Cuadernos 3: Vivir en Cristo/Identificarse con la vida de Cristo

IDENTIFICARSE CON LA VIDA DE CRISTO


Que te identifiques con ese Cristo, que es Vida. Que seas Ipse Christus. Toda nuestra vida puede resumirse en un proceso continuo, que, partiendo de la conformación primera con Cristo por la gracia, nos hace cada vez más semejantes a El, y por eso más partícipes de la filiación divina, hasta llegar a la identificación suprema y definitiva por la gloria, en la casa del Cielo. Y este proceso, que es la esencia de la Vida sobrenatural, de la auténtica vida interior, culmina en la tierra como culminó la vida de Cristo: en la Cruz. Es un encuentro que suele hacerse poco a poco, como por un plano inclinado, casi sin damos cuenta, pero que, al unirnos a Jesús Crucificado, nos santifica, nos hace corredentores, apostólicos, eficaces.

No elegimos nosotros este camino; fue el Señor quien nos dijo: seguidme 1, y como hicieron los Apóstoles -continuo, relictis retibus 2-, al instante, abandonamos todas las cosas y le seguimos. Hijo mío, estás en la Obra porque El te ha llamado; y el mismo que te llamó, te da ahora los medios sobrenaturales y completos para que llegues a ser Ipse Christus. y los medios sensibles, que podemos ver, que impiden el descamino, son nuestras Normas y nuestras Costumbres. Cúmplelas, y llegará el momento en que podrás decir, sintiendo esa verdad en lo más íntimo de tu alma: no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive -en mí (Galat. II, 20).

Esa transformación es obra exclusiva de la gracia, que fundamentalmente nos llega a través de los Sacramentos –ex opere operato, enseña la teología-, y, por tanto, de un modo continuado a través de la Eucaristía -la primera de nuestras Normas, centro de nuestra vida interior- y de la Penitencia. Por medio de los Sacramentos y -de otra manera- por el cumplimiento de las demás Normas y Costumbres que la voluntad de Dios, ha señalado para nosotros, el Espíritu Santo va modelando en el alma la imagen de Cristo: el Espíritu nos hace cristiformes mediante su fuerza santificadora 3.

Cumpliendo nuestras Normas y Costumbres con amor, facilitamos la acción del Espíritu Santo. Es tan profunda la entraña evangélica de la espiritualidad de la Obra de Dios, que nos hace recorrer el camino de Jesucristo en la tierra: mediante las Normas reproducimos en nosotros la vida del Primogénito entre muchos hermanos 4. Son el modo práctico de cumplir aquel mandato de San Pablo: habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo 5. Cada Norma es al mismo tiempo un acercamiento al Señor, un paso más en la identificación con El, y una manifestación de su vida en nosotros. Hijos míos, la vida de Jesucristo se repite en la vida de cada uno de nosotros de algún modo, tanto en su proceso interno, en la santificación, como en la vida externa.


Vida de trabajo

Comenzamos la jornada con el ofrecimiento de obras, que es, cada mañana, como un nuevo nacimiento a la lucha, al combate divino. Como Cristo recién nacido en Belén, nos confiamos a la Virgen, a San José y a los Angeles; y hacemos lo único que puede hacer un niño: prometer, ofrecer todo cuanto somos y podemos: pensamientos, afectos, palabras y obras. Es una ofrenda de amor y de servicio, a ejemplo de Jesucristo que nos amó y se ofreció por nosotros en oblación y hostia de olor suavísimo 6.

Jesús crecía en sabiduría, en edad y gracia delante de Dios y de los hombres 7. Paso a paso, se reproduce en nuestra vida ese crecimiento del Señor en los largos años de vida oculta, cuando aprendía la ciencia de los hombres y trabajaba junto a José. En el estudio, en el trabajo, nos metemos con el corazón en Nazaret. Será una tarea intensa, hecha con seriedad. Pondremos los medios para crecer también en la formación ascética y en la doctrinal religiosa, porque queremos conocer al Padre nuestro que está en los cielos; procuraremos formarnos profesional, humana y apostólicamente, porque deseamos que sean muchos los hijos que participen de la herencia divina.

Trabajo: treinta años pasó el Señor trabajando como un humilde artesano. Y el amor que ponía en su labor, el afán por servir, el esfuerzo, la responsabilidad de ayudar a San José para sacar adelante económicamente el hogar de Nazaret, revivirán en nuestra alma cuando nos enfrentemos con la labor profesional.

En el trabajo, y siempre, hemos de cuidar las cosas pequeñas, porque queremos hacer como Cristo, de quien pudieron decir: bene omnia fecit 8 -todo lo hizo bien. Vivir los detalles porque, como nos dice el Padre, delante de Dios, que es Eterno, tú eres un niño más chico que, delante de ti, un pequeño de dos años. Y, además de niño, eres hijo de Dios. -No lo olvides 9.

A los hijos, y más si son pequeños, no les exige su padre cosas excepcionales; les pide amor en los detalles. Por eso nosotros, que somos hijos de Dios, buscamos al Padre del cielo santificando el trabajo ordinario, haciendo grandes, por el Amor, los pequeños servicios de cada día.

Y porque al trabajar no hacemos sino ocuparnos en las cosas que miran al servicio de nuestro Padre Dios, en la vocación profesional imitaremos el mismo afán apostólico de Cristo, que pudo decir: ignem veni mittere in terram 10. Incendiar el mundo con el fuego de la caridad quería el Señor, y es obligación de todo apóstol propagar el incendio: con la profesión antes escogida, o con cualquier otro trabajo que nos ocupe, procurando poner a Jesucristo en la cima de todas las actividades humanas.

Vida de oración

Hijos míos, seguir a Cristo -venite post me, et faciam vos fieri piscatores hominum (Matth. IV, -19)- es nuestra vocación. Y seguirle tan de cerca que vivamos con El como los primeros Doce; tan de cerca, que nos identifiquemos con El, que vivamos su vida. Mirad a Jesucristo, que es nuestro modelo. ¿Qué hace en las grandes ocasiones? ¿Qué nos dice de El el Santo Evangelio? Antes de iniciar su vida pública se retira cuarenta días con cuarenta noches (Matth. IV, 2) al desierto, para rezar. Después, cuando va a escoger definitivamente a los primeros Doce, cuenta San Lucas que pasó toda la noche haciendo oración a Dios (Luc. VI, 12). Y ante la tumba ya abierta de Lázaro, levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, gracias te doy porque me has oído (Ioann. XI, 41). ¿Y qué hace en la intimidad de la Ultima Cena, en la angustia de Getsemaní, en la soledad de la Cruz? Con los brazos extendidos habla también con el Padre.

La vida de Cristo es oración continua, diálogo con Dios Padre, que -en la vida nuestra- se renueva con la presencia de Dios, con las oraciones vocales y, sobre todo, con esos dos ratos diarios dedicados a la oración, a conversar exclusivamente con el Señor. Porque para nosotros la oración es eso: ir a hablar con Jesús, que nos pregunta: ¿qué te pasa? -Me pasa... Y enseguida, luz. Diálogo continuo, constante: y cuando Cristo nos habla como a los primeros Doce, con parábolas -es decir, cuando quiere o permite algo que no entraba en nuestros cálculos- muchas veces no le entendemos, y hemos de decirle: Domine, edissere nobis parabolam (Matth. XIII, 36) -Señor, explícanos la parábola. Y viene luego toda la claridad, toda la inteligencia.

Presencia de Dios, consideración de nuestra filiación divina. Normas de siempre: acciones de gracias: Padre, gracias te doy porque me has oído 11; jaculatorias: Yo te glorifico, Padre, Señor del cielo y de la tierra 12; actos de acatamiento de la Voluntad divina: no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú 13... Así como Jesús, el Hijo de Dios vivo, estaba contemplando continuamente al Padre, también el sentido de nuestra filiación divina nos lleva a buscar la presencia de Dios, que tiene como fruto la alegría constante, sobrenatural, que no es simplemente fisiológica, sino la del que se sabe hijo de Dios, Ipse Christus, y al saberlo y recordarlo se llena de gozo y paz.

Cumplido que fue el tiempo, envió Dios a su Hijo, formado de una mujer 14. Cristo es hijo de María, e hijos de la Virgen Santísima nos sentimos todos en el Opus Dei. Por eso toda nuestra vida tiene un hondo sentido mariano, que se manifiesta en multitud de detalles de piedad y costumbres, que son como la reproducción de las conversaciones entre Madre e Hijo, en el hogar de Nazaret.

Si tú y yo, hemos de ser otros Cristos, Ipse Christus, necesitamos anonadarnos, abnegarnos, olvidarnos de nosotros mismos, in novitate sensus (Rom. XII, 2), teniendo una vida nueva, cambiando esta miseria nuestra por toda esa grandeza oculta de Dios, para ser con El corredentores. Con este espíritu acudimos a la mortificación, para que nuestro yo mengüe y la Vida de Cristo crezca. Y el amor que el Espíritu Santo ha infundido en nuestra alma, nos empuja a buscar la entrega con un ascetismo sonriente.

Procuraremos vivir la caridad, como Cristo, primero con Dios; después con los hombres, empezando por nuestros hermanos y por nuestras familias, porque la caridad debe ser bien ordenada. Nada puede hacerte tan imitador de Cristo como la preocupación por los demás. Aunque ayunes, aunque duermas en el suelo, aunque -por así decir- te mates, si no te preocupas del prójimo, poca cosa hiciste, aún distas mucho de su imagen 15.

Nos guía el ejemplo constante de Cristo que, aun en la Cruz, no piensa en Sí, sino en los demás: en su Madre Bendita que se queda sola, en Juan, en aquel buen ladrón, en los mismos que le han crucificado... Hijos míos, todos los conflictos se solucionan si, al llegar la noche, a la hora del examen, puedes decir de verdad: Jesús, de mí no me he ocupado, no he pensado en mí... ¡Cuántos disgustos y sufrimientos nos ahorraríamos!: he pensado en los demás, por Ti. He pensado en tu amor y en tu gloria, he pensado en las almas. Y a los hijos míos -que son tantos- a los que les pasa esto, les digo: tú eres alma contemplativa, tú eres Ipse Christus.

La unión con cristo en el sacrificio de la misa

Cristo está presente siempre, en toda nuestra vida de hijos de Dios en su Obra. El es la meta y el centro de todos nuestros afanes. Pero, ¿dónde encontramos a Cristo de un modo más pleno?, ¿dónde nos unimos con El de un modo más íntimo? En la Santa Misa, que nos hace partícipes de los frutos de la pasión del Señor 16. Su efecto propio y principal es producir la identificación con Cristo, con el Hijo de Dios; sólo por lo defectuoso. de nuestras disposiciones, porque no nos acercamos a la Eucaristía suficientemente preparados, no alcanzamos de una vez, en su plenitud, los efectos de este Sacramento con el que se perfecciona el hombre uniéndose a Cristo paciente 17, pues el Sacrificio de la Misa no obra más que en quienes se asocian al sacramento por la fe y la caridad..., y a cada uno aprovecha más o menos según su devoción 18.

Por eso, la filiación divina nos lleva no sólo a asistir sino a participar en la Santa Misa, uniéndonos íntimamente a la oblación de Cristo, ofreciéndolo a Dios Padre, ofreciéndonos también, nosotros, cada día con mayor afecto, en todo lo que somos y valemos. Y aún más: así como Cristo ordenó toda su vida al Sacrificio supremo de la Cruz, nosotros hemos de orientar cada jornada al Sacrificio de la Misa, que se convierte de este modo en el centro de la vida interior. Todas las Normas de piedad de cada día, cuando inspiran dolor y penitencia, súplica, adoración y agradecimiento, fe viva y amor y esperanza, son como una preparación al ofrecimiento de Cristo Víctima, y de nosotros con El.

El deseo de identificamos con Jesucristo y, por tanto, de participar cada vez más plenamente de su filiación divina, llena, pues, toda nuestra vida, y nos impulsa a buscar su presencia, el diálogo que da orden y sentido a las prácticas de piedad, al trabajo, al apostolado, al descanso... La vida contemplativa, en una palabra, es el resultado de ese vivir en Cristo. Normae vitae: hay en las Normas una continuidad perfecta; tienen relación una con otra; están perfectamente dispuestas. Pero, ¿sabéis cuál es el hilo que las une? La vocación contemplativa. Un hombre que trata de vivir esto, y que llegue a un momento en el que durante mucho tiempo, lo viva casi sin esfuerzo -aunque parezca que no haya lucha, la hay-; éste es hombre que vive la Vida de Dios; que puede decir aquello, que a mí tanto me gusta repetir: vivo autem, iam non ego: vivit vero in me Christus (Galat. II, 20); no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Y ser Cristo es saberse hijo de Dios.

(1) Matth. IV, 19;

(2) Matth. IV, 20;

(3) San Cirilo de Alejandría, Sermo Pasch.;

(4) Rom. VIII, 29;

(5) Philip. II, 5;

(6) Ephes. V, 2;

(7) Luc. II, 52;

(8) Marc. VII, 37;

(9) Camino, n. 860;

(l0) Luc. XII, 49;

(11) Ioann XI, 41;

(12) Matth. XI, 25;

(13) Marc. XIV, 35;

(14) Galat. IV, 4;

(15) San Juan Crisóstomo, In ep. I Cor. hom.;

(16) Santo Tomás, S. Th. 111, q. 83, a. 1 c;

(17) Santo Tomás, S. Th. III, q. 73, a. 3 ad 3;

(18) Santo Tomás, S. Th. III, q. 79, a, 7 ad 2.

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