Cuadernos 3: Vivir en Cristo/El dialogo divino

EL DIALOGO DIVINO


La vida junto a Jesús era para los Apóstoles ocasión de un trato natural y continuo con el mismo Hijo de Dios. Cuando supieron por revelación que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios vivo 1, nada se modificó en el trato familiar que tenían con el Señor. La continua presencia de Jesús y su actitud con ellos les enseñaban de un modo práctico que el Amor había salvado todas las distancias. Era El, Dios mismo, quien dirigiéndose amorosamente a cada uno les había invitado a seguirle; y en aquella divina convivencia, era muchas veces el mismo Jesús quien iniciaba el diálogo con una pregunta, con una exclamación o un comentario. Los Apóstoles trataban al Señor con toda sencillez, como a un amigo: a vosotros os he llamado amigos 2; o más aún, como a un Padre, porque Jesús les hablaba como a hijos: hijitos, por un poco de tiempo aún estoy con vosotros 3. La veneración que sentían por Jesús en nada dificultaba el carácter íntimo y confiado de su amistad filial.


El trato de los apóstoles con Jesús

El mismo Dios estaba allí junto a ellos, tratándoles de tú a tú, de persona a persona, en el más divino y normal de los diálogos humanos. De ese trato de los hombres con Dios nos conserva el Evangelio frases comunes, preguntas directas y sencillas, exclamaciones de admiración y sorpresa, de indignación, de gozo: Maestro, mira qué piedras y qué fábrica tan asombrosa 4. Frases corrientes que unas veces se refieren a hechos nimios e intrascendentes, y otras veces a las aspiraciones más hondas que las palabras de Jesús provocaban en el alma de los suyos; como cuando preguntó a Pedro:

-Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos?...

-Sí, Señor, tú sabes que te amo 5.

Dos veces más repitió Jesús la pregunta directa, precisa, y otras tantas respondió Pedro, hablando a Dios de tú. Y luego, viendo a Juan cerca de ellos, Pedro tomó la iniciativa:

-Señor, ¿qué será de éste? 6.

Es el diálogo asombrosamente sencillo que encontramos a lo largo del Evangelio:

-Ya sabéis adónde voy y sabéis asimismo el camino.

Dícele Tomás:

-Señor, no sabemos adónde vas; pues, ¿cómo podemos saber el camino?

Respóndele Jesús:

-Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí. Si me hubieseis conocido a mí, hubierais. sin duda, conocido también a mi Padre; pero le conoceréis luego y ya le habéis , visto.

Dícele Felipe:

-Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.

Jesús le responde:

-Tanto tiempo ha que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido? Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre 7.

Todo el trato de Jesús con sus discípulos tiene ese mismo tono. No surgía sólo en momentos de especial trascendencia. El diálogo era continuo, y se establecía con ocasión de los sucesos más ordinarios: el trabajo, el descanso, el camino, las vacilaciones. La pre­encia continua de Jesús era una constante invitación. Y aquella franqueza, aquella maravillosa espontaneidad de los discípulos, permitiría frecuentemente al Señor corregirles, enseñarles, darles criterio, hacerles rectificar, ayudarles.

-¿ Quieres que mandemos que llueva fuego del cielo y los devore?

Pero Jesús, vuelto a ellos, les reprendió diciendo:

-No sabéis a qué espíritu pertenecéis 8.

Los discípulos escuchaban con humildad, consultaban cuando no entendían, y cada vez amaban más al Señor, que era su Maestro, su Amigo, su Padre. Estaban todo el día en oración, pero ni siquiera se habían dado cuenta. Y un día, uno de los discípulos dijo al Señor:

-Señor, enséñanos a orar, como enseñó también Juan a sus discípulos.

Y Jesús les respondió:

-Cuando os pongáis a orar, habéis de decir: Padre, sea santificado tu nombre 9.

El Señor les enseña que deben hacer oración del mismo modo como hablaban con El, con sencillez filial, con aquel coloquio natural y confiado. Ya El les había dado ejemplo tantas veces, y las relaciones de Jesús con el Padre tenían también un carácter de diálogo íntimo, de confidencia amorosa. Ante lo bueno y ante lo malo, para pedir o para dar gracias, para todo levantaba Jesús el corazón a su Padre de los cielos. El diálogo interior, contemplativo, de Cristo era ininterrumpido; sin embargo, muchas veces había querido manifestarlo exteriormente, delante de los suyos, para que tomaran ejemplo o para fortalecer su fe: ¡oh Padre!, gracias te doy porque me has oído. Bien es verdad que yo ya sabía que siempre me oyes; mas lo he dicho por razón de este pueblo que está alrededor de mí 10. Esa palabra, esa invocación amorosa y espontánea -¡Padre!- estaba constantemente en labios del Señor; con ella empezaba sus acciones de gracias, sus peticiones, sus alabanzas, sus deseos. El Señor mandaba a los suyos orar constantemente, y les daba el modelo sencillo de esa oración continua.

Buscar el trato con Dios

Nuestro trato habitual con Dios no debe diferir del que tenían los Apóstoles con Jesús. Dios está en todas partes, la Santísima Trinidad inhabita en nuestras almas por la gracia; nosotros vivimos en Cristo como miembros de su Cuerpo... Y como si todo eso no bastara, se ha querido quedar entre nosotros, en la Eucaristía, bajo la especie humilde de pan. Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡El!... te espera desde hace veinte siglos 11 .

Todo alrededor nuestro y dentro de nosotros está gritándonos esa presencia, esa cercanía, esa inmediación de Dios que invita al diálogo continuo. Vosotros sois templos de Dios vivo, según aquello que dice el mismo Dios: habitaré dentro de ellos y en medio de ellos andaré y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo 12. No es preciso ir lejos, ni moverse siquiera, para buscar a Dios. Basta mirarle, enderezar a El nuestro corazón. Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo 13, esperando una palabra nuestra, una sonrisa, un gesto de amor, un poco de conversación. Muchas veces –siempre- nuestro Dios provoca el diálogo, con mociones interiores, con acontecimientos, de mil modos distintos; a veces, dirigiéndonos este amoroso reproche: les he hablado y no me han oído, les he llamado y no me han respondido 14.

El hombre tiende, por naturaleza, al diálogo, al trato, a la comunicación. Es una necesidad, y cuando no se establece esa conversación con alguien, se entabla con uno mismo: se recuerdan problemas, impresiones de la jornada, preocupaciones, deseos, temores, dudas... En la verdadera vida interior, la conversación se inicia y se mantiene con Dios, en un trato continuo, espiritual y profundo, y al mismo tiempo generoso y abierto. Al dirigirse habitualmente a Dios, en una conversación interior, las almas dejan de ser egocéntricas, para hacerse teocéntricas, a la vez que adquieren profundidad, ponderación, serenidad. Ese trato continuo fortalece la amistad divina, enciende el amor, ayuda al conocimiento de Dios y de uno mismo, endereza la intención, hace el juicio más objetivo, impulsa las obras, mejora la caridad.

El amor de Dios es un amor de amistad. Y esa amistad se afirma como todas las amistades de la tierra, con el trato; y se manifiesta también como todas las amistades, con la convivencia, con la conversación. El primer presupuesto para ese trato es la fe, creer que Dios está realmente junto a nosotros, y que está realmente interesado por nosotros, atento a nuestro pensamiento, a nuestro afecto, a nuestra palabra, a nuestras obras. Un hombre de Dios nunca está solo. No tiene motivos para aburrirse. Está siempre en la presencia de-quien ama. El Señor nos espera en todo momento, se interesa por todo lo que nos ocurre. Dios está junto a nosotros, con un cuidado paterno y materno, dispuesto a escuchar nuestras palabras, correspondiendo eternamente a nuestro amor. Vela por nosotros, y quiere que acudamos a El con confianza, pidiéndole ayuda, sabiendo que no dejará nunca de escucharnos.

Fe, amor, confianza, generosidad, rectitud de intención, recogimiento... son condiciones para poder entablar un diálogo continuo con el Señor, que al principio quizá se hace con muchas palabras; y pasado el tiempo, cada vez con menos; hasta llegar al Cielo, donde el coloquio se hará eterno con una sola palabra -en mutua y eterna correspondencia- que lo dirá todo.

Mientras estamos en la tierra, y vamos aprendiendo a tener vida interior, es necesario comenzar y recomenzar ese trato muchas veces, con espontaneidad y sencillez, como ocurre en todas las conversaciones amistosas de las gentes. Nuestro Padre nos lo describe así: es el diálogo eterno, el que han tenido todas las personas que se amaron en la tierra. Dios tiene derecho a decirnos: ¿piensas en mí? ¿Tienes presencia mía? ¿Me tienes presente? ¿Me buscas como apoyo tuyo? ¿Me buscas como luz de tu vida, como fortaleza, como coraza, como todo? En las horas que la gente de la tierra dice buenas: ¡Señor! En las horas que llama malas: ¡Señor! y viene la paz, y el diálogo afectuoso, de amor.

En los pueblos cristianos ha quedado, como herencia de tiempos de fe muy viva, la costumbre de invocar en todo momento a Dios, tomando ocasión de los sucesos más intrascendentes. ¡Dios mío!, ¡Señor!, ¡Jesús!... son expresiones que se oyen mezcladas; en la conversación. Sólo que en no pocos casos han perdido completamente su sentido originario; y es ese sentido el que debe rebrotar en el alma cristiana, como un movimiento interior casi instintivo, que mantenga el diálogo escondido con Dios.

La oración. Diálogo con Dios

Todas nuestras Normas tienen la misión, de llevarnos a mantener ese diálogo amoroso con el Señor, a tender un puente, a abrir un cauce de flujo y reflujo de amor, de coloquio, que lleve a Dios el corazón y la mente. Pero de un modo particular se realiza en la oración mental, en la meditación, en los ratos que dedicamos cada día de modo exclusivo a hablar calladamente con nuestro Padre Dios, en el retiro del corazón. Por eso es en la oración, sobre todo, donde hay que cuidar de que realmente se establezca ese diálogo. Me has escrito: «orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?». -¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!» 15.

Tan esencial es el diálogo en la oración, que prácticamente lo es todo; por eso ha podido escribir nuestro Padre: ¿Que no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a decir: «Señor, ¡que no sé hacer oración!...», está seguro de que has empezado a hacerla 16. De ese encuentro inicial depende en buena parte el curso mismo de la oración: lleva a la paz, hace olvidar dificultades, y determina completamente la actitud interior del alma. Solemos empezar diciendo: Señor mío y Dios mío, creo .firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes... Y de ahí, de esa fe, de esa convicción, de ese encuentro personal con Dios brota la oración en cauce manso y ancho 17. Así nos lo ha enseñado el Padre: ¡cuántas tonterías, cuántas contrariedades que desaparecen inmediatamente, si nos acercamos a Dios en la oración! Ir a hablar con Jesús, que nos pregunta: ¿qué te pasa? -Me pasa..., y enseguida, luz.

De que la oración no sea nunca monólogo -simple consideración intelectual-, de que sea efectivamente ese encuentro con el Señor, depende en buena parte el resto del día. Oportet semper orare et non deficere 18, conviene orar siempre y no desfallecer. Todas nuestras Normas nos irán llevando a esa oración continua: oración que sin darte cuenta, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, irás haciendo: actos de amor, actos de desagravio, con el corazón, con la boca, con las pequeñas mortificaciones. Las Normas diarias y las de siempre son llamadas concretas a esa conversación con el Señor, un diálogo vivo, personal, tenso, que brote del corazón con un ritmo y un tono siempre nuevos, siempre con espontaneidad, con la amable sorpresa del encuentro.

Las Normas exigen ese trato, y al mismo tiempo van dejando en el alma una actitud abierta y dirigida a Dios, como un instinto, una costumbre de referir todo al Señor, que está a nuestro lado, siempre dispuesto a escucharnos, siempre hablándonos con motivo de todo. Y así, en nuestro trabajo, en las relaciones sociales, en el apostolado, en los ratos de esparcimiento, al ir por un pasillo o al cruzar la calle. Yo quiero -nos ha dicho el Padre- que toda nuestra vida sea oración: ante lo agradable y lo desagradable, ante el consuelo... y ante el desconsuelo de perder una vida querida. Ante todo, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscando a tu Dios en el centro de tu alma.

No hay actividad tan absorbente ni circunstancia tan material que lo haga imposible. Basta una palabra, una invocación, una mirada, una sonrisa, con la delicadeza de quien sabe que no está solo. Y todo eso junto, hecho de modo habitual, instintivo, constante, espontáneo, es contemplación, es vida de oración continua, de oración en su sentido más estricto; porque, si bien todo lo que se haga por Dios es orar, esa conversación íntima es lo que más propiamente suele llamarse oración. Además ese diálogo, ese encuentro, si por un lado requiere la rectitud de intención y de vida, por otro ayuda a rectificar la intención, a enderezar realmente al Señor todo cuanto hacemos.

Al principio cuesta un poco más, se requiere mayor esfuerzo, hay que usar industrias humanas, recordatorios...; luego sale más espontáneamente y de modo más continuo, pero siempre es preciso procurar el diálogo, quererlo, buscarlo, con ocasión de cualquier cosa. Somos almas contemplativas. Lo vivo yo, y lo tenéis que vivir vosotros, nos dice el Padre: en todo momento, un diálogo con el Señor. ¿Un ejemplo? Clarísimo: tú te coges un dedo en la puerta. Una exclamación, y después: ¡Señor! Esto no es nada. Yo merecería estar, quizá, en el infierno. Te ofrezco esto...

Nuestra Madre Santa María y nuestro Padre y Señor San José saben mucho de ese diálogo familiar, sencillo y constante con Jesús: ¡convivieron tan íntimamente con Jesucristo durante tantos años! Hemos de pedirles que nos enseñen a tratarle, a encontrarle en las mil circunstancias ordinarias de nuestra vida, a decirle algo amable y delicado, a mantener siempre con El ese coloquio que enamora al alma, que limpia, que substrae de la atmósfera agobiante del yo, que nos abre el camino hacia la unión con Dios.

(1) Matth. XVI, 15;

(2) Ioann. XV, 15;

(3) Ioann. XIII. 33;

(4) Marc. XIII, 1;

(5) Ioann. XXI, 15;

(6) Ioann. XXI, 21;

(7) Ioann. XIV, 4-9;

(8) Luc. IX, 54-55;

(9) Luc. XI, 1-2;

(10) Ioann. XI, 41-42;

(11) Camino, n. 537;

(12) II Cor. VI, 16;

(13) Camino, n. 267;

(14) Ierem. XXXV, 17;

(15) Camino, n. 91;

(16) Camino, n. 90;

(17) Camino, n. 145;

(18) Luc. XVIII, 1.

Obtenido de "http://www.opus-info.org/index.php?title=Cuadernos_3:_Vivir_en_Cristo/El_dialogo_divino"