Cuadernos 3: Vivir en Cristo/La confesión

LA CONFESIÓN


En la Cruz, en la Pasión y Muerte de Jesucristo Señor Nuestro, están unidas en armonía generosamente divina, la misericordia y la justicia de Dios. Allí hemos sido redimidos, y allí Dios ha recibido reparación abundante por nuestras ofensas. Del Corazón herido de Jesús, abierto en holocausto cruento de amor, brota la gracia que borra los pecados del mundo. Por eso, repetimos nosotros cada día, en la Santa Misa: Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis 1.

Cristo, que vino a la tierra para ofrecer al Padre el único sacrificio que podía ser recibido en olor de suavidad, agota su vida en efusión de misericordia. No son los justos, sino los pecadores, a los que he venido a llamar a penitencia 2. De un modo eficaz, viene en busca de los que estábamos perdidos, para mudarnos, para matar en nosotros la muerte, para darnos en El la vida. Es el Buen Pastor, que ha dado la vida por sus ovejas 3, y es el verdadero Cordero, que quitó los pecados del mundo 4. El que muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando renovó nuestra vida 5.

Los sacramentos, custodiados y administrados por su Iglesia Santa, son los conductos por los que esa Vida renovada, ese opus recreationis, esa nueva creación que Jesús hizo desde la Cruz, fluye abundante, llevándonos desde el inicio de esa vida con ,el Bautismo hasta el tránsito a la felicidad eterna con el auxilio de la Extremaunción, pasando por la plenitud viadora de la Eucaristía. La economía de nuestra salvación es sacramental: los sacramentos nos aplican la redención de Cristo, y cada uno de ellos auxilia además en una necesidad específica.

Tabla de contenidos

El sacramento del perdón

Entre los sacramentos, como un prodigio de la inagotable misericordia de Dios, está el Sacramento de la Penitencia. Cristo no sólo ha querido ofrecer a Dios en la Cruz una satisfacción de valor infinito, sino que también quiere hacernos capaces de ofrecer nosotros mismos una reparación aceptable a Dios, y de recuperar la Vida divina cada vez que la hayamos perdido. Recibid el Espíritu Santo -dijo a los Apóstoles-: quedan perdonados los pecados a aquéllos a quienes los perdonareis, y quedan retenidos a los que se los retuviereis 6. Tiempo antes, en Cafarnúm, les había dicho: el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que se había perdido. Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se hubiere descarriado, ¿qué os parece que hará entonces?, ¿no dejará las noventa y nueve en los montes, y se irá en busca de la que se ha descarriado? Y si por dicha la encuentra, en verdad os digo que ella sola le causa mayor complacencia que las noventa y nueve que no se le han perdido 7. Y a continuación, les prometió conferirles toda la potestad de jurisdicción que tiene hoy el Colegio Apostólico: os empeño mi palabra, que todo lo que atareis sobre la tierra, será eso mismo atado en el cielo, y todo lo que desatareis sobre la tierra, será eso mismo desatado en el cielo 8.

Al instituir el Sacramento de la Penitencia, Jesús tiene puestos sus ojos misericordiosos de Buen Pastor en nuestra flaqueza; piensa -con el corazón oprimido, hasta vernos salvos- en cada uno de los que vamos a venir después: en el camino que habremos de recorrer, en nuestros pecados, en nuestros extravíos; para su amor, cada uno de nosotros somos la oveja singular entre las cien.

Este sacramento de la misericordia de Dios permitirá a San Juan escribir: estas cosas os escribo, a fin de que no pequéis; pero aun cuando alguno pecare, tenemos por abogado para con el Padre, a Jesucristo justo, y El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados 9.

Es el sacramento de la paciencia divina, el sacramento de nuestro Padre Dios avistando cada día a las puertas de la eternidad el regreso de los hijos que se fueron. Por eso tarda en venir a juzgamos, por eso espera: con paciencia por amor de vosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos se conviertan a penitencia 10.

Cristo ejerce ese poder de perdonar nuestros pecados porque es Dios. Con toda autoridad pudo decir al paralítico: ten confianza, hijo, que te son perdonados tus pecados. A lo que ciertos escribas dijeron luego para consigo: Este blasfema. Mas Jesús, viendo sus pensamientos, dijo: ¿por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil, el decir: se te perdonan tus pecados, o el decir: levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra potestad de perdonar pecados, levántate, dijo al mismo tiempo al paralítico, toma tu lecho y vete a tu casa. Y levantóse, y fuese a su casa. Lo cual viendo las gentes quedaron poseídas de temor, y dieron gloria a Dios, por haber dado tal potestad a los hombres 11. Cristo, Dios y Hombre verdadero, tiene esa potestad por derecho personal, pero además, la va a participar también a los hombres: a los Apóstoles, y a sus sucesores en el sacerdocio, a los que confiere la doble potestad de orden y de jurisdicción.

Si pecásemos, hemos de decir: «te confesé mi pecado, y te descubrí mi iniquidad; confesaré a Yavé mi pecado» 12. Pues si hiciésemos esto y revelásemos nuestros pecados, no sólo a Dios, sino también a quienes pueden curar nuestros pecados y heridas, serán borrados esos pecados nuestros por Aquél que dice: «Yo he disipado como nube tus pecados, como niebla tus iniquidades» 13-14. El sacerdote -buen pastor, juez, médico, maestro, amigo- recibirá en su corazón diariamente esa oleada de los pecados del mundo. Ministro de la misericordia de Dios, sentirá también en su corazón el peso de esos pecados, y si no está siempre como Cristo en la agonía del Huerto, no es porque no tenga motivo, sino por su pequeñez humana.

Pero será esta misma pequeñez un elemento de salvación, un escalón que facilite al hombre su elevación a las cosas de Dios. En el tribunal de la penitencia, el sacerdote -ministro incansable de la inagotable misericordia de Dios- hace, más que posible, fácil, el diálogo divino, transido de misericordia: ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado? Ella respondió: ninguno, Señor. Y Jesús le dijo: pues yo tampoco te condenaré. Anda, y no peques más en adelante 15. Para facilitar el acercamiento del pecador, Dios ha puesto como ministro de su perdón a un hombre, pecador también, cercado de flaqueza, ¡que sepa condolerse de aquéllos que ignoran y yerran, como quien se halla igualmente rodeado de miserias, y por esta razón debe ofrecer sacrificio en descuento de los pecados, no menos por los suyos propios que por los del pueblo. Y nadie se arrogue esta dignidad, si no es llamado por Dios, como Aarón 16.

El buen pastor

¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios? 17. Efectivamente; sólo Dios y aquéllos a quienes Dios haya querido dar tal potestad para ejercerla en su nombre. El Sacramento de la Penitencia -expresión de esa delegación divina a los hombres- es, como todo sacramento, un rito sensible, pero de índole judicial, en el que el sacerdote en nombre de Dios concede el perdón a quien, sinceramente arrepentido de sus pecados, se haya confesado de ellos, y acepte la debida penitencia.

No basta para ejercer ese poder divino la potestad de orden, recibida con la ordenación sacerdotal; se requiere también la potestad de jurisdicción, que es la facultad dada al sacerdote de ejercitar prácticamente el poder de absolver: y esta potestad es indispensable, porque la absolución es un acto judicial -juzgar para retener o perdonar-, y el juez que no está legítimamente constituido como tal, o que no tiene jurisdicción, no puede juzgar.

Pero la confesión, además de la estricta función judicial, tiene una misión medicinal, de magisterio, de paternidad, de buen pastor. Por eso, para obtener todos los frutos de la confesión, es tradicional en la Iglesia la recomendación de que los fieles procuren confesarse siempre con el mismo sacerdote, que pueda juzgar con más hondura, curar con más eficacia, enseñar con más claridad, guiar con más seguridad. Cuanto mayor sea el conocimiento que el confesor tiene del penitente, mayor será la eficacia de la confesión: pues si el enfermo se avergüenza de confesar al médico su herida, lo que la medicina ignora no lo cura 18.

De la misma manera que los hombres no manifiestan sus enfermedades corporales a todos, ni a cualquiera, sino a aquéllos que tienen pericia para curárselas, así también debe hacerse la confesión de los pecados a aquéllos que puedan curarlos 19. Esta doctrina tradicional, incluso con la misma gráfica imagen, nos la ha repetido nuestro Padre muchas veces. Decidme: un enfermo que se quiere curar, ¿qué hace? Va a un médico determinado, que le conoce. -Míreme bien, hágame análisis, tómeme la presión, la temperatura... Y le reconoce, y le ausculta, y le mira por rayos X, bien mirado. Y si el médico se porta como debe, procurará que el enfermo, por debilidad, por inadvertencia, no deje de contarle alguna cosa que pueda ser de interés. Y el enfermo, si no es un loco, se apresurará a decir al médico todos los síntomas, todas las circunstancias, que a él le parece que son manifestaciones de su enfermedad, hasta las más nimias. No se le ocurre ir a un médico cualquiera -y luego a otro, y a un tercero, y a más...- para que le dé una aspirina, sino que corre al médico que le conoce bien.

Es la parábola del Buen Pastor, que se cumple en cada uno de nosotros. De la mano de nuestro Padre hemos penetrado en su sentido. Yo querría señalaros una vez más -nos ha dicho- cuál es el espíritu nuestro en un medio maravilloso de santificación, en un medio que está instituido por Jesucristo, porque es sacramento: la confesión. Un medio de importancia trascendental para santificarnos.

La estricta misión de juez la puede ejercer cualquier sacerdote que tenga jurisdicción, licencias; aunque incluso esta misión pueda venir dificultada alguna vez por insuficiente conocimiento. Pero la misión de buen pastor, no. ¿Sabéis quién es, para mis ovejas, el Buen Pastor? El que tiene misión dada por mí. Y yo la doy ordinariamente a los Directores y a los sacerdotes de la Obra. Gente que no conoce el Opus Dei no está dispuesta para ser el pastor de mis ovejas, aunque sean buenos pastores de otras ovejas y aunque sean santos.

Conviene que os confeséis con los sacerdotes que están designados. Y está dispuesto que, al menos, hay que ir a ellos para recibir la bendición. Podéis ir a confesaros con cualquier sacerdote que tenga licencias del Ordinario. De esta manera, yo defiendo la libertad, pero con sentido común. Todos mis hijos tienen libertad para confesarse con cualquier sacerdote aprobado por el Ordinario, y no está obligado a decir a los Directores de la Obra que lo ha hecho. ¿Uno que haga esto peca? ¡No! ¿Tiene buen espíritu? ¡No! Está en camino de escuchar la voz del mal pastor.

A la luz de esas palabras, dictadas por el amor a nuestra santificación, seguimos desentrañando la parábola evangélica. ¿Y no podrían ir otros pastores a buscar a mis ovejas y apacentarlas bien? No. El Señor lo dice terminantemente: qui non intrat per ostium in ovile ovium, sed ascendit aliunde, ille fur est et latro (Ioann. X, 1); quien no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que sube por otra parte, es un ladrón y salteador. ¿Acaso no podrá ir alguno de buena voluntad a dar una ayuda, a tomar un hatillo de ovejas y darles buen pasto, y volverlas al redil? No. ¡No! Y no soy yo quien lo dice, sino el mismo Señor. Los que no tienen misión dada por los Directores, no son buenos pastores, aunque hagan milagros.

Hemos de saber reconocer la voz del buen pastor, esos silbos amorosos, familiares, de quien podrá conducimos al redil, y cuidarnos y devolvernos la vida quizá perdida, o mejorarla, y curarnos de dolencias y flaquezas. Vosotros iréis a sacerdotes hermanos vuestros, como voy yo. Y les abriréis el corazón de par en par -¡podrido, si estuviese podrido!-, con sinceridad, con ganas de curaros; si no, esa podredumbre no se curaría nunca. Si fuésemos a una persona que sólo puede curarnos superficialmente la herida... es porque seríamos cobardes, porque no seríamos buenas ovejas, porque iríamos a ocultar la verdad, en daño nuestro. Y haciéndonos este mal, buscando a un médico de ocasión, que no puede dedicarnos más que unos segundos, que no puede meter el bisturí, y cauterizar la herida, también estaríamos haciendo un daño a la Obra. Si tú hicieras esto, tendrías mal espíritu, serías un desgraciado. Por ese acto no pecarías, pero ¡ay de ti!, habrías comenzado a errar, a equivocarte. Habrías comenzado a oír la voz del mal pastor, al no querer curarte, al no querer poner los medios. Y estarías haciendo un daño a los demás.

Sabemos bien que nuestra vida interior repercute en los demás y en la Obra entera. Tú conoces la doctrina del Cuerpo Místico, de la Comunión de los Santos. Pues estarías haciendo daño a tus hermanos, y a los que están por venir, y a ti mismo, al cuerpo entero de la Obra. Porque además aquel mal pastor no venía a buscarte, habrías sido tú el responsable. Porque ese otro, que no es Buen Pastor, non venit nisi ut furetur et mactet et perdat (Ioann. X, 10); no viene sino para robar y matar y hacer estrago. Nosotros necesitamos tener un espíritu determinado y concreto. Nuestro espíritu está muy claro: nuestra ascética, nuestra mística, clarísima. Y, todo lo que sea deformar este espíritu, es robar y matar. Robar y matar: el oficio del mal pastor, del que no entra por la puerta, del que no tiene interés ninguno, o muy poco, por las ovejas.

La enseñanza es clara, diáfana: omnia mihi licent, sed non omnia expediunt 20; si todo me es lícito, no todo me es conveniente. Y en esta doctrina estamos contemplando el celo del Buen Pastor que teme por la salud nuestra, que quiere darnos la vida con abundancia. No estamos ya en el terreno del derecho o de la obligación estricta, sino en otro orden de cosas que, recogiendo y elevando el espíritu del derecho y del deber, lo trasciende: el orden del Buen Pastor. Ego sum pastor bonus. Bonus pastor animam suam dar pro ovibus suis (Ioann. X, 11); Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor sacrifica su vida por sus ovejas. Hace todos los sacrificios. Y vosotros debéis estar dispuestos a hacerlos todos también. Y el primero es éste: no ejercitar aquel derecho -porque el derecho lo tenemos- si lo podemos evitar, y lo podremos evitar siempre o casi siempre. Propósito firme: el primer sacrificio es no olvidar, en la vida, lo que expresan en Castilla de un modo muy gráfico: que la ropa sucia se lava en casa. La primera manifestación de que os dais, es no tener la cobardía de ir a lavar fuera de la Obra la ropa sucia. Si es que queréis ser santos; si no, estáis de más.

Es la cobardía, una especie de villanía que se mete en el alma que no es humilde, lo que puede llevar a no comprender bien esta doctrina, y quizá a no vivirla. Por eso, hemos de prevenirnos con humildad, con la humildad de sabernos con los pies de barro, y de saber también que nadie se escandalizará si algún día hubiese de comprobarlo en nosotros. Hijos míos, que no os avergüence ser miserables, si en algún caso lo sois; no os acobardéis porque tengáis en el corazón el fomes , peccati. No os asustéis de nada. ¡Fieles de verdad! ¡Sinceros! ¡Sinceros! Tengamos el sentido común y el espíritu sobrenatural de saber que si el Padre, por ser padre y por ser madre, deja las cosas muy anchas, vosotros, por ser ovejas firmes, seguras, por dejar trabajar al Buen Pastor, con buen sentido, sabréis no usar de ciertos derechos, para en cambio tener mayor eficacia en la labor de vuestra santificación y de la santificación de toda la Obra, de la santificación de vuestros hermanos y de tantas almas, y de la Iglesia.

Naturaleza sacramental de la penitencia

El Sacramento de la Penitencia confiere la gracia -o la aumenta, cuando se recibe ya en estado de gracia- ex opere operato 21, con eficacia de suyo infalible. Sin embargo, de hecho, en la práctica, la medida de este efecto santificador está en proporción con las disposiciones del que recibe el sacramento. Incluso la falta de esas disposiciones, y la omisión de algunos actos debidos, puede ser tal que haga inválido completamente el sacramento, que lo vuelva ineficaz, inútil, con la correspondiente irreverencia a Dios.

Como la tendencia al pecado es constante en nosotros, debe serlo también la tendencia a la penitencia, hemos de estar siempre dispuestos a dolernos, a pedir perdón, a expiar y a rectificar. Esa disposición habitual brota como una consecuencia de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Espíritu de fe: adhesión firme a la palabra de Dios, creencia firme en su poder, en su misericordia. Y como consecuencia: la esperanza, una confianza máxima y filial en nuestro Padre Dios. Filiación divina, pues. Con esa creencia maravillosa no perdemos la serenidad, para sentirnos seguros; para volver, si es que nos hemos descaminado en alguna escaramuza de esta lucha diaria -aun cuando hubiese sido una derrota grande-, ya que por nuestra debilidad podemos descaminarnos, y de hecho nos descaminamos. Sintámonos hijos de Dios, para volver a El con agradecimiento, seguros de ser recibidos por nuestro Padre del Cielo 22. Amor: amor a un Padre bueno, con entrañas de misericordia; amor a Cristo, Buen Pastor que nos busca, y da su vida por nosotros; amor que es el fundamento de la confianza: amar y saberse amado.

Hemos de tener una visión muy positiva de la confesión. «lnduimini Dominum Iesum Christum» -revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, decía San Pablo a los Romanos. -En el Sacramento de la Penitencia es donde tú y yo nos revestimos de Jesucristo y de sus merecimientos 23. Acudir al Sacramento de la Penitencia es acudir a la Cruz, es ponerse bajo la protección de Cristo Crucificado, es empaparse de sus merecimientos, de su amor; es renovarse, es resucitar. De la misma manera que Cristo -y con El, el sacerdote- no se ha limitado a esperarnos, sino que ha salido a nuestro encuentro, nosotros hemos de acudir con presteza -con una puntualidad que es delicadeza de amor-, con deseo, sintiendo la necesidad de la gracia: beati qui esuriunt et sitiunt iustitiam, quoniam ipsi saturabuntur 24; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

Desde niños hemos aprendido las cinco condiciones que ha de reunir la confesión -examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, confesión de los pecados y cumplir la penitencia-, pero es preciso afinar, mejorar, verlas a la luz de nuestras circunstancias actuales. Y precisamente por la frecuencia de nuestras confesiones, es preciso prevenir la rutina -sepulcro de la verdadera piedad 25-, ahondar en el amor y en el dolor, en el conocimiento de sí mismo, en la humildad, en el espíritu de penitencia. Ahondar como si cada confesión fuera siempre única. Ahondar para que esa gran virtud que Dios ha dado al sacramento no se vea coartada por los estrechos límites de la precipitación, de la superficialidad, de la ligereza, de la rutina.

Examen de conciencia

El examen de conciencia no es una actitud de introspección: es saberse en la presencia de Dios, presente a Dios. Ese ojo enmarcado en un triángulo que se encuentra en algunas antiguas representaciones de la Trinidad -y en las ilustraciones de catecismos de la doctrina cristiana- es una invitación al verdadero examen de conciencia, al examen humilde, tanto más cuanto que esa mirada no es acusadora, sino de misericordia. El examen de conciencia requiere ponerse en presencia de Dios, con sinceridad, con humildad, con serenidad, con objetividad. El tiempo necesario varía para cada alma, y para las distintas circunstancias; pero haciendo bien el examen diario, bastan unos momentos para resumir, en una mirada de conjunto, lo hecho y lo omitido, desde la última confesión.

No hay que perderse en detalles nimios: para los defectos o los pecados veniales, más que el número exacto y más que un cierto encasillamiento moral, importan las causas: los actos pasan, quedan los hábitos, las inclinaciones, las disposiciones. Yeso es lo que cuenta: conocer las disposiciones, saber dónde está el corazón, a dónde mira. Otra cosa sería si se hubiese tenido la desgracia de cometer un pecado mortal, porque los pecados mortales deben confesarse necesariamente, en su especie y en su número 26, con la mayor aproximación posible. Pero si no, y es lo ordinario por gracia de Dios para un alma con vida interior, lo que importa es conocer las raíces de esas posibles faltas veniales, o incluso imperfecciones, porque la disposición persiste, y es lo verdaderamente culpable, lo digno de dolor y de enmienda. Vista la raíz, se ve también la necesidad de evitar la ocasión.

Faltas veniales deliberadas -preferir alguna satisfacción a la voluntad de Dios, en materia no grave, pero de modo consciente-: apegamiento a la propia voluntad y al propio juicio, a la comodidad, propensión a la falta de caridad; ataduras que impiden volar, y que hacen que no recibamos de Dios todas las ayudas necesarias para crecer en santidad; cosas que nos distancian del Señor, que hacen precaria la vida interior, ineficaz el apostolado. Faltas semideliberadas: cometidas por sorpresa, por ligereza, por pura fragilidad, pero sin complacencia, de las que al punto sentimos dolor y en las que procuramos vivamente no reincidir. Imperfecciones: remisión de la generosidad en los actos de amor y de servicio a Dios y a las almas.

Nunca lograremos evitar completamente nuestras miserias –por lo menos algunas de ellas-, pero hay que luchar, hay que conocerlas, hay que entender sus raíces. No puede el hombre, mientras está en esta vida, no tener pecados, aunque sean leves; pero no desprecies estos pecados leves de que hablamos. Muchas cosas leves hacen una grande; muchas gotas llenan un río; muchos granos hacen un montón: ¿Y qué esperanza cabe? Ante todo, la confesión 27. Una mirada superficial, distraída, -en el examen diario, o en el de preparación para recibir el sacramento- no nos puede llevar más que a una confesión igualmente superficial, y por tanto a una curación de superficie, sin eliminar la causa de la enfermedad.

Dolor de amor y propósitos

El dolor de los pecados, la contrición, ha de ser sincera y profunda, fruto de un examen hondo y humilde, con una visión clara de lo que es el pecado: una ofensa a Dios y no sólo un error de apreciación o una falta de eficacia. La falta absoluta de dolor podría hacer inválida la absolución sacramental. Porque la materia próxima del sacramento, sobre la que recae la forma de la absolución que el sacerdote imparte, no son los pecados, sino los actos con que se rechazan: contrición, confesión y satisfacción. Por eso, los autores espirituales no se cansan de insistir a los que se confiesan con frecuencia, a los que por gracia de Dios no incurren ordinariamente en faltas graves, que ahonden y se muevan al arrepentimiento; porque la rutina puede llevar a una ausencia de dolor, que invalide el sacramento.

Este dolor no es cosa sensible -aunque a veces lo sensible sea su signo-, sino un acto de voluntad, por el que se aborrece el pecado, por el que se ama a Dios con espíritu de desagravio, con afán de reparación. De todos modos, el dolor es gracia de Dios, y hay que pedirlo. Y moverse con consideraciones sobrenaturales: la ofensa que se ha hecho a Dios, la resistencia a su voluntad amabilísima, la ingratitud con nuestro Padre Dios y con el amor y el sufrimiento redentor de Jesucristo; y la pérdida de intimidad en la amistad con Dios, que esa falta ha producido, y que paraliza o entorpece la vida interior, aumenta la inclinación al mal, predispone a faltas más graves. El temor filial es la puerta del amor.

Propósito de enmienda, concreto, firme. Su ausencia podría también invalidar la absolución. Si la contrición no es una veleidad, lleva necesariamente al propósito de no reincidir, con tanta más firmeza cuanto más profundo es el dolor; de manera que se puede decir con seguridad que no hay dolor donde no hay propósito de enmienda. Acuérdate de dónde has decaído y arrepiéntete, y vuelve a las primeras obras 28. Recordemos a Pedro: después de la caída, Jesús no le reprende, le pide sólo un acto de amor, la decisión de ser fiel en adelante: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? 29.

Confesión de los pecados y satisfacción

En el momento de confesar los pecados al sacerdote, está claro que, si hubiese habido alguna falta grave, ese pecado sería lo primero que habría que decir, y después lo demás, con aquella hondura que el examen de conciencia nos ha dado.

Confesión de los pecados: no un simple referir, sino una verdadera acusación. En tanto te perdona Dios, en cuanto tú no te perdonas a ti mismo 30. Una acusación humilde, sin excusas. No vamos a justificarnos, sino a ser justificados por Jesucristo. La comprensión le corresponde al sacerdote; al penitente, la humildad. Una confesión humilde es una confesión personal, sincera, dolorida, que evita tanto el detalle insustancial y prolijo como la generalización anodina y anónima; sin encasillados, diciendo sencillamente lo que ha ocurrido, mostrando el verdadero estado del alma, las tentaciones del enemigo, la situación real y personal.

Los antiguos autores espirituales solían enumerar dieciséis cualidades de esta confesión de los pecados 31: simple, humilde, pura, fiel, frecuente, clara, discreta, voluntaria, sin jactancia, íntegra, secreta, dolorosa, pronta, fuerte, acusadora y dispuesta a obedecer. Nuestro Padre nos ha resumido en cuatro las buenas condiciones de la confesión. Hay que procurar ser concisos, concretos, claros y completos. Y esto vale especialmente para la confesión. Estas cuatro notas predicadlas a todos: que sean concisos, concretos, claros y completos. A la hora de ir a confesar, id al grano desde el primer momento. Preparad las confesiones, para que sean concisas, concretas, claras y completas. Aunque se trate de cosas que son materia de dirección espiritual, o incluso pequeñeces de la vida cotidiana, que ni siquiera se pueda decir que sean de dirección.

Confesión concisa. Pocas palabras, las justas, las necesarias para decir con humildad lo que hemos hecho y lo que hemos omitido. Acusación sin rodeos, sin literatura, sin justificaciones, sin adornar los pecados. Concisión humilde, propia de quien tiene bien hecho su examen y clara la conciencia, del que siente dolor de sus faltas, y conoce al decirlas su propia indignidad.

Confesión concreta. Sin divagaciones, sin genera1idades: no fui humilde, tuve poca caridad... ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? Conjunto de circunstancias que hacen más personal, más culpable la falta; que le da todo su relieve, para que el confesor juzgue y absuelva y cure. Causas, motivos, circunstancias importantes. De un modo breve, pero expresivo; como se le dicen a un médico las manifestaciones de una enfermedad. Las generalidades son una evasión ante la responsabilidad de las propias faltas, son una excusa tácita, una defensa orgullosa de la propia intimidad.

Confesión clara. Que nos entiendan, sin dejarse vencer por la vergüenza de declarar la entidad precisa de la falta, sin pensar que ya nos entenderán de algún modo; aunque se ha de guardar -sobre todo en determinadas materias- la modestia necesaria. Claridad, claridad humilde, clariaad que es ya una satisfacción, una penitencia, una manic festación de dolor. Claridad sin jactancia. Claridad de quien está decidido a reparar. Si no declaras la magnitud de tu deuda, no conocerás la grandeza del perdón 32. Claridad que pone de manifiesto, sin sombras, nuestra flaqueza, porque el que oculta sus pecados no prospera; el que los confiesa y se enmienda alcanzará misericordia 33.

Confesión completa, íntegra, total. Sabemos bien que la integridad necesaria para la validez de la confesión es la de la totalidad de los pecados mortales, pero ahora consideramos también la integridad de la confesión como instrumento de santificación, como encuentro con Cristo Buen Pastor, Médico, Maestro, Amigo. No os concedáis nada sin decirlo, hay que decirlo todo. Mirad que, si no, el camino se enreda; mirad que, si no, lo que era nada acaba siendo mucho. Acordaos del cuento del gitano, que fue a confesar: Padre cura, yo me acuso de haber robado un ronzal... Y detrás había una mula; y detrás, otro ronzal; y otra mula, y así hasta veinte. Hijos míos, que lo mismo pasa con otras muchas cosas: en cuánto se concede el ronzal, viene después todo lo demás, toda la reata, vienen después cosas que avergüenzan 34.

De todos modos, aun a pesar de decirlo todo, y de haber hecho un examen profundo y delicado, pudiera ocurrir que todo lo que confesamos no tenga siquiera carácter de pecado venial. Por eso es aconsejable acusarse siempre de algún pecado grave de la vida pasada -no basta una acusación genérica, para que haya materia suficiente para la absolución-, o de los pecados cometidos, mortales o veniales, contra alguna determinada virtud o mandamiento. Puede ser útil -por las gracias que el sacramento nos confiere para luchar donde más débiles confesamos estar- hacer que esa acusación de pecados ya perdonados recaiga sobre faltas de la misma especie que las flaquezas actuales de que nos acusamos. Pero es necesario evitar cuidadosamente que en esto penetre la rutina, convirtiendo esa acusación en una fórmula o en un expediente. También para esas faltas ya perdonadas es preciso el dolor; porque la materia próxima -repitámoslo- no son los pecados, sino los actos con que se rechazan: el dolor, el propósito de enmienda, la satisfacción. Hay que moverse al dolor de aquello que se confiesa.

Amor a la confesión, agradecimiento a Dios Nuestro Señor, caridad con los que esperan, caridad con el sacerdote -vuestro hermano, que vive especialmente aquel pro eis ego sanctifico meipsum (Ioann. XVII, 19), por amor de ellos me santifico a mí mismo-, que habitualmente se mata, tal debe ser y tal es la calidad y la cantidad de su continua formación y de su labor habitual.

Por todo eso, aprovechad bien la confesión; y para aprovecharla, ni perder el tiempo ni hacerlo perder. Lo largo puede ser la preparación, para algunas personas; para otras, basta una rápida visión y un acto de contrición, sincero. Quienes lo necesiten, pueden hacer un examen más largo, pero después la confesión con brevedad: concisa, concreta, clara, completa. Sin andar dando vueltas, enredando... Además eso se prestaría a amistades, que no van con nuestro espíritu: lo mismo nos debe dar un sacerdote que otro, siendo un sacerdote de la Obra.

Después, Jesucristo nos asocia a su Sacrificio infinito de expiación, cuando el sacerdote nos impone una penitencia, que no es simplemente una obra de piedad, sino que es desagravio, reparación, satisfacción por la culpa contraída, al ofender a Dios: pena vindicativa, además de medicinal y preventiva. Hemos de dar todo su sentido al cumplimiento de la penitencia, tan mitigada maternalmente por la Iglesia; e incluso porque con frecuencia el sacerdote se impondrá a sí mismo parte de esa penitencia, para contribuir a reparar. Hemos de cumplirla con espíritu de desagravio, con humildad, con dolor: en ella opera la “vis clavium” -la potestad de perdonar-, de modo que tiene más valor para expiar el pecado, que si la misma obra la hiciese el hombre por su propia elección 35.

Eficacia de la penitencia

Jesucristo fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación 36. La confesión nos hace participar en la Pasión de Cristo y, por sus merecimientos, en su Resurrección. En cada confesión se obra una resurrección, un renacimiento a la vida de la gracia. No sólo se nos perdonan los pecados, sino que renacemos, con una resurrección tanto más honda y más completa cuanto más profunda y dolorosa fue la confesión. Por este sacramento, la Sangre de Cristo, amorosamente derramada, purifica y santifica el alma; y por su propia virtud confiere la gracia -si se hubiese perdido- o la aumenta, aunque en grados diferentes, según las disposiciones personales. La intensidad del arrepentimiento del penitente es, a veces, proporcionada a una mayor gracia que aquélla de la que cayó por el pecado; a veces, igual; a veces, menor. Y por lo mismo, el penitente se levanta a veces con mucha mayor gracia de la que tenía antes; a veces, con igual; a veces, con menor. Y lo mismo hay que decir de las virtudes que dependen y siguen a la gracia 37.

Mira qué bueno es Dios y qué fácilmente perdona los pecados; no sólo devuelve lo perdonado, sino que concede cosas inesperadas 38. Se reciben mayores luces de Dios, y un aumento de fuerzas -gracias especiales para combatir las inclinaciones confesadas, para evitar las ocasiones que se temen, para no reincidir en las faltas cometidas para la lucha diaria, para el camino hacia la santidad. Y como consecuencia de todo, se sale de la confesión inundados de paz y de consuelo, seguros, serenos, alegres. Una alegría que no sólo es compatible con el dolor, sino que nace de él mismo: puede dolerle a alguien el haber pecado, y gozar de que esto le duela, con la esperanza del perdón, de modo que la misma tristeza sea causa de gozo 39.

Este sacramento que, por parte de Dios, es la armonía entre su justicia y su misericordia, es, por parte nuestra, la armonía entre el dolor y el gozo: semper doleat poenitens, et de dolore gaudeat 40; duélase siempre el penitente, y gócese de este dolor. El gozo que pasa por el dolor, que renace de él, es gloria; como la vida que nace de la muerte, es resurrección. Si alguno es una nueva criatura en Cristo, acabóse lo que era viejo, y todo viene a ser nuevo, pues que todo ha sido renovado; y todo ello es obra de Dios, el cual nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo y a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación 41.

A la luz de esta doctrina es muy fácil comprender que la mejor devoción es una confesión contrita, como nos ha enseñado el Padre.

Que la Virgen Santísima, Señora y Madre nuestra, Refugium peccatorum, nos alcance la gracia de recibir siempre muy bien el sacramento de la misericordia de Dios.


(1) Ordo Missae:

(2) Luc. V, 32; .

(3) Cfr. Ioann. X, 11;

(4) Cfr. Ioann. 1, 29;

(5) Praef. Pasch.;

(6) Ioann. XX, 22-23;

(7) Matth. XVIII, 11-13;

(8) Matth. XVIII, 18;

(9) I Ioann. n, 1-2;

(10) II Petr. III, 9;

(11) Matth. IX, 2-8;

(12) Ps. XXXI, 5;

(13) Isai. XLIV, 22;

(14) Orígenes, In Luc. hom 17;

(15) Ioann. VIII, 10-11;

(16) Hebr. V, 2-4;

(17) Marc. II, 7;

(18) San Jerónimo, In Eccle. comm. 10, 11;

(19) San Basilio, Reg. brev. tract. 229;

(20) I Cor. VI, 12;

(21) Cfr. Concilio de Trento, decr. De sacramentis, can, 8, D. 851 (1608);

(22) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 60;

(23) Camino, n. 310;

(24) Matth. V, 6;

(25) Camino, n. 551;

(26) Cfr. Concilio de Trento, decr. De poenitentia. can. 7. D. 917 (1707);

(27) San Agustín, In epist. Ioann, ad Parthos tract. 1, 6;

(28) Apoc. n, 5;

(29) Ioann. XXI, 15;

(30) Tertuliano, De poenit. 9;

(31) Cfr. Santo Tomás, Suppl. q. 9, a. 4;

(32) San Juan Crisóstomo, De Lazaro hom. 4; 4;

(33) Prov. XXVIII, 13;

(34) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 39;

(35) Santo Tomás, Quodlib. 3, a. 28;

(36) Rom. IV, 25;

(37) Santo Tomás, S. Th. III, q. 89, a. 2;

(38) San Ambrosio, Super Ev. Luc. Tract. 2, 73;

(39) Santo Tomás, S. Th. III, q. 84, a. 9 ad 2;

(40) San Agustín, De vera et falsa poenit. 13;

(41) II Cor. V, 17-18.

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