COSAS PEQUEÑAS
Esta ley que hoy te impongo no es difícil para ti, ni es cosa que esté lejos de ti. No está en los cielos para que puedas decir: ¿quién puede subir por nosotros a los cielos, para cogerla y dárnosla a conocer y que así la cumplamos? No está al otro lado de los mares para que puedas decir: ¿quién pasará por nosotros al otro lado de los mares, para cogerla y dárnosla a conocer para que así la cumplamos? La tienes enteramente cerca de ti l. Muy cerca, en ese pequeño mundo en que se vive, en la tarea que se realiza; cerquísima, a la mano, está la regla de nuestra santidad.
Si no lo supiéramos ya, nos pasmaríamos, como nos asombró oírlo por vez primera. Porque al mirar a nuestro alrededor, al tratar de ver en qué consiste esa santidad que se nos pide, y que tenemos a nuestro alcance, encontraremos sólo pequeñas cosas. El conjunto de nuestra vida lo forman unas Normas y Costumbres determinadas, una labor apostólica concreta y un trabajo corriente, bien individualizado; y además, para todo eso disponemos de un tiempo que va transcurriendo gota a gota, minuto a minuto. Todo, aun lo más grande, se reduce a la suma de muchos pocos. Tú, alma entregada a Dios, a Jesucristo, ¿qué haces?... ¿Amas con obras, con esas obras pequeñas? Porque, con obras grandes, pocas veces podrás servirle. Porque cosas grandes, de ordinario se presentan sólo en la imaginación.
Para que haya virtud hay que atender a dos cosas: a lo que se hace y al modo de hacerlo 2. Para agradar a Dios es preciso hacer las cosas con perfección. Para ser santos es menester identificarse con Jesucristo, que todo lo hizo bien 3. No basta que lo que se haga sea bueno -rezar, trabajar, hacer apostolado-; se requiere también que esté perfectamente cumplido, pulido en todos los detalles, porque así se manifiesta el amor a Nuestro Señor.
Una Norma, un trabajo cualquiera bien realizado, agrada a Dios, santifica, No debe hacerse de mala manera, con descuido, porque para que sea aceptable, la víctima ha de ser sin defecto... No ofreceréis nada defectuoso. pues no sería aceptable 4. Hemos de presentar a Dios -porque le amamos- un trabajo fino, una obra perfecta, Si nuestras obras fuesen desmañadas, defectuosas, serían señal de languidez en la vida espiritual, y merecerían el reproche dirigido a la Iglesia de Sardis: conozco tus obras y que tienes nombre de viviente y estás muerto. Sé vigilante y consolida lo que falta, que está para morir. Porque yo no hallo tus obras cabales en presencia de mi Dios 5. Tendríamos que salir enseguida de ese estado, sería urgente la reacción y habríamos de persuadirnos nuevamente de la necesidad de estar en los detalles, tal como se nos enseñó desde el comienzo: ten en la memoria lo que has recibido y aprendido, y obsérvalo y arrepiéntete 6.
Obras cabales. ¿Y cómo terminarlas bien? Es cuestión siempre de detalle; porque detalle es la cincelada, la pincelada, el retoque final que hace, de un buen trabajo, una obra maestra. El Padre, comentando la parábola de las diez vírgenes, nos ha hecho ver cómo las prudentes saben aprovechar el tiempo. Discretamente previenen el aceite, y cuando dicen: ¡eh, que es la hora!, exite obviam ei (Matth. XXV, 6), avivan sus lámparas y salen con alegría a recibir al esposo.
¿Y las fatuas? Ya ponen, en aquel momento, el empeño que pueden: van a comprar aceite; pero lo hicieron tarde y, mientras iban, vino el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas, y se cerró la puerta. Al cabo vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! (Matth. XXV, 10-11). No es que no hayan hecho nada: han intentado algo..., pero han de oír la voz que les dice: nescio vos (Matth. XXV, 12), no os conozco. No tuvieron tiempo de estar dispuestas, de tomar la razonable precaución de adquirir el aceite.
Hijos míos, a veces tampoco se tiene tiempo, porque se descuida la oración, porque no se prepara bien... Tienes tú que ir pensando: ¿por qué en ocasiones me acuesto y me levanto fuera de hora?, ¿por qué atropello el trabajo que me encomiendan?, ¿por qué lo abandono después de haberlo recibido con entusiasmo?, ¿por qué tanta omisión?, ¿por qué tanto desorden?... Son pequeñeces, pero todo eso es el aceite.
Las cosas pequeñas son tantas y tan constantes que su cumplimiento fiel es heroico; requiere atención, sacrificio, generosidad, amor. Un pequeño detalle aislado puede no tener importancia: lo que es pequeño, pequeño es; pero el que es fiel en lo pequeño, ése es grande 7. La constancia en el amor, en las cosas pequeñas, es santidad; y esta santidad es la que tratamos de vivir.
Santidad heroica. Es una exigencia de la llamada que hemos recibido. Hemos de ser santos de veras, auténticos, canonizables; si no, hemos fracasado. Santidad auténtica, sin paliativos, sin eufemismos, que llega hasta las últimas consecuencias; sin medianías, en plenitud de vocación vivida de lleno. De modo que hemos de poner un cuidado extremado hasta en las cosas más pequeñas, porque precisamente a nuestra santificación se llega santificando el trabajo de cada día. La santidad que nos pide la Obra no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor.
Viene bien recordar la historia de aquel personaje imaginado por un escritor francés, que pretendía cazar leones en los pasillos de su casa y, naturalmente, no los encontraba. Nuestra vida es común y corriente: pretender servir al Señor con cosas grandes sería como intentar ir a la caza de leones en los pasillos. Igual que el cazador del cuento, acabaríamos con las manos vacías: las cosas grandes, de ordinario, se presentan sólo en la imaginación, rara vez en la realidad.
En cambio, a lo largo de la vida, si nos mueve el Amor, cuánto detalle encontraremos que se puede cuidar, cuánta ocasión de hacer un pequeño servicio, cuánta contradicción -sin importancia- sabremos avalorar. Pequeñas cosas que cuestan y que se ofrecen por un motivo concreto: la Iglesia, el Papa, tus hermanos, todas las almas 8.
La vida es ordinariamente un conjunto de pequeñas cosas, en las que Dios Nuestro Padre nos da la ocasión de ejercitarnos en todas las virtudes, de practicar la caridad, la fortaleza, la justicia, la sinceridad, la templanza, la pobreza, la humildad, la obediencia... 9. Ejercitamos la caridad, que es cariño, en los pequeños servicios que prestamos cada día, con una sonrisa, sin que; se den cuenta; o escuchando con interés lo que nos dicen nuestros amigos y compañeros de trabajo, quizá en un momento de cansancio... El cuidado de las cosas materiales, haciéndolas durar; reparar pronto los desperfectos; no crearse necesidades, prescindir de alguna cosa a la que nos hemos apegado..., todo esto son pequeñas pero importantes manifestaciones del desprendimiento cristiano. Las mortificaciones en la comida nos permiten vivir la templanza, sin espectáculo. La fidelidad a las cosas pequeñas en el trabajo nos hace poner el remate a la tarea comenzada. Y la obediencia pronta y alegre -¡Jesús, que haga buena cara! 10-, el dar cuenta del encargo cumplido, la actitud permanente de disponibilidad, son también cosas pequeñas.
Las cosas pequeñas, al vivir nuestras Normas y Costumbres, ponen la sal que preserva de la posible rutina. Lo mismo que nos han enseñado a abrir el corazón, para contar algunas cosas quizá insignificantes, pero que pueden hacerse grandes.
En suma, cosas pequeñas en todo lo que hacemos, también en la vida de piedad, ya más personal y más íntima: pequeñas invenciones de amor. Y es que el horizonte interior se dilata y se enriquece cuando entra en juego la vida de infancia, que está hecha de esos detalles. Yo he visto tantas veces un pequeñín que va con su madre al campo y coge una florecita y otra, y otra... Recoge flores, que nos han pasado inadvertidas a ti y a mí. Esas flores pequeñas serán en nuestra vida las jaculatorias, para decir muchas veces al Señor o a la Virgen que le queremos más que nadie; hacernos muy chicos en su presencia; multiplicar los detalles de amor. Un mundo interior rico, lleno de niñadas: pequeñas obras de maravilla delante de Dios 11.
También la mortificación está hecha de detalles aparentemente insignificantes. Yo no comprendo -asegura el Padre- un alma santa sin mortificación. Y la mortificación hay que buscarla en las cosas pequeñas y ordinarias, en el trabajo intenso, constante y ordenado. Cosas pequeñas que no te hacen perder la salud, pero que te mantienen encendido. Mortificación en las comidas. Minutos heroicos a lo largo del día. Puntualidad. Orden. Guarda de la vista por la calle, con naturalidad. Docenas y docenas de detalles y ocasiones bien aprovechadas. Y una mortificación muy interesante: la mortificación interior: para que nuestras conversaciones no giren en torno a nosotros mismos, para que la sonrisa reciba siempre los detalles molestos, para hacer la vida agradable a quienes nos rodean. ¡Amor, hijo mío! ¡Amor sacrificado!.
Además, junto a las pequeñas mortificaciones que lleva consigo la fidelidad a nuestras Normas y Costumbres y a los deberes de la caridad, cada día trae nuevas y pequeñas exigencias de amor de Dios. Acaso cuestan, pero hay que ofrecerlas con alegría. Tú has visto a ese niño a quien su padre pide un poco del caramelo que está comiendo. Al principio se resiste. Luego le da el caramelo y, ante la sonrisa de su padre, se mete la mano en el bolsillo y le da todo lo que venía guardando: unas piedrecicas redondas y brillantes, un carrete de hilo sin hilo, una taba... Y su padre le abraza entusiasmado. Nosotros, pocas cosas podemos dar al Señor. Pequeñas cosas, como ese niño. ¡Dáselas, hijo mío! ¡Dáselas, que, si se las das, tu Padre Dios te abrazará!. Y serás feliz, que la mortificación es alegría.
La misma disposición de entrega -el amor a Dios y el amor al prójimo es único- hemos de tener con los demás: el ejemplo, la atención, la sonrisa, el pequeño servicio... El amor con obras: la ayuda, quizá inadvertida, que alivia del peso del trabajo; el buen humor; la conversación que agrada; la corrección fraterna delicada y llena de caridad, con cariño, sin mortificar. Que se tenga el remedio de la advertencia cariñosa, antes de que algún defecto se haga grande. Por eso la corrección -sin impertinencia, sin pesadez, sin nimiedades- de ordinario tiene como tema pequeñas faltas habituales; de esta manera, se impide que lleguen a más y hace nuestra conducta gratísima a los, ojos de Dios: el que violare uno de estos mandamientos, por mínimos que parezcan, y enseñare a los hombres a hacer lo mismo, será tenido por el más pequeño en el reino de los cielos; pero el que los guardare y enseñare, ése será tenido por grande en el reino de los cielos 12.
El cariño se manifiesta también en el cuidado material de la casa; los hogares nuestros son hogares amables. Y esto se consigue poniendo atención en pequeñeces. ¡Ese cerrar la puerta con amor! Porque no podemos desentendernos de los detalles de la casa, a la hora del sol, hay que entornar las ventanas; y, más tarde, hay que abrir.
Para facilitar la convivencia, para hacer amable la santidad, se ha de procurar mantener el hogar acogedor y hacer que esté puesto con buen gusto. Y esta tarea consiste fundamentalmente en cosas pequeñas.
También el trabajo se compone de una multitud de detalles. Y como hemos de santificarlo, hay que exigirse en intensidad, y en mantener la ilusión para acabar las cosas con el mismo afán con que se empiezan, sin dejadez. El Padre, refiriéndose a la perfección con que se remataron hasta los últimos pormenores de la crestería de una famosa catedral, comentaba: si viviesen, esos hombres podrían ser del Opus Dei porque trabajaban cara a Dios.
Acabar las cosas para ofrecerlas al Señor. El amor, ésta es la razón para cuidar las cosas pequeñas. No es cumplir meramente una lista, una relación, letra muerta; no se trata de un código interminable de indicaciones. Las cosas pequeñas las descubre la sensibilidad, el ingenio, la vibración, el esfuerzo por encontrar en todo ocasión de amor a Dios y de servicio a los demás. Si faltara el amor, no habría virtud sino manía o fariseísmo, que es un peligro siempre actual; se reduciría todo a una corrección externa, puramente formal, sin espíritu ni amor; se pagarían diezmos de la hierbabuena, del eneldo y del comino -como hacían los fariseos-, y se abandonarían las cosas más esenciales de la ley, de la justicia y de la misericordia 13. Las cosas pequeñas no pretenden cubrir apariencias; son, cada una, una obra maestra: son el punto final, la coronación de algo bueno que, sin ese detalle, quedaría incompleto.
Y si el amor es lo que nos mueve a estar en los detalles, si es quien sugiere y alimenta este cuidado, bueno será procurar, en lo posible, actualizar nuestro ofrecimiento, y tender a acompañar la generosidad en las cosas pequeñas con una jaculatoria, con un detalle de cariño, con una acción de gracias, con un acto de reparación, con una petición: ¡hay tanto que pedir! Así, cuando acabe el día, habremos ofrecido, con piedad de niños, muchos obsequios al Señor y a la Madre del cielo.
El amor en los detalles marca con un sello peculiar toda nuestra vida, y crea también un determinado modo de mantener la lucha ascética. Hijos míos: sabéis que hay pequeños reveses que a veces parecen muy grandes, porque son faltas de amor, de entrega, de espíritu, de sacrificio. No os preocupen. Si lleváis la vida del Opus Dei, de hijos de Dios, la derrota será en cosas pequeñas, en la periferia, nunca en un punto trascendental. Será una pequeña falta de amor, que se remedia con un nuevo acto de amor y con una nueva entrega. Es la lucha en cosas pequeñas, y el Cielo sonríe cuando hay una de esas caídas, si continuamos luchando. Nuestra táctica es combatir en los detalles, lejos de todo peligro para los fundamentos de la vida espiritual; de esta manera, se puede rectificar a tiempo.
Además, esta ascética es un entrenamiento espléndido. Un detalle y otro y otro, y se crea la costumbre. Un hombre habituado así, cuando llegan las cosas grandes, no fracasa; está acostumbrado a la gimnasia habitual, diaria, que fortifica la voluntad. La adquisición y el crecimiento de los hábitos virtuosos es tarea difícil, y se consigue con repetición de actos, de detalles a veces pequeños. Cumplamos al principio las cosas más fáciles. Dado este primer paso hacia adelante, pronto llegaremos a la perfección 14. Con este ejercicio se está preparado para vencer a la hora de la prueba, porque quien es fiel en lo poco también lo es en lo mucho 15; y por el contrario, el que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco vendrá a caer en las grandes 16.
Fidelidad en los pormenores de cada minuto. En este clima se desarrolla el trato con el Señor. Presencia de Dios, que nos hace estar en las cosas pequeñas: si no tengo que subir, no subo; si no tengo que bajar, no bajo; y si esa ventana no tengo que abrirla, no la abro. Y así una y mil veces. Esa es nuestra santidad. No podemos olvidar que, cuando se desbarra en un detalle una y mil veces, es un desastre. Es un desastre, porque supone una habitual falta de amor, un estado de tibieza; y porque arraiga -repetición de actos- hábitos contrarios a las virtudes, y prepara las caídas grandes.
Cosas pequeñas: camino de santidad. Cosas pequeñas: para nosotros, el único camino. Un hombre que sepa vivir esta doctrina tiene que ser feliz, porque cumple la voluntad de Dios. Si tan al alcance de la mano está nuestra felicidad, no seamos necios, no dejemos de vivir el espíritu de nuestro Opus Dei, que nos dará el cielo, la felicidad. Y hay que vivirlo sin temor, de un modo continuo, como el tictac del corazón. ¡Ay del día en que se pare! Será que ha llegado la muerte. Y el día, en el que en nuestra alma no haya lucha, es seguro también que hemos perdido la vida interior.
Que todos, viviendo y haciendo vivir esta característica tan nuestra, podamos oír de labios de Jesús: euge, serve bone et fidelis, quia super pauca fuisti fidelis, super multa te constituam: intra in gaudium domini tui 17; muy bien, siervo bueno y fiel, ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho: ven a tomar parte en el gozo de tu Señor.
(1) Deut. XXX, 11-14;
(2) Santo Tomás, Quodl. IV, a. 19;
(3) Marc. VII, 37;
(4) Levit. XII, 19-20;
(5) Apoc. III, 1-2;
(6) Apoc. III, 3;
(7) San Agustín, De doctr. Christ. 14, 35;
(8) Carta Singuli dies, 24-III-1930, n. 18;
(9) Ibid., n. 14;
(10) Camino, n. 626;
(11) Camino, n.859;
(12) Matth. V, 19;
(13) Cfr. Matth. XX1l1, 23;
(14) San Juan Crisóstomo, In Matth. hom. 21, 4;
(15) Luc. XVI, 10;
(16) Eccli. XIX, 1.
(17) Matth. XXV, 21.