformarse con la Voluntad de Dios: Querer la Voluntad de Dios: Amar la Voluntad de Dios 36.

Mortificación activa, de los sentidos

La aceptación generosa de la purificación que el Señor ofrece se ha de preparar con un negarnos a nosotros mismos, no sólo en tiempo de persecución, sino en todas nuestras obras, palabras y pensamientos 37. Esa mortificación activa nos dispone a recibir amorosa y eficazmente los golpes con que el escultor divino cincela la imagen de Cristo en nosotros: si somos generosos en la mortificación voluntaria, Jesús nos llenará de gracia para amar las expiaciones que El nos mande 38. Una mortificación activa que ha de ser continua, habitual; que ha de abarcar cada uno de nuestros sentidos y potencias, porque es todo nuestro ser el que ha de transformarse en Cristo.

Mortificación, en primer lugar, de los sentidos, que son como puertas del alma. Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti 39. El alma unida al cuerpo necesita de órganos corporales, para su bien y no para su ruina; por eso, es preciso mortificar todos y cada uno de esos sentidos, rendidos al Amor: la vista, para que no se detenga sino en lo que lleva a Dios: ¿para qué has de mirar, si «tu mundo» lo llevas dentro de ti? 40; el oído, para apartarlo de lo que nos aleja del Señor; el gusto, sabiendo poner entre los ingredientes de la comida el riquísimo de la mortificación; y el olfato, y el tacto.

No es tarea meramente negativa: la mortificación no está en la frontera con el pecado; se encuentra en pleno territorio del amor de Dios; porque es saberse privar de lo que sería posible no privarse sin ofender al Señor. El alma mortificada no es la que no ofende, sino la que ama; vivir así, como Cristo, parece una necedad a los ojos de los que se pierden; mas para los que se salvan, esto es, para nosotros, es la fuerza de Dios 41.

Mortificar la sensibilidad, la tendencia a pasarlo bien como primera razón de vida. Mortificación del corazón, desprenderlo de ataduras, para unirlo a Dios: si tu ojo derecho te escandalizare..., ¡arráncalo y tíralo lejos!- ¡Pobre corazón, que es el que te escandaliza!

Apriétalo, estrújalo entre tus manos: no le des consuelos. -Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: «corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz!» 42.

Mortificación interior: la fantasía; miles de imágenes que no son de Dios, que retardan el camino de la santidad. Es una tentación que puede coexistir con el trabajo, con el tiempo de la oración... Tentaciones que, aunque ladran mucho, no muerden, si no dejamos que el corazón siga a la fantasía. Sin grandes violencias, pero con generosidad -que es prontitud-, hay que desechar esas imágenes, y pensar en las cosas de Dios. Meternos de lleno en la tarea que nos ocupa, y emplear la memoria en recordar los beneficios del Señor, la gracia de la vocación: haré memoria de las maravillas que has hecho desde el principio 43: memoria mortificada es sencillamente memoria de Dios.

Mortificación de los sentidos, mortificación de la sensibilidad, mortificación interior: la continua separación del cuerpo y de sus afecciones es un sacrificio agradable a Dios; es un verdadero culto a Dios 44.

Porque la mortificación es como la oración de los sentidos; ellos, que son tantas veces ocasión de torpezas, que nos sirvan para servir a Dios.

Mortificar la inteligencia y la voluntad

Las dos potencias propias del hombre, que lo elevan por encima de los animales, la inteligencia y la voluntad, necesitan también una constante mortificación. La inteligencia, porque es limitada, conoce difícilmente la verdad; y sin embargo tiende a juzgar de todo, a ser regla y patrón del mundo.

¡Ay de aquéllos que no atribuyen a Dios la causa y el origen de la ciencia y de la sabiduría! Porque Cristo es la misma sabiduría, decimos sabio al que participa de Cristo 45. Mortificación de la inteligencia; del juicio propio, de las actitudes críticas ante las cosas del Señor. Para mantener una inteligencia despierta, pura, limpia, humildemente abierta a las claridades de Dios. Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado 46. Mortificación de la curiosidad, de la precipitación en los juicios, de la superficialidad.

Si la inteligencia está mortificada, la voluntad la seguirá en todos sus pasos, tendiendo hacia el bien en línea recta, clara. Pero hay muchos obstáculos: formas variadas, múltiples, del amor desordenado de uno mismo. Y es preciso negarse una y otra vez; ordenar nuestros amores, colocar nuestra voluntad primero en Dios, luego en los demás por Dios.

Acostúmbrate a decir que no 47: no, a ese yo altivo y soberbio que tiende a convertirse en el centro del universo; no, al non serviam!; y por tanto sí, al Amor de Dios. Voluntad. -Energía. -Ejemplo. -Lo que hay que hacer, se hace... Sin vacilar... Sin miramientos... 48. Y esto, una y otra vez, aunque a veces cueste mucho: para que nuestras conversaciones no giren en torno a nosotros mismos, para que la sonrisa reciba siempre los detalles molestos, para hacer la vida agradable a los demás.

Hacer agradable la vida a los demás

Si la mortificación tiene como materia los actos de todas y de cada una de nuestras potencias, su perfección es siempre la caridad: el dolor y el sufrimiento que voluntariamente aceptamos es un dolor de Amor, es morir para vivir, es dejar vivir a Cristo en nosotros. Y esa caridad se muestra sobre todo en los detalles de la vida ordinaria: cosas pequeñas que no te hacen perder la salud, pero que te mantienen encendido.

Esta mortificación en cosas pequeñas cuesta, pero es una tarea hacedera: la mortificación en mil detalles así, no es como para asustarse; porque ha de llegar a ser una cosa tan natural como el latir del corazón. Yo no noto ahora el latir del corazón, pero se mueve, late; y ¡ay del día en que se pare! Os digo a vosotros lo, mismo: en nuestra vida espiritual, la vida del corazón, que es ese latir, es ese esfuerzo por mortificarse en cada instante.

El deseo -continuo, diario- de convertir el espíritu de la Obra en nuestro propio espíritu, raíz de todos nuestros pensamientos y acciones, debe cimentarse en la mortificación, expresada en multitud de detalles y normas concretas. En el día de guardia, ese día en que estamos particularmente vigilantes y pendientes de la santidad de los demás, debe haber, entre otras cosas, el ofrecimiento al Señor de una mortificación extraordinaria. Y hay una mortificación diaria por el Padre. Y la ofrecida a la Virgen. Y se aconseja a los enfermos que ofrezcan con amor sus sufrimientos. Y señalamos la importancia de la mortificación, para custodiar la santa pureza, y para el apostolado...

El amor que empuja, ordena también la mortificación. Busca mortificaciones que no mortifiquen a los demás 49, nos aconseja el Padre. Y un capítulo importante es el deseo de hacerles agradable su camino de santificación. Esa palabra acertada, el chiste que no salió de tu boca; la sonrisa amable para quien te molesta; aquel silencio ante la acusación injusta; tu bondadosa conversación con los cargantes y los inoportunos; el pasar por alto cada día, a las personas que conviven contigo, un detalle y otro fastidiosos e impertinentes... Esto, con perseverancia, sí que es sólida mortificación interior 50.

De esta forma, la mortificación por los demás tiene amplio terreno donde extenderse con finura y garbo. Que os sepáis fastidiar alegremente y discretamente para hacer agradable la vida a los demás, para hacer amable el camino de Dios en la tierra. Ese modo de proceder es verdadera caridad de Jesucristo. Aquí la mortificación se manifiesta en toda su claridad, con el carácter alegre y sacrificado que nos recomienda nuestro Padre. Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo (Galat. VI, 2). Debéis tener empeño, un empeño muy particular en hacer agradable la vida a los demás, sin mortificaros jamás unos a otros. Diciendo: me voy a fastidiar yo un poco, para hacer más amable el camino divino de los demás.

Motivos de la mortificación

El alma mortificada está dispuesta a aceptar, amando, la Voluntad de Dios en cualquier circunstancia. Todos sus sentimientos son para Dios y, por Dios, para sus hermanos los hombres; porque, al morir por amor para vivir en el amor, reconoce su dependencia del Señor, ve cuánto le ha ofendido, y se siente movida a expiar, por sí, y, con el ejemplo de Cristo, por los demás. ¿Motivos para la penitencia? Desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias: medio para ir adelante...: por ti, por mí, por los demás, por tu familia, por tu país, por la Iglesia... y mil motivos más 51.

Desagravio, reparación, petición, hacimiento de gracias.

Son los fines de nuestra mortificación, los mismos de la Pasión de Cristo y de la Santa Misa, su Sacrificio perpetuamente renovado.

Reparación; unión al sacrificio redentor de Jesús. ¿Qué importa padecer, si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a El en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?... 52.

Sacrificio de acción de gracias con todos nuestros sentidos, con todas nuestras potencias, por tantos beneficios que hemos recibido y que recibimos del Señor. Deo omnis gloria!- para Dios toda la gloria; la gloria que los hombres deben tributar a Dios, con su cuerpo y alma, con sus pensamientos, palabras y acciones.

Sacrificio impetratorio. El Señor espera nuestra oración y nuestra mortificación para concedemos todo lo que pidamos. Porque el Señor escucha de una manera especial a las almas mortificadas y penitentes; por eso escucha a mis hijos del Opus Dei, que saben que la vida contemplativa se fundamenta en la penitencia.

La mortificación, la muerte en Cristo, es Vida en Cristo, santidad; y, por Cristo y en Cristo, vida también para los demás, santidad para todas las almas. Si el grano de trigo, después de echado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto (Ioann. XII, 24). Como el grano de trigo tenemos, hijos míos, la necesidad de la muerte para ser fecundos. Tú y yo no queremos estar solos. Queremos multiplicar nuestra familia, dejar un surco hondo y luminoso. Por eso hemos de dejar al pobre hombre animal y lanzarnos por los campos del espíritu, levantando todas las cosas humanas y a la vez a los hombres que trabajan en ellas.

¡Cómo se hace realidad la promesa de Nuestro Señor! Quien perdiere su vida por amor mío, la encontrará 53. Y encontrará también la vida de muchas. almas, para convertidas al Señor, como prueba de un amor grande, limpio, difusivo: pro eis ego sanctifico meipsum 54, me sacrifico por ellos.

Para sostener una vida mortificada, con mortificación seria, honda, habitual profunda, alegre, hace falta la gracia de Dios y la generosidad personal. Nuestra Madre nos enseñará. Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano –no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza..

-Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz 55.


(1) Ioann. X, 10;

(2) Ioann. IV, 14;

(3) San Agustín, In Ioann. Ev. tract. 22, 6;

(4) Rom. VIII, 6;

(5) Ioann. III, 6;

(6) Galat. V, 9-10;

(7) Ephes. IV, 21-22;

(8) Ioann. III, 3;

(9) Ibid., 6;

(10) Galat.. Y, 22-23;

(11) Ioann. 1, 4;

(12) Ioann. III, 13-15;

(13) Praef. S, Crucis;

(14) Luc. XII, 50;

(15) Ioann. III, 4-5;

(16) San Cirilo de Jerusalén, Catech. 21, 2;

(17) Rom. VI, 11;

(18) Santo Tomás, S. Th. III, q. 49, a. 3 ad 2;

(19) Ioann. VI, 35;

(20) Ioann. III, 16;

(21) Camino, n. 437;

(22) Ioann. XI, 16;

(23) Colos. 1, 29;

(24) Ioann. XIX, 30;

(25) Matth. X, 39;

(26) Ioann. III, 30;

(27) Rom. VIII, 18;

(28) Camino, n. 187;

(29) I Tim. II, 10;

(30) I Cor. XV, 31;

(31) Matth. XVI, 24;

(32) San Ignacio de Antioquía, Epist. ad Magn. 5, 1

(33) Carta Singuli dies, 24-111-1930, n. 15;

(34) Camino, n. 204;

(35) Carta Singuli dies, 24-III-1930, n. 15;

(36) Camino, n. 774;

(37) San Jerónimo. Epist.

(38) Camino, n. 221;

(39) Matth. V, 29;

(40) Camino, n. 184;

(41) I Cor. I, 18;

(42) Camino. n. 163;

(43) Ps. LXXVI, 12;

(44) Clemente de Alejandría, Strom. 5, 11, 67, 1;

(45) San Basilio, Comm. in 1sai. 5, 176;

(46) Matth. VI, 22;

(47) Camino, n. 5;

(48) Camino, n. 11;

(49) Camino, n. 179;

(50) Camino, n. 173;

(51) Camino, n. 232;

(52) Camino, n. 182;

(53) Matth. X, 39;

(54) Ioann. XVlI, 19;

(55) Camino, n. 508.

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