INTRODUCCIÓN
«Que busques a Cristo: que encuentres a Cristo: que ames a Cristo». -Son tres etapas clarísimas. ¿Has intentado, por lo menos, vivir la primera? 1.
Nuestra vida en la Obra comenzó porque Cristo vino a nuestro encuentro con una palabra afabilísima: Tu, me sequeris 2, ¡sígueme! Desde entonces se habrán sucedido en cada uno y continuamente esas tres etapas clarísimas, aunque no siempre de la misma manera.
Buscamos, hallamos y amamos a Jesucristo con la inocencia de Juan, o con las lágrimas de arrepentimiento de Pedro, o con la hondura serena que daban a Pablo las muchas batallas vencidas por el Señor. En cualquier caso, apenas en los comienzos o ya cerca del fin de la carrera, guardada la fe 3, el amor de Dios es lo que nos mueve.
La conversión es cosa de un instante: la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar -en las nuevas situaciones de nuestra vida- la luz, el impulso de la primera conversión 4.
Con la esperanza de ayudarnos, en esta tarea personalísima de buscar una y otra vez, de reencontrar -hemos hallado a aquél de quien escribió Moisés en la Ley, y los profetas, a Jesús de Nazaret 5 y de volver a enamorarnos más rendidamente de Nuestro Señor, se ha. preparado este número de Cuadernos. Se recogen en él algunos editoriales de nuestras publicaciones internas. Palabras antiguas, y alientos nuevos; para recorrer, acogiéndonos a la intercesión de Santa María y de San José, el claro camino que emprendimos para vivir en Cristo.
(1) Camino, n. 312;
(2) Ioann. XXI, 22;
(3) Cfr. II Tim. IV, 7;
(4) Homilía, La conversión de los hijos de Dios, 2-II-1952;
(5) Ioann. I, 45.