Cuadernos 3: Vivir en Cristo/La charla fraterna

LA CHARLA FRATERNA


Al hilo de los sucesos que entretejen la vida del Señor en casa de Lázaro y de Marta y María, hemos entrevisto muchas veces, guiados por nuestro Padre, la presencia de una realidad apenas dada a entender en el relato evangélico, pero que se trasluce claramente: Lázaro hablaba frecuentemente con el Señor, le contaba sus cosas. Y lo mismo harían Pedro, Juan y Andrés y los demás discípulos: Señor..., tú tienes palabras de vida eterna l.

Yo soy el buen pastor -decía Jesús- y conozco mis ovejas, y las ovejas mías me conocen a mí 2. Reunió en torno suyo un pequeño grupo de hombres rudos y, con paciencia infinita, los fue formando. Les fue revelando poco a poco -con pedagogía divina- los más altos misterios, al mismo tiempo que con ternura maternal y la energía de quien tiene autoridad, según hacía falta, iba puliendo y acrisolando sus espíritus toscos y poco sensibilizados para las realidades celestiales 3.


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Necesidad de la charla

Entendemos muy bien el inmenso valor sobrenatural de esa charla confiada con el Señor, tan penetrada al mismo tiempo de calor humano. Trata a un varón piadoso -nos dice el Eclesiástico-, de quien conoces que sigue los caminos del Señor, cuyo corazón es semejante al tuyo y te compadecerá si te ve caído. Y permanece firme en lo que resuelvas, porque ninguno será para ti más fiel que él. El alma de ese hombre piadoso ve mejor las cosas que siete centinelas en lo alto de una atalaya. Y en todas ellas ora por ti al Altísimo, para que te dirija por la senda de la verdad 4.

Tan necesaria es la Charla fraterna, que probablemente hemos comenzado a practicarla ya antes de ser de la Obra, sin un particular propósito de vivir un medio específico de formación. Así, con esta espontaneidad, nació en el Opus Dei, sin esfuerzos, como nace el agua mansa de un tranquilo manantial, con la naturalidad con que mana una fuente, dice el Padre: así han nacido todas nuestras Normas y Costumbres. Nuestro Padre era el único sacerdote de la Obra y nunca quiso, de ordinario, oír las confesiones de los primeros, para no atarse las manos. Yo no tenía maestro -dice, hablando de esto y de tantas otras cosas- y fue el Espíritu Santo quien me enseñó. Los primeros, tomaron voluntariamente -libérrimamente- la costumbre de contar al Padre todas sus cosas, de abrir la conciencia de par en par, fuera de confesión; y, cuando el Padre no estaba, o cuando comenzó a crecer la labor, acudían nuestros primeros hermanos al Director, con la misma apertura de espíritu 5.

La Charla fraterna no es un capricho: es una necesidad. Para la hora de la lucha se tiene la seguridad de la victoria, si se ha sabido abrir el corazón, porque Dios no deja de premiar esa sinceridad con su gracia. Necesitamos un Director, porque el espíritu propio es mal consejero, mal piloto, para dirigir el alma en las borrascas y tempestades, entre los escollos de la vida interior 6. Solos, fácilmente podríamos descaminarnos. Más valen dos que uno solo -dice el Eclesiastés-, porque mejor logran el fruto de su trabajo. Si uno cae, el otro le levanta; pero ¡ay del que está solo, que, cuando se cae, no tiene quien le levante! 7.

Es malo estar -y peor querer estar- solo en el camino hacia Dios. ¿Os acordáis de la vid y de los sarmientos? ¡Qué fecundidad la del sarmiento unido a la vid! ¡Qué racimos generosos! El sarmiento separado se seca, pierde la vida; y si ya tenía racimos, se los comen los gusanos. El Señor nos da su gracia, cuando buscamos esa dirección espiritual, para identificar nuestro espíritu con el de la Obra. Vosotros sois miembros de Cristo y miembros unidos a otros miembros 8. La persona designada para recibir nuestra Charla tiene gracia específica para aconsejarnos.

Su carácter sobrenatural

En la medida en que se puede perder el sentido sobrenatural, en esa misma medida puede convertirse esta dirección espiritual en algo costoso, y aun difícil. Sin fe en que el Señor se servirá de ese instrumento, ¿cómo es posible acudir con alegría a esa charla periódica? Si faltase la convicción -esperanza cierta- de que se va a encontrar remedio a todos los problemas del alma, ¿qué podría movemos a exponer las propias dificultades? Si no estuviéramos dispuestos a entregarnos enteramente por amor, ¿cómo sería posible ese dejarse moldear gustosamente, haciendo nuestras las exigencias de santidad que en la charla se nos hacen perentoria y literalmente presentes?

Porque vivirla bien es entregarse: es quedar voluntariamente inermes, entregar los pensamientos y recuerdos, las aspiraciones, quizá ilusorias; las intenciones verdaderas que nos mueven; poner de manifiesto la real condición de nuestra vida, sin ceder nada a una protectora apariencia. Es quedar en manos de quien nos dirige, entregando las defensas de nuestra intimidad. Por eso el Padre nos recuerda que a la dirección espiritual no se va por amistad, ni por motivos personales; sino por motivos sobrenaturales 9. Lleve poco o mucho tiempo en la Obra, y cualesquiera sean las circunstancias que concurran, quien nos escucha es para nosotros, en aquel momento, el intérprete más autorizado del espíritu del Opus Dei.

Mejor es oír el reproche de un sabio que escuchar las alabanzas de los necios l0. Las posibles razones humanas -afinidad, ascendiente, simpatía- que condicionasen nuestra sinceridad, obrarían siempre como alabanzas de un necio, provendrían de un principio humano, serían un obstáculo serio para esa transformación en Jesucristo a que la gracia nos mueve.

Modo de hacerla

Esa convicción es necesaria para una preparación honda, hecha en presencia de Dios. Así evitamos el riesgo de tener que improvisar unas cuantas generalidades de escaso o nulo interés, o de tratar sólo de alguna situación meramente circunstancial o del momento.

Hay que dedicar el tiempo que sea necesario a esa preparación, estando prevenidos contra las dificultades que puedan presentarse: reales, algunas veces, como la escasez de tiempo o alguna circunstancia imprevisible; pero que pueden responder también a simple pereza. Para evitarlo, debemos examinamos -tal como ha señalado el Padre- sobre el cumplimiento de las Normas y Costumbres; especialmente sobre el modo de vivir la oración, la mortificación y los exámenes de conciencia; también de cuanto se refiere a la fe, a la pureza y a la vocación; del espíritu de filiación, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones, tristezas o alegrías; del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petición por el Romano Pontífice y por los Obispos en comunión con la Santa Sede; de la oración y mortificación por el Padre y por todos los socios de la Obra. Se ha de hablar también del desempeño de las labores apostólicas y de las otras tareas encomendadas, especialmente del encargo apostólico; del trabajo profesional y de las relaciones sociales y familiares en su dimensión apostólica y en cuanto influyen en la propia vida interior.

Esos temas hay que tocarlos con hondura sobrenatural, dando a conocer nuestras disposiciones interiores, que no son un sentimiento vago e inconcreto, sino nuestro modo real de reaccionar frente a las distintas situaciones. Y eso se pone de manifiesto hablando de lo que nos mueve a la alegría o a la desgana, a la complacencia o al desagrado, al egoísmo o a la entrega, al orgullo o al olvido de nosotros mismos... Sabiendo dejar de lado conversaciones que sólo marginalmente tienen conexión con la propia vida interior y con la actividad apostólica; y respetando siempre con la máxima delicadeza el ámbito estrictamente profesional, en el que cada uno es completamente libre y responsable.

Hablar con sinceridad

Si procuramos mantener vivo el clima sobrenatural que debe presidir esa charla con nuestro hermano, resultará fácil centrar debidamente la conversación, tratando los diversos asuntos con sencillez, sin rodeos, directamente. Esa sencillez, señal indudable de buen espíritu, es indispensable para que el Señor nos dé su luz y su gracia. «El Espíritu Santo, que enseña la sabiduría, huye de ficciones» 11. Oigan otra vez lo que atestigua la Escritura: «el Señor sólo conversa con los sencillos» 12. La conversación de Dios consiste en revelar secretos a las amas humanas, ilustrándolas con su presencia. Se dice que conversa con los sencillos, porque con la luz de su visita descubre misterios celestiales a los entendimientos de aquellos a quienes no ofusca sombra alguna de doblez 13.

Tenemos que hablar con la misma sencillez con que hablamos con Dios en la oración: sin confundir lo que somos con lo que nos gustaría ser; evitando referir con complacencia las propias virtudes o trabajos, para recibir alabanzas; sin buscar que nos compadezcan, porque esto muchas veces es señal de orgullo.

Acertadamente dice el profeta Isaías del alma que obra mal y se excusa: «allí tendrá su cueva el erizo» 14. Por el nombre del erizo se significa cabalmente la doblez del alma engañosa, que se defiende con astucia; porque al erizo, al ser sorprendido, todavía se le ven la cabeza, los pies y el cuerpo; pero cuando se le quiere coger, enseguida se hace una bola y esconde dentro los pies y la cabeza hasta desaparecer por completo. Decimos que se ve la cabeza del erizo, porque ya antes de acercarse, al pecador se le nota la culpa; se ven los pies del erizo, porque el pecado se conoce por las huellas que deja en quien lo comete; y, no obstante, cuando alega las disculpas, lo esconde todo..., y queda hecho una bola en manos de quien trata de corregirle 15.

La sinceridad plena tiene su premisa y fundamento en la confianza en los Directores. Hay dos manifestaciones tremendas de mal espíritu 16: tener miedo a los que mandan en la Obra, y tener vergüenza para hablar en la dirección espiritual; y esa mala disposición, al arrancar la sinceridad, quita la posibilidad de defensa a las almas que lo admiten 17. El Padre nos ha dicho que en la Charla no debemos tener vergüenza de hablar, y que si algo nos cuesta más, hay que decirlo siempre lo primero. Especialmente cuando ocurra algo que no quisierais que se supiese, decidlo inmediatamente –corriendo- a quien os puede ayudar, al Buen Pastor. Esta decisión es lógica: suponed que una persona camina con una piedra grande en la espalda y con los bolsillos llenos de piedrecitas que, entre todas, pesan cien gramos. Si situamos a esa persona en Madrid, vamos a suponer que la distancia que ha de recorrer es de la Puerta del Sol hasta Cuatro Caminos. Cuando llegue al final del trayecto, no sacará una a una las piedrecillas de los bolsillos, quedándose –mientras- con la gran piedra encima. Hijos míos, pues nosotros igual. Lo primero que hemos de echar fuera es lo que pesa. Otro modo de comportarse es una gran tontería, y un principio de insinceridad 18.

Esa confianza fraterna, que nos lleva a contar lo que nos pasa, tiene su último y más propio fundamento en la confianza en Dios. Cuanto antes comprendamos que la Charla no se hace porque congeniemos con una determinada persona, o por una afinidad de carácter, que facilita en lo humano sentirse afectivamente compenetrado, menor obstáculo será el temor de no ser comprendidos, o cualquier otra barrera, que en el fondo no son más que falta de confianza en el Señor. Nuestra confianza en el Director ha de ser ejercicio y manifestación de amor a Dios.

Escuchar dócilmente

Pero no basta que nos demos a conocer con hondura y sencillez. Necesitamos también saber escuchar con docilidad, tomando los consejos como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro. Así resulta fácil aceptar los consejos o reprensiones, no sólo para aprender, lo que indica falta de buen espíritu, sino sobre todo para mejorar, para que nuestro esfuerzo y nuestra actuación sean eficaces. No es posible llegar a saberlo todo, porque dice el Espíritu Santo: nadie puede dignamente dar a conocer sus obras, ¿quién investigará sus grandezas? 19, y el Padre nos ha dicho que nadie, en el Opus Dei, puede considerarse suficientemente formado. Pero aún es más impensable no ser capaz de mejorar. Y todos, en la Obra, necesitamos siempre de la dirección espiritual para ser mejores.

De ordinario la Charla ha de ser breve; no sólo para no perder el tiempo y no hacerlo perder a los demás, sino porque la excesiva palabrería suele ser signo de falta de sencillez, señal de vanidad no raramente. Quien anda con sencillez anda seguro 20. Hay que ir directamente al tema; es preciso hablar con humildad y brevemente.

Después de la Charla hay que dar gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de ponerlos en práctica. Es necesario, pues, que ejercitemos de modo especial la esperanza, para que las dificultades no nos lleven al desánimo o a olvidar más o menos conscientemente el cumplimiento de las indicaciones recibidas. Hemos de luchar especialmente en los puntos concretos que nos hayan indicado, con la seguridad de que es voluntad de Dios, y por tanto, garantía de fruto y de eficacia.

Esa necesidad de tener presentes los consejos recibidos nos llevará a vivir delicadamente la puntualidad, para que no falte la continuidad necesaria entre una Charla y otra; y a repasar, cada vez, los temas tratados anteriormente, de modo que podamos exponer las dificultades encontradas al poner en práctica aquellos consejos y buscar nueva ayuda. Retrasar habitualmente este medio de formación no sólo sería malo por el desorden que en sí mismo supone, sino que indicaría que no se vive bien: que se reciben los consejos sin docilidad plena o sin plena decisión de llevarlos a la práctica; que faltan deseos de lucha o visión sobrenatural.

Cuando vivimos bien este medio de dirección espiritual, con deseos de entrega y con confianza en Dios, tenemos la experiencia de sentirnos reconfortados, llenos de alegría y paz, optimistas y fuertes para la lucha ascética y para el apostolado. Y no sólo encontramos el gaudium cum pace, sino que cada Charla es un paso que nos acerca más a Dios; nos hace humildes; nos lleva a amarle más; y a la vez nos une más estrechamente con la Obra y con nuestros hermanos.

Yo abro mi boca y hablo para comunicaros de balde la sabiduría -nos dice el Señor-; inclinaos a ella; reciba vuestra alma la instrucción 21. El Señor nos habla, está a nuestro lado, nos acompaña. En cada Charla, también a nosotros, como a los discípulos de Emaús, la fe y la visión sobrenatural nos hacen descubrir la alegría y el aliento de un encuentro con Cristo. ¿No es verdad que nuestro corazón se enardecía, cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba la Escritura? 22.


(1) Ioann. VI, 69;

(2) Ioann. X, 14;

(3) Carta Divinus Magister. 6-V-1945, n. 2:

(4) Eccli. XXXVII, 15-19;

(5) Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 75;

(6) Camino, n. 59;

(7) Eccles. IV, 9-10;

(8) 1 Cor. XII, 27;

(9) Instrucción, 31-V-1936, nota 132;

(10) Eccles. VII, 6;

(11) Sap. I, 5;

(12) Prov. III, 32;

(13) San Gregario Magno, Reg. Past. 3, 11;

(14) Isai. XXXIV, 15;

(15) San Gregario Magno, Reg. Past. 3, 11;

(16) Instrucción, 31-V-1936, nota 130;

(17) Ibid. n. 92;

(18) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 40;

(19) Eccli. XVIII, 2-3;

(20) Prov. X, 9;

(21) Eccli. LI, 34;

(22) Luc. XXIV, 32

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