FUNCIÓN DE QUIEN RECIBE LA CHARLA FRATERNA
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La charla fraterna lleva a quien la hace a identificarse con Cristo por el camino de la vocación al Opus Dei: de aquí se deriva el valor y la fuerza de los consejos de la Confidencia.
Para hacerse cargo de ese valor y de esa fuerza, conviene volver a considerar que ante todo es el Espíritu Santo quien nos mueve a actuar siempre como personas libres. Así lo explica Santo Tomás: «los hijos de Dios son movidos por el Espíritu Santo no como siervos, sino como libres (...), al constituirnos en amadores de Dios. Por tanto, los hi-
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jos de Dios son movidos por el Espíritu Santo libremente, por amor; no servilmente, por temor»[1].
También a través de la Confidencia el Espíritu Santo nos guía a obrar libremente, como hijos de Dios. De ahí, la importancia de que quien lleva la dirección espiritual de sus hermanos sepa apreciar las mociones del Paráclito en las almas, y aprenda a aplicar los consejos con docilidad a la acción divina y don de lenguas, según la edad y condiciones de cada persona (pero siempre respetando la necesidad de la unidad de vida, que evita la división en compartimentos estancos). Al comienzo suele costar este aspecto de la vida interior, pero se facilita mucho si se sigue el consejo de nuestro Padre de despertar en las almas el sentido de su filiación divina, haciendo hincapié en que lo importante es la constancia en la lucha. Que se den cuenta de que no está la santidad en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor: que el verdadero heroísmo está en lo vulgar, en lo cotidiano, hecho una vez y siempre, con perseverancia, cara a Dios y con un empeño que nada haga desfallecer[2].
Cada persona necesita el consejo oportuno: no bastan los remedios genéricos. Para no proceder por reglas generales puede ser conveniente recordar lo que se aconsejó la semana anterior, aunque no sea necesario decirlo explícitamente: lo que interesa es que haya continui-
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dad en la dirección, aunque no se note. Los argumentos deben ser sobrenaturales, que ayuden a ahondar, a afrontar radicalmente la situación personal ante Dios; las razones humanas -a veces las hay- pueden no mover mucho a la voluntad, o no ser concluyentes en sí mismas, o incluso humillar.
En algún caso, si hubiera que hacer reaccionar a alguien, para lograr una conversión en un aspecto de la vida interior en que se haya introducido la tibieza, conviene provocar pequeños terremotos, oportunamente preparados: ¿Qué se hace para doblegar el hierro? No se le trata en frío. Se le mete en el fuego, y allí se enciende como una brasa: luego se le dan martillazos -se forja-, y sale el rizo delicado, la forma deseada. Hijos míos, tratad así a las almas, con el fuego de la caridad y con reciedumbre[3]. En ocasiones, interesará aprovechar las situaciones previstas en el plan de vida: el Curso de retiro, el Curso anual, alguna Convivencia, un libro, etc.; otras veces, será necesario intervenir cuanto antes, con tempestividad y prudencia, como siempre.
Cuando se trata de concretar -propósitos, listas breves de mortificaciones, etc.- es mejor que quien lleva la charla fraterna se limite a aconsejar y a poner posibles ejemplos, que parten de las ideas madre aplicadas a la situación particular. Normalmente, será preferible que el interesado lleve a la oración esas sugerencias antes de concretar la lucha, dejando esa determinación para otra charla (por ejemplo, puede ser útil para fijar el examen particular).
Es claro, que no es preciso dar respuesta y solución a todos y a cada uno de los puntos de que se hable; se trata de centrar la lucha en lo esencial para esa persona, sugiriendo ejemplos precisos. Por tanto, los consejos pueden -a veces, deben- estar en la misma línea durante temporadas más o menos largas, sin cambiarlos cada semana. Esto se hace fundamentalmente, a través del examen particular, sin que su-
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ponga mantener sine die el mismo. Llevándolo a la oración, se procurará dar luces nuevas, a partir de distintos puntos de vista, sobre los mismos aspectos centrales.
La recomendación de nuestro Padre a sus hijos sacerdotes no mandéis, aconsejad[4], se puede aplicar directamente a la charla fraterna; por eso, ordinariamente los consejos consistirán en orientaciones sobre la vida de piedad, sobre el empeño en la mortificación, el apostolado, una virtud concreta, etc.; y sobre la forma o espíritu con el que se realizan las tareas profesionales, sociales, etc., para ayudar a transformarlas en oración y en medio de apostolado. Se tratará habitual-mente de sugerencias, más o menos amplias, que cada uno habrá de concretarse en la oración, y tratar en sucesivas charlas.
No obstante, el hecho de que habitualmente los consejos de la Confidencia se den a modo de sugerencias, no significa que quien hace la charla pueda limitarse a tenerlos en cuenta como una opinión cualquiera. Por ser consejos de dirección espiritual -expresión de una ayuda del Espíritu Santo-, tienen un seguro valor para guiar la libertad hacia Dios.
Pero, además, algunas veces los consejos pueden recaer sobre la materia misma objeto de santificación[5]: por ejemplo, cuando una determinada actividad debe abandonarse por no ser moralmente lícita, o porque para una persona concreta y en unas concretas circunstancias, objetivas o subjetivas, deja de ser medio de santidad, porque le impide cumplir otros deberes más importantes, o repercute negativamente -y de modo inevitable en la práctica- en la vida espiritual, etc. Ante estas situaciones -que quien recibe la charla puede advertir más claramente
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que el mismo interesado-, conviene recordar las palabras del Señor: ¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?[6].
En este sentido, cuando las circunstancias lo requieren por los bienes que están en juego, la charla puede ser también conducto de consejos imperativos[7]. En estos casos, lo que se aconseja es lo mismo que "impera" la conciencia cristiana (o lo que debería dictar, si no estuviera cegada por un error o turbada por una pasión desordenada). Por eso se pueden llamar consejos imperativos: no porque impere el que recibe la charla, sino porque expresa lo que "impera" o debe dictar la recta conciencia[8].
En consecuencia, quien recibe la charla -después de considerarlo en la oración y de pedir consejo, si fuera preciso, a los Directores que deben intervenir en la dirección espiritual de esa persona, asegurando siempre la unidad de criterio[9]- ha de ser cauce para expresar con claridad y firmeza esas obligaciones morales, aunque siempre con delicadeza y comprensión: sin confundir la firmeza con la dureza o la impaciencia. Es decir, tiene el deber, no sólo de sugerir, sino de indicar al interesado qué ha de hacer para obrar con conciencia recta, y éste
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debe sentir en su interior la llamada de Dios a una conversión, a un cambio, a cortar taxativamente lo que haya que cortar: porque es incompatible con el querer de Dios, y no simplemente opinión del que atiende su charla y de los Directores. Tampoco se puede limitar a formarse un juicio interior sobre lo que debe hacer, sino que ha de poner los medios para realizarlo[10].
Quien hace la charla abre su alma para que se le pueda ayudar tanto en sus disposiciones interiores como en la conducta exterior, y cuenta con que quien la recibe hará las consultas necesarias a los Directores -con la máxima delicadeza y prudencia, guardando un estricto silencio de oficio-; y tiene el interés de que los Directores le conozcan a fondo, y puedan tomar las medidas de gobierno que sean oportunas para promover su bien personal y el bien común de la Obra, que también es bien personal de cada uno, pues el fin de la Prelatura no es otro que la santificación de sus fieles[11]. También por esta razón, todos agradecemos que quien recibe nuestra Confidencia comunique a los Directores lo que sea preciso, pues «con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los Directores tienen del alma de los fieles de la Obra, y así les pueden ayudar mejor»[12].
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Quien recibe la charla, además, ha de considerar que la dirección espiritual impartida en este medio de formación, tiene por objeto «las disposiciones interiores» de quien la hace[13], mientras que «la dirección espiritual personal, en cuanto a la conducta exterior de los fieles del Opus Dei, y sólo en lo referente al espíritu de la Obra y a los apostolados, corresponde al Consejo local»[14]. Naturalmente, los dos ámbitos están conectados: los consejos de la charla sobre las disposiciones interiores se deben traducir en la conducta exterior; y el Consejo local ha de intervenir en la dirección espiritual respecto a las disposiciones interiores. Lo que implica esa distinción es que hay cuestiones de dirección espiritual en relación a la conducta exterior que no son competencia de quien recibe la charla, sino del Consejo local[15].
Sí es propio de la charla fraterna el modo de vivir el encargo apostólico y las orientaciones recibidas de los Directores: fomentando la unidad, impulsando la vibración apostólica, etc.[16]
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Nuestro Padre nos ha enseñado siempre que, en Casa, el mandato más fuerte es por favor[17]. En una meditación de 1937 comentaba: Es cierto que, en la Obra, no se dice: yo ordeno, sino que se indica: por favor...; o ¿te vendría bien...? Pero se manda y se obedece, porque mandato es lo que hay detrás de esa forma cortés, detrás de esa urbana y caritativa envoltura. En la Obra se manda, no con consignas tajantes, sino con insinuaciones que han de comprender personas bien dotadas como vosotros; gracias a Dios, lo sois. En la Obra se manda, con caridad, con esa inefable caridad que Dios ha querido poner en su Opus Dei, como un eco de aquella que reinó entre los primeros fieles[18]. 'Un ejemplo elocuente de esta conducta de los primeros cristianos es lo que escribe San Pablo a Filemón: aun teniendo plena libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te lo ruego apelando a la caridad (...) Te escribo confiando en tu docilidad, sabiendo que harás aún más de lo que te digo[19].
La función del que ejerce la dirección espiritual puede resumirse en ayudar a recorrer el camino de la santidad: abriendo horizontes para la vida interior; colaborando a la formación del criterio; señalando los obstáculos, de modo que ni él ni el interesado estorben la acción de la gracia; indicando los medios más adecuados para cada persona en las diversas circunstancias de su vida; corrigiendo las posibles deformaciones o desviaciones de la marcha; animando siempre en la lucha es-
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piritual; y alentando a ser fermento cristiano en medio de todas las actividades humanas, fomentando el afán de almas y la búsqueda de la perfección en el trabajo y en las demás circunstancias de la vida.
En este sentido, resulta de gran trascendencia que el director enseñe a los demás que cuentan con los medios sobrenaturales necesarios y suficientes para alcanzar la santidad; y que ahí reside el deber de abandonar su confianza en Dios, en los sacramentos, en la oración, en la intercesión de Santa María; sin temer las exigencias de Dios, que conoce su debilidad: Sin quitar importancia a las derrotas, se debe evitar el desaliento, aumentando la confianza en Dios, con sentido sobrenatural [20].
Quien ejerce la dirección espiritual tendrá presente que a lo largo de la vida surgen ocasiones de lucha más dura[21]; pero, precisamente por las dificultades que entrañan, son momentos para vivir con más intensidad la fe en Dios, en la Obra, en la fuerza que da la vocación recibida, y en los medios sobrenaturales; son periodos queridos por Dios para hacer progresar en el camino de la vida cristiana, correspondiendo a la gracia.
Así lo explicaba nuestro Padre: Alta es la meta, a la que Jesús nos llama: inasequible, hasta el fin mismo del camino de la vida. Siempre se puede tender a más, y el que no avanza, retrocede; el que no crece, mengua. Los que me comen, se lee en el Eclesiástico, aún tendrán hambre; y los que me beben, aún tendrán sed (Eccli. XXIV,
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29)[22]. Y continuaba: Además, no podemos olvidar que llevamos en nosotros mismos un principio de oposición, de resistencia a la gracia: las heridas del pecado original, quizá enconadas por nuestros pecados personales. Se opondrán a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar sobre los hombros el yugo suave de Cristo, un afán loco, no de libertad santa, sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento —más solapadamente, conforme pasan los años-, la soberbia; y después toda una reata de malas inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas.
No nos queramos engañar: tendremos miserias. Cuando seamos viejos, también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad[23]. La lucha ascética es para toda la vida, por eso no ha de causar turbación el conocimiento propio: que somos de barro de botijo, como repetía gráficamente nuestro Padre[24].
Otra posible tentación que a veces puede asaltar -y que también señalaba nuestro Fundador- es el pensamiento de que la vida interior es una comedia, porque a veces cuesta el cumplimiento de las Normas de piedad y la lucha ascética no produce consuelos sensibles[25]. Para esos casos, San Josemaría decía que hemos de reaccionar así: ha
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llegado la hora maravillosa de hacer una comedia humana con un espectador divino. El espectador es Dios: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo: la Trinidad Beatísima. Y con Dios Señor nuestro, nos estarán contemplando la Madre de Dios, y los ángeles y los santos de Dios[26]. Hay que ser fíeles a Dios, porque la verdadera felicidad consiste en el cumplimiento del deber por amor a Dios, aunque frecuentemente el gusto -o la sensibilidad- no acompañe: Es hermoso -no lo dudes- hacer comedia por Amor, con sacrificio, sin ninguna satisfacción personal, por dar gusto al Señor, que juega con nosotros. Vivir de amor, sin andar mendigando compensaciones terrenas, sin buscar pequeñas infidelidades miserables, sentirse orgulloso y bien pagado sólo con eso: convertir la prosa ordinaria en endecasílabos de poema heroico[27].
La fidelidad consiste en enamorarse más y más de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo: amarle opere et veritate, con todas las fuerzas[28]. Este amor comporta una totalidad y una exclusividad crecientes, en unidad de vida: nada puede quedar fuera, y todo debe ir teniendo la impronta concreta de ese amor; hay que llegar a conocer y amar a Dios ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, ex tota virtute[29]. Es, pues, necesario que todos y cada uno de los aspectos de la multiplicidad de potencias y sentidos, de situaciones y actividades, se vayan enderezando a Dios, sean purificadas de otros afectos, de modo que no quede nada fuera de su amor.
El director espiritual debe ayudar a cada uno a subir por su "plano inclinado", hacia la totalidad y exclusividad del amor a Dios, para que descubra cada vez más plenamente la alegría de vivir con Dios, de estar con Dios. Esto llevará a los que hacen la charla fraterna a afinar
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más en todas las actividades, en el trabajo, en la vida en familia, en las Normas de piedad: todo lo que comprende la existencia de un cristiano se ha de dirigir a cumplir y amar la voluntad de Dios, para llegar a ser -con expresión de nuestro Padre- alter Christus, ipse Christus.
Para esto, como es lógico, es preciso el trato asiduo y auténtico con la Santísima Trinidad: la oración comprometida y sincera, que lleve a conocerse y a saber qué quiere Dios de cada uno personalmente en cada momento según sus circunstancias.
Cada día habéis de tener más respeto a la personalidad de cada uno de vuestros hermanos; desde el primer momento ha querido el Señor -como parte principal de nuestra vocación- que tengamos el numerador distinto, bien distinto[30]. La dirección espiritual debe impulsar y favorecer la verdadera libertad de espíritu, que lleva a comprometerse en la lucha por la santidad[31].
Como una consecuencia de ese espíritu de libertad, la formación -y el gobierno- en la Obra se funda en la confianza: los Directores no os llevan en andadores, ni tienen una vigilancia recelosa sobre vosotros. Nada se logra con un gobierno fundado en la desconfianza. En cambio, es fecundo mandar y formar con respeto a las almas, desarrollando en ellas la verdadera y santa libertad de los hijos de Dios, enseñándolas a administrar la propia libertad. Formar y gobernar es amar[32].
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Sin pretender tratar este tema por extenso, es útil recordar que por la libertad la persona se autodetermina en sus actos para elegir el bien -y evitar el mal-, porque quiere, dirigiéndose hacia su fin propio que es la felicidad, y que se identifica con Dios, fin último del hombre. Del mismo modo, también se puede libremente obrar mal, aunque sea por razón de bien, lo que muestra la imperfección de la naturaleza humana.
La elección del bien, por tanto, requiere el conocimiento de la verdad sobre el hombre[33]; porque, en su ejercicio, «la libertad depende fundamentalmente de la verdad»[34], y conocer la verdad permite, a su vez, ejercer bien la libertad: la verdad os hará libres[35]. En última instancia, el verdadero ejercicio de la libertad tiene como modelo a Jesucristo[36], y conduce a identificarse con Él Camino, Verdad y Vida[37]: Cuando luchamos por ser verdaderamente ipse Christus, el mismo Cristo, entonces en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino[38].
Los cristianos hemos sido llamados a la libertad[39], y la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de
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Dios, que nos desata de todas las servidumbres[40]: Todo me es lícito; pero no todo conviene. Todo me es lícito; pero no me dejaré dominar por nada [41].
Ejercitar la libertad por amor a Dios permite irse liberando cada vez más de las malas inclinaciones que dificultan el buen uso de este don: «cuanta más caridad se tiene, más libertad se posee»[42]. Por el contrario, donde no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí -no obstante las apariencias- todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado[43].
Conviene también tener presente que, en el cumplimiento de la voluntad de Dios, hay conductas que son "debidas" en el sentido de que están mandadas (por ejemplo, no robar; o también, para un católico, ir a Misa los domingos), y esto no significa que no seamos libres al realizarlas (podemos comportarnos así libremente, porque queremos amar a Dios). Igualmente hay otras muchas -la inmensa mayoría- que no están mandadas (por ejemplo prestar un pequeño servicio, o no hacerlo para dedicarse a otra cosa también buena), y esto no significa que sólo seamos libres en estos casos, por el simple hecho de poder elegir (al no haber una determinación material unívoca de la voluntad de Dios). Lo esencial del sentido de la libertad es el poder amar a Dios haciendo el bien porque nos da la gana, tanto en lo que es "debido" como en lo que no lo es. En este último caso, que es el más frecuente, el amor nos dará luz: unas veces para descubrir lo que más agrada al Señor, y en otras ocasiones hará que lo que escojamos se convierta en lo mejor.
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En cualquier caso, en la dirección espiritual se debe respetar la acción de la gracia y la libertad de las personas, teniendo en cuenta que en el fondo de cada alma hay algo intocable, donde sólo Dios penetra; ayudando con profundidad a conocer la voluntad de Dios y a cumplirla con plena libertad y convencimiento interior, por amor. Por eso, jamás se manda -excepto a los escrupulosos o en casos especiales-, sino que se estimula para que el alma quiera libremente. Pensad en lo que tantas veces os he dicho: porque me da la gana, me parece la razón más sobrenatural de todas. La función del director espiritual es ayudar a que el alma quiera -a que le dé la gana- cumplir la voluntad de Dios. No mandéis, aconsejad[44].
El Señor quiere que cada uno le ame y le trate de acuerdo con su modo de ser personal y con las inspiraciones del Espíritu Santo: En la Obra, somos muy amigos de la libertad, y también lo somos en la vida interior: no nos atamos a esquemas ni métodos. (...) Hay mucho -debe haber mucho- de autodeterminación incluso en la vida espiritual[45].
Junto a esa maravillosa libertad en la propia lucha, hay que fomentar el sentido de responsabilidad: insistir a las personas en que es Dios quien pide amor, quien espera una respuesta que corresponda a los continuos dones que Él concede a sus hijos; y que Él juzgará a cada uno según sus obras. Por tanto, es necesario situar a cada uno frente a las exigencias completas de su vida, ayudándole a descubrir lo que Dios, en concreto, le pide, sin poner limitación alguna a esa independencia santa y a esa bendita responsabilidad individual, que son características de una conciencia cristiana[46].
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En el ambiente actual, no poca gente piensa que lo que cuesta esfuerzo no se hace del todo libremente. Se ignora el valor de la expiación, del sacrificio voluntario, ofrecido por amor; y se piensa que optar por algo que no resulta fácil, que contraría, o que no sale espontáneo, es absurdo o no natural. Se confunde lo libre con lo "espontáneo", y lo espontáneo con lo "auténtico", y se piensa que todo lo espontáneo es bueno porque es más auténtico, olvidando la realidad de las malas inclinaciones, consecuencia del pecado. Por ese camino, que muestra una gran inmadurez, se acaba llevando una vida penosa: cuando todo eso sucede, esa alma queda todavía más condicionada que la que voluntariamente quiso aceptar unos compromisos[47].
Es importante que se entienda lo que significa querer querer, sin confundir el "no me apetece" con el "no quiero". Amar exige siempre darse, vencer el propio egoísmo, y eso cuesta y supone dolor. En una persona que ama, es normal hacer lo que debe porque le da la gana aunque no tenga ganas. Esto requiere crecer en las virtudes de la sinceridad, docilidad, reciedumbre, generosidad y lealtad. Cada alma de-
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be sentir la responsabilidad personal de su vida: responsabilidad que es intransferible, y que lleva a vivir y a comportarse siempre como un cristiano cabal, en unidad de vida.
Lo dicho en el apartado precedente se concreta, sobre todo al inicio de la llamada, en formar personas de criterio[48]; capaces de amar libremente a Dios sobre todas las cosas. Se trata, en último término, de formar la libertad dando una base doctrinal verdaderamente sólida y profunda, porque el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad[49].
Las exigencias de la respuesta leal al querer de Dios han de calar en las personas no como una "lista de indicaciones" o una "serie de prácticas inconexas", sino como manifestación del espíritu cristiano vivido plenamente, con radicalidad: así se luchará en practicar todas las virtudes, día a día, por amor.
Por eso, se ha de formar la conciencia con la doctrina y en la práctica de la virtud; y no guiarse sólo por el corazón que conduciría a un sentimentalismo simplón, sino a través de un conocimiento de la
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vida cristiana que sea a la vez teórico y experiencial[50]: la inteligencia creyente, «el "corazón" convertido al Señor y al amor del bien es la fuente de los juicios verdaderos de conciencia»[51], sabe reconocer cuál es el querer de Dios para cada momento[52], y obra con plena libertad interior[53].
Se trata de colaborar a que el interesado "vea" en su oración personal los campos de lucha, de modo que ésta pueda ser eficaz; descubra la raíz de los defectos, mediante un examen sincero con uno mismo y con Dios, pero sin complicar a las almas pretendiendo que se busquen motivos profundos ante cada pequeñez. Esto es importante para adelantarse al peligro de un cumplimiento "formalista" de las prácticas cristianas, que conduce a la tristeza interior: se cuidan las apariencias, pero falta la vida.
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Formar la conciencia es, en definitiva, «hacerla objeto de continua conversión a la verdad y al bien»[54], de ininterrumpido crecimiento en libertad interior, la libertad de la gloria de los hijos de Dios[55]. Es claro que, para lograr esta formación, se requiere una labor personalizada; es como confeccionar un traje a medida, decía nuestro Padre: se trata de llevar a cada uno por donde Dios quiera, sin generalizaciones ni remedios universales, sin prisas, o de modo rutinario. No existen panaceas. Es preciso educar, dedicar a cada alma el tiempo que necesite, con la paciencia de un monje del medioevo para miniar -hoja a hoja- un códice[56].
La dirección espiritual es un arte, que requiere conocimientos teóricos de la vida espiritual y la virtud de la prudencia para saber aplicarlos en cada caso según las circunstancias; y exige además una gran delicadeza, pues se trabaja con personas, que valen toda la Sangre de Cristo: En la Obra a cada uno nos tratan, no como un cacharro de bisutería, que se hace de cualquier manera: miles en un momento, con una máquina. No, nos tratan como a una joya; a cada uno se le dedica todo el tiempo necesario, se le atiende todo lo que se puede, para que luzca, para que brille, para que se vea que es de oro puro, que es la Sangre de Cristo en cada uno de nosotros[57].
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La vida en Cristo consiste fundamentalmente en ir creciendo en la caridad, que es una participación de la vida divina y nos une con Dios[58]. Pero la caridad necesita de la humildad, que dispone el alma para recibirla, pues Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia[59]. Para ser humildes existe un medio indispensable: la sinceridad en la dirección espiritual[60]. Este hilo directo que une sinceridad, humildad y caridad, permite comprender la enorme importancia práctica de aquella enseñanza de nuestro Padre: la primera virtud humana del cristiano es ser sincero[61]. La sinceridad es virtud sine qua non para poder crecer en la santidad, y para poder recibir una dirección espiritual eficaz. Si no se abre el alma por completo, los demás medios resultan inútiles.
Ciertamente, la sinceridad es virtud que debe vivir cada uno personalmente, pera el director espiritual puede y debe facilitarla. Para esto, tiene que ser consciente de que no basta con que él quiera y comprenda de hecho a las personas, sino que debe ganarse su afecto y lograr que experimenten que las comprende y las quiere, porque sentirse rodeado y protegido por la comprensión afectuosa del superior, puede ser el remedio eficaz que necesiten las personas a las que has de servir con tu gobierno[62]. El que lleva la dirección espiritual ha de saber transmitir ese cariño de modo concreto: por ejemplo, conocien-
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do y recordando su situación familiar y profesional, sus gustos y aficiones, sus preocupaciones, sus aniversarios, etc.
En los medios de formación hay que animar a ser sinceros antes, cuando aparecen los primeros síntomas de algún problema, advirtiendo las asechanzas del demonio mudo: El demonio mudo es el único enemigo considerable. Tres milagros hizo el Señor para poder curar a aquel endemoniado del Evangelio: hacer que escuchara, porque no quería escuchar; hacer que hablara, porque no quería hablar; y hacer que se fuera, porque tampoco quería irse. De modo que no deis lugar a que tengan que obrarse en vosotros esos tres milagros: ¡hablad claro!
¿Qué creéis que somos los demás? Yo también me siento lleno de miserias; lo más bellaco y lo más villano, lo más miserable que pueda hacer un hombre, eso soy capaz de hacer yo también, si Dios me deja de su mano. Nunca me avergonzaré de lo que pueda contarme un hijo mío, e igual les pasa a vuestros hermanos.
Hay que hablar con confianza plena. Si no habláis, se acabó todo: es el principio del fin. Si sois sinceros, pase lo que pase seréis fieles y seréis felices[63].
Para facilitar la sinceridad es muy importante saber preguntar, con una delicadeza extrema, sin temor a entrar en la intimidad de la conciencia, porque se desea cooperar con la acción del Espíritu Santo; sin limitarse a escuchar, que en la práctica sería admitir una actitud pasiva: ayudadles, preguntando: cómo cumplen las Normas y las Costumbres de nuestro plan de vida, con qué espíritu trabajan, cómo viven el proselitismo, si hacen corrección fraterna, si cuidan las cosas pequeñas, si aman mucho a la Virgen, con qué empeño cumplen el encargo apostólico. En estos puntos capitales encontraréis los síntomas, que pondrán de manifiesto la salud o la enfermedad en las
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almas de mis hijos. Los medios oportunos para la curación están al alcance de la mano, porque en nuestro espíritu se encuentra toda la farmacopea[64].
Hay algunos temas -en los mayores y en los jóvenes-, en los que es especialmente importante saber preguntar sin agobiar, sin dar sensación de control: unidad, santa pureza y pobreza, son tres virtudes que promueven y protegen tres bienes fundamentales para el cristiano y se colocan, por tanto, en estrecha relación con la perseverancia en el camino[65]. Por eso, las preguntas han de ser certeras, incisivas, amables, y -por supuesto- hay que fiarse siempre de la respuesta recibida, pues mostrar desconfianza sería mortal para la sinceridad, además de un atentado contra la caridad y la justicia.
Sobre todo en los comienzos de la vida interior, no se debe dar por supuesto que se conoce bien toda la doctrina moral[66]. Además,
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puede haber personas que no sepan expresar (verbalizar) lo que les sucede (a causa de su carácter, del tipo de formación que han recibido en su familia, etc.), no porque quieran ocultarlo con una intención determinada (o por falta de sinceridad), sino porque piensen que no tienen nada o casi nada que decir, que lo que les ocurre es lo normal y que ellos son así. Es necesario ayudarles exponiendo con razones algún punto doctrinal que pensamos que quizá puedan tener menos claro; o preguntando oportunamente para abrirles horizontes -sin complicar, pues la acción de la gracia también tiene sus tiempos y cuenta con la madurez y las disposiciones personales- de un trato más íntimo con Dios en la oración, en la lectura del Evangelio o en la lectura espiritual, para que afinen más en el examen, etc.
También hay que enseñar a que -siempre con delicadeza- llamen a las cosas por su nombre. A veces no lo hacen por vergüenza, o porque piensan que los demás son distintos, o simplemente porque no saben. Otras veces, la falta de concreción o de corrección en el hablar, los eufemismos, los circunloquios, pueden esconder una forma de insinceridad. Cada uno ha de enfrentarse reciamente con sus debilidades en la presencia de Dios, para luchar contando siempre con los medios sobrenaturales, sin extrañarse de nada: cuando se pelea así, se alcanza una serenidad llena de paz -también en los "desastres"-, que es fruto de la gracia del Espíritu Santo[67]. Por este motivo, es preciso que aprendan a hacer los exámenes de conciencia con finura, sin despreciar los pequeños síntomas, que pueden ser manifestación de carencias latentes.
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La sinceridad debe ir acompañada de un ánimo dócil, dispuesto por principio a seguir los consejos con la confianza de un niño y la responsabilidad de una persona madura[68]: tratando de entenderlos bien, para ponerlos en práctica con una obediencia no ciega, sino inteligente y libre[69]. Esto hay que enseñarlo desde el principio de la vocación: la obediencia en la Obra es libérrima, como en cualquier familia, y al mismo tiempo es completamente necesaria[70], más en la dirección espiritual, como explicaba don Álvaro: «No es suficiente contar las cosas tal y como las vemos delante de Dios, sin callar nada. La persona verdaderamente sincera, además de manifestar toda la verdad, se muestra plenamente dispuesta a aceptar los consejos de la dirección espiritual, con entera docilidad de mente y de voluntad, y a continuación lucha esforzadamente para llevarlos a la práctica. Esta es la sinceridad cabal: la que camina unida a la docilidad y a la pelea concreta en los puntos que nos han señalado»[71].
Es siempre oportuno considerar en la oración los consejos que se reciben, con «una docilidad activa»[72] para comprender que a través de esas indicaciones se formarán en profundidad las disposiciones de la
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voluntad, de la inteligencia y del corazón. No se trata de quedarse en el cumplimiento material de un propósito concreto, sino de crecer en las virtudes a través de la lucha en esos puntos, y así llegar a la conformación con Cristo, a ser alter Christus.
El director espiritual debe ayudar a construir y fortalecer la unidad de vida, progresivamente, sin permitir que algún aspecto quede voluntariamente fuera de la respuesta a Dios, como un reducto del egoísmo. Un grave peligro para el cristiano es el aburguesamiento, la media entrega, el condicionar la disponibilidad, buscando compensa-ciones y, en definitiva, perdiendo el fervor de la primera caridad [73].'
El Señor pide siempre más: más, más, más, repetía nuestro Padre. A veces sólo un pequeño esfuerzo; otras, uno mayor; pero siempre algo más[74]. Por eso, en la dirección espiritual hay que exigir siempre, con delicadeza pero hablando claro y sin miedo: el Señor nos llama a ser santos, y no podemos conformarnos con menos. Hay que pedir en cada momento lo que el alma puede dar con la gracia de Dios. Al hacerlo, puede ser oportuno advertir que eso no significa que falta lucha, o que el Señor no está contento, sino al contrario, que nos quiere más cerca de Sí, y pide más porque da más gracia. Nadie tiene que ir a la dirección espiritual como esperando que le feliciten, sino a dejarse exigir.
Es preciso no olvidar que, tarde o temprano, la fidelidad se plantea con una disyuntiva absoluta, que de algún modo está presente a lo largo de todo el camino: o desear plenamente, en todo momento, cumplir la Voluntad de Dios, o buscarse a uno mismo: el yo en su aspecto
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espiritual -amor propio, egoísmo, etc.-, o en su aspecto más material -sensualidad, comodidad-, aspectos que van siempre unidos[75]. De ordinario, la radicalidad de esta disyuntiva no comparece de golpe, sino que se va fraguando en una sucesión de opciones, pequeñas quizá, pero que cada vez se hacen más profundas.
Cuando una persona -con la gracia de Dios- procura responder honestamente de modo afirmativo a las insinuaciones del Espíritu Santo -o rectifica, si comprende que no ha sido completamente generosa-, va adquiriendo una sensibilidad cada vez mayor para ver en todo la voluntad de Dios, y seguirla. Por el contrario, las respuestas negativas que no se han rectificado, van dejando al alma insensible a las sucesivas peticiones, y pueden llegar a ser la causa en un momento determinado de la vida de una completa obcecación ante la realidad de la llamada divina[76]. Así nos previene nuestro Padre: Sinceros con nosotros mismos. Más difícil aún (...) La soberbia violenta a la memoria, y se encuentra una justificación para cubrir de bondad el mal cometido, que no está dispuesto a rectificar; se acumulan argumentos, razones, que van ahogando la voz de la conciencia, cada vez más débil, más confusa [77].
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Por esto, es de importancia capital que el director colabore con la gracia para ayudar a cada uno a conocerse delante de Dios. En el fondo, la sinceridad en la Confidencia no es otra cosa que la manifestación, o exteriorización, de la unidad de vida, de la sencillez y transparencia con que ha de vivir un cristiano coherente.
Esa labor de simplificación delante de Dios, se lleva a cabo día a día, y dura toda la vida; de modo que, en la dirección espiritual se deben tratar y profundizar todos los aspectos de la vida interior, sin dejar "parcelas oscuras", sin omitir aspectos.
Siempre, pero especialmente cuando pasan los años, hay que ayudar a mantener el tono de exigencia personal, con una caridad vigilante[78]. El director no puede conformarse con que las almas vayan tirando, sino que ha de sugerir nuevos puntos de lucha, y rogar al Espíritu Santo luces para ver qué necesitan los demás, y exigírselo: Torpeza sería conformarse con que un alma dé cuatro, cuando puede dar seis. Acordaos de la parábola de los talentos[79]. Es preciso poner metas altas y, con rectitud de intención, pedir a cada uno cuanto pueda dar, manteniendo en todos la actualidad de la llamada a la santidad y la vibración apostólica: que nadie pueda quedar desencantado de la entrega[80].
La postura "intermedia", el estar como en la cuerda floja, impide avanzar y conduce a la tibieza o, en el mejor de los casos, a tomar actitudes de "gente rara", o a considerarse "persona aparcada", poco feliz, que no ha conseguido "realizarse", etc.; con facilidad puede, incluso, llegar a agostar la vocación. La tibieza o aburguesamiento en la vida espiritual y apostólica significa perder el amor que impulsa a la en-
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trega[81]. Es el peligro de sentirse solterones, egoístas, hombres sin amor[82].
Ante estas situaciones es preciso ser santamente intransigente[83] con lo que agüe o debilite la entrega en la Obra, y emplear una "medicina fuerte" -bien fundamentada en la oración y en la penitencia, y aplicada con el "bálsamo del cariño fraterno"[84]-, que estimule a reaccionar, aunque nos tengamos que hacer violencia. Hay que contar con el dolor ajeno y con el propio, si se quiere cumplir con el deber. No os oculto que sufro antes, mientras y después de corregir, y no soy un sentimental, aunque sí un hombre de corazón[85].
Después, habrá que saber recoger a las personas, con prudencia: cuando la dureza ha sido premeditada, cuando -por esa razón- el Director ha sufrido antes, mientras y después de hacer la advertencia, no hay que pedir perdón de nada: en conciencia había que hacer, no un cuadrito blandengue, sino un altorrelieve, duro, fuerte, incisivo, y está bien el fondo y la forma de la corrección. Lo que en estas ocasiones ha de hacer el Director, es buscar una oportunidad,
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sin hablar ya de ese asunto, para manifestar el cariño que no ha faltado nunca, dando una manifestación externa de afecto[86].
En todo caso, es preciso hacerles ver que hemos venido a la Cruz, y en el Gólgota no caben medianías[87]. Es el momento de caldearlos con el calor de familia de la Obra; de ofrecer y aconsejar que hagan penitencia; de que se entreguen con mayor abandono en las manos del Señor, que no nos deja: siempre con esperanza y optimismo sobrenatural; de que profundicen en la sinceridad de vida: si es necesario, decidle también 'qui enim haesitat similis est fluctui maris, qui a vento movetur et circumfertur. Vir duplex animo inconstans est in ómnibus viis suis. Quien anda dudando, es semejante a la ola del mar alborotado, llevada de una parte a otra por el viento. El hombre de ánimo doble, insincero, es inconstante en todos sus caminos (Iacob. I, 6 y 8)[88].
En la dirección espiritual se deben evitar dos extremos igualmente viciosos: la dureza o incomprensión, que procede de la soberbia; y la blandura, por falta de fortaleza. Es preciso aprender a conjugar comprensión y paciencia con la necesaria exigencia para ayudar a mejorar a las personas; de lo contrario, habría falta de amor, o cobar-
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día o ligereza en quien dirige[89]; la exigencia es manifestación del amor a los demás, que quiere lo mejor para ellos: que se identifiquen cada vez más plenamente con Cristo, desarrollando sus virtudes. Es el deseo de que sean santos, lo que mueve a corregir con fortaleza unida al cariño, veritatem facientes in caritate[90]. Con todos estos consejos, os voy dibujando a grandes rasgos el modo que seguimos, en esa labor maravillosa de moldear las almas de mis hijos, que se podría resumir en saber fundir la fortaleza con la caridad. Porque, en determinados momentos, las almas necesitan de la fortaleza de Dios y de la fortaleza de sus hermanos. ¡Cuántas cosas -que suceden en la vida- no sucederían, si hubiera habido fortaleza desde un principio! Cuando os hablo así, no me contradigo con algo que os he enseñado también: que gobernar y formar es comprender y disculpar. Pero además es corregir, adoctrinar, exigir[91].
Comprender y disculpar y, a la vez, saber animar con fortaleza y prudencia. La caridad, hijos míos, sin fortaleza no es caridad: es blandenguería. No penséis que con dispensaciones y benignidades injustas os granjearéis mejor el amor de vuestros hermanos, sino el desprecio ante la falta de autoridad. Llegad al fondo, cuando tratáis de ayudarlos, y no os quedéis en la superficie: lo contrario sería cobardía y comodidad, falta de cariño[92]. Para ser muy sobrenaturales, hay que ser muy humanos; presentar las exigencias de la vida cristiana de forma amable es el mejor modo para ser eficaces[93]: siendo psicólogos, sabiendo cómo es cada uno, pues lo que para alguien puede ir
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muy bien, para otro puede ser contraproducente. La comprensión lleva al director a ponerse en el lugar de cada persona: Sed muy positivos, haced amable la lucha; exigid con firmeza, pero sin acritud: suaviter in modo, fortiter in re[94].
La comprensión, unida a la exigencia, hace subir a las almas como por un plano inclinado, dosificando el esfuerzo de acuerdo con las circunstancias de cada uno, sabiendo tirar para arriba sin brusquedades, sin herir innecesariamente, esperando el momento oportuno, la ocasión propicia: Hay que contar con el tiempo, y con la acción de la gracia en cada alma. No es bueno llevar las almas a empujones, ni pretender que corran, cuando apenas pueden sostenerse[95].
Se trata de aprovechar las cosas buenas de cada persona, e ir proponiendo puntos de lucha que favorezcan el crecimiento de las virtudes, de modo que -también así- se ahogue el mal en abundancia de bien[96].
Por eso, también hay que saber dar paz y serenidad cuando les pesen más las limitaciones o defectos: los santos también los tuvieron -hasta el final de sus vidas-, y luchando alcanzaron la santidad. Para que la lucha interior produzca frutos, es necesario insistir, comenzar y recomenzar siempre[97]: la virtud se adquiere con la repetición de actos
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buenos, levantándose rápidamente después de cada caída; es más, hay que aprender a aprovechar la contrición después de las caídas para unirnos más a nuestro Padre Dios por un amor que repare y cauterice la herida.
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