CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LA CHARLA FRATERNA
Tabla de contenidos |
La santidad, plenitud de la filiación divina[1], a la que estamos llamados todos los cristianos[2], consiste necesariamente en la plenitud de la caridad[3], pues es el Espíritu Santo, Caridad infinita, quien nos hace hijos de Dios y nos lleva a la plenitud de esa filiación aumentando en nosotros la gracia y la caridad. El Espíritu Santo nos guía hacia la santidad tanto con inspiraciones y mociones interiores en el alma, como a través de otras personas que utiliza como instrumentos[4].
7
La colaboración humana al proceso de la santificación tiene como fuente al Espíritu Santo que al santificarnos nos hace colaboradores en la santificación de los demás, hace del cristiano un "santificador". Él constituyó a algunos como apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores, para que trabajen en perfeccionar a los santos cumpliendo con su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[5]. Todo cristiano, como miembro vivo del Cuerpo de Cristo, es responsable del crecimiento de su vida cristiana y de modo análogo coopera en el progreso de los demás: «Él [Cristo] dispone constantemente en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los dones de los servicios por los que en su virtud nos ayudamos mutuamente en orden a la salvación, para que siguiendo la verdad en la caridad, crezcamos por todos los medios en Él, que es nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16)»[6].
Entre estos medios -además de los Sacramentos- se encuentran la oración y la ayuda mutua —amándoos de corazón unos a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo[7]—, que en la Obra se concreta de un modo particular en la práctica asidua de la corrección fraterna[8]; y la formación espiritual, pues toda la vida cristiana tiene un sentido vocacional de conformación con Cristo[9], que
8
implica un proceso de crecimiento en doctrina y virtudes morales que ha de prolongarse a lo largo de toda la vida[10].
En este proceso tiene una importancia básica la dirección espiritual, que vista desde quien la recibe se puede describir como la ayuda permanente que en la Iglesia una persona presta a otra, para guiarla en el pleno desarrollo de su vida cristiana; desde el director[11], se puede caracterizar como el arte de guiar a las personas en el desarrollo de la gracia y la vocación personal, según la acción del Espíritu Santo en sus almas.
La adecuada dirección espiritual que nos proporciona la Obra constituye, decía nuestro Padre, un derecho que nos confiere la específica vocación recibida; y un deber[12] para llevarla a término, de modo que crezcamos en todo hacia aquél que es la cabeza, Cristo[13]. Por eso, para los fieles de la Obra, el Buen Pastor son el Padre y los que reciben misión de él: Quiso el Señor como Pastor de estas ovejas a vuestro Padre, y a quienes del Padre reciban esa misión: los Directores y los sacerdotes de la Obra, porque no se le da ordinariamente a nadie que no sea del Opus Dei[14]. Es el mismo Opus Dei quien im-
9
parte la dirección espiritual, y nadie puede atribuirse el derecho exclusivo de ejercerla[15].
La dirección espiritual que nos proporciona la Obra se determina en los medios de formación personal y colectiva. La dirección espiritual personal la reciben todos (...) en la Confidencia[16] y en la confesión sacramental; la colectiva se da, en gran parte por los Directores laicos, en los Centros de Estudios, en los Cursos anuales, en los días de retiro espiritual, en los Círculos, en las meditaciones, en las Collationes de re morali et litúrgica, en las Convivencias especiales, etc.[17]
La Confidencia -esa charla sincera, llena de sentido sobrenatural- es el medio de santificación más soberano que, aparte de los sacramentos, tenemos en el Opus Dei[18]. Estas palabras de nuestro Padre muestran la importancia de este medio de formación personal, tesoro de inmenso valor que Dios ha concedido a la Obra. La Confidencia es para nosotros medio de santificación porque en ella actúa el Espíritu Santo Santificador, para llevar a quien la realiza a identificarse con Cristo por el camino de la vocación al Opus Dei. Es su carácter sobrenatural el que ilumina todos los aspectos de la charla fraterna.
Al llamarnos al Opus Dei, el Señor ha querido llevarnos a la santidad por el camino que mostró a nuestro Fundador, y ha confiado a
10
nuestro Padre y a sus sucesores el oficio de Buen Pastor, para guiarnos por esa senda. Con esta sobrenatural convicción, los fieles de la Obra acudieron desde el principio a nuestro Padre, y luego al Director, para recibir personalmente la dirección espiritual que necesitaban[19]. De ahí que nuestro Padre afirmara que cualquiera que sea quien recibe la Confidencia, es el mismo Padre quien la recibe[20].
De esta realidad se derivan algunas consecuencias de suma importancia:
11
sionales, culturales, etc. Por ser cauce de una ayuda divina, el que la hace ha de «desearla ardientemente»[24] y sin retrasos, como se desean las luces de Dios;
Se puede decir, por tanto, que Dios cuenta con la dirección espiritual para hacer su obra en cada uno; que, para los fieles del Opus Dei, la Confidencia es "medio soberano de santificación"; y que quien la recibe se hace, en ese momento, instrumento de una gracia divina.
La vocación cristiana que hemos recibido, nos lleva a enamorarnos más y más de Dios, en Cristo por el Espíritu Santo, a amarle con todas las fuerzas; y esto, naturalmente, según el espíritu del Opus Dei. Este amor comporta una totalidad y exclusividad crecientes a la entrega que pide el Señor: ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, ex tota virtute[26]. Por ese mismo motivo, nada queda al margen de la vocación: todos y cada uno de los sentidos y de las potencias, y la gran variedad de situaciones y circunstancias que se presentan a lo largo de la
12
existencia deben integrarse en unidad de vida, porque todo puede convertirse en medio de santificación y apostolado[27]. Y, por tanto, no hay nada tampoco que quede fuera de la charla fraterna, medio soberano de dirección espiritual que tenemos en el Opus Dei.
Para comprenderlo mejor, conviene considerar que la dirección que se imparte se llama espiritual no porque se limite a cuestiones espirituales(prácticas de piedad, cuestiones morales, etc.), como si la vida cristiana fuese algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-[28], sino porque es dirección de (y para) la vida que infunde el Espíritu Santo, Don increado, fuente de la vida de la gracia que se funde en la persona -unidad sustancial de alma y cuerpo-, y que Él mismo impulsa y acrecienta hasta la completa identificación con Cristo, que llegará a su plenitud en el Cielo.
El espíritu de la Obra, nos lleva a entender fácilmente la amplitud y riqueza de la dirección espiritual, pues nos enseña a santificar todas las actividades temporales: la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas[29]. Todo esto, precisamente porque puede ser llevado a Dios, convertido en instrumento de divinización, es materia para el crecimiento de las virtudes, de trato con Dios, de vida interior, y por tanto de dirección espiritual. En efecto, como ha recordado el Concilio Vaticano II, «ninguna actividad humana, ni siquiera en las cosas temporales, puede substraerse al imperio de
13
Dios»[30]: se trata de una doctrina que nuestro Padre ha predicado desde los comienzos de la Obra, enseñando a los cristianos a tener unidad de vida; es decir, a vivificar por la caridad todos los pensamientos, afectos, palabras y acciones como hijos de Dios en Cristo.
Así como la vocación al Opus Dei exige una entrega total a Dios, que abarca cada uno de los aspectos de la vida, del mismo modo la charla fraterna es cauce por el que se aprende a dirigir la libertad enteramente a Dios y a ponerla a su servicio[31].
En este sentido, también conviene recordar que las actividades profesionales, sociales, familiares, etc., se pueden santificar realizándolas de modos muy diversos, compatibles con la fe y con la concreta búsqueda de la santidad en las circunstancias de cada uno[32]; de modo que, las legítimas opiniones y actuaciones en asuntos temporales no son en sí mismas materia de dirección espiritual[33]. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que cada uno debe formar estas legítimas opiniones siendo siempre consecuente con la fe que se profesa[34].
14
Paralelamente, el que lleve la dirección espiritual traicionaría el fin de la Confidencia si no procurara ser fiel cooperador de la gracia -y sólo eso- en la labor de ayudar a construir la unidad de vida a los que hablan con él; por tanto, no cumpliría su deber si no enseñara a emplear la libertad en la entrega a Dios, si consintiera estados de aburguesamiento o de media entrega en los demás, si permitiera por falta de diligencia que hubiese aspectos que no estén orientados hacia Dios, o se inmiscuyera indebidamente en las lícitas opciones profesionales, familiares, sociales o políticas que la Iglesia deja a la libre prosecución de sus fieles.
La amplitud del contenido de la charla fraterna se deriva también de que la Obra es una familia de vínculos sobrenaturales. Quien recibe la Confidencia procura identificarse con el corazón del Padre, teniendo una solicitud, llena de cariño humano y sobrenatural, por todo lo que puede afectar a la santidad de quien la hace: por su salud y su descanso, sus preocupaciones, sus penas y alegrías... Éste, por su parte, ha de abrir plenamente su corazón como si hablara con el mismo Padre, sin pensar que esas cuestiones son asunto suyo o que no le podrán dar ningún remedio. Al contrario, recibirá lo principal: la luz de Dios para amar su Voluntad, y el calor y la fortaleza de toda la Obra, porque formamos, como los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma[35]. Con nuestro clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único latido, porque todos palpitamos con el corazón de la Obra[36].
Como se ha dicho, su carácter sobrenatural es lo que ilumina todos los aspectos de la charla fraterna que cada miembro del Opus Dei debe tener periódicamente con el Director local o con la persona de-
15
signada por los Directores[37]. Y añade el Catecismo de la Obra que con ellos «pueden abrir libre y espontáneamente su alma» (...) «Más aún, se recomienda vivamente esta Costumbre, en la que tanto insistió siempre nuestro Fundador, que todos han de cuidar fidelísimamente y que denota buen espíritu»[38]. Se dice que los fieles de la Obra pueden abrir su alma en la Confidencia, porque es un derecho que tienen. Y, a la vez, que han de cuidar fidelísimamente esta Costumbre, porque es uno de los medios para identificarnos con el espíritu de la Obra, que nos hemos comprometido a poner en práctica al incorporarnos a la Prelatura[39].
Precisamente, en el Catecismo se enseña que «el objeto de la Confidencia» es que cada uno identifique «su espíritu con el de la Obra» y mejore «sus actividades apostólicas.
»1) Con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los Directores tienen del alma de los fieles de la Obra, y así les pueden ayudar mejor;
»2) este medio de formación confirma la voluntad de cada fiel para buscar la santidad y ejercer el apostolado, según el espíritu del Opus Dei;
»3) da mayor compenetración y unidad espiritual con los Directores»[40].
16
La charla fraterna es una manifestación de cariño por parte del Señor, que desea que nadie en la Obra se encuentre solo humana y sobrenaturalmente[41], y una necesidad de nuestra vida interior: porque cada uno de vosotros encuentra en la Confidencia un desaguadero, al que lleva sus penas, sus preocupaciones -para acogerlas, no con sufrimiento pasivo, sino con aceptación de creyente-, su oración y su trabajo, que es toda nuestra vida[42]. Por eso, para los que tienen la misión de ayudar, de dirigir y de formar a sus hermanos, esta tarea es la más importante, a la que dedicarán sus mejores energías: es necesario cumplirla con desvelo, dando prioridad a esta labor de atención vigilante y cariñosa, de conocimiento profundo, y de impulso espiritual y apostólico insoslayable para los fíeles de la Obra.
La Confidencia se prepara habitualmente en la oración, pidiendo luz al Señor y al Espíritu Santo para saber centrar los puntos que han sido objeto de especial empeño durante el periodo correspondiente; fomentando una positiva voluntad de mejora: «desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios los puntos que se deben tocar»[43], son, por tanto, las condiciones que permitirán obtener de ella el mayor fruto posible. Ese deseo ardiente, a su vez, no se apoya en motivos humanos -de simpatía o afinidad de carácter, etc.-, sino que proviene de razones de tipo sobrenatural: estamos convencidos de que hacer bien la charla alumbra el concreto camino vocacional que lleva a Dios a cada uno.
17
De ahí, el empeño que todos hemos de tener en comentar en la charla cualquier propósito, reacción o actitud, de nuestra vida espiritual, para saber si es lo que Dios quiere para nosotros, o se trata de un engaño del propio criterio, de la visión humana, etc. En la Confidencia el Señor nos da luces para saber -para aprender- lo que hay que hacer para portarse bien, con perfección cristiana, en un caso determinado[44].
La charla[45] es siempre una conversación privada y fraterna, de consejo y aliento espiritual; por eso, sugería nuestro Padre: Hablad sinceramente con vuestros Directores, para que nunca se turbe la libertad y la paz de vuestro espíritu ante dificultades que encontréis -muchas veces imaginarias-, que tienen siempre solución[46].
Tened en cuenta que la formación espiritual, que recibimos, es opuesta a la complicación, al escrúpulo, a la cohibición interior: el espíritu de la Obra nos da libertad de espíritu, simplifica nuestra vida, evita que seamos retorcidos, enmarañados; hace que nos olvidemos de nosotros mismos, y que nos preocupemos generosamente de los demás[47]. La dirección espiritual que da la Obra nos ayuda a ser descomplicados interiormente[48], y en la conducta exterior a ser personas que se desenvuelven en sociedad con sencillez, mostrando con naturalidad el espíritu cristiano que les guía, sin falsa ostentación de ningún tipo, ni complejos, ni respetos humanos.
18
La descomplicación interior viene por medio de la sinceridad, elemento esencial de la charla fraterna; si se omitiera voluntariamente, se puede decir que no habría Confidencia[49]. La sinceridad es condición para que la charla sea veraz; es decir, manifestación verdadera de las disposiciones interiores y del afán personal de santidad.
Como las demás virtudes, la sinceridad siempre puede seguir creciendo, porque -con la gracia- Dios concede luces que ilustran detalles de nuestro comportamiento que podrían mejorar, o reacciones desordenadas ante determinados sucesos, o faltas de entrega de las que antes quizá no éramos suficientemente conscientes o no se daban. Además, la existencia humana está abierta a circunstancias cambiantes, surgen nuevas relaciones laborales o familiares o de amistad, que a su vez producen actuaciones o situaciones más o menos estables que podrían llegar a formar parte del contenido de la charla.
En todo caso, la sinceridad en la Confidencia ayuda a profundizar en el conocimiento propio, y en el conocimiento del amor de Dios; y a seguir el camino vocacional de la identificación con Cristo que Él quiere para cada uno de sus hijos en el Opus Dei[50]. Por eso, nuestro Padre aconsejaba con frecuencia que habláramos con claridad -salva-
19
jemente[51], si fuera preciso-, comenzando por decir lo que más cuesta, buscando la transparencia, para que la luz que Dios nos envía a través de este medio de formación incida sin obstáculo en el alma.
Otra virtud fundamental -como parte de la prudencia- para el que hace la charla fraterna es la docilidad, que dispone «bien al sujeto para recibir la instrucción de otros»[52]. Como cualquier virtud, tiene una componente de aptitud natural, y otra que «se desarrolla en función de lo que el hombre atienda solícito, y con frecuencia y respeto, a las enseñanzas de los mayores, en vez de descuidarlas por pereza o rechazarlas por soberbia»[53].
La docilidad se ha de poner de manifiesto lo mismo en cuestiones importantes que en pormenores aparentemente de poco relieve, como pueden ser un detalle de educación, o del modo de vestir, de hablar o de comportarse, etc. La docilidad se hace más necesaria si, en alguna ocasión, no alcanzáramos a comprender del todo las razones de lo que nos dicen, por nuestras limitaciones o porque nos faltan datos; a veces, se puede tratar de cuestiones de buen espíritu, de tono humano y cristiano, o de oportunidad.
Pero, sobre todo, es preciso ganar en finura interior para dejarse aconsejar por quien cuenta con gracia de Dios para hacerlo, sin aferrarse al propio gusto o criterio poniendo como excusa la libertad; pues, cuando esos consejos contrastan con un ambiente frívolo o superficial, que exige la valentía de ir contracorriente, cabe el peligro de que el hombre viejo se deje influir y se justifique con un "también lo hacen los demás". Conviene, por eso, recordar lo que escribe San Pablo: Vosotros, hermanos, fuisteis llamados a la libertad; pero no toméis
20
esa libertad como pretexto para servir a la carne, sino servios mutuamente por amor[54]; y San Pedro: Actuad como hombres libres, no a la manera de quienes convierten la libertad en pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios[55].
En el caso de los Numerarios y Agregados, la docilidad se muestra también en la completa disponibilidad para la atención de los encargos apostólicos, estando dispuestos a cambiar de ciudad o de trabajo, con absoluta confianza en Dios -que llena de frutos sobrenaturales la obediencia-, y en los Directores -instrumentos para hacernos llegar su Voluntad-, que sólo buscan nuestra santidad y eficacia apostólica[56].
En general -y especialmente en las situaciones de mayor o menor oscuridad- conviene estar precavidos ante el peligro de poner por encima de todo el propio criterio, excusándose con un "no veo lo que me aconsejan", o "no pienso que me haga daño tal situación o tal plan que me dicen que debo cortar", o "estoy tranquilo a pesar de que en la dirección espiritual me dicen que actúe de otro modo". Porque, el juicio, en esos casos, puede no ser moralmente recto, y entonces no debe seguirse: por ejemplo, como es evidente, cuando contradice un precepto de la ley de Dios, o cuando se opone a la Voluntad divina para una persona determinada, como es, en nuestro caso, la fidelidad a la vocación cristiana en el Opus Dei.
Ciertamente, cada uno debe recorrer de modo personalísimo el
21
camino de la vocación a la Obra[57], pero sin salirse del espíritu de entrega total a Dios que nuestro Padre nos ha transmitido. No cabe fabricarse un camino a la medida de la propia falta de generosidad (de "mi debilidad", de "mi pequeñez"...). Si así se hiciera, la vida dejaría de ser respuesta a Dios para convertirse en respuesta a las exigencias de la propia vanidad, de la comodidad, de la lujuria, del propio egoísmo en definitiva. Una garantía clara de que esto no sucede es dejarse exigir en la charla fraterna[58].
La charla fraterna nació de manera espontánea, como una necesidad del alma, llena de sencillez, naturalidad y confianza. Por eso, se hace sin solemnidad alguna: es una conversación que se mantiene paseando por el jardín, en una terraza, en la sala de estar, en un cuarto abierto a todos, etc.
22
Ha de cuidarse mucho la puntualidad: en el día fijado y a la hora establecida[59]. De este modo, se vive mejor el orden de todos y los dos pueden prepararla. No hay inconveniente -al contrario- en que quien la recibe lo recuerde, con delicadeza, para evitar que se difiera. Un retraso en la Confidencia ya puede ser un síntoma de que no se está luchando con heroísmo.
Normalmente, hay que buscar horas tranquilas y eficaces, que dependerán de las circunstancias: por ejemplo, si se deja para el final de la jornada, es probable que no se esté en las mejores condiciones, por cansancio; aunque, como es natural, la hora no debe estorbar el trabajo ni las ocupaciones profesionales de ninguno de los dos. En la medida de lo posible, y siempre con flexibilidad, no se hace la charla en el tiempo de trabajo de la tarde, ni en el tiempo de la noche.
Los criterios anteriores no impiden que, cuando sea preciso, se haga en cualquier momento. Puede haber temporadas en las que se deba o se quiera hacer con mayor frecuencia, o, por determinadas circunstancias se busque sin esperar al día fijado; siendo la charla una conversación espontánea, es lógico que se desee cuando hay una preocupación, o una alegría especial, etc.: el que la recibe estará dispuesto, en cualquier momento, a charlar con quien se lo pide, o tomará él la iniciativa con solicitud.
Otra característica importante es la brevedad. Aunque la duración concreta dependerá de muchos factores, de ordinario, si se prepara bien, bastarán diez o quince minutos para comentar con sinceridad y hondura todos los puntos necesarios. Sólo en casos excepcionales será precisa una mayor dedicación. Alargar estas conversaciones sin motivo, sería una pérdida de tiempo y una manifestación de falta de senci-
23
llez, porque no se afrontan las cuestiones directamente, o señal de que se habla de asuntos ajenos a este maravilloso medio de dirección espiritual.
Para lograr en la práctica que las charlas sean breves, es útil cuidar algunos pequeños detalles: por ejemplo, dejar que la persona hable, sin interrupciones innecesarias; procurar no tratar temas que tienen poca relación con cuestiones espirituales; no alargar las charlas por distracciones o por simpatía personal, etc.
24
| Capítulo anterior | Índice del libro | Capítulo siguiente |
|---|---|---|
| Presentación | Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Roma, 2001 | Contenido de la confidencia |