LA FORTALEZA CRISTIANA
Desde los días de Juan el Bautista hasta el presente -ha dicho el Señor-, el Reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza, y los que se la hacen son los que lo arrebatan l. La lucha, el esfuerzo -con la gracia, en la gracia y por la gracia- debe ser lo ordinario en la vida cristiana. Y siendo lo ordinario, necesitamos también una disposición habitual para acometer y mantener ese esfuerzo; precisamos de un hábito, de una virtud especial: la fortaleza, que nos mantendrá firmes en la lucha -firmes en la fe, fieles- no obstante todo.
Invicta en los trabajos, fuerte en los peligros, rigurosa contra la sensualidad 2, la fortaleza nos es necesaria: para mantenernos seguros, cualesquiera que sean las dificultades; para permanecer serenos, guardando el justo medio entre la temeridad y el miedo; para rechazar enérgicamente el descamino, por pequeño que sea; para no detenernos nunca, por áspera y larga que se haga la pendiente.
Tabla de contenidos |
Obrad varonilmente y esforzad vuestros corazones 3. La santidad no es empresa cómoda. Hay que cumplir la voluntad de Dios, en cada tiempo, en cada jornada, en cada minuto, por difícil que se presente ese cumplimiento. Y esto a la hora de la lucha interior, como a la hora del apostolado. Fuerte ha de ser el hijo de Dios para emprender la tarea de su santidad, y para reemprenderla en cada una de sus etapas, y para afrontar las labores apostólicas. Pero más fuerte ha de ser aún para continuarlas, para perseverar cuando aparecen los obstáculos internos y externos.
Necesitamos también de esa virtud cardinal, para evitar el descamino, para mantener el desprendimiento de los bienes de la tierra, y poder decir así con San Pablo: estas cosas que consideraba como ventajas mías, me han parecido desventajas al poner los ojos en Jesucristo. Y en verdad, todo lo tengo por pérdida, en comparación del sublime conocimiento de mi Señor Jesucristo, por cuyo amor he perdido todas las cosas, y las miro como basura 4. No es fácil ese menosprecio: exige lucha, vencimiento, fortaleza.
Pero más fortaleza aún que para adoptar esa actitud general frente a los bienes de la tierra, se requiere para rechazarlos cuando se hacen especialmente presentes, cuando tientan nuestros apetitos y tratan de aprovecharse de nuestra flaqueza. El mundo, el demonio y la carne son unos aventureros que, aprovechándose de la debilidad del salvaje que llevas dentro, quieren que, a cambio del pobre espejuelo de un placer -que nada vale-, les entregues el oro fino y las perlas y los brillantes y rubíes empapados en la sangre viva y redentora de tu Dios, que son el precio y el tesoro de tu eternidad 5.
Misión de la fortaleza es precisamente robustecer la debilidad de la carne, hacerla firme, obediente a la razón y a la fe; prestarle la firmeza del espíritu. No hay que dejarse sorprender, hay que vigilar, porque el demonio no descansa. Sed sobrios, y estad en vela: porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar. Resistidle firmes en la fe 6.
Esta lucha no es cuestión de un instante; es necesario persistir en ella, continuarla día tras día. Y es también la virtud de la fortaleza la que hará constante, firme, paciente y arrojada nuestra lucha interior; la que nos hará permanecer sin temor; la que nos ayudará a que la santidad sea el único afán que prevalece hasta el final, cuando, victoriosos, podamos decir con San Pablo: bonum certamen certavi, cursum consummavi, fidem servavi 7, he combatido el buen combate, he acabado la carrera, he guardado la fe.
Puede haber momentos en el camino hacia la santidad en que se deje sentir la dureza de la lucha, en que pese el esfuerzo y duelan los trabajos. Los púgiles -dice Santo Tomás- se deleitan en el pensamiento del fin por el que luchan, esto es, porque serán coronados y llenos de honor. Pero aguantar los .golpes les es doloroso. Y negar esto sería negar que son de carne. Porque si tienen carne sensible, es forzoso que aquello que les hiere les produzca dolor 8. Y para mantenerse en la pelea, además del amor del fin por el que se lucha, se necesita fortaleza.
Es posible también que alguna vez amenace el desaliento. Llega entonces el momento de poner en práctica aquel consejo del Padre: cuando el desaliento venga, si esta tentación permitiera el Señor; ante los hechos aparentemente adversos; al considerar, en algunos casos, la ineficacia de vuestros trabajos apostólicos de formación; si alguien, como a Tobías padre, os preguntara: ubi est spes tua?, ¿dónde está tu esperanza?.., alzando vuestros ojos sobre la miseria de esta vida, que no es vuestro fin, decidle con aquel varón del Antiguo Testamento, fuerte y esperanzado quoniam memor fuit Domini in toto corde suo (Tob. I, 13), porque siempre se acordó del Señor y le amó con todo su corazón: filii sanctorum sumus, et vitam illam expectamus, quam Deus daturus est his, qui fidem suam numquam mutant ab eo; somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios ha de dar a quienes nunca abandonaron su fe en El (Tob. II, 18).
El fruto de nuestros trabajos es seguro que lo encontraremos en la Patria 9.
Lo mismo en el apostolado que en la lucha ascética, la fortaleza que hemos de ejercitar no es simplemente una virtud humana, que cumple su cometido a la luz de la razón natural, sino la fortaleza sobrenatural, infusa, que lo realiza a la luz de la fe. Porque hemos de ser fuertes, pero en la fe: fortes in FIDE. Y la fe nos dice que, si queremos luchar, la victoria es nuestra de antemano, y así no hay lugar al temor de la derrota. No os entristezcáis, porque el gozo de Yavé es vuestra fuerza 10.
Tenemos además, para ayudarnos a ser fuertes, el ejemplo de los cristianos que han sabido dar su vida por la fe; y, muy próximo, el ejemplo del Padre y de nuestros hermanos en la Obra, que saben ser fieles, que saben vencer. Resistid firmes en la fe -nos recomienda San Pedro-, sabiendo que la misma tribulación padecen vuestros hermanos, cuantos hay en el mundo 11. La fortaleza que se nos pide no es, sobre todo, aquélla que está fundada en las pobres fuerzas humanas, sino aquélla que tiene como soporte la omnipotencia de Dios. Y así, cuando advertimos la insuficiencia del propio esfuerzo -indispensable,.por otra parte, para proseguir por el camino que nos traza Dios-, sabemos seguir adelante fuertes en la fe. «Omnia possibilia sunt credenti». -Todo es posible para el que cree. -Son palabras de Cristo.
-¿Qué haces, que no le dices con los Apóstoles: «adauge nobis fidem!» -¡auméntame la fe!? 12.
Paradojas de la vida sobrenatural: se nos pide todo el esfuerzo humano, toda la cooperación posible, para al fin encontrar la verdadera fortaleza en el reconocimiento humilde y lleno de fe de nuestra debilidad. Cuando soy débil, entonces soy fuerte 13, porque Yavé es mi peña, baluarte y libertador, Dios mío, Roca mía, a que me acojo, mi escudo, cuerno de salvación y torreón. A Yavé invoco, digno de loa, y de mis enemigos soy salvado 14.
Hemos de ser fuertes, sí, pero fuertes en la fe y en la caridad, fuertes con la perfección de la virtud sobrenatural de la fortaleza y del correspondiente don del Espíritu Santo. Por la fe sabemos que todas las cosas son posibles, y sabemos a quién hemos de acudir para realizarlas; por la caridad las acometemos con un amor que lleva fácilmente a término, por Dios, todas las cosas 15.
La fortaleza alcanza su grado máximo en el martirio, en la muerte que se acepta por amor, porque fortis ut mors dilectio 16, fuerte como la muerte es el amor. Pero hay una muerte que se sufre de una vez, para la que suele bastar un solo impulso, y otra que dura toda la vida, hecha de una larga sucesión de cosas pequeñas. ¡Cuántos que se dejarían enclavar en una cruz, ante la mirada atónita de millares de espectadores, no saben sufrir cristianamente los alfilerazos de cada día!
Piensa, entonces, qué es lo más heroico 17. También para esa muerte continua se requiere fortaleza, y en grado muy alto.
Nuestra fortaleza ha de ser constante: frente a lo previsto y a lo imprevisto, frente a lo momentáneo y a lo duradero. Frente a lo grande y, para poder hacerlo, también frente a lo pequeño y repetido. Voluntad. Es una característica muy importante. No desprecies las cosas pequeñas, porque en el continuo ejercicio de negar y negarte en esas cosas -que nunca son futilidades, ni naderías- fortalecerás, virilizarás, con la gracia de Dios, tu voluntad, para ser muy señor de ti mismo, en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!..., que obligues, que empujes, que arrastres, con tu ejemplo, y con tu palabra, y con tu ciencia, y con tu imperio 18.
Así, esa fortaleza largamente ejercitada, viene a ser custodia de todas las virtudes y garantía del apostolado. Porque si el hombre valiente, bien armado, guarda la entrada de su casa, todas las cosas están seguras 19.
Entre los frutos de la fortaleza, uno de gran importancia es la serenidad, la igualdad de ánimo o ecuanimidad, la estabilidad, la permanencia. El Padre nos pide fortaleza cuando dice: ¡hijos de mi alma! Sed serenos en vuestro trabajo y en vuestra vida espiritual. Por amor de Dios, sed fieles. No seáis niños ni locos. Presencia de Dios, que es característica clara de nuestra vocación. Sereno y optimista en su vida interior y en su apostolado ha de ser el cristiano. Nada puede apartarlo del amor de Dios, ni tiene necesidad de tranquilizar su ánimo, como quiera que está persuadido de que todo es para bien; no se irrita ni hay nada que le mueva a la ira, como quiera que siempre ama a Dios, y a esto sólo atiende 20.
Esta serenidad habitual, este dominio ordinario de las pasiones -en el peligro, en el sufrimiento, en la tentación- es condición indispensable para el alma contemp1ativa. Supuesta la buena voluntad, es necesaria la fortaleza para vivir sin atolondramientos, sin agitaciones que oscurecen la consideración, que llevan al hombre a hacer cosas de las que luego fácilmente se arrepiente. La paz que da el Señor no consiste en la ausencia de dificultades, sino en su dominio. Y esta quietud, esta paz, esta serenidad facilita la continua presencia de Dios, porque Dios viene con la tranquilidad 21.
No podemos ser como niños o como locos. Hemos de ser fuertes, hijos de Dios. Serenos en nuestro trabajo y en la labor profesional. Con una presencia de Dios continua, que nos hace estar en la perfección de las cosas pequeñas. La fortaleza es una pieza clave en la eficacia de la labor. Y la misma fortaleza nos ayuda a entender y a vivir ese criterio que nos da el Padre: hay cosas que pueden esperar. Hay cosas que son muy urgentes... y ésas pueden esperar más. Tranquilos, serenos, con. peso.
Quien es fuerte da fortaleza a sus hermanos: infunde confianza, serenidad; del mismo modo que la persona sin fortaleza conmueve y altera a cuantos están en torno suyo. ¿Quién es el hombre medroso y blando de corazón? Váyase y vuelva a su casa para que no intimide el corazón de sus hermanos conforme lo está su propio corazón 22.
Ha de ser un motivo más para esforzarnos, para ser recios, la responsabilidad de los que se saben eslabones de una misma cadena. Somos todos solidarios de la santidad de nuestros hermanos y de la marcha de la labor. Firmes, seguros, serenos, fuertes en la fe hemos de ser, también por caridad con los demás.
Estamos librando cada día las peleas del Señor, dentro y fuera de nosotros. Grande es nuestra responsabilidad, grande será también nuestro premio. Dios nos contempla, al tiempo que nos bendice con su gracia. Así que, amados hermanos míos, estad firmes y constantes, trabajando siempre más y más en la obra del Señor, pues que sabéis que vuestro trabajo no quedará sin recompensa delante del Señor... Estad firmes en la fe, trabajad varonilmente y alentaos 23.
Tenemos en Nuestra Señora, al mismo tiempo que una ayuda para alcanzar esa fortaleza, un modelo luminoso:
Admira la reciedumbre de Santa María: al pie de la Cruz, con el mayor dolor humano -no hay dolor como su dolor-, llena de fortaleza.
- Y pídele de esa reciedumbre, para que sepas también estar junto a la Cruz 24.
(1) Matth. XI, 12;
(2) San Ambrosio, De Officiis 29;
(3) Ps. XXX, 25;
(4) Philip. III, 7-8;
(5) Camino, n. 708;
(6) I Petr. V, 8;
(7) II Tim. IV, 7;
(8) Santo Tomás, In Ethic. ad Nicom., n. 587;
(9) Instrucción, 9-1-1935, nn. 19-20;
(10) II Esdr. VIII, 10;
(11) 1 Petr. v, 9;
(12) Camino, n. 588;
(13) II Cor. XII, 10;
(14) Ps. XVII, 2-4;
(15) San Agustín, De mor. Ecc/e. cath. 1, 15;
(16) Cant. VIII, 6;
(17) Camino, n. 204;
(18) Camino, n. 19;
(19) Luc. XI, 21;
(20) Clemente de Alejandría, Strom. 6,9,71,4;
(21) Barsanufio y Juan, Liber utilissimus;
(22) Deut. XX, 8;
(23) I Cor. XV, 58; XVI, 13;
(24) Camino, n. 508.