ANEXOS
En los siguientes Anexos se tratan otros aspectos que conviene tener en cuenta en la dirección espiritual, por su relación con la unidad de vida que se empeñan en buscar los fieles de la Prelatura, y en general con la identidad cristiana que ha de caracterizar a todo bautizado.
Hay que ayudar a todas las personas, en las diversas etapas de la vida, a identificarse cada vez más y a difundir, con una descarada carga apostólica, las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia acerca de la moral profesional, el desprendimiento y uso de los bienes materiales, la constitución de la familia cristiana -unidad e indisolubilidad del matrimonio, castidad conyugal, derecho a la vida-, etc., ahogando el mal en abundancia de bien.
La situación doctrinal en muchos países es un acicate para difundir los criterios cristianos con urgencia y profundidad, entre todo tipo de personas; y para intensificar el apostolado y el proselitismo, insistiendo en los medios de formación y en la dirección espiritual, siempre de modo positivo, con don de lenguas y comprensión; pero con firmeza y claridad -hilando fino-, sin ceder ante la tentación de acomodarse al ambiente.
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DIRECCIÓN ESPIRITUAL EN DIVERSAS CIRCUNSTANCIAS ORDINARIAS
Es preciso conocer lo mejor posible a las personas, para poder ayudarlas de acuerdo con sus condiciones particulares, sabiendo aplicar las normas generales -con caridad y comprensión- según las necesidades de cada uno, y teniendo siempre muy presente que la labor de dirección espiritual es de carácter sobrenatural, y que no se trata de hacer psicología, sino de prevenir la reacción de las almas. No hablo de métodos psicológicos: es ascética. Hay que preparar a las almas como el médico prepara el cuerpo, antes de hacer una operación[1].
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La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de entusiasmo por todas las cosas grandes, por los ideales elevados, por todo lo que es auténtico[2]. Eres calculador. -No me digas que eres joven. La juventud da todo lo que puede: se da ella misma sin tasa[3].
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Esta capacidad de entusiasmo se manifiesta también en la tendencia a extremar las actitudes[4]. Los jóvenes pueden tener manifestaciones de egoísmo y, a la vez, son capaces de sacrificarse y entregarse por un ideal con gran fuerza e ilusión; establecen relaciones afectivas ardientes, que pueden romperse con la misma facilidad con que se iniciaron, porque tienen poca consistencia; se sienten impulsados a la vida de relación, pero conservan un deseo de soledad; están muy preocupados por las cosas materiales, pero mantienen grandes deseos de donación; pasan del optimismo más ingenuo a un pesimismo también sin base real, etc.
Muchas de las cualidades positivas que se encuentran en la gente joven -magnanimidad, desprendimiento, capacidad de amar-, se han de poner a prueba con el transcurso del tiempo: a veces, son desprendidos porque no saben lo que cuesta ganar las cosas, o confiados y optimistas porque aún no han sufrido contrariedades de ningún tipo, o esperanzados porque toda la vida se les presenta llena de posibilidades[5].
Por todo lo dicho, sería un error considerar que este periodo de la vida se define exclusivamente por el aparecer del instinto sexual. El adolescente descubre también el amor, como capacidad de darse y como sentimiento, pero ese descubrimiento es parte de todo un conjunto de transformaciones más amplio.
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Durante esta etapa no hay que inquietarse demasiado por las posibles extravagancias o desequilibrios: es perfectamente comprensible y natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que un adolescente pensara de la misma manera que una persona madura. Todos hemos sentido movimientos de rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro criterio[6]. Hay que ocuparse de los problemas de fondo de su formación, sabiendo que con el trabajo profesional, una vez superadas las crisis de adaptación, reaparecerá la estabilidad que marca el acceso a la edad adulta.
En la dirección espiritual hay que tener presente la única meta a la que deben tender los esfuerzos de todos los cristianos; conocer y amar al Señor: que busquen a Cristo, que encuentren a Cristo, que traten a Cristo, que sigan a Cristo, que amen a Cristo, que permanezcan con Cristo[7]. He visto con alegría cómo prende en la juventud -en la de hoy como en la de hace cuarenta años- la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha vida sincera; cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, en una conversación de tú a tú; cuando se procura que resuenen en sus almas aquellas palabras de Jesucristo, que son una invitación al encuentro confiado: vos autem dixi amicos (loann. 15, 15), os he llamado amigos; cuando se hace una llamada fuerte a su fe, para que vean que el Señor es el mismo ayer y hoy y siempre (Heb. 13, 8)[8].
Como es lógico, alcanzarán esa meta poniendo los medios sobrenaturales adecuados -oración, frecuencia de sacramentos, etc.-, y con
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el cultivo de las virtudes sobrenaturales y humanas. Se les debe hablar de trabajo serio, poniendo a Cristo como modelo, ayudándoles a encauzar rectamente su idealismo y afán reformador, y enseñándoles el valor del trabajo y su importancia en la vida cristiana y la resolución de muchos problemas humanos.
Hay que mostrarles también la necesidad de profundizar en la formación doctrinal religiosa, a la vez que avanzan en el conocimiento de las otras ciencias, para que haya coherencia entre su fe cristiana y su conducta. Deben adquirir un criterio recto, para que después actúen con verdadera libertad y responsabilidad personal, que no existen al margen de Dios. Además, hay que inculcarles un gran amor a la sinceridad y a la verdad, por las que se sienten particularmente atraídos, aunque muchas veces no distingan sus manifestaciones auténticas.
Han de profundizar en el valor sobrenatural de servir a los demás por amor de Dios; eso les ayuda a salir del posible egocentrismo y se les muestra el camino auténtico de la solidaridad con los demás: Yo la solidaridad la mido por obras de servicio[9]. Y junto a eso, hay que ayudarles a olvidarse de sí mismos; a descomplicarse y a no inventarse problemas que sólo existen en la imaginación; y a tener ocupado todo el tiempo con un trabajo intenso, ordenado y constante[10].
Por tanto, es preciso aprovechar las buenas cualidades de los jóvenes para infundirles un ideal de santidad lleno de esperanza y optimismo y, subordinado a esto, hacerles comprender el valor que tienen las realidades humanas como lugar de encuentro con Dios. Hemos de hacer que los hombres no se mantengan en la idiotez de la frivolidad, en una idiotez que es inútil y siempre peligrosa. Hemos de hacer, a lo largo de cada edad, que desarrollen los jóvenes su capacidad para enfrentarse con los problemas de este mundo, con un modo de hablar moralizador, que no sea amenazador pero que tenga la
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fuerza vital de arrastrar, que ponga en marcha una generación que no está encauzada[11].
Y todo esto, en un clima de libertad responsable: en nuestra labor con la juventud, no creamos climas artificiales ni cohibimos la libertad de nadie: enseñamos a todos a administrar responsablemente su libertad[12].
Es fundamental conocer bien a su familia de sangre y el ambiente del que proceden; la educación recibida y los estudios que realizan, sus capacidades[13]. Para esto, hay que dedicarles el tiempo necesario -sin dejarlos jamás "a la intemperie"[14]-, asegurándose de que reciben
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todos los medios de formación previstos, sin interrupciones[15], arropándoles en sus dificultades. Sería absurdo atender con esmero la formación espiritual de los chicos de San Rafael, y descuidarla cuando han pedido la admisión en la Obra.
En la dirección espiritual, conviene empezar desde la base, asegurándose de que asimilan bien los principios de la vida espiritual. En los diversos medios de formación se les transmitirá la doctrina clara, sencilla y práctica sobre la vida de la gracia, la humildad y la correspondencia al Señor, el pecado, la lucha ascética, los Mandamientos de la Ley de Dios, los sacramentos -valor, necesidad, condiciones para recibirlos bien-, la vida de oración, la piedad, y los aspectos centrales de nuestra ascética: filiación divina, caridad, sinceridad, trabajo, apostolado[16].
La sinceridad y la sencillez son virtudes fundamentales en el camino de la santidad. Por eso, es muy importante que desde los primeos pasos en su vocación cristiana a la Obra se les enseñe a vivir una sinceridad que, alguna vez, he calificado de salvaje; a olvidarse de sí mismos; a descomplicarse y a no inventarse problemas que sólo
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existen en la imaginación; y a tener ocupado todo el tiempo con un trabajo intenso, ordenado y constante[17].
En la gente joven puede suceder que olviden -casi inconscientemente pero sin la suficiente reparación- no sólo problemas de su vida pasada, sino también las inclinaciones y huellas que ha producido esa vida o el ambiente en que han vivido: queman que eso hubiese desaparecido (o nunca hubiese existido) y no lo tratan jamás en la charla, porque no le dan importancia o por vergüenza. En algún caso, pueden tener tentaciones fuertes (cosa lógica si esas huellas son hondas), que no mencionan, aunque se den con periodicidad. En la mayoría de los casos, no lo hacen por mala voluntad, sino porque no ha habido un crecimiento paralelo de la responsabilidad humana, y de una vida sobrenatural auténtica y centrada en la humildad y en el trato personal con Dios: quizá no tienen del todo clara la noción de pecado, de lo que es la contrición y la vida de la gracia[18].
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Hay que enseñarles a vivir el Dulcísimo precepto del Decálogo, para que quieran a sus padres de verdad -con lo que esto significa-, a la vez que adquieren la necesaria independencia para su entrega a Dios; han de vivir, desde el principio, un efectivo desprendimiento de su familia de sangre, acompañado, a la vez, de un mayor cariño lleno de visión sobrenatural y de celo apostólico[19].
Algunos pueden estar apegados a los estudios o a la profesión u oficio, y mostrar una cierta insatisfacción ante la falta de tiempo, los encargos, etc.; hay que hacerles ver con claridad la necesidad de servir a Dios donde y como indiquen los Directores. Otros, en cambio, necesitan que se les exija con prudencia, comprensión y cariño, pero sin blandenguerías, para que aprendan a santificar el estudio o la profesión.
Deben adquirir mucho amor a su vocación a la Obra, que es defensa ante las dificultades. Enseñadles a no provocarse tontamente problemas personales de vocación -ante las contradicciones o ante las caídas interiores- y a razonar, por el contrario, de este modo: porque tengo vocación y no me falta la gracia del Señor y la ayuda de mis Directores y de todos mis hermanos, si me esfuerzo, en lo sucesivo venceré[20].
Toda ésta es una tarea pedagógica, que debe hacerse con constancia y en progresión creciente según el modo de ser de cada persona, administrándoles el espíritu de la Obra en pequeñas dosis, contando con el tiempo, sin imponerles todas las obligaciones de golpe, con una visión optimista y deportiva de la vida interior.
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En rigor, la madurez no se identifica con una edad determinada -aunque de ordinario se consiga con el paso de los años-, ni con la simple perfección que puede alcanzar una persona, desde un punto de vista exclusivamente humano, en algún aspecto particular. Si se considera en profundidad, la madurez es consecuencia del pleno y armónico desarrollo de todas las capacidades de la persona; por tanto, en el concepto de madurez han de estar presentes las virtudes humanas y, sobre todo, las virtudes sobrenaturales -teologales y morales- que acompañan a la gracia divina. Precisamente, el sentido sobrenatural hace que todo tipo de decisiones se tomen de acuerdo con el orden querido por Dios, lo que a su vez afianza la unidad de vida, característica primordial de la madurez.
En este periodo se ha de aprender a conjugar la capacidad de adaptación -sabiendo ceder y transigir en cosas o situaciones de suyo intrascendentes-, con la fortaleza necesaria para mantener -aun en contra de opiniones de moda y de lugares comunes- las convicciones fundadas en verdades permanentes y fines rectos; el equilibrio interior de la persona, con orden y armonía en el terreno afectivo; y, en definitiva, la conjunción entre el ejercicio de la libertad y la responsabilidad personal.
Aunque se hayan superado problemas básicos de la adolescencia, hay otros peligros propios de esta edad: puede perderse en parte -si no hay una lucha amorosa- la virtud de la generosidad y abrirse paso el egoísmo y la comodidad, que se presentan de diversas formas[21]. Es necesario, por eso, que las personas profundicen en el sentido sobre-
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natural de lo que hacen, en el valor de la vida oculta de Jesús, de Santa María y de San José, buscando el trato asiduo con el Espíritu Santo, más si realizan una labor sin brillo humano. En este sentido, quizá el problema más grave de esta etapa de la vida sea el del adulto menor de edad. Si se diera esa situación, en la dirección espiritual habría que insistir al interesado acerca de la necesidad ineludible de realizar el trabajo con seriedad (muchas veces bastará conseguir esta meta para solucionar otros conflictos), y ver si existen otras posibles causas o problemas "antiguos" -mala formación en la libertad y responsabilidad, timidez, etc.- que hayan dado origen a ese estado anormal. En esos casos, como siempre, hay que ayudar a que intensifique los medios sobrenaturales: oración, mortificación y entrega a los demás.
En determinados momentos, quizá de especial cansancio o abatimiento físico o espiritual o de decepción ante algún suceso de la vida, puede producirse un cierto deseo de experimentar aquello que, si antes no se ha vivido, se tiene la seguridad de que ya no se realizará jamás; como consecuencia, por ejemplo, pueden surgir luchas en el campo de la pureza que hasta ese momento no se habían tenido, o tentaciones antiguas, con formas nuevas más retorcidas[22]. En todo caso, conviene tener presente que estas manifestaciones negativas no han de aparecer necesariamente y, de hecho, en bastantes casos no se encuentran.
Al lado de estos elementos, hay otros de carácter positivo: a esa edad se adquiere un juicio más ponderado y sereno. Una persona madura se considera a sí misma con realismo, admite sus limitaciones, distingue lo que es pura posibilidad de lo que es ya conquista efectiva; al mismo tiempo, se juzgan los acontecimientos con mayor profundidad y objetividad: sabe lo que quiere y lo que puede. Y de ahí nace un equilibrio espiritual y emocional -madurez en la afectividad-, que canaliza las inclinaciones naturales y las pone al servicio de la voluntad.
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Se está, así, en condiciones de querer y de obrar con criterio, libre y responsablemente, aceptando las consecuencias de los actos.
En una personalidad madura y bien formada se da una unidad e integración de las múltiples experiencias de la vida, integración que sostiene la gracia cuando hay sentido sobrenatural. La madurez coloca a la persona en un estado de sana objetividad, ajena al sentimentalismo que frecuentemente lleva a confundir la felicidad verdadera con el bienestar. Si la misión de Jesucristo alcanza su plenitud en el sacrificio del Calvario (y en su resurrección y glorificación a la derecha del Padre), al que se ordena toda su vida, el cristiano ha de alcanzar la madurez de su vida sobrenatural en la unión con Cristo en la cruz, cuando se hace con Jesucristo oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis[23]. Es en la cruz donde tienen sentido la contradicción y el dolor humanos, y aceptándolos unidos a Cristo, se encuentra la verdadera alegría. Recuérdalo a la hora del dolor o de la expiación: la Cruz es el signo de Cristo Redentor. Dejó de ser el símbolo del mal para ser la señal de la victoria[24].
Lo que se ha dicho más arriba, se ha de aplicar de modo distinto al intelectual y al no intelectual. El primero, suele tener mayor facilidad para aprovechar en su vida interior los aspectos doctrinales más profundos; generalmente, necesita recibir la doctrina de modo orgánico y articulado; a veces entiende las cosas de un modo más complicado de lo que realmente son y puede despreciar los razonamientos elementales. El no intelectual es más directo y sencillo; pero, como contrapartida, puede tender a la rigidez: conviene tenerlo en cuenta para enseñarle a evitar esfuerzos inútiles. Es importante saber acomodarse,
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con don de lenguas, a la mentalidad de cada uno, sin pretender cambiarla, siempre que no sea obstáculo para la formación.
Los jóvenes pueden parecer santos; y los mayores, muchas veces, no. Sin embargo, ordinariamente, los primeros no han alcanzado la santidad que buscan; mientras que aquellos que han gastado su vida sirviendo al Señor, y que piensan humildemente que no son santos y que no lo serán nunca, pero ponen cuanto está a su alcance para lograrlo, realmente llevan una vida santa[25].
Los Directores tienen el deber de atender con particular cariño a aquellos que, por su edad y por sus años de dedicación al servicio de Dios, son mayores en la Obra. Esa solicitud les lleva a preocuparse, sobre todo, de su vida interior, a saber comprender y exigir con caridad y fortaleza, para que cada uno sea -con su vida generosa, alegre y humilde- ejemplo para sus hermanos. Cuidan también de su salud con afecto fraterno, procurando -con prudencia- que tengan la atención médica necesaria, el descanso conveniente y la alimentación adecuada.
Es necesario, por ejemplo, facilitar todo lo posible su dirección espiritual personal: que puedan recibirla con puntualidad -y con mayor frecuencia de lo habitual, siempre que lo deseen-; que las personas designadas reúnan las oportunas condiciones de edad, de experiencia, etc., de modo que nunca pueda presentarse a nadie, ni de lejos, el temor de desedificar o de no hacerse entender.
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La prudencia, pues, llevará a no dar importancia -en personas mayores- a determinadas manifestaciones de naturalidad en la conversación o en la vida en familia, que quizá otros más jóvenes podrían malinterpretar; por eso dispuso nuestro Padre que sus hijos mayores que conviven con jóvenes por motivos de formación o gobierno, siempre que sea posible, hagan vida en familia con otros, según las circunstancias que se acomoden a sus necesidades y a su edad.
Esto, sin embargo, no debe impedir que quien ejerce la dirección espiritual encienda continuamente en sus hermanos el afán de santidad, para que huyan de lo que suponga conformismo en la vida interior; así por ejemplo, hay que evitar que la serenidad, que es una virtud, se confunda con la rutina o con la tibieza. Conviene tener muy presentes estas palabras de nuestro Padre: A lo largo del camino -del vuestro y del mío- solamente veo una dificultad, que tiene diversas manifestaciones, contra la cual hemos de luchar constantemente (...). Esa dificultad es el peligro del aburguesamiento, en la vida profesional o en la vida espiritual[26].
También hay que ayudarles para que mantengan siempre viva la vibración apostólica y el espíritu deportivo ante la lucha, evitando las pequeñas rutinas, que llevan al acostumbramiento. A veces conviene mover su ánimo para que hagan redescubrimientos, generalmente en cosas pequeñas, pero vistas con nueva luz e ilusión: que sepan mirar las cosas de Dios -de la Obra, de la entrega personal, de las almas- con una fe y una esperanza más teologal.
Además, conviene insistirles en el valor de la ejemplaridad: deseos efectivos y prácticos de ayudar a los más jóvenes; hacer y desaparecer; saber enseñar sin hacerse imprescindible; agradecer a Dios el fruto de tantos años de entrega. Otro aspecto en el que los mayores tienen una particular responsabilidad es la unidad y filiación con el
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Padre y los Directores y la fraternidad, vividas con hondura y con sacrificio personal. Hay que luchar siempre por ir limando asperezas y posibles manías en el comportamiento, evitando originalidades o rarezas que nunca serán manifestaciones de personalidad acabada.
Hay que fomentar una gran sinceridad siempre: en lo pequeño y en lo grande; facilitarla de manera amable, saliéndoles al encuentro. Puede suceder que alguno en la charla fraterna dé habitualmente una visión en exceso positiva, sin problemas (o al revés: que haya siempre muchas quejas, por cansancio, por los achaques de la edad, etc.); y, por otra parte, se ve -del modo como trabaja, las reacciones que se observan, o las correcciones fraternas que le hacen o consulta, etc.- que esa imagen serena y optimista no responde cabalmente a la realidad. Esto puede ser debido a que, quizá por el tiempo que lleva en Casa, las responsabilidades que ha tenido, etc., se ha forjado una idea no completamente acertada de sí mismo, figura que se confunde con lo que piensa que debería ser: las virtudes que se esperan de él, el deseo de "no querer ser problema", etc. Entonces, hay que ayudarles con paciencia y cariño a que se reconozcan como son, para seguir subiendo por el plano de la santidad.
Con todos, pero especialmente si alguno pasase por un momento de desconcierto, convendrá:
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tante ayudarles a que mantengan la unidad de vida, por ejemplo, encontrando a Dios también en los necesarios momentos de descanso;
Si el que recibe su charla fraterna es más joven, debe tener una profunda humildad para ayudarles. Esto se traducirá en una especial delicadeza y respeto, y en detalles de servicio; al mismo tiempo, sabiéndose instrumento, deberá exigir con prudencia, caridad y fortaleza.
Nuestro Padre pudo afirmar que el Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene muchas consecuencias para la santificación personal y para el apostolado[27]. Los
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casados han de tener siempre presente este aspecto fundamental, que da sentido a todos los deberes y derechos de su estado: Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad, para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas[28].
Conviene hacer notar a cada uno de los esposos "la otra cara de la moneda", por lo que se refiere a las necesidades, al trabajo específico y a las preocupaciones propias del otro cónyuge. Así, por lo que respecta al varón, interesa que tenga en cuenta, siempre según las circunstancias de los distintos países, el sacrificio que comporta para su esposa la atención del hogar: las labores de la casa pueden suponer, a veces, 15 ó 16 horas diarias de trabajo, en los servicios más dispares, con escasos momentos de reposo, y muchas veces con falta de tiempo que dificulta el desarrollo de un posible y deseable interés cultural, etc.: para un marido no puede ser un deshonor ayudar a su mujer en algunos trabajos domésticos, y más aún si tienen varios hijos.
Ser padre no se reduce, ni mucho menos, al factor económico, ha de ocuparse también del hogar: la vida familiar y la educación de los hijos -que ha de ser el primer negocio- no pueden quedar al cuidado exclusivo de la madre o del colegio. Al marido hay que insistirle en que «el amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su pater-
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nidad»[29]. Debe dedicarles tiempo y poner empeño para quererlos con obras: «Sobre todo, donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una importancia única e insustituible. Como la experiencia enseña, la ausencia del padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades notables en las relaciones familiares»[30]. Por esto, el marido ha de ver en el trabajo profesional un medio de santidad y de edificación cristiana del orden social, y fuente de sustento para su familia, nunca un trampolín de afirmación personal en detrimento de su dedicación a su casa.
En la dirección espiritual habrá que insistir en este consejo: Digo constantemente, a los que han sido llamados por Dios a formar un hogar, que se quieran siempre, que se quieran con el amor ilusionado que se tuvieron cuando eran novios. Pobre concepto tiene del matrimonio -que es un sacramento, un ideal y una vocación-, el que piensa que el amor se acaba cuando empiezan las penas y los contratiempos, que la vida lleva siempre consigo. Es entonces cuando el cariño se enreda[31].
Quien recibe la charla fraterna de Supernumerarios ha de actuar en estrecha relación con el Encargado de grupo -si fuera otra persona distinta- y con el Consejo local del Centro; debe velar, junto con ellos, para que reciban con la frecuencia establecida todos los medios de formación: Confesión[32], charlas periódicas, Círculos, retiros mensua-
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les -para ellos solos al menos cada tres meses-, cursos de retiro -también para ellos, aunque algunos puedan asistir a otros con amigos-, etc.
En una primera etapa, la formación es principalmente de tipo personal, mediante la conversación fraterna y las charlas de formación: no hay inconveniente -al contrario- en que, durante este tiempo, acudan semanalmente a la Confidencia. Desde el principio, se les enseña a hacerla puntualmente y con brevedad, mediante consejos concretos, que les sirven también para preparar la otra charla quincenal, que, en esta primera etapa, tienen con el sacerdote. Es preciso recordar, que al explicarles las Normas del plan de vida, hay que tener en cuenta sus circunstancias particulares[33].
Los Supernumerarios deben sentir como suyos todos los apostolados del Opus Dei, con la responsabilidad de mantenerlos y desarrollarlos: rezan por esas tareas apostólicas, y si pueden ayudan con su trabajo profesional y, siempre, con su aportación llena de generosidad, concreción de la virtud de la pobreza que todos los cristianos han de practicar[34]. La dedicación plena a su vocación divina exige una entre-
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ga y un desprendimiento personal totales, que no afecta a su propia familia. Precisamente por esto, y porque sus circunstancias son variadísimas, se les ayuda a vivir esa virtud, con un empeño constante y una enseñanza muy práctica, que les sirva de pauta para hacer examen y descubrir aspectos concretos que deban cuidar más, aunque a veces tengan que ir contra corriente.
La vocación a la Obra debe llevarles a santificar su trabajo, cuidando la perfección humana, la rectitud de intención, el espíritu de servicio, de modo que sea efectivamente el eje de su santificación y realicen un intenso apostolado personal a través de su tarea; procuran estar presentes e influir cristianamente en su ambiente: colegios profesionales, asociaciones, en los medios de comunicación, etc.
Especial importancia reviste lo referente a su vida de hogar, a las relaciones matrimoniales, y a la educación de los hijos. Santificar la familia tiene repercusiones enormes para la sociedad, pues se trata de su célula básica. Los Supernumerarios realizan una gran labor social cuando ponen empeño en santificar el amor conyugal y todos los deberes familiares. Esto exige generosidad en la procreación de los hijos, con el deseo de constituir familias numerosas, tan alabadas por el Magisterio de la Iglesia; preocuparse por su formación cristiana, no solamente en el hogar sino también en los centros educativos, estatales o no[35]; poner los medios al alcance de cada uno para que las leyes civiles que afectan directamente a la familia sean conformes a la ley moral: el reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, la protección de la vida humana desde el momento de la concepción hasta su fin natural, la afirmación de los derechos de los padres en el campo de la enseñanza y el respeto de la moral pública -sobre todo en los me-
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dios de comunicación social-, la promoción de unas condiciones de vida adecuadas a las necesidades familiares; etc.
Naturalmente, se les ayudará a entrar y progresar poco a poco por caminos de vida interior, a través del cumplimiento de las Normas, y a mantener siempre, de modo muy vivo, la ilusión apostólica y proselitista: que se preocupen de la vida cristiana de su mujer e hijos y traten apostólicamente a todos los demás miembros de su familia[36]; que aumente el número de personas que invitan a los medios de formación; que se preocupen de conseguir vocaciones de Numerarios, y vivan con intensidad su encargo apostólico concreto; que estén disponibles para colaborar en la labor de San Rafael, etc. Y siempre compaginando la exigencia con la flexibilidad, sin perder de vista la situación personal de cada uno.
En el caso de los Supernumerarios jóvenes, hay que proporcionarles los criterios claros sobre lecturas, noviazgo, trabajo, tono humano, descanso, etc., que se indican en otros lugares. Dentro siempre de un absoluto respeto a su libertad personal, conviene fomentar entre ellos el deseo de dedicarse a profesiones que ofrezcan un especial interés apostólico. También hay que ponerles metas altas en el apostolado, para que se abran en abanico y estén presentes activamente en los ambientes universitarios, profesionales, culturales, deportivos, cívicos, etc., y traten a sus compañeros, especialmente los más selectos, sin excluir a nadie.